domingo, 5 de abril de 2020

“Si quieres, puedes”. Sobre el coaching.

Un antiguo colega del mundo de las finanzas me telefoneó hace unos días excitado y 
entusiasmado para recomendarme encarecidamente (“Lo tienes que ver”) el atento visionado 
de un video de YouTube en el que un reconocido coach (cuyo nombre olvido en estas líneas
conscientemente) impartía lo que él llamaba una clase magistral a un auditorio embelesado, 
como se podía ver en las imágenes.

Cuando llevaba varios minutos viendo el vídeo en el que el coach de marras se explayaba 
recitando una retahíla de lugares comunes salpicada de preguntas retóricas hábilmente 
enfatizadas dominando el tono de voz sin aportar nada nuevo, llamé a mi ex-colega para 
preguntarle, para ir al grano, que me indicara cuál era el minuto de la grabación en el que se 
decía lo relevante. La respuesta me desarmó: “Todo el vídeo” y me hizo reflexionar sobre eso 
que se conoce como coaching. A la vez que me confirmó que un confinamiento prolongado y 
sin fecha de finalización, como este que hemos de pasar debido a la pandemia por el 
Covid-19, ablanda las neuronas (que se suponían sólidas) del más pintado. 
 
Originalmente el coaching (anglicismo que significa “entrenamiento”) es un método formativo 
que consiste en acompañar, instruir o entrenar a una persona o a un grupo de ellas, con el 
objetivo de conseguir cumplir unas metas determinadas o desarrollar habilidades específicas. 
Aunque el término coach procede del ámbito deportivo, es en el entorno empresarial y 
personal desde donde se conoce por coaching al proceso mediante el cual el coach o 
entrenador genera las condiciones para que la persona o grupo implicados en dicho proceso 
busquen el camino para alcanzar los objetivos fijados usando sus propios recursos y 
habilidades fuertemente apoyados de la motivación, responsabilidad y creatividad. Hay 
muchos métodos y tipos de coaching, pero, por lo que se refiere a éstos, existe tal confusión 
que hay severas dificultades para poder agrupar y distinguir entre ellos: personal, deportivo, 
educativo, empresarial, funcional, cognitivo, transformacional, organizacional, ejecutivo, 
religioso, para el liderazgo, ontológico, y un largo y cada vez más sofisticado etcétera.

Este hecho, el de que el coaching, en apariencia, sirva para casi todo, lo ha hecho irrumpir 
con fuerza en la manera de tratar los problemas dando lugar a que un ejército de 
desaprensivos canta mañanas1 que, con suerte, pueden haber estudiado empresariales o 
informática, por decir algo, hacen un cursillo de meses de duración (que ni siquiera tiene que 
ser presencial) y empiezan a ejercer de “coach” milagroso, con soluciones para todo. Es 
cierto que siempre han existido mentores, sabios, gente que da buenos consejos asesorando 
a alguien y no han tenido titulación académica porque para poder ser un modelo de conducta 
o guiar a alguien en la toma de decisiones no hace falta siquiera estudiar una carrera (todos 
tenemos un amigo que sabe de informática al que pedimos consejo, o una madre a la que 
preguntar por un guiso sin necesidad de que haya estudiado cocina), pero, por esa regla de 
tres, tampoco haría falta estudiar el cursillo de coaching. ¿O enseñan a ser sabio 
 (multidisciplinar, además) en los meses que dura esa formación?

Se admite, pues, que el coaching es para gente que no tiene problemas mentales serios sino 
problemas en su vida cotidiana. Algunos de los principios del coaching hoy bajo ese prisma  
son la competitividad empresarial, el sistema de producción capitalista y, como consecuencia, 
la idea de que el ser humano es un cliente, trabajador y parte de una enorme maquinaria que 
se conoce como “organismo empresarial”. El objetivo fundamental del coaching, así, es la 
consecución del liderazgo personal bajo la lógica de la competitividad empresarial y uno de 
sus principios es la analogía que vuelve equivalentes a un trabajador y una célula orgánica, 
porque ambos tienen una función que desempeñar para el correcto funcionamiento de una 
entidad mayor y que es posible modificar los alcances de esa función ejecutando acciones 
basadas en valores como el compromiso, el respeto y la disposición a adaptarse a las 
complejas situaciones de los entornos competitivos. Hasta aquí, pareciera que no hay tanto 
problema, puesto que, como es sabido, los consultores empresariales suelen utilizar términos 
científicos para tratar de legitimar sus afirmaciones sobre el funcionamiento de una empresa. 
Sin embargo, las dificultades comienzan cuando se analizan más de cerca los supuestos 
desde los cuales se fundamenta la intervención que se hace desde el coaching y sus ámbitos 
de aplicación.
En el fondo, estos factores son una de las razones por la que se puso de moda en muchas 
empresas “de talante innovador” someter a sus empleados, casi siempre coincidiendo con 
lúdicas convenciones anuales, a sesiones de coaching que pretendían acrecentar el nexo de 
unión con la empresa a la vez que se recibía un baño acerca de que el futuro del mundo está 
en las manos de uno con el famoso “Si quieres, puedes”. Claro, que siempre queda la duda de 
saber si no se acrecentaría ese nexo destinando el coste de las sesiones de coaching a la 
mejora de las condiciones socio-laborales de los empleados porque, pongamos por caso, si 
quiero llevar de vacaciones a mi familia y el sueldo no me lo permite, ¿dónde queda el mantra 
de “si quieres, puedes”?

En su evolución, ha habido varios tipos de técnicas de coaching.  Los primeros modelos eran 
relativamente sencillos y tenían como finalidad identificar problemas y generar técnicas de 
reconocimiento y resolución de los mismos.  Los modelos que podemos llamar “clásicos” 
fueron desarrollados originalmente por psicólogos y su finalidad era entrenar a las personas 
para que reconocieran sus propios sesgos cognitivos al momento de tomar decisiones sobre 
sus estrategias de resolución de problemas. Su ámbito de aplicación era de carácter clínico y 
debían ser aplicados por personas con entrenamiento profesional en psicología y dirigidos a 
personas que solicitan psicoterapia de orientación cognitiva. Actualmente, el método de 
coaching más conocido y utilizado es el llamado Modelo GROW (“Crecer”, casualmente, en 
inglés, acrónimo de Goal, Reality, Obstacles y Will: Meta, realidad, obstáculos y voluntad). 
En esta técnica, se le pide al alumno que identifique lo que quiere lograr, cuáles son los 
recursos de que dispone, los obstáculos que le impiden lograr sus objetivos y cuales son las 
metas realistas a las que puede acceder con sus recursos actuales.  Esta técnica 
normalmente se aplica en sesiones grupales dirigidas por el coach y se discuten en grupos 
de trabajo. Existen además otros modelos, y todos ellos tienen como supuestos básicos que 
si se identifican los pasos que una persona realiza para llevar a cabo una tarea con éxito, la 
tarea se llevará a cabo exitosamente.

El coaching actual, pues, sólo toma como referencia el éxito individual de cada persona en 
tareas específicas y normalmente vinculadas a los valores de una empresa o de una 
institución usando, además, términos vagos cuya interpretación queda abierta.  En el 
coaching son comunes términos como “éxito”, “objetivos”, “metas”, “ventajas”, etcétera, que 
pueden ser interpretados desde cualquier perspectiva y a gusto del coach mientras, y sin 
ánimo de comparar, en psicología conductual se usan expresiones como “resolución de 
problemas de aritmética básica”, “reconocimiento de conceptos del método científico”, 
etcétera, que no dependen de la interpretación del psicólogo sino de tareas bien definidas, 
independientemente de los deseos de quienes participan en el estudio.
Y, puestos a comparar, la psicología conductual afirma que los modos funcionales de 
resolución de tareas dependen del grado de control que el sujeto tenga sobre la tarea.  En 
plata, que mientras más se practique, mejor dominio se tendrá sobre una tarea. En el 
coaching, por el contrario, se afirma que la identificación de problemas y su mentalización 
son herramientas suficientes para resolver el problema. La psicología enfatiza las 
propiedades relacionales y abstractas del problema a resolver, mientras que el coaching 
enfatiza la situación.  Es decir, desde la psicología se busca que la persona sea capaz de 
reconocer cuáles son los procesos cognitivos desplegados para la resolución de un problema, 
lo que permite la capacidad de transferir y generalizar las estrategias de resolución a otros 
problemas y el coaching pone énfasis en reforzar las creencias personales para resolver 
problemas desde valores limitados a una situación particular.

Además, se suele vender la idea de que el coaching puede aplicarse en prácticamente todos 
los campos problemáticos de las personas.  Para colmo, la mayoría de las veces, el 
coaching es aplicado por persona con formación en campos muy alejados al del problema, lo 
que, en la práctica, le suele otorgar al coaching un agregado peligroso, porque no hay nada 
que garantice que un coach tenga la capacidad de lidiar con los problemas emocionales que 
una persona puede manifestar en un trabajo de reflexión grupal. Nada más peligroso que 
encender fuegos que luego no se sabe cómo apagar
.
En definitiva, el coaching hay que tomarlo con cautela porque mezcla términos psicológicos, 
retórica triunfalista, técnicas de programación neurolingüística y se aplican normalmente por 
personas no capacitadas en los ámbitos clínicos, lo cual produce poco o nulo control sobre 
las consecuencias derivadas de sus intervenciones. Desafortunadamente, hay muchos 
profesionales que aplican coaching, seducidos por el triunfalismo de sus postulados y por su 
facilidad de comprensión (nada que el sentido común no permita comprender). Aún así, el 
desconocimiento de aspectos fundamentales para el desarrollo del ser humano lleva a los 
alumnos a hacer inferencias atrevidas, como afirmar que “si quieres, puedes” o “todo está en 
tu mente”.  Hay que ser muy precavidos con esto. Puede ser peligroso, además, porque se 
presenta como la solución más rápida a los problemas de la vida cotidiana.  Hay que tener 
cuidado: por muy seductora que sea, la retórica triunfalista parte del supuesto de que el 
reconocimiento de los pasos para resolver una tarea tiene siempre como resultado la 
resolución de la tarea.  La experiencia nos muestra que esto casi nunca es verdad. Se 
requiere trabajo y entrenamiento para que una tarea pueda ser resuelta, comprendida y 
aplicada. Todo lo demás es pensamiento mágico.
 
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1No me resisto a reproducir aquí un viejo chiste que, en honor a la verdad, lo he oído referido tanto a un coach como a un consultor:

Va una persona conduciendo un coche por una carretera secundaria en un páramo solitario cuando a lo lejos y acercándose ve que en unos pastos junto a la carretera hay un pastor con su perro apacentando un rebaño de ovejas y decide parar a distraerse y estirar las piernas al llegar a su altura.
- Buenos días, aquí distraído con las ovejas, ¿no?
- Buenos días.
- Oiga, si le acierto cuántas ovejas hay en el rebaño, ¿me regala una?
- Pues ya es raro, pero de acuerdo.
- A ver… mmmmm…. (contando) mmm.. Doscientas once...¡No! Doscientas doce porque una acaba de parir.
- Exacto. No sé cómo lo ha hecho, pero ya puede recoger su premio.
El del coche recoge el animal acordado y, cuando va a subir al coche, lo llama el pastor.
- Perdone, pero si adivino su profesión ¿me devuelve el animal que se lleva de premio?
- (con suficiencia) Adelante, de acuerdo.
- (con aplomo) Usted es coach.(o consultor, según versiones)
- (asombrado) Pues sí. ¿Cómo lo ha sabido?
- Pues porque ha venido sin que nadie lo llamara, me dice cosas que yo ya sé, cobra por ello… y es el único idiota capaz de confundir el perro con una oveja.

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