domingo, 7 de marzo de 2021

La mujer y la Historia.

 


Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich es una escritora y periodista bielorrusa de lengua rusa, galardonada por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura en 2015, una de las 16 mujeres que han obtenido tal distinción, en unos Premios que, en todas sus modalidades, han sido otorgados a 866 hombres, 53 mujeres y 24 organizaciones, toda una declaración de intenciones. La escritora describe la vida durante y después de la Unión Soviética a través de la experiencia de individuos; en sus libros, utiliza entrevistas para crear un collage de una amplia gama de voces y se mueve en el límite entre el reportaje y la ficción yuxtaponiendo testimonios individuales y situaciones noveladas, con lo que consigue acercarse más a la sustancia humana de los acontecimientos y para lo que tuvo que transformarse en viajera y visitar casi toda la Unión Soviética. Usó este estilo en su primer libro La guerra no tiene rostro de mujer, en el que, a partir de entrevistas, abordó el tema ignorado de las mujeres rusas que participaron en la II Guerra Mundial y comprendió con la información manejada que en realidad las mujeres son "la vanguardia de la sociedad"1.

 Según se desprende de estudios históricos, ya en el siglo IV a.C., en Atenas y Esparta, las mujeres participaron en las guerras griegas. En épocas posteriores, también formaron parte de las tropas de Alejandro Magno y, en ciertas ocasiones, las eslavas se unían valientemente a sus padres y esposos durante las guerras. Por ejemplo, durante el asedio de Constantinopla en el año 626, los griegos descubrieron muchos cadáveres de mujeres entre los eslavos caídos en combate. Además, una madre, al educar a sus hijos, siempre les preparaba para que fueran guerreros. En la Edad Moderna, la primera vez fue en Inglaterra, entre 1560 y 1650 y fue entonces cuando se empezaron a organizar hospitales donde servían las mujeres, y ya en el siglo XX, a principios de siglo, en la Primera Guerra Mundial, en Inglaterra, las mujeres fueron admitidas en las Reales Fuerzas Aéreas, entonces formaron el Cuerpo Auxiliar Femenino y la Sección Femenina de Transporte; en total, cien mil efectivos; en Rusia, Alemania y Francia también hubo muchas mujeres sirviendo en hospitales militares y trenes sanitarios pero fue durante la Segunda Guerra Mundial (sin contar el papel de la mujer en nuestra guerra -in-civil) cuando el mundo presenció el auténtico fenómeno femenino: las mujeres sirvieron en las fuerzas armadas de varios países; en el ejército inglés (doscientas veinticinco mil), en el estadounidense (entre cuatrocientas mil y quinientas mil), en el alemán (quinientas mil)… en el ejército soviético hubo cerca de un millón de mujeres, que dominaban todas las especialidades militares, incluso las más “masculinas”, llegando a surgir cierto problema lingüístico pues hasta entonces para las palabras “conductor de carro de combate”, “infante” o “tirador” no existía el género femenino, puesto que nunca antes las mujeres se habían encargado de estas tareas. El femenino de estas palabras nació allí mismo, en la guerra.

 


La pregunta que surge a la vista de este protagonismo creciente y aparentemente imparable es ¿por qué casi nunca se cita este protagonismo hasta el punto de ver a la mujer relegada o ensombrecida también en las citas históricas? Y es que las mujeres, se admita o no, han ido cambiando la historia de la humanidad, sobre todo en las últimas décadas. Baste recordar la influencia, en variados campos, de figuras como Marie Curie, Frida Kahlo, Simone de Beauvoir, Rosa Parks, Hedy Lamarr, etc., algunas de ellas ya convenientemente etiquetadas por la sociedad (patriarcal). Realmente, la sociedad debería hacer un esfuerzo por enunciar y denunciar la discriminación de la cual ha sido víctima la mujer en la historia y descubrir, por el contrario, su presencia fundamental. Y hay que partir de dos señalamientos: la discriminación ejercida a través de mitos y acepciones del lenguaje, y la ausencia a que ha sido sometida en los relatos históricos.
 

En el mito judeo-cristiano, Adán, la representación del hombre, no es hijo de una mujer, sino que es creación divina. Eva, por el contrario, la representación de la mujer, es creación posterior y derivada de aquel. En la mitología griega, Zeus representa la luz, personifica el cielo con todo su poderío y simboliza la lluvia, el viento, las tormentas, las estaciones y la sucesión de la noche y el día. Es el bien, la fuerza y la ley. Destrona a sus progenitores, los titanes preolímpicos, y se instala en el trono. Su misión es mantener elequilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses. Se le representa, claro, con figura masculina. Hera, la esposa legítima de Zeus, es su propia hermana. Para conquistarla, Zeus se transformó en pájaro. Cuando Hera tomó al ave en sus manos paraprotegerla del frío, Zeus recuperó su verdadera forma y la violó. La esposa, pues, del padre de los dioses, del ser supremo magnífico y poderoso, origen de todo lo divino y creador de lo humano, es víctima de un engaño e inmediatamente violada.2 


Con esos antecedentes no es de extrañar que en los relatos históricos y tradicionales, sólo el papel del hombre es decisivo: un hombre lo salva y lo puede todo y el papel de las mujeres se oculta y se deniega. Sólo la investigación objetiva, desprovista de prejuicios y al detalle, logra esclarecer la participación de las mujeres. Culturalmente la mujer continúa señalada en una posición que niega, sobre todo en los estratos sociales más deprimidos, la posibilidad real de un ejercicio profesional y no se trata exclusivamente de las dificultades económicas: la mujer, desde niña, asume funciones de hogar y presenta por ello un mayor grado de deserción escolar; su rendimiento académico se encuentra limitado por el esfuerzo que debe prestar en las labores de casa, ya desde pequeña, y en muchos sectores, incluso, no es todavía claro el papel que puede desempeñar como profesional; se le ofrece el salario más bajo y se le colocan las responsabilidades más inverosímiles.

 En el relato de algunos hechos históricos, incluso, la decisiva acción de la mujer también ha sido subsumida por la acción de los hombres y el papel de la mujer se pierde en los episodios donde el hombre aparece por fuerza de la costumbre como protagonista. El 1º de octubre de 1789, por ejemplo, grupos de mujeres procedentes de los arrabales de París se reunieron frente al Hôtel de Ville (ayuntamiento) para demandar el pan que sus hijos clamaban con hambre en los hogares; como no había un solo funcionario en el ayuntamiento y, apenas estaba custodiado el edificio, las mujeres se atrevieron a invadirlo y a tomar las armas. Sin alguien que pudiera prestar oído a sus peticiones, decidieron marchar hasta Versalles para hablar con el rey, Luis XVI, en su propio palacio veraniego. Fue un caminar cargado de ira y decisión al que muchas mujeres se unieron hasta que, en número de siete mil, según las crónicas,llegaron al propio aposento del rey y de su esposa María Antonieta. En medio de la agitación, fueron las mujeres quienes pidieron a la Guardia Nacional reivindicar la escarapela tricolor que impulsó a la multitud contra el castillo y que obtuvo finalmente dos grandes victorias. En primer lugar, el rey fue forzado a trasladarse a París, en donde quedó a merced del pueblo. Y, en segundo lugar, el rey fue obligado a sancionar la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” que la Asamblea Nacional había redactado, que se constituyó en el pilar de la Revolución Francesa y que debería ser el corpus de todas las Constituciones.

 


El relato de estos hechos sólo alcanza unas líneas en este blog, pero, aún así, ha sido
omitido en múltiples descripciones y escritos oficiales sobre la Revolución Francesa. Ni en París, ni en el Palacio de Versalles, hay una placa o un monumento que recuerde el papel de las mujeres en ese hito histórico. La “Declaración” que le obligaron a firmar al rey, rinde culto en su título y su prosa al género masculino, y nadie, o muy pocos, saben que esa carta fundamental para la humanidad debe su vida pública y política a las mujeres. Tan sólo un artista plástico, Eugène Delacroix, inmortalizó la participación de ellas con una pintura de la época; conservada y expuesta hoy en el Museo del Louvre, pero lo hizo de manera figurada y aunque ofrece sus pechos al desnudo, no es una mujer de carne y hueso sino “la libertad (eso sí, representada por una mujer) guiando al pueblo”.

 Volvamos a nuestra Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich y su La guerra no tiene rostro de mujer: “Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la «voz masculina». Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones «masculinas». De las palabras «masculinas». Las mujeres mientras tanto guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado nada a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra «femenina», sino la «masculina». Se adaptan al canon. Tan solo en casa, después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra que yo desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros. Durante mis viajes de periodista, en muchas ocasiones, he sido la única oyente de unas narraciones completamente nuevas. Y me quedaba asombrada, como en la infancia. En esos relatos se entreveía el tremendo rictus de lo misterioso... En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible. Pero ¿por qué?, me preguntaba a menudo. ¿Por qué, después de haberse hecho un lugar en un mundo que era del todo masculino, las mujeres no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos? Falta de confianza. Se nos oculta un mundo entero. Su guerra sigue siendo desconocida… Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres”.


 
Parece oportuno acabar estas reflexiones, que no son sino un clamor en el desierto, con las palabras de otro Premio Nobel de Literatura, éste hombre, Gabriel García Márquez que, en un escrito que elaboró especialmente para la revista Time en 1992 llamado Más allá del año 2000, sostiene que la hegemonía masculina ha desperdiciado una oportunidad de diez mil años, y dice: “La única idea nueva que podría salvar a la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman la dirección del mundo. Creo que la hegemonía masculina ha dilapidado una oportunidad de diez mil años. Los hombres hemos menospreciado y ridiculizado la intuición femenina, y por otro lado, a lo largo de la historia hemos sacrificado nuestras ideologías casi todas absurdas o abominables. La estructura del poder masculino ha demostrado que no puede impedir la destrucción del medio ambiente porque es incapaz de sobreponerse a sus propios intereses. Para las mujeres, en cambio, la preservación del medio ambiente es una vocación genética. Invertir los poderes es un asunto de vida o muerte”.
 
------------------------- 

1No tiene desperdicio al respecto la reflexión que Carlos Ruiz Zafón pone en boca de los personajes de su novela “El juego del ángel”, de la tretalogía de El cementerio de los libros olvidados:

¿Y qué me dice de las mujeres, de la otra mitad? Lo lamento, pero me cuesta ver a una parte sustancial de las mujeres de una sociedad creyendo en banderines y escudos. La psicología del boy-scout es cosa de niños.

Toda religión organizada, con escasas excepciones, tiene como pilar básico la subyugación, represión y anulación de la mujer en el grupo. La mujer debe aceptar el rol de presencia etérea, pasiva y maternal, nunca de autoridad o de independencia, o paga las consecuencias. Puede tener su lugar de honor entre los símbolos, pero no en la jerarquía. La religión y la guerra son negocios masculinos. Y, en cualquier caso, la mujer acaba a veces por convertirse en cómplice y ejecutora de su propia subyugación.

2Es llamativo que en las grandes religiones monoteístas, la mujer esté siempre sojuzgada y en un segundo plano mientras que, por ejemplo, en la cultura de los “feroces” vikingos, la mujer mandaba en la continuidad del nombre de la estirpe y el maltrato contra ella estaba severamente castigado, incluso con la pena de muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario