martes, 12 de agosto de 2014

De Murphy a Adams...



Hay una contradicción conceptual que se observa con frecuencia en el mundo de fantasía del séptimo arte y es que, en general, los directores de películas que se nutren para todo de los efectos especiales, las nuevas tecnologías y esos adelantos, predican que la ficción siempre supera a la realidad, cuando es bien sabido que la frase correcta, nacida en torno a lo enrevesado y sorprendente de algunos argumentos transformados en guion es que, por increíble que parezca la trama, la realidad siempre supera a la ficción.

Y no sólo en el cine. Y llega hasta el punto la veracidad de esas realidades que no lo parecen, que pueden encontrarse en distintos ámbitos. Por ejemplo, lo que siempre se cita como una referencia jocosa, eso de las Leyes de Murphy encarnada en el básico “si algo puede salir mal, saldrá mal”, obedecen realmente a sesudos estudios de Edward Aloysius Murphy, ingeniero aeroespacial estadounidense que, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, trabajó en el Instituto de Tecnología de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, como Oficial de Investigación y Desarrollo en el Centro Wright de Desarrollo Aéreo de la Base de la Fuerza Aérea Wright-Patterson. Fue durante ese período cuando se involucró en los experimentos de trineos de alta velocidad impulsados por cohetes y, a la vista de algunos resultados obtenidos, acuñó su celebérrima Ley que, originalmente, decía que "Si hay varias maneras de hacer una tarea, y uno de estos caminos conduce al desastre, entonces alguien utilizará ese camino"

No es ninguna novedad decir que en Estados Unidos hay toda una pléyade de pensadores e investigadores especializados en buscarle las vueltas o matizar cualquier teoría, y la ley de Murphy no iba a ser una excepción, de manera que, a su sombra, nacieron el principio o “navaja” de Hanlon (Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez), el corolario de Finagle (Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible), la Ley de Hofstadter (Cualquier tarea siempre lleva más tiempo que el esperado), la Ley de Sturgeon (No existe la verdad absoluta, que va derivando hasta desembocar en la Revelación de Sturgeon, esa que afirma que el noventa por ciento de todo es basura), y otros menores como Ginsberg, Pierce, Brooks,  Lubarsky, etc. hasta que llegó O’Toole proclamando que Murphy era un optimista incomprendido y ahí se acabó toda la discusión.

La traslación de las ideas de Murphy (y sus entusiastas seguidores) al mundo de la empresa y, por extensión, de las organizaciones, la hizo Scott Adams, economista MBA por Berkeley, ejecutivo bancario durante un tiempo y creador de la tira cómica Dilbert, personalizada en un ingeniero con ese nombre que tiene dificultades para relacionarse; la trama del  comic se desarrolla en el contexto de lo cotidiano para millones de empleados y oficinistas: políticas de oficina erráticas, jefes incompetentes, compañeros de trabajo molestos, asuntos sin sentido, juntas eternas, etc.. Adams explicó lo que se conoce como Principio de Dilbert en un artículo que publicó en el Wall Street Journal en 1996; el principio alude a una observación satírica que afirma que las compañías tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar.
Como ocurrió con Murphy, también en el caso de Adams, algunos académicos rechazaron la veracidad del principio, señalando, muy seriamente, que contradice las técnicas de gestión de Recursos Humanos tradicionales, hasta que apareció el sosias del O’Toole de Murphy, en este caso Guy Kawasaki, de Apple, que sostiene que  «Hay dos tipos de compañías, las que reconocen que son exactamente como la de Dilbert y las que también lo son pero aún no lo saben.»

Y se acabó la discusión.

Por cierto, como quiera que el principio de Dilbert es una variación del principio de Peter, que trata sobre la práctica de las organizaciones jerárquicas de usar los ascensos como forma de recompensar a los empleados que demuestran ser competentes en sus puestos actuales, afirmando que, debido a esta práctica, un empleado competente terminará siendo ascendido a un puesto en el que será incompetente, y donde permanecerá, dejamos para una próxima entrada el comentario sobre el apasionante mundo del Principio de Peter.
Como ejercicio previo, podemos pensar si hay alguna empresa, organización, gobierno,… en el que se pueda dar el Principio de Peter. ¿no os parece?

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