domingo, 21 de julio de 2019

¿Lectura electrónica o impresa?

Pues iba yo tranquilamente sentado distraido mirando el paisaje familiar en uno de mis 
frecuentes viajes en tranvía cuando, en una de las paradas, subió, y quedó de pie al lado de 
mi asiento, un señor, de aquellos de edad indefinida, que parecía enfrascado en la lectura de 
un libro electrónico en la tablet que llevaba. Pensé en lo mucho que ha cambiado el “paisaje” 
de la gente en los espacios públicos (y no digamos de los privados) entre una mayoría de 
personas, de todos los sexos, de todas las edades y de cualquier condición, abducida por la 
pantalla de un teléfono móvil (que es usado generalmente de todo menos, precisamente, de 
teléfono) y una minoría, muy minoría, que aún leen libros tradicionales de papel y no libros en 
formato electrónico.

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Para nada se trata aquí de negar el desarrollo. No. Está demostrado que un sistema ha coexistido en la dinámica de la vida de los lectores junto al otro, sin que se tenga que pensar en la desaparición del formato impreso. Aunque todos los que prefieren un buen libro impreso refieren maravillas sobre esa sensación que se experimenta ante un libro recién comprado, el hojear de las páginas y guardar para la eternidad, con dedicatorias incluidas, un ejemplar que formará parte de la colección inseparable de la vida. Diseños, colores, texturas, olores y múltiples recuerdos asociados con los volúmenes dan al lector una experiencia única, es decir, el aura del objeto único. Además está la certeza de que nunca ha de fallar cuando se necesite: no habrá baterías agotadas, incompatibilidad entre formatos y archivos, ni la obligación de comprar un dispositivo nuevo cuando el antiguo no dé más de sí. Y un libro leído siempre es diferente al que está por venir. Por otro lado, estudios académicos de la psicología humana confirman que el cerebro prefiere el papel.

Sin embargo, de lo que no hay duda es de que la lectura es siempre beneficiosa, no importa el formato, si nos trasmite paz, como don bendito de cada palabra. El hábito de la lectura está lleno de beneficios que permiten el desarrollo de aspectos cognitivos y afectivos. Las nuevas tecnologías han revolucionado nuestro mundo en los últimos años y también nuestra forma de enfrentarnos a situaciones cotidianas. Leer a través de las hojas de un libro ha empezado a ser remplazada por la leer a través de pantallas.

No podemos olvidar que la lectura digital aporta beneficios a personas con dificultades visuales, permitiendo aumentar el tamaño de la fuente o incluso incluir sonidos (los audiolibros, tan de moda). Del mismo modo, las personas que sufren dislexia se ven beneficiadas de la lectura digital. El aumento del espaciado entre las letras favorece una mejora en el proceso lector de las personas con dificultades en la lectura.

Está comprobado también que la lectura digital aporta grandes beneficios a los más pequeños, pero no podemos olvidar, por ejemplo, que la lectura de cuentos de papel a la hora de dormir entre padres e hijos crea un vínculo muy especial y favorece el sueño. Este efecto tan positivo se ve algo reducido a través de las pantallas, ya que el exceso de luz que estas suponen para nuestro cerebro en horas en las que necesita oscuridad para entender el tránsito de la vigilia al sueño, se ve afectado. Antes de dormir la lectura más recomendable es la tradicional, a través de libros de papel.
¿Qué es mejor, pues, leer libros impresos en papel o electrónicos? Desde que aparecieron las lecturas y los libros digitales, las teorías anunciaban la desaparición paulatina del libro de papel, pese a que las últimas informaciones publicadas hablan con datos y cifras de un repunte de las ediciones en papel y un estancamiento de las ediciones digitales. Los libros en papel tienen un valor simbólico y ofrecen la seguridad de que nunca dejarán de funcionar, pero esas no son sus únicas ventajas. Según diversos estudios neurocientíficos, la lectura de textos impresos permite concentrarse más y recordar mejor lo que se ha leído. Al cerebro, además, le resulta más fácil elaborar mapas mentales al leer textos impresos que digitales, ya que puede obtener una idea de conjunto a través de los sentidos.


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En cualquier caso, hay que tener en cuenta que la presente es todavía la primera etapa de la lectura digital y, sobre todo, de los libros electrónicos. Está claro que las pantallas de las tablets y de algunos e-readers, producen mucho cansancio visual. De hecho, científicos de la Universidad de Harvard han recomendado no utilizar estos dispositivos antes de dormir, ya que perjudica la calidad del sueño y, por consiguiente, la salud general. Y las pantallas de tinta electrónica sin retroiluminación ya buscan parecerse lo más posible al papel, y en ellas el brillo no es un problema. Quedará por ver qué sucede en el futuro: si para los nativos digitales -los niños de la actualidad, que desde el comienzo de sus vidas están familiarizados con estas pantallas- es importante la pérdida de la experiencia física de los libros de papel, y si pueden conformar sus propios mapas mentales a partir de los textos en formato digital, sin necesidad del volumen físico. Parece ser que la diferencia se encuentra en el formato con el que se aprendió a leer. Así, aquellos que aprendimos la lectura a través de escritos en hojas impresas tenemos mayores dificultades para organizar la lectura a través de pantallas. Si no sabes cuánto se tarda en leer una página, podemos hacer alguna aproximaciones pero no es lo mismo leerlas en un formato físico que en uno digital. Incluso existen aplicaciones que nos informan de lo que vamos a tardar en leer un libro y que pueden servir de referencia.

La falta de referencias es una de las grandes desventajas de la lectura digital. Conocer el número de hojas a través de la vista, dibujos e incluso el tacto del libro, ayudan a aquellos que aprendimos a leer y estudiar a través de libros. El estudio y la memorización se ven entorpecidos a través de pantallas, ya que la costumbre de trabajar sobre los textos mediante notas al margen, subrayado, etc. se hacen imposible a través de estos nuevos formatos. Al escribir sobre los textos reorganizamos la información de forma más sencilla, ya que desde los inicios de nuestro estudio nos acostumbramos a ello, y así lo hizo también el cerebro, lo que le exige un menor esfuerzo (a pensar de ser tan plástico y flexible que nos permita hacerlo también a través del formato digital). Sin embargo, los “nativos digitales” parecen no encontrar estas dificultades con respecto a la referencia, ya que se acostumbraron a no tenerlas desde sus inicios. Los hipervínculos y referencias permiten ampliar la información de un texto de manera inmediata. La consulta a diccionarios y enciclopedias no es necesaria a través de la lectura digital, y esto supone grandes ventajas a nivel de tiempo para el lector.


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Pero he de reconocer que todos estos razonamientos se fueron al traste cuando llegó mi parada del tranvía, me levanté del asiento y pude ver que mi circunstancial vecino de viaje estaba leyendo ¡un cómic! en la tablet. Posiblemente esto sea así porque realmente, hubo un tiempo en que todo eran cómics (antes, tebeos). Ahora, una parte de ellos se llaman novela gráfica (o "literatura dibujada", como puso de moda Romà Gubern) e interpelan a un lector habitual de literatura, que se ha atrevido a romper con ese cliché que asociaba al género con la narrativa superficial. «No, yo no leo cómics, leo novela gráfica», que era una frase adecuada para que los esnobs rompieran sus prejuicios. Ciertamente el cómic sirve como puente entre la lectura tradicional y la lectura de imágenes porque el dibujo como motor para dar cuerpo a las ideas es, incluso, un recurso muy usado en los primeros años de escolaridad. En ellos, ilustrar una idea, un cuento o a la inversa, poner palabras a la imagen, son prácticas que aparecen en las escenas de los chicos que transitan sus primeros años en la escuela y, al final, realmente, “la historieta es literatura dibujada”

Algunos le llaman el noveno arte, pero aún así, en algunos lugares es un género que ha considerado de segunda o sub-literatura, a diferencia de lo que ocurre en otros países como Francia, Japón o Estados Unidos, donde el cómic ha jugado siempre un papel importante en las industrias editoriales y ha tenido un lugar central en las librerías, las bibliotecas públicas y escolares como una suerte de "espejo social". Incluso en Japón, el manga se usa para distintos fines recreativos y educativos, como por ejemplo, en campañas para prevenir el consumo de drogas.

Sea como sea, el cómic (aunque se elabore con los últimos adelantos técnico/informáticos) suele estar concebido para su edición impresa en papel, en páginas que proporcionan un ritmo secuencial que determina la continuidad o discontinuidad de la trama, la intriga, el misterio que narra,… en suma, el interés y su seguimiento y que suelen, con su composición (que se puede perder con su visión en pantalla), guiar al lector. Dejando de lado que puede considerarse un sacrilegio visionar en pantalla y no en papel obras gráficas de Hal Foster, Alex Raymond, Gir, el más actual Milo Manara, nuestro Hernández Palacios por citar algún nombre de un larguísimo etcétera, nos tomaremos la licencia de señalar una sola muestra demostrativa de que la lectura de cómic está desaconsejada en formato digital.


"Boccaccio nº 2" E.Sió.
Gustavo Adolfo Bécquer (18361870) fue un poeta y narrador sevillano perteneciente al movimiento del Romanticismo cuya obra más célebre es Rimas y Leyendas, un conjunto de poemas dispersos y relatos, reunidos en uno de los libros más populares de la literatura hispana. Las edulcoradas Rimas, breves en general, representan el tono íntimo, al oído, de la lírica profunda mientras las Leyendas son, en su mayoría, narraciones pertenecientes al género del relato gótico o de terror, otras, auténticos esbozos de poesía en prosa, y otras narraciones de aventuras. Una de esas Leyendas es El miserere.

Carlos Giménez es un historietista, adscrito habitualmente al Grupo de La Floresta1, uno de los historietistas más importantes del denominado boom del cómic en España y uno de los pocos que aún continúan en activo.

En el mes de febrero del año 1971 la revista Trinca publica una adaptación dibujada en cinco páginas por Carlos Giménez del Miserere de Gustavo Adolfo Bécquer2. En ella Giménez prueba una serie de nuevas ideas relacionadas con la composición de la página que a la postre terminan por convertir el relato en una pequeña joya de la historieta.

Las dos primeras páginas de la historia nos muestran la llegada de un romero a la abadía navarra de Fitero, donde es recibido por un monje que escucha con atención lo que el peregrino tiene a bien contarle sobre su vida y sus pretensiones. La intención de éste, que fue en su día músico de renombre, es escribir un miserere que le redima de todo el mal que en algún tiempo pasado cometió. El hermano le habla entonces de un triste cántico que puede escucharse todas las noches de Jueves Santo en las montañas. Allí quedaron las ruinas de un monasterio que en la antigüedad vivió su destrucción a manos de unos sanguinarios bandoleros y de allí surgen lúgubres quejidos que emiten las almas de los monjes que fueron masacrados.

El romero sube a la montaña y ante los vestigios de la antigua iglesia, pensando ya que ha sido engañado por el fraile, llegan a sus oídos unos sonidos tan extraños como inquietantes que comienzan con el tañido de unas campanas que ya no existen. Es entonces cuando se muestran ante el lector toda una serie de recursos narrativos que prescinden del texto y que se apoyan en la onomatopeya, las figuras cadavéricas de los monjes y las expresiones de espanto del protagonista para trasladar la acción a un escenario de verdadero terror que nunca antes las páginas de un tebeo habían enseñado de esa forma.

El empleo de las luces y las sombras, el sorprendente y novedoso montaje de las viñetas y el formidable uso que el autor hace del tiempo narrativo son todas nuevas formas de expresión, experimentos al servicio de una historia que consigue su propósito casi a la perfección gracias al uso de esos recursos. Todo acaece en segundos. El órgano emite su terrible sinfonía y los monjes cantan bajo una vidriera que se ilumina nadie sabe bien con qué luz. El rostro del músico nos muestra la transición desde la agonía del terror hasta la pérdida de la cordura. Pues ya está loco cuando ha terminado de escuchar el miserere y loco morirá sin poder escribir el final del cántico.

Con la asombrosa historia de El Miserere Carlos Giménez da una vuelta de tuerca a la propia concepción del cómic en una época de cambios en la que se trataba de acercar la historieta a un terreno cultural más específico, para ser degustada página a página.

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"El Miserere" G.A.Bécquer-C.Giménez

Esto no quita, como es lógico, que, al hilo de los avances tecnológicos, los autores vayan concibiendo sus obras para ser leídas/vistas como libro electrónico (de hecho ya son comunes los programas para lectura de comics, distintos de los estándar), pero ¿es esta una solución razonable para las concebidas para ser editadas en papel?. Estudios futuros y, sobre todo, la experiencia de los lectores darán la respuesta.

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1No me resisto a referenciarlo; nombre por el que se conoce a un grupo de 6 historietistas “de bandera” formado por Luis García, Carlos Giménez, Esteban Maroto, Suso Peña, Ramón Torrents y Adolfo Usero, que trabajaron colectivamente a finales de los años 60. El nombre viene del barrio de San Cugat del Vallés (Barcelona) donde se hallaba el edificio, "una torre con jardín y en medio del bosque prácticamente", como la definió el propio Giménez, donde instalaron su estudio.

2Hoy se puede encontrar en el libro recopilatorio de algunas obras dispersas del autor “Sabor a menta”, de Ediciones Glénat.

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