Tras todas las entradas que hemos publicado sobre música, nos damos cuenta de que no puede faltar Japón que es realmente muy famosa, tiene sus parecidos con los países vecinos y, además, hablando de música tradicional, la japonesa es la que resulta más atractiva desde la perspectiva occidental. Lo primero es saber el término con el que se conoce en su país de origen: hougaku. En contraposición al término de música tradicional está el ongaku como se denomina a la música en general. Es decir, los japoneses tienen una concepción de su música como unas armonías y melodías destinadas a traer paz a su país y a aquellos que la escuchan. El origen de toda la música tradicional japonesa está en las canciones populares, pero los géneros más famosos que conocemos hoy día tienen una procedencia muy amplia a muchos hechos históricos y vertientes artísticas. Para empezar, la llegada del budismo a Japón en los siglos VI y VIII significó también la llegada de nuevas formas rituales que derivan después en artes escénicas o musicales o aportan a las ya existentes. Además de esto, la influencia china trajo muchos de los instrumentos, y uno de ellos es el shakuhachi (especie de flauta) budista. Durante el periodo del shogunato estaba prohibida la circulación de personas por el país entre las fronteras regionales. Sin embargo, los monjes budistas zen eran una excepción a esta regla porque el peregrinaje era el único tipo de viaje que se permitía al ser de carácter espiritual. Pues bien, allí a donde viajaban, siempre llevaban encima eta flauta tan característica. Por otra parte, el shoumyo (literalmente “voz” pero con una connotación similar a “sabiduría”) es un tipo de canto budista que se ejecuta en grupos de monjes en ceremonias budistas. Es tal la importancia de estos cantos para toda la música tradicional posterior a su llegada a Japón que en gran parte de piezas clásicas de música tradicional japonesa se delatan rasgos muy característicos en las voces o en los ritmos que son inspirados, que proceden o que evocan a los cantos shoumyo. En adición a la llegada de la religión budista, también la música de la corte china tuvo un impacto significativo en la música japonesa. Hasta ese momento, se habían cantado canciones populares con baile y acompañamiento musical durante celebraciones y rituales a nivel regional para transmitir cierta sabiduría popular a las generaciones posteriores pero con la centralización del gobierno y su poder, la música popular fue llevada a la capital y adoptada a la corte. De este fenómeno surgirían cantidad de tipos de funciones y teatros que estimularán la música tradicional japonesa hacia nuevas y extensísimas dimensiones. Uno de los géneros clásicos que surgirá de aquí es el gagaku, que aún permanece hoy día y se considera el tipo de arte interpretativa más antigua de Japón y, por tanto, posible precursora de tantas otras disciplinas escénicas. Tiene varios repertorios, pero a día de hoy lo más importantes son: kangen, un género puramente instrumental y sin voces y bugaku, basado en lo instrumental y también acompañado de elegantes danzas muy pausadas. Es muy importante cuando hablamos de música tradicional japonesa hablar del teatro japonés, y es que hoy en día es la fuente cultural en el que vamos a escuchar piezas musicales tradicionales más a menudo. El teatro Noh, cuyo origen era más bien popular, se comenzó a considerar arte de alta clase con el paso del tiempo y la propagación del género por todo el país; en él aparecen cuatro músicos en el escenario además de los actores y un coro de ocho a doce personas. Se utilizan tres tipos de tambores y una flauta de bambú, que es el instrumento que lleva la melodía en solitario. La contraposición al teatro Noh es el teatro Kabuki, más informal y colorido que su opuesto dramático e intenso. Solía estar acompañado de cantos y del sonido de uno o varios shamisen. Por último, tenemos el teatro Bunraku, de marionetas, en el que también tomaba un papel importante el shamisen (instrumento musical derivado del chino sānxián, de tres cuerdas), otros instrumentos y la voz junto a la puesta en escena de marionetas. Como se puede suponer, la influencia es bidireccional: en su día la música popular entró en la corte, y posteriormente la música de la corte ha influido hacia el exterior en el folclore popular.
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sábado, 1 de agosto de 2026
Y también del Japón.
Tras todas las entradas que hemos publicado sobre música, nos damos cuenta de que no puede faltar Japón que es realmente muy famosa, tiene sus parecidos con los países vecinos y, además, hablando de música tradicional, la japonesa es la que resulta más atractiva desde la perspectiva occidental. Lo primero es saber el término con el que se conoce en su país de origen: hougaku. En contraposición al término de música tradicional está el ongaku como se denomina a la música en general. Es decir, los japoneses tienen una concepción de su música como unas armonías y melodías destinadas a traer paz a su país y a aquellos que la escuchan. El origen de toda la música tradicional japonesa está en las canciones populares, pero los géneros más famosos que conocemos hoy día tienen una procedencia muy amplia a muchos hechos históricos y vertientes artísticas. Para empezar, la llegada del budismo a Japón en los siglos VI y VIII significó también la llegada de nuevas formas rituales que derivan después en artes escénicas o musicales o aportan a las ya existentes. Además de esto, la influencia china trajo muchos de los instrumentos, y uno de ellos es el shakuhachi (especie de flauta) budista. Durante el periodo del shogunato estaba prohibida la circulación de personas por el país entre las fronteras regionales. Sin embargo, los monjes budistas zen eran una excepción a esta regla porque el peregrinaje era el único tipo de viaje que se permitía al ser de carácter espiritual. Pues bien, allí a donde viajaban, siempre llevaban encima eta flauta tan característica. Por otra parte, el shoumyo (literalmente “voz” pero con una connotación similar a “sabiduría”) es un tipo de canto budista que se ejecuta en grupos de monjes en ceremonias budistas. Es tal la importancia de estos cantos para toda la música tradicional posterior a su llegada a Japón que en gran parte de piezas clásicas de música tradicional japonesa se delatan rasgos muy característicos en las voces o en los ritmos que son inspirados, que proceden o que evocan a los cantos shoumyo. En adición a la llegada de la religión budista, también la música de la corte china tuvo un impacto significativo en la música japonesa. Hasta ese momento, se habían cantado canciones populares con baile y acompañamiento musical durante celebraciones y rituales a nivel regional para transmitir cierta sabiduría popular a las generaciones posteriores pero con la centralización del gobierno y su poder, la música popular fue llevada a la capital y adoptada a la corte. De este fenómeno surgirían cantidad de tipos de funciones y teatros que estimularán la música tradicional japonesa hacia nuevas y extensísimas dimensiones. Uno de los géneros clásicos que surgirá de aquí es el gagaku, que aún permanece hoy día y se considera el tipo de arte interpretativa más antigua de Japón y, por tanto, posible precursora de tantas otras disciplinas escénicas. Tiene varios repertorios, pero a día de hoy lo más importantes son: kangen, un género puramente instrumental y sin voces y bugaku, basado en lo instrumental y también acompañado de elegantes danzas muy pausadas. Es muy importante cuando hablamos de música tradicional japonesa hablar del teatro japonés, y es que hoy en día es la fuente cultural en el que vamos a escuchar piezas musicales tradicionales más a menudo. El teatro Noh, cuyo origen era más bien popular, se comenzó a considerar arte de alta clase con el paso del tiempo y la propagación del género por todo el país; en él aparecen cuatro músicos en el escenario además de los actores y un coro de ocho a doce personas. Se utilizan tres tipos de tambores y una flauta de bambú, que es el instrumento que lleva la melodía en solitario. La contraposición al teatro Noh es el teatro Kabuki, más informal y colorido que su opuesto dramático e intenso. Solía estar acompañado de cantos y del sonido de uno o varios shamisen. Por último, tenemos el teatro Bunraku, de marionetas, en el que también tomaba un papel importante el shamisen (instrumento musical derivado del chino sānxián, de tres cuerdas), otros instrumentos y la voz junto a la puesta en escena de marionetas. Como se puede suponer, la influencia es bidireccional: en su día la música popular entró en la corte, y posteriormente la música de la corte ha influido hacia el exterior en el folclore popular.
... pero no eran brujas...
El gallego Carlos Núñez es uno de los talentos musicales más grandes
que tenemos en España, está considerado como uno de los mejores gaiteros del
Mundo y toca la flauta con gran delicadeza y sentimiento, como se puede
comprobar en la canción de hoy: «María Soliña», aparecida en su álbum «Os
Amores Libres», donde el gaitero trató de indagar sobre la música celta y
su relación con las melodías tradicionales gallegas e, incluso, con culturas en
principio bien alejadas de lo celta, como el flamenco; en este sentido,
recomiendo «A Orillas del Río Sil«, interpretada por la cantaora Carmen
Linares. Volviendo a la melodía de hoy, está dedicada a María Soliño (o
Soliña), una mujer nacida en Cangas de Morrazo (Pontevedra) a finales del siglo
XVI, que consiguió adquirir un estatus económico desahogado gracias al
establecimiento, junto con su hermano y su marido, de una pequeña manufactura
de pescado en el municipio. En 1617 Cangas fue atacada y saqueada por los
piratas turcos, lo que llevó al empobrecimiento de su población, incluida la
clase acomodada, y al enloquecimiento de muchas de sus mujeres, que padecieron
el horror de la guerra y, a menudo, vieron como fallecían sus maridos y
familiares en la defensa de la plaza, circunstancia que fue aprovechada por la
minoría dominante de Cangas para culminar el saqueo, esta vez entre quienes aún
poseían bienes preciados como los «derechos de presentación» en capillas y
freguesías, es decir, los previsibles beneficios de estas entidades. Al
parecer, María Soliño acudía a la playa por la noche (como otras mujeres),
probablemente para rezar por su marido y hermano muertos en el ataque de los
turcos; actitudes como ésta fueron suficientes para iniciar un proceso
inquisitorial por brujería, en el que también se vieron envueltas otras mujeres
de extracción social más humilde. María fue acusada de entregar su alma al
diablo y de poseer poderes demoniacos; confesó ser bruja tras ser sometida a
una cruel tortura, fue condenada a llevar el hábito de penitente durante seis
meses y, por supuesto, fueron requisados todos sus bienes, entre ellos los
«derechos de presentación», el principal objetivo del Santo Oficio y de los
poderes económicos y políticos de Cangas. María Soliño fue capturada y
torturada en Santiago de Compostela hasta que confesó ser bruja desde hacía dos
décadas. Requisaron sus bienes y derechos de presentación y la condenaron a
llevar el hábito de penitente por seis meses, pero no se sabe si murió antes o
después del castigo, pues no hay acta de defunción. Por otra parte es
presumible su muerte poco tiempo después de la tortura ya que, con setenta años
(su edad cuando fue juzgada), los daños físicos y psíquicos sufridos en ella no
podían dejar de notarse. Por culpa de sus posesiones y la avaricia de los
nobles María Soliño murió pobre y sola. Pero siempre se mantuvo en la memoria
colectiva, aunque su imagen se haya deformado como bruja y loca. Siendo como
era una de las mujeres más ricas del pueblo, enseguida llamó la atención de los
nobles. Nueve mujeres en total, entre ellas Soliño, fueron juzgadas y
condenadas por diferentes acusaciones relacionadas con la brujería. Con los
datos necesarios encontrados, y los que no, inventados, fue llevada a las
cárceles secretas del Santo Oficio. Para disimular su reprobable propósito, los
burgueses y la Inquisición mezclaron algunas mujeres que sí poseían derechos de
presentación con otras que eran "pobres de solemnidad". Muchas de
ellas se encontraban totalmente desamparadas, por haber quedado viudas tras los
tristes sucesos de 1617. Existen distintas adaptaciones y versiones de la
canción y ésta está maravillosamente cantada por la portuguesa Teresa Salgueiro,
vocalista del grupo Madredeus.
miércoles, 29 de julio de 2026
Los cambios climáticos y tal.
Hace poco tiempo un familiar visitó el Monasterio de Montserrat y cuenta que quedó anonadado cuando le explicaron que las características montañas que lo cobijan un día estuvieron sumergidas. En efecto, cuando el mar terciario ocupaba lo que es ahora la "Plana de Lleida", y las Islas Baleares eran un gran macizo del tamaño de los Pirineos actuales, un delta formado por guijarros arrastrado por un gran río torrencial ocupaba estas tierras. Material grueso y capas de gres fueron cimentándose con la progresiva desecación de este delta pero no se estableció el relieve actual hasta la violenta acción del gran episodio de la orogenia alpina, el cual elevó en bloque y fracturó el conglomerado montserratino cambiando completamente el paisaje. La erosión del agua actuando sobre materiales de diferente resistencia y composición, trabajo que facilitaron las múltiples grietas, ha dado lugar a su relieve tan característico y mágico, con agujas, valles y cuevas, que Montserrat muestra con magnificencia en la actualidad. La extrema lentitud de los procesos geológicos nos ha hecho creer que la Tierra es estable. Que es lo que es. Que la forma de sus continentes, moldeados a través de los milenios a manos del viento, el agua y el hielo, es perenne. Que si viajamos doscientos años hacia adelante, el mundo será lo que es hoy. Las montañas seguirán donde las dejamos. Y llevaríamos, seguramente, razón. Esto también es cierto, eso sí: hemos asumido de antemano que una vez la Tierra no fue así. Que en cierto momento los continentes estuvieron pegados. Sin embargo, miramos al pasado geológico de la Tierra como quien observa una historia fantástica: hechos no relacionados con nuestra (corta) vida como humanos. Pero los movimientos geológicos y geográficos de nuestro planeta han sido, en ocasiones, tan drásticos y vertiginosos que han afectado a pobladores humanos. Y el mejor ejemplo de ello es Doggerland[1].
A finales del siglo XIX y principios del XX, los científicos se dieron
cuenta de que Dogger, un banco de arena situado a 100 kilómetros de la costa
este de Inglaterra, eran los restos de una masa continental sumergida. Estudios
posteriores han identificado que abarcaba gran parte de lo que ahora es el sur
del Mar del Norte. La zona presentaba un atractivo paisaje para los
cazadores-recolectores tras la última Edad de Hielo, ya que proporcionaba
abundantes oportunidades de caza y alimentación. Hace unos 8.000 años, sin
embargo, una ola de enormes proporciones devastó la región. Se cree que el
Banco Dogger, que era una tierra alta de Doggerland, se mantuvo como isla hasta
el 5000 a. C. y que antes de inundarse fue una planicie ondulante con sistemas
de ríos con meandros asociados a canales y lagos. Aquella tierra se asemejaría,
en términos de paisaje, fauna y flora, tanto a las del norte de Europa como a
Gran Bretaña: gran acceso a fuentes de agua en forma de ríos, lagos y lagunas;
una costa quebrada y expuesta a las corrientes marítimas del Atlántico; y un
terreno relativamente llano salpicado de colinas. Un espacio óptimo en el que
desarrollar, más tarde, una civilización, si bien mucho más frío. No en vano,
fue el aumento de las temperaturas el que deparó el destino fatal de
Doggerland. Etapas claves se creen ahora que incluyeron la evolución gradual de
bahías con una gran marea entre Inglaterra y el banco Dogger oriental en el
7000 a. C., con un aumento rápido del nivel del Mar produciendo que el Banco
Dogger se convirtiera en una Isla y que Gran Bretaña finalmente se desconectara
del continente. Alrededor del año 6.000 antes de Cristo los seres humanos ya
habían descubierto al agricultura y la ganadería, y en Oriente Medio y otras
latitudes más benignas las civilizaciones comenzarían a aflorar, con sus
rebosantes ciudades, unos pocos milenios más tarde. En Europa, sin embargo, la
huella de las glaciaciones y las condiciones climáticas extremas habían
limitado el desarrollo social, tecnológico y económico de sus escasos
habitantes, muchos aún cazadores-recolectores. Una parte de estos protoeuropeos
vivían en lo que hoy llamamos Mar del Norte, se desplegaban por las llanuras
tranquilas y relativamente fértiles de una tierra llamada Doggerland, sumergida
de forma definitiva cuando el fin de la última glaciación elevaría el nivel del
agua de forma fatal. Aquella tierra conectaba a las islas británicas con la
actual Jutlandia, con los actuales Países Bajos y, en suma, con la Europa
continental. Un puente que, de haber pervivido, habría cambiado la historia del
continente para siempre. Gran Bretaña, por aquel entonces, estaba conectada a
Europa, lo que facilitó cierto intercambio cultural y demográfico poco antes de
su aislamiento. Es probable que lo que hoy conocemos como el Támesis o el Sena,
ambos ríos cortos que desembocan en el Mar del Norte o en el Canal de la
Mancha, convergieran en un gran estuario con el Rin, extendido más allá de su
desembocadura en Países Bajos. El gran sistema-río moriría las aguas del
Atlántico a través de un brazo de mar que, más tarde, se convertiría en el
Canal.
Como los niveles de los mares y océanos subieron después del fin de la última etapa glacial de la era de hielo actual, Doggerland comenzó a sumergirse en el mar del Norte, aislando la península británica de Europa continental, aproximadamente en 6500 a. C. Se cree que el hielo retenido por la glaciación habría descendido el nivel del mar unos 120 metros, liberando grandes lotes de tierra en todo el planeta, pero muy especialmente en las tierras bajas del norte de Europa. El fenómeno se dio en otras latitudes de igual modo y con anterioridad: las porciones de tierra reflotadas en el hoy estrecho de Bering facilitaron la colonización humana de América, así como otras tierras bajas facilitaron el acceso a hoy tierras aisladas como Japón y Australia. Una hipótesis más reciente es que gran parte de las tierras costeras restantes, ya muy reducidas en tamaño respecto de la superficie original, se inundaron en un maremoto alrededor de 6200 a. C. causado por un corrimiento de tierra submarino cerca de la costa de Noruega, conocido como el Corrimiento Storegga[2]. Esta teoría sugiere que el maremoto derivado de este corrimiento de tierra fue devastador para cualquier población mesolítica costera. Después del tsunami de Storegga[3] parece que Gran Bretaña finalmente se separó del continente y cada uno siguió su propio Mesolítico. ¿Qué sucedió para que Doggerland pasara a mejor vida? El proceso fue gradual: las progresivas inundaciones, causadas por el deshielo, empujaron a muchos de sus habitantes a otras partes de Europa (ya fueran las islas o las llanuras del norte de Europa), la desaparición paulatina de los grandes bloques de hielo septentrionales se unió a diversos deslizamientos de tierra que, como el de Storegga, de proporciones gigantescas, provocaron olas gigantes y tsunamis que sepultaron Doggerland. La desaparición de Doggerland causó importantes cambios en el paisaje Europeo pre-Neolítico. De haber pervivido, es probable que la diversidad genética del norte de Europa hubiera sido mayor. El terreno, llano, fértil y apto para la agricultura, podría haber sostenido una pequeña civilización cuya lengua y cultura habría tenido una importante influencia en el resto del continente. En su lugar, los habitantes de Doggerland se mezclaron y se asimilaron a las poblaciones más al sur, a salvo de las inundaciones.
Y bien, ¿qué interés tiene para nosotros Doggerland? Más allá del
conocimiento puro, ue nunca está de más, una pequeña lección; aquellas tierras
fueron consumidas por las aguas del Atlántico cuando las temperaturas
aumentaron, provocando una migración masiva y la pérdida de unas comunidades
humanas que, aún primitivas, se vieron abocadas al pozo de la historia. El
crecimiento del mar, en territorios muy bajos, tiene consecuencias así de
devastadoras, así de drásticas. Fue un cambio del paisaje similar al que hoy
nos enfrentamos. El vertiginoso aumento de las temperaturas durante los últimos
años ha provocado que las perspectivas de un drástico aumento del nivel del mar
sean reales. El cambio climático podría devolvernos nuestro particular
Doggerland en el que quedarían inundadas gran parte de Norteamérica, del sur de
la India o del norte de Europa, los antaño terrenos adyacentes a Doggerland.
Llanuras fértiles y accesibles para las aguas marítimas en caso de notorio
crecimiento, ciudades, comunidades y lugares que quedarían condenados como en
su día lo fue Doggerland, a mero objeto de memoria friki. De Doggerland, en
todo caso, no queda nada. Lo que sacan las redes, así como bosques sumergidos,
casas, asentamientos, muros, cauces que solo ven los submarinistas; quizás
queda también cierta tristeza. El recuerdo inexistente, de haber dispuesto de
un paisaje definitivamente perdido. El recuerdo, también falso, de una pérdida
imposible de materializar, porque nadie recuerda haber perdido nada. Tal vez la
añoranza de Doggerland son esos segundos en los que uno sabe que lo ha perdido
todo, sin llegar, no obstante, a poder enumerar lo perdido. Queda también un
país que no llegó a existir, por lo que, siglos después, nadie pudo matar o
morir por él, la única tierra europea libre de sangre y de asesinatos masivos
por banderas. Y, por último queda la descripción de un país muerto, del que
conocemos muchos detalles: sus cauces, su orografía, sus bosques, sus caladeros
de salmones, sus centros de reunión, sus emigraciones, sus conflictos por los
recursos. Lo que es mucho. Demasiado como para no sospechar que un país muerto
se parece mucho, sobremanera, a un país vivo. Una forma de entender, de golpe,
sorpresivamente, y con todo lo que ello conlleva, que un país vivo se parece
mucho, sobremanera, a un país absolutamente muerto y sumergido en el océano.
[1]Doggerland (Doguerlandia en castellano) es el nombre dado por arqueólogos y geólogos a una antigua masa de tierra en el sur del mar del Norte, que conectaba la actual isla de Gran Bretaña con el continente europeo durante y después de la última Edad de Hielo. Se mantuvo emergida hasta 6500 o 6200 a. C., aunque poco a poco fue tragada por el aumento del nivel del mar. Estudios geológicos han sugerido que Doggerland fue una gran área de tierra seca que se extendía desde la costa este británica y frente a la actual costa de los Países Bajos hasta las costas occidentales de Alemania y Dinamarca. Fue probablemente un hábitat rico con asentamientos humanos en el período mesolítico. El potencial arqueológico de la zona se planteó a principios del siglo XX, pero el interés se intensificó en 1931, cuando un barco de arrastre faenando entre los bancos de arena y bajíos de los bancos Leman y Ower al este de The Wash sacó a relucir una elegante cornamenta de púas que data de una época en que la zona era una tundra. Con posterioridad, otros barcos han extraído restos de mamuts y leones, entre otros restos de animales terrestres, y un pequeño número de herramientas prehistóricas y armas que utilizaban los habitantes de la región.
[2]La isla de Dogger, la última superviviente de Doggerland, podría haber sido eliminada del mapa por el tsunami de Storegga hace poco más de 8.000 años, acabando definitivamente con el único puente de tierra que unía a Gran Bretaña con Europa. Los investigadores de Cambridge cuentan que este fenómeno azotó el noroeste de Europa provocando un impacto devastador en las comunidades mesolíticas contemporáneas. Sin embargo, este no fue el único culpable de la destrucción de Doggerland ya que durante esta etapa el planeta sufrió una fuerte glaciación en la que los polos se extendieron casi hasta los trópicos. Una masa de hielo que provocó que el nivel del mar quedase a muchos metros de distancia por debajo del actual. Un hecho que se traduce en que importantes territorios que en la actualidad se encuentran bajo el océano, antes estaban expuestas, como es el caso de esta zona meridional del Mar del Norte. Una vez que el hielo se derritió, gran parte de Doggerland quedó sumergida, con una única superviviente: la isla de Dogger. Ahora bien, más tarde esta tuvo que enfrentarse a una importante inundación provocada por el tsunami de Storegga. Los investigadores explican que hace 8.150 años se produjo un deslizamiento submarino frente a las costas de Noruega, conocido como Storegga Slide que movió 3.200 kilómetros cúbicos de sedimento y tuvo lugar frente a la plataforma continental de Noruega, así como estimuló en el Mar del Norte un gran tsunami que golpeó con fuerza las costas circundantes, provocando un aislamiento entre Gran Bretaña de Europa, como aseguran muchos científicos. El grave problema es que hasta la fecha no ha sido posible recuperar registros arqueológicos del impacto del tsunami en Doggerland, aunque los expertos especulan que el archipiélago de Dogger logró sobrevivir durante varios siglos más, hasta hace aproximadamente 7.000 años, cuando se hundió definitivamente para convertirse en el extenso banco de arena submarino conocido hoy como Dogger Bank. El tsunami de Storegga fue provocado por un gigantesco deslizamiento de tierra submarino en el Mar del Norte que tuvo lugar hace unos 8.150 años. La catástrofe, de una escala desconocida en la zona, dejó su rastro hasta 80 kilómetros tierra adentro en Escocia y tuvo un impacto asolador en la población humana, probablemente matando a miles de personas.
[3]Los especialistas creen que este evento pudo significar que Doggerland, que ya estaba parcialmente inundado por el aumento del nivel del mar después de la última glaciación, hubiera quedado sumergido definitivamente. Sorprendentemente, un archipiélago sobrevivió a este desastre natural. Y este pequeño grupo de islas podría haber jugado un papel clave en la región durante la prehistoria. A partir de estos puntos dispersos en medio del mar, los humanos podrían haber expandido la agricultura por todo lo que ahora es Gran Bretaña. El “deslizamiento de tierra de Storegga” que acabó provocando el tsunami es el más grande conocido del Holoceno. Movió 3.200 kilómetros cúbicos de sedimento y tuvo lugar frente a la plataforma continental de Noruega. Posiblemente provocó varias olas gigantes que azotaron las costas de la cuenca del Mar del Norte, aniquilando cualquier población humana atrapada en su camino, ya fuera en Escandinavia occidental, las Islas Feroe, el noreste de Gran Bretaña, Dinamarca o Groenlandia.