Pequeños descubrimientos y pequeñas alegrías en las plataformas
televisivas: hace unos días encontré en una de ellas este maravilloso
documental de la BBC titulado The Art of the Impossible: MC Escher and Me
(2015) acerca de la relación entre el matemático británico Sir Roger Penrose y
el artista neerlandés Maurits Cornelis Escher. No sabía yo de lo intrincado de
dicha relación, que acabó convirtiéndose en colaboración y admiración mutua,
así que recomiendo echarle un vistazo al documental mientras se pueda. Incluso
el mismísimo Picasso sale por ahí. Lo más importante es que Penrose no supo nada
de la existencia de Escher hasta 1954, cuando se topó con una exposición de
Escher en Amsterdam. Fascinado, al volver a Inglaterra trabajó en algunos
diseños geométricos y matemáticos inspirados por lo que vio y el famoso
Triángulo de Penrose llegó a manos de Escher, quien le devolvió por correo una
nueva obra que había creado inspirado por el famoso triángulo, ni más ni menos
que Ascendiendo y descendiendo, uno de sus más icónicos trabajos. Es
interesante que hasta ese primer contacto Escher no hubiera indagado mucho más
en las «figuras imposibles» –como las llamaba Penrose– pero a partir de ahí
surgieron nuevas ideas y nuevos diseños, como el de Belvedere o la Cascada,
de los que existen cientos de variantes, algunas llevadas incluso al cine, como
la famosa escalera infinita de la película de 2010 de Christopher Nolan con
Leonardo di Caprio Inception (Origen). En el documental, Penrose
explica cómo descubrió a través de Escher las intrincadas complicaciones de la
división regular del plano, su tratamiento de las simetrías, el infinito y
otros conceptos. Escher no era matemático, pero irónicamente es con toda
probabilidad el artista más admirado por los matemáticos, con obras suyas
ilustrando todo tipo de libros y artículos relacionados con estos conceptos. Además
de eso, también inspiró el arte psicodélico de la época hippie y no pocas
portadas de álbumes musicales. El asunto tiene su miga porque finalmente fue
Escher quien con sus ideas, misterio y divagaciones inspiró a Penrose en sus
investigaciones científicas, cosmológicas y matemáticas. Algunas de las que
creó, como la famosa teselación no periódica de Penrose se las envió a Escher,
quien a su vez las convertía en diseños con animales y otros seres
interesantes. Estas teselaciones existen hoy en día como parte de la decoración
de suelos y edificios, entre otros sitios. La matemática es una ciencia que
siempre ha ejercido una enorme fascinación en numerosos artistas. Desde Fidias
(el artista griego que hace 2.500 años ya aplicaba el número áureo, el número
de la proporción divina, en sus esculturas) hasta Le Corbusier, pasando por
Leonardo Da Vinci. Pero nadie como Escher ha sabido plasmar sobre el papel sus
leyes y principios. Porque Escher no sólo pintaba o grababa: lo que hacía en
realidad era reflexionar (y a veces solucionar) con imágenes problemas de la
geometría euclidiana y no euclidiana. Lo que explica por qué es sin duda el
artista preferido de los matemáticos, muchos de los cuales han elegido sus
obras para ilustrar sus manuales científicos.

Más allá del documental, Maurits Cornelis Escher (1898-1972) nunca fue
un estudiante sobresaliente y sus conocimientos matemáticos formales se
reducían a los que tenía de la educación superior. Comenzó a estudiar
arquitectura, pero lo abandonó para centrarse en su carrera de artista gráfico.
A pesar de esta carencia teórica, las matemáticas y la geometría son un
elemento clave de su trabajo. El holandés estaba tan interesado en conceptos
como la teselación y la división regular del plano —que descubrió en la Alhambra
de Granada en 1936 donde pasó días copiando cuidadosamente los diseños
geométricos repetitivos que decoraban el palacio— que los convirtió en un
elemento central de su obra: decenas de sus grabados están rellenos de
repeticiones de figuras animadas cuyos espacios crean nuevas formas. Más
adelante, Escher se preguntó si sería posible ir un paso más allá y recubrir el
plano con figuras que, manteniendo su forma y engarzadas unas a otras, fueran
cambiando de manera regular de tamaño. La solución de cómo llevar a cabo estas
construcciones la encontró en el artículo matemático
Crystal Symmetry and
Its Generalizations y, a partir de estas investigaciones científicas —de
las que el propio artista reconocía no terminar de entender todos los
conceptos—, desarrolló un conocimiento de las matemáticas en gran medida visual
e intuitivo. En la siguiente fase, sus composiciones empezaron a explorar
errores de perspectiva en estructuras que, a primera vista, parecían
plausibles, pero que estudiadas más de cerca resultaban imposibles de crear. En
el Congreso Internacional de Matemáticos de Amsterdam, se expusieron unos
grabados suyos y, desde entonces, el diálogo que mantuvo con matemáticos y
cristalógrafos fue una fuente de inspiración para sus construcciones imposibles,
sus ilusiones ópticas y sus representaciones del infinito. Esta intersección
entre matemáticas y artes cristaliza en
Galería de grabados, en la que
desafía las leyes de la perspectiva al crear una repetición infinita y
distorsionada para la que no tenía ni los medios ni los cálculos para
completarla. Así, en la distorsión de Escher, el tamaño de los cuadrados de la
trama crecían según se movían desde el centro hacia afuera y decrecía en
sentido inverso, un bucle similar al que ocurre al quitar el tapón de un lavabo
lleno de agua. Esa era la estructura detrás de la imagen.

Pero los grabados y dibujos de Escher también ejercieron un efecto
hipnótico en otra categoría muy distinta a la de los matemáticos: los
hippies,los seguidores de la generación beatnik y los adictos en general a la
psicodelia. Un amor que sin embargo no fue recíproco y que con el paso del
tiempo y con el uso no autorizado y a destajo de imágenes de Escher en posters,
camisetas y discos acabaría dando paso a una auténtica aversión por parte del
artista hacia toda esa gente (Escher se permitió el lujo de rechazar la oferta
que en 1969 le hizo Mick Jagger ofreciéndole dinero a cambio de emplear una de
sus obras en la portada de uno de los discos de los Rolling Stones,
concretamente en
'Let it Bleed'. "
Querido Mauritius, durante
bastante tiempo he tenido entre mis manos tu libro y no dejo nunca de
sorprenderme cada vez que lo hojeo. Creo que tu trabajo es absolutamente
extraordinario", comenzaba la carta de Jagger. Escher respondió con
una escueta misiva enviada, tal como le pedía Su Satánica Majestad, a su
representante y en el que rechazaba tajantemente la oferta. "
Y por
cierto: le ruego que le diga al señor Jagger que para él no soy Maurits, sino
el señor Escher", concluía con un toque de indisimulada mala
educación). Maurits Cornelis Escher siempre fue un tipo complicado y, además,
con una tendencia irrefrenable hacia la depresión y la melancolía. Pero su
familia era rica. Así que, para tratar de sacarle de ese estado de tristeza
infinita en el que estaba encallado sus padres decidieron que unas buenas dosis
de sol, de luz y de espíritu sureño podrían ser la mejor de las medicinas y con
22 años se lo llevaron de viaje por España (Madrid, Toledo, Granada) y por
Italia (Florencia, San Gimignano, Volterra, Siena, Ravello, Castrovalva). En
España ya se sabe que se quedó boquiabierto con La Alhambra y, en concreto, con
la simetría de sus mosaicos, con la repetición de sus formas. Pero Italia
también le hechizó, hasta el punto de que siguió viajando regularmente a ese
país, donde conoció a Jetta Umiker, la joven suiza con la que se casó cuando ya
hacía un año que Escher vivía en Roma; en total estuvo residiendo en la capital
italiana 12 largos años. Escher abandonó Italia en 1936, con gran pesar; tomó
la decisión después de que un día del mes de febrero de ese mismo año su hijo
llegara a casa vestido con el uniforme de los balilla, la organización de las
juventudes fascistas, la versión mussoliniana de las Juventudes Hitlerianas. A
Escher, un tipo sensible, casi le dio un soponcio. En julio dejó Italia y se
trasladó con sus familia a Suiza, pero se llevó para siempre la impronta que
Italia dejó en su arte. Escher no era el genio autista y aislado del mundo que
el estereotipo le ha colgado. Durante su estancia en Italia no sólo se
relacionó con críticos y artistas, no sólo conoció el futurismo y el arte de la
escuela romana sino que fue permeable a algunas influencias. Con la Segunda
Guerra Mundial, el artista se estableció en Baarn, Países Bajos, donde
vivió hasta 1970. Sus dos últimos años los
pasó en la Casa Rosa Spier de Laren (al norte de los Países Bajos). Escher
consiguió gran fama en vida; sin embargo, el triunfo le llegó ya mayor, hasta
los cincuenta años dependía todavía económicamente de sus padres porque apenas
vendía unos pocos grabados. En su caso, su «descubrimiento» no fue gracias a un
marchante como suele ser habitual en los artistas, sino a un grupo de
matemáticos y científicos que le organizaron su primera exposición en Ámsterdam
en 1954, una muestra que dejaría una gran huella en muchos arquitectos que se
sintieron inspirados por el trabajo de Escher.
"
Sólo quienes intentan cosas absurdas alcanzarán lo imposible".
Eso pensaba el artista, y si por absurdo se entiende lo inverosímil, lo asombroso
y lo paradójico, a eso dedicó él justamente la mayoría de sus 73 años de vida:
a explorar el terreno de lo increíble, a transformar la materia real en
imágenes irreales, a bucear en el infinito, a investigar el mundo de las
simetrías, a crear mosaicos pictóricos en los que las figuras que los componen
se transforman casi por arte de magia en otras... Todo ello, con obsesiva
precisión matemática. Su profundo interés por la naturaleza y su increíble
capacidad de observar el mundo de un modo distinto queda atestiguado por sus
dibujos de escarabajos, saltamontes, flores y charcos, y también le fascinaban
paisajes, especialmente los montañosos, algo fácil de comprender si se tiene en
cuenta que su Holanda natal es un país tan plano que con sus 112 metros el
campanario de Utrech es el segundo punto más elevado del país. "
Mi
trabajo es un juego... Un juego muy serio", sentenció en alguna
ocasión, porque a Escher le gustaba jugar, le maravillaban los juegos y las
ilusiones ópticas, algunas de las cuales llegó a conocer de forma intuitiva y
otras a través del estudio, y también le extasiaban los objetos imposibles,
esos objetos que sobre el papel parecen lógicos, posibles, pero que si tratan
de llevarse a cabo en tres dimensiones no hay manera de realizarlos, y las
exposiciones de su obra siempre incluyen juegos, pensados para distintas
alturas, para que tanto niños como adultos puedan adentrarse de manera lúdica
en el complejísimo mundo de este artista. El infinito fue también otra de las
grandes obsesiones. Pero, a pesar del aire metafísico que destilan la mayoría
de sus obras, Escher se declaraba ateo. Aunque en alguna ocasión aseguró que no
estaría mal que existiera el punto omega, el punto de máxima complejidad y
conciencia al que según el científico jesuita Pierre Teilhard de Chardin tiende
el universo en su evolución. Porque en lo que desde luego Escher sí que creía
era en la sacralidad de la naturaleza.

Escher es el maestro de las figuras imposibles, las ilusiones ópticas y
los mundos imaginarios, siempre interesado por representar con
tridimensionalidad espacios paradójicos que desafían a los modos tradicionales
de representación, se podría decir que abrazó el relativismo de su época. El
mundo es mucho más de lo que se nos presenta ante el ojo, como bien sabían los
artistas, literatos, intelectuales y científicos de la época; el mundo es
inquietantemente relativo. Escher es un artista difícil de clasificar aunque
muy ingenuamente lo clasificamos dentro del Op-art, pero sin duda este
movimiento (posterior a él) no representa el conjunto de su trabajo. A veces
sencillo, a veces conceptual, a veces con mensaje o a veces sin él, su trabajo
se basó en soluciones a problemas, juegos visuales y muy elaborados guiños al
espectador, que a veces rozan lo onírico, lo abstracto y lo conceptual. Le
gustaba el blanco y negro, la simetría, lo infinito y lo limitado, las
metamorfosis en las figuras… El espacio es el protagonista en sus cuadros, ya
sea por su estructura, su superficie o su proyección en un plano como espacio
tridimensional. Sea como sea, sus ilustraciones son uno de los ejemplos más
interesantes del estudio del espacio y la psicología del arte en la historia.
Maurits Cornelis Escher fue un prolífico artista gráfico –se calcula que su
producción ascendió a más de 4.000 litografías y grabados en madera y unos
2.000 dibujos y borradores– que alcanzó tanta fama, que de algunas de sus obras
se hicieron miles de reproducciones y, tras su muerte, las creaciones más
populares de su legado se vendieron masivamente. Además de artista gráfico,
Escher realizó ilustraciones para libros, diseñó tapices, sellos postales y
murales. Sus figuras imposibles, mundos imaginarios y fondos reticulados con
diversos patrones se han utilizado en infinidad de portadas de revistas y libros
o en campañas publicitarias.