domingo, 26 de abril de 2020

Necesitamos paciencia... y algo más.

Eugenio (Eugeni Jofra Bafalluy) fue un humorista barcelonés que se hizo popular por sus 
apariciones en televisión durante las décadas de 1980 y 1990 como narrador de chistes 
(aunque él siempre reivindicaba ser “intérprete” de «historias» o «cuentos») de una forma 
absurda, parte de cuya efectividad residía en su semblante permanentemente serio —«sólo 
me río cuando cobro», solía decir—, siempre vestido de negro y escudada su imagen tras la 
barba y gafas obscuras, en los cambios de ritmo – silencios - que imponía apoyándose en las 
pausas para beber y fumar o encender los cigarrillos y en que no necesitaba recurrir a 
ninguna imitación de voces o acentos. Sus actuaciones eran en castellano, con un marcado 
acento catalán, y de vez en cuando soltaba alguna palabra o expresión típica catalana, como 
por ejemplo «carall», «coi», «home», «au», «hosti tu», «la mare de déu», «nen», entre otros. 
La frase con la que iniciaba las narraciones o chistes, «¿Saben aquell que diu...?» (¿saben 
aquel que dice...?), da ejemplo de ello. 
En su época de Els dos.
Ahondando en el personaje, el despegue de Eugenio, joyero de profesión, como humorista 
se produjo en los últimos años del franquismo en pubs barceloneses como el añorado KM o 
el Sausalito, en los que actuaba como dúo musical (Els dos, que llegaron a quedar segundos 
en la selección para Eurovisión el año de Gwendolyne, de Julio Iglesias) junto a su mujer, 
Conchita, fallecida de cáncer en mayo de 1980, y donde un día cambió la música por los 
chistes por una repentina e inesperada ausencia de su pareja. Y el éxito fue instantáneo, 
vendió millones de cassettes en las gasolineras; lo devoró en una época en la que la cocaína 
le apartó de todo, incluso de su familia, revelándose  como alguien introvertido, tierno, pero 
como escondiéndolo, frágil y vulnerable. Su recta final fue trágica. Eugenio no hizo caso de 
las advertencias de los médicos sobre el tren de vida que llevaba hasta que una noche un 
infarto le fulminó en un restaurante de Barcelona. Tenía 59 años.El humor no es cuando uno está contento. El humor verdadero sale de penas, de 
desgracias. En ese momento es cuando uno demuestra que tiene sentido del humor. Y es 
cuando tiene que salir el humor. En los momentos trágicos”, dejó dicho. Como ejemplo, la 
misma noche en que su esposa murió, para sorpresa del público y de su propia familia, se 
subió a un escenario en Valencia para contar chistes. El humor, de forma más manifiesta y 
literal que nunca, ese día, se convierte en antídoto contra el dolor. Pero más tarde, como es 
casi un lugar común en las historias de éxito, fama y millones, llegarán otros antídotos mucho 
más peligrosos. Eugenio dio carta de naturaleza a un humor lapidario, absurdo, atrevido y 
refinado a partes iguales rompiendo la escena del humor imperante en los años 80 y 90, que 
estaba saturada con humoristas tipo "andaluz paletillo" pues en una España saturada de 
caspa (ibérica) con aquello que llamaron cine de destape (respetables cómicos 
emponzoñados en guiones sobre señores babosos cuya única misión era tocar teta, 
recientemente descubierta y explotada), y algunas ínsulas extrañas (Gila; Tip y Coll), lo de 
Eugenio venía a ser una veta nueva en la que se daban cita, lejanamente, cierta canalla 
moderna con un discurso que viraba entre la finura y el exabrupto blanco, para todos los 
públicos. 

Eugenio fue un auténtico adalid del humor inteligente y original, con un estilo único contando 
chistes, Marcó una época en la que predominaba el humor de brocha gorda, todo lo contrario 
al suyo, en el que derrochaba talento, y alguna (por no decir todas) de sus actuaciones 
forman hoy parte de una antología del humor corto, lapidario e inteligente que te descoloca y 
te hace pensar, como aquel del que le pide a Dios que le conceda la virtud de la paciencia 
pero que se la conceda YA. 
 
 
Más allá de la paradoja conceptual que la historia transmitida por Eugenio representa, la 
verdad es que, ahora entre nosotros, con eso del confinamiento obligado sine die como única 
arma efectiva para evitar la propagación del desconocido virus mortal de esta pandemia del 
Covid-19 que nos azota y nos asombra a partes iguales, al ser conscientes de que, por 
primera vez en la Historia de la humanidad, hemos parado el mundo, la situación de 
confusión en la práctica es evidente. Dice nuestro Diccionario de la Real Academia de la 
lengua Española que “paciencia”, en su primera acepción, es la “Capacidad de sufrir y tolerar 
desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, con fortaleza, sin quejarse ni 
rebelarse”, lo que cuadra con lo que ahora estamos viviendo, tolerando desgracias y 
adversidades.

Pese al desasosiego provocado por su indefinición temporal (actualmente estamos en su 
tercera prórroga legal, hasta el día 56 – no olvidemos que en Wuhan, inicio de la pandemia, 
hubo 76 días de confinamiento total y absoluto antes de empezar a aliviarse las medidas -), 
sería, sin embargo, un error garrafal para la gestión del futuro limitarlo todo a la incomodidad 
del confinamiento ya que éste es, simplemente, una medida sanitaria para impedir la 
propagación de un virus y, cuando la vertiente sanitaria esté bajo control, adquirirán toda su 
crudeza las vertientes económica y social - confiemos que no haya que hablar de una 
vertiente humanitaria - de la pandemia. El confinamiento, por supuesto, es importantísimo en 
su gestión, en particular si incluye niños y/o adolescentes a pesar de que esta experiencia ha 
demostrado que, en general, ellos se han sabido adaptar al encierro y a la incomodidad 
mejor que los adultos (también la problemática es diferente, no nos engañemos). No se trata 
para los pequeños sólo de la gestión física del confinamiento, del establecimiento de rutinas, 
siempre aconsejable, y también en estas circunstancias excepcionales, del mantenimiento de 
la actividad física, sino de entender la necesidad de la gestión de sentimientos, teniendo en 
cuenta que las emociones más habituales en estas situaciones son la incertidumbre; el miedo, 
la tensión, la ansiedad y el pánico, el aislamiento de los seres queridos (a veces ¿por qué no 
citarlo?, el descubrimiento de una familia diferente a la que se imaginaba) o la mayor 
desobediencia o rebeldía ante las normas. Y no digamos la gestión del confinamiento para 
adolescentes, esas personas convencidas de que nadie las entiende, navegantes de un mar 
de inseguridades, acomplejadas, sometidas a cambios fisiológicos, conscientes, eso sí, de 
que han de asumir poco a poco mayores cotas de responsabilidad, con un claro 
cuestionamiento permanente de las normas,...junto a una sensación de liberación, un 
descubrimiento de la relevancia de las relaciones humanas, un incremento de las ilusiones…
Pero, ya digo, no es sólo el confinamiento, porque el influjo del virus traerá muchos 
problemas de salud, ralentizará nuestra economía, ajustará nuestros bolsillos. Quizás nos 
hará perder vivencias o momentos que no volverán; tal vez no podremos recuperar el tiempo 
perdido. Quizás, quizás. Pero, paralelamente, quizás el planeta agradezca menos humos, 
menos contaminación, nuestros seres queridos agradezcan el redescubrimiento de más 
cariño, quizás valoremos más nuestra propia existencia regando nuestro ser de sentidos y 
los abrazos y los besos no entiendan de distancia de seguridad. Sobre todo, quizás sea 
momento de aprender que somos tan vulnerables como dependientes los unos de los otros, 
de aprender de lo sucedido para que no vuelva a suceder.

A lo largo de la historia, las numerosas epidemias/pandemias que la humanidad ha sufrido, 
han dejado un rastro diferente en cada caso hasta recuperar una cierta, eso que llamamos  
normalidad (¿qué es la normalidad?. Habrá que definirlo con exactitud), aunque empezando 
en todas ellas por la incertidumbre y el miedo. Hace siglos, los barcos estaban obligados a 
guardar cuarentenas en los puertos durante las pestes para evitar su propagación a las 
ciudades costeras. Ahora se prohíben los vuelos hacia Estados Unidos desde Europa. El 
Covid-19 es muchísimo menos letal que la peste negra, que asoló el mundo en varias 
oleadas sobre todo entre los siglos XIV y XVIII, acabando con la vida de unas 100 millones 
de personas (entre el 25 y el 60% de la población europea, según estimaciones). Los 
contextos históricos y de desarrollo científico son también muy diferentes, pero, con todas las 
distancias y sin posibilidad de hacer una comparación directa entre ambos ejemplos, ambas 
son epidemias y podrían compartir ciertos rasgos comunes sociológicos y económicos, que 
también se encuentran en otras crisis sanitarias de envergadura como la gripe mal llamada 
“española” de 1918,

Los efectos de la actual pandemia aún son imposibles de estimar en su totalidad al estar aún 
inmersos en ella, pero se espera que el impacto económico a corto y medio plazo sea muy 
alto: se interrumpen los sistemas de transporte y abastecimiento y cae la producción de 
muchos sectores, además de la demanda. Y al caer la demanda, como ya explicaba Keynes 
tras la famosa Depresión estadounidense de 1929, baja el empleo y cae el ingreso de los 
hogares, lo que aumenta aún más el desempleo (además de la baja en la recaudación fiscal, 
los ingresos con los que cuenta el estado para financiar servicios públicos). En el caso de 
España, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya ha anunciado sus previsiones para este 
año, que sitúa el desempleo en más del 20 % y la caída del Producto Interior Bruto (PIB) en 
el 8 %. El Banco de España no es más halagüeño al prever un desempleo del 22 %, una 
caída del PIB del 13 %, una Deuda Pública encaramada al 120 % del PIB y una prima de 
riesgo rampante. Peor son los estudios sectoriales como el que indica que, en Barcelona, un 
30 % (¡uno de cada tres!) de los bares y restaurantes que había antes de esta crisis 
desaparecerán. Por no hablar de todo aquello ligado al turismo, la hostelería y la movilidad.
No es comparable, por supuesto, pero en el caso de la peste negra, esta epidemia supuso 
cambios importantísimos en la economía y un fortísimo retroceso; el descalabro de población 
tardó cien años (100, c-i-e-n, años) en recuperarse. "Desapareció el comercio, cayeron las 
ciudades, la gente se fue al campo, murieron reyes, afectó a todos los estratos sociales", Los 
poderosos aumentaron su poder y su riqueza y el pueblo llano quedó más empobrecido y 
perdió algunos derechos de las generaciones anteriores, lo que, seguramente a otro nivel, 
también se observa ahora, con la evidencia de la brecha tecnológica real existente entre 
familias frente a ciertas decisiones gubernamentales.

Desde un punto de vista positivo, las epidemias siempre han servido a posteriori para 
introducir mejoras de la salubridad/sanidad pública que pretenden reducir el riesgo de 
contagios en las aglomeraciones urbanas. En el caso de las oleadas de peste, acabaron por 
favorecer la recogida de basuras y aguas fecales, la regulación de la presencia de animales 
vivos y muertos, o la construcción de cementerios fuera de los recintos urbanos y la 
obligación de encalar iglesias (tras  la promulgación de la Real Cédula Carlos III en 1787).
Hay tres conocidas obras literarias que resultan fuentes históricas de gran valor sobre las 
epidemias: El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, describe la peste que asoló Florencia en 
1348; el Diario del año de la peste, escrito por Daniel Defoe en 1722, que narra la epidemia 
de peste que sufrió Londres en 1665, que mató a una quinta parte de la población, y 
Alessandro Manzoni, en Los novios, relata la peste de Milán en 1628. Las tres nos hablan del 
miedo, de cómo la sociedad se enfrenta a la muerte masiva e inesperada, algunos buscando 
culpables y acusando a determinados grupos o individuos, recurriendo a la magia y a la 
religión...otros tratando de entender las causas científicas de lo que ocurre, buscando 
soluciones racionales y cívicas que hacen avanzar a la sociedad y palían los efectos 
económicos adversos que tienen estas crisis. Claro, que no debe olvidarse por otra parte 
que esta sociedad también parece alentar que sus miembros tengan memoria de pez y 
reaccionen y actúen sin pensar en lo que ha pasado y pensemos que si la sociedad no 
aprende de crisis como ésta ¿de qué ha de aprender?... Veremos... 

En definitiva, paciencia, mucha paciencia. Otro día nos detendremos en la gestión política
en la actitud únicamente partidista e introvertida ante el problema de determinados políticos, 
de aquí y de afuera.

domingo, 19 de abril de 2020

Y después de la pandemia, ¿qué?

En 1995, el Premio Nobel portugués de Literatura José Saramago publicó su magnífica 
novela “Ensayo sobre la Ceguera” en la que daba cuenta de una extraña enfermedad que 
provocó una ceguera blanca a los habitantes de la ciudad. En la novela hay un pasaje 
revelador para tener en cuenta en esta actual pandemia que padecemos: “Un ciego se paró 
frente a un espejo, sabía que su imagen estaba ahí, aunque no pudiera verla, pero su imagen 
sí podía verlo y observar lo que hacía”. Saramago imaginaba la dificultad de imaginar el 
futuro en un contexto crítico, donde ese futuro depende de las decisiones en este presente. 

Para saber dónde estamos y de qué hablamos, puntualicemos: una epidemia es una 
enfermedad que afecta a un determinado grupo humano en un ámbito temporal concreto, 
una endemia es una enfermedad que se asienta de forma permanente en un grupo humano 
determinado, mientras que una pandemia (eso de ahora) es una epidemia que afecta a un 
área mucho mayor, como un continente o incluso el planeta entero, como puede ser el sida 
en nuestros días. Desde la peste de Atenas en plena guerra del Peloponeso hasta el cólera, 
el tifus o la malaria, muchas han sido las epidemias, endemias y pandemias que han asolado 
a los distintos pueblos a lo largo de la historia. 
La historia de la humanidad está llena de estas enfermedades, unas olvidadas y otras 
envueltas, incluso, en un halo de romanticismo. Sin ánimo de ser exhaustivo, estas son las 
principales:

- La peste de Atenas, la plaga más devastadora del mundo griego, documentada con 
detalle por el historiador Tucídides. Aquella peste – en la antigüedad todas las plagas se 
llamaban pestes – llegó desde Etiopía y según investigaciones actuales, pudo tratarse de 
fiebres tifoideas. Una de sus primeras víctimas fue el gran Pericles y en total pudo afectar a 
unas 50.000 personas, aunque algunos historiadores hablan de 300.000.

- La peste Antonina. Como Grecia, Roma también tuvo su gran plaga en el siglo II, en 
tiempos de Marco Aurelio, que fue además una de sus insignes víctimas. La peste Antonina 
– llamada así por el propio emperador, que pertenecía a la familia de los Antoninos – fue 
devastadora en la capital, Roma, y se extendió por toda Italia llegando incluso a las Galias. 
Entre otros síntomas, la peste causaba ardor en los ojos y en la boca, sed y abrasamiento 
interior, fetidez en el aliento, piel enrojecida, tos violenta, gangrenas, delirios y muerte a los 
nueve días.  

- La peste justiniana. El emperador Justiniano también padeció una terrible plaga que pudo 
originarse en Egipto, según la describe Procopio y que comenzaba por una fiebre súbita, 
seguida de hinchazones en las axilas, los muslos y detrás de las orejas. La peste justiniana, 
mezcla de varias plagas como la peste bubónica y quizás la viruela o el cólera, fue 
terriblemente letal, mató a más de 600.000 personas, a razón de unas 10.000 al día.  

-
La peste bubónica o peste negra. La gran epidemia de la Edad Media fue la peste negra, 
que asoló todo el continente europeo desde mediados del siglo XIV. La epidemia pudo llegar 
de la India y lo habría hecho a través de los comerciantes italianos que mantenían relaciones 
mercantiles con el continente asiático. La mortalidad de la peste fue terrible, en algunas 
zonas alcanzó a los dos tercios de la población y generó una gran despoblación que afectó 
principalmente al campo, que quedó vacío mientras las ciudades empezaban a llenarse.

- La viruela. Introducida por los conquistadores españoles en América, la viruela funcionó en 
el nuevo continente como una auténtica plaga y fue un aliado esencial de Hernán Cortés en 
la caída de Tenochtitlán. Se cree que tras la conquista, la viruela pudo esquilmar hasta a un 
tercio de la población indígena de América. No fue sino en 1796 que se encontraría una 
vacuna para la viruela.

- El cólera. Esta epidemia de origen asiático llegó a Europa en 1830 y causó 30.000 muertes 
en Londres en menos de dos décadas, hasta que el doctor John Snow descubrió que todas 
las muertes tenían en común el agua del pozo de Broad Street. La llegada del cólera a 
España fue aún más devastadora y los dos primeros brotes en 1843 y 1854 causaron más 
de 300.000 muertos. A partir del siglo XX esta enfermedad se trasladó a Asia y África, donde 
continúa en activo.

- El escorbuto. Esta enfermedad era endémica en los viajes transoceánicos y también en 
los países del Norte de Europa durante la Edad Media, de donde viene su nombre. El 
escorbuto acompañó a los marineros españoles y portugueses durante años, sufriéndola en 
sus viajes marinos tan ilustres como Vasco de Gama y Magallanes. Hasta mediados del siglo 
XVIII no se relacionó con la falta de vitamina C provocada por la carencia de frutas y 
verduras frescas en la dieta.

- Fiebre amarilla. Si los españoles llevaron a América la viruela, sucumbieron allí con 
frecuencia de fiebre amarilla. Con frecuencia se producían brotes en los meses de verano, 
desaparecía durante las estaciones frescas y reaparecía con toda su fuerza al verano 
siguiente, aunque los que ya habían sido contagiados eran mucho más resistentes a cogerla 
de nuevo. La enfermedad no brotó sólo en la época de la conquista, sino que se extendió 
hasta el siglo XIX.

- La sífilis. Sus primeras referencias se remontan al Renacimiento; la sífilis es una 
enfermedad exclusiva del hombre que llegó a Europa procedente de América. 
Probablemente se propagó por Europa tras el sitio de Nápoles en 1495. Fue contagiada por 
los españoles a las prostitutas italianas y tras aquello, se propagó por toda Europa como un 
estigma que se contagiaba con los placeres carnales. A comienzos del siglo XX, el 15% de 
la población europea la padecía, entre ellos Beethoven, Oscar Wilde, Colón, Baudelaire, Van 
Gogh, Nietzsche, James Joyce o Hitler.    

- La polio. La poliomielitis se conoce desde hace tres milenios, aunque su vacuna tenga 
poco más de medio siglo y hasta entonces se haya mostrado con persistencia en todos los 
continentes, sin distinción entre pobres y ricos. De hecho algunas de las epidemias más 
importantes se dieron en países como Suecia o Estados Unidos, siendo conocida la que se 
desarrolló en Nueva York en los años veinte y que contagiaría al presidente estadounidense 
Franklin Delano Roosevelt.
- La malaria o paludismo mata a día de hoy a más de medio millón de personas al año, 
principalmente en África. Gracias al DDT desapareció de Europa, donde era endémica en 
países como Grecia o Italia. En España pasó de 400.000 casos y más de 1.300 muertes en 
1943 a desaparecer por completo en la década de los sesenta.

- El sida. Comenzó oficialmente en junio de 1981 cuando se atribuyó a cinco casos de 
neumonía en Los Angeles y a otros casos de sarcoma de kaposi. La mayoría de los 
pacientes eran hombres homosexuales y sexualmente activos, muchos de los cuales sufrían, 
además, otras enfermedades crónicas. En 1982 la enfermedad, Virus de Inmunodeficiencia 
Humana (VIH), fue bautizada con el nombre de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida 
(SIDA). En 1993, la película "Philadelphia", fue la primera de cultura de masas, de Hollywood, 
que trataba el tema del sida. 
 
 
 
Por ceñirnos sólo a los episodios del siglo XXI, cuando tenemos conciencia (equivocada) de 
invulnerabilidad ante las enfermedades,
    - 2005: La gripe aviaria  se convirtió en una amenaza de pandemia cuando se produjeron 
los primeros contagios en seres humanos.
    - 2009-2010: La pandemia de gripe A se cobró la vida de más de 18 000 personas en el 
mundo.
    - 2012-2015: El síndrome respiratorio de Oriente Medio fue detectado en el 2012 en 
Arabia Saudí En mayo de 2013 se habían producido casos en más de 7 países incluyendo 
Qatar, Reino Unido, Francia, Alemania y Túnez. El virus infectó a casi 1000 personas y mató 
más de 500.
    - 2014: El virus del Zika azotó toda Latinoamérica con varios millones de infectados y 
miles de bebés nacidos con Microcefalia (aunque no se ha podido relacionar fehacientemente 
la microcefalia con el virus del Zika) se calcula la cifra de muertos en 4030 casos.
    - 2019-2020: Y llegamos a la actual pandemia de COVID-19, un nuevo tipo de 
coronavirus (SARS-CoV-2) que fue detectado en el continente asiático a finales de 2019. 
Poco que añadir hoy aún salvo recordar que el virus produjo un brote epidémico de aquella 
enfermedad en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, al oeste de Shanghái, 
China; el brote se expandió sin control y fue declarado pandemia el 11 de marzo de 2020. 
Hasta abril de 2020, había provocado más de 100 000 muertos en 185 países. Pese a todo, 
y lógicamente, el coronavirus no ha alcanzado la dimensión de epidemias históricas, porque 
la medicina y los sistemas sanitarios son mucho más avanzados que en épocas pasadas. 
No obstante, no se puede descartar que sí tenga un impacto en la sociedad al margen de la 
salud de la población. Por ejemplo, el hecho de que China haya, al menos en apariencia, 
logrado frenar la expansión de la enfermedad, ha abierto ya un debate sobre si las medidas 
adoptadas allí pueden ser trasladadas a otros países con regímenes políticos y derechos 
sociales completamente distintos.

¿Y ahora, qué?
Una de las consecuencias sociales posteriores a esta pandemia será el incremento de la 
conciencia de vivir en la sociedad del riesgo (término acuñado por el sociólogo alemán Ulrich 
Beck, quien la define como “una forma sistemática de lidiar con peligros e inseguridades 
inducidos e introducidos por la propia modernización”), y entendida en este sentido de hoy 
por el cambio radical que supone imaginar el desarrollo y la seguridad que brindaba la 
medicina y la tecnología a una angustia permanente por las consecuencias que ese mismo 
desarrollo provocaba (medicinas que causan otras enfermedades, economías frágiles, 
cambio climático y epidemias). La conciencia de la fragilidad humana será memoria de las 
nuevas generaciones. Lo urgente se ha concentrado, obviamente, en resolver lo inmediato. 
Sin embargo, es necesario imaginar las consecuencias sociales y horizontes futuros que se 
perfilan a partir de lo que hoy se hace para enfrentar esta crisis sanitaria, social y financiera.

Otra consecuencia será una mayor desigualdad económica, de la que nos está dando sus 
"alegrías" el FMI prosticando para España una escalada del paro del 21 % en 2020, y una 
caída del 8 % en el PIB, "arreglada" con un repunte del 4 % en 2021 y la consecuente 
polarización social que generará mayores movimientos de protesta social a nivel global, 
aunado a la intensificación del estigma al extranjero o la discriminación al diferente por su 
condición racial, étnica o sexual, ejemplo actual es el estigma sobre China como origen del 
virus. Pero más allá de los macro-cambios sociales que habrán de ocurrir también es 
necesario imaginar la transformación cotidiana en la vida de las personas. Uno de ellos será 
el cambio entre lo publico y lo privado que generará el confinamiento en el hogar de los 
miembros de la familia. La fusión de las actividades laborales y sociales con los espacios 
privados derivará en tensiones y conflictos entre las personas que se sentirán exhibidas 
frente a los demás. Esto se intensificará cuando se opte por generalizar el trabajo en casa 
(home office) y por el uso cada vez más intensivo de las redes digitales y el internet en las 
interacciones sociales intimas y sociales que modificarán el concepto de hogar.

Otros dos cambios habrán de observarse con posterioridad a la pandemia. El primero será el 
tránsito de un individualismo acendrado hacia el fortalecimiento de redes de apoyo familiares 
y de solidaridad. Este será el mecanismo estratégico para hacer frente a la crisis económica 
y los conflictos sociales derivados de la pandemia. El segundo y último revelará un 
incremento de la espiritualidad íntima de las personas. No habrá un regreso a las iglesias o 
cultos. Por el contrario, las personas buscarán hacer frente a la angustia del riesgo social en 
la búsqueda de respuestas a formas de reflexión espiritual o de conexión consigo misma y 
no en las oraciones colectivas en los templos. De esta espiritualidad podemos comprender 
el porqué la obsesión de las personas por las profecías y las conspiraciones.
En síntesis, en medio de la gestión de esta pandemia el futuro se dibuja incierto y dependerá 
de las decisiones en este presente las que habrán de modificar o no esa imagen que se 
refleja en el espejo. En cualquier caso, de la misma manera que las epidemias han forjado la 
historia humana, también los humanos han dado forma a la extensión de estas enfermedades, 
pues no dependen de los humanos, pero las vulnerabilidades a través de las que estas nos 
atacan, sí, como cuando la Revolución Industrial llevó a la concentración de población en 
muy poco espacio, en las ciudades. La globalización explica que el coronavirus se esté 
expandiendo a una velocidad mucho más elevada que otras epidemias del pasado. ¿Tendrá 
esta enfermedad la misma capacidad de influir sobre la humanidad que en otros casos? 

domingo, 12 de abril de 2020

La soledad, la pandemia silenciosa.

Hemos oído muchas veces, y asumido, eso de que el ser humano es, por naturaleza, un 
animal social (vale, de acuerdo, unos más animales que otros) y que, en consecuencia, 
necesita a los demás para alcanzar el bienestar y realizarse. Por eso llama la atención, y 
máxime en situaciones como las de la actual pandemia, rodeada del miedo a lo desconocido 
por ese, ya casi familiar en las referencias, coronavirus. la gente que busca la soledad. Bien 
sea porque busca vivir sola para autoconocerse o porque existen ciertas circunstancias de 
vida que llevan a ello.

Por su alto componente emocional se concluye que la opción voluntaria de la soledad no 
parece ser algo amigable, por lo que se ha creado todo un imaginario alrededor de ella que 
nos impide apreciarla como lo que es, una herramienta de desarrollo personal con un 
inmenso potencial. La realidad es que, como con todo, existen ventajas y desventajas 
alrededor del hecho de querer vivir solo. Por ello, analizaremos los aspectos fundamentales 
y reflexionaremos en profundidad acerca de si la soledad, cuando es buscada, resulta 
realmente placentera y beneficiosa para el ser humano y, a pesar de la estigmatización 
social que se ha hecho de la soledad, esta ofrece muchas ventajas: a menudo, existen 
muchas obligaciones derivadas de los compromisos que asumimos en la vida. Especialmente 
en el ámbito conyugal y familiar. La crianza de los hijos es una de las más demandantes y 
agotadoras. Puede que la persona siempre haya vivido sola o sufra la partida de hijos, el 
divorcio, viudedad o muerte de parientes, quizá haya cosas que nunca se pudieron realizar 
por la dedicación a las obligaciones familiares, y ello incluye vivir en el tipo de espacio 
deseado. La soledad, buscada o no, es una oportunidad de oro para realizar todo lo que 
hemos dejado pendiente.
La realidad es que, la vida en soledad buscada brinda la responsabilidad absoluta a la 
persona de las decisiones que se tomen en toda circunstancia. También en su ejecución, 
con la consecuente satisfacción que eso puede brindar, por lo que vivir en soledad brinda 
una experiencia de crecimiento personal que, por supuesto, resulta muy enriquecedora y que 
potencia relaciones sociales más saludables y provechosas. La soledad buscada, además, 
implica que la persona puede tomarse unas vacaciones con respecto a la convivencia con 
otras personas. Y es que esas obligaciones sociales a veces no dejan tiempo para las 
cuestiones personales. Siempre hemos mantenido que se ha sido dueño del tiempo. Pero 
cuando pasamos un tiempo en soledad, la nueva disponibilidad de tiempo permitirá hacer 
cosas que antes no fue posible, e incluso más.

Por otra parte, No hay mejor manera de conocerse a sí mismo que pasar un tiempo a solas 
consigo, a solas con el propio yo, no hay excusas para esa inagotable tarea de conocerse y 
encontrarse. Es la ocasión para fortalecer el carácter y la identidad o para hacer correcciones 
y mejoras e, independientemente de cuál sea la fe propia, cuando se está en una búsqueda 
espiritual, la soledad suele ser muy buena aliada. Al vivir en soledad, la persona se puede 
enfocar con exclusividad y tranquilidad en ello y, paradójicamente, cuando se vive en soledad, 
se valoran y aprovechan más las relaciones sociales. Los momentos compartidos con amigos 
y familiares tendrán más calidad que frecuencia.

La relajación que se siente al estar sin compañía ni presiones proviene de la paz que otorga 
el silencio. En esta etapa efectivamente se recupera el valor del silencio. Sin embargo hay 
personas que llenan ese silencio con los sonidos de su gusto, que le dan sensación de 
bienestar. Sin duda vivir en convivencia otorga placer. Pero vivir en soledad ofrece la 
posibilidad de dedicarse con más pasión a las actividades que nos placen. 

No hace falta sino repasar algunas huellas de la soledad en la literatura para advertir el 
sesgo cultural, no emocional voluntario de tal sentimiento. Por ejemplo, en los Cien años de 
soledad, del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, todos sus personajes parecen que 
están predestinados a padecer de la soledad, como una característica innata de la familia 
Buendía. El pueblo mismo, el mítico Macondo, vive aislado de la modernidad, siempre a la 
espera de la llegada de los gitanos para traer los nuevos inventos; y el olvido, frecuente en 
los acontecimientos. En Solitud, de la catalana Caterina Albert (que tuvo que publicar su obra 
con el nombre masculino de Víctor Català), la obra trata el literario vital e interior de Mila, la 
protagonista, hasta que se llega a conocer a ella misma en una historia de autoconstrucción 
y descubrimiento de la propia personalidad, al final de la novela, que le supondrá asumir la 
propia soledad para poder iniciar otra vida o poderla cambiar profundamente. Pero es Miguel 
de Unamuno, en su ensayo Soledad, de 1905, quien aporta algunas claves racionales para 
entender el fenómeno: “Mi amor a la muchedumbre es lo que me lleva a huir de ella. Al huirla, 
la voy buscando. No me llames misántropo. Los misántropos buscan la sociedad y el trato de 
las gentes; las necesitan para nutrir su odio o su desdén hacia ellas. El amor puede vivir de 
recuerdos y de esperanzas; el odio necesita realidades presentes.
Déjame, pues, que huya de la sociedad y me refugie en el sosiego del campo, buscando en 
medio de él y dentro de mi alma la compañía de las gentes. Los hombres sólo se sienten de 
veras hermanos cuando se oyen unos a otros en el silencio de las cosas a través de la 
soledad. El ¡ay! apagado de tu pobre prójimo que te llega a través del muro que os separa, te 
penetra mucho más adentro de tu corazón que te penetrarían sus quejas todas si te las 
contara estando tú viéndole. (...)

Sólo la soledad nos derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros; 
sólo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos 
nuestros hermanos en soledad. Créeme que la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos 
separa. Y si no sabemos querernos, es porque no sabemos estar solos. 

Sólo en la soledad, rota por ella la espesa costra del pudor que nos separa a los unos de los 
otros y de Dios a todos, no tenemos secretos para Dios; sólo en la soledad alzamos nuestro 
corazón al Corazón del Universo; sólo en la soledad brota de nuestra alma el himno redentor 
de la confesión suprema. No hay más diálogo verdadero que el diálogo que entablas contigo 
mismo, y este diálogo sólo puedes entablarlo estando a solas. En la soledad, y sólo en la 
soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo 
como a prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar 
a los otros, recógete en ti mismo”

En este contexto, alguien me dijo una vez la frase del cineasta Orson Welles “Nacemos solos, 
vivimos solos, morimos solos. Sólo a través de nuestro amor y amistad podemos crear la 
ilusión por un momento de que no estamos solos.” y, con los años he comprendido que esta 
frase no trata de soledad y aislamiento, sino de responsabilidad con los tuyos. “Nacemos 
solos y morimos solos” no es más que una afirmación austera sobre nuestros compromisos 
en la vida. Una reflexión sobre los problemas que nos acontecen y nuestra parte en ello.
Nacemos solos y morimos solos” no es más que un “tu te lo guisas, tu te lo comes” un “tu 
marrón es tuyo”… una afirmación tácita de que cuando vienen los verdaderos problemas en 
la vida, tu eres el que los sufres y tu eres quien tiene que resolverlos. Puedes recibir amparo 
o compañía pero ésta nunca te resolverá el problema, tan solo te ayudará en algunos 
escalones, eso sí, a la hora de subir la escalera eso será cosa tuya. “Nacemos solos y 
morimos solos” es un discurso sobre las decisiones que tomamos en la vida, sus 
consecuencias y responsabilidades. Porque no hay mayor prudencia en la vida que la de no 
responsabilizar a otros de tus propias faltas. Y es que no hay consecuencia más nefasta que 
la de atormentar a otros sobre tus propias consecuencias.

Sin embargo, existen muchos prejuicios acerca del tema de vivir en soledad aunque, en 
realidad, las supuestas desventajas no son inherentes a la soledad en sí, y mucho menos si 
esta es voluntaria. La soledad no elegida, o la originada por circunstancias difíciles de la vida, 
en la que puede producirse miedo o aislamiento, es la que generalmente acarrea malestar y 
es en esos casos cuando hay que buscar medidas para combatir el abatimiento y la tristeza, 
pensando siempre que lo ideal es aprender a ser feliz en soledad, antes de pretender ser 
felices en la convivencia con otra persona. Pero ha bastado que todo el mundo se haya visto 
afectado por un desconocido cataclismo sanitario/socio/económico inesperado de alcance 
mundial y de consecuencias (que están por ver) en el mejor de los casos, pavorosas e 
inimaginables, para que las elaboradas teorías acerca de la soledad buscada hayan saltado 
por los aires hechas añicos y se haya descubierto con tristeza e impotencia que somos muy 
vulnerables y que, en el fondo, los lazos entre humanos existen y reconfortan en momentos 
duros.

Más allá de la carga retórica de la frase de Welles, lo cierto es que el drama actual nos ha 
mostrado a marchas forzadas nuestra extrema vulnerabilidad y dependencia de nuestro 
entorno, en tanto que animales sociales. Y así el aislamiento/confinamiento originado por el 
pánico a la propagación del desconocido virus Covid-19 ha dado lugar a situaciones 
humanamente sangrantes en las que, por ejemplo, se obligaba a morir sóla (con la única 
compañía, si acaso, del esforzado y nunca bien ponderado, personal sanitario) a la persona 
afectada por la enfermedad, a prescindir de ceremonias (incluso religiosas) de despedida, a 
no utilizar muestras de afecto/ánimo entre los que quedan, etc. Y el número de afectados y 
víctimas no para de crecer pero no no equivoquemos, no del Covid-19, sino de sus 
antecedentes. Aunque éste haya servido de espoleta. A pesar de que su avance es imparable, 
nadie parece hablar de ello, como si nombrarla estuviese prohibido, como si reconocer 
sufrirla estuviese condenado socialmente. Hablamos de la soledad impuesta, lejos de la 
glosada como buscada por Unamuno, la gran epidemia silenciosa del siglo XXI que 
calladamente se extiende y afecta ya a una gran parte de la población occidental.
En palabras del magistrado Joaquim Bosch Grau,“Cada vez me pasa más, encontrarme con 
cadáveres de ancianos que llevan muchos días muertos, en avanzado estado de 
descomposición. No sé si está fallando la intervención social o los lazos familiares. Pero 
indica el tipo de sociedad hacia el que nos dirigimos”. Cada vez son más las personas, 
especialmente mayores, que fallecen silenciosamente y solos. Con la voluntad de banalizar el 
hecho, en España crece el número de empresas dedicadas a las llamadas “limpiezas 
traumáticas”, limpiar los domicilios de estas personas fallecidas en soledad. En muchas 
ocasiones estas empresas son avisadas por los vecinos y comunidades de propietarios por el 
olor que se desprende de uno de los pisos. Los casos se disparan en verano debido al efecto 
que sobre los cuerpos produce el calor; cada vez hay más personas que mueren solas, en 
muchos casos, abandonadas por sus familiares y olvidadas por el resto de la sociedad. 
Parece una paradoja, en el siglo de las redes sociales, que mucha, muchísima gente se 
siente sola. Cuando todo parece estar al alcance de un clic, nunca antes ha habido más 
gente que declara sentirse sola.

La soledad tiene además un tremendo impacto en la salud pública que debe atender las 
consecuencias de esta epidemia (depresión, adicciones  y deterioro de la salud en general). 
Se estima que la soledad podría tener un impacto económico global calculado de 3 billones 
(con "b") de dólares y afecta a todo el mundo: en el Reino Unido la cantidad de personas que 
viven solas no tiene precedentes en la historia. Desde 1960 se triplicó esa estadística. En 
España la situación no es mejor. Casi cinco millones de españoles viven solos, y a medida 
que envejece la población, a velocidad de vértigo, serán muchos más. Una gran parte de ellos 
son ancianos que, en ocasiones, pasan meses sin que nadie se pregunte por su paradero. En 
EEUU, nos encontramos con un panorama muy similar; el número de ciudadanos americanos 
que no tendrán familia cercana se doblará en tan solo 25 años. Así pues estamos ante una 
epidemia global (pandemia) de todos los países occidentales. Consecuencias de la epidemia: 
muertes ignoradas, suicidios y mucha soledad.

Otra consecuencia de esta creciente epidemia, es el elevado número de suicidios en los 
países occidentales. Resulta llamativo que la tasa de suicidio de la población es mucho más 
alta que en los países subdesarrollados, donde teóricamente la gente, que vive con mucho 
menos, debería ser más infeliz. Otra paradoja más, un mundo hiperconectado donde este 
sentimiento  está en máximos. En el año 2014 se hizo un estudio en Francia sobre las 
llamadas al teléfono de emergencias de hombres que tenían ideas de suicidio intentando 
averiguar cuál era la causa de esas ideas. Sorprendentemente no era la depresión sino el 
sentimiento de soledad y aislamiento en un 23% de los casos. En el caso de las mujeres el 
resultado era muy similar. En nuestros medios hay muchas campañas contra otras lacras de 
la sociedad como los accidentes de tráfico o las drogas pero no las hay, ni se habla nunca 
de la lacra del suicidio. Casi 4.000 personas se quitan la vida cada año en España. El 
suicidio duplica las muertes por accidentes de tráfico y es la principal causa de muerte entre 
los españoles de entre 15 y 29 años de edad. Tenemos que examinarnos seriamente el 
grado de responsabilidad que tenemos todos en estar creando una sociedad tan individualista 
y utilitarista que arrincona a nuestros mayores y menosprecia muchas veces al inadaptado o 
incapacitado.
¿Por qué hay tanta soledad en nuestra avanzada sociedad de bienestar? Es indudable que 
la familia ha sido hasta nuestros días el gran antídoto contra la soledad. La fortísima caída 
de natalidad de los países occidentales así como la desintegración de la estructura familiar 
está teniendo un alto coste e impacto social. Es indudable también que la irrupción del 
hombre tecnológico ha hecho mucho por incrementar esta epidemia. Las consolas han 
vencido a los libros y los móviles han perdido incluso la cercanía de la voz. Las miradas se 
han sustituido por likes y las cartas de amor han dado paso al tinder instantáneo. Hombres y 
mujeres estamos más lejos que nunca pareciendo que hay muchos que nos quieren convertir 
en enemigos. Las horas de redes sociales y consolas no paran de aumentar y las de paseos 
y cañas con confidencias disminuir.

Pero por encima de este efecto tecnológico, el responsable sería el egocentrismo de una 
sociedad y sus individuos para la que los diferentes estorban. Estamos acostumbrados a 
mirar derechos y no deberes, a exigir en lugar de dar, a pensar en definitiva en nosotros 
mismos en lugar de en los demás. No tenemos ojos para el vecino que sufre o se siente solo. 
Pensamos mucho más en cómo nos van a percibir los demás que en lo que puedo hacer 
para que los demás se perciban mejor a sí mismos. Priman las relaciones de interés o 
esporádicas frente a las de compromiso y permanentes, huimos del sacrificio, educamos a 
nuestros hijos, pocos y escogidos, en la máxima comodidad, en el premio fácil de lo 
inmediato y la cultura del esfuerzo apenas tiene ya cabida… Se prima el sentimiento y las 
emociones sobre la voluntad y el deber ser, en definitiva hemos hecho un mundo que se 
mira el ombligo y apenas mira más allá de él, donde la cultura del esfuerzo ha sido sustituida 
por la cultura de la recompensa inmediata enseñada ya desde la más tierna infancia.

Vivimos en la “ilusión de percepción asimétrica”, una consecuencia más de mirarnos el 
ombligo. En una sociedad así los conflictos solo pueden aumentar, desde los más nimios, 
por ejemplo la agresividad vial, hasta los más complejos, tensiones interraciales, 
interterritoriales… Un idioma acaba siendo motivo de odio y exclusión y una raza de 
rechazo. Los conflictos sociales, políticos e interpersonales en una sociedad tan egocéntrica 
irán en aumento, el sentimiento de soledad y aislamiento de los individuos también.