domingo, 26 de septiembre de 2021

Los iberos, esos antepasados desconocidos.


Os cuento. Hace un tiempo publiqué en este blog una entrada con unas memorias 
sobre un hecho concreto (el de Giribaile) que, en el fondo, no pretendían sino ser un 
modesto acto de desagravio a la figura de Georges Servajean (geólogo y director de 
unas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo hace medio siglo en el poblado 
ibérico y oppidum de Giribaile, en la provincia de Jaén), injustamente tratado por ciertos 
personajes defensores (?) de nuestro pasado y sus huellas (o, al menos, eso dicen en 
sus diatribas). Esta iniciativa tuvo sus consecuencias en lo personal; por un lado, 
gracias a la magia de las Redes Sociales, esa entrada en el blog permitió recuperar 
cierto contacto (que hay que valorar muy positivamente), condicionado, obviamente, 
entre otras cosas, por la lejanía física, con el entorno cercano de Monsieur Servajean. 
Por otro, más etéreo, el episodio me alentó a recuperar información del mundo de los 
iberos, más allá del caso concreto de la experiencia en Giribaile, de la época de las 
excavaciones y posterior, y provocó las siguientes reflexiones sobre la “matrioska” (un 
enigma dentro de un misterio dentro de un secreto) que contiene a los iberos, muy 
superficiales, que comparto con vosotros.

 

En los textos de Historia de España, se acostumbra a despachar con suma ligereza los 
años de cultura ibérica en la península, citando, en el mejor de los casos, que el 
territorio estaba ocupado por tribus de iberos y de celtas que dieron lugar, en el centro 
de la península a los celtíberos, todo ello abonado por el relato épico de episodios 
como los de Viriato, Numancia, Sagunto, la revuelta menos conocida de Indíbil y 
Mandonio, y poca cosa más1; nada que ver con las páginas y páginas dedicadas a la 
subsiguiente dominación romana y, no digamos de los ríos de tinta dedicados a la 
mitificación de Castilla como crisol de lo que ahora dicen que somos. Craso error 
histórico porque la civilización ibera fue una de las más importantes de la edad del 
hierro europea durante buena parte del primer milenio a. C. y mereció la atención de 
algunos historiadores grecolatinos, pero cayó en el olvido hasta que en el siglo XVII 
comenzó a abordarse empezando por el estudio de la lengua2, y los descubrimientos 
arqueológicos de finales del siglo XIX3, rodeados de polémica (identificados, en 
principio, como visigodos, porque, a entender de los “expertos”, como se trataba de 
obras de mérito, solo podían ser posteriores a los romanos, que fueron quienes trajeron 
la civilización a España), rebasaron los círculos eruditos para ser objeto de atención 
general. Desde entonces, son muchos los datos que se han encontrado, pero aún 
quedan muchos más por averiguar. Es el rompecabezas de los íberos, un mundo 
perdido que quisimos, en Giribaile, volver a la vida.

 

Los íberos son un conjunto heterogéneo de pueblos (geográficamente, en la España 
actual, abarcaría desde los ceretanos – haciendo frontera con Francia – hasta los 
turdetanos – en la provincia de Huelva, lindando Portugal -, pasando por ilergetas, 
oretanos – donde se encontraba Giribaile -, layetanos, etc.) que, entre los siglos VI y I 
a. C, ocuparon la vertiente mediterránea de Europa, con una breve ocupación atlántica, 
entre el Algarve portugués y el Languedoc francés, por lo que la formación y la 
evolución de esta cultura son muy diversas a lo largo del territorio y responden a 
múltiples factores, entre los que cabría destacar las influencias procedentes del 
Mediterráneo oriental a través del contacto con los fenicios, en un primer término, y los 
griegos más adelante. La existencia de los iberos está atestiguada por la arqueología y 
por diversas fuentes clásicas escritas grecolatinas, pero hay que tener en cuenta que a 
menudo éstas son sesgadas, contradictorias o incluso erróneas y que, mayoritariamente, 
hacen referencia al último periodo de esta cultura. Los iberos, pues, a diferencia de los 
romanos, los godos, los árabes,…, que vinieron con propósitos bélicos, para dominar 
un territorio y sojuzgar a su gente (lo de extender la cultura viene después), ya estaban 
aquí, tras las grandes migraciones, posiblemente del Asia Central, de cientos de años 
antes. Ganaron fama en el Mediterráneo, según las crónicas, por su destreza en la 
lucha4, pero sus intercambios comerciales, sistemas de escritura y arte demuestran 
que fueron mucho más que guerreros. 
 

En un principio, los pueblos ibéricos vivían en comunidades tribales, personas 
relacionadas con lazos de parentesco, teniendo un antepasado común que bien podía 
ser real o supuesto. Es decir, si bien en muchos casos todos eran familia, otros podían 
creer en la existencia de un hombre muy anterior a ellos a quien se le atribuía haber 
sido el fundador de un linaje o una casta que bien podía ser pura leyenda y mitología. 
Pero con el paso del tiempo estos pueblos fueron organizándose en torno a ciudades, 
lo que supuso implantar nuevos tipos de vínculos, y llegados a este estadio, la 
estructura tribal evoluciona a una sociedad puramente urbana, siendo la ciudad el 
núcleo básico de la sociedad ibérica más desarrollada. Estas ciudades tenían alta 
densidad demográfica y parece que tuvieron lugares en los que intercambiar bienes. 
Tenían plazas públicas cuya función era idéntica a la de los foros de las ciudades 
romanas, algo bastante llamativo que nos permite saber que entre los iberos, al menos 
los que vivían en ciudades, existía una conciencia pública materializada en forma de 
un mercado. Las familias tendrían sus objetos y bienes preciados en sus casas, pero 
también podían vender y comprar manufacturas.

 

Los íberos trabajaban la tierra. Su actividad agrícola era sobre todo el cultivo extensivo 
del olivo y la viña, que se cree que fueron introducidos a través de sus contactos con 
los fenicios. También cultivaban cereales, aunque habían diferencias según la zona, 
habiendo más de este tipo de cultivos cerca de los ríos, sobre todo en el Ebro, el 
Segura y el Guadalquivir. Entre las frutas que también cultivaban estaban las granadas, 
las cerezas y las manzanas. En cuanto a la ganadería, los iberos explotaban todo tipo 
de animales, entre los cuales no podían faltar los caballos, las ovejas, los toros, los 
bueyes y los asnos. También cazaban, aunque era una práctica más común cuando se 
tenía que satisfacer las necesidades momentáneas de la población. Además de la 
agricultura y la ganadería, la tercera actividad económica más importante era la minería 
y la metalurgia. Sus tierras eran muy ricas en minerales, entre ellos oro y plata, además 
de cobre, hierro y plomo. Estos pueblos aprendieron a trabajar los metales a través de 
los fenicios y con ellos fabricaban armas y herramientas para trabajar la tierra. Por 
último, tenemos el comercio. Los íberos establecieron múltiples rutas comerciales con 
los pueblos de la época y, para hacer que los intercambios fueran más justos y ágiles, 
adoptaron la moneda, originalmente griega pero también llegaron a acuñar una propia. 
Sin duda, una parte importante de la economía del mundo ibero fueron los intercambios 
comerciales primero con fenicios y griegos y después con cartagineses; mercadeaban 
con metales, cereales, aceite y vino a cambio de productos de lujo para sus élites 
(cerámicas decoradas, telas, joyas...). Los contactos con estas culturas permitieron 
desarrollar las técnicas alfarera y escultórica iberas.

 

Una de las cosas que llama la atención de los iberos es que se trató de un pueblo 
alfabetizado que poseía escritura propia. En total, se conocen aproximadamente un 
par de millares de inscripciones, en monedas, cerámicas, objetos de prestigio, estelas 
funerarias y láminas de plomo pero pocas poseen una extensión amplia que posibilite 
un análisis filológico detallado, y ninguna forma parte de un texto bilingüe que aporte 
pistas para su desciframiento, al permitir comparar el ibero con alguna lengua conocida 
de la época, como el fenicio, el griego o el latín. Y es que la lengua ibera tiene una 
peculiaridad, aparte de su origen desconocido: sabemos cómo leerla y pronunciarla, 
pero no cómo traducirla... al menos, no todavía. El desciframiento de su fonología se 
realizó en 1922, cuando se identificó como una escritura mixta, en parte alfabética (las 
vocales) y en parte silábica (consonantes oclusivas). Sus trece signos alfabéticos y 
quince silabogramas se escribían de izquierda a derecha (como nosotros).

 

Por lo que respecta a la religión, se conocen los nombres de los dioses Betatum, Neitin, 
Sestum y Salaecom y se sabe que existía la creencia en una diosa-madre primigenia  
(¿tomada, quizá de la Astarté fenicia?), tal como era frecuente en muchas culturas del 
Mediterráneo precristiano, y se sabe que estaban familiarizados con el El (dios-padre de 
los fenicios), el Zeus griego, etc.; los sacrificios tuvieron gran relevancia en su religión, a 
diferencia de los templos, no muy significativos, toda vez que no son muchos los que 
se conocen, pero los lugares de culto sí son muy numerosos. En las zonas urbanas 
podemos encontrar alguno de esos pocos templos, capillas domésticas y santuarios 
empóricos, donde tenían lugar los intercambios comerciales bajo la protección de los 
dioses; los santuarios estaban situados cerca de las ciudades pues fuera del recinto 
urbano se encontraban los templos supraterritoriales, vinculados a grandes territorios y 
no a una única población.

 
Aunque el mundo ibérico aceptó muchos influjos culturales del Mediterráneo oriental, lo 
hizo adaptándolos a sus propias necesidades ideológicas, una característica de las 
culturas con un carácter definido. Los importantes beneficios económicos que obtenía 
Cartago de su relación con el mundo ibero no tardaron en generar las envidias de Roma, 
de modo que ésta buscó la menor de las excusas para desencadenar una serie de 
enfrentamientos que, a duras penas, le permitieron librarse del único competidor de 
talla existente en el Mediterráneo occidental. A partir del siglo III a. C., la llegada de la 
cultura romana a la península dio comienzo a un importante proceso de aculturación 
que acabó con la cultura ibera y con sus miembros convertidos en romanos. 
Aprovechando el triunfo final de los romanos sobre el general cartaginés Aníbal en la 
batalla de Zama, y el aplastamiento de las últimas revueltas iberas, Roma triunfó en el 
campo militar y en todos los ámbitos; a partir de entonces, el Derecho será romano, la 
cultura, latina, la religión, la de Júpiter, y la lengua, el latín: nace en la Historia la 
Hispania romana ocultando, incluso, las raíces iberas de los lugares (antes que la 
Barcino romana fue la Barkeno ibera, antes que la imperial Tarraco, capital de la 
provincia romana Hispania Citerior, la ibera Kesse-Tarakon, etc.)

 

Hay más, mucho más, naturalmente, para quien quiera profundizar, que se va 
descubriendo en las investigaciones, pero dejémoslo en este somero acercamiento a 
raíz del interés despertado en Giribaile. Una reflexión final: la actuación de los romanos 
con la cultura ibera no es un caso aislado, sino que aparece como una constante a lo 
largo de los siglos de una debilidad (sí, debilidad) humana que hace aniquilar todo lo 
que tiene que ver con el vencido militarmente: su lengua, su cultura, su religión,… Eso 
pasó con las culturas precolombinas de América (del sur y del norte), los aborígenes 
australianos, además de la mayoría de países de lo que hoy es Europa y Asia.

 
Pero eso merece otras reflexiones. 
 
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1No deja de resultar llamativo el hecho de que se haya prestado más atención a darle vueltas a enigmas como Tartessos o la Atlántida que a investigar lo que desconocemos de nuestros antepasados auténticos.

2En realidad, nuestro conocimiento de la existencia de los iberos viene de lejos. La primera vez que aparecen mencionados es en la Ora maritima (Las costas marítimas) del poeta Rufo Festo Avieno, un texto del siglo IV, que se supone basado en un itinerario doscientos años más antiguo escrito por marinos de Massalia (la moderna Marsella). Según el poeta latino, los iberos son las gentes que habitan la costa mediterránea de Hispania , claramente diferentes de las gentes del interior, que, a su decir de romano, estaban menos “civilizadas”. Curiosamente, pese a que el de Avieno fue un texto muy leído en España durante el Renacimiento –las referencias romanas daban caché histórico al por entonces país más poderoso del mundo–, la identificación arqueológica de la cultura ibera solo se produjo a finales del siglo XIX.

3El primer gran hallazgo vinculado al mundo ibérico se produjo a mediados del siglo XIX en el Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete), donde aparecieron cientos de esculturas en piedra, sobre todo damas oferentes, que en un primer momento no se supo ubicar desde un punto de vista cultural. Además de objetos originales también hubo falsificaciones, algunas de las cuales, incluso, se exhibieron en las exposiciones universales de Viena (1873) y París (1978), lo que generó una gran polémica y afectó la credibilidad del hallazgo posterior de la Dama de Elche en La Alcudia. Sin embargo, el arqueólogo e hispanista Pierre Paris, autor de Ensayo sobre el arte y la industria de la España primitiva, supo valorarla y enseguida la compró para el Museo del Louvre, y fue también el primero en divulgar a escala europea la existencia de esta cultura.

4Parece que guerrear era una actividad estacional de los iberos que tenía lugar durante la temporada de buen tiempo en primavera-verano. Se ha de descartar que fuera la guerrilla el método preferido de combate, pues ya antes de la llegada de los cartagineses se produjeron enfrentamientos entre unidades cerradas. Las potencias mediterráneas reclutaron grupos de combatientes iberos como auxiliares de sus unidades por su arrojo, e incluso los romanos, con los que guerrearon con frecuencia, no entendían que un pueblo tenido por inferior y salvaje demostrara tanta disciplina y lealtad jerárquica en el combate. Por cierto, en cuanto a armamento, hay que señalar que la famosa falcata ibérica no es sino uno de los cuatro tipos de espadas conocidas y utilizadas por los iberos.

 

domingo, 19 de septiembre de 2021

Añoralgias (con permiso de Les Luthiers)


En el año 1982, el añorado (hablando de añoranzas… ) grupo argentino Les Luthiers ofreció en 
el Teatro Comedia de Córdoba (Argentina)  su espectáculo “Luthierías” y, dentro de él, una 
zamba a través de la que el autor describe, siguiendo el estilo punzante y con sorpresa final 
de Les Luthiers, con añoranza y cierta nostalgia, las características de su tierra natal. Tras 
recordar todo lo que dejó atrás, le queda bastante claro qué haría si pudiera volver a su pueblo. 
En la presentación por tratarse de una pieza nueva, el irrepetible narrador Marcos Mundstock 
explica que “en el ejercicio de la duda, al bautizar esta canción, como estuvimos vacilando 
entre dos posibles títulos: "Añoranzas" y "Nostalgias", se interpretará con el título de 
"Añoralgias". Esta zamba es el reiterado lamento del que ha debido abandonar su terruño y lo 
evoca con la emoción de la distancia”.  Ni que decir tiene que la obra fue recibida 
entusiásticamente por el público e incorporada a lo que se podría definir como repertorio 
clásico del grupo. Solemos, cuando llegamos a una cierta edad o, quizá sea más apropiado 
decir, simplemente, a una edad, recordar los lugares o sucesos de la infancia y adolescencia 
que tintaron de felicidad nuestra vida. Lugares, a veces, y tal vez incluso sin nosotros saberlo, 
que preñaron nuestro futuro de una idea vertebradora o axial, en torno a la cual nuestro 
desarrollo intelectual pudo crecer como quien tiene un tutor que le guíe. Menos corriente y 
explicable es, sin embargo, traer un texto escrito por entonces a primera línea de fuego de la 
vida en un momento en el que, estar a la vanguardia, implica la necesidad de mirar hacia 
adelante, y no en esa otra dirección. Todos tenemos un paisaje que nos devuelve a la infancia. 
El mío es el Cerrillo de la Cruz. El cerro, que se alza a la salida del pueblo en dirección a El 
Centenillo para recordarnos el pasado de estas tierras preñadas de mineral, fue hace tiempo 
escenario de divertidos (y, con ojos de hoy, peligrosos) juegos bajo un sol abrasador, 
excursiones de tardes sin escuela y sabrosas meriendas cogidas a hurtadillas en días 
especiales. Además, tenía algo de mágico pues tras él se escondía el sol en el atardecer 
ofreciendo los días claros (que eran mayoría) toda una gama de colores sangrantes hasta 
obscurecer el día, en una suerte de retablo en el que las campanas no suenan, sino que 
cantan con un tañido familiar, o donde los cercanos quininos (formalmente, eucaliptos, hoy 
inexistentes) del desaparecido “legío” (ejido) murmuran arrullados por el viento. 
 

Años después, volví a subir por la colina (ahora, casi un paseo), y duele contemplar desde ella 
tanta desidia que choca claramente con el triunfalismo oficial; la suciedad campa a sus 
anchas porque a algunos usuarios no se les ocurre nada mejor que tirar sus desechos en 
plena naturaleza, un feo panorama al que, por desgracia,algunos nos tienen acostumbrados 
(¿se les puede llamar guarros o sólo inconscientes estúpidos?), pero la culpa es siempre de 
las autoridades que, bien mirado, tampoco se libran, porque solo hay que darse una vuelta 
para comprobar cómo otros iconos de la localidad siguen también a la espera de tiempos 
mejores: desde los edificios históricos convertidos poco menos que en palomares a los cotos 
mineros, abandonados para que (en último extremo) ‘cazatesoros’ y chatarreros ilegales 
hagan su particular negocio... De pena.

 

Pero, ¿por qué recurrir una y otra vez a los paisajes de la infancia? Explicaba el filósofo y 
jurista de la Roma antigua Marco Tulio Cicerón la importancia retórica de asociar un lugar a 
una idea para dotarla de más fuerza; el historiador francés Pierre Nora recuperó en cierto 
modo a finales de los años sesenta del siglo pasado este planteamiento en la expresión lieux 
de mémoire – lugares de memoria – para sostener que todos los lugares tienen, además de 
su entorno natural y patrimonial, una cultura y una historia, es decir, una memoria, aunque 
diferente para cada persona, de ahí que, para un mismo recuerdo convivan diversas 
sensibilidades: la meramente nostálgica, la de rechazo, la indiferente, la conformista, la 
apolítica (en su caso)… resultando imposible que la memoria sea única. La nostalgia es la 
añoranza del pasado, particularmente por una época o por un lugar donde pensamos que 
tuvimos buenas experiencias o que nos genera buenos recuerdos. Puede ser un momento 
específico o la “buena época” de la niñez o la  juventud, por ejemplo. Una canción despierta el 
recuerdo de un amor del pasado; el olor de un bizcocho transporta a la infancia porque 
recuerda a los que preparaba la abuela; un grupo de jóvenes sonrientes con mochilas a punto 
de subirse a un tren evoca la despreocupación y la alegría de la juventud… La nostalgia es 
una felicidad triste. Se recuerda el gozo del pasado, pero duele saber que todas esas 
experiencias ya no pueden volver. Por eso es el dolor de la memoria. Lo perdido parece 
inolvidable, único e irrepetible. Se tiene nostalgia por algo que crees que te hizo feliz, que 
crees que te hacía estar completo, que parece perfecto. En siglos pasados se creyó que la 
nostalgia era una enfermedad, pero hoy sabemos que sólo es un estado de ánimo. A través 
de la nostalgia se encuentran a menudo, vías de escape para un presente a menudo complejo 
y habitado por los problemas.

 

Para saber más, la palabra nostalgia proviene del griego nostos (hogar) y algos (dolor) y fue 
creada como vocablo a finales del siglo XVII por el médico suizo Johannes Hofer para 
describir el estado de ánimo de los soldados suizos que luchaban fuera de su país, que 
sentían una “tristeza originada por el deseo de volver a su casa”. Hay muchos motivos para la 
nostalgia: la que siente el emigrante por su tierra de origen, que ya no reconoce; la que se 
anhela por una infancia que se recuerda maravillosa y libre de problemas; la del vigor y el 
optimismo de la juventud, cuando todo estaba por hacer; la nostalgia del primer novio o la 
primera novia, con quien se descubrió el amor; la de una forma de vivir que ya no volverá; la 
nostalgia por los viejos amigos… Aunque la nostalgia también puede ser colectiva, como la 
que se siente por el pasado esplendoroso de un país (magnífica herramienta política, todo 
sea dicho) o por los lejanos éxitos de un equipo de fútbol. Pero estamos ante un sentimiento 
tramposo, porque no hay más paraísos que los que se inventa nuestra memoria. Dicen los 
expertos que, con la nostalgia, “se recuerda un pasado que siempre aparece mejor de lo que 
fue. Al volver la vista atrás, se olvidan los motivos que llevaron a la ruptura con aquella pareja 
que tanto se echa ahora de menos, no se recuerda que en la infancia no todo es jugar en el 
recreo y se omite que los buenos tiempos también tuvieron sus espinas. La nostalgia se 
compone de brochazos muy simples que nos impiden ver el pasado con exactitud”.

 

Y no es lo mismo dejarse llevar de vez en cuando por la nostalgia que vivir esclavizado por ella. 
El problema es anclarse en el pasado; nadie está libre de sentir nostalgia en alguna ocasión, 
pero es muy diferente recordar con añoranza la juventud una tarde de domingo que ser infeliz 
en la vejez porque se recuerda la juventud como el paraíso que no volverá, es muy diferente 
echar de menos el pasado de vez en cuando que vivir instalado en él, de forma que está 
demostrado que las personas con tendencia a la nostalgia suelen tener problemas para 
adaptarse a su presente. Esta especie de melancolía que impide vivir el presente y encarar el 
futuro es excesiva porque no nos gusta ni el hoy ni el mañana. La nostalgia, así, es muy 
atractiva porque el pasado tiene una pureza y una candidez que ni el presente ni el futuro 
poseen; el pasado no crea ansiedad y el presente y el futuro sí. Siempre es por comparación 
con el hoy: se siente mucha añoranza de un amor en el pasado cuando en el presente se 
carece de él, se siente mucha nostalgia de una época libre de preocupaciones cuando las 
actuales aprietan demasiado., y así todo. La nostalgia excesiva casi siempre aparece cuando 
el presente es desagradable y el futuro es, cuando menos, amenazante, la nostalgia por la 
niñez/juventud y su entorno de personas/lugares quizá sea una de las más frecuentes e 
intensas, porque, además, tiene que ver con muchas cosas que se hacen por primera vez: el 
primer beso, el primer viaje, casarse… y es que las primeras grandes vivencias dejan una 
huella emocional muy profunda.

 

Pero, entonces,realmente, ¿qué echamos de menos de nuestro pasado? Como ha escrito al 
respecto el neurólogo, psiquiatra y profesor del Centro Médico de la Universidad Rush de 
Chicago (Estados Unidos) Alan Hirsch, “la nostalgia, más que relacionada con un recuerdo 
específico, lo está con un estado emocional. No se añora una tarde de la infancia en concreto 
o incluso la infancia en sí, sino la inocencia y la alegría con la que se vivía de niño. Se añoran 
las emociones positivas, aunque idealizadas, asociadas a la niñez”. En este sentido, también 
se ha estudiado la influencia del recuerdo de sabores y olores y por qué en concreto los olores 
tienen el poder de despertarnos recuerdos nostálgicos, y es porque la información olfativa va 
a parar directamente al sistema límbico, el área del cerebro en la que residen las emociones y 
por eso, un olor nos conecta inmediatamente con una emoción del pasado. De lo que no hay 
duda es de que cuanta más energía dedicamos al pasado, menos nos queda para el presente 
y el futuro. Pero ¿la nostalgia puede aportarnos algo positivo? ¿O se trata simplemente de un 
inútil paseo por el ayer? Si hipoteca el presente o el futuro es negativa, aunque si permite 
encontrar un refugio momentáneo a las inclemencias del presente, puede ser útil, un oasis en 
el que reponer fuerzas para regresar a los problemas del presente con algo más de vigor. Los 
recuerdos de un pasado idealizado permiten sentir que nuestra identidad es bella y valiosa, 
que el pasado valió la pena. Y esto es una necesidad psicológica fundamental; decía Aliosha, 
un personaje de la novela Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoievski, que lo mejor que 
podemos proporcionarle a un niño son recuerdos sagrados de su infancia, pero lo 
auténticamente importante es dosificar la añoranza de algo, que no sea excesiva, porque nos 
haría sufrir demasiado.

 

No olvidemos, por salud mental, que concentrarse demasiado en recuperar lo que un día se 
tuvo (y que se sabe que no volverá, es imposible que vuelva) se puede caer en una maligna e 
inalcnzable utopía y se deja de vivir el presente. La nostalgia mal entendida puede 
encadenarnos al pasado y hacer que nos olvidemos y desconectemos de nuestro día a día. 
De hecho, no es raro (pero sí triste, en el fondo) encontrar personas que consideran que lo 
mejor de su vida ya pasó (¿condicionando así su presente y su futuro?) y hacen lo posible 
inútilmente por recuperarlo. Puede ser la niñez o la juventud, una relación de pareja, alguna 
posesión material, etc; sin importar el objeto de su añoranza, todos coinciden en la infelicidad 
actual que ese recuerdo les trae. La clave es aprender a vivir el presente usando la nostalgia 
para avanzar hacia el futuro.

 

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Maracas y azar.


Septiembre de 1939, ahora se cumplen años, y no del histórico por muchos motivos 
(Catalunya, Chile, Estados Unidos,…) día 11, que también. El primero de abril de ese mismo 
año 1939 se había publicado un bando militar que daba fe del triunfo de la sublevación, de la 
que la cabeza visible es el General Francisco Franco, contra el legítimo gobierno de la 
República, que se daba por acabada una guerra -in-civil (“La guerra ha terminado”, decía el 
bando) y empieza la represión oficial. Barcelona, además, a partir del 26 de enero de 1939, 
fecha en que fue tomada por las tropas franquistas, empezó a vivir una nueva etapa, hecha de 
misas de campaña, represión, fusilamientos y encarcelamientos, exaltaciones religiosas y 
españolización (no son opiniones; está documentado). El nuevo Ayuntamiento, dirigido por 
Miguel Mateu Pla, se apresuró, con máxima diligencia y espíritu de servicio a los vencedores, 
a limpiar la cara a la ciudad: la ruina de los bombardeos italianos y franquistas fue 
discretamente recogida; las grandes plazas y avenidas de la ciudad se convirtieron en altares 
al aire libre para mostrar la expiación y el arrepentimiento de la ciudad roja y separatista; se 
acogió con los brazos abiertos inmediatamente a los nuevos “amigos” —nazis alemanes, 
fascistas italianos, colaboracionistas franceses—; se pagaron todas las facturas de las visitas 
del conde fascista Galeazzo Ciano y, evidentemente, del Reichsführer Heinrich Himmler1 
 
En ese escenario y en esas fechas, llega por casualidad a Barcelona, y a España, quien 
después dejará huella como popularizador del bolero, del cha-cha-chá y otros ritmos caribeños: 
el cantante cubano Antonio Lugo Machín, más conocido, simplemente, como Antonio Machín. 
Estando actuando en París,se produjo la invasión de Polonia por Hitler en ese septiembre de 
1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y él, que era cubano y mulato, y su amigo 
Napoleón Zayas, saxofonista, caradura, dominicano y también mulato, decidieron alistarse 
para ir a luchar contra los nazis, pero ya en la cola para alistarse se lo repensaron y corrieron 
a coger el primer tren que encontraron, que resultó que iba hacia Barcelona. 

 

Si hemos de repasar su biografía, Antonio Machín (Antonio Lugo Machín, como decimos, 
según los documentos) nació en Sagua la Grande (Villa Clara, Cuba) y era el noveno hijo de 
los dieciséis que tuvo el orensano José Lugo con su esposa negra cubana, Leoncia Machín. 
El duro trabajo en el campo no dejaba mucho tiempo para la música y la poesía, por lo que la 
temprana vocación de Antonio por la canción se vio frustrada por su padre; lo más que 
consiguió fue que le permitiera cantar en el coro de la iglesia. Parecía que su futuro estaba 
orientado a un oficio tradicional pero tras probar como agricultor, albañil, camarero y aprendiz 
de sastre, decidió dar la espalda al futuro diseñado por su padre y tomó el rumbo de su 
vocación. A los 22 años se trasladó a La Habana. Sus primeros pasos en la capital cubana 
tampoco fueron esperanzadores. Con una mano delante y otra detrás, trabajó en lo que pudo 
para procurarse el sustento hasta que conoció al trovador y guitarrista Miguel Zaballa, con 
quien forma un dúo con el que de bar en bar, sacaban para ir tirando,; consiguieron, no 
obstante, actuar en una emisora de radio. Allí les oyó cantar Don Aspiazu, que se prendó de 
la voz de Machín y lo fichó para la orquesta del Casino Nacional, entonces el mejor salón de 
La Habana, donde se convirtió en el primer cantante negro en una orquesta de blancos. Y allí, 
en el Nacional, Machín se agarró por primera vez a las que serían sus compañeras para toda 
la vida: las maracas. En 1930, se trasladó con la orquesta de Aspiazu a Nueva York, donde 
Frank Sinatra daba sus primeros pasos y donde triunfaban las orquestas de Xavier Cugat y 
Madriguera, consiguiendo su gran éxito con «El manisero» del que vendió un millón de discos 
y logró el respaldo norteamericano. Más tarde, logró el mejor contrato de su vida, con el 
Casino de París y, como ya hemos adelantado, Antonio Machín vino a España en septiembre 
de 1939, cuando los nazis se disponían a invadir su amado París.

 
Y ya tenemos aquí el personaje; en Rambla de Catalunya, 24, en Barcelona, donde ahora hay 
un hotel, estaba la sala de boleros Shanghai, el primer lugar donde actuó Antonio Machín 
cuando llegó a Barcelona, entonces un salón de baile donde las chicas enseñaban todo lo 
que podían, de baile se entiende, a cambio de módicos vales, mientras Machín amenizaba las 
veladas por 25 pesetas diarias. Al llegar a Barcelona se llevó la primera gran decepción de su 
vida: esperaba un gran recibimiento, dado su éxito internacional, pero aquí no le conocía 
nadie, y tuvo que aceptar lo primero que se le ofrecía. Machín, que ya tenía 36 años, había 
tenido una vida alocada hasta entonces, había triunfado en Nueva York, de donde se fue 
hacia París, dicen que persiguiendo las piernas interminables de la bailarina Delita que, una 
vez olvidada, dio paso a una francesa, Line, con la que realizaría una gira por Suecia y con la 
que estuvo a punto de instalarse en Estocolmo, pero el frío le hizo volver a París. De nuevo en 
la Ciudad de la Luz, el artista frecuenta la bohemia de Montmatre. Fue aquel un periodo del 
que nunca quiso hablar y al que la guerra habría de poner punto final. 

 

El cantante, sobreviviendo en Barcelona, pues, para colmo, los falangistas cerraron el 
Shanghai “por inmoral” y Machín, arrastrando a Zayas y su saxofón, decidió echar toda la 
carne en el asador y viajó a Andalucía, donde cosechó el mayor fracaso de su vida. Lo perdió 
todo y estuvo a punto de tirar la toalla. En 1942 se  independizó, montó sus propios 
espectáculos y empezó a grabar discos y a ser conocido del gran público. En 1943, en Sevilla, 
donde se afincaría, conoció a la que sería su esposa, María de los Ángeles Rodríguez, con 
quien tendría una hija. Hay que decir que, en esa época, las caras negras que se veían a este 
lado de los Pirineos no debían de ser más de 10 o 12. Negritos, que se les llamaba, solo había 
en las huchas con las que los niños postulaban para las misiones y, salvo una minoría de 
intolerantes, los mismos que siguen hoy haciendo mucho ruido y que no era otra cosa que la 
excepción que confirmaba la regla, todo el mundo simpatizaba con ellos. En pocos años, 
Machín llegó a ser tan adorado como las reinas de la copla y demás géneros autóctonos. Se 
decía que cantaba con el corazón en los labios. Siempre moviendo sus maracas, éstas 
acabarían inspirando el lenguaje popular. Hombre de mundo y antiguo bon vivant, su elegancia 
era la que se estilaba en La Habana colonial.

 
Pero volvamos a su relación con Barcelona. Sin duda, el momento más importante de su 
carrera lo tuvo en 1947 cuando estrenó «Angelitos negros» (recordados recientemente en este 
blog a propósito de la eclosión del movimiento Black Lives Matter) en el hoy desaparecido 
Teatro Novedades, de la calle Casp de Barcelona, frente al Teatro Tívoli, en donde tuvo que 
hacer ¡¡cinco bises!! de la canción. Oída por Machín la versión de la canción en la voz más bien 
grave, con un sonido aterciopelado y redondeado, e impecable técnica vocal de la mexicana 
Toña la Negra (Antonia del Carmen Peregrino Álvarez), hizo la suya propia, que sería, 
seguramente, el primer gran éxito de la industria discográfica española; entre 1947 y 1950 se 
vendieron 47.000 discos, un auténtico récord si se tiene en cuenta que en esa época en 
nuestro país la economía dependía de las cartillas de racionamiento y apenas quedaba un 
duro (hoy diríamos "un euro") para «dispendios en tocadiscos o «pick up» («picús», se decía 
en castizo). A partir de ese momento la carrera de Machín en España fue imparable. Una 
larga trayectoria que se prolongó por más de 35 años. 
 

Barcelona, junto con Sevilla, fueron sus lugares preferidos de nuestra geografía, pero cantó 
una y otra vez en todas las plazas. «En todas partes encontré y encuentro aplausos que 
nunca agradeceré bastante». En sus palabras, «Siempre soñé con la tierra de mi padre (...). 
De pequeño, le oía con frecuencia contar las bellezas de los paisajes gallegos», y aunque 
vino con el propósito de quedarse únicamente mientras durara la guerra, para volver con la 
paz a París, el amor que le inspiró España fue inmediato y acabó viviendo en España más que 
en ningún otro lugar. Temas como Dos gardenias, Somos, Madrecita o Angelitos negros fueron 
a dar alegría al proverbial aburrimiento de la España franquista. Ya al final de sus días, 
mientras sus boleros empezaban a dejarse de escuchar, pudo ver cómo se le convertía en un 
rey del camp2 nacional, pero recogieron el testigo cantantes como Moncho, en castellano, y 
Núria Feliu, en catalán, figuras destacadas del bolero en esta comunidad, y eso no fue casual 
pues existe en realidad una influencia directa de Machín en la cultura musical catalana. Reflejo 
de esa comunión es el monumento que se le dedicó en 1981 en la plaza Vicent Martorell, del 
barrio de El Raval, muy cerca de la plaza del Bonsuccés, donde tenía un piso en el que, al 
parecer, pensaba ir a vivir cuando le sorprendió la muerte en Madrid en 1977. En el medallón 
con su efigie sobre un monolito irregular, clavado en el suelo en un parterre, puede leerse 
Antonio Machín, marfil en el verso, en la rosa seda, en el alma oro

 

En cuanto a su relación con la capital andaluza, es curioso comprobar los vínculos que ya 
desde su juventud cubana, y sin conocer todavía la ciudad andaluza, Machín tuvo con Sevilla. 
Muchos años después, el cantante se casaría con una cordobesa afincada allí. Aún en su 
época de albañil en La Habana, cuando acaban en el tajo, Antonio y José Martínez (un 
capataz de obra sevillano), todo un noctámbulo, frecuentan los cafetines, tabernas y quioscos 
de la ciudad. El sevillano, un figura en dichos ambientes, introduce en ellos a Machín. Más 
aún, el día que el artista le dice que quiere dejar la espátula para cantar, es Martínez quien le 
presenta a un amigo guitarrista, Miguel Zaballa, «la mejor voz de segundo de la trova cubana», 
quien no dudó en asociarse con Machín. La reputación del dúo fue creciendo entre los señores, 
cuyas fiestas animaban. Más casualidades: a finales del siglo XIV surgen en Sevilla las 
primeras hermandades asociadas a colectivos étnicos marginados, como el de los esclavos 
negros y así nació en 1393 la Hermandad de Los Negritos de la mano del cardenal Gonzalo de 
Mena, que creó un hospital para negros con el objetivo de acoger a todas aquellas personas 
enfermas o de avanzada edad que eran expulsadas por sus 'amos' porque, desgraciadamente, 
ya no les eran útiles. Ahí, en esa ubicación de extramuros, es donde está hoy situada la capilla. 
En el siglo XX la hermandad abrió sus puertas a la familia de un cubano mulato universal, 
Antonio Machín. Él y su hermano Juan fueron miembros de esta cofradía hasta su muerte. 
Las maracas de Machín y sus angelitos negros acompañarán para siempre a la Virgen blanca 
de la Cofradía de Los Negritos, ya que, como tributo, una de las marchas procesionales más 
célebres de esta imagen arranca con los primeros compases de esta famosa melodía del 
cantante cubano. También Sevilla, como Barcelona, aunque años más tarde, en 2006, le rinde 
homenaje con una escultura de bronce (con sus maracas), erigida en la Plaza de Carmen 
Benítez, junto a la Iglesia de San Roque y frente a la Capilla de Los Negritos, cerca de la que 
fue vivienda familiar.
 

 
 
Y todo empezó por casualidad en el mes de septiembre (como ahora) del año que se dio por 
acabada en España la guerra (in)civil, y cuando empezaba en Europa la Segunda Guerra 
Mundial.




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1Otro día, hoy no toca, recordaremos la rocambolesca búsqueda por parte de este personaje nada menos que del Santo Grial (el Cáliz de Cristo) ¡en Montserrat! La abadía de Montserrat, esculpida entre los dentados peñascos del macizo homónimo, llegó a oídos del Reichsführer-SS a partir de las recientes investigaciones que afirmaban que una antigua canción folclórica catalana era la prueba irrefutable de que el Santo Grial descansaba en dicho templo. La composición popular hablaba de una «fuente de vida» oculta en el castillo original sobre el que se edificó la abadía posteriormente, razón más que suficiente para movilizar a toda su camarilla hasta Barcelona, ya que «indudablemente», esa fuente era el mismo Cáliz de Cristo. Los desconcertados monjes que habitaban el recinto sagrado, asistieron atónitos al despliegue de la parafernalia nazi a las puertas del templo, que con Himmler a la cabeza, había venido a llevarse lo que aquellos hombres de Dios supuestamente ocultaban. Ante tan desconcertante visita, Andreu Ripoll, el único religioso capaz de hablar alemán, le aseguró que no había ningún Grial en su templo, o al menos, que ellos supieran. Así pues, con las manos vacías, Himmler no tuvo más remedio que aceptar una nueva derrota en la única guerra que sabía librar: la guerra mágica.

2El camp es una corriente artística relacionada con las formas del arte kitsch, considerado como una copia inferior y sin gusto de estilos existentes que tienen algún grado de valor artístico reconocido. Suelen identificarse sus cualidades atractivas bajo los parámetros de la banalidad, la vulgaridad, la artificialidad, el humorismo y la ostentosidad .