lunes, 13 de enero de 2014

Propaganda y/o eficacia fiscal




Tengo un buen amigo (catalán de Madrid para más señas) que mantiene que un indicador válido para saber que se cuece en las alturas es el análisis de dos fenómenos periodísticos: las “serpientes de verano” y las notas oficiales publicadas en período de modorra informativa como Semana Santa o Navidad.
El primero es porque, dice, en función del momento de su aparición, duración y expansión, permite valorar si lo que pretende al hablar de noticias inventadas o magnificadas es porque no haya otras o porque busca que no se hable de otras.
El segundo es porque, analizando las noticias unos días después, con todo “normal”, conduce a la identificación de la que se ha publicado “con nocturnidad y alevosía”, aprovechando la poca capacidad de respuesta en época festiva.
Ni que decir tiene que, aunque sólo sea para no perder (aún más) reflejos mentales, reconozco que mi amigo me ha contagiado esa costumbre de releer las novedades oficiales unos días después de su publicación, y así uno pone atención en una noticia, publicada el pasado día 30 de diciembre, época en la que, la elaboración de la carta a los Reyes Magos absorbe toda la atención.

La noticia en cuestión dice que España publicará en 2014 la lista de grandes defraudadores al Fisco,  y no ha merecido demasiados titulares ni comentarios.
Pues veamos: por mucho que haya que acoger con agrado la noticia, en aras de una deseable transparencia, para empezar, el artículo 95 de la Ley General Tributaria  prohibe la difusión y publicidad de datos de los contribuyentes, si bien es cierto que hay la intención de modificar legalmente esta ley en ese aspecto durante el presente año.

Un inciso en este punto: precisamente en cumplimiento de este artículo cabe cuestionar la actitud de nuestro ministro de Hacienda, tan proclive a lanzar amenazas genéricas a colectivos (actores, escritores, medios, diputados de la oposición…) sobre unos datos fiscales que, o prevarica si son ciertos o son llanamente falsos.


Pero, por otra parte, quizá conviene hacer notar que la composición del origen de los ingresos fiscales ha variado en los últimos años, de manera que se ha incrementado la recaudación por IRPF e IVA a la vez que ha disminuido sensiblemente el capítulo de ingresos por el Impuesto de Sociedades. Eso permite suponer que esa lista de defraudadores estaría integrada, presumiblemente, por empresas (las que más deben, posiblemente), que tienen medios para recurrir y “demostrar” que la deuda con Hacienda se ha debido a un error de interpretación contable o algo similar.
El propio ministro ha reconocido (a su manera, todo hay que decirlo) que se recauda poco, luego hay una idea que cuesta quitarla de la cabeza: ¿no sería más efectivo combatir el fraude de esos contribuyentes que se conocen, puesto que se amenaza con publicarlo, dejándose de propaganda? Seguro que el contribuyente que paga lo preferiría.

Otra cosa es que, como hacen otros países, se publicite la sanción a que se ha condenado a determinado defraudador y, sobre todo, que se ha hecho efectiva, dejándose nuevamente de efecto propaganda. De otra forma nos equiparamos con países como México, Ecuador, El Salvador, etc. que son grandes países, sin duda, pero que en el seguimiento de recaudación tienen políticas de publicidad mejorables.

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