domingo, 29 de diciembre de 2019

Difama, que algo queda…

Coincidiendo con estas fechas de fin de año, en las que se suelen poner en valor los buenos 
propósitos para el año venidero, ha llegado a mis manos un documento (no sé en realidad si 
llamarlo así) de arqueología de un medio de comunicación de hace algún tiempo en el que el 
autor, un historiador y articulista para mí desconocido (lo cual no quiere decir nada, por 
supuesto), se desahoga acusando de expoliador al geólogo francés Georges Servajean por 
su prospección arqueológica en el oppidum (así se conoce el lugar elevado, colina o meseta, 
cuyas defensas naturales se han visto reforzadas por la intervención del hombre) ibérico de 
Giribaile, en la provincia de Jaén, hace 50 años, en la que tuve el privilegio de participar. 
Pasado el primer momento de estupor (por la parte que me toca) por la lectura, y sin el 
objetivo de pretender convencer a nadie (sus razones tendrá quien lanza esas acusaciones 
a quien, además, no puede defenderse), puedo afirmar que mi experiencia con Servajean es 
muy otra, y en los recuerdos activados me viene a la memoria como una persona abierta, 
educada, atenta, desprendida, colaboradora, buen profesional,… lo que no cuadra con los 
calificativos leídos. Obviamente, esto no pasa de ser opiniones personales sobre una persona, 
mientras que el artículo de marras califica hechos. Pues vamos con ellos. Haciendo un poco 
de memoria de esa época…  
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Giribaile, situada en el término del municipio jiennense de Vilches, más concretamente en la 
confluencia de los ríos Guadalimar y Guadalén, muy cercano a la aldea de Miralrío, no es 
sólo un viejo asentamiento de los iberos. De hecho, lo primero que sorprende al visitante 
cuando se llega allí por primera vez es la sucesión de cuevas horadadas1 en el farallón sobre 
el que se asienta la meseta. Antiguo refugio de eremitas, sus primeros ocupantes se 
remontan a la Edad Media y los últimos todavía viven. Estas covachas, conectadas entre sí 
por estrechos laberintos, fueron últimamente hogar provisional de temporeros cuando tocaba 
recoger la aceituna. Algunas se han desmoronado, porque el terreno arcilloso está siempre a 
punto de estrecharse sobre ellas. También hay unas cuantas míseras casas, la mayoría en 
ruinas. Resulta difícil imaginar las condiciones de vida en este ambiente opresivo, rodeado 
de paredes de piedra húmeda y da un cierto rubor, la verdad, ahora que hacemos un drama 
cuando se nos estropea un par de días el microondas.

Se sube (en fila india) a la meseta donde estuvo asentada la ciudad por una serpenteante, 
tosca y estrecha escalinata tallada en la roca sobre cuyos peldaños se han elucubrado hasta 
significados esotéricos. Hay también, claro está, una empinada cuesta bordeando el talud 
por donde se supone que accedían a la ciudad los carruajes. Al margen de sus connotaciones, 
la verdad es que todo ello merecería adornar el castillo de un hobbit. Al llegar arriba, lo 
primero que hay que hacer es darse la vuelta para disfrutar del paisaje, realmente 
espectacular, de interminables hileras de olivos, de los tres embalses circundantes 
(contruidos con posterioridad a las excavaciones de Servajean y que conceden al pueblo de 
Vilches el timbre de notoriedad de ser el municipio con más costa interior de España), de los 
perfiles de las lomas que se pierden en el horizonte. Desde luego, estos iberos sabían lo 
que se hacían. El enclave es inmejorable, dominador, estratégico, casi inexpugnable. Y 
extenso, muy extenso, tanto como 15 campos de fútbol, de los que sólo se ha excavado una 
cantidad ínfima, una carencia arqueológica que otorga un valor añadido: el oppidum de 
Giribaile se conserva prácticamente como lo dejaron sus últimos moradores. 
 
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Y unos apuntes históricos. La primera ocupación humana de la meseta, con carácter más o 
menos permanente y en forma, posiblemente, de poblado de cabañas, según los vestigios 
estudiados, corresponde, grosso modo, a los siglos VIII-VII A.C.; la siguiente fase 
corresponde a inicios del siglo IV A.C., momento en el que se funda el oppidum de Giribaile, 
que llegó a alcanzar, como se ha apuntado, unas 15 hectáreas de meseta fortificada, 
configurándose entonces como una de las grandes ciudades del Alto Guadalquivir. Giribaile 
representa un buen ejemplo del modo en el que se llevó a cabo el proceso de romanización 
en la península después de finalizar la Segunda Guerra Púnica (se considera que los 
habitantes de la ciudad eran ya cartagineses, evolucionados de los primitivos iberos). La 
ocupación de Giribaile continúa, aparentemente, hasta finales del siglo II - inicios del I A.C., 
momento en el que se documenta una destrucción violenta, hecho que, muy probablemente, 
corresponde a una acción militar de castigo encabezada por el cónsul Tito Didio (no confundir 
con Tito Livio), que tenía a su cargo un destacamento que hibernaba en la vecina ciudad de 
Cástulo2, capital de la Oretania, con la finalidad de controlar los centros metalúrgicos. El 
excepcional buen estado de conservación arqueológica del conjunto se debe al abandono 
repentino del mismo por un incendio generalizado (¿la operación militar de castigo?) 
documentado, además de en la campaña de excavación arqueológica del año 2014, en la 
campaña anterior de Servajean, en 1968 y 1969. Este incendio calcinó las estructuras de 
soporte vegetal cuya composición, gracias a los pertinentes estudios, ha podido ser 
identificada: se empleó el pino para la estructura de sustento y madroño y adelfas para cubrir 
las luces dejadas por las vigas del pino. Debido al incendio se produjo el desplome sobre el 
suelo de ocupación y los recipientes anfóricos del material de construcción que formaba parte 
de los muros de cierre de habitación y suelos.

Tras la destrucción se produce un abandono de la meseta y una disgregación de población 
que empieza a establecerse en el valle. Para momentos posteriores de época romana, en la 
meseta sólo se documentan algunos fragmentos de terra sigillata («cerámica sellada» o que 
ha recibido estampilla o sello) hispánica, fruto de una ocupación puntual de tipo rural de 
época posterior. Los restos de la muralla que fortificaba la ciudad, por ejemplo, son ahora 
apenas una sucesión de montículos. La Naturaleza, tarde o temprano, se cobra su venganza. 
Y eso pese a que, en sus mejores tiempos, la muralla tuvo casi 250 metros de longitud y diez 
de alto en algunos puntos.  
 
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En la alta Edad Media, los visigodos mantuvieron una población importante aunque dispersa 
en núcleos rurales basados en una economía agraria y ganadera; de esta época datan los 
eremitorios cristianos de las cuevas. A partir de la invasión musulmana, en el siglo VIII, los 
árabes levantaron una fortaleza en el extremo noreste del cerro/meseta aprovechando 
elementos defensivos conservados del oppidum ibérico, de la que todavía hoy se pueden 
observar la planta irregular, algunas torres, el aljibe y lienzos del recinto murado. La fortaleza 
fue reconquistada por las huestes de Fernando III El Santo en su campaña para la 
Reconquista del Reino musulmán de Jaén, y cuenta la leyenda3 que el señor del castillo, Gil 
Bayle de Cabrera, hizo fijar un letrero que era todo un desafío al destino. “De río a río todo 
es mio. Esta tierra es de Gil Bayle, que no morirá ni de sed ni de hambre”. Pero se cuenta 
que en el transcurso de una cacería, el señor Gil Bayle cayó con su caballo a una sima. Allí 
lo encontraron pasado un tiempo sin vida, muriendo paradójicamente de sed y de hambre.

En este contexto, Georges Servajean, geólogo que a la sazón trabajaba como topógrafo para 
la Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya-España (compañía minera de capital 
francés con sede en Madrid que explotaba los yacimientos mineros de la zona) en las oficinas 
de La Carolina, recibió información, o puede que ya la tuviera, de todos esos asentamientos 
humanos en la cercana loma que ahora era un terreno yermo y lleno de hierbajos y, con el 
apoyo financiero de la Compañía a la que prestaba sus servicios profesionales, la 
comunicación previa de la decisión a la Diputación y la entusiasta colaboración de un grupo 
de jóvenes, en general robándole tiempo a los estudios o a otras obligaciones, organizó unas 
prospecciones arqueológicas que pronto dieron sus frutos en forma de descubrimientos de 
muros y pavimentos, vasijas de cerámica4 y utensilios de metal. Ahora, las piedras que 
señalan esas primitivas casas con zócalos de piedras y paredes de adobe están comidas 
otra vez por la hierba, pero aún se puede apreciar el patio en torno al cual se repartían las 
habitaciones. Las hechuras de la ciudad debían ser imponentes, lo que avala la idea de que 
no existe en toda España una ciudad ibera de estas dimensiones que se conserve intacta. 
Vale la pena citar como anécdota que, siguiendo los estándares sociales de la época, del 
grupo citado de jóvenes, los chicos se encargaban de la excavación y el trabajo de campo, y 
las chicas de la limpieza, restauración en su caso, y clasificación de los hallazgos en el 
piso-local facilitado al efecto por la Compañía. 
 
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Las excavaciones finalizaron de forma repentina porque la intervención (pese a haber sido 
comunicada legalmente y no costar ni un céntimo al erario) se desarrolló sin la autorización 
pertinente de la Administración, imprescindible por relacionarse con el Patrimonio y se 
prohibió continuar con ella.. Se habían abierto 19 cortes en los 256 metros cuadrados de 
superficie excavada, menos del 0,20% del oppidum. Frente a la acusación de expolio, 
vertida con ignorante ligereza, la opinión de los expertos es muy diferente: “La actividad 
arqueológica realizada en la zona central del poblado en las campañas de excavación 
dirigidas en 1968-1969 por el geólogo francés Georges Servajean apoyado por el Grupo 
Arqueológico Carolinense permitió obtener una documentación muy interesante para la 
comprensión del proceso histórico en este oppidum de época ibérica”5. ”Gracias a las 
campañas de excavación desarrolladas durante los años 1968 y 1969 se pudo identificar la 
zona lindante a las escalinatas de piedra como un barrio residencial y de producción artesanal, 
ya que se documentaron estructuras de menores dimensiones  que las de otras áreas, así 
como una mayor compartimentación interna y diferentes funciones artesanales que indican 
una diferencia funcional entre ambas áreas”6. 
 
 
Documento original ciclostilado de una de las catas "clandestinas" de los trabajos de Servajean.
 
Quizá no se ha investigado suficientemente que el auténtico expolio se produjo cuando 
Servajean y su equipo tuvieron que abandonar los trabajos (atendiendo a órdenes legales no 
relacionadas con la conveniencia y calidad de las catas sino con absurdas discrepancias 
– que aún se arrastran en muchos aspectos – en competencias burocráticas) habiéndose ya 
divulgado en los medios la calidad y cantidad de los hallazgos arqueológicos en un terreno 
ahora identificado y abierto a los “buscadores de tesoros”, y de eso, si hay algún culpable, 
no es Servajean precisamente, sino una Administración celosa, inmóvil y con las prioridades 
confusas, primando la legalidad (siempre cambiante por definición) por encima de la eficacia, 
la conveniencia y el sentido común. Todos (repito, todos) los objetos recuperados en las 
excavaciones, custodiados en principio por el desaparecido Grupo Arqueológico Carolinense, 
creado ad hoc en 1969, se exponen hoy en el Museo Arqueológico Provincial de Jaén o en el 
Museo de La Carolina, o sea que de expolio, nada de nada, y acusar de tal cosa a Servajean 
y su altruista equipo es maledicencia o ignorancia (o ambas).

Acabemos bien este año dando al César lo que es del César….
 
 
Posible urna cineraria con inscripciones hallada en Giribaile. (De un documento-informe de las prospecciones de Servajean)
 
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1El arqueólogo almeriense de la Universidad de Granada Manuel de Góngora Martínez describió por primera vez, en 1860, las Cuevas de Giribaile.“Llámase hoy Cuevas de Mari-Algar (Ma-Al-garb; esto es, Fuente del Ocaso) la que aparece en la lámina. Otras cuevas hay a la izquierda del que lo mira y fueron defensas, según las escaleras interiores y troneras, abiertas a pico, que observa allí el curioso viajero. En la meseta de sitio tan excelente, se alzó, a mi parecer, sin duda alguna, la Giri de Plutarco”, una identificación luego discutida por otros expertos.

2Históricamente, el misterio rodea el lugar; a falta de inscripciones que corroborasen la identificación, se sustentaba en la semejanza de los topónimos modernos con su contrapartida antigua y así se relacionaba la ciudad de Giri, mencionada por Plutarco (Sertorio III, 5-10) en sus Vidas paralelas, Eumenes-Sertorio, con el cerro de Giribaile. Sin embargo, no existe consenso entre los filólogos sobre que Girienses sea el gentilicio recogido en el mencionado pasaje. En cualquier caso, tampoco la evidencia arqueológica sustenta dicha identificación puesto que el episodio de la vida de Sertorio narrado por Plutarco se corresponde con la toma de una ciudad a principios del siglo I A.C., y los materiales documentados en el interior de la ciudad ibérica no llegan hasta ese momento, con la sola excepción de un pequeño conjunto de cerámicas en el flanco sureste de la plataforma norte. Además, la existencia del topónimo actual no ha podido ser documentada en momentos anteriores al siglo XVIII. Por todo ello se puede desechar, pese a la convicción expresada por Manuel de Góngora, la correlación entre Giri y Giribaile debido a la fragilidad de la propia evidencia literaria y, sobre todo, a la información procedente del registro arqueológico.

3Así se puede leer en la hace muchos años desaparecida publicación cultural carolinense “Cabria”. Hay otras versiones de la leyenda, una de las más conocidas, aparte de la citada, relacionada con la venganza contra el señor Gil Bayle, que había ejercido el "derecho de pernada" con la hija del molinero.

4Una auténtica joya es lo que parece ser una urna de cerámica decorada para depositar las cenizas de los difuntos en la que hay una inscripción que, según los estudiosos, emparenta el lenguaje en el que está hecha con el actual euskera más que con las lenguas propias de la zona. Por cierto, ¿cómo se pudo estudiar esta vasija si la pieza está expoliada?

5Luis María Gutiérrez Soler et altri, Las cuevas de Giribaile: nuevas aportaciones para el estudio del poblamiento eremítico en Andalucía Oriental, Revista AyTM, 2005.

6 En la zona excavada del poblado hay dos calles principales entre las que discurre un muro medianero que es utilizado como pared maestra de las viviendas. El lugar ha sido objeto de tres excavaciones arqueológicas oficiales, en 1968-1969, 1995 y 2014 (aunque, en puridad, la del 1968-1969 conste como “No autorizada”) y muy numerosas ilegales, especialmente acusadas en las dos necrópolis del oppidum. Las pocas viviendas excavadas oficialmente, presentan una forma cuadrangular en las que aparecieron restos de cenizas, consecuencia de un incendio devastador.

2 comentarios:

  1. Una vez mas, el calumniador goza de la ventaja de la difusión mediática y de la impunidad de hablar sin poner coto al desvarío tan del estilo hispánico, y el calumniado probablemente ni se ha enterado si es que Georges aún está entre nosotros, y los estudiantes que le acompañamos en la excavación lo mas que podemos es defender su buen nombre depositando en las redes nuestro conocimiento personal como participantes.
    Totalmente de acuerdo contigo, lo que de allí se sacó, quedó documentado, laboriosamente reconstruido y en los Museos de Jaen y de La Carolina depositado. Y lo que allí quedó abandonado al expolio, por nuestra endémica burocracia, convenientemente expuesto al buscador de tesoros furtivo.
    No se quien es ese mencionado Sr. Coarasa pero desde luego si se que es un consciente indocumentado.
    Buen articulo Miguel.

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    1. Gracias por los comentarios. Dejémoslo en que el acusador no tiene conocimiento/s suficiente/s y calumnia alegremente por lo que sea.

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