domingo, 29 de agosto de 2021

Diógenes/personaje y Diógenes/síndrome, en flagrante contradicción.


A quien más, quien menos, el vivir esto del confinamiento con las limitaciones de todo tipo 
sobrevenidas por la pandemia del aún desconocido coronavirus, le ha hecho replantearse 
muchas cosas, examinar prioridades y redefinir qué es, en realidad, imprescindible, qué 
necesario o qué superfluo en nuestras vidas. En el fondo, éste es un tema recurrente y 
profusamente recogido en la cultura popular en forma de cuentos, parábolas, narraciones 
orales y mil y una formas de comunicarlo, entre las cuales no son menores los 
autoproclamados libros de autoayuda; hoy recordaremos con él una figura contradictoria, en 
tanto la personalidad del conocido personaje es, curiosamente, totalmente opuesta a la del no 
menos conocido síndrome que lleva su nombre.

 
Para Diógenes, pues de Diógenes hablamos, no había término medio. Todo aquello que no 
fuera necesario era superfluo, y todo lo superfluo, por consiguiente, un lastre para alcanzar la 
plenitud de la vida. Aquello que no era para él una necesidad vital acababa abandonado o 
erradicado (en el caso de que fuera algo no material, como los sentimientos). Su objetivo era 
bien claro: deshacerse de todo deseo que degenerara en dependencia. Pero la gracia está en 
que esa disciplina feroz consigo mismo no acababa en su propia persona, sino que desarrolló 
la voluntad de señalar esas faltas también en los demás, y eso es lo que lo convirtió en uno de 
los personajes más fascinantes, revolucionarios e irónicos de la antigua Grecia.

 

Diógenes (llamado “de Sinope”) fue un filósofo griego que nació en Sinope, una colonia jonia 
del mar Negro, hacia el 412 a.C. y murió en Corinto en el 323 a.C. No llegó a la posteridad 
ningún escrito suyo y la fuente más completa de la que se dispone acerca de su vida es la 
extensa sección que su homónimo, el historiador griego Diógenes Laercio le dedicó en su  
Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres. Perteneciente y máximo exponente 
de la conocida como escuela cínica, que reinterpretaba la doctrina socrática considerando que 
la civilización y su forma de vida era un mal y que la felicidad venía dada siguiendo una vida 
simple y acorde con la naturaleza. El hombre llevaba en sí mismo ya los elementos para ser 
feliz y conquistar su autonomía era de hecho el verdadero bien. De ahí el desprecio a las 
riquezas y a cualquier forma de preocupación material. El hombre con menos necesidades era 
el más libre y el más feliz. Rechazó también el politeísmo con todos los cultos religiosos, por 
considerarlos instituciones puramente humanas y superfluas. Diógenes criticaba las 
diferencias de clase, predicaba el ascetismo y la tradición le ha atribuido osadía e 
independencia ante los poderosos, desdén por las normas de conducta social. Es poco 
probable, sin embargo, que su imagen en extremo pintoresca corresponda plenamente a la 
realidad, pues son contradictorios los datos que sobre este particular se poseen. Según 
Diógenes, la virtud es el bien soberano mientras los honores y las riquezas son falsos bienes 
que hay que despreciar. El principio de su filosofía consiste en renunciar por todas partes a lo 
convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y 
reducir al mínimo sus necesidades. Diógenes veía en el mundo de su época (sería interesante 
saber qué pensaría hoy) un verdadero problema moral, pues la gente, en lugar de forjarse a sí 
misma y valorar su opinión propia respecto al bien y el mal, prefería actuar en función de qué 
era lo que los demás opinaban y cómo esas opiniones de terceros podían afectarles. Vivían, 
por así decirlo, de cara a la galería. Diógenes se pasaría el resto de su vida demostrándoles 
por qué eso era una estupidez.

 

Las anécdotas de (o atribuidas a) Diógenes no tienen igual en el mundo de la filosofía. Se 
dice de él que, despreciando todo signo de riqueza, caminaba descalzo, vistiendo exiguos 
trajes, aun en época invernal, y se alimentaba con comidas extremadamente frugales y 
sencillas. Reposaba de día en los pórticos de los edificios y de noche en un tonel. Diógenes 
suele ser representado sosteniendo en una mano la lámpara encendida con que, según la 
leyenda, buscaba en pleno día por las calles de Atenas un hombre merecedor del apelativo de 
honrado (al parecer, alguien tuvo el detalle de dejarle un candil junto a su tonel por la noche, 
para que pudiera ver en la oscuridad. Pero dicho personaje sabía poco de Diógenes, quien no 
tenía ningún interés en tener un solo trasto más de los necesarios, de manera que empezó a 
usarlo como instrumento de provocación. Le dio por pasearse por las calles de Atenas candil 
en mano gritando que buscaba a un hombre “justo”. En su ansia por incomodar, un día tomó 
la decisión de ponerse a buscar un hombre así en el teatro… intentando entrar cuando todos 
salían. Ante los reproches que despertaba su manera de actuar, respondió: “Así sentirán en 
su propia piel lo que es vivir de la manera que yo lo hago”. Siempre a contracorriente). En otra
 ocasión, habiendo oído que Platón definía al hombre como un animal bípedo sin plumas, 
arrojó entre su auditorio un gallo desplumado, diciendo: "he ahí el hombre de Platón". Se 
cuenta que hallándose un día Diógenes reposando junto a su tonel, le visitó Alejandro Magno, 
atraído por su fama, y le preguntó qué era lo que más desearía en aquel momento, a lo que el 
filósofo contestó que lo que más deseaba era que Alejandro se apartase para que su sombra 
no le impidiera gozar del sol. Mientras que el séquito del emperador prorrumpía en carcajadas 
e insultos contra el filósofo, el joven pero inteligente rey de Macedonia (quien, no lo olvidemos, 
había sido discípulo de Aristóteles) quedó sumamente impresionado por la coherencia del 
errabundo personaje, pues dejaría dicho para la posteridad: “Si no fuera Alejandro, querría ser 
Diógenes”.  Otro día, viendo Diógenes a un niño bebiendo de una fuente con el hueco de la 
mano, dijo "este niño me hace ver que conservo todavía algo superfluo" y rompió el cuenco en 
que él solía beber. No perdía su ironía ni en los peores momentos. En cierto momento de su 
vida, fue hecho prisionero para ser vendido como esclavo y cuando sus captores le 
preguntaron qué era lo que sabía hacer, respondió: “Sé mandar. Mira a ver si alguien quiere 
comprar un amo”. 
 

Y así podríamos seguir con el personaje. Sabemos, no obstante, menos de la doctrina de 
Diógenes que de su vida porque se preocupó menos de formar escuela que de llevar una vida 
recta, de acuerdo con los principios de autonomía y desprecio de los usos de la sociedad; 
consideraba la idea de que la virtud consiste fundamentalmente en la supresión de las 
necesidades; la creencia de que la sociedad es el origen de muchas de estas, que pueden 
evitarse mediante una vida natural y austera; el aprecio por las privaciones, al punto del dolor, 
como medio de rectificación moral; el desprecio de las convenciones de la vida social, y la 
desconfianza de las filosofías refinadas, afirmando que un rústico puede conocer todo lo 
cognoscible. El rechazo de las formas de civilización establecidas se extendía al ideal que 
llevaba a los jóvenes griegos a practicar la gimnasia, la música y la astronomía, entre otras 
disciplinas, para alcanzar la excelencia; Diógenes sostenía que, si se pusiera el mismo empeño 
en practicar las virtudes morales, el resultado sería mejor. Despreciaba también la mayoría de 
los placeres mundanos, afirmando que los hombres obedecen a sus deseos como los esclavos 
a sus amos; del amor sostenía que era "el negocio de los ociosos", y que los amantes se 
complacían en sus propios infortunios. Diógenes decía que los dioses habían dado al hombre 
una vida fácil, pero que éste se encargaba constantemente de complicarla y hacerla mucho 
más difícil; que la sabiduría era para los hombres templanza, para los viejos consuelo, para 
los pobres riqueza y para los ricos ornato. Se sabe también que sostenía que la muerte no era 
un mal, pues no tenemos conciencia de ella. Se le considera inventor de la idea del 
cosmopolitismo, porque afirmaba que era ciudadano del mundo y no de una ciudad en 
particular .

 

Llama la atención, sin embargo, que hoy, cuando se habla del desorden psicológico conocido 
como ”síndrome de Diógenes”, nos referimos a un trastorno que nada tiene que ver con su 
vida. Esta alteración de la conducta se caracteriza, contrariamente, por la acumulación de 
forma compulsiva de todo tipo de materiales, especialmente basura, de manera que los que 
lo padecen suelen terminar viviendo en condiciones infrahumanas e insalubres por 
acumulación de enseres. No deja de tener guasa que le dé su nombre al síndrome Diógenes 
de Sinope, un hombre que, como se ha visto, no es que no acumulara cosas, sino que 
despreciaba casi todo. Diógenes no tenía posesiones y defendía justamente lo contrario de lo 
que define este síndrome: despojarnos de todo aquello que fuera innecesario para poder vivir 
la vida del modo más libre de ataduras posible. Suele darse en las personas mayores de 65 
años y en los años 60 del siglo pasado se realizaron y registraron por primera vez estudios de 
este patrón de conducta aunque el término se acuñó en 1975 haciendo referencia, 
paradójicamente, a Diógenes de Sinope, y esto es así porque Diógenes solo portaba consigo 
lo estrictamente necesario y, por lo tanto, coincide con la conciencia de las personas que 
sufren este síndrome, que creen que todo lo que almacenan o guardan es o será necesario 
en algún momento venidero. El nombre levanta ampollas y, a decir de reputados expertos 
especialistas, “no nos parece acertada la denominación (del síndrome) de “Diógenes”, pues 
confunde una actitud austera y sobria de la existencia que es la que propugnaba el filósofo, 
con un desarreglo mental que en su comportamiento patológico se aproxima más a la imagen 
tradicional del avaro. A hubiera sido más apropiado haberle dado un nombre como 
“Síndrome de Euclión”, el avaro protagonista de la comedia de Plauto, (punto de partida de 
todos los avaros de la literatura occidental, desde el Shylock de Shakespeare, al de Moliére)
como proponen algunos autores. Somos conscientes de lo difícil que resulta cambiar un 
término del lenguaje coloquial, pero aconsejamos no caer en los hábitos periodísticos y 
utilizar más los términos “silogomanía”, “trastornos de ideas delirantes”, “urraquismo”, 
síndrome de la miseria senil”, etc., y desde enfermería el de “trastorno de los procesos del 
pensamiento”
 
Pero, ahí está. 

 

jueves, 26 de agosto de 2021

¿Hipocresía en las Redes?


Muy recientemente he pasado por el trance de la pérdida de una persona querida, de ésas que, 
pese a la distancia física, “siempre están ahí” y que, en el fondo, se nos convierten en referente 
sin que nos demos mucha cuenta. Poco importa ahora saber si era o no una situación 
esperada o incluso previsible por eso que llaman ley de vida, si ha tenido algo que ver la 
pandemia por el coronavirus Covid-19, si...; el mazazo emocional es igual de duro. La persona 
que nos ha dejado era activa en las Redes Sociales y es precisamente la reacción observada 
en ellas lo que nos mueve a estas reflexiones. Todo viene porque, cuando se hace público por 
la familia su fallecimiento, su página personal en las Redes se inunda de mensajes de 
condolencia de personas que jamás antes hicieron algún tipo (el que fuere) de comentario 
sobre sus aportaciones, que parecían ni haber leído, esos amigos “descubiertos hace un 
instante” que ya cantó Joan Manuel Serrat en su monumento a la sensibilidad que es la 
canción La tieta. Y no se trata, ojo, de cuestionar la autenticidad y sinceridad de los 
sentimientos que dan lugar a las condolencias, que nadie se equivoque, hay que reputarlos de 
sinceros y respetarlos como tales, pero ¿por qué expresarlos ahora y nunca antes? ¿por qué 
en las Redes, con publicidad, y no en privado a los deudos?

 

Empecemos por lo segundo y, para ello, dejadme compartir una experiencia, creo, ilustrativa: 
hace un tiempo pasé por un trance similar al que provoca estas líneas sólo que, en el ámbito 
personal, por la cercanía emocional, más doloroso y desequilibrante; por razones que no 
vienen al caso, lo pasé muy mal (no me duelen prendas reconocerlo) y cualquier muestra de 
apoyo era bienvenida. Por entonces, una persona de las que yo creía amigo (de hecho, él me 
había buscado para desahogar conmigo sus cuitas de índole muy distinta y pedirme consejo 
sobre ellas) publicó una condolencia, hay que admitir que modélica, en la página pública de la 
persona que se había ido, pero yo, en teoría su amigo, aún hoy estoy esperando un simple 
“¿Cómo estás?”. Por supuesto, no se debe generalizar ni elevar a la categoría de dato 
estadístico lo que seguramente no es sino la anécdota de un caso aislado, pero sí que el 
cavilar sobre ése y otros casos aislados que se prodigan permite concluir en un perfil de 
actuación común a todos ellos. Se ve que, para ellos, lo importante no es la persona, sino el 
marco en el que se ve reflejada, es decir, que lo prioritario es mejorar la propia imagen a 
través de que muchas personas conozcan, accedan y lean esa sentida despedida pública 
difundida y magnificada por las Redes (antes de ellas, eso no pasaba) en lugar del consuelo y 
acompañamiento íntimo y callado, sin publicidad. Luego está el morbo de otros al entrar 
rápidamente a la página de la persona fallecida antes de que se cancele para comprobar 
quién y en qué términos ha dado el pésame. Parece confirmarse que el qué dirán y el vivir de 
cara a la galería siguen en vigor, presidiendo las actuaciones de algunos (¿muchos?), y con 
las Redes, más.

 

La primera de las preguntas que nos hacíamos, esa de que realmente se constata que una 
vez que alguien nos deja han quedado, casi siempre, muchas cosas en el tintero y no queda 
otra solución que expresarlo vía condolencias, es más compleja y merece ser abordada desde 
otro punto de vista, casi a caballo de la psicología y de la herencia cultural. ¿Cuántas veces 
nos ha pasado que al coincidir en un funeral con familiares y amigos nos hemos lamentado de 
que nos veamos, precisamente, sólo allí y de que no seamos capaces de organizar una 
reunión con otro escenario? Por descontado, acabada la ceremonia, la idea de la posible 
reunión vuelve a quedar tan ambigua y difusa como antes de ella; vuelven otras prioridades. Y 
en eso, algo tiene que ver la cultura y costumbres heredadas; en nuestra sociedad nadie nos 
enseña a aceptar como algo normal una pérdida, ni siquiera estamos preparados para recibir 
una simple negativa a nuestros deseos porque nos inculcan sutilmente desde pequeñitos que 
conseguiremos todo aquello que queramos, y que todo estará ahí para siempre. 
Consecuentemente, tampoco suelen enseñarnos a decir “te quiero” a nadie (es tan cursi..., ni 
a dar abrazos, ni a manifestar lo mucho que nos importa una persona. Eso ya lo podremos 
hacer más adelante. Total, mañana también estará ahí…, pero puede que no sea así y tal vez 
mañana ya no esté, luego entonces, ¿por qué no le dices tus sentimientos ahora? Si hay 
alguien a quien quieres abrazar, a quien quieres ver, a quien quieres expresarle tus 
sentimientos, hazlo ahora porque la vida es corta, sí, es corta para todos, y llega un momento 
que se acaba. No estamos acostumbrados a hablar de la muerte. Es algo que sabemos que 
existe y que puede llegar sin previo aviso, sin importar nuestra edad ni si estamos más o 
menos preparados para afrontarla, pero actuamos como si fuese algo que desaparecerá si no 
lo pensamos y si no hablamos de ello. Pero no es así. Sigue estando ahí y esta forma de 
pensar y de actuar, en definitiva, no nos hace bien.

 

La muerte es algo natural y nadie puede prometer que se encontrará de aquí a mucho tiempo, 
plácidamente y cuando uno sea mayor, sino que puede ocurrir en cualquier momento de forma 
brutal e inesperada. Debemos asumir que no somos eternos, que llegará el momento de 
marchar para nosotros también. La vida es como arena entre los dedos, se escurre sin remedio 
por mucho que uno se aferre a ella, mas, a pesar de lo efímera que es, debemos esforzarnos 
por ver la vida como algo hermoso, porque lo es. Que los días nos sirvan para dar lo mejor de 
nosotros y para amar de una forma sana: 
 	- Si tienes hijos diles que les quieres, abrázalos, regálales amor constantemente. 
 	- Si tienes padres abrázalos, porque no estarán ahí para siempre. Ámalos aunque no 
los entiendas, o aunque no compartas su manera de pensar. 
 	 - Si tienes hermanos habla con ellos, diles que representan algo importante en tu 
vida. Son los recuerdos de tu niñez, son los compañeros de tu vida. 
 	- Si tienes amigos hazles saber que te gusta compartir tu vida con ellos. ¡Que no te dé 
vergüenza demostrarles tu sentimientos! 
En resumen, el refranero es muy sabio: no dejes para mañana… Hagas lo que hagas, 
la muerte de un ser querido siempre causará dolor, pero no esperes a saber que alguien tiene 
una enfermedad terminal, o peor, que ya ha fallecido,  para demostrarle tus sentimientos y que 
lo necesitas. ¡Hazlo ahora! Dar amor y regalar caricias no es malo, todo lo contrario, hace 
crecer y creer en el ser humano, hace mejor persona. La vida es bella, aunque a veces nos 
parezca injusta, y merece ser vivida en plenitud y con amor hasta el último minuto. Lo que se 
haga después...




 

martes, 24 de agosto de 2021

La fiebre amarilla de 1821 en Barcelona.


Hablando de epidemias, en este 2021 y por estas fechas se cumplen doscientos años 
redondos de la epidemia de fiebre amarilla1, que acabó con la vida de entre 18.000 y 20.000 
barceloneses, que equivalían a la sexta parte de la población de Barcelona de aquella época, 
durante los meses de agosto (un mes especialmente caluroso ese año) a diciembre de 1821. 
Si bien el brote inicial se produjo en Barcelona, la enfermedad también se cobró víctimas en 
ciudades portuarias como Tarragona, Tortosa (desde Tortosa, la fiebre amarilla se extendió 
Ebro arriba afectando a pequeñas poblaciones como Ascó y Mequinenza) y Palma de Mallorca. 
La aparición de brotes de fiebre amarilla en el contexto europeo viene del descubrimiento de 
América, aunque la enfermedad en sí se desconoce si era originaria de África o si, por el 
contrario, era endémica del continente americano (diversas hipótesis apuntan a que el virus 
tiene su origen en África y desde este continente pasó a América durante el siglo XVI a través 
del comercio de esclavos); desde entonces hay noticias periódicas de episodios que se han 
identificado con la fiebre amarilla. Cabe decir que la fiebre amarilla no fue la única enfermedad 
que tuvo una importante repercusión histórica, sino que hubo otros que aparecieron 
reiteradamente, como es el caso del cólera mórbido. 

 

La Península Ibérica se vio afectada por la fiebre amarilla durante los siglos XVIII y XIX. El 
1723 hubo una epidemia en Lisboa, aunque las poblaciones más afectadas fueron las de 
Andalucía, especialmente la ciudad de Cádiz -que durante parte del siglo XVIII continuaba 
siendo el puerto que tenía el monopolio del comercio con las colonias españolas en América-, 
que tuvo episodios de fiebre amarilla en 1730 y 1733 y de nuevo en 1800. Otras ciudades 
donde hubo brotes fueron Málaga (1741), Jerez de la Frontera (1800), donde murieron más de 
14.000 personas, Cartagena (1804), donde murieron cerca de 12.000 personas, y Córdoba 
(1806 ). En general, las poblaciones más afectadas fueron las de los litorales andaluz y 
murciano, pero también las del sur del País Valenciano, muy a menudo también a causa de las 
condiciones idóneas por el calor del verano o la humedad, factores que facilitaban la 
propagación de la enfermedad. También las islas Canarias sufrieron episodios de esta 
enfermedad de forma recurrente con unas consecuencias desastrosas. Los últimos episodios 
de antes de 1821 fueron las epidemias ocurridas en Girona y Cádiz (1819); este último brote 
se extendió en Sevilla, San Fernando, Jerez de la Frontera y otras poblaciones cercanas en 
1820.

 

Centrándonos en el caso de Barcelona, debido a que los primeros afectados eran trabajadores 
del puerto de la ciudad, se averiguó que la enfermedad llegó a bordo del barco Gran Turco2
barco de grandes dimensiones dedicado al transporte de esclavos negros que recogía en 
África y vendía en América, que había llegado desde La Habana, Cuba. Su capitán reconoció 
que había perdido a varios de sus marineros durante la travesía, y por lo visto al subir al barco 
los calafates para realizar reparaciones de las juntas de madera del barco, fueron rápidamente 
atacados por el virus, muriendo poco después. A principios de septiembre las autoridades 
decidieron hundir los barcos sospechosos de estar infectados. En la fase inicial de propagación 
del virus, la mayoría de los afectados se restringieron a la zona de la Barceloneta, pero 
rápidamente el brote se expandió por toda la ciudad. Cuando los primeros casos se reducían a 
ese barrio portuario, en el que vivían personas con escasos recursos económicos, el avance de 
la enfermedad quedó bastante desapercibido, pero cuando afectó a las clases más pudientes 
enseguida cundió la alarma, y se acusó de negligencia a las autoridades municipales y 
gubernamentales, por no haber advertido a la población, y por no haber tomado las medidas 
necesarias para evitar su propagación. El cruce de reproches también afectó a la clase médica, 
porque mientras unos defendían el origen tropical de la epidemia, otros creían que se debía a la 
existencia de pozos de agua contaminados, la distribución de alimentos en mal estado, o la 
misma suciedad que imperaba en el puerto. Esta disparidad obedecía que por aquel entonces 
la enfermedad era difícil de diagnosticar, y muy fácil de confundir con otras enfermedades más 
comunes en la época, como tifus o las fiebres asociadas a ictericia. Como suele ocurrir en 
situaciones de extrema gravedad, los médicos que acertadamente sostenían que la 
enfermedad era contagiosa, fueron acusados de alarmistas. 
 

El alcalde
de la ciudad, que decidió permanecer en ella, creó la Junta Superior de Sanidad
pero no pudo evitar que el pánico se extendiese por toda Barcelona, y los ciudadanos más 
pudientes se fueran a sus casas de veraneo, mientras que los más pobres se instalaron a la 
intemperie en las faldas de la montaña de Montjüic. Se dictaron ordenanzas que obligaban a 
los médicos y a los farmacéuticos a permanecer en la ciudad, y se suspendieron todas las 
corridas de toros, que eran los grandes acontecimientos de masa de la época. Cada día 
morían cientos de personas, y para evitar la expansión de la enfermedad por toda Catalunya, 
la ciudad entera quedó confinada, destacándose a policías que evitaban las salidas en todos 
los caminos y carreteras. Este aislamiento de Barcelona, unido a la escasa movilidad interior 
de las personas que transportaban los alimentos a los mercados, porque estaban enfermas o 
porque no querían salir a la calle por miedo a ser contagiados, condujo a una escasez de 
víveres que agravó la situación. Además se clausuraron pozos de agua que se sospechaba 
contaminados. Evidentemente ante la escasez de agua y de alimentos, y el miedo asociado a 
la enfermedad, se empezaron a producir importantes desórdenes públicos y saqueos de 
comercios y propiedades, que requirieron la movilización de una milicia de tres mil hombres, 
que al establecer contacto físico con portadores de la enfermedad, murieron la mitad de ellos, 
al margen de otros que también perdieron la vida, durante los enfrentamientos que se 
produjeron aquellos días. 
 

La noticia de la epidemia de Barcelona y la gran mortandad que estaba causando, recorrió 
todo el continente. Vinieron comisiones de médicos de toda Europa que forzaron a cambiar las 
leyes sanitarias3. Por su parte el gobierno francés además de cerrar la frontera, para prevenir 
la llegada de refugiados, emplazó a quince mil soldados a lo largo de todo el Pirineo, s
iniciaron campañas de recaudación de alimentos y dinero para las zonas afectadas. En 
noviembre la epidemia gradualmente disminuyó, y con el inicio del frío invernal finalmente 
cesó por completo por sí sola (lo realmente misterioso del mosquito de la fiebre amarilla es 
que desapareció de la Península Ibérica y no se le volvió a ver). El puerto de Barcelona se 
reabrió el día de Navidad. En el segundo semestre de 1870, se produjo un nuevo brote de 
fiebre amarilla en la Ciudad Condal, que esta vez se cobró la vida de 1.235 barceloneses. 
Evidentemente con la mala experiencia de 1821, las autoridades de la ciudad ya sabían cómo 
responder, para evitar la propagación masiva de una enfermedad que ya era conocida.

 

La experiencia de esta epidemia y
de otras a lo largo del siglo sirvió para concienciar respecto 
a las medidas higiénicas y salubridad, que hicieron pensar en nuevas propuestas de urbanismo, 
especialmente en el caso de la ciudad de Barcelona, así como el pensamiento generalizado 
que vio la necesidad de derribar las murallas medievales. De hecho, en términos generales a 
nivel estatal, tanto esta epidemia como las otras que hubo durante el período fueron las 
causantes directas de la implementación de los preceptos higienistas y una mayor 
concienciación de los sectores médicos y políticos para la salubridad, la sanidad y la 
organización sanitaria. Durante el Trienio Liberal se intentó establecer una ley general de 
sanidad en España, aunque esta no llegaría, finalmente, hasta la promulgación de la Ley 
Orgánica de Sanidad de 1855. Como las epidemias siempre llegaban en buques procedentes 
de las Antillas en verano, en 1824 se promulgó un decreto que obligaba a los barcos 
procedentes de aquella región a mantener una cuarentena: de este modo se evitaron nuevos 
episodios durante 46 años , hasta el año 1870, como se ha apuntado, cuando la fiebre 
amarilla volvió a afectar varias poblaciones como Barcelona, entre otras. En Barcelona existe 
un monumento en recuerdo de las víctimas de la epidemia de 1821, en el Cementerio del 
Poblenou, datado de 1895, reconstrucción de un monumento original de 1823; el actual es de 
mármol blanco y presenta un cenotafio de estilo clásico acabado en una columna con una cruz 
arriba de todo. A cada uno de los cuatro lados del cenotafio hay una placa conmemorativa: una 
en recuerdo de las víctimas, otra en memoria de los concejales del Ayuntamiento muertos a 
causa de la fiebre amarilla, y dos dedicadas a los colectivos que más participaron en la lucha 
contra la epidemia, médicos y religiosos. Paralelamente se proyectó otro monumento dedicado 
a los concejales municipales fallecidos por/durante la epidemia, que debía instalarse delante 
de la fachada gótica del Ayuntamiento de Barcelona,  pero finalmente la idea no llegó a 
prosperar y no se construyó nunca. 

 
Por si le sirve de enseñanza a alguien...

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1La fiebre amarilla es una enfermedad viral y contagiosa procedente de zonas cálidas, que se transmite por la picadura del mosquito aedes aegypti, y en aquella época era conocida como el vómito negro, o la plaga americana. El nombre se debe a que los enfermos en estado avanzado presentan coloración amarillenta de la piel y de los ojos (ictericia). Es una enfermedad aguda y hemorrágica que en algunos casos es asintomática y, en otros, se desarrolla un cuadro grave con escalofríos, fiebre alta, dolor de cabeza, dolor muscular, náuseas, hemorragias y vómitos. En estado muy avanzado se producen vómitos de sangre coagulada y de aquí el nombre de vómito negro. Se incuba entre los 3 y 7 días tras la picadura de un mosquito infectado.

2Para el 15 de julio, día de la Constitución, los barceloneses se echaron a las calles y los barcos se engalanaron; durante aquellos días familiares de las tripulaciones subieron a los barcos para visitarlos. En el Gran Turco se calcula subieron a bordo cerca de cuarenta personas de las cuales treinta y cinco sufrieron la fiebre amarilla. También subieron carpinteros que vivían en la Barceloneta para hacer reparaciones y que posteriormente fueron afectados por la enfermedad. Esto apunta a que en el barco había un importante número de mosquitos infectados con el virus completando su ciclo en cualquier recipiente con agua. A finales de julio, tripulantes del bergantín francés La Joséphine contrajeron la fiebre amarilla. Las personas que subieron al barco, así como los marineros que desembarcaron, llevaron la enfermedad de los navíos a la Barceloneta y después a la ciudad intramuros.

3Los médicos franceses estuvieron hasta el 20 de noviembre. Y en 1823, tres de ellos publicaron un texto titulado ‘Histoire médicale de la fièvre jaune observée en Espagne et particulièrement en Catalogne dans l’année 1821′. Se trata de un documento importante con numerosos datos. Los médicos dieron fe desde el principio de que se trataba de una epidemia de fiebre amarilla. Cabe destacar que octubre fue el más alto en afectados. Según estos médicos, el 7 de octubre se contabilizaron 382 muertos y todavía no se había alcanzado el máximo de la curva de la epidemia.

 

domingo, 22 de agosto de 2021

Médicos y médicos.


En estos tiempos de pandemia, y aunque sólo sea como parte del íntimo reconocimiento a la callada labor del personal sanitario, me apetecía volver a leer una novela que ya había leído hace años, El médico, del escritor estadounidense Noah Gordon, ya sabéis, aquella apasionante historia en la que un joven y huérfano inglés aprendiz de médico, con un don para sanar nunca visto, recorrerá la Europa sombría y oscura del siglo XI hasta la fascinante Persia, para encontrarse con el mejor maestro imaginable: el mítico Avicena, después de coincidir con un cirujano barbero que deambula por Inglaterra montando espectáculos y dedicándose a ejercer de curandero para vender un ungüento milagroso y del que se convierte en aprendiz y conocer más tarde a un médico judío que le alienta a superarse y hacer realidad su sueño de ser médico, y que le habla del más eminente médico de la remota Persia: el insigne Ibn Sina o Avicena. El joven, llevado por su pasión por sanar y aliviar el dolor, llega a Oriente donde se hará pasar por judío para no destacar como europeo y poder hacer realidad su sueño: estudiar medicina en la madraza de Ispahán… Y hasta aquí puedo leer.

El caso es que pedí el libro, pero, supongo que por confusión, me trajeron Shalom Sefarad. 
El médico sefardí, del arquitecto y escritor español Gonzalo Hernández Guarch, que en nada 
(salvo en lo de “El médico” en el título) se parecía a lo solicitado. Ya puestos, lo leí, para 
descubrirlo y para descubrir de paso algún paralelismo histórico con la obra de Gordon; cuenta 
la historia de David Meziel, un judío español nacido en 1478 y expulsado de España (como 
todos los judíos) en 1492, a la edad de 14 años, al que le toca emprender un éxodo que lo 
lleva desde Portugal a Túnez, y de Egipto a la corte de Suleyman el Magnífico, desde la cual 
volverá a España 80 años después, mientras agoniza en el monasterio de Yuste el rey Carlos. 
A lo largo del camino se irá desarrollando su capacidad como médico y, de forma paralela, 
avanzará hacia la búsqueda de la sabiduría y la verdad. Dicen las reseñas que el libro es, 
probablemente, la mejor novela escrita sobre la historia de la expulsión de los judíos sefardíes 
de España, un libro cargado de sabiduría y erudición, que asombrará al lector por su ritmo, 
pasión y belleza. Se trata de un libro que toca la médula de la identidad de los españoles, de 
los hombres mediterráneos, de los judíos, moros y cristianos que formaron aquella España y 
que de variadas maneras siguen encontrándose en el día de hoy. 

 

Para el autor, la expulsión de los judíos sefardíes de España fue un acto "injusto" por parte del 
poder, los Reyes Católicos, y "no compartido" por muchos de los suyos. Según el escritor, la 
"envidia y el temor hacia lo diferente" fueron los motivos que propiciaron su expulsión de 
nuestro país. A los sefardíes no se les permitía cultivar la tierra ni desempeñar determinados 
oficios, por lo que tuvieron que dedicarse a asuntos económicos que les proporcionaron gran 
influencia, y esto ocasionó gravísimas envidias entre la población”. En este sentido, para 
España fue un verdadero fracaso científico y cultural la expulsión de la comunidad judía, 
porque con ella se fue el saber y las posibilidades de progreso del país. "Tanto es así, que una 
vez que los sefardíes llegaron a las tierras de sultán Suleyman, éste le envió una carta al rey 
Carlos en la que, con cierta ironía, le decía que les enviara a los que quisiera. Fue una pérdida 
brutal, un mundo entero que se nos fue y vacío a otro. El porvenir de nuestro país hubiera sido 
muy diferente si hubiéramos podido contar con ellos", lamentó el escritor. Asimismo, aseguró 
que los judíos de origen sefardí "aún se consideran españoles" y siguen hablando sefardí, 
"fácilmente compresible" para los hispanohablantes, por lo que "son los mejores embajadores 
de España en el mundo" hasta el punto que en 1982 España estableció el reconocimiento de 
la nacionalidad a los sefardíes que demostraran una clara vinculación con el país, y el rey 
Felipe VI acogió a esta comunidad presidiendo un acto solemne celebrado en el comedor de 
gala del Palacio Real de Madrid con motivo de la entrada en vigor de la Ley 12/2015 "en 
materia de concesión de nacionalidad española a los sefardíes originarios de España"  Y 
hasta aquí puedo leer también.

 

La expulsión de los judíos de España en 1492 ha permanecido en la literatura, en la poesía y 
en las canciones de cuna del pueblo judío durante más de cinco siglos. ¿Cómo puede ser que 
España expulsara a los judíos? ¿A qué se debe tal decisión? Aprovechemos, pues, el 
”cambio de cromos” de los libros en nuestras reflexiones, aprovechemos también que en 
agosto se conmemora la expulsión, ya que los judíos fueron expulsados en marzo de 1492 y 
se les dio un plazo hasta el 3 de agosto de 1492 para marcharse (o convertirse al cristianismo; 
unos se convierten de verdad, otros mantienen los ritos judíos dentro de las casas y la otra 
mitad se va fuera de España),. y recordemos que sefardíes o sefarditas (en hebreo, 
literalmente, ‘los judíos de Sefarad’), son los judíos que vivieron en territorios de la Corona de 
Castilla y la Corona de Aragón hasta su expulsión en 1492 por los Reyes Católicos, y sus 
descendientes, quienes, más allá de residir en territorio ibérico o en otros puntos geográficos 
del planeta, permanecen aún ligados a la cultura hispánica, y que Sefarad es el término bíblico 
(mencionado una sola vez en la Biblia, concretamente en el Libro de Abdías, del Nuevo 
Testamento, en la colección llamada "Profetas Menores" por su poca extensión, ubicado entre 
los libros de Amós y Jonás) con el que las fuentes hebreas designan la península ibérica. A 
partir del siglo II d.C. (mucho antes de que España se llamara España), los judeoespañoles le 
dieron el nombre de Sefarad a la península ibérica y desde entonces fue habitual en la 
literatura hebrea postbíblica referirse a la península con el nombre de Sefarad, aunque hoy 
queda reservado su uso en la lengua hebrea moderna para la actual España, y se usa el 
propio nombre Portugal para el país vecino.

 

Sin embargo, la comunidad judía de España sirve de chivo expiatorio por los males que 
aquejan la sociedad: los judíos son los culpables de la muerte de Cristo; por ello, Dios se 
ensaña contra los cristianos que toleran la presencia de los deicidas; si se quiere aplacar la ira 
de Dios, es preciso pedir perdón por los pecados cometidos, mejorar de vida y, sobre todo, 
obligar a los judíos a confesar que Cristo es el Mesías que dicen esperar. Hasta 1391, se 
registran en toda España varias y dramáticas escenas de violencia antijudía en las que el 
populacho, excitado por la propaganda y los sermones, a veces también animado por 
demagogos sin escrúpulos, se lanzaba al asalto de juderías, robando, destrozando, violando, 
asesinando sin que las autoridades pudieran impedirlo. Se trata de acontecimientos trágicos, 
que acarrearon decenas, tal vez centenares, de muertes, pero eran, sin embargo, aislados. Lo 
que ocurre en 1391 (curiosamente, tiene su apogeo en agosto) ofrece un carácter muy distinto. 
Aquel año se produce una ola de violencia contra las comunidades judías de la parte 
meridional de la Corona de Castilla y que se extiende inmediatamente a toda la Corona de 
Aragón. Las consecuencias van a ser catastróficas para el judaísmo español en su conjunto; el 
consejo de regencia lanza a sus hombres contra la judería. Dos sinagogas son convertidas en 
iglesias; otras son quemadas; la revuelta causa la muerte de unas cuatrocientas personas de 
la comunidad judía, cifra que da idea del horror que causaron los acontecimientos; el saqueo 
y el pillaje acompañan las matanzas y los incendios. El origen social de este movimiento 
antisemita se asentaba en la gran riqueza y fortuna que acumulaba la comunidad comerciante 
judía, supuestamente conseguida a base de estafar y robar a sus clientes y demás 
compradores, como culparlos de la propagación de la peste, de devastadoras consecuencias 
demográficas (se calcula que murió la tercera parte de la población del continente), 
socioeconómicas y políticas. En la búsqueda de explicaciones al fenómeno pudo verse el 
atribuirlo a un castigo divino a los cristianos por permitir la presencia de la raza deicida (los 
judíos) entre ellos; o culpar directamente a los judíos de envenenar los pozos de agua para 
propagar la peste (atribuyéndoles el propósito de destruir la cristiandad)1. El primer brote de 
la revuelta surgió en Sevilla y la violencia se extiende en sus alrededores. Desde la baja 
Andalucía pasa, a mediados de junio, a Córdoba, luego a Andújar, Úbeda, Baeza… En todas 
aquellas poblaciones vuelven a producirse revueltas antijudías, no siempre espontáneas, 
asesinatos, robos, saqueos, incendios. La ola llega pronto a Ciudad Real, a Toledo, a Cuenca, 
a Valencia, a Barcelona,…

 

Con estos antecedentes, llega 1492. La decisión de expulsar a los judíos —o de prohibir el 
judaísmo— está relacionada con la instauración de la Inquisición catorce años antes en la 
Corona de Castilla y nueve en la Corona de Aragón, porque precisamente fue creada para 
perseguir a los judeoconversos que seguían practicando su antigua fe. Por cierto, los judíos 
también fueron expulsados del reino de Navarra en 1496 y del reino de Portugal en 1498. Los 
judíos expulsados por los Reyes Católicos, además de su religión, guardaron muchas de sus 
costumbres ancestrales y particularmente conservaron hasta nuestros días el uso de la lengua 
española (en el ladino o judeoespañol), una lengua que, desde luego, no es exactamente la 
que se hablaba en la España del siglo XV: como toda lengua viva, evolucionó y sufrió con el 
paso del tiempo alteraciones notables y contaminaciones precisamente del catalán, pero 
también hebreas, griegas, italianas, árabes, turcas, según los países de nueva residencia de 
los expulsados, aunque las estructuras y características esenciales siguieron siendo las del 
castellano bajomedieval. Los sefardíes nunca se olvidaron de la tierra de sus padres, 
abrigando para ella sentimientos encontrados: por una parte, el rencor por los trágicos 
acontecimientos de 1492; por otra parte, andando el tiempo, la nostalgia de la patria perdida.

 

La ciudad de Salónica (hoy Tesalónica), en la Macedonia griega, sufrió un cambio 
trascendental al recibir a casi 250 000 judíos expulsados de España. La ciudad portuaria, 
anteriormente habitada por griegos, turcos y búlgaros, pasó a tener una composición étnica a 
finales del siglo XIX de casi un 65% de sefardíes. Desde el principio, en esta ciudad 
establecieron su hogar gran parte de los judíos de Galicia, Andalucía, Aragón, Sicilia y Nápoles, 
de ahí que el judeoespañol tesalonicense se vea claramente influido por la gramática del 
gallego y esté plagado de palabras del italiano. La mayoría de los hebreos de Castilla optaron 
por ocupar las importantes posiciones de gobierno disponibles en Estambul, hecho que 
también se evidencia en la lengua hablada por los judíos turcos. Hay que decir que los 
sefardíes establecidos en tierras otomanas pertenecían a un nivel social y económico en cierta 
medida superior al de las poblaciones autóctonas, lo cual permitió que estos conservaran la 
lengua y la mayoría de sus tradiciones hispánicas durante casi 400 años, una lengua que, por 
su influencia cultural y, desde luego, por el número de hablantes, es considerada un 
espécimen lingüístico muy interesante para filólogos e hispanistas. Es importante destacar 
que la presencia hebrea en Salónica fue tan importante que el judeoespañol se convirtió en  
lingua franca para todas las relaciones sociales y comerciales entre judíos y no judíos; el día 
de descanso obligatorio de la ciudad, a diferencia del viernes musulmán o el domingo cristiano, 
era el sábado, ya que la gran mayoría de los comercios pertenecían a sefardíes. La 
convivencia pacífica entre individuos de las tres religiones llegó incluso al establecimiento de 
relaciones entre familias de diferentes confesiones, logrando así que hoy en día, muchos de 
los habitantes de Salónica cuenten por lo menos a un sefardí entre sus ancestros. La 
comunidad de Salónica, otrora la más grande del mundo y llamada por los sionistas la Madre 
de Israel, cuenta hoy con muy escasos individuos, ya que casi el 80% de sus habitantes 
fueron víctimas del Holocausto: La ocupación de Francia por las tropas alemanas en 1940 se 
tradujo en la deportación y persecución de todos los judíos residentes, incluidos los recién 
emigrados sefardíes procedentes de Alemania o Polonia. La subsecuente ocupación de Grecia 
en 1941 supuso la total destrucción de la judería de Salónica, puesto que más del 96,5% de los 
sefardíes de la ciudad fueron exterminados a manos de los nazis. A raíz de la pérdida de 
muchos de los miembros de la comunidad sefardí de los Balcanes, la lengua judeoespañola2 
entra en un severo período de crisis, ya que se cuenta con muy pocos hablantes nativos; 
algunos de los sobrevivientes del Holocausto regresaron a Salónica, donde residen en la 
actualidad. Sin embargo, el paso del tiempo ha transformado radicalmente la ciudad, puesto 
que no queda rastro de la antigua comunidad judía que floreció en ella durante el régimen 
otomano. 

 

¿Y qué decir hoy de esa lengua? ¿También perdida? El judeoespañol  (también llamado ladino, 
djudezmo o espanyol sefaradí) es un idioma que, aunque procedente del castellano medieval, 
presenta también, como se ha dicho, rasgos en diferentes proporciones de otras lenguas 
peninsulares y mediterráneas. Desde finales del siglo XX, pasada la sinrazón del Holocausto, 
ha habido tímidos intentos de recuperación del idioma, sobre todo en Israel. Este judeoespañol 
académico es un estándar creado a partir de las hablas de los sefardíes. Está, incluso, muy 
influido por el castellano estándar, del que se ha tomado numeroso vocabulario para sustituir 
los préstamos turcos, franceses y eslavos y, en 2018, fue creada la Academia Nasionala del 
Ladino, también conocida como Academia del Judeoespañol, en Israel, con residencia en la 
ciudad de Jerusalén y con el objetivo de que a corto plazo se integre en la Asociación de 
Academias de la Lengua Española (ASALE).

 
Y dejémoslo aquí pese a ser un tema apasionante por muchas razones. ¡Hay que ver lo que 
puede dar de sí unas simples reflexiones originadas en una confusión con un libro! Por cierto, 
hay que leerlos. Ambos.

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1No hay que echar en saco roto las razones políticas de estos movimientos (como ahora Trump con China): en la Corona de Castilla la violencia antijudía se relaciona estrechamente con la guerra civil del reinado de Pedro I en la que el bando que apoya a Enrique de Trastámara utiliza como arma de propaganda el antijudaísmo y el pretendiente acusa a su hermanastro, Pedro I, de favorecer a los judíos. Así la primera matanza de judíos, que tuvo lugar en Toledo en 1355, fue ejecutada por los partidarios de Enrique de Trastámara cuando entran en la ciudad. Lo mismo sucede once años más tarde cuando ocupan Briviesca. En Burgos, los judíos que no pueden pagar el cuantioso tributo que se les impone en 1366 son reducidos a esclavitud y vendidos. En Valladolid la judería es asaltada en 1367 al grito de "¡Viva el rey Enrique!". Aunque no hay víctimas, las sinagogas son incendiadas.

2Impresiona que, en el Holocausto, alguien escribiera: Si mos van a matar a todos, a lo manko vamos a murir avlando muestra lingua. Es la sola koza ke mos keda i no mos la van a tomar. O cantara una canción de la Edad Media que casi se convirtió en himno en el campo d exterminio y que después fue interpretada durante el descubrimiento de la placa en lengua judeoespañola en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau,: Arvoles yoran por luvyas, i muntanyas por ayres. Ansi yoran los mis ojos, por ti kerida amante. En tierras ajenas yo me vo murir. Enfrente de mi ay un anjelo, kon sus ojos me mira. Yorar kero i no puedo. Mi korason suspira. Torno i te digo: ke va a ser de mi? En tierras ajenas yo me vo murir.