domingo, 23 de febrero de 2020

Política y justicia, y viceversa.

Se atribuye al filósofo Aristóteles (discípulo de Platón, con quien permaneció 20 años en la 
Academia, pero del que no quiso seguir los pasos, fundando una filosofía completamente 
distinta que ponía sus ojos más en la realidad que en los mundos ideales del que fuera su 
maestro) la lapidaria y contundente frase “Una ley, cuando nace, ya es vieja”, y Aristóteles, 
pese a no dedicarse estrctamente a la política ni a las leyes, algo de eso sabía, por algo es 
conocido como gran polímata (del griego "polimathós", "el que sabe muchas cosas"), pues 
escribió a la largo de su vida más de 300 obras, en las que desarrolló todas las ramas del 
saber: física, metafísica, ética, biología, zoología, astronomía, política…, todas ellas desde el 
punto de vista de la filosofía y el pensamiento; todo le interesaba y en todo dejó su impronta, 
cimentando la estructura sobre la que se auparían buena parte de los pensadores de las 
épocas siguientes. 
 
 
Realmente, lo que quería decir Aristóteles no es ninguna frase solamente retórica ni una 
perogrullada sino la evidencia de que las leyes que debemos observar, de algún modo, son 
como la foto fija de un momento y circunstancias particulares (y no digamos si son de las que 
se promulgan “en caliente”) que pueden/deben cambiar con la evolución de la sociedad que 
les hacen quedar absolutamente obsoletas. Pero vigentes si no se han revisado. Ya de entrada, 
la elaboración de leyes tiene una mecánica pausada, es resultado de un conjunto de 
procedimientos previamente establecidos (que requieren su tiempo) de los cuales se sirven 
los parlamentarios en su función de legislar y fiscalizar, de forma que cuando la ley se 
promulga la realidad ya ha evolucionado y tal vez la sociedad se parezca poco a aquella en 
la que sucedían unos hechos cuya interpretación de entonces aconsejaba poner en marcha 
los lentos engranajes del Legislativo.. 

Si alguna enseñanza se puede extraer de lo dicho hasta ahora, posiblemente la más 
relevante es que las leyes no son (no pueden ser) eternas ni inamovibles, ya que siempre, 
para que sean válidas y eficaces y la justicia con ellas sea justa, deben ajustarse como un 
guante a la realidad social. En el fondo, si se habla de justicia, las leyes, cualquier ley
deberían estar promulgadas en consonancia con el respeto escrupuloso y protección de los 
derechos humanos, y el tiempo demuestra que cuando una ley (?) los conculca (y las hay), 
antes o después es derogada. En nuestra historia reciente, es visible la evolución normativa 
en los derechos, particularmente, de las minorías como el del divorcio, el matrimonio 
homosexual, etc. (conviene resaltar que se trata de derechos, no de obligaciones, es decir, 
algo tan simple como que el que haya, por ejemplo, ley de divorcio no significa que el divorcio 
sea obligatorio. Y así todos).

Estos días estamos asistiendo como espectadores a un procedimiento legislativo que pone 
de manifiesto que es imprescindible asumir por los legisladores que las leyes han de ser 
ajustadas a las realidades sociales; se trata del proyecto de ley sobre la despenalización de 
la eutanasia (presentado por tercera vez y, esta vez, admitido a trámite). Es, desde luego, un 
tema sensible y muy complejo, con enfervorizados partidarios y detractores, sobre el que no 
nos pronunciaremos, pero resulta evidente que algo había que hacer con las leyes si en uno 
de los últimos casos conocidos, el marido que ayudó a morir a su mujer, inmovilizada por el 
cruel progreso de una enfermedad y, al parecer, sujeta a inacabables sufrimientos, se 
enfrenta a encausamiento bajo la ley de violencia de género (!), a todas luces inaplicable 
aunque sea la que más se parezca y sea fruto, precisamente, de una revisión del Código 
Penal para adaptarse a la realidad. 
 
 
Es que hay cosas que caen por su propio peso. La realidad y convivencia de cada momento 
histórico requiere un ordenamiento jurídico concreto; y el derecho, en su función de 
realizador de la justicia, debe evolucionar en orden a las nuevas circunstancias sociales. Sin 
ir más lejos, ahora convivimos en un tiempo nuevo coloreado en nuestra relaciones con los 
demás por internet, Facebook, Twitter, Instagram, las redes sociales y un largo etcétera que, 
voluntaria o involuntariamente, condiciona nuestra supervivencia, en especial y de manera 
más acusada, la de quienes por razón de edad formamos parte de lo que podríamos llamar 
el “periodo transitorio”, nacidos y formados en la imprenta y adaptados necesariamente a la 
“digitalidad”, y eso nos hace plantearnos la cuestión fundamental que es comprobar si, en 
este ámbito, nuestro ordenamiento jurídico dispone de los instrumentos legales precisos para 
amparar las actuaciones legales y condenar las delictivas. Al efecto, debe tenerse presente 
que las acciones se refieren al contenido de los mensajes que circulan por la red y cuyo 
conocimiento es dificultoso para personas no especialmente interesadas o desconocedoras 
de los mismos, siendo de repercusión pública, en caso de ilicitud, difícilmente evaluable, no 
a los que se difunden a través de medios de comunicación tradicionales legalmente 
constituidos.

No es un tema menor lo de no revisar las leyes y dejarlas vigentes ancladas en tiempos, en 
teoría, ya superados y poniendo así en entredicho la calidad y justicia del Estado de Derecho. 
Hace poco tiempo se publicó la sentencia por la que nuestro Tribunal Supremo condenaba a 
duras penas de prisión a políticos y activistas catalanes tras un juicio, a decir de algunos 
observadores cualificados, de imparcialidad discutible. ¿Y qué tiene eso que ver con que se 
actualicen o no las leyes? Pues, al parecer, mucho. Hagamos memoria sucinta de los 
antecedentes, verificables documentalmente o en la hemeroteca.

 
 
Tras el trámite del nuevo Estatut de Catalunya y, a su sombra, la campaña del PP del 2006 
para captar votos “contra los catalanes” (soy testigo de que en la recogida de firmas, al menos 
en Madrid, se usaba esta expresión al pedir la firma de adhesión) tuvo dos consecuencias: 
la impugnación partidista (que no se dio en contenidos similares de otros Estatutos) de 
aspectos críticos del llamado Estatut de Miravet1 y la evidencia de que, particularmente en 
época de crisis, gobernar anti-alguien, al que se presenta como origen de todos los males, 
da votos, con lo que se dio la vuelta del PP al Gobierno en las siguientes elecciones, aunque 
en esto también tuvo algo que ver la pésima gestión del gobierno de Rodríguez Zapatero de 
la crisis económica. Cuando se emitió la sentencia del Tribunal Constitucional “recortando” 
un Estatut que había cumplimentado escrupulosamente todas las fases oficiales previas, 
hubo un clamor por reivindicar mediante un referéndum el derecho a decidir del pueblo sobre 
cómo debería ser la relación dentro de España (respeto a la lengua, cultura, finanzas, 
organización propia, etc.) en un momento en el que el independentismo era muy minoritario; 
en esa tesitura, a algún iluminado, quizá influido entonces por el anunciado proceso de 
independencia de Escocia en el Reino Unido, no tuvo nada mejor que decir que eso sería 
como pedir la independencia, con lo que cambió radicalmente el tema de fondo a partir de 
ese momento.

Y además este cambio sirvió para sacar a la luz la ineptitud arrogante de un gobierno que, 
pese a los dictámenes favorables de prestigiosos constitucionalistas (incluso algún padre de 
la Constitución) se enrocó en un repetido “No quiero” (dialogar y gestionar el tema) sin 
ofrecer ni una sola propuesta salvo la amenaza, la imposición y el acallar el problema2. 
 
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Pero, ¿de acuerdo con la Constitución se pueden hacer estas cosas, incluso un referéndum 
por la independencia? Si, a decir de numerosos expertos, se puede hacer un referéndum. Se 
dice mucho que la Constitución no permite hacer un referéndum, y eso no es verdad. La 
Constitución Española permite perfectamente que se pueda hacer una consulta (es bueno 
recordar que así se hizo el referéndum para la permanencia en la OTAN en 1986), no dice en 
ningún sitio que no pueda haber una consulta, que tendría que ser primero con los catalanes, 
¿cómo les vas a preguntar al resto de españoles?, en palabras del 2012 de Francisco Rubio 
Llorente, Presidente del Consejo de Estado y Vicepresidente del Tribunal Constitucional o 
sea, que algo de eso sabía, que decía que la consulta debe ser primero a los catalanes, y en 
el caso de que los catalanes dijesen que en efecto se quieren separar, habría que preguntar 
a todos los españoles por una reforma de la Constitución, pero hoy por hoy, es la 
Constitución que tenemos, nos guste más o nos guste menos. Lo que no vale, es lo que 
decía Rajoy, que la Constitución no lo permite. Si el Gobierno y el Parlamento se ponen de 
acuerdo, podría haber una consulta a la ciudadanía sin problemas. Que alguien diga qué 
artículo de la Constitución lo prohíbe, o lo impide. 

Con el argumento que manejaba Rubio Llorente, los catalanes hoy por hoy, dirían que no 
quieren separarse, al menos no habría una mayoría explícita. Lo que si que hay, es una 
mayoría que dice que esto se les tiene que consultar. Lo que no se suele tener en cuenta es 
que no es solo un conflicto de independización, de que se vayan a independizar, sino que se 
busca ampliar el conflicto y convertir España en un país en el que no caben todos, en el que 
solo caben, por ese lado los nacionalistas españoles, ¿por qué el nacionalismo catalán es 
mejor/peor que el nacionalismo español u otros? Y los independentistas tienen que estar 
fuera, ¿por qué? ¿Qué problema hay en que sean independentistas?  La democracia se 
vería defraudada por los intereses electorales que primaban antes que los valores de la 
democracia, es, tal vez, muy teórico pero es así.

Cuando Rajoy y sus gobiernos decidieron enfrentarse a las reivindicaciones de soberanismo 
catalán criminalizando al adversario político cometieron un grave error de cálculo político. No 
fue el primero. El primero, y más grave, fue provocar la ruptura del pacto constitucional en 
Catalunya (romper realmente España ellos) instrumentalizando un Tribunal Constitucional 
politizado por interferencias partidistas. Pero judicializar y criminalizar el independentismo 
democrático catalán ha tenido unos efectos muy adversos para el mismo Rajoy: ha agravado 
la crisis del sistema político español, ha bloqueado la política española (¿alguien le pedirá 
algún día responsabilidades?) e hizo posible la primera moción de censura exitosa desde 
la aprobación de la Constitución, en 19783.

En sentido estricto, la “judicialización de la política” designa el proceso por el cual una 
instancia busca conquistar en la vía judicial ciertos objetivos que no pudo/supo lograr por 
otros medios. Politizar la justicia hasta el grado de que los jueces, de un Poder Judicial 
desprestigiado y aparentemente poco eficaz, razonen con criterios políticos y no judiciales 
sus decisiones, es grave, y hay dudas sobre la credibilidad de una cúpula judicial cooptada 
por los sectores más conservadores de la magistratura. La consecuencia del irracional “No 
quiero” sin absolutamente ninguna propuesta con la justificación de que donde hay delito 
corresponde juzgar fue la derivación del problema a los jueces (ojo, ¡que la aceptaron!) con 
el pueril argumento de que el gobierno no podía dialogar nada fuera de la Ley4 porque eso 
era delito, unos jueces que debían manejar unas leyes obsoletas5 para juzgar el caso 
(Aristóteles tenía razón). 
 
 
Otra forma de verlo.
 
Se admita o no por algunos, este es un conflicto político, a resolverse entre políticos 
sabiendo dialogar y gestionar (y, visto lo visto, actualizando el ordenamiento jurídico); si se 
judicializa la política y se tiende al mismo tiempo a la politización de la justicia, se ahoga 
cualquier posibilidad de resolución de conflicto. Si lo que se busca es despejar la senda 
hacia un futuro compartido, es un error pensar que el resultado debe ser de vencedores y 
vencidos; para cualquier persona, cualquier cosa impuesta por la fuerza y cualquier 
menosprecio provocan rechazo. Ahí está el quid de la cuestión aplicando inteligencia y 
sentido común (que ya definía G. B. Shaw como el menos común de los sentidos): se han de 
atender y solucionar los rechazos y no las consecuencias de negarlos o prohibir denunciarlos.

Y, de manera amplia, no ceñida al caso que provoca estas reflexiones (no se busca 
comparar de ninguna forma), queda sobre la mesa una duda razonable: si se revisan las 
leyes de un territorio y se determina que alguna de ellas es contraria a los Derechos 
Humanos y hay que cambiarla/derogarla,¿qué ocurre con las sentencias dictadas? Sin ir más 
lejos, estos días se ha derogado la ley que permitía a las empresas despedir empleados por 
absentismo, aunque éste fuera justificado por enfermedad; si durante la vigencia de la ahora 
derogada ley (que estaba avalada por el Tribunal Constitucional), alguien fue despedido, 
¿qué pasa ahora? ¿qué ocurre con los jueces que la dictaron o avalaron en su día? 
¿desconocían los Derechos Humanos y, en su caso, los Tratados Internacionales firmados, 
si los hubiere? 
 
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1Todo viene a partir de la sentencia del Tribunal Constitucional, lo que ha hecho que haya crecido el número de independentistas. Esto tiene un caldo de cultivo, que es la aspiración de la gente de Cataluña y tiene un mar de fondo que es que el tripartido de Maragall establece como un desideratum la necesidad de un nuevo estatuto, este que tiene una complejidad tremenda en su aprobación pero que finalmente está aprobado por el pueblo de Cataluña, más por el parlamento de Cataluña, más por el Congreso de los Diputados, por el Senado mediante la ley orgánica y aprobado por el pleno del Parlamento, lo que llega al Constitucional a partir de un recurso del Partido Popular se frena esta aspiración. A partir de ahí, tres días después de la sentencia del Tribunal Constitucional hay una manifestación, la primera de una larga serie de manifestaciones en las que muchos catalanes han salido a las calles y ya no se conforman con la reforma del Estatuto, es normal que así sea porque previamente se había tratado de reformar el estatuto, después de haber pasado todos los trámites legales y de haber sufrido el 'cepillado' de Alfonso Guerra. Hay que considerar que si eso no hubiese pasado, la conflictividad no habría crecido exponencialmente como ha ocurrido; la consecuencia principal es la desafección hacia España por parte de muchos catalanes.

2Salvando las distancias, es como si en un edificio comunitario aparecen filtraciones; lo prioritario es repararlas, y después averiguar sus causas y gestionarlas antes de que se conviertan en goteras, más difíciles de arreglar. Lo que es suicida es empeñarse en ignorar su existencia y mucho más, prohibir que se exponga ésta.

3Rajoy y su equipo ya son historia. Pero su herencia no. Su herencia está bien viva. La que será conocida como 'sentencia Junqueras' es una parte del legado. Deshacer la enrevesada madeja de la judicialización de la política no será fácil. Es posible, incluso, que la polarización de la política española y la feroz competencia partdista entre Vox y el PP y bloqueen los esfuerzos de retornar la gestión del conflicto a los cauces genuinamente políticos. Pero la justicia europea puede ayudar a objetivar la situación enmendando los abusos judiciales domésticos. Independientemente de cómo reaccione un Tribunal Supremo penosamente desautorizado por su actuación, la sentencia del TJUE protege los derechos de todos los votantes europeos, amplía el recorrido judicial del conflicto en Europa e identifica dos fraudes procesales. El primer fraude, permitir que Junqueras participara en unas elecciones e impedir la efectividad del resultado. Y, el segundo, elevar una cuestión prejudicial al TJUE y no esperar la respuesta para dictar sentencia. Dos argucias jurídicas irregulares.

4Según esa teoría, el gobierno ignoraba que todas las leyes nuevas se negocian en el filo de la navaja de las leyes vigentes, particularmente si el nuevo articulado contradice el antiguo. La propia Constitución (con la que se da la paradoja de que sus acérrimos defensores -de la letra, no del espíritu- de hoy son los mismos que, en su día, hicieron campaña contra ella) no existiría, pues se negoció y redactó al margen de la legislación entonces vigente, a la que derogó.

5Prueba de lo cual es que Reino Unido, Bélgica, Alemania, Suiza,.. no hayan encontrado en sus legislaciones nada que califique de delito los hechos atribuidos a los encausados y hayan desestimado las euro-órdenes cursadas desde España que hacían referencia a personas vinculadas al tema. Por no hablar de la ONU, que acusa directamente a España de haber realizado detenciones arbitrarias.

domingo, 16 de febrero de 2020

¿La tele que merecemos?

Reconozco que no soy consumidor habitual de televisión salvo emisiones muy concretas; 
con ese perfil, y por motivos que no vienen al caso, me he visto prácticamente obligado a 
permanecer todo un día (se ve que yo estaba “desentrenado” porque ¡qué largo se hizo, 
Señor!) ante la pantalla televisiva  como única distracción y, en mi opinión basada en la 
experiencia de ese día, de una parrilla disponible de centenares de cadenas, y después de 
varios barridos (eso que se conoce como zapping), bastaban los dedos de una mano para 
contar las que emitían algo que merecía la pena; dejando a un lado las que emitían películas 
o series variopintas, para las que aquello de “sobre gustos… “ viene como anillo al dedo, las 
musicales, las deportivas y todas las temáticas, si lo que se buscan son cadenas generalistas 
con programas puramente televisivos de calidad, el resultado es deprimente y me ahorro los 
calificativos. En una época como la nuestra, en la que casi se sacralizan las fechas, 
aniversario o referencia de tal o cual cosa o hecho, no deja de resultar curioso que fechas 
que han marcado un antes y un después de acontecimientos cotidianos queden en una 
ambigua difuminación cuando no en un total desconocimiento. Es lo que me ha recordado 
esta experiencia si hacemos caso a la aceptación como normal de una programación que 
críticos expertos llamaron en su día televisión-basura y situaron sus inicios concretamente el 
27 de enero de 1993 con la emisión en directo por Antena 3 del programa sobre las niñas de 
Alcàsser1, a partir del cual quedó inaugurado el todo vale para captar audiencia. 
 
 
Ahí está, posiblemente, la clave: si con los programas-basura, sean o no televisivos, se gana 
audiencia/lectores2, es decir, hay personas que los buscan, lo razonable que se puede hacer 
es analizar por qué y, seguramente, el morbo3, entendido como curiosidad morbosa, que es 
un instinto más en el ser humano, un área con la misma relevancia que el sueño, el hambre 
o el sexo, nos puede dar pistas. El morbo, visto así, es tan viejo como la humanidad; ya hace 
2000 años, el filósofo moralista griego (con ciudadanía romana) Plutarco decía que “El morbo 
es la desobediencia de la razón”.

El morbo es uno de nuestros impulsos básicos. Tiene que ver con nuestro paquete instintivo, 
ese en el que también están todas las necesidades fundamentales como comer, dormir, 
socializar y tener sexo. Es más, corroborando a Plutarco, estudios como el llevado a cabo en 
la Escuela de Medicina de la Universidad estadounidense del Estado de Carolina del Norte 
Wake Forest, nos señalan que el interés por lo mórbido, por ese lado más oscuro de la 
conducta humana, siempre ha estado presente en nuestro cerebro formando parte de 
nuestra sombra, a decir del psicólogo Carl Jung, que indica que una de nuestras obligaciones 
como seres humanos es aceptarla. Por higiene mental, debemos conocer, aceptar y sacar a 
la luz esas áreas que mantenemos en la penumbra de nuestra personalidad para poder 
conocernos mejor.  
 
 
El morbo puede definirse como la necesidad de ver, sentir, oír, oler o interactuar de alguna 
manera con lo que socialmente se cataloga como prohibido o proscrito. Se trata, en esencia, 
de una fuerza que impulsa a entrar en contacto con ello y a experimentar placer al hacerlo. 
El placer de trasgredir normas o entrar en el mundo de lo prohibido. Las formas en que se 
expresa son muchas. La pornografía, por ejemplo, satisface la curiosidad, pero también 
permite ir “más allá” de una relación sexual común y corriente. Atrae porque trasgrede los 
límites habituales y eso mismo le confiere un plus de placer. La clave en el morbo es la 
transgresión como fuente de placer.

El diccionario dice que el morbo es una tendencia obsesiva hacia lo prohibido. En principio 
se le asocia con algo insano, pero también con el placer, casi siempre de tipo sexual. Sin 
embargo, esto debe ser matizado. No todo impulso morboso es dañino. A veces simplemente 
es lúdico y forma parte de nuevas formas de explorar el placer. Lo que usualmente despierta 
el morbo es todo aquello que encierra un misterio o proyecta la idea de lo inescrutable. En 
condiciones normales, esto corresponde a todo aquello que no se experimenta habitualmente 
o que implica la ruptura de lo llamado “normal”. En casos patológicos, significa atracción por 
objetos prohibidos por las normas del parentesco, la salud mental o el orden social. Son los 
casos de atracción por personas de la familia o por niños, etc. En estos casos el morbo sí se 
ubica en el terreno de la perversión.  
 
 
Pero sería un error, si lo que se pretende es un acercamiento al fenómeno de la telebasura, 
ceñir el problema al morbo y su derivación hacia lo erótico y sexual, no, la telebasura tiene 
múltiples tentáculos, algunos ya aparentemente interiorizados como “normales” por la 
audiencia ya que, en el fondo, va mucho más allá; telebasura es un término aplicado por 
extensión a determinados modelos televisivos, definido en el DRAE como «conjunto de 
programas televisivos de contenidos zafios y vulgares» y aplicado a una manera de concebir 
la televisión basada en el uso del sensacionalismo, los acontecimientos impactantes, 
excesiva atención hacia los quehaceres privados y personales de personajes conocidos
absoluta carencia de contenido cultural.

A decir de los expertos, se puede considerar telebasura el conjunto de programas en los que 
aparece cualquiera de los siguientes ‘síntomas’ o características: "la vulneración de derechos 
fundamentales, la falta de consideración hacia los valores democráticos o cívicos –como por 
ejemplo, el desprecio de la dignidad que toda persona merece–, el poco o nulo respeto a la 
vida privada o a la intimidad de las personas, o la utilización de un lenguaje chillón, grosero e 
impúdico. Todo esto se lleva a cabo con la «intención de convertir en espectáculo la vida de 
determinados personajes que, generalmente, se prestan a ser manipulados a cambio de la 
celebridad que les da la televisión o a cambio de contraprestaciones económicas». Y por su 
parte, la Asociación de Usuarios de la Comunicación define la telebasura en España como 
cualquier espacio, sea cual sea su género (magazines y reality shows principalmente, pero 
también concursos e incluso debates), «en el que prima el mal gusto, lo escandaloso, el 
enfrentamiento personal, el insulto y la denigración de los participantes y la agresión a/de la 
intimidad (es decir, la invasión de la intimidad de los que participan pero, sobre todo, la 
imposición a los espectadores de la intimidad de los que participan)». Dicha asociación 
aclara que no debe verse su labor de denuncia como “coartada preparatoria de la censura 
desde planteamientos morales reaccionarios o políticamente correctos”, puesto que su labor 
se fundamenta “en el entendimiento de la telebasura como un fenómeno televisivo que 
atenta contra la función social del medio; que menoscaba sus posibilidades expresivas y de 
contenido en términos tanto de información y formación como de entretenimiento, y que 
conculca valores constitucionales como el derecho a la veracidad, a la intimidad, a la dignidad 
de las personas, a la no discriminación y a la protección de la infancia”. Según un estudio 
publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas en junio de 2010, siete de cada diez 
españoles consideraban que la programación de la televisión tenía poca o ninguna calidad. 
 
 
Recordemos que siempre se nos ha dicho que los fines de la televisión eran formar, informar 
y entretener a los tele espectadores; sobre los dos primeros corramos un piadoso (y tupido, 
muy tupido) velo, y sobre el tercero, otra de las características observadas sobre este 
modelo televisivo de entretenimiento (?) ‘alienante’ es el elevado porcentaje de programación 
del mismo que ocupan en las parrillas televisivas, en detrimento de programas con otro tipo 
de contenido (o quizá cabría decir, simplemente, «con contenido»). El asunto ha promovido 
a comienzos del siglo XXI cierto debate académico y, en uno de los libros específicamente 
dedicados al tema, Telebasura y periodismo (2004) del periodista y catedrático Carlos Elías, 
el autor critica a los periodistas de prestigio que se pasan "al lado oscuro" de la telebasura 
para dotarla de "prestigio" ante la opinión pública y para confundir periodismo con 
espectáculo. Considera que las televisiones pagan a estos periodistas telebasureros «sumas 
astronómicas de dinero con el que compran su deontología profesional». Según Elías, el 
problema derivado de esta práctica es que el público se confunde y de tanto oír que lo es, 
acaba por creerse que se trata de periodismo. Pero los comentaristas más incisivos y 
sangrantes son, precisamente, los no periodistas. Populares a base de repetición, se 
distinguen por ofrecer su opinión personal como hechos ciertos y verídicos. Se mueven por 
varios programas y un día fueron manager de alguien o concursantes televisivos, pero les 
damos todo el crédito porque ellos saben… ¿o no?

La telebasura, pues, suele compararse con la prensa sensacionalista, con la que comparte 
algunas características:

    - Manipulación de la información, o la confusión de información y opinión.
    - Ningún respeto del derecho a la privacidad.
    - Conversión de dolor y miseria humana en espectáculo.
    - Especial atención al escándalo (particularmente sexual) y la violencia.
    - Uso del cuerpo humano desnudo, especialmente el femenino(“cosificación” de la mujer)
    - Discurso minimizando las consecuencias del consumo de drogas.
    - La aberración, presentada como un modelo a imitar.
    - Discusión acalorada en lugar de diálogo.
    - Lenguaje ofensivo, gritos e insultos.
    - Carencia o relativismo cultural, y difusión de una subcultura.
    - Promoción de la zafiedad, la pseudociencia y ciertas.
    - Tratamiento obsesivo de la vida privada de los “famosos y famosillos”.
    - Exaltación del ridículo.

 
 
Preocupa comprobar que vivimos con la primera generación de adolescentes “educados” 
viendo telebasura. Según un estudio de la agencia TNS Media Intelligence presentado en 
Francia, los reality shows atrapan a los adolescentes y los enganchan a la televisión -el 37% 
de los jóvenes franceses tiene un televisor en su cuarto, según ese estudio-, en conclusiones 
que coinciden con el Estudio General de Medios en España. Para el citado anteriormente 
profesor Carlos Elías, sería necesaria la creación de un Consejo Audiovisual plural 
compuesto por gente de la política, la universidad y los medios de comunicación en el que, 
sin minar la libertad de expresión, se regule la ética que mueve a los programas que se 
hacen llamar periodismo televisivo. La televisión, si es pública en particular, debe disponer 
de mecanismos de control para que se cumplan los principios de protección a la infancia y a 
la intimidad, así como las recomendaciones sobre el tratamiento televisivo de los procesos 
judiciales, la violencia o las tragedias personales. Pero las cadenas privadas son eso, 
privadas. Si no te gustan, no las veas. Pero es importante que la batalla contra la telebasura 
no termine convirtiéndose, como en otros paises, en telecensura.

Como define el Manifiesto contra la telebasura que firman diferentes asociaciones de 
consumidores y de telespectadores, se trata de una forma de hacer televisión caracterizada 
por explotar el morbo -interés malsano por acontecimientos desagradables-, el 
sensacionalismo y el escándalo como palancas de atracción de la audiencia. Es 
perfectamente reconocible por los asuntos que aborda, por los personajes que exhibe y 
coloca en primer plano y, sobre todo, por el enfoque distorsionado desde el que se aborda 
todo. Cualquier tema sobre el comportamiento humano, cualquier acontecimiento político o 
social se convierte en excusa, y bajo una apariencia de preocupación o de denuncia estos 
programas se regodean con la exhibición de sentimientos y comportamientos íntimos. Para 
los firmantes del Manifiesto, la telebasura cuenta con una serie de ingredientes que la 
convierten en un factor de aculturización y desinformación:

  - Es reduccionista, pues transmite explicaciones simplistas de los asuntos más 
complejos. 
 - Es demagoga, porque presenta meras opiniones como hechos fundados, 
independientemente de los conocimientos sobre los que se sustentan. 
 - Desprecia de forma habitual derechos fundamentales como el honor, la intimidad, el 
respeto, la veracidad o la presunción de inocencia; y practica la televisión de lo  trivial, 
basada en la vida privada de personajes del mundo rosa, sus nimiedades y sus conflictos 
sentimentales.
 
 
Partiendo de la premisa “sin basura no podríamos vivir”, el filósofo Gustavo Bueno realizó un 
brillante análisis del fenómeno en su libro Telebasura y democracia (Ediciones B, 2002) 
teniendo presente, parafraseando al cineasta Fellini, que la basura muchas veces está en el 
que ve televisión y no en el propio medio: En una sociedad democrática, la audiencia es la 
que manda, y la televisión basura obedece a esta demanda, no ya por razones éticas o 
morales, sino por razones de pura supervivencia democrática.

Contra la telebasura, sin embargo, hay -y no es el único- un antiguo remedio infalible al hio 
de los avances técnicos: un objeto generalmente en forma de paralelepípedo, que se coloca 
delante de los ojos, de fácil manejo digital y con infinidad de modelos llamado mando a 
distancia. Descubrir que el botón de apagado de la tele funciona también antes de 
medianoche puede ser una maravillosa experiencia. Pero de vez en cuando apetece -y 
hasta relaja- dejarse atontar por la caja sucia. ¿Y qué? No es un delito divertirse con la 
televisión y no es incompatible con ir al teatro, charlar con amigos, escuchar a Bach, salir de 
copas o leer a los clásicos. Un día puede apetecerte admirar Las Meninas y otro, enterarte 
de lo que ha hecho una folclórica. Sé consciente de lo que ves y escoge. 
 
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1Un poco de memoria. Se conoce como crimen de Alcàsser (o crimen de las niñas de Alcàsser) al secuestro, violación, tortura y asesinato de Míriam, Toñi y Desirée, tres adolescentes de catorce y quince años de ese municipio valenciano.
Las adolescentes desaparecieron la noche del viernes 13 de noviembre de 1992, cuando se dirigían haciendo autoestop a una discoteca de la vecina localidad de Picasent donde se celebraba una fiesta de su instituto. Su búsqueda tuvo una fuerte repercusión en los medios de comunicación nacionales. El 27 de enero de 1993, setenta y cinco días después de su desaparición, dos apicultores encontraron los cadáveres semienterrados en una fosa en el barranco de la Romana, un paraje de difícil acceso próximo al pantano de Tous, a unos 50 kilómetros de Alcàsser. El hallazgo de los cuerpos y el conocimiento posterior de las vejaciones a las que fueron sometidas conmocionaron profundamente a la sociedad.
Desde el punto de vista mediático, durante los meses en que las adolescentes se encontraban desaparecidas, prácticamente todos los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia. Programas de televisión como Quién sabe dónde (TVE-1) de Paco Lobatón sensibilizaron al país durante su búsqueda. Sin embargo, muchos analistas coinciden en señalar que la noche del 27 de enero de 1993 fue el inicio de la telebasura en España. Esa noche se conoció el hallazgo de los cadáveres y el programa De tú a tú (Antena 3), presentado por Nieves Herrero, trasladó su plató a Alcàsser. El programa contó con la presencia de los familiares de las desaparecidas, cuyo dolor fue retransmitido en directo a medida que se iban conociendo los macabros detalles de la recuperación de los cuerpos. Herrero llegó a mostrar una gran falta de tacto durante la emisión, al decirle a la madre de una de las víctimas que sostenía una de sus fotografías «abrace a su hija, abrace a su hija». Además, el público asistente, que se componía de vecinos del pueblo, aplaudía enfervorecido a medida que se iban conociendo las primeras detenciones esa misma noche. El programa y la propia Nieves Herrero fueron enormemente criticados por estos hechos durante años.
Una vez abierta la veda, por otro lado, cuatro años después, durante el juicio a Ricart, uno de los acusados del horrible crimen, único al que se pudo atrapar, los programas Esta noche cruzamos el Mississippi (Telecinco) de Pepe Navarro y El juí d'Alcàsser (Canal Nou, televisión autonómica valenciana) de Amalia Garrigós también generaron mucha polémica por centrarse en los aspectos más morbosos de los asesinatos con el fin de conseguir buenos datos de audiencia. En ellos se mostraron fotografías de los cadáveres y se discutieron temas escabrosos, como si las muchachas tenían la regla o si se les habían quemado los pezones. Alguno de los padres de las niñas usaban estos programas como plataforma para difundir su teoría de la conspiración.
El periodismo basura no se limitó a la televisión y alcanzó también a la prensa escrita. En abril de 1997, el polémico abogado Emilio Rodríguez Menéndez firmó y publicó una supuesta entrevista con Antonio Anglés (otro de los asesinos, huído) en el diario Ya, del que era editor. Las fotografías de Anglés que aparecían en la entrevista fueron analizadas por la Guardia Civil, que desde el primer momento negó que se tratase del fugitivo. Dos meses más tarde, la revista Interviú desveló que se trataba de una manipulación informativa tramada para aumentar las ventas del diario que atravesaba una fuerte crisis económica. El falso Anglés resultó ser un modelo argentino que aseguraba desconocer la intención con la que le fueron tomadas las fotografías. El director del diario, José María de Juana, dimitió de su cargo. 

2Paradigmático, y anterior a la televisión, es el ejemplo de El Caso, semanario especializado en noticias de sucesos, que se editó 1952 y 1997. A lo largo de sus cuarenta y cinco años de existencia la publicación tuvo una gran audiencia, pasando de una tirada de poco más de 10.000 ejemplares del primer número hasta progresivamente ir abarcando una tirada de casi medio millón de ejemplares.

3Si hemos de hacer caso al significado definido por el DRAE, es 1.- Enfermedad o alteración de la salud., y 2.- Atractivo que despierta una cosa que puede resultar desagradable, cruel, prohibida o que va contra la moral establecida, acepción que cuadra más con estas reflexiones.
En su primera acepción, en el área de la medicina, se habla de estados “mórbidos”, por extensión, todo aquello que nos remite a la enfermedad mental, identificado comúnmente con la perversión.