miércoles, 27 de junio de 2012

Actualización de la lista de países de alto riesgo, del GAFI

El pasado día 25 de junio, al finalizar la reunión plenaria celebrada entre los días 20 y 22 de junio en Roma, ha publicado el GAFI la actualización de la lista de lo que, en su nuevo denominación, se conocen como "países de algo riesgo y no cooperantes".
Los cambios se indican a continuación.

Países de riesgo extremo no cooperantes (lista roja)
Permanecen en este nivel Irán y Corea del Norte, sin que se registren entradas ni salidas, si bien Kenya, Myanmar y Turquía están amenazados de pasar a este nivel desde el inmediato inferior (lista negra)

Países de alto riesgo (lista negra)
Son, recordemos, aquellos países que, o bien no han hecho progresos suficientes para paliar sus deficiencias o no han llegado a acuerdos con el Gafi para hacerlo. No se registran salidas pero sí tres entradas, que son Ecuador, Vietnam y Yemen, con lo que, a junio de 2012, el nivel de lista negra está integrado por: Bolivia, Cuba, Etiopía, Ghana, Indonesia, Kenya, Myanmar, Nigeria, Pakistán, Santo Tomé y Príncipe, Shri-Lanka, Siria, Tanzania, Thailandia y Turquía, además de los tres citados como recién incorporados.

Países de riesgo moderado (lista gris) 
Son los países, en evaluación continuada de sus progresos, que, pese a admitir deficiencias, han llegado a compromisos con el Gafi para combatirlas. Respecto de la última relación, Turkmenistan ha abandonado el nivel y ha dejado de estar en fase de seguimiento de progreso (si bien sigue vigilada por el GAFI regional). Se considera que han aumentado su nivel de deficiencias y, por consiguiente, han pasado a la lista negra Ecuador, Vietnam y Yemen, y son nuevos integrantes de la lista gris Afganistán, Albania y Kuwait. Completan la lista, además de estos tres, Argelia, Angola, Antigua y Barbuda, Argentina, Bangladesh, Brunei, Camboya, Filipinas, Kirguizistán, Marruecos, Mongolia, Namibia, Nepal, Nicaragua, Sudán, Tayikistán, Trinidad y Tobago, Venezuela y Zimbawe




En otro orden de cosas, España es citada en las resoluciones del plenario en el apartado de los programas de cumplimiento tributario voluntario (VTC-  Voluntary tax compliance) que afectan también a Pakistán y Curaçao, y una vez examinados dichos programas, se resuelve que "El GAFI decidió no tomar ninguna otra medida en relación a España y Pakistán, ya que sus programas se han encontrado coherentes con los principios básicos del GAFI"

martes, 26 de junio de 2012

Boletín nº 14 - La negociación bancaria en tiempos inciertos



La realidad impostada

En el campo de la literatura, y en particular de la narrativa, hay dos clases de realidades (desde el punto de vista técnico, las posibilidades son mucho más amplias si se incluye el término “virtual” y todas sus acepciones): la real propiamente dicha y la simulada. Está claro que si nos referimos, por ejemplo, al Quijote, todos sabemos que estamos hablando de una realidad imaginada por Miguel de Cervantes, pese a que cale en ocasiones la sensación de realidad en la lectura de algunos pasajes.

En ocasiones, incluso, avispados industriales explotan esa sensación haciendo ver una realidad donde no existe; así ocurre, por ejemplo, en el municipio italiano de Verona, en el que se tiene dispuesto para la contemplación turística un balcón en el que, anacronismos aparte, juran y perjuran que tuvo lugar en la realidad la famosa escena del balcón (“O Romeo, Romeo! Wherefore art thou Romeo?”) de la famosa obra de Shakespeare “Romeo y Julieta”.

Y hablando de Verona: en esa ciudad nació en 1862 el escritor Emilio Salgari, conocido sobre todo por los ambientes exóticos donde transcurren gran parte de sus obras. Efectivamente, destacan en su obra lo que podríamos identificar como ciclos temáticos: la jungla, los piratas asiáticos, los corsarios del Caribe y las praderas norteamericanas y, pese a que los personajes son tratados siempre con gran simpleza (sus personajes siempre encarnan los sentimientos más elementales, como la justicia, el honor, la amistad o la defensa de los débiles), la viveza de la acción narrada consigue hacer creer que su conocimiento de los ambientes que relata es profundo. Nada más lejos de la verdad: no sólo no consta que jamás pisara ninguno de los lugares donde hacía transcurrir sus obras, sino que, además, sus viajes por mar se limitaron a breves periodos de navegación durante su juventud en un barco escuela, al tiempo en que prestó servicios a bordo de un mercantil que recorría la costa Adriática y parte del Mediterráneo. Pese a ese desconocimiento, fue capaz de relatar con tal verismo las situaciones que muchos creyeron, y aún creen que eran auténticas. Famosas son sus descripciones de lugares y personajes en obras como El corsario negro, Los dos tigres, Los tigres de la Malasia, Los tigres de Mompracem, Las maravillas del año 2000, La venganza de Sandokán, etc.
Su vida personal y familiar acabó llena de calamidades que lo acorralaron en la desesperación. Puede decirse que vivió dos vidas: una, la real, sórdida y dramática, que le condujo al suicidio en 1911; otra, la que creó a fuerza de imaginación y sueños que, al final, formaban parte de SU realidad.

Pero hablamos de evasión y no de ciencia. Sin embargo, ¿qué pasaría, en cambio, si alguien tomara las obras de Salgari como base para un estudio geográfico de Malasia? Y lo que es peor, ¿qué pasaría si el autor afirmara que su obra se ajusta a la realidad?


La negociación bancaria en tiempos inciertos

La prolongación en el tiempo de una situación especialmente difícil fruto de esta inacabada crisis (aunque, no lo olvidemos, las raíces de numerosas gestiones absurdas e ineficaces también contribuyeron a consolidar la crisis), junto con los movimientos que han llegado a afectar a la viabilidad de muchas entidades bancarias en nuestro país han desembocado en un estado general de confusión en el que nadie sabe muy bien hacia donde va y así resulta desconcertante a la vez que patético que en publicaciones que fueron señeras en tiempo de bonanza se hayan convertido, al parecer, en baluartes desde los que se pregonan sesudas consignas cargadas de una teoría ajena a la  evolución de la sociedad, el mercado, la normativa y las propias entidades.
Como si no hubiera pasado nada, como si todo el cúmulo de hechos ocurridos y sus consecuencias fueran parte de un juego de salón en el que siguen siendo válidos todos los parámetros de referencia de cinco años atrás.

Ya no basta con que el presidente de uno de los dos grandes bancos haya salido a la palestra entonando lo que podría interpretarse como una especie de autocrítica (aunque, todo sea dicho, sin llegar a ella) demostrativa de que efectivamente algo ha cambiado y, sobre todo, que algo se ha hecho mal. ¿Qué? Posiblemente, desde la perspectiva de la distancia, deberá admitirse que el primer fallo fue olvidar qué es el negocio bancario, que debe sustentarse en la confianza de las relaciones humanas y buscar su crecimiento en la ética de los negocios. No es frívolo afirmar que la banca se lanzó a la búsqueda de la rentabilidad empleando lo que se definía como “técnicas de venta” agresivas con el objetivo de “colocar” productos en lugar de establecer unos lazos relacionales que le permitieran un crecimiento más sosegado pero, a la postre, más estable, hasta el punto de que actitudes como la de un presidente de una caja rural andaluza, que propugnaba por mantener la eficacia de su atención a la clientela basada en el conocimiento de ésta sin dejarse arrastrar por la fiebre del ladrillo sólo merecía críticas por parte de la Autoridad Supervisora.

¿Qué puede negociarse y qué no?

Para mantener la estabilidad del sistema financiero, para empezar a remar en la dirección correcta y tener la oportunidad de recuperar el prestigio actualmente perdido, la actuación de las entidades ha de ser transparente y ética a la vez que firme, teniendo muy en cuenta que no todo es objeto de negociación.
El problema de fondo es que durante demasiado tiempo se ha jugado al juego peligroso de crecer por encima de todo pensando en los objetivos mensuales y transigiendo con lo que debe ser inalterable; no es un frase hecha: si las inversiones de la banca (en ladrillo y fuera de él) en los tiempos previos a la aparición de la crisis hubieran tenido la sensatez que no han tenido, otros serían los números del sector y otro sería el sentimiento de los ahorradores.
La actividad bancaria, que suele regirse por adagios, tiene uno de aplicación en este terreno: “Cuando el estudio de una inversión te ofrece dudas, no hay dudas: es NO”. Sin embargo, por razones complejas cuyo análisis queda fuera de este boletín, la banca olvidó sus principios, y me atrevería a decir que el sentido común para embarcarse en proyectos, cuando menos, dudosos. Y así olvidó su propio lema de no querer convertirse en inmobiliaria para acabar inmersa en una espiral de incierto final hoy por hoy.
¿Qué falló? Veamos: el sentido común y la experiencia dicta que ante una petición de financiación, lo que marca la pauta es la seguridad razonable de que la cantidad prestada será devuelta en el tiempo y forma acordados y que las garantías aportadas han de influir en las condiciones de la operación y no en otra cosa. Dicho en términos claros: si no se demuestra capacidad de reembolso, la negociación ha llegado a su punto final, ya que no hay nada que negociar. Este aserto es así hasta el punto que el propio Acuerdo de Capitales de Basilea, en el contenido referido al riesgo, aconseja una secuencia de estudio que se inicia con el análisis del peticionario y que aconseja que, en caso de que su perfil indique dificultades en la devolución de la cantidad prestada, se pueda hacer un análisis complementario basado en terceros que asuman la obligación de amortizar la operación de que se trate. Seguramente por deficiencias de traducción en el lenguaje técnico, este requisito se transformó en la obtención de garantías adicionales, que no mejoraban la seguridad razonable de reembolso sino únicamente mejoraban la posición de la entidad en caso de litigio o reclamación por impago.
En definitiva: se pueden negociar las condiciones, las compensaciones, los aspectos técnicos de la operación,… pero nunca deberá quedar abierta a negociación la admisión o no de un riesgo correctamente analizado ya que el hacerlo añade una importante perversión al sistema al alterar la solvencia futura de la entidad inyectando una morosidad que podía haberse evitado y provoca una manifiesta desconfianza por parte de la clientela en el sistema.

Lo curioso de esta dinámica es que ha calado en la sociedad de forma que hoy (pese a la confusión de los acontecimientos de los últimos tres años) los clientes aún están convencidos de que una entidad u otra transigirá en la concesión de la operación hasta el punto de que se encuentran en el mercado cursos de formación dirigidos a empresas en los que se enseña (?) que la clave del éxito en la negociación es encontrar la entidad que admita entrar en riesgo analizando el mismo dossier que se utiliza en la competencia. Bien es verdad que estas propuestas tienen su fundamento en vicios a los cuales no es ajena la propia banca, tales como el admitir que al cliente le basta tener una magnífica idea de desarrollo empresarial para que la banca corra con toda la financiación, cuando lo cierto es que, ante una idea genial han de hacerse números, arriesgar el capital propio, acudir a financiación paralela sin coste y, finalmente, sólo si es necesario, acudir a la banca.

¿Negociación o venta?

Cuando, en épocas relativamente recientes, las entidades empezaron a decir con normalidad que en la negociación con clientes debía utilizarse técnicas de venta, la introducción de esa nueva terminología encerraba mucho más que un matiz semántico y representaba un vuelco en la concepción del negocio bancario, en sus instrumentos y, en último extremo, en la relación con los clientes.

Conviene no olvidar que la actividad bancaria se basa en la relación personal por mucho que con las nuevas tendencias y novedosos medios de comunicarse se intente hacer énfasis erróneamente en la estandarización de la clientela, sus perfiles y sus necesidades. No hace falta insistir en la evidencia de que el ahorrador necesita confiar en la entidad para depositar en ella sus ahorros; en las relaciones habituales lo normal es que esta confianza se medie a través del interlocutor que representa al banco, lo que dicho sea de paso, es falazmente utilizado como espuria herramienta de presión hacia estos empleados por parte de mandos intermedios que podrían definirse como tóxicos en sus limitados objetivos de corto plazo.
Es decir, si hubiera que definir qué vende la banca, podemos afirmar con rotundidad que vende credibilidad y confianza, si bien es cierto que, para traducir esta venta en números, deben cuantificarse los servicios o productos de su catálogo que ha podido contratar la clientela una vez (y no antes) demostrada la confianza y credibilidad.
El otro matiz relacional que se ha olvidado es que los tiempos y necesidades de la clientela no tienen por qué coincidir con las urgencias de la entidad y que establecer continuos planes comerciales (dirigidos siempre, además, a los mismos clientes, por diferente que sea una campaña de la siguiente) basados en lo que necesita la entidad sin preocuparse de lo que piensa o necesita el cliente es poner una autopista directa al fracaso del plan y al desánimo del empleado que sí conoce al cliente y sabe que éticamente no debe de ninguna  manera forzar su decisión.

No hace falta recordar que hay suficientes episodios recientes en los que ha sucedido exactamente lo señalado (participaciones preferentes sin ir más lejos), de forma que se ha primado cubrir la necesidad de la entidad sin tener en cuenta si ese producto complejo se ajustaba a los deseos del cliente (y en algunos casos, al parecer, sin ni siquiera informarlo). Si eso es así, por cierto, chirrían clamorosamente las declaraciones públicas de un director general de una entidad afectada por el problema afirmando sin rubor y sin desmentido o matización posterior que las preferentes objeto de escándalo de miles de ahorradores eran un buen producto que fue perfectamente comercializado. Quizá no esté de más recordar en este punto que mucho antes de la irrupción de la crisis reputados economistas como el premio Nóbel de Economía de 2001, George A. Akerlof, ya alertaba sobre el hecho evidente de que la evolución de la banca (y la eclosión de esa banca que no es banca aunque se apropie del vocablo, como es la banca de negocios) propiciaba la creación de casi cualquier producto financiero con el único requisito de que proporcionara beneficios… al banco, naturalmente y que ello hizo florecer modalidades de subproductos de captación de ahorro ligados en la letra pequeña a la evolución del banco, de manera que, en un caso extremo, si el banco quebraba, esa inversión no era considerada técnicamente como ahorro protegido por la ley[1].

La pregunta que subyace, pues, es: ¿se vende o se negocia cuando no media un análisis de riesgo? No hay que darle vueltas: se pueden negociar las condiciones únicamente del producto o servicio que se ajusta al perfil y necesidades del cliente y se debe de informar de las alternativas ventajosas para el cliente pero nunca “porque estamos en campaña” ya que ese argumento sólo hace deducir que es una necesidad de la entidad pero no del cliente; el resto es jugar con fuego a futuro. Claro, se puede argumentar que de esa forma se antoja difícil cumplir los habituales objetivos de crecimiento de las entidades, pero ese razonamiento cae por su peso cuando se ha demostrado que la viabilidad de una entidad no siempre va pareja con su tamaño sino, precisamente, con la solidez y transparencia de su política.

Los “daños colaterales”

Como se ha apuntado más arriba, la realidad nos indica que la credibilidad y confianza de los clientes hacia la entidad suele venir representada por la credibilidad y confianza personal que les merece su interlocutor dentro de la misma. Por esta razón principalmente, aunque no sea objeto de este boletín, no podemos evitar referirnos a las nefastas consecuencias en los equipos humanos de unas acciones comerciales mal planteadas y peor gestionadas, con la repercusión que este factor tiene, no ya en la consecución de los objetivos sino en la eficacia y motivación de los equipos. Haciendo un símil que, no obstante, debe tomarse con la debida distancia: de la misma forma que se predica que los analistas de riesgos han de ser profesionales ajenos al conocimiento del cliente para no verse influenciados por este conocimiento en su decisión, no estaría de más en el caso inverso que las campañas de pasivo se confiaran a la profesionalidad estricta del empleado, sin aprovecharse en ningún caso de la confianza que en él tiene depositada como persona el cliente.

Por último, hay que reconocer que existen en el mercado financiero algunas entidades con graves problemas de supervivencia, o que implica desconfianza e incluso enfado manifiesto en los clientes, falta de comunicación de políticas a medio/largo plazo y confusión en los equipos humanos que ven tambalearse hasta su mismo puesto de trabajo. Es evidente que, aun así, la empresa necesita seguir en el mercado y, dentro de lo posible, llevar a cabo algo parecido a planificación comercial. Sin embargo, si estas acciones comerciales no van precedidas de una labor de mejora de imagen, de una atención auténtica por conocer las demandas de la clientela y de una negociación en el ámbito I win, you win, su resultado será absolutamente negativo. Para mayor desconcierto, si quien debe gestionar la campaña no tiene en cuenta los antecedentes citados y se limita a distribuir objetivos numéricos sin tener en cuenta el cambio de escenario, conseguirá dos objetivos, seguramente no buscados: la desmotivación absoluta de su personal y la manifestación de su propia ineptitud y desconocimiento de la realidad de su entidad.

Y hay, lamentablemente, demasiados casos de este supuesto.



[1] George A. Akerlof y Paul Romer: “Looting: the economic underworld of bankruptcy for profit”, Brooking papers on economic activity, 1993

martes, 12 de junio de 2012

¿Incompetencia? ¿Ignorancia? ¿Inconsciencia? ...

Han pasado ya tres días desde el sonado notición de que la Unión Europea había concedido a España una cantidad de hasta 100.000 millones de euros para sanear el sistema financiero, y seguimos sumidos en la más oscura bruma en todo lo que rodea la operación.
No sabemos la cantidad que necesitaremos, no sabemos las condiciones, no sabemos el plazo, no sabemos cómo computará, no sabemos nada, gracias, entre otras cosas, a que las declaraciones de nuestros gobernantes ya se ocupan de crear suficiente confusión (¿o es que ellos tampoco lo saben?), desde el portavoz de economía en el Congreso del partido en el gobierno hasta el propio presidente, pasando por los ministros del ramo, cualificadas presidencias de autonomías, etc.
Hay algunos detalles de cómo ha evolucionado estos días la cuestión que, cuando menos, llaman la atención:
la famosa prima de riesgo HA AUMENTADO en lugar de disminuir como cabía esperar si la operación no afectara a la credibilidad de España. Es decir, si realmente fuera una ayuda al sistema financiero y se confiara en el control y supervisión de sus efectos por el gobierno, la confianza de los mercados habría aumentado; pero no ha sido así. Pese a la lucha titánica del ejecutivo por no llamar a las cosas por su nombre (antológico el ridículo universal por no utilizar la palabra "rescate" y presentar a los españoles la operación como lo que no es y no como lo que es), la operación INCREMENTA LA DEUDA pública, los intereses, en unos tipos que aún no se han dado a conocer, pero que se situarían entre el 3,5 y el 4 % previsiblemente, INCREMENTAN EL DÉFICIT público y, lo que es más importante, la inyección no asegura que se destine ni un céntimo a la economía productiva, ya que, contrariamente a lo que se nos ha dicho, NO ES UN PRÉSTAMO a las entidades, como lo sería del FROB, sino una inyección para sanear los activos tóxicos y recapitalizar. Dicho de otra forma, la aplicación de Basilea III no cambia y las pérdidas en las entidades seguirán yendo contra capital, por lo que no sería de extrañar que la millonada que llegue sólo se use para tapar agujeros y no para hace4r fluir el dinero a quien lo necesite. Craso error, ya que, pese a todo, España es competitiva y tiene las bases sociales para el crecimiento.... si se recupera el acceso al crédito.
Son temas que darán mucho que hablar, si bien, como se van conociendo los detalles en cuentagotas, el análisis que se haga en este momento puede que ya no valga dentro de cinco minutos.

Sí que, desde el punto de vista político, ofrece algunos elementos que cabría tener presentes:
- si alguien se molesta en consultar las hemerotecas podrá comprobar que cuando la prima de riesgo de la deuda emitida rozaba los 400 puntos básicos (diferencial de cuatro puntos porcentuales respecto a productos similares de Alemania, tomada como referencia), personajes como Esteban González Pons, Javier Arenas, Soraya Saenz de Santamaría, y otros prestigiosos expertos económicos, no tenían reparo de tachar al gobierno de incompetente, de falto de credibilidad, de inepto, de cáncer (son sus palabras, que ahí están) por tener que soportar tales intereses. La prima supera ahora los 500 puntos (527 cuando se redactan estas líneas), por lo que no sería descabellado exigirles coherencia de criterios a estos conspicuos "defensores de España". Claro, que ya ha salido al paso la Sra. De Cospedal achacando todos los males a la herencia recibida, o sea, sin duda, a las políticas liberales y de relajación del "España va bien" ¿o no? ¿o seguimos hasta Neandertal?.
- uno se reconoce cabreado ante el tema. Podría, remedando al gobierno, decir que está malhumorado, enojado, ... Pero no, un cabreo es genuinamente un cabreo y un rescate es un rescate. Y la forma de presentar la operación, primero por el ministro y después por el presidente, apresuradamente antes de ir a ver  "la roja", causa sonrojo. La rechifla provocada en los medios de comunicación de todo el mundo  por la arrogancia, el ocultismo y el intento de disfrazar la verdad por nuestros gobernantes pasará a la historia, y eso, en el fondo duele: durante mucho tiempo, los gobernantes se han esforzado en alimentar el tópico de España como país de pandereta, al menos para el turismo, pero, lo que resulta sangrante es que REALMENTE se nos identifique como un país de pandereta. Para colmo, en un alarde de imaginación, se publica que el Sr. Rajoy le envía al Sr. De Guindos un mensaje en el que dice textualmente que "No somos Uganda", lo que ha provocado la educada y sarcástica contestación de los representantes de este país, por cierto sin embajada en España, diciendo que sí, que vale, que son una economía africana,... pero que nadie ha tenido que rescatarlos. Haciendo amigos para el mañana se llama eso.



Seguiremos con el tema, aunque sea, como hasta ahora, acudiendo a fuentes oficiales externas ante la falta de información interna.

viernes, 8 de junio de 2012

"Las tres preguntas", pero no de Tolstoi

Parece que el clima preapocalíptico de una semana atrás empieza a superarse. Estos días se nos está diciendo que la prima de riesgo de España se está moderando, que la Bolsa cambia su pertinaz color rojo por un tímido verde y que los mercados vuelven a confiar en nuestro país, y todo ello porque los mensajes emitidos desde los organismos europeos apuntan a un inminente rescate de la economía española. Si embargo, remedando el cuento de hadas de Tolstoi "Las tres preguntas", (aunque con temática y resultado diferentes), quedan por resolver tres minucias en cuanto a ese programa de rescate, a saber:
- ¿Cómo?
- ¿Cuánto?
- ¿Cuándo?

Vayamos por partes

¿Cómo? -  Debe distinguirse que el rescate debe ser del sistema financiero que ha conducido al desastre, pero no del país. La diferencia es importante porque lo segundo significa ceder a terceros el control de las cuentas, políticas y decisiones públicas (desaparición, de facto, de un gobierno autónomo, lo que no es el caso. Parece que se está abriendo paso la idea de crear un organismo europeo de supervisión, control y capacidad de sanción que, sobre una base similar al de un Fondo de Garantías de Depósitos, sea capaz de reordenar el marasmo de los bancos europeos. En nuestra opinión, la solución debe ir en ese sentido, en primer lugar porque permitir que los ciudadanos se vean obligados a salvar, con cargo a su estabilidad y futuro a las mismas entidades que los han empobrecido y, en algunos casos, estafado, es, sencillamente, inmoral. Pero, además, en estas situaciones se sustancia lo que en el mundo de las aseguradoras se conoce como riesgo moral, es decir, aquel originado por disminuir el nivel de cautela al saber que la actividad está asegurada: en efecto, si un banco sabe que a pesar de llevar a cabo las mayores barbaridades (sub-primes, ineficiencia operacional, preferentes,...), el Estado no permitirá que se hunda ni (¡absolutamente inaudito!) tendrá que dar explicaciones de su gestión, la debacle está asegurada. Si, por el contrario, se instituye un organismo centralizado bancario (cuña de la misma madera, que diría el castizo) que obligue a la formación de un fondo común para atender esas desviaciones, los mismos bancos serán los primeros interesados en que nadie se desmande para no tener que rascarse el bolsillo.

¿Cuánto? - Es inevitable acudir a Marx (sección Groucho) para poner de manifiesto que, pese a todo lo dicho y escrito, los mercados son más buenos que el pan. ¿Cómo se entiende si no que mantengan la confianza en nosotros ante la ceremonia de la confusión alrededor del posible montante de la ayuda a solicitar? Al igual que el misterio de la fórmula de la Coca-Cola, nadie sabe el tamaño del agujero de nuestras entidades. Tan sólo acudiendo al ministro de economía se barajan cuatro cifras diferentes, desde los 15.000 millones de euros como cifra total ("inferior a la destinada por el gobierno de ZP" !Cómo se aprovecha que el Ebro pasa por Zaragoza para intentar meter el dedo en el ojo al rival político aunque no venga a cuento y, además, sea contraproducente! ¿Verdad, señor ministro?) hasta 40.000 millones sólo para Bankia, más unos flecos sin importancia de otros 9.000 millones para CatalunyaCaixa y NovaCaixaGalicia. Fuentes europeas del partido del gobierno, desmentidas apresuradamente, cifran el asunto en hasta 120.000 millones de euros. Sin comentarios. La última situación, por ahora, es la orden del presidente del gobierno de estar calladitos unos y otros hasta que las auditoras independientes emitan su dictamen en los próximos días.

¿Cuándo? - A decir de los responsables políticos europeos, ya existen los instrumentos necesarios que pueden movilizarse casi de forma inmediata una vez que el gobierno español pida la ayuda que precise. Esperemos que también esté preparada la necesaria dosis de sentido común para arbitrar que los responsables (políticos y financieros) asuman su responsabilidad a través de una inexistente por hoy investigación como evidencia ante la masa de población votante de que eso de trabajar por el bien común es algo más que un slogan de campaña.


Y el cuento de Tolstoi.
El emperador de un lejano país pensó que si conociera la respuesta correcta a tres preguntas, siempre tendría todo bajo control. Las preguntas eran:
  • ¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?
  • ¿Cuál es la gente más importante con la que trabajar?
  • ¿Cuál es la cosa más importante para hacer en todo momento?
Con el fin de obtener las respuestas verdaderas, anunció que daría una gran recompensa a quien se las pudiera facilitar; pero fue en vano, ya que nadie le dio ninguna satisfactoria. Así que el emperador decidió visitar a un sabio ermitaño, quien en realidad, en vez de darle las respuestas, ayudó al emperador a encontrarlas y comprenderlas por sí mismo.

Y ahí estamos

lunes, 4 de junio de 2012

Intervención o apocalipsis

Estos días son pródigos en declaraciones y actitudes de personajes (ir)responsables que, fruto sin duda de un estado de nervios desaforado, contribuyen a no permitir despejar el negro panorama que nos rodea que, sí, ya se sabe que no es un lecho de rosas, pero que, para combatirlo no debe actuarse como agorero de calamidades.... salvo que se quiera presentar perennemente la situación tan sumamente oscura que cualquier medida restrictiva (léase recortes) sea, incluso recibida como agua de mayo.
Voy a referirme en este sentido sólo a dos hechos coincidentes en el tiempo cuyo análisis conjunto dentro de un contexto más amplio proporcionan elementos de reflexión hacia una lectura positiva.
1.- Un miembro del gobierno afirma sin rubor que "la intervención no es el apocalipsis" refiriéndose a la amenaza de intervención de España por parte de las autoridades europeas.
2.- En un programa televisivo de la noche del domingo, cuando el conductor del mismo pretende trasladar a unas  representantes cualificadas de los dos partidos políticos mayoritarios las preguntas angustiosas que se formulan los desempleados en busca de un rayo de esperanza, lo único que consigue es un vergonzoso espectáculo de "y tú más" unido a exposición de dogmas de partido más o menos mitineros. Pero ideas, soluciones, opiniones "pensando en el bien de todos los españoles", ni una.

Y, vamos a ver, empezando por la primera, ciertamente la intervención de un país no será el apocalipsis en su sentido bíblico, pero sí la demostración de la incapacidad del gobierno en reconducir una situación difícil; de ahí a la anulación del propio gobierno, va un pasito corto. Y que eso lo diga un miembro del gobierno es hacer una exhibición palmaria de desconocimiento de los fundamentos de la política. A estas alturas no debería sorprender, pero sigue causando incomodidad notar que, con y sin declaraciones como ésta, los poderes públicos no han sido capaces de defender con decisiones acertadas (y no necesariamente seguidistas) el repunte de un país que es, no lo olvidemos, la cuarta economía de Europa, planteando desde un primer momento los intereses comunes muy por encima de los de partido.
La segunda cuestión enlaza con ésta en cuanto al desconocimiento de lo que pasa en la calle y en cuanto a la preeminencia de las consignas de partido. Desde muchos ámbitos se está enfatizando en las consecuencias que la poca atención al descontento general puede acarrearnos, y el no atender directamente a las cuestiones planteadas por los perjudicados del sistema amparándose en "seguir el guión del partido" es una de ellas. Ya ha pasado la hora de los mítines (aunque estemos a todas luces en una cansina campaña perpetua) y hay que pasar del "hay que crear las bases para la reactivación" a detallar qué medidas se están aplicando para esa reactivación. ¿O es que la mayoría absoluta sólo sirve para hacer rodillo y eliminar debates y consensos?



Bien harían los poderes públicos en aplicar la transparencia que se les debe exigir y contribuir a que el clima permita a todos empujar en la dirección correcta. Por ejemplo, los poderes públicos deberían diferenciar entre los conceptos de "salvar el país" y "salvar las instituciones financieras". Si, en un proceso que ha sido común en toda Europa, las entidades han hecho barbaridades, es Europa quien debe arbitrar un sistema BANCARIO que, actuando como en una especie de caja común, diseñe un sistema para salvar las entidades más comprometidas sin tener que acudir al dinero público de los contribuyentes que, además, han sido las primeras víctimas. Y si, ya en el caso de España, se descubriera (es una hipótesis, claro) que las cajas más afectadas han actuado como caja B de partidos políticos, exigir responsabilidades que incluyeran el retorno de las ganancias percibidas inapropiadamente, no ya sólo las escandalosas retrribuciones y sinecuras de los responsables políticos que han conducido a esa situación sino, por ejemplo, haciendo ejecutar créditos a partidos y similares de la misma forma que se viene haciendo con los titulares de una hipoteca.