domingo, 30 de marzo de 2025

Arte moderno y demás.

 


Coincidiendo con el año Tàpies y un año después del año Picasso, es bueno reflexionar acerca de que e
l mundo del arte contemporáneo (gustos aparte) ha sido testigo de un fenómeno preocupante en las ferias y galerías de arte: la comercialización desmedida y la falta de transparencia en la selección de obras expuestas. Se ha revelado un oscuro negocio oculto donde, a cambio de sumas exorbitantes de dinero, artistas desconocidos pueden asegurarse un lugar en prestigiosas exhibiciones de renombradas galerías. Este fenómeno plantea serias interrogantes sobre la integridad y autenticidad del arte contemporáneo, cuestionando la verdadera motivación detrás de las transacciones en el mundo del arte. En los últimos años han surgido numerosas ferias y galerías de arte que, con la promesa de vender sus cuadros, están contactando a los artistas emergentes españoles para exhibirlos a cambio de elevados precios. Un negocio muy lucrativo que está propiciando un boom de dudosas exposiciones pagadas por los propios autores. Sin ir más lejos, Excellence Art Gallery es una galería de arte ubicada en plena milla de oro de Marbella. Es ahí, rodeados de grandes fortunas, desde donde se dedican a promover eventos y dar visibilidad a distintos artistas para lo que contactan a cientos de ellos con la promesa de vender sus cuadros. A cambio de un precio, claro, porque la vida sale de todo menos gratis. Exponer tres cuadros en ferias como la Internacional de Arte de Barcelona, Mónaco o París cuesta alrededor de 3.000 euros (sin IVA). Si además quieres estar un mes en el hotel Meliá Marbella Banús, te hace precio: 6.950 euros. porque “Por ahí pasan numerosos turistas y en Marbella se mueve mucho el mercado”. Los gastos de transporte y seguro corren de tu cuenta, y aunque no te garantiza que se vaya a vender ni uno solo de tus lienzos, si suena la flauta se lleva el 40%. En definitiva, un plan sin fisuras. En los últimos años han proliferado innumerables ferias y galerías de arte dedicadas en cuerpo y alma a contactar a artistas aficionados para ofrecerles exponer sus cuadros a cambio de elevados precios, porque, siendo honestos, ¿quién no ha pintado en alguna ocasión de su vida, soñado con ser artista y vender sus cuadros? Swiss Art Expo por ejemplo, es otro festival que se celebra cada año en Zúrich a finales de verano. Este 2024 la exposición tendrá lugar del 21 al 25 de agosto, pero desde su departamento de marketing ya trabajan a destajo. Una tal Jenny Rose envía emails en inglés a diestro y siniestro a incautos artistas españoles ofreciéndoles un stand gratuito en la feria, que por descontado es una ocasión única para vender sus cuadros. Tras un breve repaso al correo y pdf “explicativo” adjunto al mismo nos damos cuenta de que sólo presentar la solicitud cuesta 150 euros no reembolsables y si tenemos la suerte de ser seleccionados — lo vas a ser a menos que pintes como un niño de cinco años, y a veces ni eso— tendremos que pagar 1.600, 3.000 o 6.000 euros dependiendo del número de piezas.


Y
endo a casos concretos, con nombre y apellidos, Julio Linares es un artista emergente consolidado que a día de hoy está reventando el mercado pero que, en su momento, tuvo que empezar de cero como casi todo hijo de vecino. “En mis inicios llegué a pagar 600 euros a una galería para que expusieran mis cuadros en el extranjero y nunca más supe de ellos. Te hacen pasar una especie de examen de tu obra y te dicen que la demanda es muy alta para hacerte creer que eres un afortunado. Durante ese tiempo te preguntas si te seleccionarán o no. Al final lo hacen porque solo quieren que pagues”. Una de las muchas galerías que le han escrito insistentemente para informarle de que ha sido seleccionado como candidato a participar en una de sus exposiciones es la Galería Azur. Con sede en Nueva York, Berlín, Miami, Buenos Aires y Madrid desde este espacio consagran su tiempo a lo mismo: escribir a los artistas para ofrecerles sus espacios expositivos a cambio de todo tipo de ofertas. Lo creáis o no, hubo un tiempo en el que los artistas emergentes que despuntaban en España eran encumbrados por las galerías, que exponían sus obras sin cobrarles, incluso comprando su trabajo por adelantado. Guillermo Oyágüez Montero es uno de los que vivió esta época dorada, allá por 1992, después de trasladarse a Madrid desde su Málaga natal, estudiar Bellas Artes en la UCM y decantarse por el figurativismo. Cuando esto que llamamos arte todavía no se había convertido en un mercado tan grande. Cuando los que te compraban lo hacían para colgarte en el salón de su casa y no para revenderte en un año. “En aquellos tiempos las galerías se interesaban por ti. Compraban tu obra por adelantado y la exponían sin cobrarte. Una muestra de que creían en tu trabajo. Hoy muchas de ellas solo están interesadas en las ventas”, reconoce. Obviamente esto es una generalidad, porque a día de hoy las hay reputadas que trabajan y creen con una fe ciega en el arte que recomiendan a sus coleccionistas. Por ejemplo las galerías que conforman la Asociación de Galerías de Arte de Madrid solo obtienen un porcentaje de las ventas de las obras de sus artistas. No cobran por exponer sus obras con el propósito de acompañarles y promocionarles, lo que lleva mucha inversión y tiempo. Pero lo cierto es que tras la palabras de Oyágüez, compartidas por otros artistas, se esconde una incómoda realidad que se ha ido haciendo cada vez más grande: que los espacios dedicados al arte se han multiplicado y, con ellos, la morralla expositiva. En Madrid concretamente cada vez hay más en barrios como Justicia, Salamanca o Malasaña, entre otros, con muestras pagadas por los propios artistas. Lo que de una forma u otra tiene que estar repercutiendo en la calidad de las mismas.


Históricamente las galerías se han dedicado a exhibir obras de artistas célebres; también clásicos que, pese a su calidad, en su día quedaron relegados a un segundo plano; e incluso emergentes todavía desconocidos por el gran público. Y siempre siguiendo criterios artísticos o de mercado. Al margen de ganar dinero con ello, su función ha sido similar a la de los museos. ¿Qué supone ahora la aparición de tantas nuevas con esta política comercial tan agresiva? En lugar de trabajar en el medio y largo plazo, estos negocios lo hacen buscando un rendimiento económico inmediato, venden espacios expositivos directamente a los artistas únicamente para ganar dinero, sin criterio y haciendo un flaco favor al mercado. El mercado del arte español ha sufrido en los últimos años un frenazo en sus ventas ya que, además, la mayoría de artistas españoles que despuntan y alcanzan cifras importantes en venta se marchan fuera lo que unido al protagonismo que están viviendo las compraventas menores de 5.000 dólares, puede haber sido el caldo de cultivo ideal de estos espacios que buscan el retorno ya no tanto en el inalcanzable coleccionista de toda la vida, sino en uno menos experto interesado en el arte asequible, además de en los propios artistas. Ya lo dijo Andy Warhol: "Hacer dinero es un arte, trabajar es un arte y los buenos negocios son el mejor arte".



Y ya que, casualmente, hemos llegado a Warhol, y cambiando radicalmente de lo que decíamos, demos una ojeada, muy por encima, a esa otra gran fuente de enriquecimiento de algunas galerías que son las falsificaciones. ¿Seríais capaces de distinguir un Warhol original de una copia? Los dueños de nueve láminas del pintor icono del pop art parece ser que no lo fueron. Durante quizá más de tres años. De hecho, solo supieron que lo que colgaba de sus paredes eran copias y no obras originales cuando, ante el deterioro de una de ellas, decidieron llevarlas a enmarcar de nuevo; fue entonces cuando el enmarcador, no una cadena cualquiera sino alguien especializado en obras de arte, descubrió que las copias eran falsas. Podría decirse que, hasta ahora, el robo ha sido el golpe perfecto. El autor —o autores— lograron sacar las láminas de sus marcos sin dejar un solo rasguño, ni en las obras ni en las paredes de las que colgaban. Se calcula que los grabados valen unos 350.000 dólares y forman parte de las series Endangered Species (Especies en vías de extinción) y Ten Portraits of Jews of the Twentieth Century (Diez retratos de judíos del siglo XX), que el artista realizó respectivamente en 1980 y 1983, según el informe del departamento de policía de Los Ángeles. La noticia de tan peculiar golpe fue adelantada por un portal de cotilleos sobre celebridades. Una de las obras, Bald Eagle (Águila Calva), fue vendida en el otoño de 2011 por la casa de subastas Bonhams, lo que en opinión de la policía podría ser el hilo del que tirar para deshacer la madeja de un robo del que nadie se percató en su momento y del que no hay ninguna pista; por ahora, los detectives intentan determinar quién compró la obra y quién la entregó. Cuando sea recuperada, será devuelta a sus dueños. Los detectives creen que el ladrón tomó fotografías de las obras, encargó copias del mismo tamaño y con estas reemplazó los originales. Todo sin dejar absolutamente ningún rastro de su delito, ya que han sido necesarios varios años para que se descubriera el fraude.



Robos de obras de arte ha habido, hay y habrá muchos a lo largo de la historia. Este ha sido de guante blanco. Otros casi puede decirse que son reivindicativos. Como cuando en 1994, El Grito de Munch fue sustraído de la Galería Nacional de Oslo a plena luz del día por una banda encabezada por el ladrón de arte más famoso de Noruega. Tardaron menos de un minuto en llevarse el lienzo e incluso tuvieron tiempo para dejar una nota: “Gracias por la falta de seguridad”. Pero estábamos con las falsificaciones y Warhol: el colectivo MSCHF (por “mischief”, “travesura”), con sede en Brooklyn, creado en 2016 y especializado en operaciones de reapropiación de obras de arte y comercio de objetos, vendió mil dibujos con el título 'Posiblemente una copia de 'Hadas' de Andy Warhol, 999 falsificaciones y el original entre ellos y al mismo precio porque realizó las reproducciones exactas del dibujo del pilar del pop art y ahora asegura que no es capaz de identificar el original; es más, cualquier registro de qué pieza del conjunto es la auténtica ha sido destruido. El colectivo puso en la web un video que muestra la técnica utilizada para hacer las copias: un robot copió el dibujo usando tinta, se "envejeció" la obra con luz, calor y humedad, se reprodujo el sello de la Fundación Warhol y listo. MSCHF asegura que busca criticar el concepto de "autenticidad" y "exclusividad" que imperan en el mercado del arte, 'destruir' el dibujo rompiendo la cadena de confianza. La Fundación Warhol no quiso hacer comentarios.




domingo, 9 de marzo de 2025

Chicago

 


Hay músicos legendarios del rock que aún dan la pelea, a pesar del paso de los años, de los achaques de la edad, de problemas de salud, de algunas dificultades para plasmar y concretar ideas, convencidos de que todavía pueden rockear como si viviéramos en 197
1. A otros, simplemente no les pesa el tiempo, al contrario, reflejan una sabiduría ancestral que los hace relevantes y pertinentes. Eso sucede con Graham Nash, el célebre músico británico que edificó su carrera en Manchester a mediados de la década de los sesenta, en pleno esplendor de la llamada Invasión británica del rock, junto a The Hollies (otra máquina memorable de producir éxitos) y cuya notoriedad mayor corresponde al legado que dejó, cuando se trasladó a vivir a los Estados Unidos, con el proyecto Crosby, Stills & Nash (a veces junto con el canadiense Neil Young), tal vez la banda más importante que dio la historia del rock norteamericano por todo lo que plasmaron desde el disco homónimo, debut de 1969, hasta sus últimas apariciones en vivo hace más de diez años, grupo en el que estableció nuevas formas de hacer folk rock, donde las armonías, las voces, la fuerza de las letras y una comunión pocas veces vista entre tres superestrellas funcionó de forma equilibrada y sostenible, a pesar de los egos, a pesar de las diferencias que en más de una ocasión pusieron en riesgo la estabilidad del grupo. Graham Nash era el polo a tierra entre tres temperamentos feroces que en más de una oportunidad se sacaron chispas, siendo Crosby con quien mejor se entendió hasta al punto de producir varios trabajos en estudio en los años setenta que dieron cuenta de las capacidades creativas de ambos músicos aunque con los años la relación con Crosby se deterioró hasta el punto de quedar incomunicados por varios años. Y es que no olvidemos que la nostalgia, el sosiego y la determinada capacidad para leer un tiempo y un momento han formado parte del repertorio histórico de Nash como en Chicago, que hoy recordamos, interpretada por todo el grupo aunque cantada por él, esa joya de su disco debut como solista de 1971. Su carrera solista, como miembro de un grupo y como colaborador a lo largo de las décadas está llena de reflexiones similares y por eso no sorprende que incurra en una mirada a las relaciones que construyó, las que se sostuvieron y las que simplemente se terminaron por diferencias irreconciliables como sucedió con Crosby. Ante la imposibilidad de sostener una relación creativa con los músicos con los que escribió temas memorables para la historia del rock, Nash entendió muchos años antes de la muerte de Crosby que como solista también puede retratar y capturar la esencia de un tiempo que nunca se repetirá en la historia del rock y que la mejor manera de hacerlo es a través de melodías y letras que perdurarán en nuestra memoria. Está claro que Nash no ha perdido ni su voz ni la magia para hipnotizarnos con interpretaciones profundas, delicadas, como si el último disco, Now, se hubiese producido en otro momento, cuando el tiempo transcurría a otro ritmo. Evidentemente, es un álbum personal, autorreferencial, que parece con temas de los días junto a Stills y Crosby a finales de los setenta y tal vez el disco más profundo, en su corta e interesante carrera en solitario, desde la narrativa y por aquello de entender el paso del tiempo, su momento y que a sus 82 años tal vez está llegando al último ciclo creativo de su vida con canciones que encuentran un significado mucho más personal y asociado a experiencias, felices o dolorosas, que le permiten a Nash ver la vida desde otra perspectiva y a partir de las lecciones aprendidas y lo que puede enseñarnos con esas historias.



domingo, 21 de julio de 2024

Poco más que un trabalenguas.



Nuestra civilización occidental es hija de un padre que es el cristianismo y una madre que es la filosofía griega, una combinación de sentimientos y de razón que hace que nuestra existencia esté regida por normas que tratan de controlar nuestros impulsos, unas veces para bien y otras para mal. Así hay quien nos hablará de que somos fruto de instintos de nuestro cerebro reptiliano y demás, y otros que nos alentarán a seguir lo que nos dicta un alma que nos hace más que meros animales. Y sin duda todo es tan verdad como mentira, ya que si es misión imposible el comprenderse un
o mismo, ya generalizar al resto de la raza humana es de una soberbia supina; hay ocasiones en la vida en la que te encuentras entre medias de dos males o teniendo que elegir entre dos opciones que sabes que te van a dar más disgustos que alegrías. Ojalá el mundo fuese algo más sencillo, un sistema matemático en el que dos más dos sólo tuviera como resultado cuatro, mas esta realidad nuestra no es así y hay momentos en los que no hay más remedio que ir de Guatemala a Guatepeor. Cuando empecé a estudiar inglés, tarea en la que llevo embarcado casi cincuenta años sin demasiado avance, estaba como número uno de las listas de música la versión que de La Bamba de Ritchie Valens hicieron Los Lobos, y al oir a los irlandeses masacrando la lengua de Cervantes me di cuenta de lo penoso que es intentar cantar una letra en un idioma que desconoces. Eso mismo hacemos la mayoría con los demás idiomas, y sólo la bondad del ser humano para con los ignorantes hace que no se cometan asesinatos en defensa de las lenguas del mundo. Esta situación se ha dado desde siempre, pero hay que ser un genio para convertir lo ridículo en sublime tal y como vemos en la canción de hoy. Adriano Celentano, el artista (porque llamarle sólo cantante, compositor, actor, literato… es poco) milanés buscará adaptar rock y el blues de su idolatrado Elvis Presley a la música tradicional italiana. Al principio realizará versiones de clásicos de Ben E. King o Fred F. Sears pero rápidamente se decanta por sus propias canciones en las que mezclará el humor con el amor, lo ligero con la denuncia social, los sueños con la cruda realidad. Es sin duda la figura del mundo del espectáculo más importante de los últimos cincuenta años y en él se han inspirado todas las figuras de la península itálica. Él ha sido uno de los principales culpables de que la música trasalpina haya sabido adaptarse a las modas que venían de allende de sus fronteras creando estilos híbridos entre la riquísima tradición musical autóctona y las nuevas músicas como el blues, el rock o el pop. Sus actuaciones televisivas congregaban a toda la población ante las pantallas, sus películas eran devoradas, y sus discos esperados con ansia. En 1972 rompe todos los esquemas mentales con esta Prisencolinensinainciusol que será o bien un antecedente del rap y muestra de la más atrevida experimentación musical o directamente una locura que te engancha. La letra no significa nada porque es un sucesión de fonemas que parecen inglés sin tener correspondencia con palabra alguna por mucho que te suenen, y en la música es una de las canciones con más ritmo de la historia con la sección de viento, y la percusión marcando el paso con la ayuda del bajo y la guitarra que dan paso a la macarra y potente voz del cantante y los coros. Termina con unas notas de armónica.



Ópera francesa.



Dedicamos
hoy este blog a la consolidación de la ópera en Francia a lo largo del siglo XVIII, centrándonos en el autor más importante en dicho siglo, Jean-Philippe Rameau (1683-1764, músico, teórico musical y compositor francés), y en una de sus obras maestras, Les Indes Galantes, ópera-ballet héroïque (en realidad teatro lírico francés del Barroco, una mezcla de narración, canto y danza), la obra que lo consagró como el máximo maestro de los espectáculos líricos de su tiempo. Les Indes Galantes es la primera de las opéra-ballet que compuso Rameau y la segunda de su carrera de compositor de óperas, sin embargo es una obra maestra y un referente del género en la que están presentes las formas musicales que caracterizan a la ópera moderna: fragmentos puramente orquestales, recitativos acompañados, arias, dúos, escenas corales. Sin duda, Rameau trascendió las limitaciones del género y esta obra lo consagró. Históricamente, el rey Luis XV y sobre todo su favorita Madame de Pompadour, fueron grandes protectores de las artes y la cultura lo que permitió la irrupción y el desarrollo del estilo Rococó al que seguirá, posteriormente, el Neoclasicismo. El Rococó ha sido considerado por muchos como la culminación del Barroco, lo que no es completamente cierto, ya que el Rococó es un estilo frívolo, opulento, laico y galante, a deferencia del Barroco, que es el Arte de la Contrarreforma, por tanto con importantes connotaciones religiosas; si el Barroco francés estaba al servicio del poder absolutista, el Rococó está al servicio de la aristocracia y la burguesía. Es un estilo intimista, de interiores, y se extiende a otras artes, como la pintura o la escultura, pero también al diseño de muebles o la decoración. Las Indias galantes narra historias de amor en lugares remotos y exóticos, comprendidos bajo el nombre genérico de «Las Indias»: un pachá turco en una isla del océano Índico; un triángulo amoroso en Perú entre españoles e incas; el amor entre dueños de esclavos y esclavos en Persia; y, por último, el cuarto y último acto, Les Sauvages, que tiene lugar en Norteamérica (la Ilustración europea, con su construcción fundacional de la alteridad, necesitaba aventurarse más allá de sus fronteras mediante la conquista imperial y el celo misionero, su violencia y dominación se justificaron mediante la producción de estereotipos orientalistas y la imposición de taxonomías raciales, culturales y religiosas. La procedencia de Les Indes Galantes se basa, por tanto, en el racismo y la arrogancia colonial francesa). Las Indias galantes simboliza la época despreocupada, refinada, dedicada a los placeres y a la galantería de Luis XV y de su corte y el desarrollo dramático mínimo de estos pequeños dramas servía como excusa para producir un «grand spectacle» en el que los decorados, los vestidos suntuosos, los efectos especiales producidos por las maquinarias teatrales y sobre todo la danza tenían un papel esencial. En esta ópera-ballet, se pueden observar diferentes formas musicales dentro de la obra, pues se compone de arias, dúos, corales, momentos sinfónicos y fragmentos compuestos únicamente por la orquesta, entre muchas otras formas; las cuales van apareciendo de acuerdo al desarrollo de la obra. Por ejemplo, cada acto, o cada una de las entradas abre con una parte sinfónica, para así darle la importancia y el espacio necesario de desarrollo a la orquesta, ya que las partes recitativas, siguiendo con la idea del Barroco de destacar igualmente las voces, son acompañadas generalmente por un clave, pues la importancia en este momento de destacar el texto y asegurar su entendimiento era una de las preocupaciones primordiales tanto para los libretistas como para los compositores. Su esfuerzo e importancia consiste en darle una nueva importancia a la parte instrumental, ya que deja de ser un simple acompañamiento y la orquesta se vuelve parte del espectáculo, en donde las voces, las danzas y los músicos están al mismo nivel de importancia frente al público. En esta obra, Jean-Phillipe Rameau logra mostrar una gran producción, o como se le llamaba, un grand-spectacle, en donde se dedica a los placeres de la vida y a disfrutar de las galanterías de su corte. Es entonces que logra cambiar la perspectiva y mostrar un nuevo mundo contemporáneo, hablando del amor y sus diferentes interpretaciones en las “Indias” de cuatro lugares distintos y muy alejados de Francia; deja entonces de preocuparse por mostrar las vidas y tragedias de héroes y personajes mitológicos para mostrar una realidad contemporánea basada en temas menos trascendentales y más despreocupados.



Otra estrella del soul desconocida.



I
gual que otras legendarias estrellas del soul, como Solomon Burke, Wilson Pickett y Otis Redding, Joe Tex sigue siendo uno de los personajes más emblemáticos en el panorama de la black music de los años sesenta y setenta del siglo XX. No obstante, Tex ha sido siempre inmerecidamente infravalorado. Su agudo sentido del humor y su vivaz ademán irónico siempre fueron desfigurados. Joe Tex, cuyo nombre real era Joseph Arrington Jr., tuvo su infancia en un suburbio de Houston y, como James Brown, con quien compartió algunos momentos de su carrera, empezó a ganarse la vida por las calles como limpiabotas, vendedor de periódicos, cantante y bailarín. Durante los estudios superiores participó en un concurso de jóvenes talentos de su ciudad y ganó el primer premio (trescientos dólares y una semana en Nueva York) con un sketch cómico titulado "lt's in The Book" aunque, a pesar de ello, logró llevar a buen término sus estudios y se diplomó en 1955. En aquel tiempo, la mayoría de los jóvenes afroamericanos con vocación musical daban sus primeros gorgoritos en los coros de la iglesia evangélica, bautista o pentecostal del barrio, luego se armaban de valor y le anunciaban a su progenitor o al párroco –que a veces era la misma persona– su intención de empezar a interpretar música laica, que trataba sobre amor y otros problemas mundanos, esto es, himnos profanos en el límite de lo impío. Decidió tomarse en serio su amor por la música y sobre todo por el rhythm and blues, escribiendo una serie de divertidas composiciones en el estilo de James Brown, Little Richard, Little Willie John y tantos otros. Entre tanto, en Nashville, se le presentó la ocasión de conocer a Buddy Killen, uno de los más famosos promotores de música country. "La primera vez que lo vi", narra Killen, "estaba vestido como un cowboy, con una camisa violeta y un par de botas efectistas; cantó un par de canciones para mí y me dejó estupefacto. ¡Nunca había visto un entertainer mejor en ningún bar!". Tex cantaba, bailaba y jugaba con el micrófono, mostrando cada vez más sus innatas capacidades de dominador de la escena y de hábil cortejador del público; otros artistas, entre ellos Wiison Pickett, adoptaron algunos de sus afortunados trucos, como el de elegir a una muchacha del público e invitarla a bailar sobre el escenario, aunque con resultados muy diversos. Allí donde las actuaciones del resto adoptaban el tono de una parodia forzada, las de Tex estaban llenas de humor sincero y contagioso. Condimentaba sus espectáculos con una pizca de sana y picante ironía y lograba catalizar la atención de un público, multirracial, gracias a su fascinante carisma. En 1972, Joe Tex produjo una verdadera explosión en las discotecas. 'I gotcha', que hoy recordamos, single de un puro e impetuoso funk (fusión de soul, jazz y otros ritmos, bailable), se convirtió en número 2 de las listas de éxitos estadounidenses y le proporcionó el primer y único disco de platino de su carrera. Música con alma, sería el resumen más simple, aunque un melómano agregaría que fue la afirmación rotunda de la identidad de una comunidad que ya no aceptaba ser discriminada por el color de su piel. Canciones que transmitían con énfasis y hasta con desgarro la experiencia del pueblo negro. Pero, justamente cuando el éxito había llegado a su punto máximo, Joe Tex abandonó súbitamente los escenarios para dedicarse por completo a la religión y se hizo predicador de la Iglesia de los Musulmanes Negros, la Black Muslim Church, con el nombre de Joseph Hazziez, aunque después realizó su regreso al mundo discográfico. En 1982, a la edad de cuarenta y nueve años, Joe Tex fallecía a consecuencia de un ataque al corazón. El soul perdía así a uno de sus hijos más sinceros.



jueves, 18 de julio de 2024

Otro actor/cantante.



Las relaciones de los actores de cine y teatro con la televisión han sido desde tormentosas a productivas, pasando por inexistentes en algunos casos; hay tantos modelos de relación como actores, pero, por término medio, dichas relaciones han sido fluidas y constantes desde los años cincuenta. Algunos actores han usado la televisión como simple fuente de ingresos o refugio para los malos tiempos, otros como lanzadera de sus respectivas carreras y algunos incluso con profunda convicción artística. Y otros, como Richard Harris, hizo durante toda su vida lo que le dio la real gana, también en la televisión. Harris forma parte de la historia del medio, tanto por las entrevistas que concedió, como por un par de momentos televisivos especialmente relevantes, relacionados con su aptitud musical y su destreza para las noches de mal beber. Los espectadores más jóvenes quizás sólo conocen a Richard Harris como el mago Albus Dumbledore de la saga Harry Potter. En años anteriores Harris había aparecido en títulos importantes como Los cañones de Navarone o Rebelión a bordo. Luego le dio por trabajar con Antonioni en El desierto rojo, fruta maravillosa para degustadores del posestructuralismo y la teoría de los colores, para pasarse poco después a las películas de respetable presupuesto y no menos ambición, como Un hombre llamado Caballo, tuvo gusto por los textos clásicos y la sagrada historia del mundo y de Inglaterra, que para algunos es lo mismo. El único problema era que la vida personal de Harris era tan interesante, o disparatada, según se mire, que sus logros artísticos solían quedar en segundo plano. En realidad, Harris era uno de los actores más dotados de una generación de intérpretes de enorme talento para la escena y la bebida: Richard Burton, Peter O’Toole, Laurence Harvey, Oliver Reed, Peter Finch, Albert Finney... Harris era un animal de la interpretación del que nunca podremos decir que habría llegado muy alto si hubiese bebido menos, porque llegó a lo más alto y lo hizo con la copa en la mano. Pero el Harris artista siempre se resistió a perderse definitivamente entre copas o drogas. Y el hombre dotado para tantas artes como musas hay en el Olimpo se atrevió con la música para darnos una de las más perfectas interpretaciones televisivas de una canción que puedan recordarse. Porque Harris era un gran cantante, también. A finales de 1967, Richard Harris y Jimmy Webb coinciden en una fiesta benéfica. El primero viene de triunfar mundialmente con la película musical Camelot, uno de los puntos más álgidos de su carrera, y es uno de los principales reclamos de los anfitriones para lograr una mayor recaudación entre los donantes, mientras que el segundo está encargado de amenizar musicalmente la velada, tocando el piano. Nuestros dos protagonistas empiezan a hablar y ¡hala! el actor irlandés traslada al compositor su interés en sacar un disco, algo que a priori no es tomado demasiado en serio por Webb. Sin embargo, cuando algún tiempo más tarde recibe un telegrama del primero, conminándole a trasladarse a Londres para ponerse con ello, el compositor ve que la cosa no tiene nada de broma y le hace llegar una selección de canciones. Y sí, efectivamente, después de escucharlas de forma exhaustiva, Richard Harris selecciona «MacArthur Park» para debutar como solista en el mundo de la música. Sorprendentemente, la pieza funcionó mucho mejor de lo que cabría esperar: la grave voz de Harris, con ese aura teatral que tantos réditos le había dado en su carrera como actor, se ajustaba como un guante a una letra llena de imágenes metafóricas, versos ininteligibles y supuestos mensajes ocultos. El resultado es ciertamente emotivo, y pese a lo barroco de la composición, para el público del momento resultó difícil no quedarse prendado de esa pequeña sinfonía llena de gravedad, melancolía y misterio. No deja de ser una anécdota curiosa, pero el tema alcanzaría el número uno, diez años después, a raíz de la versión grabada por la diva de música disco Donna Summer. Y ahí va una segunda anécdota: años más tarde, cuando el productor George Martin y Webb coincidieron en un evento, el hombre detrás de The Beatles se atrevió a confesarle que sólo se había permitido alargar «Hey Jude» por encima de los siete minutos después de ver lo que «MacArthur Park» había conseguido…