
Hace unas semanas unos familiares
visitaron detalladamente,
en varios días para conocerlo
bien, el Templo Expiatorio
inacabado de la Sagrada Familia, de Barcelona, y ante alguna
simbología que vieron en algunos detalles de
la construcción, surgió la
eterna pregunta: ¿Era Antoni
Gaudí, arquitecto de ese
templo católico, masón? Y
aún más¿Tuvo relación con
la alquimia? ¿Qué es el ‘cuadrado mágico’ que
hay en el templo?
Ante tal supuesto, cabe hacerse la pregunta que un rector de
Universidad, precisamente de Reus (Gabriel
Ferraté), se formulaba cuando
le conunicaban una noticia importante: y esto, ¿es bueno o malo?…
Antoni Gaudí i Cornet
(1852-1926) siempre fue un
hombre de
fe; tanto,
que consideraba a la Naturaleza como la creación más divina y
perfecta y sus
obras, ricas en colores, curvas y formas orgánicas, se obsesionan en
imitarla. El padre del modernismo catalán llegó a ser conocido como
El arquitecto de Dios,
pues se veía a sí mismo como intermediario entre Él y la
humanidad. Sus edificios son una alusión a santos y pasajes de la
Biblia, y a
pesar de no pertenecer (oficialmente) a ninguna orden religiosa,
guardaba muy buena relación con los grupos eclesiásticos, por
lo que ciertas teorías apuntan
a que pudo pertenecer a órdenes secretas como los templarios… o
los masones. Sobre Gaudí se ha dicho de todo: que
fue templario, rosacruz,
alquimista, drogadicto, impío, blasfemo y otras lindezas. Con los
más absurdos argumentos, siempre sin demostrar, se han dado teorías
sin base lógica pero muy gratas a los amantes del sensacionalismo.
Se hace muy difícil pensar que un arquitecto educado en los
Escolapios de Reus y que desde los inicios del ejercicio de su
profesión proyectó objetos y edificios religiosos, al que a los 31
años se le confió la dirección de las obras de la Sagrada Familia,
por recomendación de Juan Martorell, el más ortodoxo de los
arquitectos católicos del momento, tuviera esta doble vida.
Los
masones son una institución de carácter filosófico, filantrópico
y humanista, fuertemente jerarquizada y con un carácter simbólico.
Surgió en Europa entre los siglos XVII y XVIII y su secretismo y la
posición de algunos miembros (Napoleón, Lluís Companys, Simón
Bolívar,...) han dado lugar a múltiples teorías de la
conspiración. Se les ha acusado de esotéricos, ocultistas, brujos o
incluso de querer destruir la religión católica. Su emblema es la
escuadra (símbolo de la virtud) unida a un compás (representa el
límite que un masón debe presentar frente a los demás) y en el
centro, el Ojo que todo lo ve y/o la letra G/ G y A. Aluden a, ejem,
el Gran Arquitecto del Universo. Los masones son discretos de cara a
la sociedad pero rinden culto a sus símbolos y dejan constancia de
ellos en sus obras. Uno de ellos es la estrella de cinco puntas,
representando el aire, fuego, tierra, agua y como último elemento,
la idea. Estaría presente, por ejemplo, en las puertas del Park
Güell. Según definición de sus propios adeptos, la masonería es
un sistema de filosofía práctica que promueve la civilización,
ejerce la beneficencia y tiende a mejorar la costumbres y a mantener
el honor de los sentimientos. Hasta aquí nada que oponer sobre la
pertenencia a tal sociedad de un cristiano como Gaudí. La cuestión
reside en que a la francmasonería no le importa la llamada otra vida
del alma, pues cree que ni es hombre el cuerpo muerto, ni lo es el
alma, caso de que tuviera vida individual. De ahí la contradicción
con la doctrina católica que cree en la trascendencia y la
resurrección de la carne. Otra cosa es la acción de la masonería
en la historia y su participación en la política, concretamente en
España: desde 1728 hubo en Madrid una logia masónica auspiciada por
los ingleses que fue perseguida por Felipe V. que luchó contra
ingleses y austríacos en la guerra de Sucesión. Fernando VI
persiguió a los masones igualmente en 1751 y algunos de ellos
escaparon gracias al cantante capón Carlo Broschi, llamado
Farinelli. En cambio, con Carlos III vivieron los masones una época
dorada siendo su ministro el conde de Aranda, nada menos que Gran
Maestre, desterrado luego por Carlos IV a instancias de Godoy.
También Fernando VII se opuso a la masonería pero, habiendo dado su
política tantos tumbos, hubo de todo en su reinado. En el siguiente,
Isabel II se enfrentó con el infante Francisco de Paula, a su vez
Gran Maestre, dispuesto a destronarla. En 1847, las logias de Madrid
se agruparon militarmente para desterrar a la reina, sin conseguirlo
y, en 1866, Joan Prim, otro de Reus. sublevó a los regimientos de
caballería de Aranjuez. La revolución de septiembre de 1868
destronó a Isabel II y con las nuevas leyes liberales proliferaron
los masones, que siguieron boyantes bajo Amadeo I de Saboya, hasta su
abdicación en 1873. Gaudí llegó a Barcelona en 1869, en plena
efervescencia revolucionaria, procedente de Reus, ciudad de ideas
avanzadas. Allí Eduardo Toda y Gaudí, junto con José Ribera Sans,
esbozaron un proyecto para restaurar Poblet, escrito por el primero
de ellos en el dorso de un panfleto revolucionario firmado, entre
otros, por José Güell Mercader, pariente de Toda. En Barcelona,
Gaudí trabajó para José y Eduardo Fontseré, masones reconocidos.
El
caso de Gaudí es paradigmático por el torrente de su simbología
religiosa y porque no dejó nada escrito, lo que origina diferentes
interpretaciones, a menudo contrapuestas. Todos sabemos de la
religiosidad de Gaudí, que con el paso de los años llegó casi al
fanatismo. Que Gaudí fue católico practicante y devoto no cabe la
menor duda y que algunos de los símbolos utilizados por el genial
arquitecto son, sin más, cristianos, tampoco (M de María, cruces,
etc.). Ahora bien, existen otros símbolos en su obra que exceden el
ámbito de la simbología católica y su explicación no puede
reducirse estrictamente a ella. Lo que realmente sorprende es que una
personalidad católica ortodoxa como la suya, en principio, utilizase
símbolos que tenían significados muy concretos fuera del
cristianismo y carecían de ellos en el interior de la ortodoxia
romana. Todos los biógrafos de Gaudí coinciden en señalar que
durante su juventud, el arquitecto sintió interés por las ideas
sociales avanzadas, además de mantener relaciones con los
movimientos sociales más avanzados de la época. Su amistad con
socialistas utópicos y anarquistas relacionados con los medios
masónicos, que se evidencia en sus primeros trabajos, da pie a
pensar que fue quizá en estos medios en donde Gaudí contactó con
una Logia. Incluso se sabe de su pertenencia a curiosas asociaciones
de excursionismo de la época (cuya finalidad iba más allá de las
simples salidas y meriendas campestres). La interpretación católica
de su simbología es casi siempre evidente, pero a veces admite
varias lecturas y, sobre todo, otra parte simplemente no encaja… El
arquitecto fue ingenuo toda su vida, pero este hecho no lo convierte
en francmasón ni en revolucionario y la ingenuidad de su conducta
contrasta con la profundidad de algunas de sus afirmaciones de
madurez, como cuando afirmó que la creación continúa a través del
hombre que no crea, pero descubre y a partir de aquí actúa. Los que
buscan conocer las leyes de la naturaleza para formar nuevas obras
colaboran con el creador, no los copistas. Este creador, según los
masones es el Gran Arquitecto del Mundo y según los cristianos es
Dios, lo que no basta para suponer en Gaudí una filiación masónica,
como tampoco a su mecenas Eusebio Güell; por otra parte, Gaudí
pronto mostró un sentimiento católico más allá de toda duda,
dirigió durante 40 años las obras de la Sagrada Família, colaboró
con los obispos de Vic, Astorga y Mallorca, situó símbolos
religiosos en los edificios civiles como en las casas Calvet,
Bellesguard, Batlló y Milá. Tales hechos constituyen evidencias que
no existen cuando se trata de relacionarlo con la masonería. Podría
argüirse el supuesto secretismo de los francmasones, pero a fines
del siglo pasado las logias masónicas se anunciaban públicamente y
el nombre del arquitecto no figura en ninguna de las logias de
Barcelona. También es cierto que masonería e Iglesia no se llevan
muy bien. Otra cosa no, pero precisamente Eusebi Güell le mandó
construir la famosa cripta de la Colonia Güell, en cuyas bóvedas el
masónico símbolo de la equis (no la cruz) se repite hasta trece
veces. También es llamativa la del Pórtico del Nacimiento de la
Sagrada Familia, justo encima del Árbol de la Vida. La equis es un
símbolo de cambio y transformación, así como la letra que designa
el décimo grado de la masonería o Maestro Elegido de los Quince.
Gaudí
no escribió nada, ni libros ni artículos, no dio conferencias y si
tenía alguna nota personal se quemó durante la Guerra (in)Civil. Lo
poco que sabemos es lo que transmitió a sus discípulos y
refiriéndose a la Sagrada Familia dijo: «Todo el mundo encuentra
sus cosas en el templo: los campesinos ven gallinas y gallos; los
científicos, los signos del zodíaco; los teólogos, la genealogía
de Jesús; pero la explicación, el raciocinio, solo la saben los
competentes y no se debe vulgarizar». Cada uno ve lo que quiere
ver. Para unos el Park Güell, por ejemplo, es un proyecto de
exaltación de la mitología helenística, para otros una vía de
iniciación y otros ven la esencia de la filosofía zen pues una
última lectura de su simbología, la del estudioso de origen chino
Hou Tech-Chien: “Gaudí experimentó la iluminación tan común
del budismo Zen. Fue un filósofo que expresó sus ideas a través de
la arquitectura como metáfora … Tuvo su veta filosófica, pero
nunca estudió filosofía, sino que se guió por la intuición.
Sucede lo mismo en el Taoísmo».¿Y acaso no era ese el objetivo
de Gaudí? Acercar el ser humano a Dios, cualquiera que sea su
convicción, a través de la belleza; conectarle con el Universo,
crear un estado místico a través de lugares de poder en los que
-como escribió Aristóteles sobre los misterios- uno no va allí a
aprender sino a experimentar. El número de interpretaciones
gratuitas de la arquitectura gaudiniana es casi infinita y demuestra
una gran erudición y al mismo tiempo una fantasía morisca
extraordinaria. Lástima que no tienen por dónde agarrarse a la
realidad, ni el menor rigor en proporcionar claras demostraciones a
los asertos que propugnan. A Gaudí debe agradecerse que su fértil
imaginación haya servido para desencadenar la febril fantasía de
tantos especuladores de la erudición. El excitante mundo de Gaudí
ha generado, genera y generará otras fantasías para goce y disfrute
de ingenuos y para diversión de los conocedores del sentido humano y
artístico de este singular personaje de la arquitectura.
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