lunes, 21 de octubre de 2013

Deshumanización y objetivos



Ayer me llamó Ángel para darme la fatal noticia: durante estos días de descanso, el maltrecho corazón de Josep dijo basta y dejó de soportar la presión. Josep nos ha dejado en silencio, sin hacer alboroto, como era él. Con sólo 56 años.

Habíamos hablado pocos días antes del verano y nos habíamos emplazado a una cita que ya nunca podrá ser. Era un gran hombre y un trabajador (de la banca, de la época en que trabajar en banca era digno) eficaz, incansable y discreto. Ya sé que eso se dice siempre cuando alguien estimado nos deja, pero esta vez (como muchas otras, sin duda) es verdad. No sabía decir “no” y nunca esperaba nada a cambio.

Su desaparición me ha dolido, pero, asumido el dolor, se abre paso un sentimiento de indignación porque no se ha producido ninguna dimisión por su muerte. Y alguien debería haber asumido su responsabilidad. Me explico: Josep tenía antecedentes de crisis cardíacas, se sabía que su corazón estaba sometido a mayor presión que otro (dejadme que puntualice que corazón de quien tenga, porque es evidente que no todo el mundo lo tiene, si lo entendemos como algo más que una válvula mecánica) pero alguien, sabiéndolo, antepuso los mezquinos intereses económicos a su salud y lo mantuvo presionado en un puesto que lo iba minando calladamente. Y él no sabía decir que no. Y le prometieron un relevo que, no solo no se produjo, sino del que ni siquiera se inició su tramitación. Claro, quien así obró también estaba presionado ¿por su superior jerárquico? ¿por el sistema? ¿por los resultados?¿por "los mercados" que últimamente valen para todo?


No es una situación nueva: todos conocemos casos similares. Pero, ¿hasta dónde hemos llegado? Al final, nadie es responsable de estas cosas (que nadie me malinterprete: las cosas pasan porque pasan, y, salvo participación directa, sería injusto culpar a nadie aún cuando no se puede poner en tela de juicio que presionar a sabiendas no sea participar directamente en el desenlace) pero, cuando menos, la decencia obligaría a reflexionar y, seguramente, dimitir a alguien, aunque sea solamente para preservar la maltrecha salud del sistema. La duda es definir a quién: ¿su superior directo, que lo mantuvo en el puesto por comodidad? ¿el responsable de las políticas de RRHH establecidas bajo mínimos con exigencia de dedicación que sobrepasa en muchas ocasiones los límites de lo razonable? ¿el comité de dirección que asigna los presupuestos con la única mira de complacer a sus superiores, despreocupándose de la presión emocional a que se somete (particularmente cuando esos presupuestos están mal diseñados) a los empleados? ¿o el consejo de administración que establece las líneas maestras de las estrategias a seguir tanto en lo referente al personal como a la actividad?

Espero otra llamada con la noticia de alguna dimisión. Josep lo merece.

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