martes, 22 de mayo de 2018

Aznavour y el (mal) uso de la nostalgia.

Hoy, 22 de mayo de 2018, cumple 94 años una leyenda viva (¡y plenamente lúcido y en activo! derrochando energías en todas sus actuaciones salvo por unas indisposiciones declaradas recientemente durante su estancia en Barcelona y en Sant Petersburgo que le han obligado a posponer -no cancelar!!- los conciertos programados en esta última ciudad), no ya de la chanson française sino de la canción romántica en todo el mundo como es Charles Aznavour.

Hemos de decir que la mención del evento en estas líneas no obedece sólo (que también) a un homenaje a su calidad y longevidad profesional, sino, sobre todo, a la sensibilidad con que trata en sus canciones muchos de los temas que aborda con ellas y que, humildemente, tienen clara conexión en su forma y fondo con diferentes entradas de este blog en las que nos hemos permitido reflexionar sobre diferentes aspectos de todo lo que archivamos en nuestra memoria, la última el pasado 28 de abril. 

Para quien no lo recuerde, Charles Aznavour, cuyo nombre real es Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian, es un reputado cantante, compositor y actor de cine francés de origen armenio (para la pequeña - o gran - historia queda el papel que ha tenido y tiene eso que hoy se llama "refugiados" en la evolución, también de la cultura, del territorio de acogida, como en el caso que nos ocupa, que sus padres, que se habían casado en Turquía, recalaron en París al fallarles la visa para poder ir a Estados Unidos, como querían, huyendo de las consecuencias del genocidio armenio) del que cabe destacar que la primera de sus múltiples facetas en la que halló reconocimiento fue la de la composición, cuando Edith Piaf solicitó sus servicios como tal compositor. Posteriormente logró trabajar en los teatros musicales de París, ya cantando él sus propias composiciones, y su fama fue creciendo hasta llegar al cine, revelándose como un actor de talento y participó en memorables filmes como Tirez sur le pianiste de François Truffaut, Un taxi pour Tobrouk , de Denys de La Patellière, La prueba de valor, de Michael Winner, Diez negritos, de Peter Collinson, El tambor de hojalata, de Volker Schlöndorff o Edith y Marcel, de Claude Lelouch. También ha trabajado en televisión, y en 1992 protagonizó la serie El chino; cinco años después fue galardonado por la Academia de cine francesa con un César de honor por el conjunto de su carrera.
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Aznavour en Tirez sur le pianiste, de Trffaut.
Antes de continuar detallando y recordando la actividad pública del personaje, quizá no esté de más recordar su perfil humano, con preocupación permanente por los problemas sociales; una pequeña muestra de ello es la de que Aznavour, que siempre se ha declarado profundamente francés, jamás ha olvidado su origen armenio y, siempre solidario, tras el terremoto de Armenia de diciembre de 1989 colaboró con los damnificados desde la fundación que creó al poco tiempo de producirse la catástrofe, al margen del color político de los afectados en las históricas discrepancias del país con sus vecinos. Actualmente, Aznavour es lo que pudiéramos llamar embajador itinerante armenio, auténticamente respetado y venerado en ese país.

Pero, sin duda, por lo que es más conocido Aznavour es por su faceta de cantante-compositor, en la que acredita cifras mareantes: siendo el artista "del Siglo" según la CNN, tiene una carrera de más de 70 años. Más de 100 millones de ventas de sus grabaciones, 1,200 canciones, 80 películas, 294 álbumes, cientos de discos de oro, platino, de diamante, miles de conciertos en 94 países. Ha actuado y grabado en siete lenguas y sus canciones han sido versionadas por numerosos artistas de primera fila como Elton John, Bob Dylan, Placido Domingo, Céline Dion, Julio Iglesias, Edith Piaf, Liza Minnelli, Sammy Davis Jr., Ray Charles, Elvis Costello y muchos más. Pero, al contrario de esos edulcorados concursos-incubadora tan en boga hoy día en un mercado musical de quita y pon, la época de Aznavour (y otros) no fue fácil ni siquiera para un verdadero talento como él: estudió declamación y canto y muy joven aún, realizó una gira por Francia con una compañía de teatro; a su regreso a París actúo en el Odeón y en el Madeleine, y encontró su oportunidad en la Compañía Pierre Fresnay, con un papel en la comedia Margot. Ingresó luego en la escuela para artistas de music-hall y en 1942 empezó a ser conocida su labor como compositor: trabajó con artistas como Pierre Roche, Mistinguette, Maurice Chevalier, Breton y Edith Piaf, que lanzaron sus primeras canciones a la popularidad. Con la Piaf permaneció casi nueve años como "chico para todo" (chófer, mozo de comedor y secretario). Marchó de Francia y empezó a cosechar éxitos, especialmente en Canadá y en Estados Unidos de América entre 1946 y 1948 (consiguió un gran éxito importante en prácticamente todo el mundo con su canción She, que fue número 1 del ranking en muchos países, y seguramente hoy nos suena más por haber sido banda sonora de la película "Notting Hill"), pero, siguiendo el consejo de Edith Piaf. regresó a París y en 1956 triunfó clamorosamente en un recital en la sala Olympia de la capital francesa. Desde entonces, y marcando un estilo propio, canciones como Viens pleurer au creux de mon épaule, Tu t'laisses aller, La mamma, Comme ils disent, son cada una de ellas un pequeño bosquejo de la vida cotidiana, un fragmento de vida. Aznavour posee una capacidad especial para resumir en pocas frases una situación en la que se encuentran muchas personas. También ha sabido explotar muy bien su persona, su talla, su voz: sus defectos se han convertido en cualidades pese a que él mismo sostiene que la belleza de su música no estaba tanto en la voz como en la propia canción.
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... y, pese a todo, hay nostalgia.
Si hay un denominador común a muchas de las composiciones de Aznavour es la nostalgia, uno de sus materiales predilectos y al que, curiosamente, ya acudía para sus composiciones cuando apenas tenía edad para sentirla, y ahí están, para corroborarlo, piezas musicales que ya son un estándar clásico como Mourir d’aimer, Désormais, aquel desgarrador monumento de la lamentación por lo mal que se hizo en un tiempo pasado que es Hier encore (de la que se dice que la mejor interpretación -superior, a decir de algunos, a la del propio Aznavour- es la que hizo el cantante estadounidense de country Roy Clark de la versión en inglés Yesterday, when I was young) o una Que c’est triste Venise cargada de desolación.

Nos referiremos, sin embargo, en esta ocasión, a la canción que, prácticamente, nunca falla en sus actuaciones (jugando, casi siempre en su interpretación, con un pañuelo blanco, que agita como envolviendo al auditorio en melancolía), la canción que viene a ser la firma del artista , así como una de las baladas más populares de la chanson française, tomada por su texto, además, como básica en el conocimiento de la lengua francesa, con versiones en italiano, español, inglés, alemán, portugués, etc. Lo habéis adivinado: se trata de La Bohème, escrita con la colaboración de Jacques Plante, letrista que durante los años sesenta del pasado siglo también participó con Aznavour en Les Comédiens, For me formidable y otras, y grabada por primera vez en 1966. Situada en un evocado Montmartre, barrio parisino "de los artistas" y símbolo de una forma de vida conocida como "bohemia", es un canto lleno de melancolía y nostalgia por el pasado, por un tiempo duro para los artistas pero no por ello menos feliz. Se cuenta en ella que los apuros económicos se solventaban con ingenio y mucha ilusión, y las ganas de vivir, de aprender, de experimentar, ayudaban a soportar mejor el hambre. Algunos pasajes, no obstante, de la letra vienen a confirmar una de las ideas defendidas en este blog, la de que alimentar per se la nostalgia de un tiempo, unas personas, unos hechos, que forman parte de un pasado que es imposible que vuelva, es un error; fijémonos para ello en que la canción se inicia con la declaración de que se habla de un tiempo que ya no genera recuerdos compartidos, es decir, que se aboca a la desaparición total – aspecto este, el del cambio generacional en los recuerdos vívidos, que es incluso aplicable a la misma figura de Aznavour, seguramente desconocido para muchos jóvenes de hoy - (Je vous parle d’un temps que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître...) para acabar confesando que el recuerdo es eso, recuerdo de algo que ahora ya no existe (Quand au hasard des jours je m’en vais faire un tour a mon ancienne adresse, je ne reconnais plus ni les murs, ni les rues qui ont vu ma jeunesse... La bohème, la bohème ca ne veut plus rien dire du tout.) Guardemos la melancolía y la nostalgia basada en los buenos recuerdos en el honroso lugar que les corresponde de nuestra memoria pero no dejemos que interfieran en nuestra clara mirada hacia adelante, y, sobre todo, no admitamos que nos "vendan" como nostalgia lo que no es. Lo que resulta penoso es constatar que la instrumentación emocional e interesada del sentimiento de nostalgia se constituye en una poderosa e insana herramienta de los malos políticos, que disfrazan su incapacidad de mirar y trabajar hacia el futuro en alentar una aparente nostalgia del pasado que no es sino disconformidad con el presente (posiblemente debida a ellos precisamente); basta recordar que en nuestro escenario político cotidiano se conoce con el nombre de "nostálgicos" a los que desean que vuelva (o que no acabe de marchar) un sistema político de ingrato recuerdo para muchos, pero que les beneficiaba a ellos. De aquí a la irresponsable estrategia de soliviantar y azuzar a las masas (en términos orteguianos) a favor o en contra de algo o alguien sin justificar la razones (si las hay), un paso. Y hay quien lo propugna. Se ha de ser fuerte psíquicamente para conseguir poner en valor que ese futuro cuya construcción debe ser hoy el objetivo de todos, por encima de sentimientos personales hacia el pasado, constituirá, en una suerte de correa sin fin, el recuerdo con nostalgia de las generaciones venideras y que, mirándolo bien, es (debe ser) ajeno al pasado.

sábado, 5 de mayo de 2018

Emociones e ideologías.

Se atribuye a Víctor Hugo1 aquella frase de que “la melancolía es la felicidad de estar triste”. Lo cierto es que, paradójicamente, la melancolía suele asociarse a la tristeza, aunque lo que se esté evocando sean, contrariamente, buenos momentos del pasado. La melancolía sin memoria no es posible. Es un sentimiento que nos recuerda que nos falta algo o alguien, algo que estuvo ahí, algo que era bueno para nosotros, pero que ya no podemos recuperar. Rememoramos personas, lugares, momentos o experiencias que nos hacen pensar que cualquiera tiempo pasado fue mejor, como ya dejó escrito Jorge Manrique en sus archiconocidas Coplas a la muerte de su padre. Cuando alguien está melancólico, realmente está sufriendo por algo que ya no puede tener. Es un dolor permitido porque recordamos algo o a alguien que ya no está con nosotros, y eso nos duele, pero también nos hace pensar que es nuestro, que nos pertenece, aunque sólo sea por unos minutos en una evocación y sólo esté alojado en nuestro banco de recuerdos.
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La melancolía es también una manera de no aceptar el presente, de no estar contentos con lo que tenemos ahora. Porque cuando nos permitimos viajar con la mente a otros lugares, a otros espacios, a otros tiempos y buscamos una compañía irreal, inconscientemente creemos que es algo que poseemos y de lo que no podemos separarnos.

La melancolía se presenta en momentos puntuales, pero ¡cuidado! puede convertirse en un problema si se instala de manera permanente. Es normal sentirse melancólico, es normal incluso buscar ese sentimiento una tarde de lluvia y mirar fotografías antiguas; o escuchar una canción y recordar un momento agradable; o pensar en alguien con quien compartimos nuestra vida o parte de ella. Pero cuando esta conducta se repite frecuentemente, si no se trata correctamente, puede derivarse en una depresión. Los expertos aseguran que esta alteración saca a la luz una carencia que tenemos las personas, que es reflejo de que no estamos contentos con nuestra vida actual. Si nuestra vida es plena no sentimos la necesidad de aferrarnos al pasado para pensar que lo de antes era mejor que lo de ahora. Sentirse más o menos melancólico va a depender del grado de satisfacción que tengamos en nuestro presente. Cuando uno está feliz, no necesita evocar tiempos pasados, ni pensar que todo podía ser de otra manera. Anclarnos en el pasado es una manera de perdernos el presente.



La representación práctica de una de las más conocidas consecuencias de la melancolía es su transformación en nostalgia, con la que a veces se confunde, que es un deseo o anhelo de volver al pasado o de repetir aquél tiempo que ya ha sido vivido anteriormente; es el buscar recuperar como sea el tiempo que ya se ha perdido y a menudo se caracteriza y se identifica por un querer volver a la tierra de origen, al hogar, a reunirse con la familia, volver a los brazos de un amor perdido o a encontrarse con viejos amigos, al margen incluso de revivir las vivencias, no todas agradables, que rodeaban a todo lo añorado. En alguna ocasión, en este mismo blog, hemos reflexionado sobre lo pernicioso que puede resultar para la persona el dejarse dominar inconscientemente por la nostalgia  en su caminar hacia adelante, lo que se ha de combatir por uno mismo, pero otra cosa es ver cómo algunos (malos) políticos juegan con esos sentimientos profundos convirtiéndolos en el eje sobre el que gira una perversa política de confrontación que les da votos. Y, la verdad, es que no lo disimulan; basta que alguien o un colectivo (numeroso o no) plantee algo de futuro no recogido, obviamente, en la legislación del pasado (ya decía Aristóteles que "una ley, cuando nace, ya es vieja"), para que determinados gobernantes a los que les resulta ajena e incomprensible la propuesta, haciendo gala de que eso que habían dicho de "gobernar para el ciudadano" no pasa de ser un slogan de campaña, optan por contrarrestar la propuesta, sin conocerla realmente, con la prohibición y la represión, enmascarando su propia incapacidad, ignorancia y mala fe con la inmoral manipulación de sentimientos inducidos, en una calculada estrategia de crear crispación con el único argumento (asombrosamente eficaz) de que desoyendo la propuesta se recupera la normalidad (?) bañada en sensatez (?), apelando como arma a una resistencia generalizada al cambio basada en fabricar la nostalgia de un tiempo que, aseguran, fue mejor.
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Sin llegar a esos extremos, que serían tan ridículos si no tuvieran consecuencias tan dramáticas para la ciudadanía, es evidente que la política siempre ha interferido/manipulado las mentes. Si admitimos que personalidad, desde el punto de vista de la capacidad de razonar, es el modo de pensar o configuración mental de una persona, esto es, el conjunto de ideas fundamentales que configura el pensamiento de una persona (ampliable para el análisis a una colectividad o a una época), la ideología política2 también lo es, pero mientras la personalidad es esponjosa y, en mayor o menor medida, abierta, por estar impregnada de sensibilidad y percibir en general a "el otro" de forma horizontal, de igual a igual, la ideología es cerrada porque atiende sobre todo al interés personal, de partido o de clase, y si incluye sensibilidad es percibiendo a "el otro" de arriba abajo y, en definitiva, podría decirse que las personalidades se enfrentan a las ideologías; de aquí que hayan surgido partidos políticos y movimientos ciudadanos cuyo propósito es actuar sobre la raíz de los problemas para tratar de darles solución, ideologías aparte.

Porque se comprueba que muchos de los problemas políticos y sociales proceden de la falta de entendimiento entre dos mentalidades que perciben de modo bien distinto el siguiente contraste reducido a términos económicos: una parte de la población vive de unos ingresos seguros que le permite calcular lo que puede y no debe gastar, otra parte no sabe qué será de su destino aunque ahora tenga empleo -tan en el aire está- y otra carece de todo recurso: tal es la incertidumbre de presente y de futuro tanto para los desempleados como para la mayoría de los empleados que viven temblando por el peligro de quedarse sin trabajo, aunque con exiguos salarios, y no volver a colocarse. En cuanto a la cuarta parte de esta clasificación, la clase de los excluidos, esos que además de despojados y de haber perdido la esperanza, aunque no hay estadísticas fiables, parece que significan en España un cuarto de su población. Así que si las clases sociales en un momento dado pudieron desaparecer del imaginario colectivo porque todo el mundo vivía a su manera los deleites de una orgía de gasto, han vuelto a aparecer diseñadas de otro modo.
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En este escenario, es perceptible, además, otro factor lamentable en la vida social, que si ha existido siempre, en estos tiempos se hace más abominable por el despertar de las masas: la idea de hacer ver sin rubor que ciertas ideologías con gran número de votantes (¿adeptos o incautos?) parten del supuesto de que pensar en los demás es signo de debilidad. Cuando es todo lo contrario y las sociedades más igualitarias, como las nórdicas, lo comprenden bien, que tener en cuenta la suerte ajena inmediatamente después de satisfacer nuestro interés, es signo de fortaleza e inteligencia. Fortaleza, porque hace más robusta la personalidad del poseedor; inteligencia, porque -cualquiera que ha vivido lo suficiente puede constatarlo- la generosidad y la magnanimidad son fuente de bienes para todos y propician nuestra buena estrella.

Creer en las ideologías fijadas apriorísticamente es confortable. Sin embargo, esta creencia tiene el problema de ser totalmente irreal. Pensar (y hacernos creer) que las personas tenemos conceptos, sistemas de categorías y “circuitos del pensamiento” fijados en el tiempo o incluso “propios de nuestro ser” es una forma de dualismo que va en contra de todo lo que sabemos acerca de la psicología. No existen maneras fijas de ver la realidad, y por lo tanto aún menos existen las maneras de pensar “propias de…” si tenemos en cuenta que éstas están en continuo cambio. De igual modo, tampoco las definiciones de ideologías políticas existen, al margen de quien interiorizará esas ideas bajo la luz de sus experiencias pasadas y presentes y que, además, orientará sus conclusiones de acuerdo a sus objetivos e intereses. Nuestro pensamiento, nuestra personalidad, no está por tanto guiado rígidamente por un solo principio integrador como el “ser de derechas” o “ser pacifista”, etc.

Es verdad que, por el fondo de los "valores" supuestos de cada ideología, se asignan determinadas "etiquetas" a cada una, como puede ser, por ejemplo, que las izquierdas ganan en sensibilidad por ser las que tradicionalmente han defendido los derechos vulnerados de la persona, pero, de ninguna manera se puede pensar que sean clichés extrapolables a todas las personas de esa ideología olvidando la extensa gama de grises que pueden darse en múltiples personalidades diferentes ni afirmar que sea privativo de las izquierdas. El "etiquetar" a las personas siempre es pernicioso e ineficaz, y no habla bien de quien precisa "colgar" una "etiqueta" a los demás para tratarlos de acuerdo con esa clasificación que él ha decidido. Al final, lo importante es la persona y no su circunstancia, que diría Ortega. Veamos un supuesto: una cosa es desear que en el ordenamiento jurídico exista, para delitos muy determinados, la pena capital; otra muy diferente, propugnar (¡y legislar!) para que sea aplicable al adversario político, y otra, más diferente aún, el apuntarse como voluntario para formar parte del pelotón de ejecución de éste. Crear, entonces, una etiqueta de "partidario de la pena de muerte" y pretender catalogar por igual con ella a los protagonistas de los tres niveles citados (y a los innumerables matices intermedios) es simplista y, en el mejor de los casos, estúpido.
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Agustín de Foxá, taurófilo confeso, saludando al torero Manolete.
Hace muchos años, en las páginas de cultura de una publicación que entonces era un diario de información respetado y de referencia y que hoy, que se sigue publicando la cabecera, no pasa de ser un panfleto que a menudo confunde información con opinión en titulares sesgados, tergiversados o, llanamente, falsos, descubrí el poema que reproduzco a continuación y que me cautivó por su profunda sensibilidad y por su sencillez en la exposición. El poema se llama, enlazando en un bucle con el principio de estas reflexiones, Melancolía de desaparecer y pocas veces el alma poética ha tocado con más profundidad el temor a la incertidumbre y el dolor por la vida que se va, y dice así:

Y pensar que después de que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja,
que he de marchar ¡yo solo! hacia el abismo...
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.

El autor de esta pequeña joya, escrita en 1940, fue Agustín de Foxá Torroba3, conde de Foxá y marqués de Armendáriz, de cuya existencia confieso que yo entonces nada sabía, aunque es evidente a la luz de este poema y posterior acceso a su biografía, que se trataba de un intelectual nacido en época turbulenta y oscura para España, ninguneado como poeta y encasillado por su ideología política, autodefinido con humor por él mismo: "Bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana, soy aristócrata, soy conde, soy rico, soy embajador, soy gordo, y todavía me preguntan por qué soy de derechas. ¿Pues qué coño puedo ser?; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro". Posiblemente este ninguneo empezó a raíz de su sinceridadpor encima de consignas, ya que, siendo diplomático con el franquismo decía que, como embajador de una dictadura en democracias, podía disfrutar de lo mejor de los dos sistemas; y del Frente de Juventudes soltó (él, que había sido falangista de primera hornada y casi creador de la Falange): "Son unos niños vestidos de gilipollas mandados por un gilipollas vestido de niño". Foxá, adscrito por todos a las derechas aunque incómodo para ellas, no tenía la menor inquietud política. No hizo el menor esfuerzo por labrarse una carrera en el régimen. Su mundo seguía siendo otro: el de las palabras y los conceptos, una visión esencialmente estética de la vida y del mundo.

Seguramente hay muchos Foxá, quizá no tan llamativos, es decir, personas identificadas con un cliché que las encorseta y prejuzga a ojos de terceros, sin advertir que la persona, sus sentires y querencias, que diría el olvidado escritor Manuel Andújar, está por encima de consignas, símbolos y doctrinas políticas. Se ha de tener en cuenta, además, para analizar estos hechos, que vivimos en una época en la que va calando la idea (con penas y trabajos, eso sí, muy lentamente en algunos ámbitos) en prácticamente todo el mundo de que las legislaciones fundamentales de los países se han de basar en el respeto a los Derechos Humanos (en mayúscula siempre), a pesar de que haya formaciones políticas, e incluso gobiernos, que se jactan en remar ostensiblemente en dirección contraria, presentando usualmente a la ciudadanía ese retroceso como "lo sensato", "la vuelta a la normalidad" u otras lindezas retóricas por el estilo. Que la ciudadanía lo crea a pie juntillas formaría parte de otro análisis, no de éste.
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Esta circunstancia hace que los esquemas y las estrategias de las derechas e izquierdas tradicionales tiendan a la convergencia (no en todo, naturalmente) como dicen constatar no pocos politólogos y poco a poco se vaya poniendo de manifiesto y consolidando en la ciudadanía que, más allá de las ideologías, está la ética, honradez y sentido de responsabilidad de las personas, lo que se comprueba fácilmente contraponiendo dos supuestos (reales, seguramente) antagónicos: el partido más honesto y transparente puede tener en su seno manzanas podridas a la vez que el más cerrado y corrupto puede tener auténticos "ángeles" en sus filas. Cómo las formaciones gestionan internamente estas contradiciones cuando se le presentan también formaría parte de otro análisis.

Si hubiera que elaborar un corolario a estas reflexiones, todo apunta a que hemos de esforzarnos en deslindar todo aquello ligado a la condición humana, representado en este caso por emociones tales como la melancolía, la nostalgia, la sensibilidad,.. de los instrumentos utilizados en la política para marcar la ideología, recordar que la persona es, ante todo, persona, y no dejarnos seducir por malvados cantos de sirena de incompetentes que pretenden que identifiquemos nuestra fibra sensible con SUS objetivos políticos y aprovecharse de ello. Y, lamentablemente, estos personajes, parafraseando lo de las meigas (brujas) gallegas, haberlos, haylos.

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1Victor Marie Hugo (1802 - 1885), fue un poeta, dramaturgo y novelista romántico francés, considerado como uno de los más importantes en lengua francesa. También fue un político e intelectual comprometido e influyente en la historia de su país, destacando por sus posiciones muy determinadas sobre la lucha social (su obra maestra, Los Miserables es un himno contra la miseria y en favor de los más desfavorecidos), por alzar la voz (en aquella época) defendiendo los derechos de las mujeres y por exponer y mantener con frecuencia la idea de la creación de los Estados Unidos de Europa. Como anécdota que nos toca de cerca cabe recordar que en 1843 tuvo una corta estancia en una casa del pequeño casco urbano antiguo del donostiarra puerto de Pasai Donibane (Pasajes de San Juan), casa situada en el segundo arco de la “calle única, que siempre te lleva a donde quieras ir", convertida hoy en museo como homenaje al dramaturgo. Pese a que la estancia  no llegó a las dos semanas, puede decirse que entre Hugo y Pasai hubo un "amor a primera vista" que marcó profundamente al escritor, como él mismo reconoció: "Este pequeño edén resplandeciente adonde llegué por azar, y sin saber dónde estaba, se llama en español Pasajes y en francés Le Passage", describiéndolo con precisión: "(...)De pronto, como por encanto, el decorado cambió y apareció ante mí un espectáculo maravilloso. Una cortina de altas montañas verdes recortando sus cimas sobre un cielo resplandeciente. Al pie de las montañas, una fila de casas estrechamente yuxtapuestas (...). Una vida, un movimiento, un sol, un azul, un aire y una alegría inexpresables. He aquí lo que tenía delante (...). La bahía se alegra con las navecillas de las barqueras que van y vienen sin cesar y se dan voces de un extremo al otro del golfo con gritos que se asemejan al canto del gallo. Una vez en tierra, tomé la primera calle que se me presentó. Aquí, una nueva sorpresa. Nada es más risueño y más fresco que el Pasaje visto desde el lado del mar. Nada es más severo y más oscuro que el Pasaje visto desde el lado de la montaña"

2Una ideología es un conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están especialmente referidas a la conducta social humana, y que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc. Las ideologías describen y postulan modos de actuar sobre la realidad colectiva, ya sea sobre el sistema general de la sociedad o sobre uno o varios de sus sistemas específicos, como son el económico, social, científico-tecnológico, político, cultural, moral, religioso, medioambiental u otros relacionados al bien común. Hay ideologías que pretenden la conservación del sistema - conservadoras-, su transformación radical y súbita -revolucionarias-, el cambio gradual -reformistas–, o la readopción de un sistema previamente existente -restaurativas-. Merece atención detenerse en la definición del concepto de ideología que hizo Karl Marx (de quien, mira por donde, casualmente, hoy se cumplen 200 años justos de su nacimiento) en el prólogo a su libro Contribución a la crítica de la economía política, en el que la ideología es el conjunto de las ideas que explican el mundo en cada sociedad en función de sus modos de producción, relacionando los conocimientos prácticos necesarios para la vida con el sistema de relaciones sociales; la relación con la realidad es tan importante como mantener esas relaciones sociales, y en los sistemas sociales en los que se da alguna clase de explotación, evitar que los oprimidos perciban su estado de opresión: "El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia"

3Agustín de Foxá y Torroba (1906 – 1959), poeta, novelista, periodista y diplomático español. Cultivó gran número de géneros literarios: el relato de ciencia ficción (un par de los que escribió se cuentan entre los mejores de la literatura especulativa española: Viaje a los efímeros y Hans y los insectos), poesía como La niña del caracol, El toro, la muerte y el agua, El almendro y la espada, Poemas a Italia o El gallo y la muerte, teatro (escrito a veces en verso como Cui-Ping-Sing o El beso a la bella durmiente) como el drama Baile en capitanía o la comedia Gente que pasa. Sin embargo, el reconocimiento del gran público le llegó precisamente con su novela sobre la Guerra (in)civil, en la estela literaria de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós y con una muy marcada imitación en ella del expresionismo de Valle-Inclán, en especial en la primera parte de las tres que consta, En la segunda parte, «Himno de Riego», el propio autor se retrata en el momento en que, junto a otros intelectuales falangistas como Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo o el propio José Antonio Primo de Rivera, se redacta el himno de Falange, el Cara al sol. En la novela hay retratos de políticos y de escritores como Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Federico García Lorca, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna y alusiones al cine de Luis Buñuel, las caricaturas de Luis Bagaría y la pintura de Manuel Ángeles Ortiz.