lunes, 21 de septiembre de 2026

Detrás de un gran hombre....

 


Ben A. Barres (nacido como Barbara), fallecido neurobiólogo de la Universidad de Standford, en Estados Unidos, con importantes trabajos sobre la interacción entre las neuronas y las células gliales o auxiliares en el sistema nervioso, que hizo una transición de sexo en 1997, reconoció que sus descubrimientos tenían menos aceptación cuando los firmaba como mujer (después de impartir su primer seminario como hombre, se oyó comentar a un científico asistente: «Ben Barres ha dado hoy un gran seminario, su trabajo es mucho mejor que el de su hermana [pensando que Barbara era su hermana]»). Pero esto no solo sucede en el campo de la ciencia, han existido muchas mujeres artistas olvidadas a la sombra de los hombres: de sus maridos, de sus padres o incluso de sus ayudantes; dicen que “detrás de todo gran hombre existe una gran mujer”; y el tiempo (y el esfuerzo de los que trabajan para recuperar a las mujeres artistas) está demostrando que algunos han llegado a ser grandes apropiándose del trabajo de ellas. En algunos casos, digamos que por omisión, ellos se llevaban los méritos. Este es el caso de Robert Capa, seudónimo detrás del cual se encontraban dos  fotoperiodistas: Gerda Taro y Endre Erno Friedmann. Cuando Gerda Taro murió, Friedmann siguió utilizando el seudónimo, y por lo tanto él se llevó todos los méritos del trabajo realizado por los dos. Luego están los casos en los que era la misma sociedad la que dejaba a las mujeres artistas a la sombra de sus maridos asignándoles la etiqueta de “mujer de” o “amante de”; pero de su trabajo nadie hablaba. Las pintoras Gabriele Münter y Francoise Gilot fueron eclipsadas por Kandinsky y Picasso respectivamente; y no sería hasta después de la muerte de la fotógrafa Lee Miller que se recuperaría su legado gracias a los esfuerzos de su hijo. Pero no siempre ha sido por esas cosas: los comerciantes de arte borraron la firma de Judith Leyster porque las obras firmadas por una mujer tienen menos valor que las de los hombres; y hace unos años, la artista Fumiko Negishi además de denunciar a Andrés de Felipe por despido improcedente, le reclamó que le reconociese la autoría y coautoría de varias obras que el artista habría exhibido y vendido sin reconocer su trabajo. Como dijo Virginia Woolf: “Me aventuraría a decir que Anon., que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer”. Que los editores piensen que las novelas firmadas por mujeres atraen menos público no es cosa del pasado, así lo aseguró en la BBC la autora de Harry Potter, J.K. Rowling, a quien le sugirieron que esconder su género era la mejor opción para asegurarse un mayor número de ventas. 


Y luego están las inclasificables, como quien recordamos hoy, Gala Dalí, una intrusa en todas partes, icono y musa de surrealistas, creativa y libre, odiada y amada a partes iguales, que no dejaba a nadie indiferente, despertaba devoción y rechazo con idéntica vehemencia: Lorca sintió por ella una especial querencia, pero Buñuel o Breton la detestaban porque tenía una personalidad muy fuerte. Más que belleza, era su magnetismo lo que no dejaba indiferente, como si siempre quedase algo en ella por descubrir. En cualquier situación era ella misma, no le importaba lo que pensasen los demás, no disimulaba si algo le disgustaba, no se esforzó nunca lo más mínimo por caer bien. Por eso chocó frontalmente con Buñuel, aunque siempre mantuvo que él se sintió atraído por ella, cosa que pudo ser cierta. Era altiva, inaccesible, y tenía una gran vida interior. La red de afectos de Gala era escueta y predominantemente masculina. A Éluard, Ernst y Dalí se añade otro enorme pintor –Giorgio de Chirico–, y una relación un tanto morbosa y freudianamente perversa con su hermano y su padrastro. No hay constancia de que se interesase por otras mujeres de la órbita surrealista, como Remedios Varo, Maruja Mallo o Leonora Carrington, y la mayoría de la gente le aburría. A Simone, la esposa de Breton, Gala le resultaba insufrible. Se puede entender la antipatía que despertaba entre las mujeres observando la atracción que sentían por ella los hombres, pero hubo una excepción: la poeta Marina Tsvetáyeva, a quien se sintió muy unida y gracias a la que Gala conoció la poesía, un territorio que nunca abandonó. Su carácter arisco no le facilitó las cosas. Era la intrusa. Sus padres le inculcaron una desconfianza hacia todo y todos, que se acentuó a reconocerse como una intrusa allí donde estaba, y comprendió que como tal no podía fiarse de la gente, sólo de sí misma. Tuvo cierta obsesión por ser autosuficiente, sobre todo en el aspecto económico. No olvidaba que estuvo enferma de tuberculosis y que podía recaer en cualquier momento y, por otro lado, muy joven vivió cómo la Revolución Rusa arruinó a muchas personas de su entorno.

 

Nacida en Kazán (Rusia) con el nombre Elena Ivánovna Diákonova, Gala creció en un hogar en el que el dinero era tan abundante como los libros. A los once años, el padre de la pequeña falleció y, poco después, su madre, una mujer rusa culta y aristócrata, se casó con un abogado a quien Gala consideró su verdadero padre y se trasladaron a Moscú, donde a la niña llamaban “Galia”. A los dieciocho años, Gala, que sufría de tuberculosis, dejó la fría Moscú para trasladarse al sanatorio Claudel, en Suiza, cerca de Davos, donde le recetaron un fuerte medicamento que afectó gravemente a su salud física y mental, pero la estancia en el sanatorio también le trajo cosas buenas: Gala compartió el espacio con otros jóvenes artistas, entre los que se encontraba un incipiente poeta de diecisiete años ingresado por la misma enfermedad, conocido, por aquel entonces, como Paul-Eugène Grindel: era el futuro escritor Paul Éluard, con el que se casó en París en 1917 y con quien tuvo su única hija, Cécile, que se quedó al cuidado de su suegra. Fue un matrimonio a tres, ya que formaron un triángulo amoroso junto al artista Max Ernst, amigo íntimo de Éluard. Juntos viajaron a Cadaqués, donde conocieron a Salvador Dalí, diez años más joven que ella. “¿Qué hace una mujer como yo en España?”. Esto se preguntaba Gala cuando llegó a Cadaqués en el verano de 1929. La pregunta tenía cierto sentido: ella era una mujer de mundo, sofisticada y culta, y la España de los años 20, más todavía un pequeño pueblo de la costa catalana, sin turistas entonces, estaba muy lejos de los ambientes que acostumbraba a frecuentar. El motivo que la había llevado allí era sobre todo económico: Cadaqués era un destino mucho más barato que el sur de Francia en el que pasar las vacaciones, y a Gala y su marido Paul Éluard no les sobraba el dinero. Joan Miró había presentado a Paul al joven Dalí en una sala de baile de París, y la idea del veraneo en el pueblecito parecía seductora; allí partieron los Éluard con su hija Cécile, el galerista Goeman y su esposa y René Magritte y su mujer Georgette Berger. Se alojaban en el Hotel Miramar, todavía abierto hoy con el nombre de La Residencia. Aquel verano aciago determinaría todo su futuro. A Dalí le encantó Gala desde la primera vez que la vio, con su aire andrógino, sus ojos oscuros y la nariz aguileña; la describió como un “efebo en femenino” y creyó reconocer en ella un amor de infancia. El proceso de su enamoramiento puede considerarse muy típico o todo lo contrario; al fin y al cabo, el escenario era un clásico paisaje mediterráneo, la bahía de Portlligat por la que Dalí y Gala comenzaron a dar largos paseos, pero el objeto de sus charlas no lo era tanto: hablaban sobre traumas infantiles, surrealismo y coprofilia. Como si no fuese ya abundante la presencia de artistas allí, también apareció Buñuel para trabajar junto a Salvador en el proyecto de la película La edad de oro; desde el principio, el aragonés odió a Gala. “De la noche a la mañana, Dalí ya no era el mismo”, cuenta en sus memorias. “Toda concordancia de ideas desapareció entre nosotros, hasta el extremo de que yo renuncié a trabajar con él en el guion de La edad de oro. No hablaba más que de Gala, repitiendo todo lo que decía ella. Una transformación total”. Según Dalí, éste se llevó “una decepción terrible, pues había venido a Cadaqués con la idea de colaborar conmigo en el guion de un nuevo filme, mientras yo estaba más y más absorto en alimentar mi locura personal y sólo podía pensar en esto y en Gala”. Gala y Dalí se casaron por lo civil en 1932, en el santuario de Els Àngels, en Gerona, y por el rito católico en 1958, tras dispensa del Papa Pío XII. «Sólo ella me salvó de la locura, de una muerte temprana», escribió en sus diarios el pintor.

 

Dalí jamás habría sido Dalí sin Gala. Él la reconoció como coautora de muchas de sus obras (Dalí firmó sus "mejores obras" con el nombre conjunto de ambos, "Gala Salvador Dalí") y, en general, del proyecto daliniano que ambos elaboraron en conjunto. Más allá de su relación con el pintor catalán, Gala fue una mujer indómita, cautivadora, intelectual y creativa que desarrolló su propia obra surrealista y se convirtió en uno de los personajes más icónicos del movimiento. El romance entre ambos empezó durante aquellos días en Cadaqués y continuó cuando Paul regresó a París y Gala se quedó en la Costa Brava, asegurando que lo hacía para beneficiar la salud de su pequeña hija. En la capital francesa, André Breton, padre del surrealismo, había introducido a la pareja en el círculo artístico de la ciudad, donde ambos habían deslumbrado a los intelectuales; especialmente Gala, que no dejaba indiferente a nadie. Pero tras conocer a Salvador Dalí, la joven creadora rechazó regresar a aquel mundo, dejando al gran poeta Éluard por un joven artista al que aún no conocía nadie. Para lo pública que parecía ser la vida de la pareja y lo mucho que les gustaba montar un espectáculo, a lo largo de sus más de 50 años juntos, Gala y Dalí fueron muchas cosas: el genio loco “avida dollars” y la musa, el enigma, la extranjera, la bruja, hasta fundirse en lo que parecía un único ente. Contar su historia supone hablar de algunas de las personalidades más fascinantes de su tiempo, de arte revolucionario, de sexualidad heterodoxa, de violencia, dinero y surrealismo atravesando un convulso siglo XX. Después, los acontecimientos se precipitaron hasta el inicio de la guerra civil, durante la que asesinarían a Lorca. En el verano del 35, Lorca y Gala se conocieron y quedaron fascinados el uno por el otro, pese a que la reacción del poeta cuando se enteró de que Dalí vivía con una mujer no había sido muy entusiasta, según recoge Gibson. En octubre de ese mismo año dejaron la casa de Portlligat llevándose todo lo que tenían de valor, preocupados por el convulso ambiente político, pasaron la guerra civil en Francia, pero en cuanto terminó esta, empezó la segunda guerra mundial, y Gala se puso a organizar el exilio (dorado) a Estados Unidos. Pero antes de embarcar desde Lisboa, Dalí quiso volver a Figueres a despedirse de su padre y su hermana Anna María, quién sabe si por última vez. El panorama que se encontró fue desolador. Su padre, notario libertario de tendencias casi anarquistas, era ahora un franquista convencido, igual que muchos de los antiguos republicanos y catalanistas de toda la vida con los que había tratado. “El ensayo revolucionario ha sido tan desastroso que todo el mundo prefiere Franco”, escribía en una carta el pintor. Desde Lisboa, junto a Man Ray y René Clair, los Dalí embarcaron para Estados Unidos en agosto de 1940.

 

Gala y Dalí volvieron en el 48 a la España franquista, con no poca polémica por oposición por ejemplo a la figura de su antiguo amigo Buñuel, que permaneció en el exilio. En el gris panorama de la época su particular visión artística y sus famosas excentricidades resultaban tan llamativas como inofensivas. Para entonces, la leyenda negra de Gala, que venía desde los tiempos en los años 20 en los que alternaba con el círculo de las vanguardias como esposa de Éluard, se fraguaba hasta llegara su apogeo, como chivo expiatorio en el que era fácil descargar las culpas de su marido, la verdadera responsable de su transformación en “avida dollars”. Si Dalí pintaba mal o era pretencioso, culpa de Gala, si no se tragaba los trances de Breton, culpa de Gala, ella siempre estaba disfrazándose, disimulando, echaba las cartas, era una bruja. Breton la temía. Pero sus aspiraciones eran muy lícitas: ser rica y famosa. Eso lo quiere cualquiera. Durante los años 60, Dalí adquirió una categoría casi legendaria, se relacionaba con todo tipo de gente ya fuera montando happenings en Cadaqués, asistiendo a fiestas en París o dando uno de sus famosos tés neoyorkinos en el St. Regis, su casa de Portlligat, muy lejana ya a aquella choza de pescadores que había alquilado, se transformó en un destino de peregrinación de hippies, bohemios, turistas y curiosos llegados de medio mundo. Allí acudieron por ejemplo John Lennon y Yoko Ono después de casarse en Gibraltar. Dalí declaraba “me gusta estar rodeado de toda clase de gente, lo más joven y guapa posible”, y lo conseguía con creces.


En 1969, Dalí le regaló a su compañera el castillo de Púbol, un espacio que fue para Gala la famosa habitación propia que Virginia Woolf reclamaba para las mujeres creativas. La artista aceptó el regalo con una única condición: Dalí solo podía entrar en el castillo si ella le mandaba una invitación previa. Así, Gala se refugió entre las paredes de lo que ser convirtió en su pequeño universo, un lugar en el que floreció como escritora y como artista de objetos surrealistas, en el que redactó sus memorias en una libreta Moleskine repleta de cambios, tachaduras y correcciones, detalles que ponen en evidencia el perfeccionismo y la voluntad literaria de la autora. Tras toda una vida dedicada al arte, Gala falleció en Portlligat y enterrada en su preciado castillo de Púbol, donde Dalí había ordenado construir dos criptas, una junto a la otra, en las que las manos se entrelazaban bajo tierra. Desconsolado, el artista se trasladó al castillo, donde deseaba permanecer los últimos años de su vida hasta que pudiera ocupar el espacio vacío que había quedado junto a Gala. Sin embargo, a causa de un incendio en 1984, Dalí tuvo que trasladarse a Figueras, donde fue enterrado. Así, Gala quedó resguardada para siempre bajo los cimientos de su habitación propia, su templo creativo, el lugar en el que, lejos de la mirada pública y para desconocimiento de muchos, vivió una de las artistas más icónicas y desconocidas del movimiento surrealista. Después de tantas fricciones, en su testamento, Dalí, legaba su obra, patrimonio y derechos al gobierno español. Los escenarios de su vida –Portlligat en Cadaqués, Figueres y el castillo de Púbol– se han convertido en un destino turístico de primer orden, el conocido como “triángulo daliniano”. Sigue siendo uno de los pintores más populares del siglo XX y, como se encargó Gala de construir a lo largo de su vida, una marca muy rentable. «Yo sé dónde está/ el pan de vida/ tan blanco es/ que cerrando los ojos/ lo continuo a ver por transparencia/ pan de vida/ yo sé dónde está el horno/ en las llamas del cual/ he visto prefigurada/ la imagen tan amada/ de Gala». Esos versos de Salvador Dalí retratan lo que era Gala, intrusa, musa y pan de vida.

 

 

 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

Avant la lettre


Una de las primeras canciones de éxito, de 1968, del cantante catalán Lluís Llach, hoy más conocido por haber sido recientemente diputado soberanista del Parlament de Catalunya (representante de una generación de músicos suficientemente amplia -cosecha de 1948-, se descubrió su obra en una copia ciclostilada de L’estaca, La gallineta o alguna versión apócrifa del mismo El bandoler), fue “El bandoler”, una canción en la que Llach canta con dos tesituras de voz muy distintas. La letra tuvo pequeñas modificaciones a lo largo del tiempo. En la contracubierta de este disco, el autor explicaba la génesis de la canción: “Un amigo de Valls me dejó un libro que trataba de los mossos d'esquadra y de los bandoleros del siglo pasado ("Historia de las escuadras de Cataluña", de José Ortega Espinós, de 1859), y encontré la historia del bandolero Joan Serra; su carácter me impresionó, se me ocurrió una letra y encima puse una música, procurando que tuviera tantos contrastes como el personaje y los cambios de voz estuvieran muy marcados. Así nació “El bandoler””. Pero, ¿quién fue Joan Serra? ¿Por qué le llamaban 'La Pera'? Parece que nació en Valls y cuando tenía diez años entró en unos terrenos del Mas Robuster con unos amigos, el propietario les sorprendió robando peras y les persiguió. Serra se encaró y recibió un tortazo. El futuro bandolero respondió con una frase lapidaria: "Los niños se hacen mayores y yo no olvidaré lo que ha pasado". Su vida cambió definitivamente durante la guerra de la Independencia española; Serra había sido reclutado para ella pero disparó y mató al cabo Francesc Rosell, se escapó, cambió de bando y se unió a un grupo de afrancesados con carta blanca para hacer lo que les apeteciera. Según la leyenda, Serra se distinguió por su crueldad: mataba por el gusto de matar y encontraba placer al ver morir a sus víctimas. Eso sí, antes de cada asesinato dejaba tiempo a la víctima para rezar un Credo y después ponía dos velas en la ermita de la Virgen del Carmen de Valls. Un día, Serra regresó al Mas Robuster, fue a buscar al campesino, le recordó su encuentro de años antes y lo golpeó hasta creerle muerto pero el propietario de El Mas aún tuvo tiempo, en medio de la agonía, de contar la historia a unos conocidos que le fueron a auxiliar. Por aquellos hechos, por haber matado a un hombre por una pera, le quedó el mote: La Pera. La Pera también amó. Se enamoró de una chica llamada Maria, del Mas d'en Simó y fue en ese lugar en el que fue detenido; lo sentenciaron por la muerte de tres personas y el incendio de tres caseríos. Curiosamente, entre las muertes que se le imputaron no estaba la del campesino de Mas Robuster que dio origen a su mote. Dicen las crónicas que el día del ajusticiamiento, Valls se llenó de gente que quería seguir el final del bandolero. Joan Serra 'La Pera' fue colgado en la horca y posteriormente descuartizado. Joan Serra es un bandolero mitificado del siglo XIX; un personaje de novela. En la historia real de ese bandolero se sobreponen muchas versiones legendarias (el motivo de su renombre, el terror que sembró a la sociedad, las diferentes versiones en torno a su muerte...).  Pero la ficción lo aleja del psicópata sanguinario y lo presenta como un soldado que se puso junto a los llamados caragirats, que apoyaron a las tropas napoleónicas, por no pasar hambre y porque se sentía atraído por sus ideales. Su historia ha ido pasando de generación en generación en Valls, su ciudad natal. Y Llach la popularizó más allá de ese entorno geográfico gracias a su canción aunque cantar sobre bandoleros no era algo exactamente nuevo: ya el Nuevo Mester de Juglaría lo hizo sobre “El Pernales” y Benito Moreno (y después Boney M.) sobre “El Lute”, entre otros.



Una de las cumbres del ballet.



No tengo más ambición, en mi música (...) que hacerla clara, fácil de comprender y divertida para el público. No puedo hacer otra cosa que pequeña música, es un hecho. Me contento entonces con hacer lo que puedo, lo que sé, y estoy atento a querel público se canse de mí, para dejar de escribir". Son palabras del autor del celebérrimo ballet Giselle, Adolphe Adam (1803-1856), escrupulosamente consciente de su sencilla valía, en un periódico francés, en enero de 1855. A la retaguardia de los grandes genios musicales del siglo XIX europeo, gravitó modestamente un grupo de músicos de menor calado, los llamados "compositores menores", de los que el compositor francés Adolphe Adam fue uno. Hijo de un pianista de cierto renombre, no destacó gran cosa durante su paso por el Conservatorio de París, adonde ingresó a los 21 años, si bien desde que tenía veinte era reconocido en París como un diestro compositor de canciones para el vaudeville francés;  autor de 48 óperas y 15 ballets, Adam legó a la humanidad el célebre, eterno y hermosísimo ballet Giselle, estrenado en 1843 y la única producción de su vasta obra que se presenta hasta hoy en los escenarios de todos los rincones del planeta, con cada vez más diversas y novedosas puestas en escena. El año 1993, con ocasión de cumplirse 150 años de su estreno, Giselle se representó en La Habana a cargo del Ballet Nacional de Cuba, dirigido por la muy destacada bailarina y coreógrafa cubana Alicia Alonso. En un palco desde donde emergía una luz divina, se vio a Fidel y a Raúl Castro saborear la función, con similar deleite al de la aristocracia y alta burguesía europea de mediados del siglo XIX. La magia de la música.  Giselle es un ballet en dos actos, basado en una leyenda recogida por el poeta alemán Heinrich Heine. La historia transcurre en la Renania medieval. Al final del primer acto, Giselle, la aldeana protagonista, ya ha enloquecido y luego muerto, atravesada por la espada a raíz del engaño de su amado príncipe Albrecht. En el acto segundo, Giselle es acogida por la reina de las vírgenes muertas –junto a su cohorte de fantasmas femeninos– con una danza. Giselle se une a ellas. Más tarde aparece el príncipe Albrecht, arrepentido, a llorar sobre su tumba. La reina de las vírgenes muertas lo rechaza pero ahí estará Giselle para protegerlo y salvar la vida de Albrecht, condenado por la reina a bailar de por vida. Giselle lo sostiene hasta que las luces del alba obligan a los espectros a retirarse. Entonces Giselle vuelve a su tumba. Una última palabra sobre Adolphe Adam. De ninguna otra parte sino de su inspiración creadora es que surgió esta portentosa maravilla que regaló al mundo. Y es sorprendente, desde luego, que haya sido un artista, un creador, capaz de calificar su propia obra como "pequeña música".