domingo, 27 de octubre de 2019

Tener ataxia y asumirlo... con naturalidad.

Hoy, 27 de octubre, es el día en que la Televisión Autonómica Catalana, TV3, ha anunciado 
que rodará el spot publicitario de su programa La Marató, a celebrar en diciembre, y destinado 
a captar fondos, este año, para la investigación sobre "enfermedades raras" o minoritarias. Por 
primera vez, han anunciado que los protagonistas del spot no serán los presentadores de turno 
sino personas afectadas o relacionadas con estas enfermedades, para darles visibilidad antes 
del evento. Eso me ha provocado unas reflexiones, que comparto, en cuanto a algunos 
aspectos de cómo se reciben y se viven "desde dentro" este tipo de enfermedades.
 
Recientemente, en una página de una Red Social dedicada a que las personas afectadas o 
sensibilizadas por esa enfermedad degenerativa poco conocida llamada ataxia puedan 
compartir experiencias, vivencias y opiniones, tuve la oportunidad de leer un mensaje escrito 
por una persona que se declaraba recién diagnosticada, muy dolida, que, resumido, venía a 
decir:

Hola grupo, soy “X” y publico ésto porque hay un comentario de una persona que se llama “Y” 
que me ha dicho que yo no iba a volver a caminar porque la enfermedad es progresiva. Me 
ha hecho sentir mal; para mí esa persona es destructiva… 
 
 
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Nada que decir, juzgar o criticar, desde luego, sólo faltaría, sino sólo intentar comprender que 
estas líneas están dictadas seguramente por unos sentimientos que queman, a flor de piel, 
fruto del proceso de aceptación de una situación dura, pero su lectura, repito que con toda 
seguridad exponiendo cosas nacidas espontáneamente como salida de un sentimiento 
especialmente sensibilizado, me ha conducido a reflexionar (una vez más habría que decir) 
sobre cómo se afrontan estas situaciones difíciles que la vida, a veces, depara, teniendo en 
cuenta, eso sí, que es un tema muy delicado, que la progresión y afectación de la enfermedad 
son totalmente variables en cada caso y que cada persona es como es, lo que impide la 
posibilidad de acudir a fórmulas mágicas genéricas..

Cuando a una persona le diagnostican una enfermedad degenerativa (de las que no afectan 
las facultades mentales especialmente) le surgen, de repente, muchas dudas y muchos 
miedos que antes, con toda seguridad, no estaban ahí. De un momento a otro se pasa de 
“estar” a “ser” enfermo y lo que parece una pequeña diferencia semántica, sencillamente no 
lo es. En esas circunstancias, uno se siente anímicamente tan bloqueado y (¿por qué no 
decirlo?) asustado que tiende a asociar, sin dudarlo, enfermedad degenerativa con sinónimo 
de muerte inminente. La persona recién diagnosticada debe pasar por un proceso 
donde se enfrenta a una realidad totalmente diferente a la que hasta ahora estaba 
viviendo. Y es que todo tu mundo se tambalea, porque hasta lo que ahora era, o lo parecía, 
un camino bajo control, firme y seguro, de repente se vuelve inestable y sin un rumbo claro 
y, además, entra en esta batalla el miedo. Una de las primeras reacciones es que se suelen 
hacer preguntas sin respuesta y tener pensamientos del tipo “esto no es justo” ó, “justo ahora, 
cuando estaba en el mejor momento”, ó “¿por qué a mí?”. Esta actitud de rabia confusa y 
enfado se produce por no poder aceptar la pérdida, en este caso, de salud. La salud. Muchas 
veces la percibimos como algo continuo, como que gozaremos de salud toda la vida y que 
siempre será la misma. Si acaso, sí que somos conscientes de que podemos pasar por 
enfermedades, aunque transitorias, o que vayamos perdiendo algo de salud debido a la edad, 
lo que solemos oír como “mi cuerpo ya no es el que era”.  Pero no somos realmente 
conscientes de que podemos perder la salud total o parcialmente  “de la noche a la mañana”. 
Por eso cuando nos dan un diagnóstico de una enfermedad degenerativa, o por extensión en 
este punto cuando nos ocurre algo donde perdemos parte de nuestra salud y calidad de vida 
de manera súbita, tenemos esa sensación de que todo nuestro mundo se tambalea. Y a 
medida que se va aprendiendo más sobre la enfermedad “que nos ha tocado” y cómo 
sobrellevarla y cuidarse, los sentimientos pueden cambiar y el miedo o el impacto iniciales 
pueden dar lugar a:

    - La ira y la irritabilidad porque se tiene la enfermedad.
    - La tristeza o depresión por la evidencia (que se ha de saber asumir) de que 
posiblemente no se pueda vivir de la manera como se solía hacer.
    - La confusión o el estrés sobre cómo comportarse y cuidarse.
    - ….

 
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Al tiempo, la imagen de uno mismo puede cambiar y sentir que ya no se es una persona 
completa, apenado por la enfermedad pero, con el tiempo, la enfermedad se vuelve (se debe 
volver) parte de uno y se tiene una nueva normalidad con la que es imprescindible aprender 
a vivir. Es decir, que, con el tiempo, uno se adapta (se debe adaptar) a vivir con su 
enfermedad, se sentirá uno mismo otra vez a medida que aprende a ajustar su enfermedad 
dentro de su vida hasta el punto de que lo que pudo ser confuso al principio comienza a tener 
sentido, en el sentido de que se aprende a interpretarlo de otra forma.

Que nadie piense que eso significa que ese proceso sea fácil  Al contrario, se necesita mucha 
energía y tesón para manejar una enfermedad degenerativa cada día sin caer en la tentación 
depresiva de mirar hacia atrás y comparar con el hoy, y, lo que es peor, imaginar esa 
diferencia con el previsible mañana pues, posiblemente, lo más duro es que uno es 
protagonista y testigo a la vez del propio inevitable deterioro y asiste consciente a la evidencia 
de que, poco a poco, va aumentando la dependencia para todo de terceros, y que eso, 
además, se traduce inexorablemente en una mayor dedicación y carga para las personas del 
entorno familiar. En ocasiones, esto puede afectar a la actitud y al estado de ánimo a veces 
(sobre todo, ¡ojo! sin dejarlo traslucir, para evitar que pueda influir negativamente en la actitud 
de terceros), por ello, hay la tendencia a sentirse muy solo y se reproducen con fuerza 
algunos de los sentimientos que se hicieron presentes al inicio de diagnosticar por primera 
vez la enfermedad:

 - Deprimido por tener la enfermedad sintiendo que, si es exacto lo que dicen los 
médicos y los afectados, la vida que conocemos nunca va a estar BIEN otra vez y que la 
situación de hoy es la mejor que cabe esperar en el futuro.
 - Enojado si aún se piensa que es injusto tener la enfermedad.
 - Temeroso al pensar que uno se vaya a poner mucho peor con el tiempo. 
 -… 
 
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Estas clases de pensamientos y sentimientos son normales y es bueno conocerlos, pues el 
desconocimiento lleva al estrés y el estrés puede hacer que sea más difícil atender las 
particularidades de la enfermedad; es indispensable aprender a hacerle frente al estrés para 
ayudar a manejarlo día a día. El miedo y el rechazo no pueden estar instaurados y 
acomodados en nuestra mente, formando parte de todos nuestros pensamientos las 
veinticuatro horas del día. Con esa actitud correríamos el riesgo de bloquearnos, hundirnos 
emocionalmente, lo que podría conducirnos a desarrollar, además, sintomatología depresiva, 
ansiosa o de otra índole. Podemos y debemos aprender a manejar toda esa cadena de 
pensamientos catastrofistas que hacen que nos sintamos tan mal y que obstaculizan la 
consecución de nuestro objetivo, que no es otro que ganar emocionalmente la batalla a 
la enfermedad pese a que se intuya el resultado de la batalla físicamente.

Desde la experiencia, sin que nadie tome estas líneas como “lecciones” (que no lo son) y 
dejando meridianamente claro que no hay recetas – ni médicas ni psicológicas – universales 
ni genéricas y que la experiencia de uno sólo vale para uno (cada persona es un mundo), me 
tomo la libertad de compartir algunas reflexiones personales sobre aspectos que creo 
positivos, aunque, por supuesto, son eso, una opinión personal, y puedo estar equivocado: 
Se revela como importante:

 - Tener el máximo de información fiable de primera mano (evitando las fuentes alarmistas 
y/o tendenciosas) de la enfermedad y, por duro que resulte, de su previsible evolución (es 
indispensable saber contra qué se han de dirigir los esfuerzos) y construir el futuro sobre, o a 
partir de, la realidad. Eso implica aprender a ver desde fuera la enfermedad y que escuchar 
una opinión o afirmación incómoda, por ejemplo, sobre las consecuencias estadísticas 
(hablar de consecuencias “normales” en este contexto sería de una frivolidad hiriente y de 
una falta de sensibilidad fuera de sentido) de la enfermedad no debe tomarse de ninguna 
manera como un ataque o agresión personal.

 - Aceptar la realidad de la enfermedad sin negarla ni huir de ella. Ambas actitudes son 
contraproducentes porque postergan la solución que podemos tomar para iniciar el camino a 
nuestra mejoría o rehabilitación. Como dice el psicólogo Josep Marc Laporta: “aceptar la 
enfermedad es actuar psicológicamente y positivamente para vivirla con victoria, a pesar del 
halo de derrota que tenga”.

 - Luchar con todas nuestras fuerzas, no sólo en contra de la enfermedad, sino, quizás, 
contra nuestra manera de verla. La primera reacción es verla como el problema principal, sin 
embargo, el problema real se encuentra en el valor que nosotros le damos a los efectos de la 
enfermedad o, dicho de otro modo, en cómo la vemos. Por lo tanto, si cambiamos el prisma 
desde el que vemos las cosas podremos incluso cambiar los efectos no físicos de la 
enfermedad.

 - Toda enfermedad, máxime si somos conscientes de que es degenerativa, impulsa un 
cambio de valores de vida y prioridades. Esta actitud es buena para aceptar la enfermedad y 
asimilar ésta como parte de nosotros mismos; a pesar de tener una enfermedad muy grave, 
podemos construir una vida madura. Es cosa de trabajar las, seguramente nuevas, 
prioridades.

 - Trabajar para que la familia y el entorno sean parte de la medicina y no de la 
enfermedad. No es un tópico recordar que el papel que la familia asume para superar o 
sobrellevar una enfermedad es crucial. Por ello, es de vital importancia que la familia tenga 
una actitud de ayuda, ánimo y dando esperanza, aún anímica, en cualquier fase de la 
enfermedad porque, en un plazo de tiempo variable en cada caso, devienen correa de 
transmisión con lo que acaba siendo el “mundo exterior”, que se percibe cada vez más ajeno 
y lejano.. 
 
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 - No vivir pasivamente, sino en la medida de las posibilidades de la enfermedad. En 
muchas ocasiones lo que creemos es lo que creamos. Vivir de una manera activa hará que 
afrontemos y aceptemos la enfermedad. Mantener las relaciones personales y/ o añadir a 
nuestra vida pequeñas actividades de ocio, lúdicas y sociales nos ayudará a una buena 
recuperación física y psicológica.

 - Pero, dicho todo lo anterior, no conviene caer en el pensamiento exclusivamente 
positivo, creyendo que si siempre pensamos en positivo vamos a salir de la enfermedad. En 
muchas ocasiones tener una actitud positiva ante una enfermedad nos hace tener un mejor 
pronóstico pero debemos ser conscientes de que no es suficiente para recuperarse de ella 
en su caso o sobrellevarla. Se entiende actitud positiva como asumir el proceso, aceptar la 
enfermedad como una etapa de autoconocimiento o, incluso ayudar a otras personas en 
circunstancias similares. Citamos nuevamente a Laporta: “una actitud positiva por el 
positivismo nos llevaría a engañarnos sobre la realidad del proceso que estamos viviendo. 
Por ende, una actitud positiva, partiendo de la realidad y actuando en consonancia con los 
sucesos, nos permitirá construir un carácter íntegro y maduro”. 
 
 
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En definitiva, la aparición de una enfermedad cruel como ésta (y otras) puede convertirse 
cada día de lucha en una lección de vida aunque los principios sean muy duros y hagan 
posponer (a veces “ad eternum”) algunos planes. Con ella se entrenan cualidades que, 
incluso, antes desconocíamos tener, como la resistencia, la resiliencia y la paciencia 
respetando profundamente la tozuda realidad. Así da la fuerza necesaria para afrontar y 
vencer todos los contratiempos que van apareciendo. Nadie está preparado a priori para 
enfrentarse a algo así. Pero es capital llegar a marcar la enfermedad como una pieza más 
de la existencia que forma parte de la vida y luchar por ser feliz a pesar de ella. La verdadera 
utopía a perseguir sería lograr ser feliz con ella.

domingo, 20 de octubre de 2019

De democracia y de leyes.

Estamos en una democracia, donde no se encarcela a nadie por sus ideas”No hay aquí presos políticos. Si alguien está encarcelado es por haber incumplido la ley” 

Frases como éstas, que llevan el camino de convertirse en mantras sin ningún matiz, son 
pronunciadas a la ligera en estos últimos tiempo por elementos (hombres y mujeres), algunos 
con cargos muy significativos, de nuestra clase política, banalizando así cuestiones que, en 
realidad, sólo son muestra de su ineptitud en negociar temas que son, exclusivamente, de 
índole política. Son aseveraciones fáciles de contrarrestar y cuyos contraargumentos, alguien 
a quien Dios le mantiene la facultad de pensar, puede entender (admitirlo o no ya es harina 
de otro costal, condicionados por el juego político).
 
 
 
En un país ficticio, cuyo sistema político es la República Democrática, hay un grupo de 
ciudadanos que son monárquicos, lo declaran y no esconden sus ideas; en un momento 
determinado proponen a las autoridades correspondientes hacer una pregunta (que se puede 
hacer) sobre el deseo de instaurar la monarquía de forma que las autoridades puedan obrar 
en consecuencia según el resultado sea que el 10, el 50 o el 90 % de los votantes sean 
partidarios de la idea. Siguiendo con la ficción, si no sólo se impide la consulta “porque no es 
legal” sino que se encarcela a sus promotores porque se empeñan en efectuarla, ¿De verdad 
puede mantenerse que si están en prisión no es por sus ideas? Salvo que se admita 
cualquier idea sólo en el plano teórico. Fuera de la ficción, Leopoldo López en Venezuela, 
Navalny en Rusia,los opositores de China o Turquía y un (por desgracia) largo etcétera, 
considerados presos políticos, están encarcelados todos ellos por haber vulnerado leyes 
vigentes en sus países. Si para la mayoría de ellos se apunta como solución revisar las leyes, 
¿por qué en otros casos se consideran inmutables las leyes y, consecuentemente, se impide 
buscar soluciones?

Este ejercicio de ficción nos lleva a otro, no de ficción, de reflexionar sobre cuestiones 
básicas que deberían estar fuera de discusión, al menos por alguna clase política para la que 
la sensatez se refleja en comulgar sin rechistar con SUS ruedas de molino. Podemos 
empezar por cuestiones elementales ponderando en ellas lo que formalmente es, y que cada 
quien concluya si se parece a lo que nos dicen que es.

La primera frase que hemos citado habla de que estamos en democracia, pero ¿qué es 
democracia? ¿votar cada X años y nada más? Pues se podría decir que es algo más: 
democracia es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al 
conjunto de la ciudadanía. En sentido estricto, la democracia es una forma de organización 
del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante 
mecanismos de participación directa o indirecta. En sentido amplio, democracia es una forma 
de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se 
establecen conforme a mecanismos contractuales. El significado del término ha cambiado 
varias veces con el tiempo, y la definición moderna ha evolucionado mucho, sobre todo desde 
finales del siglo XVIII, con la sucesiva introducción de sistemas democráticos en muchas 
naciones y sobre todo a partir del reconocimiento del sufragio universal y del voto femenino 
en el siglo XX. 

Según nos recuerda el Consejo de Europa, bien entendida, la democracia incluso no debe 
ser la “regla de la mayoría”, si eso significa que los intereses de las minorías son ignorados 
por completo. La democracia, al menos en teoría, es el gobierno en nombre de todo el pueblo, 
de acuerdo con su “voluntad”.  
 
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Y, a mayor abundamiento, la Organización de las Naciones Unidas nos dice que la democracia 
es un ideal reconocido mundialmente y es uno de los valores básicos y principios de las 
Naciones Unidas. La democracia suministra un medio para la protección y el ejercicio 
efectivo de los derechos humanos. Esos valores se han incorporado en la “Declaración 
Universal de Derechos Humanos” y han sido elaborados aún más en el “Pacto Internacional 
de Derechos Civiles y Políticos” (ambos suscritos por España) que consagra una multitud de 
derechos políticos y libertades civiles en los que se basan las democracias significativas
Como ya dijo el que fue Secretario General de la ONU, Kofi Annan, Nadie nace un buen 
ciudadano, ninguna nación ha nacido una democracia. En vez de esto, ambos son 
procesos que continúan evolucionando a lo largo de la vida, es decir, que la democracia 
está en evolución continua.

Otros lugares comunes que se suelen escuchar es que la democracia está representada por 
el cumplimiento de la ley (todas, sin analizar ni matizar) y que estamos en un estado de 
derecho y que, por tanto, todos estamos obligados por la ley. Maticemos: respecto al primer 
aserto, el cumplimiento de la ley así tal como se dice, corresponde a las dictaduras, no a las 
democracias, en las que, por principio, las leyes se revisan, actualizan, modifican o derogan. 
Lo de imperio de la ley, que tanto gusta decir a algunos, es una expresión que designa el 
régimen jurídico en el cual los gobernantes y sus agentes se hallan sometidos, para sus 
decisiones particulares, a la observancia de las normas de derecho sentadas por las leyes y 
los reglamentos e implica el reconocimiento del principio de legalidad aplicado por el juez de 
derecho común (en España el Derecho común viene representado por el propio Código Civil). 
 El imperio de la ley es, pues, un concepto jurídico-político que generalmente se entiende en el 
sentido de la primacía de la ley sobre cualquier otro principio gubernativo. 
 
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En cuanto al estado de derecho  es, según la ONU,«un principio de gobernanza en el que 
todas las personas, instituciones y entidades, públicas y privadas, incluido el propio Estado, 
están sometidas a leyes que se promulgan públicamente, se hacen cumplir por igual y se 
aplican con independencia, además de ser compatibles con las normas y los principios 
internacionales de derechos humanos. Asimismo, exige que se adopten medidas para 
garantizar el respeto de los principios de primacía de la ley, igualdad ante la ley, separación de 
poderes, participación en la adopción de decisiones, legalidad, no arbitrariedad, y 
transparencia procesal y legal»  La Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 
también da al estado de derecho un lugar central al afirmar que es “esencial que los derechos 
humanos sean protegidos por un régimen de derecho, a fin de que el hombre no se vea 
compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión…”

Desde un punto de vista analítico y objetivo, sobre el papel (que lo aguanta todo), si en este 
escenario se producen situaciones que provocan afirmaciones como la del encabezamiento 
de estas reflexiones, el único motivo que queda es que los contenidos de ese estado de 
derecho, las leyes, lo permiten y/o alientan. Una ley, en definición generalmente admitida, es 
una «norma dictada por una autoridad pública que a todos ordena, prohíbe o 
permite, y a la cual todos deben obediencia» y cuyo incumplimiento conlleva una 
sanción. Los textos jurídicos hablan de que la ley ha de estar siempre en consonancia con la 
justicia pero la justicia es sólo uno de los principios generales del derecho (lo que, en buena 
lógica significa que puede haber leyes – de obligado cumplimiento – que están más basadas 
en otros principios): a ella debería recurrir el legislador y también el juez al dar solución a las 
controversias jurídicas; se dice que dichos actores obran con justicia cuando hacen para 
proteger y satisfacer los derechos básicos de los individuos, fundamentando su autoridad en 
el ejercicio de sus obligaciones en los mismos derechos. Otro nivel de análisis es entender la 
justicia como valor y fin del derecho, al que podemos conceptuar como «aquel conjunto de 
valores, bienes o intereses para cuya protección o incremento los hombres recurren a esa 
técnica de convivencia a la que llamamos derecho»

Llevando al extremo la doctrina jurídica promulgada por la ONU, lo deseable es que todas 
las Constituciones o similares de todos los países fueran simplemente un reflejo de la 
Declaración Universal de los Derechos Humanos, y sus códigos legislativos la 
reglamentación de las actuaciones para su cumplimiento. Obviamente, los códigos legislativos 
también deben incluir normas que regulen la convivencia1 entre las personas y normas de 
índole política que deberían ser consideradas aparte, pues están supeditadas, en mayor o 
menor grado, a la dirección de los vientos que soplan para dirigir el gobierno o el régimen 
político de turno, y todas son, como tales leyes, de obligado cumplimiento. Pero de significado 
y gestión diferentes.

El problema serio para las instituciones (y para la credibilidad) de un país viene cuando una 
norma de uno de estos ámbitos, a la que se ha dado (a veces hay que decir que “se le dio” 
históricamente) fuerza de ley, invade derechos de otro ámbito, pero, al estar incorporada a los 
códigos en vigor, es de obligado cumplimiento (lo que no quiere decir, como parece que 
pretendan algunos que sea inmutable), lo que origina auténticos quebraderos de cabeza si se 
decide gestionar e incómodas y peligrosas situaciones, con el tufo, digámoslo, de injustas si 
arrogantemente o por incapacidad no se quiere gestionar. Hay sobrados ejemplos en todo el 
mundo de esta manera de entender la legislación, pero tomemos uno cercano y que, con más 
de 300 años a sus espaldas, aún colea. 
 
 
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Es sabido que, tras la muerte sin descendencia de Carlos II de España, se produjo un conflicto, 
de dimensión internacional, entre los partidarios (Catalunya entre ellos) de que el sucesor al
trono había de ser de la Casa de Habsburgo austríaca, a la que pertenecía el rey muerto, y los 
partidarios de instaurar la francesa Casa de Borbón en el trono de España, conflicto cuyos 
últimos rescoldos no se extinguieron hasta 1714 con la capitulación de Barcelona y 1715 con 
la capitulación de Mallorca ante las fuerzas del que ya era el rey Felipe V de España. Para la 
Monarquía Hispánica, las principales consecuencias de la guerra fueron la pérdida de sus 
posesiones europeas y la desaparición del modelo «federal» de monarquía, o «monarquía 
compuesta»,de los Habsburgo españoles. Tras ese final el decreto que afectaba a Cataluña se 
dictó el 9 de octubre de 1715, despachado por Real Cédula con fecha de 16 de enero de 1716. 
y
    -Abolía las Cortes y el Consejo de Ciento.
    -Se sustituía al virrey por un capitán general, al igual que en el resto de los reinos de la 
Corona de Aragón, y se dividía Cataluña en doce corregidurías, como Castilla y no en las 
tradicionales veguerías,
    -Se prohíben los somatenes (milicias populares armadas de Cataluña y Aragón).
    -Se estableció el catastro gravando propiedades urbanas y rurales y los beneficios del 
trabajo, el comercio y la industria.
    -Igualmente, el idioma oficial de la Audiencia dejó de ser el latín y se sustituyó por el 
castellano.

Esta última medida podría interpretarse como que el idioma catalán quedaba fuera de la 
represión porque sólo se menciona en ella el latín, si no fuera porque, un año después, 1717, 
en la ‘Carta del Rey a los Corregidores’  sobre la aplicación del Decreto de Nueva Planta, se 
ordena que “Pondrá el corregidor el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo 
fin dará providencias más templadas y disimuladas para que se note el efecto sin que se note 
el cuidado” y que en la  Real cédula de Carlos III de 23 de mayo de 1768 se ordena que 
“... Para que en todo el Reyno se actúe y enseñe en lengua castellana. ...y a este efecto 
derogo y anulo todas qualesquier resoluciones, o estilos, que haya en contrario, y esto mismo 
recomendará el mi Consejo a los Ordinarios Diocesanos, para que en sus Curias se actúe en 
lengua castellana…. cuidando de su cumplimiento las Audiencias y Justicias respectivas”. 
sea que, a partir de ese momento, quien enseñara en la lengua que había heredado de sus 
padres, con la que recibía y transmitía pensamientos y sentimientos, leía, escribía y aprendía, 
se comunicaba, amaba o rezaba, fuera o no minoritaria,pasaba a ser un delincuente. 
(¿Delincuente? ¿No es, por el contrario, delincuente quien, como muestra de su poder político, 
legisla atacando una lengua, que es sagrada sea la que sea, la hable una sola persona o 
quinientos millones?), perseguido por la justicia (con minúscula); y para que quedara claro, 
periódicamente se apretaban más las clavijas: Isabel II con la prohibición de obras de teatro en 
catalán, Alfonso XIII con las amenazas a los enseñantes en los reales decretos de 21 de 
noviembre de 1902 y de 11 de junio de 1926,o la instrucción del inspector de enseñanza 
Mariano Lampreav de, 20 de febrero de 1939 prohibiendo los libros en catalán, o la orden del 
gobernador de Barcelona de 28 de julio de 1940 prohibiendo a los funcionarios hablar catalán,…

Pero la lengua, cualquier lengua, capacidad del ser humano para expresar pensamientos y 
sentimientos por medio de la palabra, es algo más que trasciende normas. El llamado 
nacionalismo catalán se ha ido construyendo con casi los mismos parámetros que los 
nacionales de la mayoría de estados –territorio, lengua e identidad–, siendo una de las 
características más definitorias, la lengua, de forma que desde diferentes sectores s
considera a la lengua como uno de los elementos constitutivos de la nación catalana. A  
pesar de las prohibiciones, con cada vuelta de tuerca crecía el sentimiento de identidad y la 
gente ha seguido utilizando la lengua y, como consecuencia, ya a finales del siglo XX, los 
diferentes partidos políticos en el Gobierno catalán nunca han querido dos comunidades 
lingüísticas –castellana y catalana– separadas, sino una sola, bilingüe (salvo excepciones de 
partidos extremistas) con la constante de considerar a la lengua catalana no solo como signo 
de identidad, formando parte de la cultura catalana, sino como herramienta de cohesión 
social. 
 
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Pero, no abandonemos el hilo de nuestras reflexiones. Es cierto que en los tiempos de la 
promulgación del Decreto de Nueva Planta y otras normas represivas citadas no existía la 
conciencia actual hacia la preservación de los derechos de la persona y la preocupación 
acerca de que las leyes los protejan y no los coarten, pero no es menos cierto que hoy 
estamos regidos por un sistema que llaman democracia (moderna, puntualizan además) y 
que nadie ha movido un dedo para revisar esas muchas leyes arcaicas de nuestro 
ordenamiento que directamente atentan contra los Derechos Humanos. Es más, 
incompresiblemente “demócratas de toda la vida” de los partidos en el poder no cesan de 
presentar propuestas y proyectos conducentes a acabar con las lenguas que no son la suya; 
y como eso lo hacen contando con los votos mayoritarios de los suyos, tienen la desfachatez 
(y hay quien los cree) de proclamar que son medidas democráticas cuando no son sino 
muestras de dictadura de mayorías, que es otra cosa.

El número 70 de la Revue internationale d’éducation de Sèvres dedicado a la elección de las 
lenguas de enseñanza se hace preguntas como ¿Por que aumenta la enseñanza en vasco 
en el país Vasco español de Francia? ¿Aún se habla malayo en Singapur? ¿Quién estudia 
francés actualmente en Argelia? ¿El estonio está amenazado en Estonia? ¿Por que Francia 
no ha ratificado la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias? ¿Por qué hay 
padres en India que deciden escolarizar a sus hijos en inglés?, que demuestran que, por lo 
que parece, esta elección es una cuestión eminentemente política que supera ampliamente 
el marco de las políticas educativas.

Capítulo aparte merece la mención a actitudes vinculadas a leyes, de uno u otro color, como 
la de aquellos padres que, únicamente por razones políticas extremas, se niegan a que sus 
hijos sean educados en la lengua (minoritaria, de acuerdo) propia del lugar que es SU patria 
(llamémoslo así) de ellos, inculcándoles desde pequeños un sentimiento de rechazo a su 
entorno natural y obligándolos a crecer en un gueto impuesto voluntariamente (¿y 
conscientemente?). En el plano psicológico, quien no entiende que las raíces de cada 
persona (hijos incluidos) son las suyas, no las de sus padres o abuelos, y que, máxime si se 
trata de alguien de la misma sangre, se han de respetar y no atacarlas por motivos políticos, 
tiene un problema serio. 
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Con todo lo visto hasta ahora, alguen podría pensar que las "anomalías" (por llamarlas de 
alguna forma) legales se limitan a los territorios que componen España, y en particular ése 
que por tener una lengua, cultura e historia distintas despierta odios y envidias (que dan 
votos) a partes iguales.  Nada más lejos de la realidad; afecta a todo el cuerpo legal.

Los días 27, 28, 29 y 30 de mayo de 1976 se celebraron en el paraninfo de la Universitat de 
Barcelona, y con la cobertura legal de la Associació d'Amics de les Nacions Unides (para que 
pudieran celebrarse) las Jornades Catalanes de la Dona, bajo el miedo de su prohibición y de 
las represalias de la policía armada, los "grises". Las jornadas tenían como principal objetivo 
exponer y protestar por la discriminación por ley de la mujer, reclamar sus derechos y 
libertades en un plano de igualdad y denunciar la violencia doméstica a la que estaba
sometida y la inacción institucional ante ella. Huelga decir que el contenido de los debates y 
resoluciones se tiñó de otros temas políticos, pero eso queda fuera de estas reflexiones. Lo 
que sí resulta llamativo es que los objetivos de las jornadas sigue siendo válidos cuarenta y 
tres años después y que sigue habiendo asesinatos domésticos de mujeres por el hecho de 
ser mujeres. ¿De verdad alguien piensa que puede reivindicarse un estado de derecho 
formado por ese tipo de leyes, injustas y anacrónicas?

Si haciendo un recorrido por nuestra legislación “que a todos obliga” resulta que se 
encuentran aún leyes promulgadas con ánimo represivo y que están en contraposición de 
los derechos de la persona, en particular leyes de contenido político, normas autoritarias sin 
más o leyes adoptadas “en caliente” (que también las hay, y a lo que parece es algo más fácil 
de ver desde fuera como se comprueba leyendo editoriales que hablan de nuestro cuerpo 
legal en The Guardian. Lliberation o Stern, por citar países distintos) en reacción casi visceral 
a situaciones puntuales, queda en entredicho que estemos en un estado de derecho
caracterizado, no por tener un amplio compendio de leyes, sino por cuáles y de qué tipo son 
estas leyes (parece lógico deducir que los legisladores deberían recapacitar sobre el hecho 
demostrado de que acciones – políticas - que aquí pueden ser consideradas como delitos 
gravísimos, en los ordenamientos jurídicos de países avanzados de nuestro entorno ni tan 
siquiera son delitos o sobre la modificación que han hecho los Tribunales de Justicia 
europeos de sentencias firmes de nuestro Tribunal Supremo o, directamente, desobedeciendo 
dictámenes de instituciones de orden superior que sean de obligado cumplimiento). Eso 
desmonta también lo del  imperio de la ley tal como ahora se invoca por algunos.¿Qclase 
de leyes conforma ese imperio? Siguiendo ese razonamiento, se concluye en una evidencia: 
un sistema político no es una democracia porque el pueblo vote cada determinado número de 
años, ni un gobernante es demócrata porque haya sido elegido por votación popular.  
 
Ilustración original de Gerard Sancho.
Claro, que mientras tengamos autodenominados políticos que intentan esconder su ineptitud 
en gestionar temas incómodos con el paraguas de "eso es ilegal" sin ser capaces, como es 
su deber, de revisar y actualizar las leyes.... Hay un conocido adagio jurídico alrededor de las 
leyes y el que dice que quien las hace no siempre tiene la integridad moral de quien procura 
cumplirlas. 
Repetimos un pequeño fragmento de la doctrina del Consejo de Europa, al que pertenecemos 
y debemos obediencia, de que  la democracia incluso no debe ser la “regla de la mayoría”, si 
eso significa que los intereses de las minorías son ignorados por completo. Muchos “deberes” 
y mucha pedagogía por hacer para evitar dislates como los que encabezan estas reflexiones.
 
Si se llega a la conclusión de que el talón de Aquiles para que "democracia" o "estado de 
derecho " sean algo más que plabras o expresiones vacías de significado son precisamente 
las leyes, cobra todo el sentido lo que ya dijo el filósofo y jurista francés Charles Louis de 
Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, más conocido simplemente como 
Motesquiu (1689 - 1755), que algo de eso sabía (autor de la teoría, que algunos pretenden 
ignorar y defender que es eso, una teoría alejada de la realidad práctica, de la separación de 
poderes), aquello de que "no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las 
leyes y bajo el calor de la justicia".
 
Nota.- Esta entrada está redactada con anterioridad a la publicación de la Sentencia 459/2019 
del Tribunal Supremo sobre la Causa especial núm. 20907/2017 y, por consiguiente, no 
influida ni condicionada por ella en las reflexiones que la integran.
 
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1Entendiendo como tal el concepto que surgió en Francia a finales del siglo XVI durante las guerras de religión que enfrentaron a católicos y protestantes y que se refiere a la convivencia como tolerancia con respeto hacia las ideas, preferencias, formas de pensamiento o comportamientos de las demás personas. Es inmoral y muy peligroso para el futuro de la sociedad que se azuce a la pérdida de ese respeto y se ganen votos alentando la intransigencia, que se “viste” como ruptura de convivencia, ante quien tiene ideas (políticas, religiosas, de orientación sexual, deportivas,…) diferentes. Claro, que si hay quien lo siga... Es esto algo que cualquier persona (salvo algunos de nuestros políticos especializados en crear crispación) lo entiene. En palabras, por ejemplo, del director de cine Alejandro Amenábar sobre el particular, "No es tan difícil asumir que el de al lado no tiene por qué pensar lo mismo que tú. Y en no aceptarlo está el germen de la dictadura".