lunes, 21 de enero de 2019

Estrés inducido y estrés real


Dice el refranero, que nunca nos cansaremos de repetir que es muy sabio (aunque discutible, por supuesto, en alguna de sus sentencias), que tras la tempestad llega la calma, tras los excesos, la contención y que, como las plagas bíblicas, aunque con otro sentido, las épocas de bonanza y de depresión se van alternando en la vida, de forma que eso que se dice que precisamos reposar y tomar fuerzas en los cambios de época para lograr un cierto equilibrio global y personal es una verdad como un templo.

Viene esto a cuento porque ya se pueden dar por acabadas la fiestas (?) alrededor de la celebración de la Navidad, el cambio de año y la venida de los Reyes Magos, y tras la vorágine comercial insensata en la que se han convertido estos días llega la “cuesta de enero”, el sosiego que nos permite examinar con calma las acciones impensadas e inducidas a las que hemos sucumbido (y sus facturas) y declarar “firmemente” el propósito de no volver a caer en esa trampa saducea… hasta el año que viene. Porque íntimamente estamos convencidos de que este fenómeno nos supera y de nada vale luchar contra él pues, cuando se presenta (cada año por las mismas fechas) es como un fuerte episodio de estrés ya asumido. ¿Es eso? ¿Es estresante la Navidad?


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Vayamos por partes. ¿Qué es estrés? El estrés es una reacción fisiológica del organismo en el que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada, o sea, que en tanto es respuesta a un factor tal como una condición ambiental o un estímulo, puede afirmarse que el estrés1 es el modo de un cuerpo de reaccionar a un desafío. Y fijémonos en que el refranero se cumple, toda vez que debido a que el cuerpo no puede mantener este estado durante largos períodos de tiempo, el sistema nervioso tiene tendencia a hacer regresar al cuerpo a condiciones fisiológicas más normales.

Pero, en principio, no habría por qué preocuparse; todo el mundo se siente estresado de vez en cuando y no todo el estrés es malo. Sin ir más lejos todos los animales tienen una respuesta a situaciones que podríamos definir como de estrés, y puede salvarles las vidas. El estrés es emocionante y fascinante en pequeñas dosis, pero cuando es demasiado resulta agotador, hasta el punto que si el estrés se hace crónico puede causar daño tanto físico como mental. Por sus causas, hay por lo menos tres diferentes tipos de estrés:
Estrés rutinario o cotidiano, relacionado a la presión del trabajo, la familia y otras responsabilidades diarias
Estrés provocado por un cambio negativo repentino, como la pérdida de un trabajo, el divorcio o la aparición de una enfermedad
Hay pocas dudas para los psicólogos de que ese estado que propician estas fiestas puede encuadrarse en el apartado de estrés provocado, y su manejo puede resultar complicado y confuso porque, por otra parte, existen diferentes tipos de estrés, sean cuales sean sus causas: estrés agudo y estrés crónico, y cada uno cuenta con sus propias características, síntomas, duración y enfoques.


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Con estos mimbres, si cuando uno se da cuenta de que ha empezado el bombardeo publicitario de perfumes de nombre impronunciable, de juguetes y pasatiempos al alcance económico sólo de unos elegidos o de cosas que obedecen al último grito (algunas son realmente “el último rebuzno”) de la moda en su sector, nota que empiezan los sudores fríos, las prisas y, en definitiva, unos síntomas que se pueden resumir en:

Agonía emocional, combinación de enojo o irritabilidad, ansiedad y depresión.
Problemas musculares que pueden incluir dolores de cabeza, de espalda, de mandíbula y tensiones musculares.
Problemas estomacales e intestinales como acidez, flatulencia, diarrea, estreñimiento y síndrome de intestino irritable;
Sobreexcitación pasajera que deriva en elevación de la presión sanguínea, ritmo cardíaco acelerado, transpiración de las palmas de las manos, palpitaciones, mareos, migrañas, manos o pies fríos, dificultad para respirar, y dolor en el pecho.

Si eso o algo parecido pasa, hay pocas dudas de que la persona sufre los efectos de una crisis por estrés agudo y fríamente, la mayoría de las personas los reconocen y, como está asumido que le puede pasar a cualquiera, se considera muy manejable (y lo es). Otra cosa es que el estrés agudo (y no digamos si está originado por causas serias como una enfermedad grave, un divorcio, la pérdida de un ser querido,… ) afecte a personas cuyas vidas son tan desordenadas que son estudios de caos y crisis y no pueden organizar la cantidad de exigencias autoimpuestas ni las presiones del entorno que reclaman su atención. Desde un punto de vista meramente psicológico, estas personas pueden ser sumamente resistentes al cambio y, a menudo, el estilo de vida y los rasgos de personalidad están tan arraigados y son habituales en ellas que no ven nada malo en la forma cómo conducen sus vidas, y con frecuencia, ven su estilo de vida, sus patrones de interacción con los demás y sus formas de percibir el mundo como parte integral de lo que son y lo que hacen.

Las “recetas” contra los efectos del estrés agudo en la persona, que las hay, quedan fuera de estas líneas (parafraseando al Michael Ende en su La historia interminable, “… ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”), pero nos permitiremos reflexionar sobre lo fácil que es crear sin pensarlo conscientemente situaciones estresantes, y para ello nos basaremos, precisamente,en un icono de estos días pasados, cual son los Reyes Magos y sus regalos. No nos meteremos en camisa de once varas y no entraremos en quiénes eran realmente (sólo aparecen como de pasada en uno de los cuatro relatos evangélicos, sin definir sus nombres ni que fueran tres y fue en el siglo III cuando se estableció que pudieran ser reyes), ni mucho menos cuestionaremos su existencia hoy ni si piden ayuda a los padres de los niños para el reparto de regalos, no. Simplemente recordaremos que en España, a partir del siglo XIX, se inició la tradición de convertir la noche de Reyes (noche anterior a la celebración religiosa de la Epifanía) en una fiesta infantil con regalos para los niños, a imitación de lo que se hacía en otros países cristianos el día de Navidad, en homenaje al santo oriental San Nicolás. Pero, paralelamente, en Estados Unidos nace en 1931, fruto de una campaña comercial, el Papa Noel que conocemos ahora (aunque heredero de San Nicolás y de los protestantes holandeses que primero poblaron Norteamérica, está casi desprovisto de connotación religiosa y se inspira en los mitos del solsticio anteriores al cristianismo) y que se identifica rápidamente en todo el mundo con el american way of life, con toda la carga de modelo social que eso representa.

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En España, la imparable irrupción de Papa Noel en detrimento de los Reyes Magos supuso, por un lado, el añadido de un nuevo factor estresante, pues ahora había dos fechas marcadas ya que para los niños tan especial es uno como los otros y nadie pensaba en reivindicar sólo una de las fechas, para regocijo de los comerciantes de juguetes y similares (un inciso: no deja de ser curioso que se eche mano de la tradición para justificar “espectáculos” públicos de tortura a animales que dicen que son arte y cultura y no para reivindicar a los Reyes Magos frente a Papa Noel o la representación de Don Juan Tenorio frente al Halloween, por ejemplo; pero eso es otra cosa). De otro lado, esta circunstancia deja al descubierto que, en materia de cómo educamos a nuestras criaturas, hay camino por recorrer. Me explico: en esa “lucha comercial” entre Papa Noel y los Reyes Magos se esgrime como casi único (y falso) motivo de disputa que los niños pueden disfrutar más de los regalos del primero por tener por delante más días de vacaciones. Ya. Como si los regalos se volatilizaran con la vuelta al colegio.

¿Y si buscamos remedio a la creación de factores estresantes, por empezar por algún sitio? ¿No será cosa de gestionar la educación? A ver...Seamos coherentes: ¿no decimos hasta la saciedad que los Reyes o Papa Noel (para esta reflexión es igual quien sea) traen sus regalos “a quien se haya portado bien todo el año”? ¿A santo de qué que se acostumbre a tener una inundación de regalos por Navidad, por Año Nuevo, por inicio de curso, por final de curso, por el santo, por el cumpleaños, por carnavales, por eso del Halloween,… ? ¿Dónde quedan las enseñanzas de la cultura del esfuerzo (no sólo académico a fin de reducir tanto cafre con título que pulula por ahí), el respeto hacia los demás, la actitud,… ? Seguramente enseñándoles esos valores se les enseña también a valorar que cada regalo debe costar de conseguir, que les debe durar todo el año y que, en ese contexto, el que “se lo traiga” Papa Noel o los Reyes Magos obedece a razones diferentes a la presión del estrés comercial inducido.

Pero volvamos al estrés. De aquí a convertir ese estrés de estos días, que ya hemos apuntado que puede ser emocionante y fascinante, en estrés crónico, que en modo alguno lo es, un paso, con independencia de la personalidad de a quién afecta. Es el estrés de la pobreza, las familias disfuncionales, de verse atrapados en un empleo o carrera que no da para vivir, que desgasta a las personas día tras día, año tras año, el que hace estragos mediante ese desgaste a largo plazo, el que destruye al cuerpo, la mente y la misma vida, pues el estrés crónico mata a través del suicidio, la violencia, el ataque al corazón, la apoplejía e incluso el cáncer. Las personas se desgastan hasta llegar a una crisis nerviosa final y fatal. El estrés crónico surge cuando una persona nunca ve una salida a una situación deprimente. Es el estrés de las exigencias y presiones implacables durante períodos aparentemente interminables. Sin esperanzas, la persona abandona la búsqueda de soluciones.

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Por ello, el peor aspecto del estrés crónico es que las personas que lo sufren se acostumbran a él, se olvidan que está allí. Si bien las personas toman conciencia de inmediato del estrés agudo porque es nuevo; ignoran al estrés crónico porque es algo viejo, familiar y a veces hasta casi resulta “cómodo”.

Lo dramático para la sociedad y radicalmente obsceno es que se ve y se sabe con datos empíricos que la bacanal de consumismo salvaje en que se han convertido estas fiestas alrededor de la Navidad, favorece y potencia geométricamente la aparición de más casos de ese estrés insano. Y nadie parece hacer nada para remediarlo porque a nadie parece importarle, pues (eso es lo trágico a futuro) se considera “normal”.

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1Para quien sienta curiosidad por el origen de la palabra y algo de lo que la rodea, en la década de 1930, el médico y fisiólogo austríaco Hans Selye descubrió que pacientes con variedad de dolencias manifestaban muchos síntomas similares como fatiga, pérdida del apetito, bajada de peso y astenia, entre otras posibles sintomatologías, que podían ser atribuidos a los esfuerzos del organismo para responder al propio hecho de estar enfermo. Él llamó a esta colección de síntomas Síndrome del estrés, o Síndrome de Adaptación General. En 1950 publicó la que sería su investigación más famosa: Estrés. Un estudio sobre la ansiedad. El término estrés proviene de la física y hace referencia a la presión que ejerce un cuerpo sobre otro (la fatiga de materiales), siendo aquel que más presión recibe el que puede destrozarse- y fue adoptado por la psicología, pasando a denominar el conjunto de síntomas psicofisiológicos antes mencionado. Los estudios de Selye con posterioridad llevaron a plantear que el estrés es la respuesta inespecífica a cualquier demanda a la que sea sometido, es decir que el estrés puede presentarse también, por ejemplo, cuando se da un beso apasionado.
Las reacciones psicológicas que causa el estrés tienen tres componentes: emocional, cognitivo y de comportamiento. El estrés y las emociones tienen muchísima relación, hasta el punto de que hasta la definición son similares. Las emociones se pueden definir como un estado de ánimo que aparece como reacción a un estímulo. Lo que hace pensar que el estrés es una emoción ya que tiene sus características. Algunas respuestas de tipo emocional que se presentan en personas afectadas por el estrés son las siguientes: abatimiento, tristeza, irritabilidad, apatía, indiferencia, inestabilidad emocional, etc. Se dice que los agentes estresoresllegan por medio de los órganos de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato), que después llegan las emociones. Entonces después del estrés vienen las emociones y viceversa.
Los llamados estresores o factores estresantes son las situaciones desencadenantes del estrés y pueden ser cualquier estímulo, externo o interno (tanto físico, químico, acústico o somático como sociocultural) que, de manera directa o indirecta, propicie la desestabilización en el equilibrio dinámico del organismo

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