Coincidiendo con el año Tàpies y un año después del año Picasso, es bueno reflexionar acerca de que el mundo del arte contemporáneo (gustos aparte) ha sido testigo de un fenómeno preocupante en las ferias y galerías de arte: la comercialización desmedida y la falta de transparencia en la selección de obras expuestas. Se ha revelado un oscuro negocio oculto donde, a cambio de sumas exorbitantes de dinero, artistas desconocidos pueden asegurarse un lugar en prestigiosas exhibiciones de renombradas galerías. Este fenómeno plantea serias interrogantes sobre la integridad y autenticidad del arte contemporáneo, cuestionando la verdadera motivación detrás de las transacciones en el mundo del arte. En los últimos años han surgido numerosas ferias y galerías de arte que, con la promesa de vender sus cuadros, están contactando a los artistas emergentes españoles para exhibirlos a cambio de elevados precios. Un negocio muy lucrativo que está propiciando un boom de dudosas exposiciones pagadas por los propios autores. Sin ir más lejos, Excellence Art Gallery es una galería de arte ubicada en plena milla de oro de Marbella. Es ahí, rodeados de grandes fortunas, desde donde se dedican a promover eventos y dar visibilidad a distintos artistas para lo que contactan a cientos de ellos con la promesa de vender sus cuadros. A cambio de un precio, claro, porque la vida sale de todo menos gratis. Exponer tres cuadros en ferias como la Internacional de Arte de Barcelona, Mónaco o París cuesta alrededor de 3.000 euros (sin IVA). Si además quieres estar un mes en el hotel Meliá Marbella Banús, te hace precio: 6.950 euros. porque “Por ahí pasan numerosos turistas y en Marbella se mueve mucho el mercado”. Los gastos de transporte y seguro corren de tu cuenta, y aunque no te garantiza que se vaya a vender ni uno solo de tus lienzos, si suena la flauta se lleva el 40%. En definitiva, un plan sin fisuras. En los últimos años han proliferado innumerables ferias y galerías de arte dedicadas en cuerpo y alma a contactar a artistas aficionados para ofrecerles exponer sus cuadros a cambio de elevados precios, porque, siendo honestos, ¿quién no ha pintado en alguna ocasión de su vida, soñado con ser artista y vender sus cuadros? Swiss Art Expo por ejemplo, es otro festival que se celebra cada año en Zúrich a finales de verano. Este 2024 la exposición tendrá lugar del 21 al 25 de agosto, pero desde su departamento de marketing ya trabajan a destajo. Una tal Jenny Rose envía emails en inglés a diestro y siniestro a incautos artistas españoles ofreciéndoles un stand gratuito en la feria, que por descontado es una ocasión única para vender sus cuadros. Tras un breve repaso al correo y pdf “explicativo” adjunto al mismo nos damos cuenta de que sólo presentar la solicitud cuesta 150 euros no reembolsables y si tenemos la suerte de ser seleccionados — lo vas a ser a menos que pintes como un niño de cinco años, y a veces ni eso— tendremos que pagar 1.600, 3.000 o 6.000 euros dependiendo del número de piezas.
Yendo a casos concretos, con nombre y apellidos, Julio Linares es un artista emergente consolidado que a día de hoy está reventando el mercado pero que, en su momento, tuvo que empezar de cero como casi todo hijo de vecino. “En mis inicios llegué a pagar 600 euros a una galería para que expusieran mis cuadros en el extranjero y nunca más supe de ellos. Te hacen pasar una especie de examen de tu obra y te dicen que la demanda es muy alta para hacerte creer que eres un afortunado. Durante ese tiempo te preguntas si te seleccionarán o no. Al final lo hacen porque solo quieren que pagues”. Una de las muchas galerías que le han escrito insistentemente para informarle de que ha sido seleccionado como candidato a participar en una de sus exposiciones es la Galería Azur. Con sede en Nueva York, Berlín, Miami, Buenos Aires y Madrid desde este espacio consagran su tiempo a lo mismo: escribir a los artistas para ofrecerles sus espacios expositivos a cambio de todo tipo de ofertas. Lo creáis o no, hubo un tiempo en el que los artistas emergentes que despuntaban en España eran encumbrados por las galerías, que exponían sus obras sin cobrarles, incluso comprando su trabajo por adelantado. Guillermo Oyágüez Montero es uno de los que vivió esta época dorada, allá por 1992, después de trasladarse a Madrid desde su Málaga natal, estudiar Bellas Artes en la UCM y decantarse por el figurativismo. Cuando esto que llamamos arte todavía no se había convertido en un mercado tan grande. Cuando los que te compraban lo hacían para colgarte en el salón de su casa y no para revenderte en un año. “En aquellos tiempos las galerías se interesaban por ti. Compraban tu obra por adelantado y la exponían sin cobrarte. Una muestra de que creían en tu trabajo. Hoy muchas de ellas solo están interesadas en las ventas”, reconoce. Obviamente esto es una generalidad, porque a día de hoy las hay reputadas que trabajan y creen con una fe ciega en el arte que recomiendan a sus coleccionistas. Por ejemplo las galerías que conforman la Asociación de Galerías de Arte de Madrid solo obtienen un porcentaje de las ventas de las obras de sus artistas. No cobran por exponer sus obras con el propósito de acompañarles y promocionarles, lo que lleva mucha inversión y tiempo. Pero lo cierto es que tras la palabras de Oyágüez, compartidas por otros artistas, se esconde una incómoda realidad que se ha ido haciendo cada vez más grande: que los espacios dedicados al arte se han multiplicado y, con ellos, la morralla expositiva. En Madrid concretamente cada vez hay más en barrios como Justicia, Salamanca o Malasaña, entre otros, con muestras pagadas por los propios artistas. Lo que de una forma u otra tiene que estar repercutiendo en la calidad de las mismas.
Históricamente
las galerías se han dedicado a exhibir obras de artistas célebres;
también clásicos que, pese a su calidad, en su día quedaron
relegados a un segundo plano; e incluso emergentes todavía
desconocidos por el gran público. Y siempre siguiendo criterios
artísticos o de mercado. Al margen de ganar dinero con ello, su
función ha sido similar a la de los museos. ¿Qué supone ahora la
aparición de tantas nuevas con esta política comercial tan
agresiva? En lugar de trabajar en el medio y largo plazo, estos
negocios lo hacen buscando un rendimiento económico inmediato,
venden espacios expositivos directamente a los artistas únicamente
para ganar dinero, sin criterio y haciendo un flaco favor al mercado.
El mercado del arte español ha sufrido en los últimos años un
frenazo en sus ventas ya que, además, la mayoría de artistas
españoles que despuntan y alcanzan cifras importantes en venta se
marchan fuera lo que unido al protagonismo que están viviendo las
compraventas menores de 5.000 dólares, puede haber sido el caldo de
cultivo ideal de estos espacios que buscan el retorno ya no tanto en
el inalcanzable coleccionista de toda la vida, sino en uno menos
experto interesado en el arte asequible, además de en los propios
artistas. Ya lo dijo Andy Warhol: "Hacer dinero es un arte,
trabajar es un arte y los buenos negocios son el mejor arte".
Y ya que, casualmente, hemos llegado a Warhol, y cambiando radicalmente de lo que decíamos, demos una ojeada, muy por encima, a esa otra gran fuente de enriquecimiento de algunas galerías que son las falsificaciones. ¿Seríais capaces de distinguir un Warhol original de una copia? Los dueños de nueve láminas del pintor icono del pop art parece ser que no lo fueron. Durante quizá más de tres años. De hecho, solo supieron que lo que colgaba de sus paredes eran copias y no obras originales cuando, ante el deterioro de una de ellas, decidieron llevarlas a enmarcar de nuevo; fue entonces cuando el enmarcador, no una cadena cualquiera sino alguien especializado en obras de arte, descubrió que las copias eran falsas. Podría decirse que, hasta ahora, el robo ha sido el golpe perfecto. El autor —o autores— lograron sacar las láminas de sus marcos sin dejar un solo rasguño, ni en las obras ni en las paredes de las que colgaban. Se calcula que los grabados valen unos 350.000 dólares y forman parte de las series Endangered Species (Especies en vías de extinción) y Ten Portraits of Jews of the Twentieth Century (Diez retratos de judíos del siglo XX), que el artista realizó respectivamente en 1980 y 1983, según el informe del departamento de policía de Los Ángeles. La noticia de tan peculiar golpe fue adelantada por un portal de cotilleos sobre celebridades. Una de las obras, Bald Eagle (Águila Calva), fue vendida en el otoño de 2011 por la casa de subastas Bonhams, lo que en opinión de la policía podría ser el hilo del que tirar para deshacer la madeja de un robo del que nadie se percató en su momento y del que no hay ninguna pista; por ahora, los detectives intentan determinar quién compró la obra y quién la entregó. Cuando sea recuperada, será devuelta a sus dueños. Los detectives creen que el ladrón tomó fotografías de las obras, encargó copias del mismo tamaño y con estas reemplazó los originales. Todo sin dejar absolutamente ningún rastro de su delito, ya que han sido necesarios varios años para que se descubriera el fraude.
Robos de obras de arte ha habido, hay y habrá muchos a lo largo de la historia. Este ha sido de guante blanco. Otros casi puede decirse que son reivindicativos. Como cuando en 1994, El Grito de Munch fue sustraído de la Galería Nacional de Oslo a plena luz del día por una banda encabezada por el ladrón de arte más famoso de Noruega. Tardaron menos de un minuto en llevarse el lienzo e incluso tuvieron tiempo para dejar una nota: “Gracias por la falta de seguridad”. Pero estábamos con las falsificaciones y Warhol: el colectivo MSCHF (por “mischief”, “travesura”), con sede en Brooklyn, creado en 2016 y especializado en operaciones de reapropiación de obras de arte y comercio de objetos, vendió mil dibujos con el título 'Posiblemente una copia de 'Hadas' de Andy Warhol, 999 falsificaciones y el original entre ellos y al mismo precio porque realizó las reproducciones exactas del dibujo del pilar del pop art y ahora asegura que no es capaz de identificar el original; es más, cualquier registro de qué pieza del conjunto es la auténtica ha sido destruido. El colectivo puso en la web un video que muestra la técnica utilizada para hacer las copias: un robot copió el dibujo usando tinta, se "envejeció" la obra con luz, calor y humedad, se reprodujo el sello de la Fundación Warhol y listo. MSCHF asegura que busca criticar el concepto de "autenticidad" y "exclusividad" que imperan en el mercado del arte, 'destruir' el dibujo rompiendo la cadena de confianza. La Fundación Warhol no quiso hacer comentarios.