martes, 9 de mayo de 2023

Un gran invento musical, la fuga.



Si no fuera por Johann Sebastian Bach, el término musical "fuga" no lo conocería nadie. Sin embargo, la breve pieza conocida como Toccata y fuga en re menor, a veces llamada simplemente "fuga en re menor" pertenece al acervo cultural de medio mundo. Johann Sebastian Bach es, quizá, el culmen, el máximo exponente de una forma especial de hacer y entender la música. En la época de Bach (el barroco), la interpretación de la música (al menos la occidental, de la oriental no tengo datos) se circunscribía, salvo excepciones, bien al acompañamiento de los diferentes ritos religiosos, bien al acompañamiento de eventos cortesanos en las diferentes cortes esparcidas por toda Europa, cortes de reyes, príncipes, duques, condes, margraves, barones…Prácticamente no existía el concepto de “música popular” interpretada por orquestas “serias”: el pueblo llano, en su mayor parte analfabeto, naturalmente que hacía música en sus fiestas populares, pero era de tradición oral y casi, casi, desprestigiada para su aparición en los salones… y no digamos en las iglesias. Esto cambió más adelante, pero en los siglos XVII y XVIII esto era lo que había. La obra es la más conocida del maestro alemán y quizá sea la "fuga" más famosa de todas las fugas que en el mundo han sido, aun cuando esté escrita para órgano, instrumento que muchos de nosotros no hemos visto ni de cerca. Se trata de una de las obras más famosas del repertorio para órgano y se ha utilizado en muchos medios populares. Es una obra de juventud, y pertenece a las "formas libres" para órgano de aquel periodo, entre las que se cuentan fantasías, composiciones varias y fugas en solitario sin su correspondiente preludio (o, toccata, un término posterior a la era barroca). Probablemente fue compuesta durante los primeros años de su estancia en Weimar o, incluso antes, mientras fue organista en Arnstadt, es decir, al momento de su creación, Bach pudo haber tenido menos de veinte años, o cuando más, veinte y pico. Johann Sebastian Bach tenía una enorme fama como organista. Y tocar el órgano es, con diferencia, lo más difícil que se puede concebir en cuanto a interpretar música se refiere: centenares de tubos, de los más grandes, con sus buenos veinticinco centímetros o más de diámetro, a los más pequeños, realmente pequeños, y todo manejado por cuatro o cinco teclados con decenas de llaves que alteran el sonido de un grupo determinado de tubos, que sincronizan los diferentes teclados, que ponen o quitan sordina… y por si fuera poco, tiene un pedalero, o sea, otro teclado que es tocado con los pies, simultáneamente al resto de teclados (por cierto, es el pedalero el que produce los sonidos más potentes del órgano, esos que, cuando estás en la Sala de Conciertos y entra el órgano a todo trapo hace vibrar toda la butaca, el suelo y hasta el bigote del segurata de la puerta…). La obra fue publicada, sin embargo, en 1833, gracias a los esfuerzos del compositor Félix Mendelssohn y, aunque nos pese, su popularidad en los últimos años se debe, como otras piezas de autores diversos, a su inclusión en la banda sonora de la película de dibujos animados de Walt Disney Fantasia, de 1940. La pieza, de gran dramatismo y majestuosidad, tiene dos secciones, típicas. La toccata es una obra libre (sin una estructura fija), a modo de preludio de la fuga que comienza con un material musical repetido tres veces, cada vez una octava más grave. Y la fuga es una composición típicamente barroca, basada en el contrapunto, que presenta un tema (o sujeto), ocasionalmente acompañado de otro tema llamado contrasujeto, de carácter diferenciado, para dar mayor riqueza a la obra; entreteje y va traslapando repeticiones de un tema principal urdiendo un complejo juego de voces, cuatro en esta oportunidad.



 

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