martes, 18 de septiembre de 2012

Boletín nº 16.- El mercado de trabajo




… Y ESTADÍSTICAS

Se inicia un nuevo curso y se produce, casi instintivamente, la revisión de las materias que conforman los programas de estudio. Seguramente por deformación profesional, uno se fija con más detenimiento en todo aquello que tiene que ver con la economía y la gestión, y, como quien no quiere la cosa, vuelve a percatarse de que se sigue manteniendo, metida con calzador en los programas una materia que se llama “Estadística” o similar dentro del bloque de las ciencias exactas. Misterio. ¿Ciencia exacta la estadística?
Vale la pena recordar que la estadística es formalmente una ciencia centrada en la recolección, análisis e interpretación de datos necesarios para la toma de decisiones, la herramienta en que se apoya la investigación científica y la rama que ayuda a explicar las condiciones regulares o irregulares de algún fenómeno o estudio aplicado, ya sobrevengan de forma aleatoria o condicional.
Quedémonos con el término que hemos resaltado, eso de la interpretación, ya que sin él (y su adecuada aplicación, naturalmente), la estadística no tiene absolutamente ninguna validez.
Hay múltiples ejemplos que confirman esta afirmación, y podemos empezar por el archisabido de que si tú te comes un pollo y yo estoy en ayunas, estadísticamente hemos comido medio pollo cada uno, lo cual es radicalmente falso, a no ser que se introduzcan parámetros de interpretación del resultado que conduzcan a conclusiones válidas.
Aún así, los parámetros que se elijan para la interpretación no aseguran que la conclusión sea la correcta, y el ejemplo mas recurrente de ello es el análisis estadístico de los resultados de, en general, cualquier votación política. Es curioso que, en general, una vez publicados los resultados, TODOS los partidos lanzan las campanas al vuelo, incluso aquellos que, de tener mayoría absoluta han visto reducida su presencia en el hemiciclo, pongamos por caso, a un escaño situado detrás de una columna desde donde ni se ve la tribuna de oradores. Cosas de la política…. y de la estadística.
                 
Ya tenia razón Mark Twain (seudónimo, como se sabe, de Samuel Langhorne Clemens) cuando afirmaba que hay “mentiras, malditas mentiras y estadísticas” ("Lies are of three kinds: lies, damned lies & statistics"). E incluso eso no es seguro, ya que no está probado estadísticamente que la frase sea de Twain, sino que formaría parte de un tributo de éste, en su Characters of my autobiography, de 1909, al primer ministro británico Benjamín Disraelí quien, al parecer, tampoco la pronunció. Por lo que se ve, la frasecita de marras hay que rastrearla en los escritos de 1895 del radical Henry Du Pré, críticos con la forma de utilizar los datos por los políticos, si bien, al final, debe citarse a la doctora Cornelia Hewitt, que, en 1892, en la publicación de la Philadelphia County Medical Society, se refería al hecho proverbial de los estadios de la mentira, que acababan en la estadística ("the proverbial kinds of falsehoods, 'lies, damned lies, and statistics”). O sea, que ni Twain, ni Disraelí, ni Du Pré. Sentido común.

En definitiva, según lo visto, una asignatura que se echa de menos en los programas de economía y gestión, pero también en los de ciencias aplicadas y humanidades, debería de ser algo parecido a “Cómo identificar los parámetros válidos para pasar de una recolección de datos a un instrumento de ayuda en la toma de decisiones admisibles para la mejora del bien común”. Largo, pero imprescindible, dentro de la confusión generalizada en la que estamos inmersos.

Acerca del “mercado” de trabajo

Uno de las peores formas de utilización de datos estadísticos es la de, por desconocimiento, incompetencia o manipulación, reducirlos a su mero significado numérico y extraer únicamente conclusiones de “cifras” sin detenerse a analizar lo que hay detrás de ellas y cuáles son los agregados que las conforman.
Desgraciadamente, esta tendencia se viene observando con total frialdad en muchas de las medidas que se están tomando para hacer frente a la crisis, medidas que, además de impopulares, acaban siendo dañinas para la misma convivencia y, desde luego, para conseguir los fines que se dicen perseguir.
Como muestra de ello podemos parar la atención en el tratamiento que está mereciendo eso que, globalmente, se llama trabajo (o, especialmente la falta del mismo), tanto en su inexistente promoción como en los pasos que se dan para paliar su carencia.
Sólo con el ánimo de sentar las bases, parece oportuno recordar el artículo 35.1 de nuestra Constitución, que dice literalmente que “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”. Sin que estas líneas adquieran tomo de crítica política, lo que es evidente es que, si se proclama el respeto a la Constitución y su observancia por los poderes públicos, el objetivo de los gobernantes ha de ser recuperar el cumplimiento de ese artículo que en estos momentos, no se está cumpliendo: ni hay trabajo para todos, ni puede elegirse, ni implica promoción, y la remuneración dista mucho (con excepciones clamorosas, por otra parte) de ser suficiente para satisfacer las necesidades familiares.

Pero, vayamos por partes: ¿qué es el trabajo?
Para poder llegar a una definición válida, se hace necesario considerar los diferentes enfoques sobre el mismo.

Desde el punto de vista de la doctrina social de la Iglesia, más allá de la consideración del trabajo como una maldición bíblica y, consecuentemente, como un deber (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, en el Génesis), lo cierto es que se observa una evolución manifiesta, cuando ya en la Edad Media se establecía que hubieran los oratores (que rezaban en beneficio de la comunidad), los bellatores (que guerreaban en defensa de la misma) y los aratores (que trabajaban la tierra), a los que se unieron los burgenses (los hombres de la ciudad, comerciantes especialmente), es decir, que se diferenciaban diferentes clases de trabajo en función del servicio al interés general, hasta  llegar a las nuevas escuelas sociales, basadas en que trabajar es un deber y un derecho, mediante el cual la persona colabora con Dios Creador en el mantenimiento de la Creación de forma que,  trabajando con empeño y competencia, la persona actualiza las capacidades inscritas en su naturaleza, procura su sustento y el de su familia y sirve a la comunidad humana. En palabras de Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens, “el trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza”

Por otra parte, desde el punto de vista antropológico y social, el trabajo es una actividad humana que puede identificarse como una de las categorías centrales de la sociología y puede definirse como la ejecución de tareas que implican un esfuerzo físico o mental y que tienen como objetivo la producción de bienes y servicios para atender las necesidades humanas. El trabajo es por tanto, según esa definición, la actividad a través de la cual el hombre obtiene sus medios de subsistencia por lo que o bien trabaja para vivir o vive del trabajo de los demás.

Finalmente, para la Economía, el trabajo es simplemente uno de los tres factores clásicos de producción, junto con la tierra y el capital y representa la medida del esfuerzo hecho por seres humanos. Conviene recordar que históricamente la forma predominante de trabajo fue la esclavitud, pero desde mediados del Siglo XIX, la esclavitud ha ido disminuyendo (aunque sin desaparecer del todo) para ser reemplazada por el trabajo asalariado como forma dominante. Es en ese contexto de economía en el que nace el concepto de “mercado de trabajo” como contraposición al marxista de “fuerza de trabajo”.
Nacen así aberraciones lingüísticas tales como “capital humano”, expresión tan ambigua que vale tanto para referirse al necesario talento de las personas en un proceso de desarrollo personal, profesional y empresarial como al coste meramente contable que significa la adscripción de una persona a una determinada organización.

Simplificando, para los apóstoles de las teorías economicistas[1] a ultranza, el trabajo es un simple agente mercantil de la producción que debe enfocarse como un coste y gestionarse estadísticamente sin considerar otros aspectos y considerando también sólo como un coste prescindible el de las prestaciones que ayudan eventualmente a paliar la falta de ingresos en situación de desempleo, o sea de no-trabajo.

Sin que estas líneas pretendan erigirse en paladines del sentido humanístico del trabajo, parece obvio que en todo lo que se refiere a él, y particularmente, a las personas que trabajan (o no trabajan), deben tenerse en cuenta otras consideraciones, además de las estrictamente numéricas, para gestionarlo. Puede recordarse en este punto, por ejemplo, el lema del MIT (Massachusetts Institute of Technology) de la diferencia entre datos, información y conocimiento, lo que resulta evidente incluso sin pertenecer al MIT. ¿Es necesario recordar que la estadística maneja únicamente datos y que la toma de decisiones ha de basarse en el conocimiento?

Por citar un ejemplo real, es difícilmente entendible que se pretenda suprimir una determinada ayuda al colectivo de parados de larga duración (compuesto, lógicamente, por personas de vulnerabilidad creciente) argumentando que se estableció paralelamente a medidas formativas de reinserción laboral que, a la postre, se han revelado inútiles y que, en consecuencia, la ayuda también se ha revelado inútil (?). ¿No será más lógico revisar esas medidas de formación para la reinserción manteniendo la ayuda si es que, paralelamente, se constata que el número de ofertas de trabajo ha disminuido drásticamente? En caso  contrario, la supresión de la ayuda en una exhibición de ignorancia acerca del colectivo y su entorno así como una sacralización insensata de unos datos estadísticos incompletos.

Pero hay muchas más razones que aconsejan extremar la prudencia al aplicar los principios estadísticos a la gestión de algo tan sensible como el trabajo.
Además de todo lo dicho, no cabe duda de que el concepto “trabajo” excede del de mero instrumento para ganarse la vida y se ha de referir con otras connotaciones entretejidas con el ser de la persona. No es una afirmación gratuita la de que una persona, hoy, y parafraseando a Ortega es ella y su trabajo, en una comunión difícilmente disociable, hasta el punto de que se admite la identificación de quien ha perdido su trabajo como excluido social porque ha perdido el nexo de unión con lo que se llama sociedad real. Ante esta evidencia, el nivel de estrés personal que contempla esa exclusión excede con mucho el propio de la situación económica adversa que se deriva, rayando a veces en patologías de complejo tratamiento.

Hay diversos indicadores que confirman esta realidad y podemos detenernos, para certificarlo, en algo tan usual hoy día como las redes sociales de Internet. Sabido es que, de forma general, y ciñéndonos a las redes llamadas “de y para profesionales”, que una de las características de su utilización eficaz es la definición de los llamados “círculos” de “amigos” en los que se comparten experiencias, inquietudes, información, etc. todo ello entre personas afines y relacionadas por lazos de profesión, amistad u otros. Pues bien, basta echar un vistazo a la mayoría de los círculos de amigos que pueden observarse libremente para constatar que los más numerosos, con diferencia, son los de profesionales de la gestión y selección de RRHH. Este hecho nos confirma dos puntos: la validez de un networking potente en tiempos de crisis para ayudar en situaciones personales difíciles, pero también el pánico que existe ante la posibilidad de que, por circunstancias de mercado laboral, afecte la temida exclusión sin haber tejido la más amplia (habrá que reflexionar paralelamente si coincide la amplitud con la eficacia) red de contactos posible dentro del “mundo activo”.

Otro punto ajeno a la estadística es el que parece indicar que la totalidad del mercado laboral se divide en quien tiene trabajo y quien no lo tiene y esto, que en sí es una perogrullada, condiciona sobremanera la forma de gestionar las  oportunidades; por razones que escapan de estas líneas, los responsables de reclutamiento y selección de personal acuden en primera instancia a personas en activo para cubrir una necesidad, entrando en una espiral perversa en la que se llega a excluir sin más a un candidato perfectamente válido por el simple hecho de que permanece sin encontrar acomodo laboral durante un plazo de tiempo excesivo, que en la realidad se concentra en 6 (¡seis!) meses.

Con toda la prudencia que requiere analizar este espinoso aspecto, quien así actúa exhibe una preocupante ignorancia de la realidad social a la que, en teoría, encamina sus esfuerzos.

Por último en este apresurado repaso a la concepción del trabajo y su tratamiento, debe tenerse en cuenta que es difícilmente cuantificable porque también es difícil establecer parámetros válidos para ello el coste social de una inadecuada gestión de ese “mercado” del trabajo, refiriéndonos en este punto al altísimo coste emocional (a veces traducido en coste clínico) que comporta la separación de la actividad, la pertenencia al mundo real visible y el paso a ese mundo en el que de golpe, el trabajador se vuelve invisible. Incluso en el caso de que logre esquivarse el impacto económico que significa la pérdida de empleo, la permanencia en situación de desempleo, particularmente si ésta se alarga en el tiempo, resulta demoledora para la dignidad de la persona y para su propia autoestima porque se adquiere la evidencia de que el pretendido control de la vida que proporcionaba confort emocional es una ficción y que uno pasa a ser como una marioneta que se mueve mediante unos hilos que manejan otros de una manera en la que uno no tiene ninguna influencia. Y no digamos si, además, concurre la angustia económica. Si que hay estudios que demuestran que el paro de larga duración provoca ansiedad psicológica que puede llegar a la depresión.

En definitiva, en una situación de crisis como la actual, es indudable que una de las prioridades es racionalizar los gastos (lo cual, dicho sea de paso, no siempre debe traducirse en recortar), otra revisar el cumplimiento de los ingresos y otra analizar la situación del mercado laboral, incluyendo posiblemente el marco regulatorio en su entorno, pero sabiendo que ese llamado mercado del trabajo trasciende con mucho la mera estadística de cifras y contiene intangibles que obligan a extremar el respeto y la prudencia en su tratamiento, sin dejarse llevar por tentaciones frívolas o banales. Los poderes han de ponderar que, pongamos por caso, el anuncio de que se reduce un X % determinada prestación y se acorta su duración en T meses para lograr un ajuste de un D % en el déficit, se traduce en que una cifra de Y personas  en el plazo máximo anunciado de T meses no tendrán ingresos, posiblemente para una subsistencia medianamente digna.

En caso contrario, la sentencia inicial de Twain cobrará cada vez mayor sentido.




[1] De acuerdo con la definición de la RAE, “el que analiza los fenómenos sociales primando para ello  los aspectos económicos”

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