miércoles, 29 de julio de 2026

Los cambios climáticos y tal.

 


Hace poco tiempo un familiar visitó el Monasterio de Montserrat y cuenta que quedó anonadado cuando le explicaron que las características montañas que lo cobijan un día estuvieron sumergidas. En efecto, cuando el mar terciario ocupaba lo que es ahora la "Plana de Lleida", y las Islas Baleares eran un gran macizo del tamaño de los Pirineos actuales, un delta formado por guijarros arrastrado por un gran río torrencial ocupaba estas tierras. Material grueso y capas de gres fueron cimentándose con la progresiva desecación de este delta pero no se estableció el relieve actual hasta la violenta acción del gran episodio de la orogenia alpina, el cual elevó en bloque y fracturó el conglomerado montserratino cambiando completamente el paisaje. La erosión del agua actuando sobre materiales de diferente resistencia y composición, trabajo que facilitaron las múltiples grietas, ha dado lugar a su relieve tan característico y mágico, con agujas, valles y cuevas, que Montserrat muestra con magnificencia en la actualidad. La extrema lentitud de los procesos geológicos nos ha hecho creer que la Tierra es estable. Que es lo que es. Que la forma de sus continentes, moldeados a través de los milenios a manos del viento, el agua y el hielo, es perenne. Que si viajamos doscientos años hacia adelante, el mundo será lo que es hoy. Las montañas seguirán donde las dejamos. Y llevaríamos, seguramente, razón. Esto también es cierto, eso sí: hemos asumido de antemano que una vez la Tierra no fue así. Que en cierto momento los continentes estuvieron pegados. Sin embargo, miramos al pasado geológico de la Tierra como quien observa una historia fantástica: hechos no relacionados con nuestra (corta) vida como humanos. Pero los movimientos geológicos y geográficos de nuestro planeta han sido, en ocasiones, tan drásticos y vertiginosos que han afectado a pobladores humanos. Y el mejor ejemplo de ello es Doggerland[1].

 

Will the secrets of Doggerland be revealed by unique find at North Sea  site? - VattenfallA finales del siglo XIX y principios del XX, los científicos se dieron cuenta de que Dogger, un banco de arena situado a 100 kilómetros de la costa este de Inglaterra, eran los restos de una masa continental sumergida. Estudios posteriores han identificado que abarcaba gran parte de lo que ahora es el sur del Mar del Norte. La zona presentaba un atractivo paisaje para los cazadores-recolectores tras la última Edad de Hielo, ya que proporcionaba abundantes oportunidades de caza y alimentación. Hace unos 8.000 años, sin embargo, una ola de enormes proporciones devastó la región. Se cree que el Banco Dogger, que era una tierra alta de Doggerland, se mantuvo como isla hasta el 5000 a. C. y que antes de inundarse fue una planicie ondulante con sistemas de ríos con meandros asociados a canales y lagos. Aquella tierra se asemejaría, en términos de paisaje, fauna y flora, tanto a las del norte de Europa como a Gran Bretaña: gran acceso a fuentes de agua en forma de ríos, lagos y lagunas; una costa quebrada y expuesta a las corrientes marítimas del Atlántico; y un terreno relativamente llano salpicado de colinas. Un espacio óptimo en el que desarrollar, más tarde, una civilización, si bien mucho más frío. No en vano, fue el aumento de las temperaturas el que deparó el destino fatal de Doggerland. Etapas claves se creen ahora que incluyeron la evolución gradual de bahías con una gran marea entre Inglaterra y el banco Dogger oriental en el 7000 a. C., con un aumento rápido del nivel del Mar produciendo que el Banco Dogger se convirtiera en una Isla y que Gran Bretaña finalmente se desconectara del continente. Alrededor del año 6.000 antes de Cristo los seres humanos ya habían descubierto al agricultura y la ganadería, y en Oriente Medio y otras latitudes más benignas las civilizaciones comenzarían a aflorar, con sus rebosantes ciudades, unos pocos milenios más tarde. En Europa, sin embargo, la huella de las glaciaciones y las condiciones climáticas extremas habían limitado el desarrollo social, tecnológico y económico de sus escasos habitantes, muchos aún cazadores-recolectores. Una parte de estos protoeuropeos vivían en lo que hoy llamamos Mar del Norte, se desplegaban por las llanuras tranquilas y relativamente fértiles de una tierra llamada Doggerland, sumergida de forma definitiva cuando el fin de la última glaciación elevaría el nivel del agua de forma fatal. Aquella tierra conectaba a las islas británicas con la actual Jutlandia, con los actuales Países Bajos y, en suma, con la Europa continental. Un puente que, de haber pervivido, habría cambiado la historia del continente para siempre. Gran Bretaña, por aquel entonces, estaba conectada a Europa, lo que facilitó cierto intercambio cultural y demográfico poco antes de su aislamiento. Es probable que lo que hoy conocemos como el Támesis o el Sena, ambos ríos cortos que desembocan en el Mar del Norte o en el Canal de la Mancha, convergieran en un gran estuario con el Rin, extendido más allá de su desembocadura en Países Bajos. El gran sistema-río moriría las aguas del Atlántico a través de un brazo de mar que, más tarde, se convertiría en el Canal. 


Como los niveles de los mares y océanos subieron después del fin de la última etapa glacial de la era de hielo actual, Doggerland comenzó a sumergirse en el mar del Norte, aislando la península británica de Europa continental, aproximadamente en 6500 a. C. Se cree que el hielo retenido por la glaciación habría descendido el nivel del mar unos 120 metros, liberando grandes lotes de tierra en todo el planeta, pero muy especialmente en las tierras bajas del norte de Europa. El fenómeno se dio en otras latitudes de igual modo y con anterioridad: las porciones de tierra reflotadas en el hoy estrecho de Bering facilitaron la colonización humana de América, así como otras tierras bajas facilitaron el acceso a hoy tierras aisladas como Japón y Australia. Una hipótesis más reciente es que gran parte de las tierras costeras restantes, ya muy reducidas en tamaño respecto de la superficie original, se inundaron en un maremoto alrededor de 6200 a. C. causado por un corrimiento de tierra submarino cerca de la costa de Noruega, conocido como el Corrimiento Storegga[2]. Esta teoría sugiere que el maremoto derivado de este corrimiento de tierra fue devastador para cualquier población mesolítica costera. Después del tsunami de Storegga[3] parece que Gran Bretaña finalmente se separó del continente y cada uno siguió su propio Mesolítico. ¿Qué sucedió para que Doggerland pasara a mejor vida? El proceso fue gradual: las progresivas inundaciones, causadas por el deshielo, empujaron a muchos de sus habitantes a otras partes de Europa (ya fueran las islas o las llanuras del norte de Europa), la desaparición paulatina de los grandes bloques de hielo septentrionales se unió a diversos deslizamientos de tierra que, como el de Storegga, de proporciones gigantescas, provocaron olas gigantes y tsunamis que sepultaron Doggerland. La desaparición de Doggerland causó importantes cambios en el paisaje Europeo pre-Neolítico. De haber pervivido, es probable que la diversidad genética del norte de Europa hubiera sido mayor. El terreno, llano, fértil y apto para la agricultura, podría haber sostenido una pequeña civilización cuya lengua y cultura habría tenido una importante influencia en el resto del continente. En su lugar, los habitantes de Doggerland se mezclaron y se asimilaron a las poblaciones más al sur, a salvo de las inundaciones.

 

Exploring GBY bien, ¿qué interés tiene para nosotros Doggerland? Más allá del conocimiento puro, ue nunca está de más, una pequeña lección; aquellas tierras fueron consumidas por las aguas del Atlántico cuando las temperaturas aumentaron, provocando una migración masiva y la pérdida de unas comunidades humanas que, aún primitivas, se vieron abocadas al pozo de la historia. El crecimiento del mar, en territorios muy bajos, tiene consecuencias así de devastadoras, así de drásticas. Fue un cambio del paisaje similar al que hoy nos enfrentamos. El vertiginoso aumento de las temperaturas durante los últimos años ha provocado que las perspectivas de un drástico aumento del nivel del mar sean reales. El cambio climático podría devolvernos nuestro particular Doggerland en el que quedarían inundadas gran parte de Norteamérica, del sur de la India o del norte de Europa, los antaño terrenos adyacentes a Doggerland. Llanuras fértiles y accesibles para las aguas marítimas en caso de notorio crecimiento, ciudades, comunidades y lugares que quedarían condenados como en su día lo fue Doggerland, a mero objeto de memoria friki. De Doggerland, en todo caso, no queda nada. Lo que sacan las redes, así como bosques sumergidos, casas, asentamientos, muros, cauces que solo ven los submarinistas; quizás queda también cierta tristeza. El recuerdo inexistente, de haber dispuesto de un paisaje definitivamente perdido. El recuerdo, también falso, de una pérdida imposible de materializar, porque nadie recuerda haber perdido nada. Tal vez la añoranza de Doggerland son esos segundos en los que uno sabe que lo ha perdido todo, sin llegar, no obstante, a poder enumerar lo perdido. Queda también un país que no llegó a existir, por lo que, siglos después, nadie pudo matar o morir por él, la única tierra europea libre de sangre y de asesinatos masivos por banderas. Y, por último queda la descripción de un país muerto, del que conocemos muchos detalles: sus cauces, su orografía, sus bosques, sus caladeros de salmones, sus centros de reunión, sus emigraciones, sus conflictos por los recursos. Lo que es mucho. Demasiado como para no sospechar que un país muerto se parece mucho, sobremanera, a un país vivo. Una forma de entender, de golpe, sorpresivamente, y con todo lo que ello conlleva, que un país vivo se parece mucho, sobremanera, a un país absolutamente muerto y sumergido en el océano.



[1]Doggerland (Doguerlandia en castellano) es el nombre dado por arqueólogos y geólogos a una antigua masa de tierra en el sur del mar del Norte, que conectaba la actual isla de Gran Bretaña con el continente europeo durante y después de la última Edad de Hielo. Se mantuvo emergida hasta 6500 o 6200 a. C., aunque poco a poco fue tragada por el aumento del nivel del mar. Estudios geológicos han sugerido que Doggerland fue una gran área de tierra seca que se extendía desde la costa este británica y frente a la actual costa de los Países Bajos hasta las costas occidentales de Alemania y Dinamarca. Fue probablemente un hábitat rico con asentamientos humanos en el período mesolítico. El potencial arqueológico de la zona se planteó a principios del siglo XX, pero el interés se intensificó en 1931, cuando un barco de arrastre faenando entre los bancos de arena y bajíos de los bancos Leman y Ower al este de The Wash sacó a relucir una elegante cornamenta de púas que data de una época en que la zona era una tundra. Con posterioridad, otros barcos han extraído restos de mamuts y leones, entre otros restos de animales terrestres, y un pequeño número de herramientas prehistóricas y armas que utilizaban los habitantes de la región.

[2]La isla de Dogger, la última superviviente de Doggerland, podría haber sido eliminada del mapa por el tsunami de Storegga hace poco más de 8.000 años, acabando definitivamente con el único puente de tierra que unía a Gran Bretaña con Europa. Los investigadores de Cambridge cuentan que este fenómeno azotó el noroeste de Europa provocando un impacto devastador en las comunidades mesolíticas contemporáneas. Sin embargo, este no fue el único culpable de la destrucción de Doggerland ya que durante esta etapa el planeta sufrió una fuerte glaciación en la que los polos se extendieron casi hasta los trópicos. Una masa de hielo que provocó que el nivel del mar quedase a muchos metros de distancia por debajo del actual. Un hecho  que se traduce en que importantes territorios que en la actualidad se encuentran bajo el océano, antes estaban expuestas, como es el caso de esta zona meridional del Mar del Norte. Una vez que el hielo se derritió, gran parte de Doggerland quedó sumergida, con una única superviviente: la isla de Dogger. Ahora bien, más tarde esta tuvo que enfrentarse a una importante inundación provocada por el tsunami de Storegga. Los investigadores explican que hace 8.150 años se produjo un deslizamiento submarino frente a las costas de Noruega, conocido como Storegga Slide que movió 3.200 kilómetros cúbicos de sedimento y tuvo lugar frente a la plataforma continental de Noruega, así como estimuló en el Mar del Norte un gran tsunami que golpeó con fuerza las costas circundantes, provocando un aislamiento entre Gran Bretaña de Europa, como aseguran muchos científicos. El grave problema es que hasta la fecha no ha sido posible recuperar registros arqueológicos del impacto del tsunami en Doggerland, aunque los expertos especulan que el archipiélago de Dogger logró sobrevivir durante varios siglos más, hasta hace aproximadamente 7.000 años, cuando se hundió definitivamente para convertirse en el extenso banco de arena submarino conocido hoy como Dogger Bank. El tsunami de Storegga fue provocado por un gigantesco deslizamiento de tierra submarino en el Mar del Norte que tuvo lugar hace unos 8.150 años. La catástrofe, de una escala desconocida en la zona, dejó su rastro hasta 80 kilómetros tierra adentro en Escocia y tuvo un impacto asolador en la población humana, probablemente matando a miles de personas.

[3]Los especialistas creen que este evento pudo significar que Doggerland, que ya estaba parcialmente inundado por el aumento del nivel del mar después de la última glaciación, hubiera quedado sumergido definitivamente. Sorprendentemente, un archipiélago sobrevivió a este desastre natural. Y este pequeño grupo de islas podría haber jugado un papel clave en la región durante la prehistoria. A partir de estos puntos dispersos en medio del mar, los humanos podrían haber expandido la agricultura por todo lo que ahora es Gran Bretaña. El “deslizamiento de tierra de Storegga” que acabó provocando el tsunami es el más grande conocido del Holoceno. Movió 3.200 kilómetros cúbicos de sedimento y tuvo lugar frente a la plataforma continental de Noruega. Posiblemente provocó varias olas gigantes que azotaron las costas de la cuenca del Mar del Norte, aniquilando cualquier población humana atrapada en su camino, ya fuera en Escandinavia occidental, las Islas Feroe, el noreste de Gran Bretaña, Dinamarca o Groenlandia.

lunes, 27 de julio de 2026

Hace uuff... de años



Jeanette Anne Dimech, conocida con el nombre artístico de Jeanette, es una cantante y compositora nacida en Londres (Inglaterra), de madre española y padre belga de ascendencia maltesa, pero nacido en la República Democrática de El Congo. Se inició en la música a los quince años, cuando estudiaba en el Marymount Scholl, un colegio de monjas estadounidense ubicado en Barcelona, en el exclusivo barrio de Pedralbes. Se unió a un grupo folk que estaba liderado por los hermanos venezolanos Brenner que, tras la incorporación de Jeanette, acabaría llamándose Pic-nic. Después de grabar algunos singles y un álbum en 1968 en el que se incluyó el conocido tema “Cállate niña”, compuesto por ella misma (Jeanette sabía que el grupo no tenía éxito con sus canciones, decidió escribir y obligó a su mamá a comprarle una guitarra, así aprender a tocar y presentar su música a los demás jóvenes; a los demás le gustaron la música escrita por Jeanette, de simples sonidos), abandonaría la banda debido a la presión de sus padres, se casó y se dedicó a las labores domésticas hasta que, un buen día, contacto con ella el productor Rafael Trabucchelli para que se hiciera cargo de un nuevo proyecto musical en torno a una canción, titulada “Soy rebelde”, que el compositor Manuel Alejandro había escrito para la cantante mexicana Sola. Manuel Alejandro le propondría el tema a Rafael Trabucchelli, que fue quien pensó en aquella chica, de apariencia lánguida y frágil, como posible intérprete para esta canción. “La verdad es que cuando me presentaron Soy rebelde no quería cantar ese tema. No era el estilo que había tenido con Pic-nic. Después de tres semanas de discusiones con la casa disquera la grabé y al final tuvo éxito (pues del tema se grabaron luego versiones en inglés, francés, italiano, chino, portugués y japonés)». “Soy rebelde” fue un éxito inmediato y, de algún modo, se convirtió en un himno para muchos jóvenes, que aún vivían en España bajo el yugo del tardofranquismo. La letra era realmente inofensiva, incluso algo edulcorada, tan sólo hablaba del clásico sentimiento de incomprensión entre adolescentes y adultos, esos seres casi malignos que fomentaban la desdicha de los primeros y les impedían sentir, vivir y amar, no fue muy bien recibida por la censura franquista; si no prohibieron totalmente la canción –parece que se prohibió su interpretación en presencia de menores de dieciséis años- fue porque, al fin y al cabo, estaba cantada por una inglesa que, además, parecía muy modosita. Es increíble que, con Franco a cuatro años de morir, aún estábamos con el tabú de las palabras prohibidas. Lo de «rebelde» y «rebelión» debía ser algo así como invocar al demonio, menos mal que lo decía una chica pijita que parecía no haber roto un plato. Efectivamente, esa era nuestra España. Jeanette grabó “Soy Rebelde” en 1971, con arreglos del músico y director de orquesta argentino Waldo de los Ríos, con quien Jeanette acabaría congeniando muy bien y mantuvieron esta amistad hasta el fallecimiento de Waldo en 1977; unos días antes habían cenado en un restaurante parisino, incluso fueron fotografiados juntos. Waldo de los Ríos se suicidó de un disparo en la cabeza; en su casa se encontró una fotografía, en la que se podía ver juntos a Waldo y Jeanette; la policía investigó el asunto, y ella fue llamada a declarar: “Waldo era una persona depresiva, tenía una vida tormentosa y no le gustaba envejecer, tenía un complejo de Peter Pan”. 

 

sábado, 25 de julio de 2026

La viuda de Lehár



El compositor austrohúngaro Franz Lehár (1870-1948) es famoso por su opereta
Die lustige Witwe (La viuda alegre), una de las obras más queridas y duraderas de su género. Hitler se refirió a la opereta como "igual a la mejor ópera", y se rumorea que fue la única pieza musical que el dictador tocó durante los dos últimos años de la guerra. Lehár y su opereta no se han visto empañados por su asociación con Hitler, en gran parte porque el compositor mantuvo un perfil bajo durante la guerra y murió poco después. Franz Lehár estudió violín desde muy joven e ingresó en el Conservatorio de Praga a los doce años, donde Antonín Dvořák le animó a dedicarse a la composición. En 1905 se le pidió que escribiera la música para La viuda alegre, con un libreto alemán de Viktor Léon y Leo Stein basado en una comedia francesa de 1861 de Henri Meilhac. La obra tuvo un éxito inmediato en Viena, marcando el comienzo de una nueva era de la opereta vienesa. Lehár utilizó la música de vals, el folclore tradicional de Europa del Este y el cancán parisino para revitalizar la opereta como género. Lehár permaneció en Austria durante la Segunda Guerra Mundial, negándose a involucrarse en política pero beneficiándose económicamente de la promoción de Hitler de La viuda alegre. La esposa de Lehár, Sophie, era judía, pero Hitler se aseguró de que fuera protegida aunque ello no impidió que fuera investigada. Después de la guerra, Lehár mantuvo un perfil bajo. Mi conciencia está tranquila", dijo, "mi Viuda Alegre era la opereta favorita de Hitler. No es culpa mía". No está claro hasta qué punto Lehár disfrutaba de la relación con Hitler. Era apolítico y es poco probable que fuera antisemita. No obstante, se benefició económicamente de las representaciones de La viuda alegre en el Tercer Reich y no decidió abandonar el país, a pesar de la situación de su esposa. Aunque la conexión entre Hitler y La viuda alegre no es muy conocida -y menos si se compara con Wagner, por ejemplo-, otros compositores han utilizado citas de su partitura, aludiendo a su asociación con el régimen nazi. Centrándonos en la obra, la identificación de determinados ritmos o géneros musicales como emblemas de ciertas épocas, permite identificar al vals como una de las expresiones más representativas del romanticismo, aun cuando puedan rastrearse sus orígenes mucho antes o pueda reconocerse en este género una serie de mutaciones importantes durante todo el “siglo XIX largo”. Efectivamente y más allá de haberse mantenido las características intrínsecas a este ritmo (una danza de tres tiempos), no hay dudas de que los valses cultivados por Chopin y concebidos para ser ejecutados primero en los salones íntimos y luego en las salas de concierto, fueron diferentes a los creados por los Strauss para los grandes salones de fiesta, o los que impregnaron de modo inconfundible las operetas del propio Johann Strauss y de Franz Lehár. Pero más allá de las mutaciones que fue experimentando con el paso del tiempo, los historiadores de la música coinciden en ubicar al vals como una expresión bien representativa del romanticismo, así como el producto de un titubeo a la vez técnico y social y como una de las formas de baile más logradas. Y aún más pues su aparición en la segunda mitad del siglo XVIII, íntimamente vinculada a los sobresaltos de la Europa política y cultural, se corresponde con una transformación en los valores y con una revalorización de la libertad de movimiento y de pensamiento. Cierta sociedad se reconoce en el vals; esta es una danza asociada a la aparición de la burguesía como clase social. La más difundida de las operetas de Lehár, estrenada cuando arrancaba el siglo XX, en 1905, constituye un buen ejemplo en el que visualizar tanto aquellos componentes de los que da cuenta el vals como ritmo arquetípico, pero también de otros aspectos de ese período tan particular circunscrito entre 1870 y el inicio de la Primera Guerra Mundial. En efecto, a lo largo del siglo XIX, el vals ocupa todo el espacio social, está en el centro del baile público, participa en la construcción de las naciones europeas. Hay un estrecho vínculo entre vals y política. Así como el melodrama o la gran opéra funcionaron como expresiones musicales por antonomasia de la Italia y la Francia de buena parte del siglo XIX, la opereta en tanto variante del teatro musical –de la mano del infaltable vals- no tardaría en devenir la expresión con la que el imperio austro-húngaro de entonces y, en particular, su capital, Viena, habrían de quedar plenamente identificados. Pero junto con el carácter emblemático del vals y de la opereta también como género representativo de un tiempo y de un espacio específico, hay en La viuda alegre otros componentes que revelan de modo inocultable aspectos cruciales de ese tránsito entre dos siglos. Y mucho más que eso: de ese clima que se fue gestando y que culminaría en la tragedia en la que se vería sumida toda Europa durante varios años. Emergen de esta pieza, rasgos que dejan ver la etapa particular que estaba atravesando el régimen capitalista –con una burguesía cada vez más consolidada y segura de sí- y, también, síntomas de la fragua de un inocultable espíritu nacionalista.