domingo, 6 de febrero de 2022

La aplicación de la inteligencia emocional.


Estos días se está publicitando por televisión la emisión de la obra de teatro “Terra baixa”, de Àngel Guimerà, la que pasa por ser la más representada en Catalunya. La novedad estriba en que, al parecer, el espectáculo televisivo durante semanas no radica en la emisión en sí de la obra, sino en el proceso de selección de los once actores y actrices (con sus posibles sustitutos) necesarios para representarla, de un total, según afirman, de mil quinientas personas que se han presentado al casting. Esto, realmente, no es nuevo; estamos cada día más habituados, con excusas argumentales variadas (canción, cocina, etc.), a que se monten espectáculos “de contenido social” en los que la valía en el campo especificado por algunos concursantes seleccionados (de los no seleccionados en los castings previos, ni palabra) viene determinada por la opinión de un tercero “experto” en la materia, en base a unos criterios, en principio, claros pero, a veces, de aplicación cuestionable. Y el espectáculo orbita alrededor de quien resulta ganador, quien se lleva todos los elogios y quien comprueba que su sueño, o sus deseos, se hacen realidad. La cosa es que, estadísticamente (y también en el espectáculo), es muchísimo más habitual que el sueño NO se cumpla, son más frecuentes los noes que los síes para todos, y ello, la mayoría de veces, en razón de la suerte, la casualidad o vete a saber, y ajeno en cierto modo a la valía personal. Y esto nos hace reflexionar porque es reflejo de la propia vida.



Pero, más allá del componente psíquico a la respuesta a estas situaciones (habituales, nos guste o no), es evidente que cuando se lleva a cabo un proceso de selección de una persona, con tal o cual finalidad, lo que se busca con él, y así debe de ser, es a la persona que cumpla con holgura todos los requisitos que se han diseñado como necesarios, registrándose en paralelocon frecuencia la convicción por parte del participante de que él, efectivamente, reúne todos esos requisitos… y entonces, en un determinado momento del proceso, viene el mazazo del “no”. Esto puede conducir a situaciones límite (¿que forman parte del espectáculo?) como el suicidio (tema tabú donde los haya) de alguien que no ha aguantado la presión ya que el suicidio, por lo general, es consecuencia de un sufrimiento psíquico y desesperación atribuible a circunstancias vitales como el acoso psicológico, real o imaginado, en forma de trastornos mentales como la depresión, el trastorno bipolar, la esquizofrenia, el trastorno límite de la personalidad, etc. Y es que en este mundo en el que, con pandemia o sin ella, todo parece tan desmadrado y fuera de su cauce, muchas personas parecen haber perdido la cabeza y el rumbo, permitiendo que los disvalores interfieran diariamente en sus vidas en un proceso de constante confusión. En estos momentos de verdadera crisis es cuando se debe afrontar cualquier situación con la cabeza más firme que nunca sobre los hombros, dominando las emociones y depositando la confianza plenamente en las aptitudes emocionales para alcanzar el éxito; sin voluntarismos, pero con templanza, con la fe puesta en el bagaje que cada uno posea, sin titubeos y con esperanza; todo encuadrado en la acción y la práctica constante, entendiendo como éxito, en su caso, no las luces de neón y las marquesinas ni a las fotos y las entrevistas; eso puede ser fama. El éxito es otra cosa. (Éxito - que proviene del latín: exitus - significa salida, de ahí el vocablo inglés exit) y culturalmente, siempre se piensa que la salida es hacia afuera; aquí está la diferencia sutil y a la vez categórica: encontraremos el éxito saliendo para adentro pues, siempre, la alternativa para lograr el cambio de mirada y alcanzarlo es que cada uno logre, en primer lugar, hallar la forma de salir hacia "su" adentro. Afrontar lo que nos toca, confiados en nuestras potencialidades, con fortaleza en el espíritu, en la mente y temple emocional; eso es tener éxito.



El dominio de las emociones, la tolerancia, la escucha activa, la flexibilidad, el respeto y la aceptación de la realidad son la llave de oro para cualquier persona; esto le permitirá ver claro e impedirá que el futuro lo encuentre estático, mudo y autista mirándose el ombligo. Por eso el destino no es fatalista, sino una cuestión de actitud, lo que explica, por ejemplo, que con idénticos recursos de información, de tecnología y de personas, objetivos similares tengan rumbos distintos hacia el éxito, hacia la mediocridad o al supino fracaso: es una cuestión de actitud. Debe tomarse conciencia del cambio de paradigma en nuestros tiempos y definitivamente entender que ya nada es igual, ni similar, ni parecido a lo que desde siempre se estuvo acostumbrado a realizar, tanto en lo individual como en lo colectivo, a nivel privado como público, empresarial o profesional. Asumamos el cambio de paradigma, el fin de una era y la transición a la otra, dejando espacio al nuevo paradigma emocional en el marco de las inteligencias múltiples. Así y solamente así, aceptando el cambio, podremos comprender el futuro proactivamente. La capacidad intelectual y la preparación técnica para desempeñarse en una actividad cualquiera sea su tipo se dan por sentadas y por ello ya tienen poca relevancia; en cambio ahora hay que concentrarse en ciertas cualidades personales como: control emocional, iniciativa, empatía, flexibilidad, capacidad de persuasión, tolerancia y escucha activa entre otras; saber cómo cultivar esas aptitudes puede ser esencial para lograr el éxito en la actividad. La inteligencia emocional siempre se ejercitó en forma inconsciente ("pero esto yo lo hago siempre...") pero ahora llegó el momento de tomar conciencia clara de su importancia y llevar a la práctica éstas aptitudes "distintas".Nunca es tarde para darse cuenta que uno practica obviedades que son descubiertas en ese momento.



Manejar los sentimientos con efectividad, permite, por ejemplo, que las personas trabajen juntas sin roces en busca de una meta común, que la tolerancia - esa negación postergada - sea la principal herramienta para acompañar las relaciones interpersonales. Para lograr el éxito en todo proceso en donde se maneje una situación de incertidumbre o cambio, como sucede en la actual coyuntura, el desarrollo de las aptitudes emocionales y su práctica constante es otra de las llaves de oro que nos abren puertas quizás antes ignoradas. Bien mirado, el cuidar las emociones por encima de otros criterios personales no es ninguna novedad, y si es algo que se aplicó con éxito en el mundo empresarial, deberíamos estar alerta. Efectivamente, el interés por las repercusiones de las emociones en ámbitos como las relaciones en el trabajo impulsó la investigación sobre el tema, pero la popularización del término se debe a la obra del psicólogo y escritor estadounidense Daniel Goleman, Inteligencia emocional, publicada en 1995, con las fuentes del libro Inteligencias múltiples: la teoría en la práctica, de 1983, en el que su autor, el también psicólogo estadounidense Howard Gardner, introdujo la idea de que los indicadores de inteligencia, como el cociente intelectual, no explican plenamente la capacidad cognitiva de una persona porque no tienen en cuenta ni la “inteligencia interpersonal” (la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas) ni la “inteligencia intrapersonal” (la capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios). De hecho, los investigadores empezaron a detectar hace unas décadas que las capacidades y habilidades necesarias para tener éxito en la vida eran otras que iban más allá del conocimiento, del uso de la lógica y la racionalidad, y éstas capacidades no eran evaluables mediante ningún test de inteligencia. Es necesario tener en cuenta una concepción más amplia de lo que son las habilidades cognitivas básicas, aquello que entendemos que es la inteligencia. Ante esta realidad, cabe resaltar que existen personas con un dominio de su faceta emocional mucho más desarrollado que otras. Y resulta curiosa la baja correlación entre la inteligencia clásica (más vinculada al desempeño lógico y analítico) y la Inteligencia Emocional. Aquí podríamos ejemplificar esta idea sacando a colación el estereotipo de estudiante “empollón”; una máquina intelectual capaz de llegar a las mejores soluciones lógicas, pero con una vida emocional y sentimental vacía. Por otro lado, podemos encontrar personas cuyas capacidades intelectuales son muy limitadas, pero en cambio consiguen tener una vida exitosa en lo que refiere al ámbito sentimental, e incluso en el profesional.



Volviendo a la obra “Terra baixa”, enfocar los participantes en la selección las emociones hacia objetivos y metas, como la de ser seleccionado, permite mantener la motivación y establecer la atención en las metas en vez de en los obstáculos. Por supuesto es imprescindible cierto grado de optimismo e iniciativa, de modo que hay que valorar el ser proactivos y actuar con tesón y de forma positiva ante los imprevistos, que los habrá, y muchos. Gracias a esa capacidad de motivación para llegar a las metas que racionalmente benefician, se pueden dejar atrás aquellos obstáculos que solo se fundamentan en la costumbre o el miedo injustificado a lo que puede pasar. Además, ya puestos, la Inteligencia Emocional incluye la habilidad a la hora de no ceder a las metas a corto plazo que pueden llegar a eclipsar los objetivos a largo plazo, a pesar de que los segundos fuesen mucho más importantes que los primeros si nos fueran ofrecidos también a corto plazo (proyectos ambiciosos, planes de ganar mucha experiencia, etc.).¿Verdad que ya tenéis ganas de ver cómo queda la obra de teatro?

 

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