domingo, 15 de agosto de 2021

Hablemos de Caperucita.


En una de esas plataformas televisivas tan de moda, con películas “a la carta” se ofrecía no 
hace mucho la reprogramación del film de 2011Caperucita Roja ¿A quién tienes miedo?
enésima versión del personaje de cuento, esta vez con hombre-lobo incluido. ¿Por qué esta 
fijación por Caperucita y, en general, con todos los protagonistas de los cuentos clásicos? El 
francés Charles Perrault y los hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, con casi dos siglos 
de diferencia en los momentos que les tocó vivir, tienen en común haber pasado a la posteridad, 
no por su propia obra, extensa e interesante en ambos casos, sino por poner en negro sobre 
blanco, en forma de cuento, con o sin moraleja, narraciones y leyendas populares que hasta 
ese momento se transmitían sólo oralmente, digamos que al calor de la lumbre. Los cuentos 
transmitidos de esa forma, de generación en generación han cumplido en todas las sociedades 
diversas funciones; una de ellas, es el inculcar desde muy jóvenes, a los niños los valores de 
la comunidad, por lo que no es extraño encontrar las narraciones de los cuentos muy 
conservadoras e inmovilistas. Los cuentos reforzaban una moral social, explicando las reglas 
que rigen la vida de la comunidad y sus valores (el protagonista es recompensado o castigado 
según sus méritos. Los cuentos atravesaron una evolución desde la literatura oral a la escrita 
y la mayoría de los escritores y de los críticos literarios reconocen tres fases históricas en el 
género cuento: la fase oral, la primera fase escrita y la segunda fase escrita.

 
La primera fase en surgir fue la oral, la cual no es posible precisar cuando se inició aunque, 
por lógica, es de presumir que el cuento se desarrolló en una época en la que ni siquiera 
existía la escritura, así que posiblemente las historias entonces eran narradas oralmente 
alrededor de fogatas (de ahí, posiblemente, lo de “al amor de la lumbre”), en tiempos de los 
pueblos primitivos, generalmente en las tardes y por las noches, al aire libre o en cuevas, 
para crear cohesión social mediante la narración de los orígenes del pueblo común y sus 
funciones. Presumiblemente por ello, la suspensión, lo mágico, lo maravilloso y fantástico fue 
lo que caracterizó a estas primeras creaciones de rango mítico, que pretendían explicar el 
mundo de una forma primitiva, aún alejada de la razón. 

 

La primera fase escrita probablemente se inició cuando los egipcios elaboraron el llamado 
Libro de lo mágico (cerca 3050 a.C.) y el llamado Libro de los Muertos (hacia el 1550 a.C.). 
De allí pasamos a la Biblia —donde por ejemplo se recoge la historia de Caín y Abel (circa 
2000 a. C.)—, que tiene una clásica estructura de cuento. Obviamente tanto en el Antiguo 
Testamento como en el Nuevo  hay muchas otras historias con estructura de cuento, como el 
episodio de José y sus hermanos, las historias de Sansón, de Ruth, de Susana, de Judith, de 
Salomé,.... A ellos también pueden agregarse las parábolas cristianas (cuentos con moraleja): 
El buen samaritano; El hijo pródigo; La higuera estéril, etc. En el siglo VI a.C. surgieron las 
obras La Ilíada y La Odisea, de Homero, también con estructura de cuento, o sea, dando 
cuenta de hechos reales o fantásticos pero siempre partiendo de la base de ser un acto de 
ficción, o mezcla de ficción con hechos reales y personajes reales. Se cuentan varios autores 
de la cultura greco-romana y, con posterioridad, en Persia (hacia el siglo X de nuestra era), en 
un anticipo de lo que harían Perrault o los hermanos Grimm, surgió y se difundió “en versión 
escrita” la recopilación de cuentos Las mil y una noches.

 
La segunda fase escrita comenzó alrededor del siglo XIV, cuando surgieron las primeras 
preocupaciones estéticas. Así, Giovanni Boccaccio compuso su Decamerón, que se convirt 
en clásico impulsando las bases del cuento tal como lo conocemos hoy día, al margen de la 
influencia recibida por escritores posteriores como Jean de La Fontaine (La cigarra y la 
hormiga, La liebre y la tortuga, La zorra y las uvas, etc.) del cuento popular o tradicional como 
obra literaria. Los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, fueron publicados alrededor 
de 1700. Mención aparte merece el escritor y poeta danés Hans Christian Andersen, cuyos 
más de doscientos relatos (entre ellos El patito feo, La sirenita, El traje nuevo del emperador o 
La reina de las nieves), algunos traducidos a muchas lenguas, han sido reeditados con 
frecuencia y gracias a ellos tuvo el privilegio de ser reconocido como uno de los clásicos de la 
literatura infantil. En nuestro país, por su parte, Miguel de Cervantes escribió las Novelas 
ejemplares y Francisco de Quevedo y Villegas nos trajo Los sueños, donde, inspirándose en 
el género literario del sueño, satirizó a la sociedad de su época. Más cercanos en el tiempo, 
Félix María Samaniego (La paloma, Congreso de ratones, El perro y el cocodrilo, etc., así 
como una colección de poesía erótica, de tono humorístico y contenido procaz, que se publicó 
con el título de El jardín de Venus por la que sufrió la persecución de la Inquisición) y su, en 
principio, gran amigo y después denostado rival Tomás de Iriarte, cuya fábula más conocida 
es la de «Los dos conejos» (al parecer, todo se debió a que Samaniego, que había publicado 
en 1781 su primera colección de fábulas, se irritó cuando Iriarte presentó la suya, publicada al 
año siguiente, como la «primera colección de fábulas enteramente originales») se caracterizan 
por escribir sus fábulas/cuentos en verso.

 

El siglo XIX fue pródigo en
todo el mundo en dar verdaderos maestros de la literatura en este 
campo: Edgar Allan Poe, Henry Guy de Maupassant, Gustave Flaubert, Liev Nikoláievich 
Tolstói, Mary Shelley, Antón Chéjov, Arthur Conan Doyle, Honoré de Balzac, Leopoldo Alas 
"Clarín", … sin dejar de mencionar a escritores como Donatien Alphonse François de Sade 
(Marqués de Sade), Nikolái Gógol, Charles Dickens, Iván Turguénev, Robert Louis Stevenson, 
Rudyard Kipling, entre otros, y los actuales Coelho, Bucay, ...todos ellos “viviendo del cuento”.   
Pero volvamos con Perrault y los hermanos Grimm y su recopilatorio de cuentos de tradición 
oral.

 
Perrault publicó Barba Azul, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Piel de asno, 
Pulgarcito, entre otros. y los hermanos Grimm por su parte publicaron Blancanieves, Rapunzel, 
El gato con botas, La bella durmiente, Pulgarcito, Caperucita Roja, etc., resultando obvio que 
los hermanos Grimm escribieron muchos cuentos que ya habían sido contados por Perrault, 
pero aun así, fueron tan importantes para este género literario, que se dijo al respecto: “El 
cuento obtuvo verdaderamente su sentido de forma literaria, en el instante en que los 
hermanos Grimm publicaron su colección llamada Cuentos para niños y familias”, y, para 
echarle un vistazo a la cuestión, nada mejor, quizá, que hacerlo a través de un cuento 
conocido repetido en ambos, concretamente el de Caperucita Roja. Todos conocemos, porque 
alguna vez nos la han contado, la tierna e incluso emocionante historia de Caperucita Roja
esa niña que no le hizo caso a su madre y se metió en un buen lío con el lobo feroz aunque 
siempre acababa con final feliz: “el cazador mata al lobo y salva a Caperucita y a su abuelita”.
¿o no?.

 

E
l argumento común es que Caperucita1 Roja es una niña que quería mucho a su abuelita; un 
día su madre le da una cesta con comida para que se la lleve a la abuelita, que está enferma y 
vive en una casa algo lejos de ellas pero en el camino se encuentra con el Lobo Feroz que la 
reta a una carrera hasta la casa de la abuelita. El Lobo conoce dos caminos, el largo y el corto; 
engaña a Caperucita Roja diciéndole que tome el corto y que él tomaría el largo; astutamente, 
le enseña los caminos al revés y Caperucita Roja, sin saberlo, va por el camino largo, de forma 
que el lobo llega antes a casa de la abuelita, se hace pasar por Caperucita Roja y pregunta si 
puede pasar; la abuela se lo permite ya que la puerta esta abierta; el Lobo Feroz entra y se 
come a la abuela de un solo bocado. A continuación, se mete en la cama para esperar a 
Caperucita y, una vez que ésta llega a la casa, el Lobo —que se hace pasar por la abuelita— la 
invita a estar en la cama con él y mantiene con la asombrada protagonista el conocidísimo 
diálogo, aquel de “Abuelita, qué ojos más grandes tienes” y todo lo demás.  Se cuenta que  
Perrault, que fue el primero en escribir este relato en 1697, lo escuchó contar a la niñera de su 
hijo. La primera modificación del cuento la llevó a cabo para eliminar dos escenas poco 
apropiadas para su época y estatus social: una de canibalismo (el lobo invita a comer y beber 
a la niña los restos de su abuelita) y otra un tanto escatológica (Caperucita, al sospechar de 
las malas intenciones del lobo, deja la casa con la excusa de hacer de vientre). Aquí llegan 
los primeros "cortes" pero no los principales porque el final de este cuento es que el Lobo se 
come a la abuelita y a Caperucita Roja sin que nadie pudiera rescatarlas (y punto, no hay ni 
cazadores ni aperturas de estómagos para rescatar a insensatas ancianitas). Este final tan 
cruel tenía su porqué. Perrault quería emitir una clara moraleja: “Nunca hables con extraños”. 
Caperucita Roja pertenecía a esa serie de relatos destinados a instruir a las chicas de la época 
que iniciaban su marcha del hogar. En principio, ella es una buena chica, pero cuando esa 
bondad degenera en ingenuidad, el desastre se avecina. Caperucita es castigada porque 
confunde al malvado lobo con un buen amigo, y precisamente esa confusión entre el bien y el 
mal le llevará a su terrible destino: ser poseída por el Mal (poseída en el sentido literal y bíblico 
de la palabra). Por lo tanto tenía un trasfondo claramente sexual: el lobo es un seductor, el 
hombre libidinoso que quiere conquistar a esa niña llegada a la pubertad.

 

Los hermanos Grimm no se limitaron a transcribir palabra por palabra la tradición oral
sino que 
la almibararon; partieron del cuento de Perrault; sin embargo, esta versión es más inocente, 
Caperucita Roja es una niña pequeña, no una jovencita, aparecen menos elementos eróticos 
que en la de Charles Perrault. Además tiene un final feliz, tal y como solían tener los cuentos 
de la época. Incluso existe un final alternativo, en el que un momento antes de que el lobo se 
coma a Caperucita Roja, ella grita y un leñador que estaba cerca rescata a la niña, mata al 
lobo, le abre la panza y saca a la abuelita, milagrosamente viva. Escribieron, además, una 
segunda parte del cuento en que Caperucita y su abuela atrapan y matan a otro lobo, esta vez 
anticipando sus movimientos gracias a su experiencia con el anterior. La niña no salió del 
camino para recoger flores después de encontrarse con el Lobo, su abuela cerró bien la puerta 
para mantenerlo fuera, y cuando el lobo acechaba, la abuela hizo que Caperucita Roja pusiera 
una caldera donde había cocinado unas salhichas debajo de la chimenea y la llenara con agua 
hirviendo; así, el olor atrajo al lobo, que bajó por la chimenea y se ahogó. En cualquiera de las 
variantes de los hermanos Grimm, el cuento es notablemente más suave que los relatos más 
antiguos, tanto de Perrault como, sobre todo, de la tradición oral, con temas más oscuros. 

 
La moraleja de la historia es una lección de vida, que curiosamente, después de los cientos 
de años que han pasado desde que se contó por primera vez, es aplicable hoy en día; incluso 
más ahora que entonces. 
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1Aunque, hablando de variaciones, ¿por qué no citar la “Paracucita”, trasunto de “Caperucita”, popularizada por el locutor Rafael Turia? Turia, hoy actor de doblaje, junto al malogrado Constantino Romero, dirigía y presentaba a principios de los años setenta del siglo pasado el programa radiofónico de Radio Barcelona 'Trotadiscos', que ofrecía las últimas novedades discográficas en un tono animado y a menudo jocoso que combinaba el rigor con la diversión: en él se pudo escuchar por primera vez en España a Lou Reed, David Bowie, Roberta Flack o Roxy Music, compañeros musicales de viaje posteriores en toda la existencia para toda una generación. “Paracucita” era el Pepito Grillo del programa.

 

domingo, 8 de agosto de 2021

Los años que empiezan en 13 y martes.


Dice nuestro Diccionario de la Lengua que una superstición es una creencia que no tiene 
fundamento racional y que consiste en atribuir carácter mágico o sobrenatural a determinados 
sucesos, o en pensar que determinados hechos proporcionan buena o mala suerte. Lo 
desconocido y lo incomprensible suele ser lo más temido. Todo aquello que para nosotros 
parece inexplicable tendemos a relacionarlo con fuerzas poderosas que están fuera de nuestro 
alcance. Astros, hechizos, maldiciones, energías negativas, seres que habitan en otras 
dimensiones o planetas, son las explicaciones más comunes a los hechos trágicos y a la mala 
suerte. En estos momentos, con la inacabable pandemia por el coronavirus Covid-19, una 
oleada de superstición ha tratado de explicar lo que para los científicos todavía es inexplicable.

 

Los estudios indican que no podemos atribuir las creencias paranormales solo a personas con 
escasa formación o inteligencia. De hecho, las encuestas a gran escala muestran que en el 
mundo desarrollado existe un porcentaje elevado de personas que siguen rituales 
supersticiosos, o creen en teorías de la conspiración (yo no creo en las meigas, pero, haberlas, 
haylas). En esta lista de rituales caben conductas tan habituales como llevar un amuleto a un 
examen y leer el horóscopo en el periódico. Uno de los ingredientes presentes en casi todas 
las creencias paranormales es una alteración en la capacidad para establecer relaciones de 
causa-efecto. En psicología experimental está documentado un fenómeno llamado ilusión 
causal, que consiste en detectar una relación de causa-efecto donde no la hay. Los 
investigadores creen que esta ilusión causal aparece con facilidad en casi todas las personas. 
Se ha descrito como un tipo de “sesgo cognitivo”. Es un modo de pensamiento intuitivo y rápido 
que nos ayuda a tomar decisiones sin mucho trabajo. Pese a su utilidad práctica, en términos 
de economía de esfuerzo, en determinadas situaciones conduce a errores, a veces muy 
graves. Se ha documentado que las personas que creen en lo paranormal también tienen 
mayor tendencia a buscar la información que les da la razón en sus creencias iniciales. Este 
sesgo de confirmación y la ilusión causal que produce podrían ser el germen que lleva, con el 
tiempo, a desarrollar creencias extrañas, como la superstición. Hasta hora, sin embargo, ha 
quedado claro que, frente a la pandemia, la ciencia ha ofrecido algo que no ha podido darnos 
la superstición: un primer atisbo de salida a la crisis. Usemos la ciencia.

 

Nadie pensó que una enfermedad extraña nacida, al parecer, en un remoto mercado de una 
ciudad, para nosotros desconocida, de China, pudiera, en pocos meses, poner en jaque al 
mundo. Ninguna persona fue capaz de prever que este año la economía de las naciones, 
incluso de las más poderosas, iba, inusitadamente, a desplomarse. En realidad, el Covid-19 
sorprendió al mundo de una forma tal, que no es sino ahora cuando empezamos a entender 
sus alcances y posibles consecuencias reales. No obstante, a pesar de tanto dolor y muerte 
que seguro nos dejará esta pandemia, es menester conocer algo de ella, lo cual, nos 
reconfortará y nos quitará la idea apocalíptica que muchas personas, con este pretexto, han 
sembrado en nuestras mentes.

 

Para empezar, las epidemias, virales y/o bacterianas, no han sido algo nuevo en la historia de 
la humanidad. Relatos antiguos hablan sobre enfermedades con alta tasa de mortalidad, que 
asolaban ciudades y reinos. No se sabía lo que eran en realidad, porque la ciencia no se había 
desarrollado aún, pero la gente solía llamarlas “pestes” y temerlas, porque aparecían y 
desaparecían como por arte de magia. La naturaleza de estas pestes, que consistía en atacar 
con violencia, alcanzar un pico y luego prácticamente desaparecer por sí solas, fue lo que 
provocó que se creyera que las mismas eran enviadas por los dioses. Las recetas mágicas 
generalmente no funcionaban con ellas. Cuenta Tucidides que en la Antigua Grecia, se 
lograba frenar en algo las pestes, aislando a los enfermos en lugares remotos, en donde no 
tenían contacto con la sociedad (¿a alguien le suena lo del confinamiento?).

 

Sin embargo, la pandemia más recordada de la historia, por la alta tasa de mortalidad y por 
ser la primera que se extendió por muchos países, fue la llamada “Peste Bubónica”. Esta 
enfermedad era provocada, muy posiblemente, por la bacteria Yersinia Pestis, y vino de 
Mongolia. Tuvo dos brotes en Europa, el uno en el Siglo IV y el otro durante la Edad Media. 
Este último brote fue el más recordado, porque asoló al continente europeo y provocó la muerte 
de un tercio de los seres humanos de ese continente. Cabe mencionar, que su propagación se 
dio por el intercambio comercial que se daba intensamente entre los países de Europa y Asia. 
Muchos creyeron que era un castigo divino por los pecados, e igual que las anteriores veces, 
sólo pudo erradicarse, con el aislamiento de los enfermos.  Otra de las pandemias, 
propiamente dicha, que se recuerda fue la de la llamada Gripe Española, la primera que 
afectó a gente de casi todos los continentes. Esta gripe se propagó por el contacto que tenían 
los soldados de la Primera Guerra Mundial con la gente y porque desde ese entonces, el 
mundo estaba ya globalizado. No había cura para esta gripe, pero, como todas, apareció y 
desapareció naturalmente, luego de matar a miles de seres humanos. Se registran brotes 
importantes de sarampión, viruela, tifus y otras enfermedades a lo largo del planeta y de los 
siglos, como la Fiebre Amarilla, que atacó a nuestro litoral durante el siglo XIX; sin olvidarnos 
de las epidemias que mataron a nuestros indígenas durante la conquista española de América. 
Las pandemias modernas, como la AH1N1, el Ébola y otras más, también deben ser 
recordadas, porque se parecen en mucho al Covid-19, aunque pudieron ser controladas, con 
ciertas medidas y relativamente, a tiempo.

 

Y, ¿a qué viene este recorrido histórico por las epidemias? Pues a que el Covid-19 es uno de 
los tantos virus que han azotado a la humanidad, no es una apocalíptica plaga, ni mucho 
menos es un castigo por nuestros pecados; su alta difusión en el mundo, no es porque un 
“Mesías” esté por llegar, sino porque el planeta está globalizado y se da el caso que una 
enfermedad contagiosa, si no se la aísla a tiempo, tiene el potencial de propagarse por el resto 
del mundo. Es verdad que el Covid-19 ha causado mucho daño, superior al previsto, pero a 
pesar del perjuicio que ha provocado, nos ha dejado algunas enseñanzas. La primera, es que 
la empatía, con actos de solidaridad y ayuda, debe primar en nuestra sociedad. Otra de las 
enseñanzas es que ha demostrado que somos vulnerables. Los humanos nos creemos 
propietarios del universo, pero este virus ha hecho ver que la naturaleza está sobre nosotros y 
el reino animal, que creemos nuestro complemento, en realidad, es el dueño de los 
ecosistemas.

 

En otras palabras, no son los animales los que quieren entrar en nuestras posesiones, sino que 
nosotros somos quienes hemos usurpado su territorio. La última de las enseñanzas, y la que 
más ha chocado, sobre todo con las personas que profesan alguna religión, es la que se refiere 
a la ciencia. Sólo el saber humano ha demostrado ser capaz de enfrentar a este virus. Por las 
medidas que se ha tomado, aunque han sido un poco tardías, es por lo que no hemos tenido el 
número de contagios y muertes de otras plagas, como la peste bubónica, que cobró la vida de 
100 millones de personas; o la Gripe Española, que mató a 40 millones de seres humanos; sin 
olvidarnos del VIH, que ha tenido hasta ahora 25 millones de víctimas. La ciencia trabaja en la 
vacuna para el Covid-19 y el virus pasará al baúl de los recuerdos. No sucederá como otras 
veces, que la superstición aumenta el daño de la propia epidemia. La Peste Bubónica, por 
ejemplo, se propagó por el desaseo de los europeos de entonces y el SIDA logró romper 
fronteras del tiempo y el espacio, gracias a que se creía, erróneamente, que era una 
enfermedad propia y sólo de los homosexuales. En el caso del Covid-19, se ha podido 
demostrar también, que los soplos sagrados, las aguas milagrosas, las oraciones de sanidad y 
otras tantas recetas mágicas, no pueden erradicarlo, y se podría más bien asegurar, que sólo 
son actos supersticiosos, es decir, simple charlatanería.

 

Y si hablamos de las vacunas (sainete de dimes y diretes con las marcas aparte) ya es el 
colmo. ¿Cómo puede la gente creer de verdad que alguien ha creado un virus en un laboratorio 
para después administrarnos una vacuna con un microchip para controlarnos? ¿está Bill Gates 
detrás de un complot secreto internacional? En un artículo publicado en la revista Nature hace 
unos meses, Kristian Andersen, del Instituto de Investigación Scripps de California afirmaba 
que “Al comparar los datos disponibles de la secuencia del genoma de las cepas del 
coronavirus conocidas hasta la fecha podemos determinar firmemente que el SARS-CoV-2 (el 
conocido como Covid-19) se originó a través de procesos naturales“. «Si quieres salvar a tu 
hijo de la polio, puedes rezar o puedes vacunarlo… Aplica la ciencia». La frase pertenece a 
Carl Sagan1. Y bien podría servirrnos en los tiempos actuales. Obviamente, no se trata ahora 
de la polio, sino del Covid-19. Pero la recomendación es igualmente válida. Y es que Carl 
Sagan no podía tener más razón. La culpa de que el Miguel Bosé de turno u otros crean que el 
coronavirus fue creado para inyectarnos microchips no es ni siquiera de él o ellos, es nuestra. 
Cualquier persona que dedique su tiempo y empeño en leer sobre el coronavirus, su origen y 
su evolución (o sobre lo que sea, los ovnis, los fantasmas o la homeopatía) demuestra un 
interés nato por la ciencia, el problema es que la ciencia que buscan y que llega a ellos no es 
tal, es basura. Y el problema es nuestro porque no hemos sabido poner la ciencia de verdad 
delante de esta gente con interés natural. En su lugar, hemos permitido que vendedores de 
crecepelo del lejano oeste tengan más y mejores espacios mediáticos en programas de 
audiencias millonarias en prime time, hablando de conspiraciones mundiales, de apariciones 
de muertos o de laboratorios donde se fabrican vacunas con microchips dentro, a veces 
incluso con la increíble desfachatez de revestir sus programas con un aire de veracidad 
científica que confunde a los espectadores.

 

Lo que sí nos dejará de negativo para la humanidad el Covid-19 es una profunda crisis 
económica, que costará miles de sacrificios; incluso, es un hecho que el nivel de pobreza 
aumentará en los países, y muchas empresas quebrarán. Lo que se espera para contrarrestar 
aquello, es que las personas, sobre todo las que poseen más recursos, puedan compartir lo 
que tienen con los que necesitan ayuda. Debemos ahora sí cumplir el anhelo de nuestros 
grandes pensadores, y por ende, ser un mundo único, en donde la gente sea igual en todo 
aspecto, y no se diferencien por razones de etnia, religión, afiliación política, ni estrato social. 
Puede ser que el Coronavirus sea sólo un pretexto para que logremos crecer como sociedad; 
es probable que el Covid-19 sea solamente el bofetón que nos hacía falta para darnos cuenta 
del inmenso daño que le habíamos hecho al planeta Tierra. Quizá este virus no sea más que 
la pieza que nos hacía falta para evolucionar como especie…
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1Carl Edward Sagan (1934 - 1996) fue un astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo, escritor y divulgador científico estadounidense. Carl Sagan ganó gran popularidad gracias a la galardonada serie documental de TV Cosmos: Un viaje personal, producida en 1980, de la que fue narrador y coautor. También publicó numerosos artículos científicos y fue autor, coautor o editor de más de una veintena de libros de divulgación científica. Está considerado uno de los divulgadores de la ciencia más carismáticos e influyentes, gracias a su capacidad de transmitir las ideas científicas y los aspectos culturales al público no especializado con sencillez no exenta de rigor.

 

domingo, 1 de agosto de 2021

“Sus ojos se cerraron...”


Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando...” Así empieza un tango convertido en 1997 
en película, cantado originalmente y musicado por Carlos Gardel sobre un poema del letrista 
argentino nacido en Brasil Alfredo Le Pera Sorrentino (autor también, entre otras, de las letras 
de Mi Buenos Aires querido, Por una cabeza, El día que me quieras, Volver, etc.) que alude al 
dolor de un hombre ante la muerte de su amada al observar que, pese a todo, la vida sigue, 
en una sensación de melancolía asociada a la tristeza, a pesar de que algunas veces esa 
melancolía implica revivir buenos momentos del pasado, y es que nos recuerda que nos falta 
algo que en algún momento existió, algo que fue agradable, pero que ya no podemos 
recuperar, que nunca volverá a existir aunque todo lo demás, sí. Si se permite que la mente 
viaje continuamente al pasado, buscando recuerdos de otros tiempos y viejas compañías 
puede ser porque se siente que algo falta en el presente y que la realidad no satisface del todo; 
por eso, detrás de la melancolía se suele esconder una carencia. Miramos atrás para buscar 
algo a lo que aferrarnos porque nuestro presente no nos brinda las razones suficientes para 
seguir adelante. También, detrás de la melancolía puede esconderse aquella creencia que 
popularizó Jorge Manrique, de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y por lo tanto, la 
dificultad para vivir y apreciar el presente real y aceptar que la vida, con nosotros o sin nosotros, 
está en continua evolución y apreciar también las diferentes etapas de la vida. Por cierto, 
resulta curioso que durante la Edad Media la melancolía, entendida como sinónimo de tristeza, 
fue considerada como uno de los pecados capitales, aunque más tarde se eliminó de la lista. 
Sin embargo, con el Renacimiento todo cambió y la melancolía comenzó a ser asociada con 
la genialidad y la locura creativa. Y el término depresión no apareció hasta el siglo XVII, 
siempre vinculado a la melancolía, y no fue hasta las primeras décadas del siglo XX que el 
concepto de depresión ganó identidad propia, desvinculándose de la melancolía.

 

La melancolía sin memoria no es posible. Es un sentimiento que nos recuerda que nos falta 
algo, que estuvo ahí, que era bueno para nosotros, pero que ya no podemos tener. La 
melancolía es una manera de dolor permitido, es decir, recordamos algo o a alguien que ya 
no está con nosotros. Eso nos duele, a veces mucho, pero también nos hace pensar que ese 
algo o alguien es nuestro, que nos pertenece, aunque solo sea por unos minutos y esté 
alojado en nuestro banco de recuerdos. Pero, cuidado, la melancolía puede ser también una 
manera de no aceptar el presente, de no estar contentos con lo que tenemos ahora, porque 
cuando nos permitimos viajar con la mente a otros lugares, a otros espacios, a otros tiempos 
y buscamos una compañía irreal, inconscientemente creemos que es algo que poseemos y 
que no podemos separarnos de él. Por eso la melancolía, que se presenta en momentos 
puntuales, puede convertirse en un problema cuando se instala en nuestra vida de manera 
permanente. Es normal sentirse melancólico una tarde y mirar fotografías antiguas; o 
escuchar una canción y recordar un momento agradable; o pensar en alguien con el que 
compartimos nuestra vida; sin embargo, cuando esta conducta se repite frecuentemente, si 
no se trata adecuadamente, puede derivar en una depresión. Es, por ello, importante poner 
freno a la melancolía a tiempo, reconocerla y enfrentarla para evitar que derive en un 
problema mucho más grave. Sentirse, pues, más o menos melancólico va a depender del 
grado de satisfacción que tengamos en nuestro presente, de forma que cuando uno está feliz  
hoy, no necesita evocar tiempos pasados, ni pensar que todo podía ser de otra manera. 
Anclarnos en el pasado es una manera de perdernos el presente.

 

En el plano teórico, el escritor y filósofo franco-argelino Albert Camus1 brinda la más reciente 
aproximación de melancolía de que nuestra tradición occidental dispone hasta el momento y 
que representa, en cierto grado, un punto y aparte con la tradición filosófica clásica. A través 
de un humanismo fundado sobre la conciencia de lo absurdo, Camus desarrolla su ensayo 
filosófico El mito de Sísifo, (mito que nos retrotrae a la mitología griega, dónde Sísifo tenía 
que empujar eternamente una piedra hacia la cima de una montaña). En el ensayo, Camus 
concluye que muy pocos humanos son capaces de aceptar el “absurdo existencialista”, puesto 
que la vaga sospecha de la inexistencia de otra vida sume al común de los mortales en la 
anomía, parálisis y desesperación más total, claro símil con el hombre melancólico y 
predepresivo consciente de su mortalidad. Sin embargo, y diametralmente opuesto al mito de 
Sísifo de la mitología griega, el nobel de literatura parece dar con la solución a este desamparo 
y extravío de saberse mortales. El escritor confía en la existencia del hombre rebelde que 
consciente de su finitud decide confrontarse con la vida viviéndola plenamente, sin medias 
tintas y acumulando el mayor número de experiencias que puedan llenar la absurda existencia 
humana de cierto sentido. Una doctrina existencialista que poco o nada tiene que ver con la 
leyenda griega cuya principal lección era la de la imposibilidad de obrar en contra de los 
designios divinos y la de los límites de la voluntad propia. 

 

Pero, en el terreno de lo práctico, a él se deben algunas sentencias que, cuando menos, nos 
han de hacer cavilar: "La vida no tiene sentido, pero vale la pena vivir, siempre que reconozcas 
que no tiene sentido", "Nunca vivirás si estás buscando el sentido de la vida", "No existe el 
gran sufrimiento, la gran pena, la gran memoria… todo está olvidado, incluso un gran amor. 
Eso es lo triste de la vida y también lo maravilloso de ella" o, como dice Meursault, el 
protagonista de El extranjero, su primera novela, “En el fondo, morir a los treinta o a los 
setenta años no tiene gran importancia porque naturalmente, en ambos casos, otros hombres 
y otras mujeres vivirán, y así durante miles de millones de años

 

La dolorosa constatación de que “la vida sigue” (exprésese como se quiera) y que todos, al 
final, no somos sino simples peones en este gran tablero de ajedrez que es la vida ha sido, y 
es, un tema recurrente en la cultura popular, en cualquiera de sus manifestaciones, con 
diferentes grados, incluso, de tragedia. Pero pocos han tratado el tema con la escalofriante a 
la par que dolorosa lucidez con la que lo hizo Miquel Martí i Pol2 en su Lletra a Dolors (Carta a 
Dolors), de su Llibre d’abséncies (Libro de ausencias), cuya ya conocidísima estrofa  Tu ja no 
hi ets i floriran les roses (Tú ya no estás y florecerán las rosas) se ha convertido casi en un 
lema que combina el poder del recuerdo, el dolor por el desgajamiento producido con la 
evidencia de la pérdida, Pongámonos en antecedentes: Miquel Martí i Pol publicó Llibre 
d’abséncies nueve meses después de la muerte de su primera esposa, Dolors Feixes y, según 
la última anotación del libro, los poemas que lo conforman fueron escritos en la vorágine de 
dolor e incertidumbre de las semanas posteriores a la muerte, en un mes de fiebre catártica e 
intensidad creativa durante el cual el poeta trasvasa a la verdad del verso el dolor por la 
pérdida del ser querido. De entrada, pues, Llibre d’abséncies es una recopilación elegíaca 
para dar salida al sufrimiento de ausencia y un llanto donde poner el dolor por la muerte de 
Dolors. Un llanto paradójico, en la medida que el poeta salta los esquemas de las elegías 
convencionales y afirma que la poderosa explosión de la vida nace junto a la misma flor de la 
muerte. El libro son poemas en los que la memoria devuelve el recuerdo del ser querido y 
hace presencia palpable porque Llibre d’abséncies, más allá del llanto y la lamentación, se 
yergue como una manifestación amorosa: poesía de amor a quien se ha querido y aún se 
quiere, y versos que cantan la alegría de vivir. La idea culmina con la majestad de Lletra a 
Dolors que es, sin duda, el poema más intenso y redondeado de los textos del libro:
 

Em costa imaginar-te absent per sempre. Tants de records de tu se m'acumulen que ni deixen espai a la tristesa i et visc intensament sense tenir-te. No vull parlar-te amb veu melangiosa, la teva mort no em crema les entranyes, ni m'angoixa, ni em lleva el goig de viure; em dol saber que no podrem partir-nos mai més el pa, ni fer-nos companyia; però d'aquest dolor en trec la força per escriure aquests mots i recordar-te. Més tenaçment que mai, m'esforço a créixer sabent que tu creixes amb mi: projectes, il.lusions, desigs, prenen volada per tu i amb tu, per molt distants que et siguin, i amb tu i per tu somnio d'acomplir-los. Te'm fas present en les petites coses i és en elles que et penso i que t'evoco, segur com mai que l'única esperança de sobreviure és estimar amb prou força per convertir tot el que fem en vida i acréixer l'esperança i la bellesa. Tu ja no hi ets i floriran les roses, maduraran els blats i el vent tal volta desvetllarà secretes melodies; tu ja no hi ets i el temps ara em transcorre entre el record de tu, que m'acompanyes, i aquell esforç, que prou que coneixes, de persistir quan res no ens és propici. Des d'aquests mots molt tendrament et penso mentre la tarda suaument declina. Tots els colors proclamen vida nova i jo la visc, i en tu se'm representa sorprenentment vibrant i harmoniosa. No tornaràs mai més, però perdures en les coses i en mi de tal manera que em costa imaginar-te absent per sempre3.

Ejemplos, se pueden encontrar muchos (novela, poesía, música,… ) que orbitan sobre esa idea 
de la vida sigue, como, entre otras cosas, encontrar fuerza para superar el dolor por la pérdida 
de un ser amado. Lo que es menos habitual es enfrentar la propia muerte con la alegría de 
vivir después, a pesar de ella, que sólo le afecta a uno, y eso es lo que hizo el controvertido 
Agustín de Foxá pocas semanas antes de su fallecimiento, enfrentado a la muerte, 
desahuciado por los médicos por el imparable avance de la cirrosis que su afición al alcohol le 
había provocado, en un poema que llamó Melancolía de desaparecer, que empieza así 

Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
se encarnará en la seda de las rosas….

y que se puede leer completo en este mismo blog, en una entrada de hace unos años 
dedicada a recoger unas reflexiones sobre la mezcla/confusión entre las emociones y las 
ideologías. Foxá no era un poeta constantemente grande, pero tiene momentos excepcionales, 
como los que alumbraron la génesis de "Melancolía de desaparecer", poemas que no deberían 
faltar en ninguna antología. 
 
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1Albert Camus (1913-1960), novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia. Su pensamiento se desarrolla bajo el influjo de los razonamientos filosóficos y el existencialismo alemán. Se le ha asociado frecuentemente con el existencialismo, aunque Camus siempre se consideró ajeno a él. Formó parte de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana, y se relacionó con los movimientos libertarios de la posguerra. En 1957 se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de la actualidad»

2Miquel Martí i Pol (1929 - 2003) fue un poeta, escritor y traductor catalán, uno de los más populares del siglo XX. Sus poemas hablan de la vida interior, de la lucha contra un sistema que considera injusto y de la batalla contra la enfermedad que le acompañaría durante más de treinta años y que le provocaría la muerte, la esclerosis múltiple.

3Traducción libre al castellano:

Me cuesta imaginarte ausente para siempre. / Tantos recuerdos de ti se me acumulan / que ni dejan espacio a la tristeza / y te vivo intensamente sin tenerte. / No quiero hablarte con voz melancólica, / tu muerte no me quema las entrañas, / ni me angustia, ni me quita la alegría de vivir; / me duele saber que no podremos partirnos / nunca más el pan, ni hacernos compañía; / pero de este dolor saco la fuerza / para escribir estas palabras y recordarte. / Más tenazmente que nunca, me esfuerzo en crecer / sabiendo que tú creces conmigo: proyectos, / ilusiones, deseos, toman vuelo / por ti y contigo, por muy distantes que te sean, / y contigo y por ti sueño de cumplirlos. / Te me haces presente en las pequeñas cosas /y es en ellas que te pienso y que te evoca, / seguro como nunca que la única esperanza / de sobrevivir es estimar con suficiente fuerza / para convertir todo lo que hacemos en vida / y acrecentar la esperanza y la belleza.

Tu ya no estás y florecerán las rosas, /madurarán los trigos y el viento tal vez / desvelará secretas melodías; / tú ya no estás y el tiempo ahora me transcurre / entre el recuerdo de ti, que me acompañas, / y aquel esfuerzo, que bastante que conoces, / de persistir cuando nada nos es propicio. / Desde estas palabras muy tiernamente te pienso / mientras la tarde suavemente declina.  Todos los colores proclaman vida nueva / y yo la vivo, y en ti se me representa / sorprendentemente vibrante y armoniosa. / No volverás nunca más, pero perdura /en las cosas y en mí de tal manera /que me cuesta imaginarte ausente para siempre.