jueves, 17 de marzo de 2016

Hagan juego... Gana la banca.



El jueves de la semana pasada, el Banco Central Europeo (BCE) anunció la puesta en marcha de una serie de medidas encaminadas, dice su presidente, Mario Draghi a reducir el riesgo de deflación y estimular el crecimiento económico de la zona euro.

La medida más llamativa es la de rebajar el tipo de interés de referencia al 0% desde el 0,05%, seguida por la de recortar en 10 puntos básicos el interés aplicado a la facilidad permanente de depósito, que pasará del -0,30% actual hasta el -0,40%, lo que se traduce en la práctica a cobrar un 0,40% a las entidades que apliquen esta facilidad. Sobre el papel, con ello se pretende salvaguardar su exceso de liquidez, y, a la vez, estimular las inversiones y concesiones de créditos.

Otra de las medidas adoptadas por el BCE consiste en ampliar hasta 80.000 millones de euros (20.000 millones más que antes) el volumen de compras de activos mensuales en los mercados, lo que se aplicará a partir de abril.

Entre el resto de medidas anunciadas, menos llamativas seguramente, destaca un programa de paquetes de préstamos a largo plazo para el sector bancario y, además, el BCE comenzaría a comprar deuda corporativa y bonos denominados en euros (no sólo Deuda Pública), lo que ha llevado a algunos medios especializados a describir la actuación del organismo como "agresiva", en tanto que otros declaran que ya era hora de que la autoridad monetaria de la Eurozona finalmente "se ponga manos a la obra", aunque nadie espera que sucedan milagros.

En realidad estas medidas de la Unión Europea para reactivar la economía son similares a las aplicadas por Estados Unidos, aunque llegan con medio año de retraso, según opinan algunos analistas; con ellas, el tejido empresarial podrá acceder a préstamos y créditos aún más baratos, "casi gratis", y así reactivar el sector de cara a las inversiones y generar más puestos de trabajo.

Hasta ahí la teoría. Pero ¿se notará algo en la economía real, en España? La finalidad última declarada del conjunto de medidas es reactivar la economía de la eurozona mediante la incentivación de la actividad empresarial y, de su mano, el consumo, a través del acceso al crédito. Intentemos, pues, pensar en este punto como banqueros serios. ¿De verdad alguien cree que se puede animar el crédito a particulares en el escenario de “recuperación” en que vivimos? Por mucho que el gobierno siga empeñado en hacernos comulgar con ruedas de molino presentando como una panacea la situación macroeconómica del país (fruto, todo sea dicho, no de sus reformas, sino de agentes externos como la actuación del BCE o la evolución del precio del crudo), lo cierto es que si un banco busca, como es natural, la razonable seguridad de que recuperará los créditos que conceda, el ser consciente de la realidad de factores como el altísimo porcentaje de paro, la precariedad del empleo, los sueldos de miseria que se están generalizando para los que sí encuentran empleo, etc., no lo alientan a conceder nuevos créditos, por lo que iniciativas como la que comentamos del BCE quedan en teoría muy bonitas pero sin llevarse a la práctica.


Por cierto, planteado este negro esquema, es lícito pensar entonces que, si la banca no abre el grifo del crédito, ¿de dónde salen sus escandalosos beneficios en momentos como los de ahora? Hay que recordar la base de la rentabilidad de los intermediarios financieros (la banca básicamente): captar depósitos de ahorradores, a los que pagan un interés “i”, y prestar ese dinero a quien lo precisa, a quien le cobran un interés “I”, naturalmente mayor que “i”. La diferencia “I - i” es en la que se basa el negocio, por lo que no es difícil entender que la banca[1] se encuentra más cómoda con tipos de interés altos que le proporcionan un mayor margen de maniobra en el establecimiento de diferenciales. Pero los tipos de interés, obligados sobre todo por la pertenencia a la Europa económica, empiezan a deslizarse a la baja hasta llegar a la situación actual, en que el tipo de referencia es negativo. ¿Qué quiere decir eso? Que la banca, ya desde hace algunos años, no retribuye los depósitos (con el argumento viciado de que si va al mercado interbancario le saldría más barato; que vaya, que vaya, y que después diga el resultado, pues entre coeficientes, por no hablar del posible incumplimiento de los Acuerdos de capital de Basilea a los que está sujeto, a lo mejor ha de cambiar de argumento) y basa su rentabilidad en el cobro de comisiones por todo, desde las que tienen plena razón de ser por la prestación real de un servicio hasta las  más peregrinas, generalmente de índole pseudo-administrativa.

Cuando se consolidó la tendencia de adecuación de los tipos, se generalizó el uso de un referencial  para las operaciones de activo (crédito y préstamo) de forma que la operación se formalizaba con un interés variable relacionado/ligado con el tipo elegido como referencia, del que se constituía reflejo en su evolución. La banca, sin embargo, fiel a su objetivo de mejorar siempre la rentabilidad, ya previó el escenario de que el tipo de referencia bajara tanto que el diferencial a cobrar del cliente no le fuera atractivo y se sacó de la manga las famosas “cláusulas suelo”, sobre las que no nos extenderemos, a todas luces ilegales, pero que aún colean a pesar de los sucesivos varapalos que vienen recibiendo del Tribunal de Justicia Europeo.

En este orden de cosas, el de buscar trucos para mejorar la rentabilidad, y hablando del tipo de referencia de las operaciones, cabe situar el escándalo del Barclays, multado en 2012 con más de 350 millones de euros por demostrarse que manipuló (a su favor) entre 2005 y 2009 la información para el cálculo del Euribor. Como consecuencia del escándalo se puso de manifiesto la necesidad de abordar la forma de calcularlo, pero no deja de ser curioso que hasta ahora, en que por vez primera es negativo, nadie parecía tener autentico interés en iniciar el estudio. Y todo parece indicar que el estudio incluirá “trampas al solitario”. Me explico.

El Euribor es un tipo de interés teórico que, a grandes rasgos, pondera los diferentes tipos de interés informados por las entidades que cobrarían a otros bancos, a diferentes plazos de amortización, para supuestas operaciones de préstamo de dinero efectivo entre ellos. Pues bien, la trampa (en cuyo estudio las autoridades de supervisión parecen mirar para otro lado) consiste en incluir en el cálculo ponderado el interés real de operaciones concedidas a corporaciones, aseguradoras y otros, que contienen ya un diferencial[2], con lo que se “asegura” un beneficio mínimo, haga lo que haga el Euribor.

No deja de ser sintomático que sea en los templos de juego, en los casinos, donde se ha hecho popular eso de que “la banca gana siempre” aunque a veces parece que gana el jugador.


[1] Nos referimos a la banca española, que sigue sin aprender. En otros países hace tiempo que se manejan tipos de interés bajos. Soy testigo de la anécdota vivida por un alto ejecutivo de un banco español en la década de los ochenta del siglo pasado que, sabiendo que en un país centroeuropeo retribuían un depósito de ahorro prácticamente la décima parte de lo que su banco hacía, exclamó: “Pues habrá que ir a ver cómo lo hacen”. No tengo noticia de que hiciera el viaje…

[2] Para nosotros no es nuevo algo así. En muchas hipotecas se daba a elegir al cliente entre referenciar el tipo variable al Mibor (como el Euribor pero ceñido al mercado interbancario de Madrid) o a un índice ponderado de los tipos de interés de operaciones reales (que incluían ya, lógicamente, un diferencial) formalizadas el mes anterior (índice de referencia del Mercado Hipotecario), con la particularidad de que en ambos casos se añadía un diferencial. Como es obvio, las segundas siempre eran más caras.

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