
Empecemos por el principio. No cabe
duda de que los cómics y novelas gráficas que abordan la Guerra
(in)Civil española han crecido en los últimos años; lo que sucede
en el cómic español con el conflicto bélico no es exclusivo de
España porque el valor de hacer vivir un proceso traumático se vive
como una conmemoración dolorosa pero necesaria. Los autores vuelven
a meditar sobre la cuestión de los vínculos que existen entre
presente y pasado, pero se sirven de la creación artística con una
finalidad que ya no es la de reconstruir objetivamente el curso de la
historia. Al contrario, vuelven a interpretarla desde perspectivas
originales, proporcionando a los lectores nuevas herramientas
criticas útiles para individuar, descifrar y asimilar las
consecuencias de los traumas del pasado aún vivas en la actualidad.
De acuerdo con esta misma actitud, el evento traumático más
frecuentemente retratado por los autores españoles es la Guerra
civil. Hablar de cómic y Guerra Civil española obliga
necesariamente a citar a Michel Matly, investigador francés, doctor
en Estudios hispánicos que ha dedicado parte de su carrera
investigadora a analizar este tema y
presenta un exhaustivo trabajo sobre la presencia de la Guerra Civil
en el cómic, no solo español, sino internacional. De las obras
publicadas en los últimos años es posible establecer una lista de
características comunes que nos permiten entender mejor el papel que
juega el cómic en la comprensión del conflicto bélico:
1.
Mezclan el relato ficcional con la búsqueda de documentos. La
mayoría de las historias remiten a una base de investigación
histórica documental, así hay referencia a detalles geográficos,
sociales o aparición de personajes históricos (como
ejemplo la aparición de fotografías históricas icónicas dibujadas
dentro de las viñetas).
2.
Rasgos autobiográficos. Es una de las características más marcadas
en muchas de las obras que recrean el conflicto bélico o de
posguerra.
3.
Trama generacional. Se trata de la posmemoria o memorias adquiridas.
Se trata del rescate de la memoria de los protagonistas por parte de
una generación que solo conocerá el relato.
4.
El silencio de los vencidos. Es una constante en varias de las obras
señaladas, es la cuestión del silencio de los protagonistas que les
impone el recuerdo traumático del pasado.
5.
Las temáticas. La mayoría de ellas se focalizan en la niñez, la
violencia, la opresión, el hambre, la crueldad…
Frente
al paradigma didáctico que entiende el aprendizaje de Historia como
una acumulación de información, fechas, acontecimientos, datos, o
personajes, y que tiene como eje vertebrador la cronología y
presenta un discurso acabado, cerrado y certero de la Historia, se
halla la convicción de algunos didactas y psicólogos de la
educación de que enseñar historia es una vía de conocimiento que
debe centrarse en la dimensión metodológica como forma de
aprendizaje del conocimiento histórico.
En
el bando franquista estaban las
historietas Flecha,
Pelayos,
Flechas y Pelayos
o Chicos.
Y en el republicano, el Soldado
Canuto, el Pionero
Rojo o Pocholo,
tan graciosos todos ellos en medio de la tragedia. Porque cuando
España saltó por los aires aquel 18 de julio de 1936, hasta los
personajes de cómic se atrincheraron con sus colores y sus viñetas
para combatir en la Guerra Civil. Y eso que, no parecía, a priori,
el tema ideal para protagonizar estas historietas con los vecinos
enfrentados, las divisiones entre los amigos, el exilio de
familiares, las ejecuciones en ambos bandos, los chivatazos, el
hambre y las diferencias políticas y económicas. No estaba el país
para chistes, pero allí estaba una de las primeras viñetas en
blanco y negro de «Flecha»,
uno de los cómics favoritos de los sublevados, creado
en 1937, en la que aparecía
representado un camión repleto de simpatizantes republicanos con la
bandera de la hoz y el martillo y el epígrafe: «Marchan
a España los rojos con un poco de canguelo, presintiendo los
pobretes que les van a dar pal pelo»;
su director, Avelino de
Aróztegui, ridiculizaba al
adversario republicano, sacando partido a la estupidez o la
embriaguez de los milicianos, simbolizados por personajes como «Paco
el Tuerto», con el personaje de un joven falangista llamado Edmundo
Vence Siempre a Todo el Mundo. O el número 25 de «Pelayos»,
que estuvo en los quioscos desde las Navidades del 36, que incluía
una historieta titulada «Un miliciano rojo», en la que el
dibujante Valentí Castanys
(bajo el seudónimo “As”)
caricaturizaba casi como un monstruo en las viñetas de la revista
infantil y que presentaba el
protagonista cual bruto comunista, animal cruel y sanguinario que
torturaba a sus oponentes y asesinaba a mujeres y ancianos: “Tengo
sed de robar y asesinar. Por algo soy rojo”.
Estos tebeos surgieron tras la conquista de San Sebastián, donde los
franquistas pudieron hacerse con mejores imprentas para sacar a la
luz estos y otros personajes defensores de ideas como la resurrección
de España bajo la dirección de Franco, que criticaban los ataques
contra la unidad de España y las misiones de los republicanos como
supuestos agentes de Moscú. Armas, en definitiva, que no mataban,
pero que entretenían y convencían en un país que tenía una tasa
de analfabetismo por encima del 30%. Era evidente que los mensajes
entraban mejor con las viñetas que con extensos y farragosos textos
políticos, algo
que ya
los republicanos sabían muy bien, puesto que las imágenes tuvieron
ya una importancia considerable como herramienta de propaganda antes
de la guerra por influencia de la URSS. Por eso, nada más producirse
el levantamiento, surgieron historietas como «El Pueblo en Armas»
(1937), considerada por los críticos como uno de los mejores tebeos
políticos de la República durante la Guerra o
el «Pionerín», un cómic en el que colaboraron niños que,
mediante viñetas sencillas, daban rienda suelta a su percepción de
la guerra. Eso sí, siempre contraria a la sublevación. Una
mirada por los más de setenta años y varios cientos de tebeos y
cómics sobre la guerra recuerda cómo este periodo histórico ha
estado y sigue estando presente en el corazón de muchos, en España
y fuera de ella; también
cómo la rememoran diversas sociedades, países en distintas épocas
y la enorme variedad de sus recuerdos. Cada historieta habla de la
contienda pero también, según el momento de escritura, de la España
de la Transición o de la España de hoy o de la identidad de los
descendientes de los exiliados en Francia. Unas historietas pretenden
solo contarnos la guerra y otras, a través de su evocación,
hacernos reflexionar, emocionarnos o movilizarnos. Algunas consideran
su combate legítimo y otras la ven como un desastre que ninguna
razón puede justificar. Algunas buscan ante todo cerrar las heridas
del pasado y otras consideran que las fracturas de la guerra se
prolongan en otras contemporáneas.
Eran
publicaciones “virulentas y propagandísticas” que entre 1936 y
1938 fueron armas de apoyo del bando nacional para anatemizar al
enemigo. A diferencia de ellas (que acabarían fusionándose en
‘Flechas y Pelayos’),
los cientos de tiras de corta vida de las llamadas revistas de
trinchera, en las filas de la República, pretendían educar y
entretener al combatiente, expresar la solidaridad entre el frente y
la retaguardia y llamar la atención de las potencias extranjeras. Un
buen ejemplo fue el «Pionero
Rojo: semanario de los niños obreros y campesinos».
Se trataba de una historieta con un valor artístico menor, pero que
contaba con un carácter político mucho más pronunciado. En su
número 6 se podía leer el siguiente episodio con dibujos llenos de
acción y un tono mucho más serio: «¡Los
fascistas atacan! Las fuerzas del ejército proletario se aprestan a
la lucha. Marco recorría la carretera a toda velocidad, cuando
observó a sus espaldas un auto más veloz que le perseguía.
Viéndose perdido, no vaciló: frenó y sobrevino el choque. Marco
resultó mortalmente herido. Al despertar se vio rodeado de dos
amigos y, antes de morir, les confío un mensaje: los dos pioneros
pudieron burlar la vigilancia de los fascistas y llegaron a un buque
de guerra. Gracias a su valor, la aviación roja se elevó para dar
su merecido a los fascistas, vengando a Marco y a tantos otros».
Los nacionales fueron quienes utilizaron mejor y mayormente las
“armas de papel”, con y sobre los niños, hasta alcanzar altos
niveles de eficacia sobre la moral de la propia retaguardia y en el
ataque virulento al enemigo. Mientras que los republicanos, aparte de
casos concretos y sin continuidad, cuidaron y respetaron a la
infancia, siempre dentro de la relatividad que imponía la guerra,
pues los cómics editados en la
zona republicana se esforzaron, principalmente, en luchar con sus
viñetas por las malas costumbres de los combatientes, por criticar
la falta de higiene y el alcoholismo de éstos y por enseñarles el
respeto por las armas y la disciplina. Sin embargo, no fueron todo
buenas maneras por parte de las revistas republicanos y
algunas echaron mano de la
violencia hasta límites muy poco ejemplarizantes: en
una historieta titulada «Relato del frente», publicada en abril de
1937, la revista infantil «Mirbal»
incluía una viñeta en la que podía verse a un niño satisfecho al
presenciar cómo fusilaban a un «fascista», mientras
que el cómic de «Pocholo»
se esforzaba por tratar de la manera más realista posible los
primeros meses de la guerra, en series como «El pueblo en armas:
escenas de la revolución y la lucha antifascista».

Tras
la guerra, la dictadura estuvo marcada por “el silencio” y una
producción pobre (muchos autores acabaron en el exilio,
represaliados o fusilados); el silencio volvería en los 90 (con la
crisis de las revistas del ‘boom’ de los 80) pero antes, en los
70 y 80, con la rehabilitación de la memoria republicana, el cómic,
en línea con la transición, aborda el tema intentando no poner en
peligro la nueva sociedad democrática y con voluntad de mantener la
paz social. Los 70-80, junto con los años 2000, fueron las grandes
épocas de reflejo de la guerra. Con el cambio de milenio, los
autores no temen evocar los abusos y la represión, hay una necesidad
de colmar las lagunas de la memoria y de reivindicar un trato más
justo para los vencidos y las fracturas internas del bando
republicano ya no son tabú. Hasta los años 2000 el cómic español
no empezará a abordar este tema de manera frecuente. Ya tras la
muerte de Franco, la violencia es vista como un hecho deleznable, con
la republicana prolijamente documentada por la dictadura mientras que
la franquista es meramente genérica; ambas partes van a recibir
críticas por parte de los cómics de la democracia pero, por ser la
que ganó, la represión de los nacionales continuará mucho después
del fin de la propia guerra y gracias a los cómics podemos ver que
las heridas no se cerraron y que los traumas son transmitidos de
padres a hijos. Es especialmente interesante el caso de la violencia
aplicada sobre las mujeres en todo su horror (humillaciones a
republicanas, rapadas y desnudadas, y cómo la miseria obliga a las
mujeres a prostituirse, mostrando una cruda secuencia en una
historieta -?- donde una niña ofrece su cuerpo a cambio de un poco
de sopa). “A pesar de los esfuerzos reales por relegar la guerra
civil al pasado y al olvido, su memoria permanece viva, y
conflictiva, en España, por supuesto, donde casi no hay familia que
no conserve las heridas, pero también entre los descendientes del
exilio republicano”, constata Matly, quien además del
recorrido cronológico dedica atención a tres temas sensibles: la
violencia contra civiles, y contra mujeres en particular, la Iglesia
católica -en “su doble dimensión de violencias perpetradas contra
ella y de su alianza y complicidad con el franquismo”- y el exilio
y la cárcel. Remontándose a aquellos años empieza el francés
Michel Matly el completo, riguroso y profusamente ilustrado ensayo
‘El cómic sobre la guerra civil’. Matly, ingeniero químico y
amante de la viñeta, ya dedicó al tema su tesis doctoral y
numerosos artículos. Él, que alcanzó "la edad adulta en los
70" y no pisó la España de la dictadura, se casó con una
española. Ahora documenta y analiza cómo, desde el inicio de la
contienda hasta prácticamente hoy, 500 obras han abordado la guerra
civil en los últimos 80 años. Desde los 70, estima que han sido 350
(8.000 páginas; 150 álbumes y 200 historias cortas) de 250 autores.
Aunque el 60% de las que estudia son españolas, no olvida las
publicadas en otros 14 países, principalmente en Francia, Argentina,
Italia y Estados Unidos.

Actualmente,
la guerra sigue molestando, pero el cómic burla las derivas
revisionistas y demuestra la solidez de la transmisión generacional
basándose en testimonios de padres y abuelos.