sábado, 7 de octubre de 2017

Relaciones personales y política, ¿amistades peligrosas?

El número Pi (π) es, seguramente, el número mas estudiado (y más aclamado) de las matemáticas. Se cree que su origen se remonta al año 2000 a.C y representa una de las constantes matemáticas más importantes utilizada habitualmente en matemáticas, física e ingeniería. Se encuadra dentro de los llamados número irracionales trascendentes1, como demostró el matemático alemán Carl Louis Ferdinand von Lindemann, por lo que no es un número exacto sino un número infinito, con infinitas cifras decimales.

El número es la constante que relaciona el perímetro de una circunferencia con la medida de su diámetro: π= L/D, siendo L la longitud o perímetro de la circunferencia y D su diámetro.
Habría que esperar al siglo XVII para convertir esa correlación en un dígito y para que acabara siendo bautizado finalmente con el nombre de "Pi" (del griego periphereia, término para designar el perímetro de un círculo). La notación fue usada por primera vez en 1706 por el matemático galés William Jones y popularizada por Euler en la obra "Introducción al cálculo infinitesimal" de 1748.

El valor numérico de π, limitado a sus primeras cifras, es el siguiente:

π ≈ 3.14159265358979323846 …

El valor de π se ha obtenido con diversas aproximaciones a lo largo de la historia: el matemático inglés William Shanks consiguió en 1853 obtener 707 decimales del número pi tras un trabajo de investigación de casi 20 años (la salvedad de este hito matemático es que cometió un error en el 528º decimal, por lo que el resto desde ese decimal estaban todos mal) hasta la actualidad, en que los ingenieros informáticos Shigeru Kondo y Alexander J. Yee han descubierto hasta 10 billones de decimales de este número irracional (un billón americano es la mitad de uno español, lo que no desvirtúa la enormidad de la cifra).

Debido a que este número sirve para calcular el área de un círculo, su perímetro o el volumen de un cilindro, se aplica a la fabricación de neumáticos, botellas, vasos o relojes. En astronomía, también se utiliza (por la NASA), por ejemplo, para calcular la cantidad de hidrógeno que se requiere en las misiones espaciales o para calcular las extensiones de territorio de los diferentes planetas. También tiene gran utilidad en estadística, en trigonometría o en topografía.

Como curiosidad, el músico Michael Blake, nos hizo ver cómo se podían convertir los sonidos de pi en una canción, pues asignó una nota musical a cada número y posteriormente tocó una melodía con un gran éxito en las redes sociales.


Se trata de un número tan aclamado que cuenta hasta con su propia celebración. El 14 de marzo (3/14, con notación americana, claro) a las 01:59 PM es el momento cumbre de la celebración, por la aproximación de seis dígitos: 3,14159.

Precisamente la particularidad apuntada más arriba de que Lindemann demostró que π es un número trascendente, tuvo impacto definitivo en un problema geométrico que venía de antiguo: resulta que, ya desde la época de Pitágoras (de antes no hay registros) los matemáticos tenían el pasatiempo recurrente de, con sólo regla y compás (es decir, con las magnitudes de los valores geométricos gráficos obtenidas sólo con esas herramientas), calcular y dibujar diferentes formas poligonales que tuviesen la misma área de superficie. Y todo iba bien hasta que decidieron intentar calcular y dibujar un cuadrado que tuviese la misma superficie que un círculo dado. Ahí se atascaron, lo que dio más popularidad al problema y llevó a que fueran muchos más, a lo largo de los tiempos, los que intentaran resolverlo, y algunos, como el pensador inglés Hobbes, afirmaran haberlo hecho (en este caso fue refutado por John Wallis "el matemático más brillante después de Newton"), hasta que Lindemann demostró en 1882 que, al ser π un número irracional trascendente, la operación es imposible (la demostración matemático/geométrica es muy compleja y queda fuera de la liviandad de estas líneas; habréis de confiar en mí de que esto es así). Desde entonces, la expresión "cuadratura del círculo", procedente de la jerga matemática, se usa para aludir a algo irrealizable o imposible... o que nos lo venden así en cualquier ámbito.

Es lo que nos pasa ahora, en estos complicados momentos que estamos viviendo, en los que algunos quieren imbuirnos (sin calibrar las consecuencias) de que armonizar los sentimientos en general, y la amistad en particular (para dejar en otro nivel las relaciones familiares), con la política es como intentar la cuadratura del círculo.
Pero ¿es así de verdad? Veámoslo de entrada en el plano teórico.

La amistad es un sentimiento desinteresado y puro que une a los seres humanos, que por intermedio de la confianza, lealtad, sinceridad o apoyo construyen una relación de afecto. La amistad es tan valiosa que hasta en las Sagradas Escrituras podemos encontrarla así: “Un amigo fiel es escudo poderoso; el que lo encuentra halla un tesoro. Un amigo fiel no se paga con nada, no hay precio para él. Un amigo fiel es bálsamo para la vida, los que temen al Señor lo encontrarán”. Las personas necesitan de la amistad que, además de necesaria, es bella. Decía Aristóteles que “los amigos se necesitan en la prosperidad y en el infortunio, puesto que el desgraciado necesita bienhechores, y el afortunado personas a quienes hacer bien. Es absurdo hacer al hombre dichoso solitario, porque nadie querría poseer todas las cosas a condición de estar sólo. Por tanto, el hombre feliz necesita amigos

La política es (debe ser) el arte de servir, que propende, en la búsqueda del bienestar general, a lograr objetivos colectivos que conduzcan a mejorar las condiciones de vida de una sociedad para garantizar una convivencia en paz, con satisfacción plena de sus necesidades y el bienestar de toda la gente.
Analizando los dos conceptos podemos deducir que, en teoría, son concepciones semejantes que podrían coexistir y complementarse, para que de la mano construyan una sociedad más equitativa, estable y con las bases esenciales para lograr el desarrollo y progreso que la guíe al mejoramiento de las condiciones de vida de cada uno de sus integrantes.
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Inventando/magnificando lo que quieren que veamos

Pero por el contrario, en muchos casos encontramos que son contraposición la una de la otra, y que en ocasiones llega a ser un detonante para que el odio y el desprecio se apoderen de la condición humana, lo que nos lleva a vivir en un mundo de penuria y resentimiento que nos impide vivir en armonía y en paz hasta con nosotros mismos. Si eso es así, sólo caben dos interpretaciones: o la amistad no es amistad o la política es otra cosa diferente a la definida más arriba.
Es de sobras conocido que la política, junto con la religión, el deporte y algún tema más, se convierte frecuentemente en un tabú en las relaciones, pero, bien mirado, si el respeto a la persona es auténtico, también lo debe ser el respeto a sus ideas, aunque estén en las antípodas de las propias. Por eso recordaremos que, en el plano teórico, hay tácticas que se pueden usar para hablar de política sin dañar relaciones, insisto, siempre que sean auténticas, a pesar de tener diferencias importantes de opinión.

1: Primordial: no fuerces a hablar de política, especialmente si desconoces a las personas en el grupo al que te diriges o si sabes que hay alguien con un punto de vista muy distinto al tuyo ya que podrías dejarte llevar por las emociones. Recuerda que la política realmente es un tema divisorio que puede tener consecuencias sociales potencialmente desastrosas en el tratamiento de su diversidad.
2: Infórmate antes de hablar. Si has decidido hablar de política, infórmate bien antes de abrir la boca. La manera más fácil de perder el respeto de otros y de, a su vez, faltarles el respeto es promoviendo la propaganda y desinformación de un partido político o ignorando los hechos e inventando cosas.
3: Mantén la mente abierta. Hablar de política, cuando se hace con respeto y entre personas informadas, puede ser estimulante y hasta divertido. Sin embargo, no hay nada más frustrante que conversar con alguien que solo da a conocer sus puntos de vista sin escuchar o menospreciando a los otros. Tómate el tiempo para verdaderamente escuchar y entender los argumentos de la otra persona. De esta forma la conversación será más agradable y seguro aprenderás algo de tu interlocutor, independientemente si compartes su manera de ver el mundo.
4: Aprende a identificar cuándo es el momento de cambiar de tema. A veces los debates políticos aumentan demasiado los niveles de intensidad. En esos casos es mejor cambiar de tema. El silencio es una manera de decir que has terminado de hablar sobre ello y que le has dado la última palabra a tu interlocutor.
5: Cuidado con las redes sociales. Las redes sociales nos permiten compartir nuestros puntos de vista instantáneamente y con una gran cantidad de personas, por lo que hay que ser precavido con los comentarios políticos. Sí, seguramente generarán mucha discusión, pero debido a que la discusión es virtual, es fácil malinterpretar comentarios y casi imposible detectar el sarcasmo.
6: Nunca lo tomes como algo personal. Las amistades y los puntos de vista diferentes son perfectamente compatibles. Hay que aprender que posturas diferentes, incluso opuestas, a la propia no deben tomarse como ataques personales o contra los ideales: son simple y llanamente otros puntos de vista.

Si se dan por buenas y aplicables estas sugerencias, estamos admitiendo que lo importante es la persona y su equilibrio y que en los casos en que la política se impone y afecta negativamente a las relaciones personales, lo que flaquea es la integridad de la persona, sea por carencias propias insalvables, sea porque políticos irresponsables (apoyados usualmente por los medios a su servicio) aprovechan precisamente esas carencias, las magnifican y manipulan sin vergüenza, y sin pensar en las consecuencias, a su favor.

Como decía una famosa canción popularizada por el grupo Los Módulos en los años 70 del pasado siglo, "Todo tiene su fin", y cuando acaba un debate, controversia o confrontación políticas, al margen de cuál sea el resultado y sus efectos políticos, seguimos teniendo los mismos vecinos, la misma familia, los mismos amigos (hay que ser sinceros en este apartado: los mismos excepto quizá, por desgracia, quienes en su debilidad se han dejado intoxicar por unos u otros y no han sido capaces de valorar a las personas sino a las etiquetas que ellos mismos le han puesto, es decir, en definitiva, quienes proclaman con sus hechos que lo suyo no era amistad sino otra cosa), seguimos yendo a las mismas tiendas, usamos los mismos servicios, acudimos a los mismos religiosos o policías, etc. Es, pues, una locura plantear cualquier diferencia política (por relevante que sea; es más, cuanto más relevante, menos debe plantearse así) como un asunto de vencedores y vencidos, empezando por la irresponsabilidad de presentar a los partidarios propios como "hombres de bien", los "buenos", alentando la idea de que "ellos" son "los malos", merecedores de todos los castigos. La estrategia del mal político que usa estos métodos se acompaña para aumentar su eficacia del bombardeo por parte de los medios afines de consignas únicamente desde el punto de vista propio silenciando o menospreciando los argumentos del contrario en un cliché repetitivo de la idea principal, de "nosotros somos los buenos y nos es igual lo que piensen ellos, que no queremos ni saberlo porque les ganaremos porque tenemos los medios de nuestra parte". Cuando un contendiente político usa estas armas perversas de confrontación entre personas está exhibiendo una grave incompetencia política al pregonar que, en realidad, no tiene argumentos aunque tenga el poder y, lo que es mucho peor, hace gala (y un sector de la ciudadanía, asombrosamente, lo jalea) de que le trae sin cuidado la imprescindible concordia del futuro.
Resultado de imagen de convivir es aceptar la diversidad


Es triste constatarlo, pero cuando se presenta una contienda con ese marco (y se presentan, vaya si se presentan) y se pregunta al ciudadano medio del bando "vencedor" cuáles son los argumentos del contrario, se pueden contar con los dedos de una mano los que dicen algo coherente más allá de las consignas que le han imbuído.

En definitiva, las relaciones humanas y la política (o las religiones, o el deporte, o... ) no son (no deben ser) una "cuadratura del círculo", son plenamente compatibles, y cuando no lo son, lo que falla es la persona, sin olvidar la insensatez de algunos políticos en agrandar esos fallos con falaces manipulaciones que, por cierto, como se ha apuntado, no tienen como objetivo un bienestar colectivo y común de futuro.

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1Un número trascendente, también número trascendental, es un número real o complejo que no es raíz de ninguna ecuación algebraica con coeficientes enteros no todos nulos.Un número real trascendente no es un número algebraico, pues no es solución de ninguna ecuación algebraica con coeficientes racionales. Tampoco es número racional, ya que estos resuelven ecuaciones algebraicas de primer grado, al ser real y no ser racional, necesariamente, es un número irracional. En este sentido, número trascendente es antónimo de número algebraico. La definición no proviene de una simple relación algebraica, sino que se define como una propiedad fundamental de las matemáticas.

2 comentarios:

  1. No he podido esperar a mañana.Al igual que círculo y diámetro no pueden relacionarse, tampoco la esfera puede representarse en un plano por similares razones y no por ello los mapas carecen de validez basta con utilizar el tipo de proyección que más convenga.
    Los números irracionales pueden convivir en un entorno racional.¿Vamos a ser los racionales más irracionales que ellos?.

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    1. Buena pregunta, en línea de la de si eran más demócratas las Cortes franquistas que el actual Congreso, o la constatación de que todos somos animales racionales, pero unos más animales que otros.

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