domingo, 26 de julio de 2020

Xenofobia y Covid-19.


Siempre que el actual inquilino de la Casa Blanca, sede del gobierno de los Estados Unidos, Donald J. Trump, se refiere a la situación creada por la pandemia del Covid-19 (lo que, por otra parte, procura evitar porque es un tema que le causa visible incomodidad) tiene buen cuidado de remarcar ante su auditorio que se trata de un virus venido de la China, enemigo económico declarado, transmitiendo así el mensaje de que, en su país, esas cosas no pasan y que los males siempre vienen de fuera (alguien, por cierto, según eso,debería entonces explicarle que la que él conoce como la “gripe española” de hace un siglo que causó entre 15 y 20 millones de muertes, se originó en unos cuarteles militares de Kansas, Estados Unidos, y que fueron los soldados estadounidenses quienes la propagaron, principalmente, a Europa) También entre nosotros unos que se autoproclaman “políticos” hablan sin reparo del virus chino, aunque, casualmente, uno de ellos se contagiara y no en China precisamente.

Habrá que recordarle a ellos (y a muchos como ellos) el mensaje al respecto del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres: “El Covid-19 no cuestiona quién somos, dónde vivimos o en qué creemos. Pero, sigue propagándose como un tsunami disfrazado de expresiones de odio, xenofobia, acusación por chivo expiatorio y alarmismo. Se apunta como blanco en todo el mundo a los trabajadores sanitarios y activistas de derechos humanos. Debemos reforzar la inmunidad de nuestras sociedades frente al virus del odio”, Guterres precisó que ha aumentado la xenofobia en la calle y se dan teorías de conspiración antisemíticas, ataques islamofóbicas en ambientes virtuales; se trata a los refugiados y emigrantes como el "origen del virus", y a los mismos se priva de tratamiento médico a causa del coronavirus.

Pero, además, no olvidemos que, ya se sabe, la feria va por barrios, y que en situaciones como ésta, según vaya la feria, se puede pasar en un abrir y cerrar de ojos de “chico bueno protagonista” a “el malo de la película”; primero fue la comunidad china la que fue mirada con prevención y rechazo por el resto del mundo pero luego, la italiana... y la española, y después otras. En apenas cuatro meses, el virus se expandió a una velocidad de vértigo por todos los continentes -excepto la Antártida-, desconociendo fronteras y paralizando prácticamente el mundo. La pandemia del Covid-19 ha sacado a la luz comportamientos xenófobos en distintas partes del mundo contra los ciudadanos de las naciones más afectadas por el virus, una reacción que los expertos achacan al miedo y a la ignorancia, debidos en parte a la falta de información y la propagación de noticias falsas que circulan por la red, que extienden rumores y mentiras sobre el virus - "y la amplifica el fascismo", aseguran expertos estudiosos del fenómeno -, que tiene difícil solución y que surge de la necesidad del ser humano de identificar al enemigo o al responsable de su "mal": Es una plaga tan antigua como el hombre, que no hemos logrado desalojar de nuestros cuerpos.

Es tan viejo como el origen del mundo. Cada vez que brota una pandemia, el pánico se extiende por toda la sociedad y comienza la caza de brujas para buscar a los culpables. Entre los supuestos responsables hay muchos candidatos: el Gobierno que “no ha querido atajar el problema”, misteriosas fuerzas ocultas y grupos secretos que crearon la cepa en laboratorio para soltarla después, provocando un Apocalipsis planetario, y hasta Dios o el mismísimo Diablo que envían sus maldiciones bíblicas al ser humano por pecados tan antiguos como los de Sodoma y Gomorra (no tardará mucho en salir un obispo que atribuya el mal a la lujuria, al libertinaje y a la ofensa de aquellos que dieron la espalda a la religión, y si no al tiempo). Toda la superchería que ya se vivió en la Edad Media está retornando con fuerza, pero por encima de las explicaciones irracionales hay una que se presenta como la más peligrosa de todas, un argumento que puede ser todavía más letal que el propio coronavirus: la peste la trajeron otros, los extraños, los de fuera, los inmigrantes, los que buscan refugio.

La tentación de dar rienda suelta a los instintos más bajos, como el racismo y la xenofobia, se impone entre los grupos más conservadores y reaccionarios cuando el miedo se instala en un lugar, y nos enteramos del otro gran drama, no el que están sufriendo los infectados por el germen ni los familiares de los fallecidos, sino el de los estigmatizados, el de los “parásitos”, el calvario que sufren las minorías étnicas, sobre todo, en este caso, los chinos a los que se empieza a culpabilizar ya de haber propagado voluntariamente el Covid-19, por ser confucionistas o simplemente por ser rojos seguidores de Mao. Cualquier excusa sirve cuando de lo que se trata es de encontrar una cabeza de turco en la que volcar la ira, el pánico y la neurosis.

Los discursos xenófobos a cuenta del coronavirus son cada vez más frecuentes. Cualquiera de nosotros puede escucharlos, ya fuera del confinamiento, en el autobús, en la tienda o en el Metro. En España los discursos antiimigración provienen de una formación política que ahora arremete contra el Gobierno “por no haber sabido frenar la expansión de la epidemia” denunciando que la inmigración ilegal puede traer a Europa y a España “pandemias ya erradicadas”. En realidad se trata de un bulo más ya que todos los estudios de organismos oficiales demuestran que no hay nada que nos lleve a pensar en una relación directa entre infecciones e inmigración. Pero el discurso xenófobo va calando y abrazar aquí a un asiático o darle un beso en la mejilla (o en muchos países a un español) se ha convertido (lo han convertido) en una práctica de riesgo que con el tiempo nos hará más hipocondríacos, más fríos y herméticos, más intolerantes. Es la otra pandemia, la pandemia del miedo mezclado con odio, tan cruel e injusta como puede ser la propia maldita enfermedad.

No es la primera vez que una enfermedad focalizada en un punto concreto del planeta se convierte en emergencia internacional. En 2014 varios países de África occidental sufrieron un grave brote de ébola, una de las enfermedades más mortíferas del planeta, la enfermedad se expandió rápidamente por la falta de recursos para combatir el virus, pero también porque no hubo una respuesta coordinada entre los diferentes gobiernos “porque no les afectaba”; como consecuencia, se infectaron más de 30.000 personas y hubo más de 11.000 muertes, según datos de Médicos Sin Fronteras (MSF). Fuera de África, en los países occidentales, los casos de ébola no superaron la docena según recoge la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sólo falleció una de las personas infectadas en Estados Unidos. Recordemos que aquí, la enfermera española Teresa Romero fue la primera persona infectada por el virus fuera de África, por lo que su caso enseguida acaparó la atención mediática,... relegando a un segundo plano lo que estaba sucediendo con las miles de víctimas en África.

Estas situaciones también deben hacernos reflexionar sobre la diferencia entre los países desarrollados y las regiones con menos recursos y cómo recibimos la información sobre la emergencia sanitaria. La docena de víctimas del ébola en países occidentales tuvo mucha más presencia en los medios que los miles de muertos en África, lo que hace que nos preguntemos si la gravedad de una epidemia tiene el mismo peso para todo el mundo.

La xenofobia es la fobia al extranjero o inmigrante, cuyas manifestaciones pueden ir desde el simple rechazo hasta diversos tipos de agresiones. La mayoría de las veces la xenofobia se basa en el sentimiento exacerbado y fanatizado de “protección” de una nación, aunque también puede ir unida al racismo, o discriminación ejercida en función de la raza. Probablemente, y esto no la justifica, las raíces de la xenofobia se encuentren en nuestra hominización. La organización de los primeros grupos humanos conllevaría enfrentamientos y probables exterminios entre grupos vecinos, con lo que el sentimiento xenófobo, la prevención frente al extranjero, así, sería un rasgo evolutivo arcaico. Con la formación de sociedades amplias y permeables y el trasvase de información entre estas sociedades, veríamos al extranjero como portador de esa información y conocimiento y coexistirían ambos arquetipos: negativo y positivo; dominando la racionalización y contención del sentimiento xenófobo, el miedo al diferente, que podría ser innato, reminiscente de nuestra historia evolutiva. Entre los prejuicios xenófobos actuales más extendidos están la superioridad cultural del mundo occidental (eurocentrismo), el temor a la pérdida de la propia identidad y la vinculación y atribución del paro y la delincuencia a los emigrantes (pobres, claro, cuando, hablando de la pandemia, el mayor riesgo llega en avión y viste corbata).

El 16 de septiembre de 2008, en la cumbre de Bruselas, la Comunidad Europea aprobó la Ley contra la Xenofobia y el Racismo que contempla condenar hasta con tres años de cárcel los comportamientos xenófobos y racistas. Los Estados miembros deberán adaptar sus legislaciones en el plazo de dos años para contemplar como delito, por lo que no debe ser noticia que los gobiernos deben asegurar que sus respuestas a la pandemia del Covid-19 no contribuyan a la xenofobia y a la discriminación racial, y deben erradicar la xenofobia en todas las políticas y mensajes estatales.

Volviendo al principio, es desalentador ver que autoridades, incluido el Presidente de los Estados Unidos (o Bolsonaro, u Orban, o… Hay para elegir), adoptar nombres alternativos para el virus Covid-19. Y, en lugar de utilizar el nombre internacionalmente reconocido del virus, aplicar nombres con referencias geográficas, que generalmente se refieren a su aparición en China. Este uso calculado de un nombre geográfico para este virus se basa en la xenofobia y la fomenta. (en este caso, sirve para aislar y estigmatizar a las personas que son chinas, percibidas como provenientes de China o del este asiático). Los nombres que se le dan a las enfermedades realmente, psicológicamente, importan e influyen en las reacciones de las personas directamente afectadas; ciertos nombres de enfermedades provocan una reacción violenta contra miembros de comunidades religiosas o étnicas particulares con, a veces, graves consecuencias para la vida de las personas y sus medios de subsistencia.

Las expresiones de xenofobia relacionadas con Covid-19 en plataformas digitales han incluido acoso, discurso de odio, proliferación de estereotipos discriminatorios y teorías de conspiración. No es sorprendente que los líderes (?) que intentan atribuir Covid-19 a ciertos grupos nacionales o étnicos sean los mismos líderes (?) populistas que han convertido la retórica racista y xenófoba en el centro de sus plataformas políticas Las respuestas políticas al brote de Covid-19 que estigmatizan, excluyen y hacen que ciertas poblaciones sean más vulnerables a la violencia son inexcusables, inconcebibles e inconsistentes con las obligaciones internacionales de los Estados en materia de derechos humanos. Además, la retórica política y las políticas que avivan el miedo y disminuyen la igualdad de todas las personas es contraproducente. Para tratar y combatir la propagación de Covid-19 de manera efectiva, las personas deben tener acceso a información de salud veraz y a suficiente atención médica sin temor a ser discriminadas.


La pandemia del Covid-19 no entiende de colores ni razas ni clases sociales, solo de humanidad y solidaridad. Sólo podremos superar esta crisis sanitaria y económica si protegemos a cada una de las personas de nuestra sociedad”.

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