Ben A. Barres (nacido como Barbara), fallecido neurobiólogo de la
Universidad de Standford, en Estados Unidos, con importantes trabajos sobre la
interacción entre las neuronas y las células gliales o auxiliares en el sistema
nervioso, que hizo una transición de sexo en 1997, reconoció que sus
descubrimientos tenían menos aceptación cuando los firmaba como mujer (después
de impartir su primer seminario como hombre, se oyó comentar a un científico
asistente: «
Ben Barres ha dado hoy un gran seminario, su trabajo es mucho
mejor que el de su hermana [pensando que Barbara era su hermana]»). Pero
esto no solo sucede en el campo de la ciencia, han existido muchas mujeres
artistas olvidadas a la sombra de los hombres: de sus maridos, de sus padres o
incluso de sus ayudantes; dicen que “detrás de todo gran hombre existe una gran
mujer”; y el tiempo (y el esfuerzo de los que trabajan para recuperar a las
mujeres artistas) está demostrando que algunos han llegado a ser grandes
apropiándose del trabajo de ellas. En algunos casos, digamos que por omisión, ellos
se llevaban los méritos. Este es el caso de Robert Capa, seudónimo detrás del
cual se encontraban dos
fotoperiodistas:
Gerda Taro y Endre Erno Friedmann. Cuando Gerda Taro murió, Friedmann siguió
utilizando el seudónimo, y por lo tanto él se llevó todos los méritos del
trabajo realizado por los dos. Luego están los casos en los que era la misma
sociedad la que dejaba a las mujeres artistas a la sombra de sus maridos
asignándoles la etiqueta de “mujer de” o “amante de”; pero de su trabajo nadie
hablaba. Las pintoras Gabriele Münter y Francoise Gilot fueron eclipsadas por
Kandinsky y Picasso respectivamente; y no sería hasta después de la muerte de
la fotógrafa Lee Miller que se recuperaría su legado gracias a los esfuerzos de
su hijo. Pero no siempre ha sido por esas cosas: los comerciantes de arte
borraron la firma de Judith Leyster porque las obras firmadas por una mujer
tienen menos valor que las de los hombres; y hace unos años, la artista Fumiko
Negishi además de denunciar a Andrés de Felipe por despido improcedente, le
reclamó que le reconociese la autoría y coautoría de varias obras que el
artista habría exhibido y vendido sin reconocer su trabajo. Como dijo Virginia
Woolf: “
Me aventuraría a decir que Anon., que escribió tantos poemas sin
firmarlos, era a menudo una mujer”. Que los editores piensen que las
novelas firmadas por mujeres atraen menos público no es cosa del pasado, así lo
aseguró en la BBC la autora de Harry Potter, J.K. Rowling, a quien le
sugirieron que esconder su género era la mejor opción para asegurarse un mayor
número de ventas.

Y luego están las inclasificables, como quien recordamos hoy, Gala
Dalí, una intrusa en todas partes, icono y musa de surrealistas, creativa y
libre, odiada y amada a partes iguales, que no dejaba a nadie indiferente,
despertaba devoción y rechazo con idéntica vehemencia: Lorca sintió por ella
una especial querencia, pero Buñuel o Breton la detestaban porque tenía una
personalidad muy fuerte. Más que belleza, era su magnetismo lo que no dejaba
indiferente, como si siempre quedase algo en ella por descubrir. En cualquier
situación era ella misma, no le importaba lo que pensasen los demás, no
disimulaba si algo le disgustaba, no se esforzó nunca lo más mínimo por caer
bien. Por eso chocó frontalmente con Buñuel, aunque siempre mantuvo que él se
sintió atraído por ella, cosa que pudo ser cierta. Era altiva, inaccesible, y
tenía una gran vida interior. La red de afectos de Gala era escueta y
predominantemente masculina. A Éluard, Ernst y Dalí se añade otro enorme pintor
–Giorgio de Chirico–, y una relación un tanto morbosa y freudianamente perversa
con su hermano y su padrastro. No hay constancia de que se interesase por otras
mujeres de la órbita surrealista, como Remedios Varo, Maruja Mallo o Leonora
Carrington, y la mayoría de la gente le aburría. A Simone, la esposa de Breton,
Gala le resultaba insufrible. Se puede entender la antipatía que despertaba
entre las mujeres observando la atracción que sentían por ella los hombres,
pero hubo una excepción: la poeta Marina Tsvetáyeva, a quien se sintió muy
unida y gracias a la que Gala conoció la poesía, un territorio que nunca
abandonó. Su carácter arisco no le facilitó las cosas. Era la intrusa. Sus
padres le inculcaron una desconfianza hacia todo y todos, que se acentuó a
reconocerse como una intrusa allí donde estaba, y comprendió que como tal no
podía fiarse de la gente, sólo de sí misma. Tuvo cierta obsesión por ser
autosuficiente, sobre todo en el aspecto económico. No olvidaba que estuvo
enferma de tuberculosis y que podía recaer en cualquier momento y, por otro
lado, muy joven vivió cómo la Revolución Rusa arruinó a muchas personas de su
entorno.
Nacida en Kazán (Rusia) con el nombre Elena Ivánovna Diákonova, Gala
creció en un hogar en el que el dinero era tan abundante como los libros. A los
once años, el padre de la pequeña falleció y, poco después, su madre, una mujer
rusa culta y aristócrata, se casó con un abogado a quien Gala consideró su
verdadero padre y se trasladaron a Moscú, donde a la niña llamaban “Galia”. A
los dieciocho años, Gala, que sufría de tuberculosis, dejó la fría Moscú para
trasladarse al sanatorio Claudel, en Suiza, cerca de Davos, donde le recetaron
un fuerte medicamento que afectó gravemente a su salud física y mental, pero la
estancia en el sanatorio también le trajo cosas buenas: Gala compartió el
espacio con otros jóvenes artistas, entre los que se encontraba un incipiente
poeta de diecisiete años ingresado por la misma enfermedad, conocido, por aquel
entonces, como Paul-Eugène Grindel: era el futuro escritor Paul Éluard, con el
que se casó en París en 1917 y con quien tuvo su única hija, Cécile, que se
quedó al cuidado de su suegra. Fue un matrimonio a tres, ya que formaron un
triángulo amoroso junto al artista Max Ernst, amigo íntimo de Éluard. Juntos
viajaron a Cadaqués, donde conocieron a Salvador Dalí, diez años más joven que
ella. “¿Qué hace una mujer como yo en España?”. Esto se preguntaba Gala
cuando llegó a Cadaqués en el verano de 1929. La pregunta tenía cierto sentido:
ella era una mujer de mundo, sofisticada y culta, y la España de los años 20,
más todavía un pequeño pueblo de la costa catalana, sin turistas entonces,
estaba muy lejos de los ambientes que acostumbraba a frecuentar. El motivo que
la había llevado allí era sobre todo económico: Cadaqués era un destino mucho
más barato que el sur de Francia en el que pasar las vacaciones, y a Gala y su
marido Paul Éluard no les sobraba el dinero. Joan Miró había presentado a Paul
al joven Dalí en una sala de baile de París, y la idea del veraneo en el
pueblecito parecía seductora; allí partieron los Éluard con su hija Cécile, el
galerista Goeman y su esposa y René Magritte y su mujer Georgette Berger. Se
alojaban en el Hotel Miramar, todavía abierto hoy con el nombre de La Residencia.
Aquel verano aciago determinaría todo su futuro. A Dalí le encantó Gala desde
la primera vez que la vio, con su aire andrógino, sus ojos oscuros y la nariz
aguileña; la describió como un “efebo en femenino” y creyó reconocer en ella un
amor de infancia. El proceso de su enamoramiento puede considerarse muy típico
o todo lo contrario; al fin y al cabo, el escenario era un clásico paisaje
mediterráneo, la bahía de Portlligat por la que Dalí y Gala comenzaron a dar
largos paseos, pero el objeto de sus charlas no lo era tanto: hablaban sobre
traumas infantiles, surrealismo y coprofilia. Como si no fuese ya abundante la
presencia de artistas allí, también apareció Buñuel para trabajar junto a
Salvador en el proyecto de la película La edad de oro; desde el principio,
el aragonés odió a Gala. “De la noche a la mañana, Dalí ya no era el mismo”,
cuenta en sus memorias. “Toda concordancia de ideas desapareció entre
nosotros, hasta el extremo de que yo renuncié a trabajar con él en el guion de
La edad de oro. No hablaba más que de Gala, repitiendo todo lo que decía ella.
Una transformación total”. Según Dalí, éste se llevó “una decepción
terrible, pues había venido a Cadaqués con la idea de colaborar conmigo en el
guion de un nuevo filme, mientras yo estaba más y más absorto en alimentar mi
locura personal y sólo podía pensar en esto y en Gala”. Gala y Dalí se
casaron por lo civil en 1932, en el santuario de Els Àngels, en Gerona, y por
el rito católico en 1958, tras dispensa del Papa Pío XII. «Sólo ella me
salvó de la locura, de una muerte temprana», escribió en sus diarios el
pintor.
Dalí jamás habría sido Dalí sin Gala. Él la reconoció como coautora de
muchas de sus obras (Dalí firmó sus "mejores obras" con el nombre
conjunto de ambos, "Gala Salvador Dalí") y, en general, del proyecto
daliniano que ambos elaboraron en conjunto. Más allá de su relación con el
pintor catalán, Gala fue una mujer indómita, cautivadora, intelectual y
creativa que desarrolló su propia obra surrealista y se convirtió en uno de los
personajes más icónicos del movimiento. El romance entre ambos empezó durante
aquellos días en Cadaqués y continuó cuando Paul regresó a París y Gala se
quedó en la Costa Brava, asegurando que lo hacía para beneficiar la salud de su
pequeña hija. En la capital francesa, André Breton, padre del surrealismo,
había introducido a la pareja en el círculo artístico de la ciudad, donde ambos
habían deslumbrado a los intelectuales; especialmente Gala, que no dejaba
indiferente a nadie. Pero tras conocer a Salvador Dalí, la joven creadora
rechazó regresar a aquel mundo, dejando al gran poeta Éluard por un joven
artista al que aún no conocía nadie. Para lo pública que parecía ser la vida de
la pareja y lo mucho que les gustaba montar un espectáculo, a lo largo de sus
más de 50 años juntos, Gala y Dalí fueron muchas cosas: el genio loco “avida
dollars” y la musa, el enigma, la extranjera, la bruja, hasta fundirse en lo
que parecía un único ente. Contar su historia supone hablar de algunas de las
personalidades más fascinantes de su tiempo, de arte revolucionario, de
sexualidad heterodoxa, de violencia, dinero y surrealismo atravesando un
convulso siglo XX. Después, los acontecimientos se precipitaron hasta el inicio
de la guerra civil, durante la que asesinarían a Lorca. En el verano del 35,
Lorca y Gala se conocieron y quedaron fascinados el uno por el otro, pese a que
la reacción del poeta cuando se enteró de que Dalí vivía con una mujer no había
sido muy entusiasta, según recoge Gibson. En octubre de ese mismo año dejaron la
casa de Portlligat llevándose todo lo que tenían de valor, preocupados por el
convulso ambiente político, pasaron la guerra civil en Francia, pero en cuanto
terminó esta, empezó la segunda guerra mundial, y Gala se puso a organizar el
exilio (dorado) a Estados Unidos. Pero antes de embarcar desde Lisboa, Dalí
quiso volver a Figueres a despedirse de su padre y su hermana Anna María, quién
sabe si por última vez. El panorama que se encontró fue desolador. Su padre,
notario libertario de tendencias casi anarquistas, era ahora un franquista
convencido, igual que muchos de los antiguos republicanos y catalanistas de
toda la vida con los que había tratado. “El ensayo revolucionario ha sido
tan desastroso que todo el mundo prefiere Franco”, escribía en una carta el
pintor. Desde Lisboa, junto a Man Ray y René Clair, los Dalí embarcaron para
Estados Unidos en agosto de 1940.
Gala y Dalí volvieron en el 48 a la España franquista, con no poca
polémica por oposición por ejemplo a la figura de su antiguo amigo Buñuel, que
permaneció en el exilio. En el gris panorama de la época su particular visión
artística y sus famosas excentricidades resultaban tan llamativas como
inofensivas. Para entonces, la leyenda negra de Gala, que venía desde los
tiempos en los años 20 en los que alternaba con el círculo de las vanguardias
como esposa de Éluard, se fraguaba hasta llegara su apogeo, como chivo
expiatorio en el que era fácil descargar las culpas de su marido, la verdadera
responsable de su transformación en “avida dollars”. Si Dalí pintaba mal o era
pretencioso, culpa de Gala, si no se tragaba los trances de Breton, culpa de
Gala, ella siempre estaba disfrazándose, disimulando, echaba las cartas, era
una bruja. Breton la temía. Pero sus aspiraciones eran muy lícitas: ser rica y
famosa. Eso lo quiere cualquiera. Durante los años 60, Dalí adquirió una
categoría casi legendaria, se relacionaba con todo tipo de gente ya fuera
montando happenings en Cadaqués, asistiendo a fiestas en París o dando uno de
sus famosos tés neoyorkinos en el St. Regis, su casa de Portlligat, muy lejana
ya a aquella choza de pescadores que había alquilado, se transformó en un
destino de peregrinación de hippies, bohemios, turistas y curiosos llegados de
medio mundo. Allí acudieron por ejemplo John Lennon y Yoko Ono después de
casarse en Gibraltar. Dalí declaraba “me gusta estar rodeado de toda clase de
gente, lo más joven y guapa posible”, y lo conseguía con creces.

En 1969, Dalí le regaló a su compañera el castillo de Púbol, un espacio
que fue para Gala la famosa habitación propia que Virginia Woolf reclamaba para
las mujeres creativas. La artista aceptó el regalo con una única condición:
Dalí solo podía entrar en el castillo si ella le mandaba una invitación previa.
Así, Gala se refugió entre las paredes de lo que ser convirtió en su pequeño
universo, un lugar en el que floreció como escritora y como artista de objetos
surrealistas, en el que redactó sus memorias en una libreta Moleskine repleta
de cambios, tachaduras y correcciones, detalles que ponen en evidencia el
perfeccionismo y la voluntad literaria de la autora. Tras toda una vida
dedicada al arte, Gala falleció en Portlligat y enterrada en su preciado
castillo de Púbol, donde Dalí había ordenado construir dos criptas, una junto a
la otra, en las que las manos se entrelazaban bajo tierra. Desconsolado, el
artista se trasladó al castillo, donde deseaba permanecer los últimos años de
su vida hasta que pudiera ocupar el espacio vacío que había quedado junto a
Gala. Sin embargo, a causa de un incendio en 1984, Dalí tuvo que trasladarse a
Figueras, donde fue enterrado. Así, Gala quedó resguardada para siempre bajo
los cimientos de su habitación propia, su templo creativo, el lugar en el que,
lejos de la mirada pública y para desconocimiento de muchos, vivió una de las
artistas más icónicas y desconocidas del movimiento surrealista. Después de
tantas fricciones, en su testamento, Dalí, legaba su obra, patrimonio y
derechos al gobierno español. Los escenarios de su vida –Portlligat en
Cadaqués, Figueres y el castillo de Púbol– se han convertido en un destino
turístico de primer orden, el conocido como “triángulo daliniano”. Sigue siendo
uno de los pintores más populares del siglo XX y, como se encargó Gala de
construir a lo largo de su vida, una marca muy rentable. «
Yo sé dónde está/
el pan de vida/ tan blanco es/ que cerrando los ojos/ lo continuo a ver por
transparencia/ pan de vida/ yo sé dónde está el horno/ en las llamas del cual/
he visto prefigurada/ la imagen tan amada/ de Gala». Esos versos de
Salvador Dalí retratan lo que era Gala, intrusa, musa y pan de vida.