domingo, 22 de julio de 2018

El Nuevo Mundo es más que una sinfonía

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a la interpretación en directo de la majestuosa Sinfonía número 9, “Del nuevo Mundo”, Op. 95, del compositor cumbre del nacionalismo checo Antonin Dvořák. Un placer para los sentidos, como siempre.
La sinfonía fue compuesta por Dvořák durante su estancia en Estados Unidos a finales del siglo XIX como director contratado del recién creado Conservatorio Nacional de Música de América, en Nueva York, y en realidad la correcta traducción de su título en checo es «Sinfonía desde el Nuevo Mundo», una referencia que hace Dvořák hacia la antigua Europa demostrando una evolución musical y social reflejada en el último acorde de la sinfonía que termina decreciendo hasta piano haciendo así referencia al titulo, alejándose de la vieja Europa.
Musicalmente hablando, la obra, que bebe en las fuentes de la música americana nativa y los espirituales negros que el compositor escuchó en Estados Unidos, a pesar de lo cual, se suele considerar que, como muchas otras de las obras de Dvořák, este trabajo tiene más en común con la música popular de su Bohemia natal que con los Estados Unidos (Leonard Bernstein afirmó que la obra era realmente multirracial en sus bases), tiene cuatro movimientos:
Adagio: Allegro molto.
Largo
Scherzo: Molto vivace
Allegro con fuoco
Se cuenta que en su estreno mundial en el Carnegie Hall de Nueva York, interpretada por la Orquesta Filarmónica de la ciudad, fue acogida acompañada por vítores permanentes. El final de cada movimiento fue recibido con aplausos atronadores y Dvořák se vio obligado a ponerse de pie e inclinarse para saludar, siendo este uno de los triunfos públicos más grandes de su carrera. Cuando se publicó la sinfonía, muchas orquestas Europeas no tardaron en presentarla y pronto se convirtió en una de las más populares de todos los tiempos de forma que, en ese tiempo en el que los trabajos más importantes del compositor estaban siendo muy bien recibidos por muchos países, la sinfonía alcanzó el resto del mundo musical convirtiéndose en un favorito universal, hasta el punto de que varios temas de la sinfonía han sido ampliamente utilizados en películas, videojuegos y publicidad.
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Retrato del compositor.

Y ahí nos ha llevado la concatenación de pensamientos con su audición.
Alguien aún recordará que durante los años 60 y 70 del pasado siglo se emitió semanalmente un programa radiofónico de la Cadena SER, presentado por Alberto Oliveras, llamado Ustedes son formidables, cuya inconfundible sintonía era el inicio del cuarto movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák.
El programa, que marcó toda una época en España y está considerado como uno de los grandes hitos en la historia de la radio en este país, estaba basado en un formato francés que el locutor Alberto Oliveras trajo de París, ciudad donde vivía y a la que se había trasladado fascinado con el liberalismo y la democracia que no existía en España debido a la dictadura franquista; el espacio radiofónico era un instrumento para apelar a la solidaridad ciudadana ante situaciones dramáticas, cotidianas o excepcionales, que el programa presentaba desde una perspectiva humana en cada una de sus emisiones.
Más allá de la controversia alrededor de la figura del presentador, a quien se le atribuía una vida rodeada de lujos a la par que imploraba la solidaridad de las clases populares, algunos casos vividos en el programa muestran descarnadamente las diferentes varas de medir que se aplican a veces a un mismo problema y sus secuelas. Fijémonos solamente en uno: las riadas del Vallés (comarca de Barcelona) de 1962.
Las riadas del Vallés fueron una serie de inundaciones que provocaron la mayor catástrofe hidrológica de la historia de España, el 25 de septiembre de 1962 en la comarca del Vallés Occidental y, en menor medida, en el Vallés Oriental y Barcelonés (afectaron principalmente a Terrassa, Sabadell, Cerdanyola del Vallés, Ripollet, Mollet del Vallès, Sant Adrià de Besós, Sant Quirze del Vallés y Montcada i Reixach), originada por grandes precipitaciones que desbordaron los ríos Llobregat y Besós, así como sus afluentes en las partes más bajas, provocando una avenida torrencial de agua que causó entre 600 y 1000 víctimas (nunca se sabrá la cifra exacta ni la identidad de muchos de los desaparecidos), miles de heridos y varios miles de millones en pérdidas en un lapso de tiempo de entre una hora y media y tres horas. Hay que subrayar que, aparte de las condiciones meteorológicas y geológicas, el desarrollo económico de estas comarcas en las décadas de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, las convirtió en un polo de atracción para la llegada de población inmigrante, que supuso la construcción masiva de edificaciones próximas a los ríos, tanto viviendas (muchas de ellas infraviviendas, por decirlo de una manera decorosa) como industrias, con un descontrol urbanístico acentuado, sobre todo en un momento político en el que los propietarios de esas tierras eran los mismos gobernantes o gente de su entorno cercano. Estos barrios marginales creados ante el gran problema de la vivienda con poca calidad de construcción fueron los más afectados (y ahora se mira con indiferencia la problemática de los refugiados, pero esa es otra).
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Toda la zona afectada fue declarada zona catastrófica, con la consiguiente ayuda de todo tipo de organizaciones públicas y privadas como la Cruz Roja, el ejército, administraciones, asociaciones, gremios y población civil voluntaria mediante apoyo material o con la apertura de cuentas corrientes para la ayuda hacia la población afectada, lo que no fue óbice para que el Ustedes son formidables, apelando a la compasión de los oyentes, se convirtiera en altavoz y tabla de salvación para numerosos casos de personas que, por diferentes razones, principalmente burocráticas, quedaban excluidas de cualquier tipo de ayuda.
Caridad, beneficencia, compasión. Ese era el mundo que, desde hace ya un par de décadas largas, pensábamos que habíamos dejado atrás (hasta la aparición de bochornosos programas/carnaza en la televisión pública afortunadamente eliminados ya de la parrilla). Pero no, parece que volvemos: overbooking en los comedores sociales; caridad, no derechos; limosnas, no posibilidades de tener trabajo; favores, no conquistas sociales…
El programa de Alberto Oliveras resolvía problemas que tenía que resolver el Estado, pero el Estado estaba, como parece que vuelve a estar (a juzgar por la eclosión popular hoy de otros programas similares actuales, como la anual Marató de la, por otra parte denostada por la ultraderecha, cadena de televisión catalana TV3), más interesado en blindar los privilegios de los poderosos que por ocuparse de los problemas de los más desfavorecidos. Los ricos, para sentirse verdaderamente ricos, han de mantener “sus pobres” a los que graciosamente socorrer para así poder garantizarse que los tienen “pillados por los huevos”, si se permite la expresión coloquial, serviles y agradecidos.
Que el fantasma del programa de Alberto Oliveras vuelva a planear sobre nuestras cabezas -lo que significa que los pobres volvemos a ayudarnos los unos a los otros mientras los ricos nos sacan la sangre- es un trágico síntoma de que no sólo vamos para atrás como los cangrejos, sino de que quienes últimamente han estado a cargo del chiringuito nunca tuvieron interés alguno en que las cosas fueran mejor. Hasta que llega el momento de pedir el voto, cuando, sin pudor alguno, vuelven a salir de sus cuarteles a cazar incautos prometiendo, mintiendo y asegurando, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que las cosas están empezando a mejorar (y hay quien los cree y les vota). ¿Será posible que les vuelva a funcionar una y otra vez el timo de la estampita? “Ustedes son formidables”, decía Oliveras. Lo que somos es gilipollas (con perdón y, lamentablemente, la expresión no es retórica).




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