domingo, 31 de enero de 2021

El mundo es un pañuelo.


 “Se dice, se cuenta, se comenta, se rumorea, nos han dicho que han oído que decían” (vaya ésto como recuerdo a Jesús Hermida, historia del periodismo, del que tantos “periodistas” de hoy tendrían tanto que aprender) que, hace unos años, en una final de Europa League de fútbol entre los equipos españoles Atlético de Madrid y Athletic Club de Bilbao disputada en Bucarest, conocida capital de Rumanía, hubo más de un aficionado que se confundió al comprar el billete de avión y se plantó en Budapest, capital de Hungría, en lugar de en Bucarest, por el parecido fonético entre los nombres de ambas ciudades (no consta de qué equipo eran seguidores los protagonistas de la pifia). Es fácil para alguien poco avisado, equivocarse, un poco como, ¿qué clase de Dios permitiría que el azúcar se pareciera tanto a la sal? Pero, bueno, ese es otro tema. En el caso de Bucarest y Budapest existe un parecido fonético evidente pero ¿qué pasa con el viajero cuando, no es que el parecido fonético exista: es que la similitud es absoluta?. Letra a letra. Así pues, aunque sólo sea por curiosidad, ahí va el dato: según un bosquejo aparecido en su día en el diario El Periódico, hay 52 localidades en el mundo con el nombre de Barcelona, con el nombre como tal o con derivados del mismo, quizá porque son parte de un topónimo compuesto, como San Antonio de Barcelona en Brasil o Villa Barcelona en Puerto Rico o, tal vez, como una traducción, como Barcellona en Italia, ya sean fundadas por catalanes viajeros, o por simple coincidencia (el mundo es más grande de lo que imaginamos, y la redundancia es habitual), como si se estuviera en mitad de un capítulo de la vieja serie televisiva The Twilight Zone1.

 


Hablaremos de esta circunstancia orillando academicismos y datos “sesudos” sobre estos homónimos y, para ello, echaremos la vista atrás (sin nostalgias, como un analista sin opinión). Uno de los mercados actuales más importante de la ciudad de Barcelona es el Mercat de Sant Antoni (Mercado de San Antonio) con tres partes claramente diferenciadas: la alimentación fresca, los encantes (artículos no de alimentación) y el dominical del libro. Originalmente se trataba de un mercado al aire libre situado en el acceso sur de la ciudad amurallada, concretamente en el portal de Sant Antoni, una ubicación favorable al comercio por tratarse de una zona de paso para aquellos que salían o llegaban. Con los proyectos de expansión de la ciudad y el derribo de las murallas, Ildefons Cerdà2 propuso la construcción de una estructura para garantizar la permanencia del mercado y mejorar el abastecimiento de toda la ciudad de Barcelona, que no tenía suficiente con los mercados de dentro de las murallas. La construcción comenzó en 1879 y terminó en septiembre de 1882. Más tarde se incorporaron libreros y coleccionistas los domingos, dando origen al Mercat Dominical de Sant Antoni, ubicado en los soportales exteriores del edificio, un mercado especializado en libros nuevos y antiguos y coleccionismo tradicional de postales, sellos o revistas y donde también se encuentran todo tipo de ofertas vinculadas a los cromos, los videojuegos y/o las películas. Recientemente, el edificio y las instalaciones se sometieron a una reforma cuya finalización se fue viendo retrasada debido a los restos arqueológicos que se encontraron al remover la tierra: la Vía Augusta Romana y la necrópolis así como las restos del baluarte de Sant Antoni de la antigua muralla (es lo que pasa cuando se escarba el suelo en una ciudad con siglos de historia).
 

Detengámonos en el atractivo mercado dominical o también llamado del libro de ocasión, antiguo y moderno que, por cierto, constituye el mercado de estas características más grande del mundo. Su historia es, sobre todo, la historia de los niños que, con la ilusión que, más allá de las tablets, se les ha sabido transmitir, dan sus primeros pasos en el mundo de la Cultura (con mayúsculas) y, en compañía de sus pacientes padres, se acercan al mercado, compran cuentos y tebeos, cambian cromos repetidos y aprenden a amar los libros. Y así, generación tras generación. Esos mismos niños, ya adultos, siguen acudiendo al Mercat, y los cuentos se convierten en libros o, tal vez, en colección de sellos, cómics o cualquier otro producto cultural. Durante el franquismo, muchos paradistas desarrollaron un trabajo loable y callado (por la cuenta que traía) a favor de la libertad de expresión, arriesgando su seguridad personal para recoger, comprar y vender a escondidas esos libros que estaban prohibidos por la dictadura. El dicho popular proclamaba que el libro que no se podía encontrar en ningún sitio, estaba escondido en una parada de Sant Antoni. ¿Sirvió de inspiración para el “personaje” capital de las novelas de Carlos Ruiz Zafón, barcelonés militante en sus obras aunque residente en Estados Unidos, el cementerio de los libros olvidados?

 Han sido habituales del mercado intelectuales como Santiago Rusiñol, Manel de Pedrolo, Avel·lí Artís-Gener “Tísner”,Terenci Moix, etc.; destacados representantes del mundo de la canción, del espectáculo y de la política, tales como Javier Gurruchaga, Pasqual Maragall, Mario Cabré, Joan Manuel Serrat, Miguel Gila, etc., y, ocasionalmente, alguna estrella del cine como la “chica Bond” Ursula Andrews, acompañada por el también actor Fabio Testi, o el oscarizado director de fotografía, Néstor Almendros. En momentos de pandemia como los de ahora, cobran valor las palabras de Tísner3, “Hablamos muy a menudo de cómo hay que hacer salir la cultura a la calle. Nuestro mercado de libros demuestra que ya lo practicamos desde hace años”. 


En ese escenario, era habitual organizar un “peregrinaje apasionado” cada domingo con el objetivo de descubrir lecturas que serían inolvidables rebuscando en un montón de libros viejos en las paradas del mercado, de donde, por otra parte, se salía siempre con un molesto aunque esperado ataque de urticaria producido por los ácaros del polvo que se reúnen en aquel recinto al aire libre a rebosar todos los domingos para celebrar su victoria sobre las esperanzas, los orgullos y las fatuidades de los aspirantes a celebridades literarias. No había que demorarse mucho, pues, en la elección pero la experiencia de cada domingo permitía, con una breve cata de lectura, la vuelta a la “cueva” con un nuevo (quizá antiquísimo) libro en el bolsillo o bajo el brazo (dependía del tamaño), relamiéndose uno anticipadamente por el futuro placer que depararía la lenta y sosegada lectura de la pieza cobrada con tan poco esfuerzo y, en general, escaso desembolso. Así llegó a mis manos el libro Antología de maravillas, curiosidades, rarezas y misterios, de Noel Clarasó, todo un clásico ya descatalogado cuando lo adquirí, y que, entre otras cosas, repasa eso, las Barcelonas del mundo.

 Pero ¿quién es Noel Clarasó? Un inciso necesario. Como tantos otros, ni que decir tiene que es un autor absolutamente marginado en la literatura para la que, simplemente, no existe, siendo como es un autor al que conviene otorgar la importancia que merece en obras como, por ejemplo, El asesino de la luna, tan llena de propuestas innovadoras que se adelantaron más de medio siglo a su tiempo. Noel Clarasó Serrat nació en 1902 en Barcelona (otras fuentes localizan su nacimiento en Alejandría, Egipto), hijo del escultor Enric Clarasó i Daudí, persona muy religiosa cuya obra se centró en la escultura funeraria, y que fue activo miembro del modernismo catalán, en compañía de Ramón Casas y Santiago Rusiñol, de quienes fue íntimo amigo y con quienes formó un trío muy conocido dentro de la bohemia barcelonesa de principios del siglo XX. Noel escribió más de una cuarentena de títulos, libros de jardinería (en una época fue Técnico del Ayuntamiento de Barcelona, en el área de parques y jardines), novela psicológica, cuento policíaco, cuento de terror y libros de autoayuda. Debe su fama, sin embargo, al humorismo, que cultivó extensamente, dedicación humorística que debió suponer para él una rebelión en toda regla contra la severidad y religiosidad de su padre, y a las innumerables y sabrosas citas literarias que se le atribuyen y pueblan todos los diccionarios de frases célebres; inició la carrera de Derecho, pero no la acabó. Noel Clarasó es lo que se conoce aún en nuestros días como un escritor “todo terreno” capaz de escribir, con un altísimo nivel de calidad, una biografía, un ensayo luminoso, un libro de autoayuda, hacer traducciones (entre otras, tradujo del francés en 1963 la novela Bonjour tristesse, de Françoise Sagan), cultivar la novela, el teatro y, sobre todo, sus muy conocidas compilaciones de aforismos y frases célebres (seguidor aplicado de la escuela de las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna), disciplina en la que se convirtió en todo un experto y que influyó decisivamente en su manera de escribir. 

Clarasó se hizo conocido, sin embargo, por ser guionista de películas y series de televisión de gran audiencia pero, a pesar de todo, puede considerarse bastante pobre la información que hay sobre él e incluso sorprende que sólo pueda hallarse de él una fotografía con un gesto adusto, más próximo a los arrebatos funerarios de su padre que a las risas de su propia idiosincrasia. La mayor parte de la información, además, tiene que ver con su faceta aforística y no por su producción literaria. Murió en su Barcelona, en 1985, y a él acudimos, en el libro citado más arriba, para recorrer, sin voluntad exhaustiva, esas otras Barcelonas en el mundo. 

Puestos a despistar... Escudo del club de fútbol de la Barcelona de Ecuador.

Sólo en Europa, por ejemplo, encontramos seis: una en Inglaterra, otra en Sicilia (Italia) y cuatro en Francia.
 

- La Barcelona inglesa está cerca de la costa de Cornualles. Parece que el fundador inglés, un tal Jonathan Trelawny, arribó navegando hasta Barcelona, quedó prendado de ella y bautizó con el mismo nombre su fundación, un poco como el músico que hace una cover de una canción que le gusta. 

- La Barcelona de Sicilia (Barcellona Pozzo di Gotto) se halla a 58 km de Messina. Se fundó en el siglo XII, en la primera época de los reyes de Aragón y Cataluña. 

Las cuatro Barcelona francesas son pueblos agrícolas:

 -Barcelonne, en el departamento del Drôme, a 16 km de Valence. 

-Barcelone-du-gers, en el departamento de Gers.

 -Barcillonette (con “i”), en los altos Alpes. 

-Barcelonette, en los bajos Alpes, fundada por Ramón Berenguer V, conde de Provenza, emparentado con los Berenguer barceloneses.

 En América también podemos encontrar las siguientes Barcelona, siendo la de Venezuela la más grande de todas, con más de 400 mil habitantes: 

-Barcelona Harbor, en el norte de los Estados Unidos, a dos kilómetros de Westfield, cerca de las cataratas del Niágara, famosa por tener el único faro del mundo alumbrado con gas natural.

 -Barcelona, en Venezuela, a orillas del río Neveri, fundada en 1763 por Juan Orpi. Está próxima al Puerto de la Cruz. 

-Barceloneta, en Puerto Rico, fundada en 1881 por Benocio Lensa Feliu. Está en la costa norte de la isla, a pocos kilómetros de Arecibo. 

-Barcelona, también en Puerto Rico, a pocos kilómetros de la capital, si bien es más pequeña que Barceloneta. 

-Barcelona, en Ecuador, a poca distancia de Guayaquil. Es un poblado pequeño, habitado por campesinos indios, fundado por Pedro Maspons Camarasa, en 1945.

 -Barcelona, en Brasil, a 70 km de Natal, en el estado Río Grande.-Barcelona, en Colombia, a 1.200 metros de altura. 

-Barcelona, también en Colombia, en el departamento de Córdoba, que es una localidad pequeña en el municipio de San Pelayo. 

-Barcelona, en Bolivia, en el extremo norte, a pocos kilómetros de la frontera con Brasil, a orillas de un afluente del Amazonas. 

-Barcelona, también en Bolivia, que es un caserío en el departamento de Santa Cruz, cerca de Samaipata. 

En Filipinas también encontramos algunas Barcelona: en la isla de Luzón hay dos, una más grande que la otra. La pequeña está en la provincia de Camarines, que es un pueblo de agricultores. 

La Barcelona de Sicilia.

Pero aquí no están todas. Hay más. Parece que en total llegan a cincuenta y dos, según El Periódico. Pero, nosotros, quedémonos con lo y las que cuenta Clarasó como homenaje a una figura hoy desconocida pese a que, si hemos de hablar de literatura, fue el último ganador de la primera etapa del prestigioso Premi Joan Crexells de narrativa, otorgado por el Ateneu Barcelonès, en 1938 (el premio quedó interrumpido por nuestra guerra -in-civil y la atroz posguerra hasta que en 1982, ya en democracia, volvió a reanudarse su concesión) con la obra Francis de cer, que aún sigue inédita,

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1The Twilight Zone, conocida en español como La dimensión desconocida, En los límites de la realidad o La quinta dimensión, es una serie de televisión estadounidense (emitida su primera etapa entre 1959 y 1964, con 156 episodios a lo largo de cinco temporadas) dedicada a la ciencia ficción, fantasía y terror. Cada episodio muestra un relato que plantea dilemas morales, cuestiona al espectador y lo confronta con su propia existencia, a menudo rematado por un final sorprendente. Es hoy uno de los pocos programas televisivos de aquellos años en ser objeto de culto y referencia obligada en su género

2Ildefons Cerdà i Sunyer, (1815 –1876), fue un ingeniero, urbanista, jurista, economista y político que escribió la Teoría general de la urbanización, obra pionera de la especialidad, por la cual se le considera uno de los fundadores del urbanismo moderno. Su proyecto más importante fue la reforma urbanística de la Barcelona del siglo XIX mediante el llamado Plan Cerdá, con el que creó el actual barrio del Ensanche aunque, en su día, el proyecto no fue bien visto por los estamentos locales.

3Avel·lí Artís Gener, más conocido por su seudónimo Tísner, fue un artista multidisciplinar que vivió durante unos años en el barrio de Sant Antoni. Nació en 1912 en Barcelona, y, a lo largo de su vida, hace de escenógrafo, periodista, dibujante, director artístico en una agencia de publicidad y corrector, además de escritor de teatro, novela, narraciones y prosa, colaborando en diversos medios de comunicación. Durante la guerra civil española se alista como voluntario en el ejército republicano. Terminada la contienda, se exilia en México y vuelve a Catalunya el último día de 1965, después de veinte y cinco años de exilio. Utiliza el nombre de Tísner para firmar su obra literaria desde 556 Brigada Mixta, que es su primera novela, escrita en el exilio y que habla de la guerra. Abierto y afable, el autor lleva una vida llena de incidencias que le ayudan a formar un mundo literario propio. Muere en Barcelona el año 2000.

miércoles, 27 de enero de 2021

La infodemia de la pandemia.


No falla.
Cada vez que el afrontamiento de esta pandemia del coronavirus Covid-19 que nos 
azota genera una noticia, en particular si hace referencia a medidas colectivas que implican  
un incremento de las restricciones, ya sea en el ámbito personal o en el castigado ámbito 
comercial-económico (que a nadie gustan, ojo, no malinterpretemos), asistimos a continuación 
a un guirigay de opinadores creadores de opinión “bien informados” cuya única misión parece 
ser la de sembrar aún más intranquilidad y cizaña en el ciudadano, ya suficientemente 
cansado, confuso, perplejo, susceptible e irritable. Esta desinformación se ha vuelto el mejor 
aliado del coronavirus hasta el punto de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) 
también advirtió sobre una “Infodemia” en este caso, resumida en el documento «El peligro de 
la ‘infodemia’ de noticias falsas frente a la Covid-19». La OMS emplea desde hace tiempo el 
anglicismo infodemic para referirse a un exceso de información acerca de un tema, no es 
nuevo, mucha de la cual son bulos o rumores que dificultan que las personas encuentren 
fuentes y orientación fiables cuando lo necesite y, siguiendo esa línea, entre nosotros, e
anglicismo infodemia, que se emplea para referirse a la sobreabundancia de información 
(alguna rigurosa y otra falsa) sobre un tema, está bien formado y, por tanto, se considera 
válido. 

 
La información errónea y falsa puede perjudicar la salud física y mental de las personas, 
incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros conseguidos en materia de salud 
y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y 
pone en peligro la capacidad de los países de frenar la pandemia; en definitiva, trunca vidas, 
pues sin la confianza y la información correcta adecuadas, las pruebas diagnósticas se 
quedan sin utilizar, las campañas de inmunización (o de promoción de vacunas eficaces) no 
cumplirán sus metas y el virus seguirá medrando. Además, la información falsa polariza el 
debate público sobre los temas relacionados con la pandemia, da alas al discurso de odio; 
potencia el riesgo de conflicto, violencia y violaciones de los derechos humanos; y amenaza 
las perspectivas a largo plazo de impulsar la democracia, los derechos humanos y la cohesión 
social. 

Por todo ello, ya en la Asamblea Mundial de la Salud de mayo de 2020, los Estados Miembros 
de la OMS aprobaron la resolución WHA73.1, sobre la respuesta concreta al Covid-19. En la 
resolución se reconoce que gestionar la infodemia es una parte crucial del control de la 
pandemia, se hace un llamamiento a los Estados Miembros para que proporcionen contenidos 
fiables sobre la misma, adopten medidas para contrarrestar la información errónea y falsa, y 
aprovechen las tecnologías digitales en todos los aspectos de la respuesta. Asimismo, se 
hace un llamamiento a las organizaciones internacionales para que combatan la información 
errónea y falsa en la esfera digital, trabajen para prevenir que las actividades cibernéticas 
dañinas socaven la respuesta sanitaria y apoyen la facilitación de datos de base científica a la 
población.

 

La verdad es que, en la actual situación, la sociedad ansía desesperadamente datos fiables y 
la infodemia ha supuesto un pesado lastre en el necesario debate sobre el Covid-19. Entre los 
ejemplos en el frente terapéutico se incluyen el rápido auge y la posterior no menos rápida 
caída (vistos los resultados) del tratamiento basado en la hidroxicloroquina, la difusión del uso 
de lejía diluida como tratamiento –ambos potenciados en gran medida por la adhesión 
personal del anterior presidente de los Estados Unidos. ¡Cómo no creerlo si es el “gran jefe”!− 
y la inclusión de la ivermectina en las directrices terapéuticas nacionales de Perú y Bolivia en 
base a experimentos in vitro e información fraudulenta. Pero existen otras áreas críticas en las 
que la información falsa o tergiversada ha desempeñado un papel a lo largo de esta pandemia, 
incluyendo el debate sobre la protección de la población infantil durante el confinamiento, el 
uso de mascarillas o el nivel y la duración reales de la inmunidad al virus. Todo esto, 
principalmente, procede de la precipitación en la publicación científica y/o general, que en 
algunas ocasiones situó los intereses partidistas por encima de las pruebas contrastadas, y 
de un exceso general de opiniones cuando se dispone de pocos datos o la información es 
deliberadamente engañosa.

 
Y es que, estrategias políticas y falsedades interesadas aparte, al inicio del problema, la 
comunidad científica se lanzó a llevar a cabo la investigación, orientada a salvar vidas, sobre 
el nuevo coronavirus, y lo hizo a una velocidad sin precedentes. La rápida obtención de 
conocimiento sobre el virus (SARS-CoV-2) y la enfermedad (Covid-19) pronto sobrepasaron 
la capacidad de las publicaciones del ramo para evaluar científicamente los artículos antes de 
difundirlos. Con los medios abrumados, y la genuina intención de compartir con rapidez el 
conocimiento útil, la comunidad científica se volcó en los repositorios en línea que publican 
manuscritos sin revisión, con lo que se acelera la difusión, pero no se garantiza la calidad y 
exigen un esfuerzo adicional por parte de la comunidad académica para distinguir los 
experimentos y las interpretaciones rigurosas de aquellos que no lo son tanto. La sociedad en 
general, con toda la razón, se hace muchas preguntas y exige respuestas por parte de los 
científicos y de los actores políticos. El problema estriba en que, movidos por el sentimiento 
de urgencia, los periodistas y su público se han precipitado a compartir nuevos hallazgos o 
hipótesis, independientemente de la calidad de los datos en los que se basaran. Dicha 
desinformación, a su vez, puede provocar rápidamente ansiedad y confusión en las personas 
que reciben la información.

 

Las prisas por generar resultados han provocado que algunos estudios defectuosos e incluso 
fraudulentos hayan logrado situarse en revistas médicas muy prestigiosas, lo que ha tenido 
consecuencias inmediatas. Un ejemplo con un producto ya citado: en mayo del 2020, se 
publicó en The Lancet 1un gran estudio observacional que demostraba que la hidroxicloroquina 
no aportaba beneficios (e incluso perjudicaba) a los pacientes de Covid-19, lo que provoco que, 
al cabo de 48 horas, un ensayo clínico financiado por la OMS, ya había interrumpido su 
estudio con hidroxicloroquina. Además, entidades financiadoras y científicos de todo el mundo 
tomaron decisiones basadas en el artículo. Pero los datos usados en el artículo nunca fueron 
publicados por su propietario, una empresa ahora inexistente. Un artículo anterior que utilizaba 
el mismo conjunto de datos, publicado en The New England Journal of Medicine2, ya había 
influenciado la forma en que el personal médico prescribe fármacos cardiovasculares a los 
pacientes de Covid-19. De ambos artículos se retractaron sus autores, no las revistas.

 
Y llegamos al “coco” en la infodemia: las redes sociales, que son un arma de doble filo, 
durante esta pandemia y en otras crisis. Extremadamente útiles para promover el debate entre 
la comunidad científica, para compartir con celeridad las críticas a los datos o los artículos 
erróneos y para difundir rápidamente resultados útiles pero, por otro lado, también han 
contribuido a difundir conclusiones de estudios defectuosos, y a propagar información falsa 
deliberadamente. Está comprobado que, en épocas de incertidumbre, los textos equívocos 
son mucho más populares que los que difunden información rigurosa sobre salud pública. Las 
redes sociales han dado lugar a una revolución en la forma en que las personas se comunican: 
han facilitado en gran medida la formación de “tribus de opinión”: grupos compenetrados de 
personas que comparten ideas, valores e información selectiva pero, al mismo tiempo, el 
discurso también puede radicalizarse más, dado que la mayoría de estos grupos comparten 
preocupaciones y valores similares, y están dispuestos a adoptar propuestas que en algunas 
ocasiones son moralmente inaceptables, porque el sentimiento de pertenencia a un grupo les 
resulta más tranquilizador. El principal problema estriba en que se pierde la perspectiva 
comunitaria y el interés del grupo se percibe como el único interés legítimo.

 
En estos momentos, y con el conocimiento actual, la estrategia que está siguiendo tanto la 
OMS como el Ministerio de Sanidad en España es adecuada, y no podemos caer en el 
alarmismo si esta enfermedad en el futuro incrementa su prevalencia y el número de muertes, 
como es esperable. Nuestro sistema sanitario es uno de los mejores del mundo, y está 
preparado para afrontar las consecuencias de esta enfermedad, mas ningún sistema sanitario, 
por excelente que sea, puede evitar que haya enfermedades. Hay que conseguir contener 
tanto la extensión de la enfermedad como la extensión de la desinformación, debemos 
procurar limitar una posible saturación de nuestro sistema, que debe seguir dando respuesta a 
otros muchos problemas de salud que ahora parecen invisibles. No solamente el 
comportamiento individual es crucial, que lo es, debemos de tener presente los 
comportamientos colectivos, incluyendo nuestros sistemas económicos y sociales que pueden 
ayudar o no a mejorar la salud.

 

Lo que parece claro es que estas enfermedades no pueden manejarse exclusivamente desde 
un punto de visto local. El mundo global tiene muchas ventajas, pero también provoca que las 
enfermedades y su “des/información” traspasen fronteras mucho más fácilmente. Debemos 
tener presente que estas enfermedades seguirán apareciendo en el futuro, como, por otra 
parte, ya lo hicieron en el pasado, pero ahora su expansión será más global. Desde los años 
70 del siglo pasado hasta 2007, se descubrieron 40 enfermedades infecciosas nuevas en el 
mundo, a añadir a las que ya conocíamos.

Tiempo habrá para analizar y mejorar las respuestas ante estas pandemias. Para reflexionar 
por qué ahora la población está más receptiva a medidas de protección individuales como 
lavarse las manos, o el uso de pañuelos desechables, cuando eran medidas que se llevan 
difundiendo, sin éxito, para luchar contra la gripe, a la que se le atribuyeron en 2019 en 
España 6.000 muertes y más de 500.000 casos. Para analizar de qué forma tenemos que 
trabajar en el futuro en el concepto de salud global, una salud sin fronteras, ya que nos 
estamos dando cuenta de que las enfermedades no tiene pasaporte. De entender que el 
mayor problema puede ser que la desinformación o la mala gestión de la información nos 
lleve al pánico o a la excesiva relajación, que impida una respuesta eficaz. De comprender 
que, por muy importante que sea, el coronavirus no es ahora mismo el único problema de 
salud que tenemos en nuestra sociedad. Pero ahora es el momento del consenso en 
estrategias y políticas coherentes, tanto sanitarias, económicas como sociales, del equilibrio 
entre el derecho a la información y a la información útil, que haga que la población 
dimensione el problema en su justa medida. Para que, al final, eliminemos esos árboles de 
desinformación e incoherencia que nos impiden ver el bosque.
 
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1Revista médica británica (El escalpelo), segunda mundial en prestigio, publicada semanalmente por The Lancet Publishing Group.

2Revista médica estadounidense publicada por la Sociedad Médica de Massachusetts

 

domingo, 24 de enero de 2021

La pandemia como excusa.


Pues veréis, resulta que hace unos días se produjeron en casa unas filtraciones en el tejado y 
las correspondientes goteras en el interior, como consecuencia de los temporales de estos días; 
al llamar a la compañía aseguradora para proceder al arreglo del desperfecto, aprovechando 
que el Pisuerga pasa por Valladolid, daban largas a la resolución porque “las restricciones por 
la pandemia” limitaban su trabajo ¡para calibrar el alcance y arreglar, en su caso, los 
desperfectos de un siniestro! Más allá de que hoy siguen las discusiones, y la mancha del 
techo también sigue creciendo, esta anécdota real da pie a reflexionar sobre las ocasiones en 
que la pandemia, el coronavirus, el Covid-19 se usa como excusa para casi todo.

 
Es cierto que pese a los negacionistas y los seguidores de las teorías conspiratorias, se ha de 
convenir que el Covid-19 existe y que se ha llevado por delante cientos de miles de vidas en 
todo el mundo. La mayoría de los gobiernos decidieron, con el chino a la cabeza, que la mejor 
manera de luchar contra el contagio del virus era confinarnos en nuestras casas, cerrar 
empresas, limitar actividades y reducir nuestros movimientos al mínimo, mientras no aparezca 
la vacuna. Pero como esta situación no hay economía que la aguante empezamos con las 
populares desescaladas para volver a la “normalidad”; otros líderes (curiosamente todos 
populistas de derechas), como Donald Trump en EEUU, Jair Bolsonaro en Brasil o Recep 
Tayyip Erdogan en Turquía, han minimizado el impacto de la pandemia y han sido reacios a 
adoptar medidas drásticas enarbolando el fantasma de la recesión. En todo caso, el fenómeno 
del coronavirus es real. El temor a que se instale entre todos una enfermedad contagiosa, de 
la que se conoce muy poco todavía, ha llevado a paralizar el proceso de producción de medio 
mundo y, realmente, hay el peligro de recesión con o sin restricciones.

 

Y es que coronavirus es la simple palabra que resume todos nuestros males, los males 
pasados, los presentes y los futuros, una palabra que representa y justifica todo lo que va mal, 
la excusa perfecta, la coartada a todo lo que no funciona ahora o ya no funcionaba. Y si 
hablamos de la situación crítica de la sanidad española con/por esta pandemia no estamos 
descubriendo nada nuevo; realmente, y por desgracia, la sanidad ya estaba mal cuando todo 
iba bien y ahora se repite sin solución: médicos residentes que giran y giran por nuestro mapa 
sin saber destino, sin brújula ni estrella que les guíe, enfermeras que tienen más contratos en 
un año que una empresa de telefonía móvil, investigadores, especie en extinción que, de 
existir la Inquisición, ya se habría extinguido definitivamente, quirófanos a todo lujo cerrados 
por falta de personal y de recursos, listas de espera, listas de espera, listas de espera,…

 
Y en estas llega el coronavirus con sus contagios masivos, confinamiento y muertes (sí, sí, 
muertes). La guerra biológica en la era del confort, equipos de protección en busca y captura 
y el precio del esparadrapo y del papel higiénico disparados en bolsa, miedo a todo y aplausos 
a las 20 horas cada tarde. Un sálvese quien pueda anestesiado y perplsejo, nuestro pan y 
circo de cada día, esperando una vacuna con formato de crema solar, que las agujas siempre 
han dado no sé qué, y ya no hay procesiones (que están prohibidas) para rezar y pedir que se 
acaben las desgracias planetarias y reine la paz mundial, o sea que esta desgracia va para 
largo, y después de largos meses, confinados, ingresados, desescalados, desconfinados, 
vigilados, rastreados y enterrados, te das realmente cuenta que no hemos aprendido nada, 
pues el hombre es el único animal que tropieza varias veces con la misma piedra, tropieza 
hasta cogerle cariño a la piedra, reminiscencias del paleolítico.  Pero no hay que preocuparse, 
con la tercera ola (¿o es aún la primera mal gestionada?) será el personal sanitario el que 
salga a aplaudir al balcón, a las 20 horas, puntual, por lo bien que lo ha hecho nuestra 
ejemplar y ejemplarizante sociedad, deseando que haya disfrutado del verano, de sus últimas 
vacaciones remuneradas tal vez, de las reuniones con familia y amigos, pero sobre todo 
deseando que vuelvan a disfrutar de un nuevo confinamiento, un confinamiento ‘made in 
Spain’, lamentando que los aplausos del pasado no hayan servido para cambiar las cosas, no 
hayan servido para conseguir que la sociedad defienda una Sanidad que es de todos y no nos 
haya llevado en volandas para luchar por los derechos que todos nos merecemos. ¿Quién 
sabe? A lo mejor nos merecemos sobrevivir con las migajas que caen de la mesa.

 

Y precisamente con eso de que sea la primera, segunda, tercera,… ola (ni se sabe) de esta 
maldita pandemia en diferentes autonomías de España (de lugares del extranjero, ni hablemos) 
y, por lo tanto, con restricciones también diferentes, ¿alguien puede explicar por qué es malo 
que las comunidades autónomas, que son las que tienen la competencia sanitaria, tomen 
decisiones dispares entre ellas, para frenar la expansión del virus? ¿por qué si en las distintas 
comunidades autónomas la incidencia de la pandemia es diferente, las medidas tienen que 
ser las mismas? Y, sobre todo, ¿por qué esa aplicación de medidas diferentes ha de 
convertirse en inmoral arma política arrojadiza entre unos y otros? Creo, humildemente, que 
se está generando mucha confusión con este tema, quizá con intención recentralizadora de 
competencias por parte del Estado, cuestionando el sistema autonómico; o lo que sería peor, 
que aún sabiendo que la única manera posible legal de afrontar la pandemia es respetando 
las competencias autonómicas, porque de otra forma habría que retirarlas esa competencia 
otra vez, se trata, simplemente, de desgastar al gobierno. Aunque cabe la posibilidad por lo 
que se ve y oye de que en el subconsciente de mucha gente, en donde incluyo a no pocos 
políticos, tertulianos y periodistas, no se tenga asimilado, todavía, que España es un Estado 
constitucionalmente descentralizado aunque con muchas rémoras. Para ser más claro, hay 
una parte de los españoles que no se toma en serio el sistema autonómico (sólo hay que 
echar un vistazo a las Redes Sociales) porque, más allá de que algunos partidos y su corte 
mediática están tratando de torpedear al gobierno a cuenta del virus, hay un mar de fondo que 
está aprovechando la pandemia para cuestionar el estado de las autonomías, y volver a un 
centralismo absurdo que solo está en la mente del nacionalismo español de esa España una, 
grande y libre con epicentro en Madrid.

 
En este punto hay que decir que Madrid, pongamos por caso, no es España y que las 
decisiones que toma su presidenta en esta situación delicada de pandemia sólo afectan y 
generan confusión en los madrileños, no en los vascos o extremeños. Otra cosa es que ella 
se haya creído que está por encima de todos sus colegas presidentes autonómicos y del 
gobierno. Pensemos que el virus nos va a acompañar durante un tiempo y salvo que 
queramos un nuevo confinamiento nacional en casa, decretado por el Gobierno central, son 
las comunidades autónomas las que tienen la capacidad legal de aplicar medidas, por tanto, 
no hagamos caso a la campaña de confusión a la que están jugando algunos medios de 
comunicación, y atendamos a las instrucciones que dicta el gobierno de nuestra comunidad, 
principalmente. Salvo que usted necesite viajar y tenga que informarse de las medidas en el 
resto de las comunidades, de la misma forma que lo tiene que hacer si quiere viajar a 
cualquier país del mundo.

 

Los efectos de la gestión de la pandemia sobre la economía (léase índice de pobreza), 
educación (más pobreza), derechos humanos, etc, merecen reflexiones aparte. Ahí queda.

 

martes, 19 de enero de 2021

En memoria de Hedy Lamarr.

 


Hoy, 19 de enero de 2021, hace 21 años que nos dejó una mujer que uno no sabe muy bien cómo recordar, aunque lo cierto es que como es más conocida es por su faceta de actriz de la época dorada de Hollywood, si bien su otra faceta, la de inventora, es cada vez más reconocida. Catalogada
como «la mujer más bella de la historia del cine», Hedwig Eva Maria Kiesler, que se convertiría en Hedy Lamarr cuando Louis B. Mayer, consciente de su potencial, la contrató para Hollywood, había nacido en Viena (Austria) el 9 de noviembre de 1914, de padres judíos, y se la describe como una niña muy inquieta, que ya desde los cinco años empezó a interesarse por el mecanismo de los objetos que la rodeaban, y llegó a desmontar y a volver a montar una caja de música que su hijo aún conserva en la actualidad. En el colegio se interesaba especialmente por la Química. Quizá en otra época más actual hubiera podido explotar esa faceta y dedicarse profesionalmente a ello, pero en esos años, la esfera pública, política o científica para la mujer estaba bastante limitado, más que ahora.

Hedwig decidió entonces explotar su faceta más evidente, una espectacular belleza que difícilmente pasaba desapercibida, aunque nada hacía sospechar que Hedwig Eva Maria Kiesler, judía y vienesa, acabaría siendo la primera mujer en protagonizar un desnudo en la historia del cine y también la primera en interpretar el primer orgasmo del séptimo arte, y en 1933 protagonizaría la película checoslovaca Ekstase (Éxtasis), bajo la dirección de Gustav Machaty, que causo un gran revuelo y fue condenada por las Ligas de la decencia y por el papa Pío XI pero que la lanzaría a la fama. En ella, el director le prometió que las cámaras la filmarían desde lo alto de una colina, y la engañó, pues obvió contarle el truco del teleobjetivo, y así recreó el primer desnudo y el primer orgasmo femenino “con rostro” de la historia del cine "serio", siendo, además, la cinta, una de las primeras en hablar de una infidelidad cometida por una mujer. Curiosamente, la prohibición por parte de Hitler de proyectar la película en Alemania fue debido, no al contenido, sino al origen judío de la protagonista, con lo que sus orígenes judíos fueron un punto decisivo para el posterior invento de la actriz, enfocado a la lucha contra el fascismo. 


El polémico filme provocó que el rico empresario, Friedrich Mandl, se obsesionase con
ella. Proveedor de municiones y aviones de combate a sus amigos Hitler y Mussolini, obligó a sus padres (judíos) a darla en matrimonio e intentó -sin éxito- destruir todas las copias de la película. Fue, por cierto, el primer marido de los seis que tendría a lo largo de su vida pero su relación con él podría tildarse de carcelaria; la encerró en su mansión dejándola salir solo con él en cenas y viajes de negocio. Su vida artística quedó anulada pero aprovechó para desarrollar sus estudios de ingeniería después de que, sus maestros la considerasen desde bien pequeña, una superdotada y, además de continuar con sus estudios, aprovechó el cautiverio para obtener informaciones sobre la tecnología armamentística de la época de los clientes y proveedores de su marido y elaborar su plan de fuga. Ella asistía a las reuniones de su marido con ingenieros alemanes e italianos como mero acompañamiento, mientras tomaba notas mentales de todo lo que iba escuchando acerca de la esfera armamentística, de las dificultades de comunicación por radio y de torpedos. 

Con ayuda de su asistenta, con la que se dice que mantenía una relación sentimental, escapó perseguida por el personal de su marido para huir a París y de ahí llegó a Londres, donde conoció a uno de los empresarios más reconocidos de Hollywood, el jefe del estudio de Metro-Goldwyn-Mayer, Louis B. Mayer, con el que embarcó a Estados Unidos. A partir de ahí, pasó a llamarse Hedy Lamarr como referencia a la actriz y guionista estadounidense Barbara La Marr, famosa en los años 20, y llegó a compartir películas con Clark Gable, Lana Turner o Jimmy Stewart. De aquella época Sansón y Dalila fue su película más reconocida y de la que destaca su célebre y lapidaria frase: «Cualquier chica puede ser glamourosa. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida». 


Lo demás ya es historia frívola de Hollywood, pero la gran aportación de Hedy Lamarr a la humanidad no estaba relacionada con su increíble belleza sino con su capacidad para concebir la teoría del espectro ensanchado, lo que hoy en día podría entenderse como precursor del wifi, y más allá de su carrera cinematográfica, mientras exprimía el éxito de la película Sansón y Dalila, también desarrollaba el genio de una ingeniera de telecomunicaciones única (la primera vez que Estados Unidos empleó su patente fue en la crisis de los misiles de Cuba, y no fue hasta la década de 1980, cuando el sistema vio sus primeras aportaciones en ingeniería civil. La idea de Hedy Lamarr, mantenida en secreto por el ejército americano, acabó convirtiéndose en la precursora de la tecnología que se utiliza hoy en día en las comunicaciones inalámbricas de los teléfonos móviles, los sistemas GPS y la tecnología wifi) que el mundo tecnológico actual le agradece.

 En la década de los 40, tras maratonianas sesiones de rodaje en Hollywood, Lamarr se enfrascaba en sus inventos: rediseñó, por ejemplo, las alas de los aviones a partir de la fisionomía de los pájaros y los peces, una idea muy bien recibida por el magnate e ingeniero Howard Huges. Pero fue el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la supremacía alemana la que impulsó a la actriz a actuar. Junto al compositor George Antheil desarrolló un sistema para mejorar la comunicación por radio de los submarinos británicos, que acababan destruidos ante la superioridad de los alemanes. ¿Cómo podía hacer que las comunicaciones por radio fueran seguras para que los submarinos y no fueran interceptados por los torpedos alemanes? Fue entonces cuando dio con la antesala del salto de frecuencia, un sistema de comunicación secreto para evitar interferencias y hacer posible los misiles teledirigidos. Inspirado en la “caja mágica de Philco” (un simple hoy mando a distancia), Antheil materializó la idea de Lamarr y la patentaron en 1942. La patente se clasificó como alto secreto y no fue utilizada de inmediato. El mismo año que fue patentando, Estados Unidos se apropió del sistema, alegando que se trataba de un invento extranjero. Según la ley de patentes de Estados Unidos, un inventor dispone de los seis años posteriores al vencimiento de su patente para reclamar compensación económica. Hedy no lo sabía. 


Lamarr, como actriz, tuvo varios fracasos profesionales (grandes producciones que no tuvieron buena acogida) y personales, problemas económicos y de adicción... Fue, al fin y al cabo, víctima de un sistema que la encumbró por su físico pero que la rechazó como creadora. No fue hasta 1997 cuando le reconocieron junto a Antheil de forma oficial su invento, cuyo valor de mercado se estima actualmente en 30.000 millones de dólares y, en general, su labor como inventora no fue reconocida hasta después de su muerte, en el año 2000. Desde el año 2005, el día del cumpleaños de Hedy Lamarr, el 9 de noviembre, está señalado como el Día del Inventor en los países de habla germana (Austria, Suiza y Alemania) y en el 2014 fue incorporada al Inventors Hall of Fame de Estados Unidos..

 Lamarr murió en enero del año 2000 en Florida, sin saber, ni siquiera imaginar, que su patente hará, seguramente, que los coches autónomos del futuro nos permitirán ver una de sus películas mientras somos conducidos a nuestro próximo destino.