domingo, 26 de febrero de 2023

Mujer y cómic (I)


A raíz de la reposición en los escenarios de Barcelona del tremendo monólogo teatral La infanticida1, de Caterina Albert i Paradís, viene a cuento la reflexión (ahora que, además, está a la vuelta de la esquina la reivindicación de derechos por el Día Internacional de la Mujer) acerca del papel reservado a la mujer en todos los ámbitos, incluso en los de pensamiento, gustos y creación, hasta los más impensados. Hablemos de los cómics o historietas, que parece cosa de niños… ¿Sólo de niños?. En este punto, confieso que siempre me han gustado los tebeos. Los de chicos y los de chicas. Los de jóvenes y los de adultos. Los cursis, los de aventuras y los eróticos y subidos de tono. En alguna de los mejores imágenes de mi infancia me veo royendo pan duro mientras leo una historieta (prestada, claro): Zipi y Zape, Tío Vivo y Lili, más tarde Astérix y Cleopatra –¡Jo!-, Harold Foster en el preciosista y detallado El príncipe valiente, los magníficos dibujos de Alex Raymond en Rip Kirby y Flash Gordon, Burne Hoghart y Tarzán, los sofisticados modelos de Dale Arden, las naves espaciales, ciudades construidas en los árboles, el hielo o las nubes, el hada Agar-agar de piel blanca y pelo azul, la épica guerrera de Esteban Maroto y esas otras historias rarísimas de Josep Maria Beà o Enric Sió. También el Drácula de Fernando Fernández, Paracuellos de Carlos Giménez, Tardi y su reinterpretación visual de Niebla en el puente Tolbiac, la adaptación de La caída de la casa Usher de Richard Corben en la revista 1984, Creepy, Robert Crumb y el Nazario de Purita braga de hierro, El Víbora, Martínez el facha o El profesor Cojonciano en El jueves; Moebius, Horacio Altuna, Milo Manara con sus Las aventuras de Giuseppe Bergman y los trasuntos fellinianos, y muy recientemente los aforismos gráficos, anticapitalistas e hipercríticos, de Miguel Brieva en su espléndido Dinero… Sin orden cronológico, en los huevos revueltos de la memoria, se conjugan la nostalgia combativa con el deseo de encontrar nuevas propuestas. Y basta una coartada semicultural para volver a cogerles el gusto: la novela gráfica, la literatura dibujada, pero, como en mis recuerdos, ¿sólo de/para hombres?


Se impone un garbeo histórico. La mayoría de los especialistas en el tema propone el año 1875 como el de inicio del cómic español, pero no será hasta los años 20 del siguiente siglo cuando con la proliferación de publicaciones basadas en el cómic empiecen a aparecer los primeros nombres femeninos ligados a las historietas dirigidas a las niñas. La primera revista de historietas dedicada a las niñas es BB, que aparece en 1920, como suplemento del TBO, fundado 3 años antes. Cuando empezaron a publicarse las primeras historietas para niñas, no eran historias originales sino más bien adaptaciones de cuentos del folklore clásico con princesas, dragones, ogros, pastorcillas, príncipes azules, amores románticos,… todo el género llamado de hadas. Esta era la línea más comercial. No obstante, casi desde el principio se intentaron buscar otras alternativas más ideológicas, pedagógicas, vanguardistas… Y es que, pese a todo, aunque se tiende a presentar los tebeos, historietas o cómic para niñas de una manera simplista y unificada, se constata que en todo momento histórico, como mínimo, conviven dos tendencias artísticas e ideológicas distintas, reflejo de las distintas líneas de pensamiento y representación que conviven en todas las sociedades modernas. Así, a lo largo de los años de las décadas 20 y 30 del siglo pasado, las imágenes y contenidos de los tebeos para niñas se moverán en una doble tendencia: junto a la más clásica y sexista que perpetúa y afianza la división de roles sociales y que adjudica a lo femenino lo sentimental, infantilizándolo y reforzando el estereotipo del ángel del hogar decimonónico, aparece una más moderna, interesada en buscar nuevas imágenes para los debates en los que ya se estaban poniendo en tela de juicio el papel de las mujeres en el siglo XX y los nuevos modelos educativos y visuales que debían recibir las niñas.


La dictadura del general Francisco Franco (1939-1975) supone un punto y aparte en la historia y la cultura de España, al romper con la tradición de corte liberal y poner fin a la experiencia democrática para, en su lugar, imponer los valores de autoridad y jerarquía. Esto se va a traducir en una transformación de la sociedad, pero no solo desde un punto de vista de clase, sino también de género, creándose un nuevo marco jurídico y social para las mujeres, que pasarán a adoptar un papel secundario y subordinado a los hombres. Para justificar esta subordinación al varón se recurre al catolicismo y a la imposición de los valores y las costumbres de corte más conservador, que llegan a adquirir un carácter que más de un experto no duda en tildar de integrista. La prensa adulta (periódicos, revistas, panfletos, etc.) se ve desde un primer momento como una herramienta para adoctrinar a la población, y ya la legislación sobre prensa deja claro que la letra escrita es “órgano decisivo en la formación de la cultura popular y, sobre todo, en la creación de la conciencia colectiva”. Pero además de esta prensa para adultos, también hallamos las revistas infantiles y juveniles (generalmente llamadas tebeos o cómics, si bien no están compuestas exclusivamente por historietas, sino que además ofrecen al público relatos, apartados de amistad por correspondencia, artículos, etc.), que resultan una forma de diversión muy popular. Es por ello que, en este contexto, resulta lógico que pronto apareciesen personas interesadas en transformar este medio en una herramienta para llegar a la población más joven, transformando lo que era una vía de escape de la realidad en un sistema de adoctrinamiento. Por lo tanto, la dictadura no busca simplemente prohibir ciertos temas, sino que desea reflejar ciertos valores. Y puesto que los valores en los que se quiere adoctrinar a las jóvenes no son siempre idénticos a los que se lanzan a los jóvenes, se van a segregar las publicaciones por sexos. En realidad, la ley no exige hasta 1955 que las publicaciones para adolescentes estén divididas por sexos, pero en la práctica sí se exige que se identifique claramente al público, de tal manera que algunas de las cabeceras más populares de los años 40 y primera mitad de los 50 indican quiénes son las receptoras: Mis Chicas (iniciada en 1941) no solo deja claro su público con su nombre, sino también en el anuncio de portada de que la publicación sale al mercado con censura eclesiástica para niñas mayores; Florita y Lupita señalan ambas en su título que son revistas para niñas; Ardillitas indica que contiene cómics para niñas, y Mariló explica que es una publicación ideal para niñas. Otras colecciones aparentemente no indican sexo, pero sus títulos se refieren a nombres propios femeninos, lo que sin duda orienta al público: Azucena, Margarita, etc. El hecho de que las publicaciones se segreguen debe entenderse como un intento de mandar mensajes concretos a cada sexo: lo que se explica a las lectoras no está destinado a los lectores, y viceversa.


¿Y cuáles son esos valores femeninos que la dictadura propone? Entre ellos encontramos los relacionados con el ideal impuesto de femineidad, que representan a las mujeres como personas alejadas de la razón, más sujetas a las emociones, los sentimientos y la religiosidad. Se las concibe de este modo como complementos indispensables de los hombres: si ellos poseen la razón que les permite desenvolverse en el espacio público, ellas han nacido para desenvolverse en la esfera doméstica como madres y esposas, roles que pueden desempeñar perfectamente gracias a sus capacidades emocionales y sus habilidades de cuidadoras. Un buen ejemplo de cómo esta forma de control funciona lo hallamos en la citada Mis Chicas, donde las lectoras se encuentran secciones dedicadas al cultivo de las cualidades morales y la preparación para el matrimonio y la maternidad, convirtiéndose sus páginas en “un vehículo perfecto para la transmisión de los valores que debían tener las niñas2. La mejora de la situación económica de España a partir de los años 50 favorece una mayor oferta de títulos infantiles y juveniles por parte de editoriales privadas que escapan al control directo del Estado. La propia legislación reconoce que, debido a la proliferación de estas revistas, es necesario reforzar el control sobre ellas, por lo que el Ministerio de Información y Turismo, encargado de los medios de comunicación del país, reúne una mesa de” expertos asesores” con la justificación de que la lectura de revistas infantiles y juveniles por los jóvenes “puede influir de modo considerable en su formación3. Pese a su arbitrariedad, las editoriales aceptan este control sin mayores problemas, tomando de hecho la costumbre de autocensurarse ellas mismas y mostrando sin mayores problemas un mensaje conservador en lo tocante a las publicaciones femeninas. Por ejemplo, el dibujante Francisco Ibáñez, creador de los personajes Mortadelo y Filemón, recuerda: “Yo dibujaba con un ojo puesto en la página y otro en la censura, para curarme en salud”. Esta sumisión ante la censura, en la que editoriales y personal creativo se amoldaron a las normas que el régimen les imponía, debe buscarse no tanto en una sintonía ideológica como en el modelo económico de las editoriales de revistas infantiles y juveniles.

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1“La infanticida” cuenta la vida de Nela, una chica que vive en el campo en un molino con su padre y su hermano. Un buen día conoce a un hombre del que se enamora locamente y que cree que le ayudará a salir de la opresión patriarcal del molino, empiezan una relación amorosa de escondidas y él la deja embarazada. Al descubrirlo, la abandona. Nela, con el temor al rechazo de su padre y de la sociedad si se descubre lo que ha hecho, intenta abortar, pero sin éxito; entonces, procura esconder el embarazo y su criatura cuando la tiene, pero un día el padre llega inesperadamente a casa y Nela no consigue calmar al bebé, que está llorando. Desesperada por salvar la situación y a sí misma, decide tirar al bebé a la muela del molino para matarlo. Cuando finalmente se descubre el infanticidio, Nela es enviada al manicomio. Toda la historia está narrada desde el centro psiquiátrico, utilizando el recurso del flash-back. Es a finales de siglo XIX, en 1898, que se presenta la obra en los Juegos Florales de Olot (Girona) y fue galardonada con el primer premio. Sin embargo, la escritora tuvo un gran disgusto, ya que el jurado se escandalizó cuando supo que detrás de aquella pieza de teatro, tan desgarradora por su temática, había una joven escritora y no un hombre, y retiró el galardón. A partir de aquel hecho, Caterina Albert, para toda su obra, se escondió tras el seudónimo Víctor Català

2María del Pilar Loranca de Castro, “Mis Chicas y su influencia en las niñas de posguerras”, Revista Historietas núm..3 (2013, pág. 74

3Orden de 21 de enero de 1952 por la que se crea la Junta Asesora de la Prensa Infantil, Boletín Oficial del Estado 21, 1 de febrero de 1952, preámbulo.

 

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