jueves, 7 de enero de 2016

La educación es un arma cargada de futuro (y 2)



Cuando un país permite que se instale en sus ciudadanos la idea de que la educación es sólo una asignatura que se enseña en la escuela, ajena al círculo de la familia, ese país tiene todos los números para acabar en el desastre social. Es hora, en este momento y contexto, de reivindicar a autores hoy olvidados como Gabriel y Galán[1], que inicia el poema que le valió la concesión del premio de los Juegos Florales de Salamanca, con un jurado presidido por Unamuno, con un contundente y explícito “Yo aprendí en el hogar en qué se funda / la dicha más perfecta / y para hacerla mía / quise yo ser como mi padre era….”, declaración de imprescindible actualización y que choca frontalmente con determinados comportamientos paternos actuales, desde luego ajenos a su responsabilidad educadora.

Choca, por ejemplo, con esa idea socialmente aceptada de que el respeto por los demás, (ceder el asiento en el bus a una mujer embarazada, el no colarse en los transportes públicos, el no insultar al rival deportivo – y no digamos al político - por el simple hecho de serlo, y nimiedades variadas así),  la cultura del esfuerzo, el obrar bien como norma y no como herramienta para ser premiado, etc., son cosas que “se aprenden en la escuela” y no en la observación de conductas cercanas. Así se llegan a dislates tales como que todo un presidente de gobierno le ría ostensiblemente “las gracias” a su hijo en público para, acto seguido propinarle un par de collejas, también en público, por ellas. ¿Cuál de los dos mensajes es el que debe captar el tierno infante? ¿Es eso educación realmente? O lo que es peor: recientemente ha habido que lamentar, en una ciudad cercana a Barcelona, el suicidio de un adolescente incapaz de soportar por más tiempo el acoso a que era sometido por ser diferente del resto de sus compañeros; lo realmente escandaloso es que, representantes oficiales de Educación se han apresurado a salir a la palestra para pregonar que los protocolos del caso se estaban cumpliendo escrupulosamente, sin que, además, las asociaciones de padres hayan añadido ni pío ni mencionar, aunque sea tangencialmente, su responsabilidad. Sin comentarios. No, educación es algo más que los conocimientos que se aprenden en la escuela, y el país que aliente o, simplemente, permita otra idea, va directo al fracaso colectivo. Y eso, ya se ve, es ajeno a ideologías, o al menos a aquellas ideologías que no necesitan nutrirse del desprecio a la diferencia ni del acudir a promover las bajas pasiones de la condición humana.

Con el permiso de Gabriel Celaya[2], cambiaremos la palabra “poesía” por la de “educación” para afirmar con determinación que la educación es un arma cargada de futuro.

Desde ese punto de vista sí que es admisible la utilización de la educación como arma política (no partidista, ojo) en tanto es un instrumento válido para contribuir a diseñar el futuro. Y llega, pues, la pregunta del millón: ¿Qué futuro quieren nuestros políticos para España? (en el bien entendido, parafraseando a Churchill, de que se habla de futuras generaciones y no de futuras elecciones). Esto entronca con una pregunta aparentemente fácil pero que se revela como complicadísima para nuestra clase política: ¿Qué es España?

La respuesta excede las reflexiones de este blog, si bien parece necesario puntualizar que estamos hablando de futuro y educación, lo que excluye definir a España solamente como pasado e historia. El tener claro este concepto para elaborar planes de futuro ahorraría bochornos tales como promulgar una ley, llamada paradójicamente de “mejora de la calidad de la enseñanza”, que es presentada en sede parlamentaria por el ministro del ramo para españolizar a los niños catalanes. En el fondo duele ver a un ministro (y a un gobierno) que derrocha tamaña arrogancia, insensibilidad… e ignorancia, porque, vamos a ver: ¿Qué entiende por “españolizar”? ¿Cuestionarle que estudie en el idioma que aprendió de sus padres y con el que se comunica, ama y reza? ¿Obligarle a declarar un amor a España superior que a Catalunya? ¡Qué tontería! ¿No sería mejor trabajar en normas basadas en el respeto hacia todos en lugar de en el enfrentamiento entre comunidades para hacer un país del que sentirse todos orgullosos? Es éste un trabajo claro de educación… y de cultura, ya que el ministro (y el gobierno) no puede ignorar la existencia de numerosos países que aglutinan ciudadanos con diferentes culturas, creencias, lenguas,… con un parejo grado de respeto en todos y, por ello, un incuestionable sentido de patriotismo común, lejos del imperial y pernicioso “un país, una lengua”, que aún campa a sus anchas en determinados ambientes.
Como se puede ver, sobre el papel, la educación basada en el respeto puede servir, incluso, para ayudar a definir positivamente el país. Pero supongamos que ya no hay dudas sobre el proyecto común a desarrollar; viene entonces la labor de identificar qué objetivo de futuro se busca para ese proyecto: una sociedad industrial, de servicios, de investigación,… en la que haya cabida para todos, eligiendo la educación/cultura de conocimientos / habilidades adecuadas.


Conviene tener en cuenta a partir de este punto que estamos hablando de identificar/definir/escoger opciones educativo/formativas válidas en un futuro indeterminado, para las personas y, por supuesto, para ese país que hemos imaginado, lo que no es fácil en absoluto. Y, para calibrar su dificultad, pensemos en algo tan común hoy como un automóvil y echemos la vista, por ejemplo, cincuenta años atrás. Resulta indiscutible no sólo que un coche de hoy, ni en diseño, ni en ergonomía, ni en prestaciones, ni en consumo, ni en materiales que lo compone, ni en…. se parece en nada a uno de hace esos cincuenta años, sino que la técnica a aplicar para su fabricación es la misma. Llevada esa premisa a la evolución de la formación, las materias que integran la titulación de un profesional de la industria del automóvil han tenido que evolucionar con el tiempo[3].

Y es sólo un ejemplo. En los últimos años, han surgido como hongos nuevas profesiones cuya existencia era sencillamente inimaginable hace relativamente poco tiempo, en una tendencia visible en todos los campos: sanidad y su entorno, tecnología, finanzas, ocio, la misma educación, no digamos la informática y el vasto mundo que la rodea, y un largo etcétera.

Aplicando ese mismo criterio, es pretencioso querer saber hoy qué sociedad encontrará en sus años de desarrollo personal un infante que inicie ahora su educación. No es descabellado admitir (y trabajar sobre esa idea) que, dentro de 20, 30, 40 años, algunas profesiones actualmente en la cresta de la ola puedan haberse mantenido con pocos cambios, haber  evolucionado hasta su transformación total… o haber desaparecido, a la vez que otras profesiones, que hoy ni por asomo se nos pueden ocurrir, sean imprescindibles en esa sociedad del futuro próximo. Eso nos lleva a la conclusión de que elaborar planes nacionales de estudios para el futuro basados en la realidad actual no parece una idea excesivamente brillante. Pero los planes son necesarios. ¿Qué hacer?

Lejos de nuestro ánimo establecer hipótesis de actuación que no nos corresponden sino sólo poner en negro sobre blanco algunas reflexiones finales. La primera es lo que parece una necesidad, la de que la clase política se olvide de aspectos partidistas en el estudio para la definición CONJUNTA de país y del ciudadano que queremos para construir un futuro coherente para las próximas generaciones, no para las próximas legislaturas. Lo segundo es dar el protagonismo a  las comunidades educativas, científica y demás relacionadas huyendo de viejos y perniciosos esquemas en los que el diseño educativo se ha hecho políticamente a sus espaldas, sin recabar, ni tan siquiera, su opinión.

Y no olvidar nunca que, para un futuro mejor, el núcleo es la persona, por lo que, a nuestro juicio, debe priorizarse ésta y divulgar una enseñanza/educación lo suficientemente abierta y maleable para adaptarse a las necesidades de la sociedad del momento sin menoscabar los valores y sin que impacte negativamente en la, sin duda, trabajosa construcción de ese futuro común.


[1] José María Gabriel y Galán (1870-1905) fue un maestro de escuela y poeta, conocido y popular por la temática familiar de su obra, en la que ensalza los valores de la persona y su entorno cercano, el amor, la vida sencilla, el mundo rural (por lo que hoy lo calificaríamos como pre-ecologista), el patriotismo no basado en historia ni símbolos,… A pesar de (o quizá precisamente por) este “éxito de público” la poesía de José María Gabriel y Galán ha sido denostada en general por la crítica, y no se le valora adecuadamente tampoco su intento de dignificar el habla rural extremeña, el castúo, con poemas señeros en esa lengua como “El embargo” (Señol jues, pasi usté más alanti / y que entrin tos esos, / no le dé a usté ansia / no le dé a usté mieo…)

[2] Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, (1911-1991), poeta de la generación literaria de posguerra, uno de los más destacados representantes de la que se denominó «poesía comprometida» o poesía social.

[3] A título de anécdota, quien suscribe tuvo la necesidad, hace años, de solicitar el traslado de un expediente académico entre diferentes distritos universitarios de este país. Inopinadamente, la lucha burocrática se presentó feroz porque había problemas en hacerlo porque los planes de estudio habían cambiado; sin embargo, un titulado con los planes “obsoletos” podía ejercer tranquilamente sin necesidad de convalidar ni actualizar conocimientos, en una muestra más del divorcio que aún se observa en muchos casos entre Universidad y sociedad.

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