domingo, 15 de diciembre de 2019

¿Qué es el éxito?

A veces, casi siempre por motivos físicos o de simple edad, se cumple a rajatabla esa 
premisa filosófica de que para estudiar (que no, ya, programar) el futuro, la única forma y el 
único motivo de satisfacción es mirar hacia atrás y ver lo que se ha hecho, lo que se ha sido, 
de manera que cuando se presenta la oportunidad y el momento en que por fin se deja de 
correr, uno se para y se encuentra consigo mismo, con una sensación de paz que va 
creciendo en el interior y sintiéndose desnudo, sin adornos, vacío de prejuicios y abierto al 
sentimiento, aceptándose tal y como se es y, a poco que el ejercicio muestre que hay más 
puntos positivos que negativos (que siempre los hay), una paz inunda la vida, una alegría 
sincera que requiere de nada más que de uno mismo.
 
 
Resultado de imagen de Bronnie Ware

Ese ejercicio (difícil, no nos engañemos) de ser capaz de autoanalizarse lo llevó al extremo 
Bronnie Ware, escritora, compositora y conferenciante australiana, en sus escritos sobre lo 
que escuchó durante su tiempo como enfermera/cuidadora paliativa, publicados en 2009 en 
su blog (y volcado en 2012 en libro) como "Regrets of the Dying" (Arrepentimientos de los 
moribundos), y es que, a diferencia de Edith Piaf, que decía en su famosa canción Je ne 
regrette rien que ella no se arrepentía de nada, mucha gente, cuando mira para atrás, parece 
que sí. La autora, sobre la base de que “Todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, 
nos ayuda a aprender algo”, lo que la conduce a la conclusión de que “La gente no parece 
arrepentirse de algo que  hizo; por eso es más común arrepentirse de algo que NO se hizo”, 
lo resume en:

 - “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los 
otros esperaban que hiciera”.
 - “Ojalá no hubiera trabajado tanto” porque eso hace perder el equilibrio emocional y 
como resultado se pierden muchas cosas en la vida.
 - “Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía” o de hablar y 
decir que no gustaban determinadas cosas, o de hablar con personas y decirles lo que 
realmente se sentía por ellas
 - “Habría querido volver a tener contacto con mis amigos”, volver a ver a alguien para 
recordar momentos compartidos de su vida, pero no se había hecho el esfuerzo de encontrarlo 
y eso porque los amigos son muy importantes ya que a menudo los familiares soportan su 
propia carga.
 - “Me hubiera gustado ser más feliz”.

La principal conclusión de la autora después de su experiencia es "Pienso que como seres 
humanos debemos aprender a perdonarnos más a nosotros mismos y no ser tan duros por 
no haber hecho algo en el pasado. Y esto se aplica principalmente cuando una persona está 
enferma y no tiene ya libertad de hacer cosas porque no tiene salud".  
 
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Fijémonos en que uno de los pilares del resumen de la obra de Bronnie Ware gira en torno al 
lamento por haber descuidado las relaciones personales de amistad, lo que coincide con lo 
que opinan los expertos de que más que una infancia feliz, una infancia en la que se formaron 
lazos emocionales parece ser más claro predictor de una larga y disfrutable vida. En este 
sentido, en 1938 se inició en la Universidad de Harvard el estudio más completo sobre el 
bienestar y el desarrollo de hombres adultos. En 1966, un entonces joven psiquiatra George 
Eman Vaillant, tomó las riendas de lo que se conoce como el Grant Study, y que consiste 
básicamente en dar seguimiento a la vida de 764 personas que estudiaron en Harvard y 
determinar qué factores predicen en ellas el bienestar. Recientemente Vaillant publicó las 
conclusiones a décadas de entrevistas, investigación y viajes para visitar a los sujetos de 
estudio en el libro "Triumphs of Experience", donde sugiere que el común denominador del 
bienestar son las relaciones personales. Al parecer la esencia de nuestra existencia en este 
mundo es el ser/estar-con, y la otra variante es la llama física de la vida que permite vivir 
más y mejor. 

Con anterioridad al estudio, los investigadores, según los prejuicios de la época, 
consideraban que los factores más importantes a seguirse tenían que ver con la fisonomía 
de un hombre: su estatura, su tipo de cuerpo "masculino" (la gran mayoría eran hombres), 
etc., pero a raíz de él no se puede aseverar que el cuerpo sea decisivo para la felicidad; en 
cambio las características más decisivas tienen que ver con el aspecto cualtitativo de las 
relaciones. Vaillant demostró estadísticamente que quienes que venían de un entorno 
familiar cálido tuvieron una mayor ascendencia sobre su entorno que aquellos que crecieron 
en hogares más fríos y con relaciones parentales menos amorosas. El cuerpo, el físico, 
resultó inútil para predecir cómo le iría a un hombre en la vida.  Tampoco su afiliación política 
o incluso su clase social, pero tener un alto coeficiente de cariño en la infancia fue un 
predictor muy alto de bienestar. Curiosamente, en hombres, aquellos que mostraron tener un 
mejor vínculo emocional con su padre lograron vivir más tiempo y encontrar mayor bienestar, 
según el índice de Vaillant. 
 
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Aunque este estudio podría parecer como una tesis meramente freudiana, Vaillant notó que 
algunas personas lograron cambiar/mejorar ya en la madurez, incluso a los 80 y 90 años 
aprendiendo nuevos trucos, abriendo su corazón a la expresividad y a la vinculación 
emocional. Algunos hombres lograron "florecer" entre los 60 y 70 años, abriendo una brecha 
de esperanza en el viejo saco de los huesos. El critico del New York Times David Brooks 
escribió sobre el estudio de Vaillant: "Los hombres sujeto del estudio frecuentemente se 
volvieron más conscientes de sus emociones al envejecer, más aptos a reconocer y expresar 
emociones. Parte de esta explicación es biológica. Las personas, especialmente los hombres, 
se vuelven más alerta de sus emociones al envejecer[...] Parte de esto es probablemente 
histórico. En los últimos 50 años, la cultura ha descubierto el poder de las relaciones".

Quizás estemos atravesando un periodo de reconocimiento del valor emocional, una 
preponderancia sobre lo racional y material que anticipa un cambio de paradigma  --algo 
quizás relacionado con un gradual giro de una sociedad de dominio masculino a una mayor 
igualdad y a una mayor admisión de las cualidades relacionadas históricamente con lo 
femenino -. Sabemos científicamente que el contacto humano (físico y psicológico) tiene 
efectos positivos en la salud; sabemos que la forma principal en la que se encuentra este 
contacto humano, esta intimidad, es a través de la apertura emocional, fundamentalmente del 
desarrollo de capacidades empáticas y su correlación con un índice de felicidad. 

Esto cuadra pero algo falla; si hemos supuesto que, al mirar hacia atrás, uno se para y se 
encuentra consigo mismo, y el resultado es la expresión de las conclusiones que recogía 
Bronnie Ware, habrá que pensar fríamente que el modelo de vida que se ha seguido no es 
emocionalmente el adecuado. Si el éxito no aparece entre las prioridades personales, ¿por 
qué lo buscamos? ¿Y por qué hay tanta gente empeñada en hacernos creer que la 
competitividad y el éxito son tan importantes? Repasemos. Aún se suele admitir que las 
personas exitosas se miden por sus posesiones, o sea, casas, coches, joyas, dinero en el 
banco, etc., y esto suele ser la definición tradicional del éxito en la vida y modelo a seguir. El 
tiempo (y la crisis, no sólo económica, no lo olvidemos) ha propiciado cambios, sobre todo en 
las nuevas generaciones; las personas “sin futuro” que nacieron a partir de 1980, los llamados 
«milennials», actualmente tienen, en general, otra visión de lo que significa el éxito, y no se 
trata de un asunto de principios o un aspecto religioso del que hayan aprendido que lo 
espiritual o emocional es más importante que lo material, sino simplemente se funda en la 
propia cultura que ellos han construido, mayormente basada en sus experiencias y gustos 
personales: las experiencias de vivir en un mundo en que el espacio cada vez es más caro, en 
el que las horas cuestan mucho más, o el impacto ambiental de la industria es mayor, han 
hecho que esta generación sea diferente a las anteriores. 
 
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Los jóvenes de hoy tienen una percepción de éxito muy distinta a la de sus padres, para los 
que el tener casa propia cuanto antes, era sinónimo de éxito (aunque fuera a costa de 
adquirir paralelamente una gran deuda). Lo mismo pasaba con los jóvenes de antes, que se 
consideraban exitosos al comprar un coche ... o más de uno. Hoy en día, tener casa propia o 
tener coche propio no es sinónimo de éxito, al menos no bajo la cultura de estos milennials. 
Este nuevo concepto no considera la adquisición de bienes, sino más bien la capacidad de 
vivir experiencias por las cuales estar orgulloso. En vez de comprar un coche, quizás es más 
eficiente y sano andar en bicicleta e invertir en la creación de un negocio que surja rápido o 
que sea sustentable en el tiempo. En lugar de comprarse una casa, es más bien visto irse de 
viaje a estudiar un Máster, o simplemente ir de vacaciones, sumergirse en alguna cultura 
nueva o aprender un idioma. Ahora, las competencias pesan más que las cosas. Cabe 
señalar que, según muchos estudiosos del tema, no es que exista desinterés en adquirir 
cosas materiales, sino que el abanico de posibilidades para gastar recursos y demostrar éxito
se ha ampliado, dejando un poco de lado lo que es material. En el fondo, destinar recursos 
económicos en vivencias interesantes, o en estudios o viajes, se ha transformado en la 
opción prioritaria. Al ver las cosas desde esta perspectiva, hallamos sentido en que las cosas 
no traen más placer, ni más éxito, ni más felicidad que las experiencias vividas. Además, la 
mayoría de los bienes materiales se desvalorizan en el tiempo, mientras que haber 
aprovechado el tiempo será una ventaja de riqueza considerable en una evaluación futura. 
Como dice el afamado cardiólogo Valentín Fuster como toque de atención, "La sociedad 
actual, que vive por y para la competitividad y el consumismo, es la responsable de la mayor 
parte de las enfermedades cardiovasculares y cognitivas de los españoles". 

"El verdadero éxito de la competición son los amigos que haces por el camino. Las medallas 
se oxidan, pero los amigos de verdad no acumulan polvo". Jesse Owens, atleta 
estadounidense de color que en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 ganó fama internacional 
al conquistar cuatro medallas de oro ante Hitler. 
 

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Tal vez todo se resuma en redefinir el concepto de éxito. SI lo definimos simplemente como 
la consecución de un objetivo, puede significar infinidad de cosas diferentes. El problema es 
que, en muchos casos, el éxito viene definido por otros y no por uno mismo, de forma que es 
usual identificar cinco asociaciones, cuando menos, bastante arbitrarias: 

 - con el dinero. No está mal trabajar y esforzarse, por supuesto, querer ganar dinero 
para que no falte nada, el problema viene cuando nos obsesionamos con el tema, tomándolo 
como único objetivo, descuidamos no solo nuestra salud sino nuestros vínculos, que son lo 
más valioso que tenemos.

 - con la fama. En el estudio de la Universidad de Harvard mencionado líneas arriba, el 
50% de los adolescentes encuestados respondieron que creían que ser famosos les daría la 
felicidad pero al final del seguimiento y el estudio, no fue el dinero ni la fama lo que los hizo 
felices ya en la edad adulta. Lo más valorado en ella y en la vejez fueron las relaciones 
interpersonales, las de buena calidad y convivencia (no, por las fechas del estudio, las 
virtuales). Se encontró que las personas solitarias enfermaron y murieron infelices y las que 
tuvieron buenos vínculos vivieron con más satisfacción. 

 - con la apariencia física. De manera análoga que con la asociación con el dinero, no 
está mal cuidarse y querer verse bien, el problema es cuando esto se vuelve una obsesión y 
marca la vida de la persona y la termina enfermando. 

 - con la competitividad. Ganar, ganar, siempre ganar y ser mejor que otro. Competir 
contra el otro en vez de trabajar junto al otro, en vez de compartir con el otro. En una 
sociedad individualista y competitiva como la nuestra, se nos inculca la convicción de que 
sólo el ganador es quien tiene éxito, que sólo el que cumplió la meta siente satisfacción. 
Pues no es así, también hay satisfacción y plenitud en los procesos. La propia vida es 
camino. A veces no se gana pero igual se logra. No es necesario competir todo el tiempo, lo 
que es necesario es sentir que uno está haciendo lo que sea lo mejor que puede, pero por 
uno mismo, no por el hecho de ganar a otro.

 - con el no equivocarse. Esta última asociación es lapidaria: no está permitido fracasar, 
no debes equivocarte. Nada más lejos de la realidad. Somos seres humanos, y nos vamos a 
equivocar de todas maneras. De los errores también se aprende, el error también favorece 
el aprendizaje.

Lo más curioso de todas estas asociaciones es que sabemos que no son reales, adecuadas, 
objetivas, pero igual muchas veces las seguimos automáticamente, sin detenernos a evaluar 
lo que estamos haciendo de nuestras vidas. Dejamos poco espacio para los vínculos reales, 
para conversar, para tocar el mundo de las emociones y los sentimientos. 
 
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Para finalizar estas reflexiones, y sin entrar en asuntos de religión ni de apostolado, parece 
oportuno recordar que, en el marco de su reciente visita al Japón, el Papa Francisco 
cuestionó la cultura del éxito a cualquier precio, y advirtió el riesgo de “aislamiento social” 
que se da en países desarrollados debido al “consumismo”, “la competitividad” y “la 
búsqueda frenética de la productividad”

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