miércoles, 27 de mayo de 2020

Recaudación final La Marató enfermedades "raras".


Una vez cerrado el plazo de aportaciones, la edición 2019 de La Marató, organizada por la televisión pública catalana TV3 y Catalunya Ràdio, dedicada a recaudar fondos para la investigación sobre las llamadas enfermedades minoritarias o "raras", ha conseguido una recaudación definitiva de 14.053.915 euros, la segunda más alta de la historia del proyecto. El programa emitido el pasado 15 de diciembre de 2019 terminó con un marcador provisional de aportaciones en directo de 9,4 millones, que se ha visto incrementado con los 4,6 millones que la ciudadanía ha aportado hasta el 31 de marzo, cuando se ha cerrado definitivamente el periodo de donativos. Se trata del incremento más alto de las 28 ediciones del programa solidario.

Recordemos que las enfermedades minoritarias son patologías muy poco frecuentes que afectan a un máximo de 5 personas por cada 10.000. Actualmente, hay unas 7.000 descritas y alrededor del 80% de ellas son de origen genético, por lo que u
na enfermedad puede ser rara en una región, pero habitual en otra. Incluyen un conjunto de enfermedades muy diferentes entre sí (la enfermedad de Huntington, la ataxia, la esclerosis lateral amiotrófica, el sarcoma de Kaposi o el cáncer de tiroides, por ejemplo) pero tienen en común que suelen ser graves, crónicas, progresivas y discapacitantes.

Mejorar la calidad y la esperanza de vida de las personas que conviven con enfermedades de este tipo son los objetivos de la investigación biomédica que impulsarán los fondos recaudados en La Marató 2019. Esto ocurre, según los expertos, para conseguir pruebas para detectar en el momento de nacer, disminuir el tiempo de diagnóstico y disponer de tratamientos eficientes, adecuados y seguros, como la terapia génica, entre otros.



La Marató de este año 2020, por razones de actualidad, oportunidad y urgencia sobrevenida, estará dedicada a la investigación sobre el Covid-19 y otros coronavirus.

martes, 26 de mayo de 2020

"Cuando era feliz e indocumentado."

La noticia no es actual, pero a mí me ha llegado ahora: resulta que en una actuación en Linares 
(Jaén) hace algún tiempo, en un concierto en homenaje a Facundo Cabral, protagonizó, 
seguramente, su canto del cisne el grupo musical argentino Gauchos-4.

Automáticamente, al leer la noticia y sus protagonistas, se agolparon recuerdos de los años 
jóvenes, de esos días, parafraseando el título de una obra del Nobel de Literatura colombiano 
Gabriel García Márquez (ya sabéis, aquella en la que relata pequeñas historias/vivencias de su 
estancia como periodista en Caracas, Venezuela) cuando era feliz e indocumentado, y es que 
relacionar (entre otros, todo sea dicho) a Gauchos-4 con una época ya casi en la bruma del 
recuerdo y lejana para su inopinada recuperación es un ejercicio encomiable para el espíritu. Y 
han venido de golpe con ello sensaciones, imágenes, casi olores, de locales pequeños, oscuros 
y llenos de humo pero de un recuerdo entrañable en una Barcelona que ya no existe como La 
Gàbia de Vidre (La jaula de cristal), en la calle Marià Cubí, el Pub KM, creo recordar que en la 
calle Alcolea, en el barrio de Sants, y muchos otros, que se convirtieron en aquellos años en 
vivero de intérpretes sudamericanos que huían de sus convulsos países (basta pensar en que 
si elegían como destino una España de dictadura, ¿cómo estarían en su tierra?).

Gauchos-4 son unos representantes más de esta diáspora; eran un grupo ya conocido con el 
nombre de Los Arribeños en su Santa Fe, Argentina y como Gauchos-4 cuando se 
trasladaron a España, que mantuvieron en principio su repertorio, marcado por su sonoridad 
y su sello personal de interpretación en piezas conocidas. Ya en España, a sus canciones 
clásicas (bäsicamente folclore de Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros, Eduardo Falú, 
Horacio Guaraní,...).  se van incorporando nuevos títulos con otro tipo de música como La 
bicicleta blanca de Astor Piazzola, Pequeñas cosas, de Joan Manel Serrat, o el Tango de las 
madres locas, de Carlos Cano. En resumen, en 1961 vinieron de Argentina a Madrid con la 
excusa de unas jornadas culturales y, ya en España, se fueron a vivir a Barcelona. Tras 
varios años residiendo en Barcelona y Bilbao y cinco años de giras en Estados Unidos y en 
toda Europa, se afincaron en Zaragoza, de donde vienen sus últimas noticias.

Por cierto, Gauchos-4 pasaron a ser tres después del fallecimiento, hace mas de veinte años, 
de uno de sus componentes, no querer reemplazarlo y decidir mantener el numeral del 
nombre. ¿Canción del adios también para Gauchos-4? Tempus fugit... 
 
 
 

domingo, 24 de mayo de 2020

La pandemia: conocer el “antes” para decidir el “después”.

El oftalmólogo polaco Ludwik Lejzer Zamenhof soñaba en la posibilidad de comunicarse en 
una lengua única universal y en 1887 publicó las bases de su Lingvo Internacia, “lengua 
internacional”, conocida después como esperanto, la lengua planificada internacional más 
difundida y hablada en el mundo (presente hoy, por ejemplo, en el traductor de Google), 
concebida no para reemplazar los idiomas nacionales sino como una alternativa internacional 
rápida de aprender. Aunque ningún Estado utiliza el esperanto como lengua oficial, es una 
lengua con una comunidad de más de 2.000.000 de hablantes de todos los niveles repartidos 
por el mundo. Su vocabulario proviene principalmente de lenguas de Europa occidental, 
mientras que su sintaxis y morfología muestran fuertes influencias eslavas, y forma "cosas" 
como “En vilaĝo de La Mancha, kies nomon mi ne volas memori,...”, para quien le suene. 
Debido a los periodos históricos favorables a ideas de paz y acercamiento de pueblos, y 
gracias a sus características, el esperanto experimentó en sus comienzos una difusión 
relativamente elevada, conociéndose como “el latín de los obreros”. Sin embargo, las épocas 
de guerras mundiales, dictaduras totalitarias y represiones políticas frenaron su expansión 
hasta tal punto de que algunos regímenes lo han perseguido y prohibido durante el siglo XX:
- En España alcanzó gran popularidad entre las clases trabajadoras y era común que la 
mayoría de escuelas racionalistas y ateneos libertarios incluyeran lecciones de este idioma, 
abruptamente interrumpidas tras el triunfo de las tropas franquistas en la Guerra (in)Civil.
- Adolf Hitler mencionó en su libro Mein Kampf al esperanto como una lengua que podría ser 
usada para la dominación del mundo por una conspiración judía internacional. Como 
resultado de esa animadversión, se produjo la persecución de los esperantistas durante el 
Holocausto.
- Stalin sospechaba que el esperanto era una «lengua de espías» y hubo fusilamiento de 
esperantistas en la Unión Soviética.
- El senador estadounidense Joseph McCarthy, conocido por su anticomunismo y promotor 
de la famosa “caza de brujas”, consideró el conocimiento del esperanto como ”casi sinónimo” 
de simpatía hacia el comunismo. 
-…

A aquellos hablantes del esperanto que desean que el idioma sea adoptado oficialmente y a 
escala mundial se les llama finvenkistoj, por fina venko, que significa “victoria final”, porque el 
soportar épocas de mala racha confiere ópticas diferentes y aparentes fuerzas para asumir 
los cambios. Es lo que pasa ahora, salvando las distancias, con esta pandemia que nos 
azota y en la que se está generalizando el mantra de que, después, cuando llegue la fina 
venko esperantista, nada (ni nosotros) será igual. Pero, ¿será así?
Por situarnos, desde su aparición a fines de diciembre de 2019 en Wuhan, China 
(investigaciones posteriores lo sitúan meses antes en Francia), el nuevo y desconocido 
coronavirus transformó —literalmente— la faz de la Tierra. En casi 100 días el Covid-19, 
como fue bautizado por la Organización Mundial de la Salud, hizo una labor de años: impuso 
el trabajo a distancia, cerró las escuelas, causó millones de desempleados y buena parte de 
los comercios, terminó con las reuniones de gente (lo que equivale a decir que eliminó 
conciertos, obras de teatro,deportes en general y juegos olímpicos, pero también cumpleaños, 
casamientos y funerales), vació las calles de las grandes ciudades, generó los planes de
rescate de la economía más enormes de la historia, devolvió sentido a la información de 
calidad sobre los supuestos de las redes sociales, dejó a miles de millones de personas en 
cuarentena (incluidas víctimas de violencia familiar encerradas con sus victimarios), impuso la 
“distancia social”, cambió los rituales de higiene, eliminó el apretón de manos y los abrazos, 
creó los documentos de inmunidad para certificar quién puede volver a interactuar en el 
mundo… en algunos lugares , los propietarios no cobrarán la renta ni los bancos las cuotas 
hipotecarias, y se pondrán en marcha experimentos para la provisión de ingresos básicos 
directamente desde el Estado… lo que tentaría a identificar la pandemia del Covid-19 como 
el más grande conflicto epidémico que ha sufrido el mundo en todos los tiempos”.

Pero esa definición ya existe y se aplica a la mal llamada “gripe española” o “spanish lady”1
pandemia de Influenza2 que, en 1918-19, en medio de la primera guerra mundial, acabó con 
la vida de entre 20 y 50 millones de personas en todo el mundo y contagió a cerca de 500 
millones. Muy poco más de un siglo después, otro brote alcanza proporciones mundiales: esta 
vez se trata de un coronavirus. ¿Estamos ante un escenario similar? La respuesta sencilla es 
no, porque la gran diferencia es la distancia que ha viajado la medicina en el intermedio de un 
siglo; los recursos para tratar la enfermedad en la época eran también muy limitados en 
comparación a los de hoy en día: no existían vacunas, medicamentos antivirales o antibióticos 
para tratar infecciones bacterianas secundarias relacionadas con la gripe como la neumonía, 
los hospitales no contaban con suficientes equipos médicos: no había unidades de cuidados 
intensivos, ni respiradores y no se entendía la importancia de aislar a los enfermos. Sin 
embargo, medidas ‘”no farmacéuticas” como las que se toman ahora para enfrentar el 
coronavirus —lavado frecuente de manos, uso de tapabocas, mantenimiento de la 
distancia entre personas y cierre de lugares públicos—sí fueron también populares en 
la época, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la actitud personal, más 
relevante, a veces, que las respuestas médicas y complementaria de éstas.
Un poco de historia que nos permita, no comparar, que no es el caso, sino disponer de más 
elementos de análisis de situaciones; todo comenzó el 4 de marzo de 1918, en Fort Riley 
(Kansas, Estados Unidos), - nada que ver con España -, aunque ya en el otoño de 1917 se 
había producido una primera oleada de casos en al menos catorce campamentos militares 
estadounidenses y desde el Medio Oeste americano la gripe se extendió rápidamente hacia 
la costa este favorecida por el continuo movimiento de tropas. Unas semanas después se 
comprobaría la brusca elevación de la mortalidad en un buen número de grandes ciudades
a primeros de abril ya se habían registrado los primeros casos en los acuartelamientos de 
Burdeos y Brest, dos de los principales puertos de desembarco de tropas en Europa, y, sin 
duda, la gripe fue llevada a Francia por esa gran masa de hombres que viajaban al país 
desde Estados Unidos. Pronto comenzaron a aparecer también los primeros casos de gripe 
entre los soldados franceses e ingleses y, a lo largo del mes de abril, la epidemia se extendió 
por Francia e Italia, al tiempo que en tierras americanas alcanzaba tanto la costa atlántica 
como la del Pacífico.

En mayo, la onda expansiva penetraba en España, Portugal, Grecia y Albania y, a partir de 
junio, estaba ya no sólo en toda la Europa mediterránea, sino también en otras regiones del 
mundo tan distantes entre sí como la Península escandinava, el Caribe, Brasil, China y 
algunos países norteafricanos. Esta primera oleada fue relativamente benigna y no tuvo 
grandes consecuencias demográficas y sociales. 

A finales del mes de agosto  (cinco meses después del inicio) apareció de forma explosiva y 
simultáneamente en muchos puntos del planeta una nueva oleada epidémica, caracterizada 
por su gran poder de contagio y letalidad, que tuvo sus principales focos difusores en Brest 
(Francia), Boston (EE.UU.) y Freetown (Sierra Leona). A finales de septiembre, la gripe 
había invadido toda Europa desde el foco originario de Brest, todo el territorio americano 
desde Boston y el continente africano y toda Asia desde Freetown.
En octubre, los muertos se contaban por millones en todos los continentes. En lo que restaba 
del otoño, la gripe impregnó de un humo más negro que el de la metralla de la guerra que se 
libraba hasta el último confín de la Tierra. Afortunadamente, poco antes de iniciarse el 
invierno, se fue retirando con gran rapidez de las zonas afectadas, como si quisiera dar una 
tregua ante la proximidad de las fiestas navideñas. Los efectos de esta segunda ola 
pandémica fueron devastadores, ya que tuvo una extraordinaria gravedad, sobre todo en las 
últimas semanas de octubre, afectó a un gran sector de la población y provocó una tasa de 
mortalidad del 6-8%, especialmente entre los adultos jóvenes, la población más activa desde 
el punto de vista laboral. 
La tercera oleada se presentó en febrero-marzo de 2019 (un año después del inicio) y duró 
hasta mediados de mayo con el mismo “espíritu maligno” que la anterior, una alta morbilidad 
y un elevado porcentaje de complicaciones que con frecuencia causaban la muerte de los 
afectados. Sin embargo fue más corta en el tiempo y tanto su presentación como su declive 
fueron más lentos; por tanto, no revistió un carácter tan universal y provocó un número de 
víctimas mucho más reducido, aunque nada desdeñable, siendo ahora también los jóvenes 
el segmento de población más afectado por la virulencia de la enfermedad. En general, 
atacó más a las zonas menos afectadas por las dos oleadas anteriores.

Aún hubo un cuarto brote epidémico durante el invierno de 1920 (dos años y medio después 
del inicio), pero de menor gravedad, incidencia y número de complicaciones; además, su 
patrón de comportamiento fue algo diferente castigando preferentemente a los niños más 
pequeños. La gripe siguió circulando entre la población humana en los años siguientes, 
alternando brotes epidémicos de mayor o menor importancia en zonas más o menos 
extensas del mundo.

La gran epidemia desapareció repentina y misteriosamente, entre otras razones, 
posiblemente, por estar la mayoría de los supervivientes ya inmunizados. Y suerte de eso, 
porque hasta 1933 (quince años después del primer brote oficial) no se identificó el 
virus (Influenza A del subtipo H1N1) y se pudo trabajar en la vacuna. Para explicar las 
causas de la enfermedad se formularon numerosas y variadas hipótesis, algunas de las 
cuales procedían del pasado más remoto. La aparición de la epidemia se relacionó con el 
agua, con el suelo y con el aire, con los alimentos –el agua, la fruta, las harinas, etc.–, con 
determinados colectivos, con las aglomeraciones de gente, con las basuras, el alcantarillado, 
los pozos negros… y los demás pozos, el aliento de las personas queridas, los besos y hasta 
el simple apretón de manos. Se volvieron a invocar causas telúricas, miasmáticas y 
religiosas. No obstante, se fue imponiendo la tesis bacteriológica sostenida por los expertos 
y pronto se fue transmitiendo a la población la necesidad de “atenerse al análisis del 
laboratorio”, aunque la falta de resultados concluyentes en este sentido provocaba cierta 
incertidumbre y confusión en los médicos y demás responsables sanitarios. 
Por lo que respecta a España, al principio, dada la benignidad entonces de la epidemia, una 
gran parte de la población se la tomó a broma convencida de que podía sobrellevarse con 
humor; mientras tanto, entre los responsables sanitarios, había quien hablaba ya 
abiertamente de gripe infecciosa y quien prefería aludir a “una enfermedad todavía no 
diagnosticada”. Sin embargo, ante la extensión de la epidemia y el cariz que tomaban los 
acontecimientos, se advirtió de que era preciso que “sin alarma, pero con seriedad, el 
vecindario se preocupe de la amenaza que le acecha. La epidemia va tomando caracteres 
de gravedad, que es preciso atajar con el esfuerzo de todos”. Pero la alarma comenzó a 
sonar ante las dudas, la preocupación e incluso el sentimiento de pánico de muchos. 
Afortunadamente, a mediados de junio, esta primera oleada, comenzó a declinar y, a 
principios del mes de agosto, prácticamente había desaparecido del país.

No obstante, lo peor estaba por llegar. La segunda oleada apareció de forma brusca en 
distintos puntos de la geografía española en la última semana de agosto y la primera de 
septiembre. Las numerosas fiestas de finales de verano, el continuo trasiego de trabajadores 
eventuales (se calcula que en aquella época existía más de medio millón de vendimiadores) 
y el ir y venir de los nuevos reclutas y de los soldados licenciados fueron los principales 
focos de difusión de una epidemia que tuvo en el ferrocarril un medio de transporte idóneo. 
La oleada se prolongaría hasta mediados de diciembre, afectó muy especialmente al área 
mediterránea y al noreste del país y fue más cruel en aquellas zonas que ya habían sido 
poco atacadas por la invasión gripal de la primavera. A finales de otoño, la epidemia se había 
extendido por todos los rincones del país y alcanzado en algunas regiones una tasa de 
mortalidad de hasta el 2% de la población y a las familias españolas no sólo llegó el luto, 
sino también el pavor y el estupor.

Hoy día, a decir de los expertos, con una población de siete mil millones de seres humanos 
en el planeta y el transporte aéreo como nuevo vector de propagación se considera imposible 
detener una epidemia como la de 1918, al menos en su primera oleada. Escapa de la 
capacidad técnica y científica actual aislar el virus, analizarlo, encontrar una vacuna y 
producir las suficientes dosis antes de que el virus se expandiera por el mundo. Del mismo 
modo la industria farmacéutica, pese a estar mucho más desarrollada que en 1918, no sería 
capaz de producir suficientes antibióticos ni suficientes antivirales para varios miles de 
millones de personas en poco tiempo.
Lo curioso es que la “gripe española” fue ignorada después durante mucho tiempo.  
Desapareció de los medios en un aparente ejercicio de olvido voluntario colectivo y la 
Primera Guerra Mundial ocupó el interés de quienes estudiaron esos años. Sin embargo, la 
pandemia tuvo un impacto fenomenal en la vida de las personas. Casi no hubo familias que 
no se vieran afectadas por alguna muerte cercana. Pero además tuvo trágicas consecuencias 
políticas, sociales, económicas y hasta en el mismísimo desenlace bélico. Después de la 
pandemia el mundo cambió para siempre, ya no volvió a ser de la misma manera, aunque 
nadie pueda recordar cómo era antes.

En el caso de la actual pandemia, por un lado cabe recordar que las pandemias son un 
ejemplo perfecto de la clase de crisis a las que el capitalismo global es particularmente 
vulnerable, debido al movimiento constante de personas y mercancías por un territorio que 
parece único pero que, en realidad, está fragmentado. Así, aunque el coronavirus es una 
misma batalla en todas partes, podría haber mucha demonización, lo cual implicará más 
muertes y más sufrimiento a escala mundial como el caso de Viktor Orban en Hungría, cuyo 
discurso xenófobo asoció inmigración y Covid-19. En el vértigo de la crisis, algunos cambios 
se plantean como transitorios, por la necesidad del momento. Pero se quedan para siempre, 
sin que en la coyuntura se pueda comprender las implicaciones que podrían tener en otros 
contextos.

Por el lado contrario, otra escuela de pensamiento ve en las crisis destellos positivos de 
posibilidades y el Covid-19 podría abrir las puertas a políticas más progresistas. Si antes se 
consideraba que la intervención estatal, o un estado grande, eran inviables, ahora se insinúa 
que el mercado sólo también lo es. El objetivo es combatir el virus y, al hacerlo, transformar 
lo mismo de siempre en algo más humano y seguro. La crisis del Covid-19, en comparación 
con la económica del 2008, que hasta era difícil de entender por la complicada ingeniería 
financiera de los créditos que la causaron, es transparente: es una docena de crisis 
enredadas en una sola, y todas se desarrollan a la vez y de maneras que no se pueden 
pasar por alto. Los políticos se están infectando. Las celebridades ricas se están infectando. 
Los amigos y los parientes se están infectando y si bien las diferencias económicas y sociales 
persisten, esta vez la catástrofe se parece bastante a estar todos en el mismo barco.

Sin conclusiones. Que cada cual saque las suyas y asuma, si cree que lo ha de asumir, su 
nivel de compromiso personal más allá del cumplimiento de las recomendaciones, 
autorizaciones o limitaciones oficiales, pero ya se ve que no es momento aún de hablar de 
fina venko, y sí de ser sensato y de extremar la prudencia, por uno mismo y por los demás. 
Ya llegará el día de bajar conscientemente la guardia porque haya llegado realmente la fina 
venko tan deseada.
Por cierto, ¿Y el cambio climático? Hasta poco antes de la irrupción del coronavirus, la conversación global más importante era 
sobre el cambio climático. Y es posible que, tras la crisis del Covid-19, vuelva al centro del 
escenario, pero de otra manera, seguramente. Las dos cuestiones tienen similitudes y ambas 
requerirán altos niveles, inusuales hoy, de cooperación global. Ambas demandarán cambios 
en la conducta de hoy para reducir el sufrimiento de mañana. Hace mucho ya que los 
científicos anticiparon con gran certeza ambos problemas, mientras que los gobernantes no 
podían ver más allá de las estadísticas de crecimiento del trimestre fiscal siguiente. En 
consecuencia, ambos requerirán que los Gobiernos tomen medidas drásticas y eliminen la 
lógica del mercado en ciertos ámbitos de la actividad humana. Si bien la analogía entre las 
dos situaciones no llega mucho más allá (la mayoría de la gente no siente que ellos o sus 
seres queridos podrían morir por la crisis climática), es posible que la experiencia del 
Covid-19 ayude a comprender el cambio climático de otra manera.  
 
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1La epidemia fue conocida como “gripe española” o “spanish lady”, intentando señalar su supuesto origen. Hoy en día esta hipótesis carece de fundamento científico y se atribuye a que la difusión de tal denominación fue más bien debida al interés de los franceses e ingleses, por una parte, y de los alemanes, por otra, en desviar la atención hacia España, dada su posición de neutralidad durante el conflicto bélico, así como por la amplia difusión que hizo la prensa de nuestro país de la epidemia a partir del mes de mayo de 1918, cosa que no sucedió –sino todo lo contrario– con la de los países involucrados en la guerra.

2 Enfermedad infecciosa, forma de gripe similar a un resfriado, común en casi todos los animales que, sin embargo, en los seres humanos puede afectar las vías respiratorias, esto es, la nariz, la garganta, los bronquios y, con poca frecuencia, los pulmones; al corazón, el cerebro o los músculos.

domingo, 17 de mayo de 2020

¿Cuándo acaba una pesadilla?

Existe un conocido bulo (lo es; hay investigaciones científicas que lo desmienten de forma 
categórica) según el que la memoria de los peces es de una duración de tres segundos 
cuando, por ejemplo, según esas investigaciones, la mayoría de los peces pueden recordar 
a sus depredadores hasta un año después de ser atacados por ellos; y una carpa que ha 
estado a punto de morder el anzuelo recuerda la experiencia y evita a los pescadores durante 
varios meses. Además, si hay que inspeccionar una zona donde sospechan que hay un 
predador, es habitual que lo hagan por parejas para aumentar la seguridad, como lo harían 
un par de compañeros policías. 

Lo que sí es cierto es que la memoria, y no sólo en los peces, es maleable, condiciona y 
engaña certificando que las cosas son exactamente sin ninguna duda, las que recordamos y 
como las recordamos dando lugar con ello a situaciones chuscas como la de afirmar que el 
día 1 de mayo se celebra de toda la vida (porque es lo que yo conozco) la festividad católica 
de San José Obrero, cuando es bien sabido que esta celebración litúrgica fue instituida en 
1955 por el Papa Pío XII para aprovechar el aconfesional Día del Trabajo, o que la 
tauromaquia ha sido siempre un bien de interés cultural cuando lo cierto es que fue 
recientemente, en noviembre de 2013, declarada en el Senado Patrimonio Cultural gracias a 
la mayoría del Partido Popular y el apoyo de UPN, 
Con esto del confinamiento pasa tres cuartos de lo mismo, que nos fiamos sólo de nuestra 
corta memoria personal, que no lo ha conocido y lo ve, por tanto, inusual, sin caer en la 
evidencia indiscutible de que el confinamiento de ciudades o regiones ha sido una de las 
medidas que a lo largo de la historia han tomado gobernantes y reyes para hacer frente a las 
crisis sanitarias (y no sanitarias), como la actual provocada por la pandemia del coronavirus. 
En esto de ahora, China fue el primer país en imponer la cuarentena a sus ciudadanos para 
luchar contra el contagio de eso que se llamaría Covid-19. Una decisión que pocas semanas 
después adoptaron otros numerosos gobiernos del mundo: primero fueron Italia, España o la 
India, y después ha sido implementada en otras regiones del mundo para intentar contener 
el número de contagios del virus. 

Otro ejemplo, del que no nos acordamos, claro, de limitación del movimiento entre los 
ciudadanos a lo largo de la Historia por una crisis sanitaria se vivió con la llamada ‘peste 
negra’. De hecho, esta enfermedad provocó uno de los confinamientos más duros que vivió 
Europa y tuvo lugar en el siglo XIV, una pandemia que solo en el 'Viejo Continente' dejó 
cerca de 25 millones de muertos, aunque se calcula que segó la vida de entre 40 y 60 
millones de personas más en África y Asia, y cuyas consecuencias se han alargado durante 
décadas en estos países. Desde entonces, cualquier brote de peste ha sido temido por 
todas las clases sociales1. Ante el avance imparable de la enfermedad, fueron muchos los 
príncipes, como los italianos, que decidieron cerrar sus ciudades para evitar la entrada de 
personas contagiadas. Esta misma medida fue adoptada por los distintos gobernantes de las 
ciudades y regiones europeas a las que llegaba la enfermedad.

Sin embargo, no hace falta retroceder tanto en el tiempo para ver que el confinamiento fue 
una decisión recurrente en caso de epidemias, pues otro ejemplo en la Historia lo 
encontramos en el siglo XVIII, momento en el que la ciudad de Girona cerró las puertas de la 
ciudad para evitar la entrada de todas las personas que vinieran desde Francia, a causa de 
la llamada 'Gran Peste de Marsella'2. En esta ocasión, se trató de una enfermedad que segó 
a la población del sur del estado galo.  

Las cuarentenas no tuvieron un efecto sanitario inmediato, pero hicieron posible que poco a 
poco la peste retrocediera en diversos países. Otras enfermedades, por desgracia, tomaron 
el relevo. El cólera se convirtió en una de las más terribles, como demostró la epidemia que 
afectó a Europa en 1830 y a Norteamérica dos años más tarde. Los países involucrados 
procuraron frenar el contagio, como en los tiempos de la peste, a través de la cuarentena. No 
fue hasta la Conferencia Internacional de París de 1903 cuando un gran número de países 
se puso de acuerdo para aplicar idénticos criterios acerca de las cuarentenas. Este 
procedimiento entraría en declive tras la Segunda Guerra Mundial, ante la convicción de que 
podía ser beneficioso en unas circunstancias y contraproducente en otras, pues el remedio 
no se demostró tan eficaz desde el punto de vista de la sanidad pública, pero sí útil para 
otros objetivos: limitar los movimientos de los enemigos del gobierno o implantar el 
proteccionismo económico ya que las consideraciones políticas iban a mezclarse en más de 
una ocasión con las cuestiones estrictamente sanitarias. En este sentido, es llamativo que 
con la actual pandemia del Covid-19, el consenso es casi total respecto a la necesidad, 
mientras no se halle un remedio eficaz, de aislar a la población en sus hogares, aunque el 
debate sobre el alcance de ese confinamiento sea constante, pero en la lista de las 
excepciones clamorosas, más preocupados en preservar su forma de entender la economía 
que predican que en la supervivencia de sus conciudadanos, se codean el estadounidense 
Donald Trump o el brasileño Jair Bolsonaro entre otros. 
Y acaba aquí el confinamiento dentro de acalorados debates acerca del cómo y en qué plazo
pero, ¿acaba la amenaza del Covid-19 y su contagio? Porque, la verdad, es que el mundo, 
que está paralizado, busca respuestas. Los lugares que una vez estuvieron llenos del ajetreo 
y el bullicio propio de la vida cotidiana se han convertido en pueblos fantasma con 
restricciones masivas y han cerrado fábricas, colegios, se han impuesto restricciones a los 
viajes y se han prohibido reuniones numerosas, y no digamos tumultuosas. La ciudadanía 
está desconcertada, y le gustaría tener una idea aproximada acerca de cuándo acabara todo 
ésto. Según fuentes oficiales, la pandemia acabará, posiblemente, al cabo de entre 2 y 4 o 5 
meses de cuando se inicie la relajación del confinamiento3, aunque estos tiempos son muy 
variables, de forma que, "una vez que se constate el último caso diagnosticado, deberán 
dejarse pasar "dos cuarentenas" es decir, 28 días, para considerar el final de la transmisión”
Pero incluso si el número de casos comienza a disminuir en los próximos  meses, todavía  
podemos estar lejos del final.

¿Y no hay salidas? ¿Cuándo terminará y cuándo podremos seguir tranquilos con nuestras 
vidas aunque sea en una nueva normalidad, alineada, seguramente, nos cueste más o 
menos admitirlo, con una nueva realidad? Porque está claro que la estrategia actual de 
autoaislamiento, que muchos países han puesto en marcha, no es sostenible a largo plazo 
porque el daño social y económico consecuente sería catastrófico. Lo que necesitan los 
países que ya han alcanzado el pico de la epidemia es tener claro cuál va a ser la "estrategia 
de salida", es decir, cómo van a levantar las restricciones y volver a la normalidad, pese a  
saber que el coronavirus no va a desaparecer, claro que si se levantan las restricciones que 
frenan el virus, entonces los casos inevitablemente se dispararán. ¿Qué hacer?
Básicamente, desde el punto de vista sanitario, hay tres formas de salir de este lio, sin perder 
de vista que sólo se ha luchado contra el contagio, y que el virus sigue campando a sus 
anchas.
    
    - Que un número suficiente de personas desarrollan inmunidad al virus tras contraer la 
infección
    - Cambiar permanentemente nuestro comportamiento como sociedad
    - Desarrollo de una vacuna
Respecto de la primera, la Inmunidad natural, dicen los expertos que faltaríann al menos dos 
años (cuando menos) para que se produjera, pero cuándo puede suceder todo esto es 
incierto y no debe olvidarse que el plantear conseguir así la inmunidad colectiva es un 
proceso en el que cada vez más personas se tienen que infectar. Y hay dudas sobre si esta 
inmunidad duraría, toda vez que otros coronavirus, que causan síntomas de resfriado común, 
conducen a una respuesta inmune muy débil y las personas pueden contraer el mismo virus 
varias veces en su vida.

La segunda opción son los cambios permanentes en nuestro comportamiento que nos 
permiten mantener bajas tasas de transmisión, lo que podría incluir, obviamente, mantener 
vivas algunas de las medidas que se han implementado. O introducir pruebas rigurosas y 
aislamiento de pacientes para tratar de estar al tanto de cualquier posible brote. Fácil decirlo 
y comprensible pero, a la vista de numerosos comportamientos individuales observados en 
las fases de desconfinamiento que creen que la lucha contra la pandemia es sólo cosa del 
Gobierno y no algo íntimamente supeditado a la responsabilidad de cada uno, y acudiendo a 
nuestro rico refranero, una cosa es predicar, y otra dar trigo. Conviene en este punto no echar 
en saco roto el hecho incuestionable de que mientras el virus ande suelto sólo se puede luchar 
contra su propagación o contagio, y en eso tienen mucho que ver las actitudes individuales: 
extremar la higiene de manos, respetar el llamado distanciamiento social (divulgado en dos 
metros standard, pero variable al alza en función de que se esté quieto, caminando, corriendo, 
en bicicleta, etc:), llevar puesta mascarilla (tanto para no contagiarse uno como para no 
contagiar a los demas por ser uno portador asintomático del virus), evitar ¡ay! las añoradas 
efusiones con las peronas estimadas,...

Queda, pues, la vacuna como casi única opción respondiendo a la creencia de que a nivel 
mundial, la ciencia encontrará soluciones. Esta de las vacunas es una forma natural de 
hacerle frente a las enfermedades infecciosas. Un inciso sobre ésto. las vacunas se utilizan 
en personas sanas para reforzar el sistema inmunitario y prevenir enfermedades graves y 
potencialmente mortales, le "enseñan" al cuerpo cómo defenderse cuando microorganismos, 
como virus o bacterias lo invaden, mediante el sistema de exponerlo a una cantidad muy 
pequeña y muy segura de virus o bacterias que han sido debilitados o destruidos, de manera 
que el sistema inmunitario aprende luego a reconocer y atacar la infección si está expuesto a 
ella posteriormente en su vida. Como resultado de esto, no se enfermará o se puede tener una 
infección más leve. Si se vacuna a suficientes personas, en torno al 60% de la población, y el 
virus no es capaz de causar brotes, se alcanza lo que se conoce como el concepto de 
inmunidad colectiva. 
La investigación de vacunas (varias y en varios laboratorios) se está llevando a cabo a una 
velocidad sin precedentes, pero no hay garantía de que sea exitosa y requerirá inmunización 
a escala mundial y, además, la mejor suposición es que una vacuna podría estar lista en 
entre 12 y 18 meses si todo sale bien4, lo que es mucho tiempo si tenemos en cuenta las 
restricciones sociales adoptadas y que no tienen precedentes durante tiempo de paz (las 
redes sociales han promovido una teoría de conspiración que afirma que el virus detrás del 
Covid-19 ya era conocido y que una vacuna, por tanto, ya estaba disponible).

Pero no hay garantías de que se encuentre en el corto o medio plazo una vacuna contra el 
coronavirus ni otras medicinas, que también se están investigando, que dificulten su 
propagación y transmisión, por lo que en ese caso no queda otra que aprender a vivir con el 
riesgo de la enfermedad,  lo que significa intentar siempre reducir los números de contagios y 
muertes y mantenerlos a niveles bajos a través de, por ejemplo, hacer pruebas a escala 
masiva y luego rastrear el virus a través de una combinación de tecnología y rastreadores de 
contacto humano. Por ahora, un puñado de estudios clínicos que buscan dar con una 
fórmula contra el coronavirus ya están en la fase de pruebas en humanos, pero todavía se 
trata de investigaciones reducidas y los pronósticos más optimistas hablan de una 
producción a gran escala para 2021. Alrededor de 100 grupos de investigación están 
buscando vacunas y casi una docena de ellos están ya en las primeras etapas de ensayos 
en humanos o listos para comenzar. Aunque son muchos, los científicos alertan de que solo 
unos pocos podrán superar los muchos obstáculos que quedan, pero cuántos más 
investigadores allá, más posibilidades habrá de llegar a la vacuna.

Pero, al tiempo que se anuncian rápidos avances en el desarrollo de una vacuna contra el 
coronavirus, expertos internacionales han puesto sobre el tapete otra peliaguda cuestión. 
Cuando la vacuna esté finalmente lista, dentro de un año o un año y medio, ¿será el mundo 
capaz de producir y repartir todas las dosis necesarias? Si miles de millones de personas 
necesitaran un nuevo tipo de vacuna contra el coronavirus, y las empresas siguieran 
produciendo también las cantidades habituales de vacunas contra la gripe, el sarampión, las 
paperas, la rubeola y otras enfermedades, podría llegar a haber una grave escasez de 
producción. Y es que podría "no ser físicamente posible" fabricar suficiente vacuna para 
todos. A lo que se añade, además, el riesgo de que los países ricos acaparen las dosis 
disponibles en detrimento de los más pobres.

O sea, se pueda o no acabar con la pandemia, todo seguirá igual.
 
Y continúa... 
 
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1En la Edad Media, el origen de las enfermedades epidémicas, como la peste, era por completo desconocido. Lo que sí se sabía es que el contacto personal favorecía el contagio. Giovanni Boccaccio, en su obra El Decamerón, explicaba así en el siglo XIV cómo se extendía la peste negra: “Contribuyó a dar mayor fuerza y vigor a esta pestilencia el hecho de que los sanos visitaban o se comunicaban con los que habían adquirido el mal”. En un mundo en el que la medicina estaba poco desarrollada, no existía remedio más eficaz que el aislamiento. Las autoridades ordenaban el cierre de las ciudades afectadas. Eso no evitaba que, en aquellos momentos de pánico, muchos quisieran huir a otros lugares en un intento desesperado de ponerse a salvo. Como ahora con las segundas residencias por ejemplo.

2Algunos ya estaban contagiados, y al marcharse ayudaban a la extensión incontrolada de la epidemia. De ahí que contra estos “autoexiliados” llegaran a aplicarse procedimientos extremos. El historiador Geoffrey Parker cuenta que, en Sant Cugat, cerca de Barcelona, a mediados del siglo XVII, los vecinos mataron a tiros a dos individuos que venían de Barcelona. Temían que pudieran ser portadores de la peste.

3Referidos estos plazos al final de la crisis sanitaria. Otra cosa es el final, y vuelta a la “normalidad” (habrá que definir qué se entiende por “normalidad”) de la crisis socio-económica, y esperemos que no humanitaria, vinculada, que ya se anuncia de años.

4Aunque en esto también hay voces discrepantes: el jefe de Servei de Malalties Infeccioses del Hospital Germans Trias i Pujol, de Badalona (Barcelona) y director del Instituto de Investigación del Sida IrsiCaixa, el prestigioso Dr. Bonaventura Clotet, ha considerado que en septiembre puede haber ya una vacuna contra el coronavirus. Por el contrario, para el  jefe del servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología del Hospital Clínic, de Barcelona, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona e investigador de ISGlobal, Dr. Antoni Trilla, sería un éxito tener resultados de la vacuna en 18/24 meses, y la directora del departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dra. María Neira, ha admitido desde Ginebra (Suiza) que es "probable" que en otoño se produzca una nueva oleada de la Covid-19, para la que no se espera una vacuna hasta el año que viene..