domingo, 19 de enero de 2020

Dependencia ¿funcional vs. emocional?

En épocas de gazmoñería casi institucional en lo que se ha convertido, año tras año, 
mayoritariamente por indisimuladas razones comerciales, ese período de días navideños, 
resulta particularmente dolorosa cualquier circunstancia que haga reflexionar sobre lo 
inexacto (por no decir directamente falso) del almibarado montaje sentimental en el que, 
además, parece mal visto desviarse un milímetro del guión oficial. Coincidiendo con esas 
fechas, en una página de Internet en la que intercambian  opiniones, experiencias e ideas 
para contribuir a una suerte de apoyo mutuo las personas afectadas por una de esas 
enfermedades raras que, entre otros efectos, incapacita poco a poco y convierte a la persona 
en dependiente de terceros para sus actos, uno de sus miembros tenía la valentía de contar 
públicamente que, en su caso, la experiencia de pareja teniendo la enfermedad había sido 
descorazonadora, desde el abandono de una persona en la que confiaba hasta la confesión 
de otra de que si estaba allí era “por pena”. No me diréis que leer esto manda al garete todo 
el sentimentalismo azucarado que se nos impone.  
 
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Es un tema muy delicado, extremadamente sensible, sobre el que no se puede (ni se debe) 
generalizar y al que hay que acercarse con exquisita cautela y total respeto, la conexión entre 
la dependencia física funcional y la emocional. Es evidente que quien se ve abocado a ser 
protagonista de un proceso de deterioro funcional conducente a una discapacidad en grado 
tal que al final necesite depender de otras personas para la realización de sus actos 
cotidianos, y ese proceso pasa por fases difusas que van desde la pérdida de autonomía 
hasta la desaparición de la intimidad, tiende a identificar y casi unificar a la persona que lo 
ayuda en la dependencia funcional con la persona en la que debe confiar en todos los 
ámbitos, también en el sentimental.

Aplaudiendo/reconociendo la valiosa y, a menudo, poco valorada labor de los/las terapeutas 
que vuelcan sus conocimientos, esfuerzo y cariño en el cuidado de estas situaciones de 
dependencia mencionadas, los utilizaremos en estas reflexiones porque está claro, cavilando 
sobre ellos/ellas y su dedicación, que en modo alguno debe confundirse la dependencia 
funcional con la emocional, la que hacía sufrir a quien escribió el mensaje aludido en esa 
página de Internet. No cabe duda de que, anímicamente, la situación ideal para todos es la 
convergencia entre la persona que las representa a ambas, pero no es menos cierto que, a 
veces, eso entra en el terreno de la utopía y no es inusual el divorcio entre ellas, y tal divorcio 
provoca, si no se está preparado, un desequilibrio psíquico importante.

Llega, entonces, la pregunta del millón: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?. Es decir, ¿es 
la situación de dependencia emocional inadecuada el origen de un desequilibro psíquico o es 
un desequilibrio íntimo previo el desencadenante de una dependencia emocional maligna? 
Es obvio que una persona dependiente funcional tiene un grado de vulnerabilidad anímica 
mayor que una persona autónoma, por la sencilla razón de que necesita confiar plenamente 
en alguien, generalmente representado por la persona de quien depende para la realización 
de todo lo que compone su día a día, y de ahí a la posibilidad de formar un batiburrillo con 
los sentimientos, un paso. Por eso, para reflexionar sobre los peligros de la dependencia 
emocional y no ligarla a la física (que sería un error), intentaremos abrir el abanico a la 
mayor parte de la gente, no sólo el/la dependiente funcional. 
 
Resultado de imagen de dependencia emocional
 
La dependencia emocional es una necesidad afectiva extrema y continua, que obliga a las 
personas que la padecen a satisfacerla en el ámbito, habitualmente, de las relaciones de 
pareja; pero, aunque este fenómeno puede aparecer puntualmente en la vida de un individuo 
(es decir, sólo en una de sus relaciones), lo más normal es que sea una constante en él; por 
lo tanto, la mayor parte de sus (quizá sucesivas) relaciones de pareja presentarán siempre 
un patrón característico regido por la mencionada necesidad afectiva extrema. Es importante 
destacar en el análisis que esta dependencia o necesidad no debe ser de tipo material, 
económico o fundamentada en una discapacidad o en algún tipo de indefensión personal del 
sujeto, sino que tiene que ser específicamente emocional.

La dependencia emocional es un problema tan frecuente como desconocido, y no sólo entre 
la población en general, sino también entre psicólogos, psiquiatras, etc., de forma que, 
inexplicablemente, no ha encontrado ubicación entre las diferentes clasificaciones 
internacionales de trastornos mentales y de la personalidad. En principio, puede parecer que, 
aunque haya una necesidad amorosa mucho más fuerte de lo normal, la dependencia 
emocional buscada no debería ser motivo de inadaptación, sufrimiento o insatisfacción. Nada 
más lejos de la realidad. Los dependientes emocionales no dirigen sus demandas hacia 
cualquier persona, sino que se fijan en determinadas características que les resultan 
atractivas. En concreto, buscan personas peculiares, con un perfil de seguras de sí mismas, 
dominantes y realmente poco afectuosas para emparejarse con ellas. Puede llamar la 
atención que justamente este tipo de individuos sean los predilectos para unas personas que 
tienen unas demandas afectivas descomunales, pero es que precisamente se fijan en ellos 
porque los idealizan, los encumbran hasta extremos difíciles de imaginar, viendo 
prácticamente dioses o seres excepcionales donde sólo hay sujetos que, muchas de las 
veces, hacen la vida imposible a sus parejas, todo lo contrario que los dependientes 
emocionales, al menos en lo que a autoestima y valoración de sí mismos se refiere, de ahí la 
idealización incondicional que efectúan las personas con dependencia emocional.Y todo esto 
queda claramente relacionado con una de las características fundamentales que se observa 
en las personas que padecen este problema, y es que no sólo no se quieren prácticamente 
nada a sí mismas, sino que se critican, atacan y desprecian. Quizá no llegan al extremo de 
las personas que sufren trastorno límite de la personalidad pero su relación consigo mismas 
es tan deplorable que no soportan ningún tipo de soledad (no sólo afectiva) y que sólo se 
imaginan su vida al lado de alguien idealizado, de un salvador alrededor del cual centrar su 
existencia.

La vida para el dependiente emocional será así un calvario buscado que puede llegar a 
límites extremos según el carácter de su pareja, que, en muchas ocasiones, puede tener
trastornos de la personalidad. Si la persona tiene una dependencia emocional grave, 
aceptará lo que sea con tal de no romper su relación de pareja. Es más, si por cualquier 
motivo se rompe la relación, la echará de menos intentando reanudarla (por el síndrome de 
abstinencia que sufrirá el dependiente, similar al de las toxicomanías) o bien comenzará 
otra similar para evitar el miedo y la angustia de la soledad, y se inicia un bucle recurrente. 
Como ocurre con otras dependencias, como en la adicción al consumo de sustancias tóxicas, 
la dependencia emocional opera mediante mecanismos de refuerzo positivo, que acaba 
generando dependencia psicológica en el sujeto.  
 
 
Resultado de imagen de dependencia emocional

¿Y por qué considerar la dependencia emocional como un trastorno de la personalidad? 
Porque la dependencia emocional conforma “un patrón permanente de experiencia interna y 
de comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del sujeto, 
patrón que también se manifiesta en el área cognitiva, afectiva, interpersonal y del control de 
los impulsos, es persistente e inflexible y provoca malestar clínicamente significativo tanto en 
el sujeto como en su entorno. Comienza aproximadamente en la adolescencia o principios 
de la edad adulta y no es atribuible a otro trastorno mental, una enfermedad física o el 
consumo de sustancias1. Todos estos son los requisitos que se exigen para poder efectuar 
un diagnóstico de “trastorno de la personalidad”, y la dependencia emocional los cumple 
todos.

La dependencia emocional se evita cultivando el autoconocimiento y, en base a él, la 
autoconfianza (normalmente, el fondo del problema de la dependencia se encuentra en una 
pobre autoestima, que conduce al dependiente emocional a desvalorizarse sistemáticamente. 
Se muestran críticos consigo mismos y con su forma de ser, hasta el punto de sentirse 
inferiores y culpables, incluso, del menosprecio que puedan recibir por parte de los demás). 
Ésta es la clave para generar relaciones saludables, empezar con uno mismo y, después, 
con los demás. Por supuesto que cruzarse en ese proceso con la persona adecuada supone 
también para uno mismo prepararse para una relación.

La dependencia emocional afecta por igual a mujeres y hombres aunque en la forma, que 
podríamos calificar como “estándar”, es más habitual en mujeres mientras que los hombres 
suelen ocultar este problema pues se sienten menos capaces de reconocer que están 
“atados emocionalmente” a otra persona (eso conduce, por contra, a que algunos hombres 
presentan psicológicamente cuadros de dependencia más severos), por lo que suelen 
observarse en ellos otras formas atípicas en las que se combinan otros aspectos como la 
posesividad y la dominación, pero eso ya pertenece a otro análisis. 
 
 
"...  No need to run and hide / It's a wonderful, wonderful life / No need to laugh and cry / It's 
a wonderful, wonderful life... "
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1Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, 4ª edición (DSM-IV). American Psychiatric Association. Barcelona: Masson; 1995.

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