martes, 9 de enero de 2018

Año nuevo 2018. ¿Degenerando...?

¿Feliz 2018 o feroz 2018? 

La verdad es que, pasados, o en camino de hacerlo, los efectos de la inducida fiebre sensiblera de cada año por las fechas navideñas, casi por inercia mental, uno cae en la tentación sensata de evaluar (nada científico, por supuesto, sólo intuitivo) las posibilidades de que los ñoños deseos genéricos expresados estos días de paz mundial y prosperidad vayan más allá de ser palabras huecas y se haga algo para tomarlos en serio.

Y descubre, sin ningún asombro por otra parte, que, transcurridos escasos diez días del inicio de ese refulgente año nuevo, hay suficientes indicadores para constatar que aquella Ley de Murphy (de quien McGregor afirmaba, como sabéis, que era un optimista) de que "si algo puede ir peor, irá peor" se cumple a rajatabla.

Veamos; en el paso de estos escasos días en los que aún resuenan los ecos de los "buenos deseos" escuchados como una cantinela, ya ha habido

1) un salto masivo en las vallas de la frontera de Melilla,
2) una primera "remesa" de decenas de ahogados en el Mediterráneo de esos refugiados que huyen de la muerte en sus países ante la indiferencia burocrática y culpable de los países civilizados y ricos a cuyas puertas llaman para que se les permita, simplemente, vivir,
3) una muestra más de la política torpe y errática de la UE, que apoya las manifestaciones críticas contra los gobiernos como ejercicio de la libertad de expresión,... siempre que esos gobiernos sean de países que están lejos,
4)...
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Por no hablar de lo que ha pasado en nuestro país en pocos días con "el primer problema de España", demostrando que si no existiera Catalunya habría que inventarla, porque su existencia da carta blanca (y los medios lo aplauden) a ocultar otros problemas, esta vez no políticos, de la ciudadanía y a difundir los mayores dislates (post verdades lo llaman ahora) rodeados de ignorancia e ineptitud voluntarias en su gestión; basta escuchar los mensajes de fin de año de políticos cuya primera carencia exhibida, de entre muchas, es no saber distinguir democracia de dictadura de mayorías. Con estos mimbres parece claro que la diferencia entre que sea un 2018 feliz o feroz estriba en asegurarse de que el compromiso que se suele adquirir en estas fechas para el nuevo año sea enfocado a trabajar por un cambio a mejor, y esto implica tener nítido y reconocer el punto real de partida. Y ya se ve que este es el primer gran escollo para nuestra clase política en general, aunque sin generalizar. En este propósito de no generalizar, y admitiendo una prolija gama de grises, algunas formaciones establecen y difunden (y los medios aplauden) puntos de partida para ese cambio que son auténticos mundos para-lelos alejados de la realidad, creados para arengar a su parroquia; otras formaciones están en, llamémoslo así, en constante evolución y sus puntos de partida son reales... o no, según convenga a SUS intereses1. En definitiva, si no se demuestra capacidad para marcar objetivos duraderos negociados entre todos, ¡qué menos que desear que no se/nos engañen con trabajar por pseudo cambios que sólo benefician a quienes los diseñan!

Viene como anillo al dedo aquí, con eso de los cambios, recordar la anécdota, ya citada de forma tangencial en este blog, del torero Belmonte. Un inciso necesario: Juan Belmonte García (1892 – 1962), que ese era su nombre, llamado el Pasmo de Triana, está considerado como el «fundador del toreo moderno» y es, probablemente, el torero más popular de la historia de eso que se sigue llamando la Fiesta Nacional, pese a que aún hay quien no quiera ver que se trata hoy de una actividad anclada en el pasado y tendente a su desaparición como la conocemos2. La carrera profesional de Belmonte se desarrolló entre 1913 y 1936, año en el que se retiró y, durante ella, además de sus innnovaciones estilísticas, cambió la imagen tradicional de los toreros, renunciando a la coleta clásica.

Sin estudios apenas pero lector empedernido (se cuenta que en sus viajes llevaba maletas llenas de libros), su inteligencia y extraordinaria personalidad le permitieron relacionarse con los miembros de la cultura y de la alta sociedad. Llegaron a organizarle un homenaje, en el que Valle-Inclán pronunció un encendido discurso en su favor, aunque la verdad es que el resto de la Generación del 98 veía en los toros (ya entonces) un síntoma del atraso hispano. Pese a ello, ningún torero ha tenido antes ni después tanto apoyo entre intelectuales del máximo nivel; incluso un destacado representante de la Generación del 27, Gerardo Diego, le dedicó la «Oda a Belmonte» y consta que el torero fue amigo también del escritor estadounidense Ernest Hemingway, apareciendo de forma destacada en dos de las novelas de éste: Muerte en la tarde y Fiesta. Pero hay que reconocer que lo que acabó de forjar el mito belmontino fue la biografía que le escribió el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, titulada Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas3, redactada en forma de autobiografía a partir de las numerosas conversaciones que mantuvo con el diestro.
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A punto de cumplir 70 años, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo y, lo que son las cosas, a pesar de ser un suicida, en aquellos años oscuros de nacional-catolicismo, se le permitió ser enterrado en el Cementerio católico de San Fernando de Sevilla

La anécdota a que nos referimos es que su banderillero Joaquín Miranda ocupó, después de la guerra civil, el cargo de gobernador civil de Huelva y como tal le tocó presidir un festival taurino benéfico al que también asistía Juan Belmonte, ya retirado, con un amigo no muy versado en cuestiones de tauromaquia. Se ve que este amigo había oído campanas acerca de la biografía del gobernador banderillero, pero no estaba seguro y, viéndolo en el palco presidencial, le preguntó a su amigo Belmonte: «Don Juan, ¿es verdad que este señor gobernador había sido banderillero suyo?». Belmonte le respondió con su conocido laconismo conceptista: «Sí». Y el otro insistió: «Don Juan, ¿y cómo se puede llegar de banderillero de Belmonte a gobernador?». Y Juan respondió: «¿Po' cómo va a sé? Degenerando…».

Esta explicación belmontina, asaz definitoria, no puede reducirse en nuestros días, por desgracia, a la clase política (y a los medios que aplauden). Si echamos un vistazo rápido a nuestro mundo hoy y vemos que Trump en Estados Unidos, Erdogan en Turquía, Duterte en Filipinas, Kurz en Austria, nuestro Rajoy y un largo etcétera (sin comparar entre ellos, ojo) están en el poder gracias al voto popular, la definición de Belmonte tiene un mayor alcance social, unos efectos ya ahora devastadores y un futuro MUY preocupante.

¿Feliz o feroz 2018?

Parece oportuno acabar estas reflexiones escuchando una canción de Joaquín Sabina, "De purísima y oro" en la que resulta más trascendente lo que sugiere que lo que dice la letra y que viene a cuento por la presencia del mundo del toreo en estas líneas. Curiosamente, de una primera audición, puede interpretarse que la canción es un recuerdo al torero Manolete pero, escuchando atentamente, se llega a la conclusión de que el toreo es una mera excusa para ofrecer el cuadro descarnado de una época reciente en la que nada es lo que parece, empezando por el guiño del autor en el título de la canción (Sabina, taurino confeso, sabe perfectamente que el color del traje de luces que vestía Manolete la tarde de su cogida en Linares no era de purísima -azul celeste- y oro, sino de palo rosa y oro), siguiendo por los paseíllos en la plaza de toros madrileña de Las Ventas, que no eran de las cuadrillas de toreros, sino los causados por los pelotones de fusilamiento, pasando por algo que aún se mantiene en los herederos de los vencedores en esa guerra (in)civil, cual es la de definir a las "personas formales" como las pasivas, calladas y sumisas. Y el bar de Perico Chicote, y El Alazán, y El Riscal,... Y (José Mª) Pemán, y Celia (Gámez)... Y referencias únicamente taurinas, como la que hace al "manso de Saltillo", o sea, a Islero, el bello y temible toro de la ganadería de la viuda de Saltillo que corneó a Manolete, o la mención a Lupe Sino, nombre artístico de Antonia Bronchalo Lopesino, que fue la novia de Manolete y de la que se cuenta que cuando Islero derribó al torero en la plaza, Lupe voló al lado de su hombre, que agonizaba en el hospital al que lo habían llevado de urgencia y quería casarse con ella antes de morir aunque la madre de Manolete, y otros a los que también perjudicaría que cumpliera su deseo, se lo impidieron. Ni siquiera los dejaron verse por última vez.
Es innegable el valor sociológico de la canción y que admite diversos niveles de lectura; permite asociar sin esfuerzo los símbolos de una época con el toreo, pero, por ese mismo motivo, se convierte en un canto de cisne sobre el futuro de la tauromaquia, sin referencias en el devenir de la sociedad actual. Y malo si lo que se pretende es volver atrás, aunque sólo fuera para volver a poner de moda alguna de esas miserias que recoge.


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1Un ejemplo de rabiosa actualidad que, además, demuestra un apreciable grado de desvergüenza y, de que, pese a las bochornosas hemerotecas, se admite (y los medios aplauden) una impunidad total y una ausencia de responsabilidad en quien corresponda: estos días ha habido una copiosa nevada en el centro de la península de génesis y efectos similares a otra ocurrida en el año 2009. Pues bien, en 2009, el partido de la oposición hizo una crítica feroz de los hechos (y los medios aplaudían) culpando DE TODO al gobierno de entonces y exigiendo dimisiones; estos días, con el partido entonces en la oposición hoy en el gobierno, se aduce (y los medios aplauden) que la Naturaleza es la que es y que el gobierno es, por tanto, inmune a críticas por su actuación.

2La tozudez oficial de considerar "arte" y "cultura" (subvencionadas, por tanto) a las actividades ligadas a un espectáculo basado en la exhibición pública de la muerte de un animal en contra de la evolucion de la sensibilidad de una gran parte de la sociedad, sólo se mantiene por criterios estrictamente de manipulación políttica, como lo demuestra el hecho de que la Comunidad Autónoma de Canarias prohibiera las corridas en su territorio en 1991 sin que nadie reaccionara mientras que cuando lo hizo Catalunya en 2010 se consideró un ataque a la línea de flotación de una rancia españolidad y una muestra de separatismo y se impugnó, claro. Ya digo que, si no existiera Catalunya, habría que inventarla para justificar "contra ella" la imposición de acciones en todo el país de un calado democrático, cuando menos, cuestionable.

3Conviene hacer un alto en el camino sobre el escritor. En las jornadas 'Chaves Nogales, una tragedia española', celebradas en Sevilla hace un par de meses, a la pregunta de “¿Estaríamos hablando hoy de Juan Belmonte si el periodista Chaves Nogales no hubiera escrito su biografía?” la respuesta unánime de los asistentes fue que no, llegando a la conclusión de que, salvando las distancias, Chaves fue para Belmonte como San Pablo para el cristianismo., y se sucedieron los comentarios: “Belmonte debe su trascendencia a Chaves”; “Al torero le tocó la lotería”; “El libro es maravilloso y está por encima de los cánones de la literatura taurina tradicional” porque “No es solo la historia de un torero, es la biografía de una época, de una ciudad (Sevilla), del mundo de los toros, del alma humana…, y esa es su grandeza”.
Todos coinciden en que, curiosamente, el escritor no era especialmente taurino, y que “Chaves Nogales descubrió en Juan Belmonte que la inteligencia no se refugia solo ni siempre en los intelectuales”. Chaves era un liberal antifranquista, partidario de la república, pero, sobre todo, de la razón, y condena a Lenin, Stalin, Hitler y Mussolini antes que nadie. Como periodista, en aquellos años, es incómodo para los dos bandos porque cuenta la verdad -las miserias- de ambos. Por eso, tuvo que exiliarse; primero, en París, y, después, en Londres, donde, apartado de su familia, falleció de una peritorinitis en mayo de 1944. Sus restos mortales descansan en el cementerio de Fulham, cerca de la capital inglesa. Una semana después de su muerte, el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo lo condenó a doce años de cárcel, y a la inhabilitación absoluta y perpetua. Sus trabajos fueron olvidados, y su figura laminada y, como se afirmó en las jornadas, “A Chaves Nogales lo fusilaron con el olvido” pese a que hoy se pueda afirmar que “Su obra no ha envejecido, pues parece que está escrita ayer mismo, y esa frescura es la que convierte a Chaves Nogales en un escritor clásico”.

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