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domingo, 25 de abril de 2021

Cómics e historia.


Por una de esas coincidencias que a veces pasan, el otro día, al intentar medio ordenar en los 
estantes de los libros unos cómics releídos (¡qué desorden, Señor!), me aparecieron juntitos un 
libro con la edición integral del buscadísimo El Cid, del genial Hernández Palacios, un ejemplar 
de Monte Arruit, de Braña y Bermejo, y uno de Maus, de Spiegelman, seguramente porque 
todos ellos son de temática histórica y, en su día (que no me acuerdo) se pusieron juntos por 
ello. Para refrescar un poco la memoria, decir que el primero es una epopeya gráfica basada, 
muy libremente, en la leyenda de El Cid (aunque, curiosamente, el protagonista no es él), el 
segundo versa sobre uno de los episodios más oscuros, desconocidos y tristes de nuestra 
historia reciente y el tercero es la crónica de un superviviente a las cámaras de exterminio 
nazis. El “hallazgo” permite reflexionar, aunque sea muy libremente, sobre el rol de lo que 
alguien llamó “la literatura dibujada” en nuestras ideas y convicciones.

 
El cómic, ese llamado noveno arte que une la narrativa visual del cine con los diálogos y 
recursos literarios de la narrativa escrita, ha evolucionado enormemente desde esas primeras 
tiras cómicas de los periódicos estadounidenses que buscaban mostrar una moraleja antes 
que contar una historia. Autores y artistas han llevado este arte a un nivel muy superior, 
pasando a ser otro medio de transmitir historias complejas, conmovedoras o despiadadas con 
la misma facilidad con la que lo hace un libro1 o una película. La historia, como tal, debe darse 
a conocer para que no se repitan los errores pasados, y el cómic ha resultado ser un narrador 
capaz de representar con fidelidad las luces y sombras de la humanidad. El cómic ha 
demostrado sobradamente su capacidad de convertirse en medio y herramienta para 
desarrollar, por un lado, universos de ficción en los cuales el límite está tan solo en la 
imaginación de sus creadores; sin embargo, eso no ha impedido que algunos autores hayan 
preferido apoyarse en hechos y personajes históricos o épocas determinadas de la humanidad 
como contexto a partir del cual construir sus ficciones o, se hayan decantado por la 
reconstrucción de los mismos (incluyendo la manipulación descarada, como lo atestiguan los 
cómics que se publicaron en nuestra guerra -in-civil, la Segunda Guerra Mundial, la “guerra 
fría”,...) Más que un matrimonio de conveniencia, lo que existe entre el cómic y la historia pasa 
por ser un verdadero amor inmortal plagado de momentos memorables.

 

Mientras el cómic estadounidense de superhéroes se ha convertido
desde hace ya años en su 
reserva imaginativa comercial, en Europa una nueva corriente reivindica la vigencia creativa y 
cultural del medio desde una perspectiva de autor. La autobiografía, la historia (hay excelentes 
trabajos, bien documentados, de todas las épocas: prehistoria, edad antigua, medioevo, 
historia moderna, el “lejano oeste” - sí, por autores europeos -, etc.) y la historieta de trasfondo 
social (hace falta aquí reconocer en ella la labor de autores como Carlos Giménez) son los 
caminos emprendidos por estos nuevos creadores para demostrar la vigencia del cómic. 
esto es así porque hay que ser consciente de que el camino que hemos seguido marca el que 
seguiremos en el futuro y que las decisiones tomadas, buenas y malas, decidirán qué nos 
pasará más adelante. Nuestras vidas son pequeñas tiras cómicas perdidas entre las páginas 
de los cómics de temática histórica. Como en la novelaNiebla’ de Miguel de Unamuno, poco 
podemos hacer para cambiar qué ocurre a nuestro alrededor salvo protestar a nuestro creador. 
La Historia (con mayúscula) es ese conjunto de desgracias y alegrías en las que pensamos 
para intentar justificar o cambiar el mundo que nos toca vivir ahora, esas pistas que fueron 
dejadas por los que estuvieron antes que nosotros. Ya sea en las paredes de una cueva, en 
las profundidades de una biblioteca o en la memoria interna de un ordenador, el ser humano 
parece tener (por suerte) una necesidad de plasmar lo que ocurre a su alrededor para dejar 
constancia de los grandes triunfos y fracasos de cada época. Heródoto, considerado el primer 
historiador, comenzó una tradición que llegaría enormemente extendida y desarrollada hasta 
nuestros días.

 
¿Son, pues, los textos, pongamos por caso, de los poemas épicos la Ilíada o de la Odisea, de 
Homero, una representación fiel de los hechos ocurridos? Sí y no. Con ese afán, tanto de 
adoctrinar como de hacer más sencillos los hechos, es una práctica común que los autores 
(también los de cómics) mezclen realidad y ficción para narrar los acontecimientos que han 
marcado las distintas épocas, tanto en sesudos y serios textos oficiales como en obras 
declaradamente de ficción. Desde los cuentos populares, los romances, las leyendas, los mitos 
o, más recientemente, las películas y series de televisión; la historia se adapta a mil formas 
distintas con tal de ser difundida. La imaginación humana se une a la realidad social para dar 
lugar a historias humanas que, tal vez, pasaron desapercibidas durante años.

 
Analizando las obras reaparecidas en las estanterías podremos ver las dos caras de la 
moneda en el tratamiento de los datos históricos. Prescindimos en esta ocasión del Maus de 
Spiegelman en este análisis, no por nada; simplemente porque su temática no forma parte 
directa de nuestra historia, pese a que, ciertamente, la locura nazi está incorporada a la
historia de toda la humanidad, y nos centraremos en los trabajos de Hernández Palacios y del 
equipo Braña-Bermejo

 

Para empezar por
El Cid, Hernández Palacios la desarrolla en cuatro álbumes (nunca llegó a 
dibujarse el quinto álbum de la serie, del que el autor dijo en 1997 que tenía planificado ya su 
argumento, pero falleció tres años después sin encontrar editorial interesada en publicarlo)  
con cuatro historias, la primera, que sirve de introducción a los personajes, consiste en la 
historia de la dama Usúa (nombre en euskera que viene de Urtsua/Ursua/Usua/Usoa - Paloma -,
por la Virgen de Ujué del Santuario-Fortaleza de Santa María de Ujué, en Navarra), la cual 
vive en un  valle alejada del mundo, la segunda  sería la de Las Cortes de León, en donde 
veremos a cada uno de los protagonistas de la familia real y las rencillas entre ellos, el tercer 
álbum es el de la batalla y toma de Coimbra y el cuarto La Cruzada de Barbastro, y la historia 
empieza justo  después de la batalla de Graus en 1063 y  concluye con  la muerte de 
Fernando I el Magno, en 1065. Estamos ante una serie de temática medieval, con un trasfondo 
histórico muy concreto, la España de la reconquista y con una documentación muy meticulosa 
por parte del autor, el cual se documenta con obras como El Cantar del Mio Cid, Historia de 
España de Menéndez Pidal o incluso la película El Cid dirigida por Anthony Mann y 
protagonizada por Charlton Heston. Palacios recrea muy bien todo el marco socio-político del 
siglo X, con alianzas entre los cristianos y los musulmanes, relaciones de vasallajes en ambos 
sentidos y disputas entre los cristianos de todo tipo. Una buena muestra de ello es la relación 
de Sancho II con el emir de Zaragoza, Moctadir, las disputas entre cristianos o el episodio de 
la Cruzada de Barbastro, en donde por iniciativa del Papa de Roma se crea un ejército de 
mercenarios que irrumpen en la península para combatir a los musulmanes, estando al margen 
las tropas castellanas. La obra de Palacios está repleta de escenas cotidianas, recordando en 
esos aspectos estéticos a la obra de mediados del siglo pasado del maestro canadiense-
estadounidense Harold Foster: soldados entrenando, páginas enteras explicando como se 
mueve un ejército por sitios infranqueables, detalles de la vida en la corte y personajes 
retorcidos y malvados que pongan el contrapunto a los protagonistas. Es importante destacar 
que la obra de Palacios estaba promovida en 1970 por la entonces nueva revista Trinca, de 
Editorial Doncel, propiedad del falangista Frente de Juventudes, aún durante la dictadura 
franquista, aunque ya en sus últimos estertores, en la que la exaltación de los símbolos 
mitos nacionales es parte fundamental de la propaganda del Régimen.

 

E
n el otro extremo, la obra de Braña y Bermejo Monte Arruit se refiere a un episodio oculto 
(¿ocultado en una historiografía que sólo narra victorias a un público “patriota”?) de nuestro 
pasado reciente, que tuvo lugar en el verano de 1921 (habrá que ver cómo se conmemora, si 
se conmemora, el centenario, precisamente este año), durante el tiempo en el que Marruecos
era protectorado español, en el curso de la guerra del Rif (también desconocida). El General 
Navarro con las tropas procedentes de la retirada de Annual (tras la grave derrota militar 
española, importante victoria para los rifeños comandados por Abd el-Krim. La batalla 
ocasionó la muerte de alrededor de once mil quinientos miembros del ejército español, de ellos, 
nueve mil españoles y dos mil quinientos rifeños afectos a España encuadrados en unidades 
indígenas, más de la mitad ejecutados tras rendirse) se refugió en el fuerte de Monte Arruit  
(localidad conocida hoy como Al Aaroui), donde quedó cercado a la espera de recibir ayuda de 
Melilla, la cual jamás llegó. La fortificación fue asediada desde el 24 de julio hasta el 9 de 
agosto en que se produjo la rendición, tras un pacto por el cual la tropa podría volver a Melilla 
entregando previamente el armamento. Los supervivientes tras deponer las armas fueron 
asesinados por las tropas rifeñas, quedando prisioneros únicamente algunos oficiales que 
fueron liberados tras el pago de un importante rescate. Fallecieron 3000 miembros del ejército 
español, la mayoría soldados, solamente lograron escapar con vida unos 60 hombres. En el 
cómic podemos ver el horror de la guerra desde el primer plano; se centra en gran medida en 
las necesidades del día a día de una plaza sitiada: la búsqueda de agua, el hambre, los 
cigarrillos, la importancia de los pozos o la pérdida de la dignidad de las personas. En cierto 
modo, vemos la deshumanización que los militares, y las personas en general (aunque es 
verdad que en el cómic se trata de militares), sufren en las guerras, las infecciones, la 
convivencia con la muerte, el sacrificio de animales, el suicidio o la deserción. El patriotismo 
queda a un lado cuando la guerra muestra su lado más cruel. Y el final, como no podía ser de 
otro modo, trágico y cruel. Fiel a la realidad. E incluye la transcripción de una carta escrita 
desde el frente por un soldado español a su novia, poco antes de morir, y que inspira en parte 
la historia que da pie al cómic. Testimonio escrito de nuestra historia real. Un cómic que sabe 
tocar la fibra y que responde a la idea del propio Braña en el prólogo, contrariamente a lo que 
hemos visto en las fuentes de El Cid de Palacios:La historia la hace quien la vive, no quien la 
escribe.

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1Como ya dio a entender Romà Gubern en su libro de referencia de 1972 El lenguaje de los cómics.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

La mujer y la Historia.

 


Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich es una escritora y periodista bielorrusa de lengua rusa, galardonada por la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura en 2015, una de las 16 mujeres que han obtenido tal distinción, en unos Premios que, en todas sus modalidades, han sido otorgados a 866 hombres, 53 mujeres y 24 organizaciones, toda una declaración de intenciones. La escritora describe la vida durante y después de la Unión Soviética a través de la experiencia de individuos; en sus libros, utiliza entrevistas para crear un collage de una amplia gama de voces y se mueve en el límite entre el reportaje y la ficción yuxtaponiendo testimonios individuales y situaciones noveladas, con lo que consigue acercarse más a la sustancia humana de los acontecimientos y para lo que tuvo que transformarse en viajera y visitar casi toda la Unión Soviética. Usó este estilo en su primer libro La guerra no tiene rostro de mujer, en el que, a partir de entrevistas, abordó el tema ignorado de las mujeres rusas que participaron en la II Guerra Mundial y comprendió con la información manejada que en realidad las mujeres son "la vanguardia de la sociedad"1.

 Según se desprende de estudios históricos, ya en el siglo IV a.C., en Atenas y Esparta, las mujeres participaron en las guerras griegas. En épocas posteriores, también formaron parte de las tropas de Alejandro Magno y, en ciertas ocasiones, las eslavas se unían valientemente a sus padres y esposos durante las guerras. Por ejemplo, durante el asedio de Constantinopla en el año 626, los griegos descubrieron muchos cadáveres de mujeres entre los eslavos caídos en combate. Además, una madre, al educar a sus hijos, siempre les preparaba para que fueran guerreros. En la Edad Moderna, la primera vez fue en Inglaterra, entre 1560 y 1650 y fue entonces cuando se empezaron a organizar hospitales donde servían las mujeres, y ya en el siglo XX, a principios de siglo, en la Primera Guerra Mundial, en Inglaterra, las mujeres fueron admitidas en las Reales Fuerzas Aéreas, entonces formaron el Cuerpo Auxiliar Femenino y la Sección Femenina de Transporte; en total, cien mil efectivos; en Rusia, Alemania y Francia también hubo muchas mujeres sirviendo en hospitales militares y trenes sanitarios pero fue durante la Segunda Guerra Mundial (sin contar el papel de la mujer en nuestra guerra -in-civil) cuando el mundo presenció el auténtico fenómeno femenino: las mujeres sirvieron en las fuerzas armadas de varios países; en el ejército inglés (doscientas veinticinco mil), en el estadounidense (entre cuatrocientas mil y quinientas mil), en el alemán (quinientas mil)… en el ejército soviético hubo cerca de un millón de mujeres, que dominaban todas las especialidades militares, incluso las más “masculinas”, llegando a surgir cierto problema lingüístico pues hasta entonces para las palabras “conductor de carro de combate”, “infante” o “tirador” no existía el género femenino, puesto que nunca antes las mujeres se habían encargado de estas tareas. El femenino de estas palabras nació allí mismo, en la guerra.

 


La pregunta que surge a la vista de este protagonismo creciente y aparentemente imparable es ¿por qué casi nunca se cita este protagonismo hasta el punto de ver a la mujer relegada o ensombrecida también en las citas históricas? Y es que las mujeres, se admita o no, han ido cambiando la historia de la humanidad, sobre todo en las últimas décadas. Baste recordar la influencia, en variados campos, de figuras como Marie Curie, Frida Kahlo, Simone de Beauvoir, Rosa Parks, Hedy Lamarr, etc., algunas de ellas ya convenientemente etiquetadas por la sociedad (patriarcal). Realmente, la sociedad debería hacer un esfuerzo por enunciar y denunciar la discriminación de la cual ha sido víctima la mujer en la historia y descubrir, por el contrario, su presencia fundamental. Y hay que partir de dos señalamientos: la discriminación ejercida a través de mitos y acepciones del lenguaje, y la ausencia a que ha sido sometida en los relatos históricos.
 

En el mito judeo-cristiano, Adán, la representación del hombre, no es hijo de una mujer, sino que es creación divina. Eva, por el contrario, la representación de la mujer, es creación posterior y derivada de aquel. En la mitología griega, Zeus representa la luz, personifica el cielo con todo su poderío y simboliza la lluvia, el viento, las tormentas, las estaciones y la sucesión de la noche y el día. Es el bien, la fuerza y la ley. Destrona a sus progenitores, los titanes preolímpicos, y se instala en el trono. Su misión es mantener elequilibrio del Universo y proteger los privilegios de los dioses. Se le representa, claro, con figura masculina. Hera, la esposa legítima de Zeus, es su propia hermana. Para conquistarla, Zeus se transformó en pájaro. Cuando Hera tomó al ave en sus manos paraprotegerla del frío, Zeus recuperó su verdadera forma y la violó. La esposa, pues, del padre de los dioses, del ser supremo magnífico y poderoso, origen de todo lo divino y creador de lo humano, es víctima de un engaño e inmediatamente violada.2 


Con esos antecedentes no es de extrañar que en los relatos históricos y tradicionales, sólo el papel del hombre es decisivo: un hombre lo salva y lo puede todo y el papel de las mujeres se oculta y se deniega. Sólo la investigación objetiva, desprovista de prejuicios y al detalle, logra esclarecer la participación de las mujeres. Culturalmente la mujer continúa señalada en una posición que niega, sobre todo en los estratos sociales más deprimidos, la posibilidad real de un ejercicio profesional y no se trata exclusivamente de las dificultades económicas: la mujer, desde niña, asume funciones de hogar y presenta por ello un mayor grado de deserción escolar; su rendimiento académico se encuentra limitado por el esfuerzo que debe prestar en las labores de casa, ya desde pequeña, y en muchos sectores, incluso, no es todavía claro el papel que puede desempeñar como profesional; se le ofrece el salario más bajo y se le colocan las responsabilidades más inverosímiles.

 En el relato de algunos hechos históricos, incluso, la decisiva acción de la mujer también ha sido subsumida por la acción de los hombres y el papel de la mujer se pierde en los episodios donde el hombre aparece por fuerza de la costumbre como protagonista. El 1º de octubre de 1789, por ejemplo, grupos de mujeres procedentes de los arrabales de París se reunieron frente al Hôtel de Ville (ayuntamiento) para demandar el pan que sus hijos clamaban con hambre en los hogares; como no había un solo funcionario en el ayuntamiento y, apenas estaba custodiado el edificio, las mujeres se atrevieron a invadirlo y a tomar las armas. Sin alguien que pudiera prestar oído a sus peticiones, decidieron marchar hasta Versalles para hablar con el rey, Luis XVI, en su propio palacio veraniego. Fue un caminar cargado de ira y decisión al que muchas mujeres se unieron hasta que, en número de siete mil, según las crónicas,llegaron al propio aposento del rey y de su esposa María Antonieta. En medio de la agitación, fueron las mujeres quienes pidieron a la Guardia Nacional reivindicar la escarapela tricolor que impulsó a la multitud contra el castillo y que obtuvo finalmente dos grandes victorias. En primer lugar, el rey fue forzado a trasladarse a París, en donde quedó a merced del pueblo. Y, en segundo lugar, el rey fue obligado a sancionar la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” que la Asamblea Nacional había redactado, que se constituyó en el pilar de la Revolución Francesa y que debería ser el corpus de todas las Constituciones.

 


El relato de estos hechos sólo alcanza unas líneas en este blog, pero, aún así, ha sido
omitido en múltiples descripciones y escritos oficiales sobre la Revolución Francesa. Ni en París, ni en el Palacio de Versalles, hay una placa o un monumento que recuerde el papel de las mujeres en ese hito histórico. La “Declaración” que le obligaron a firmar al rey, rinde culto en su título y su prosa al género masculino, y nadie, o muy pocos, saben que esa carta fundamental para la humanidad debe su vida pública y política a las mujeres. Tan sólo un artista plástico, Eugène Delacroix, inmortalizó la participación de ellas con una pintura de la época; conservada y expuesta hoy en el Museo del Louvre, pero lo hizo de manera figurada y aunque ofrece sus pechos al desnudo, no es una mujer de carne y hueso sino “la libertad (eso sí, representada por una mujer) guiando al pueblo”.

 Volvamos a nuestra Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksándrovna Aleksiévich y su La guerra no tiene rostro de mujer: “Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la «voz masculina». Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones «masculinas». De las palabras «masculinas». Las mujeres mientras tanto guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado nada a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra «femenina», sino la «masculina». Se adaptan al canon. Tan solo en casa, después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra que yo desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros. Durante mis viajes de periodista, en muchas ocasiones, he sido la única oyente de unas narraciones completamente nuevas. Y me quedaba asombrada, como en la infancia. En esos relatos se entreveía el tremendo rictus de lo misterioso... En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible. Pero ¿por qué?, me preguntaba a menudo. ¿Por qué, después de haberse hecho un lugar en un mundo que era del todo masculino, las mujeres no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos? Falta de confianza. Se nos oculta un mundo entero. Su guerra sigue siendo desconocida… Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres”.


 
Parece oportuno acabar estas reflexiones, que no son sino un clamor en el desierto, con las palabras de otro Premio Nobel de Literatura, éste hombre, Gabriel García Márquez que, en un escrito que elaboró especialmente para la revista Time en 1992 llamado Más allá del año 2000, sostiene que la hegemonía masculina ha desperdiciado una oportunidad de diez mil años, y dice: “La única idea nueva que podría salvar a la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman la dirección del mundo. Creo que la hegemonía masculina ha dilapidado una oportunidad de diez mil años. Los hombres hemos menospreciado y ridiculizado la intuición femenina, y por otro lado, a lo largo de la historia hemos sacrificado nuestras ideologías casi todas absurdas o abominables. La estructura del poder masculino ha demostrado que no puede impedir la destrucción del medio ambiente porque es incapaz de sobreponerse a sus propios intereses. Para las mujeres, en cambio, la preservación del medio ambiente es una vocación genética. Invertir los poderes es un asunto de vida o muerte”.
 
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1No tiene desperdicio al respecto la reflexión que Carlos Ruiz Zafón pone en boca de los personajes de su novela “El juego del ángel”, de la tretalogía de El cementerio de los libros olvidados:

¿Y qué me dice de las mujeres, de la otra mitad? Lo lamento, pero me cuesta ver a una parte sustancial de las mujeres de una sociedad creyendo en banderines y escudos. La psicología del boy-scout es cosa de niños.

Toda religión organizada, con escasas excepciones, tiene como pilar básico la subyugación, represión y anulación de la mujer en el grupo. La mujer debe aceptar el rol de presencia etérea, pasiva y maternal, nunca de autoridad o de independencia, o paga las consecuencias. Puede tener su lugar de honor entre los símbolos, pero no en la jerarquía. La religión y la guerra son negocios masculinos. Y, en cualquier caso, la mujer acaba a veces por convertirse en cómplice y ejecutora de su propia subyugación.

2Es llamativo que en las grandes religiones monoteístas, la mujer esté siempre sojuzgada y en un segundo plano mientras que, por ejemplo, en la cultura de los “feroces” vikingos, la mujer mandaba en la continuidad del nombre de la estirpe y el maltrato contra ella estaba severamente castigado, incluso con la pena de muerte.

domingo, 8 de noviembre de 2020

La Historia es eso, historia.

 


Piero Antonio Franco de Benedicti, conocido simplemente por su nombre Piero, es un actor y 
cantautor de canción protesta, trova y rock, ya septuagenario, casi de la edad de nuestro Julio 
Iglesias, nacido en Italia y radicado en Argentina desde su infancia, muy popular en toda 
Latinoamérica pero absolutamente desconocido en España, pese a haber vivido cuatro años 
entre nosotros porque en 1976 debió exiliarse de Argentina cuando el terrorismo de Estado 
intentó secuestrarlo en Buenos Aires. Aquí se refugió en la provincia de Guadalajara, en el 
municipio de Utande, donde encontró un viejo molino que se convirtió en su hogar, apartado 
de la actividad musical. Pocos meses antes de su regreso a América, sin embargo, Piero se 
trasladó a Madrid, dónde la retomó y empezó a traducir varias canciones italianas de cierto 
corte social que incorporaría a su repertorio.

 
Famoso por el tono sarcástico y por el ritmo melódico en sus canciones, y por su compromiso 
social, ya en 1971 la dictadura le prohíbe la venta y radiodifusión de una canción compuesta 
por Alberto Cortez, “Los americanos” (refiriéndose a los estadounidenses), en la que se retrata 
a una sociedad, con una crítica que se suaviza a través de la ironía y el tono desenfadado, 
crítica, ya digo, a la sociedad estadounidense, y no tanto, en este caso, al proceder de los 
gobiernos de EEUU, y que hoy es un icono de los revolucionarios. Una de las estrofas de la 
canción dice: “… si conocen historia / no es por haber leído / sino de haberla visto / en el cine 
americano… “ 
 
La canción parodia el cliché estadounidense y, entre otras cosas, como en la estrofa citada, se 
burla de la versión hollywoodiense de la historia, en la que los patriotas, lejos del fanatismo, 
son siempre los más valientes, las situaciones, más enrevesadas que en la realidad y los 
horrores, dependiendo de la conveniencia del momento, más escalofriantes o más dulcificados. 
Incluso, a veces, el final de los acontecimientos que narran es diferente a lo ocurrido en 
realidad, todo ello con el objetivo de que el producto resultante sea más cinematográfico.
hay quien cree a pie juntillas lo que ve en la pantalla  olvidando que está viendo cine histórico 
o de época que es, simplemente, un género cinematográfico caracterizado por la ambientación 
en una época histórica determinada, tanto si los hechos y personajes representados son 
reales como si son imaginarios1 y que desde sus inicios ha sido notorio su uso como panfleto, 
es decir, como vehículo para la transmisión de propaganda política (justificativa o crítica) de 
todo tipo de ideologías y regímenes.

 
Más allá de la historia-espectáculo o, si se quiere, de la relación de la Historia con el cine, se 
deduce de aquí que el concepto “historia” tiene bastante de subjetivo, en razón de lo que cada 
cual quiera creer como cierto o, más usualmente, qué interesa que se tome como cierto, 
prescindiendo a veces, incluso de la evidencia tantas veces repetida de que la Historia se 
ocupa del estudio del pasado de las sociedades humanas (no de los Estados; la historiografía 
oficial, frecuentemente pasa de puntillas sobre la Historia) y, pese a que el pasado no puede 
pensarse como algo desconectado de los otros tiempos, el presente y el futuro, su 
sacralización y modelización hace perder de vista la realidad. Permitidme, al hilo de esa 
evidencia, repetir aquí unas obviedades: el presente es el tiempo que estamos viviendo y, por 
lo tanto, es el tiempo desde el que estudiamos los hechos del pasado. Entonces, nuestros 
intereses y nuestras preocupaciones del presente influyen ahora en nuestra forma de ver el 
pasado (por ejemplo, al estudiar hoy la Historia de la Antigua Grecia nos hacemos preguntas 
muy diferentes a las que se hacían los estudiosos de la Edad Media, o los hombres del 
Renacimiento que estudiaban esa misma Historia); el presente se proyecta hacia el futuro, lo 
que quiere decir que nuestras acciones presentes están orientadas hacia algo que queremos 
que pase en el futuro, tanto en la vida cotidiana como en el estudio de la Historia. Con todo 
ello cobra valor el viejo adagio: ”Estudiamos la Historia (el pasado) porque nos sirve para 
aprender (en el presente) de nuestros errores, para no volver a cometerlos (para el 
futuro)”.

Historia-espectáculo.
 
Esto, que sobre el papel, todos lo entienden, se convierte muchas veces en mera teoría 
desde el momento en que se produce una ostensible divergencia entre el pensamiento 
racional y la actitud emocional que no es descabellado tildar de visceral. Todos nosotros 
nacemos (y quizá vivimos) en unos determinados lugar y momento históricos con los que nos 
sentimos identificados y consideramos nuestros. De aquí a creerlos firmemente inmutables, 
definitivos, última etapa histórica que ya no admite cambios, un pasito. Y no es así: la historia 
de la humanidad, de las sociedades, es una relación de cambios continuos, a veces rápidos y 
a veces muy lentos y, mirando atrás, todas las épocas son históricas. La nuestra, también.

 
Un ejemplo ilustrativo entre muchos: con esto de los quebraderos de cabeza con Catalunya, 
que si autonomía, que si independencia, que si república, que si no sé qué, y sin tomar partido, 
alguien colgó en las Redes Sociales un mapamundi del siglo XVIII en el que, en España, se 
citaban Castilla y Aragón (no, por cierto, León, Asturias, etc.) y no Catalunya, sirviéndose de 
ésto para lanzar un pretendido “zasca” (que ahora están tan de moda) que, realmente, 
resultaba un canto a la ignorancia de quien lanzaba el “zasca” porque, vamos a ver, tampoco 
estaban en ese mapa, por ejemplo, Chile, o Estados Unidos, o Italia, o la República Checa, 
o… ¿Y? El mundo no siempre ha sido/es/será como uno lo conoce. El pasado, incluso para 
algunos usuarios de las Redes que se muestran refractarios a admitirlo, es eso, pasado del 
que sólo se han de extraer enseñanzas (y saberlas extraer, claro), nunca tomarlo como 
modelo, y el futuro es una incógnita, nos guste o no.

 
Más espectáculo.
Desde un punto de vista psicológico, si uno nace hoy, está firmemente convencido de que el 
mundo que lo rodea ha sido siempre así, como él lo conoce, y que nunca cambiará ni puede 
hacerlo, entre otras cosas porque si lo hace de forma que este cambio le afecte de alguna 
manera a él, le podría provocar un traumática ruptura de esquemas mentales y, posiblemente, 
una merma en el sentimiento de confortabilidad con el entorno (pánico al cambio, en definitiva).
Esto, curiosamente, también es de aplicación a lo que sabemos hoy, a lo que concedemos el 
rol de que siempre ha sido así. Entre los múltiples ejemplos que lo desmienten. fijémonos en
la idea de Pangea, ese supercontinente que dio lugar a los actuales mediante los movimientos 
de las placas tectónicas; pues bien, este saber, que hoy está fuera de discusión, cuando fue 
expresado en 1912 por el geofísico alemán Alfred Wegener sólo fue motivo de burlas y 
cuchufletas hasta que se comprobó 50 años después (con Wegener muerto, por cierto).
Nada más lejos de la realidad, pues, esta inmutabilidad. Tomando como referencia los cambios 
geopolíticos que no figuraban en el mapamundi citado más arriba, y ciñéndonos a 
Latinoamérica, los países latinoamericanos son muy jóvenes; hace apenas 200 años eran 
todavía sólo colonias españolas que luchaban por su independencia y la primera mitad del 
siglo XIX (ayer, como quien dice) vio la liberación de todos ellos de la metrópoli, mientras hoy, 
como países indiscutiblemente independientes, forman parte natural del “escenario” que nos 
rodea y acompaña.

 
El estudio de la historia, ya de cada uno de esos países, continuando con ellos, nos permite 
saber (y aprender en beneficio de las personas, no de los estados, que pasan y quedan en la 
Historia - ¿qué se ha hecho del imperio romano, persa, egipcio, soviético,… español -, 
mientras las personas viven sea cual sea la época histórica) que en la segunda mitad del 
siglo XIX, una vez alcanzada la independencia, se vivieron duras luchas intestinas por el 
nuevo poder (no equivalentes a ruptura de convivencia social, como algunos quieren inducir a 
pensar en otros procesos similares) que a la postre desembocaron en un afianzamiento de la 
unidad nacional-territorial y que, ya en el siglo XX, se sucedieron en la mayoría una serie de 
gobiernos democráticos que no tenían, curiosamente, demasiado apoyo popular condicionado, 
sin duda, por el analfabetismo de la época, el voto rural y pobre del campesino al dictado del 
hacendado-patrón de turno, la prohibición del voto femenino, el alto porcentaje de inmigración 
(sin derecho a voto), el hecho fundamental de que el voto aún no era secreto, y mil razones 
más. Los dirigentes elegidos, además, pertenecían a la misma clase gobernante de antes de 
la independencia, la más acomodada, y no es baladí resaltar que los militares solían estar 
encuadrados en esa clase.


 
Pero a medida que las sociedades van siendo conscientes de los movimientos sociales en 
todo el mundo son menos proclives a votar gobiernos que sólo trabajan por sus intereses, a lo 
que hay que añadir que las votaciones empiezan a ser secretas y más libres, con lo que 
empezaron a nacer partidos en condiciones de arrebatarle el poder a la clase que siempre lo 
había tenido (como natural suyo, como también se observa ahora, cuando Trump, en Estados 
Unidos, se huele que alguien puede ganarle), lo que por cierto, condujo a conocidos golpes de 
estado protagonizados por militares apoyados por las clases conservadoras (de su estatus) y 
reaccionarias. Dejémoslo aquí.

 
Pero todo esto se ve y analiza ahora, estudiando el pasado, la Historia, no en su presente, 
ponderando, ahora por los estudiosos, si alguno de estos aspectos es aplicable al hoy y 
poniendo en valor la idea de que, pensando y diseñando el futuro que queremos para nuestros 
descendientes, estudiar el pasado nos ayuda a reconocer y evitar fallos que no queremos que 
se repitan; pero, después de saber en qué futuro se trabaja. Nunca al revés, evitando la t
entación, casi siempre perniciosa, de tomar el pasado como modelo.
 
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1Hay que respetar, no obstante, a quien está dispuesto a jurar y perjurar, en un ejemplo de nuestros pagos, la veracidad incuestionable de los hechos históricos tal como se narran en la conocida película El Cid (1961), una auténtica «epopeya cinematográfica», como la calificó su propio director Anthony Mann, protagonizada, como es sabido, por Charlton Heston en el papel del Cid y Sofía Loren en el de doña Jimena.

 

domingo, 3 de noviembre de 2019

Cómo nos han visto/ven desde fuera.

A raíz de la publicación hace unas semanas en este mismo blog de algunas reflexiones 
suscitadas por la lectura del libro “Reinos de fe. Una nueva historia de la España musulmana”, 
del historiador canadiense Brian Catlos,  han tenido lugar unos jugosos y enriquecedores 
intercambios de impresiones alrededor del papel que han jugado (y siguen jugando) en el 
conocimiento de algunos hechos históricos de nuestro país historiadores extranjeros, 
llamémosles con propiedad hispanistas. 
 
Resultado de imagen de costumbrismo

En el siglo XIX España recibe a numerosos visitantes foráneos atraídos por diferentes 
motivos: el hundimiento de su historia imperial, sus variadísimos paisajes y muestras de 
folclore o sus monumentos singulares (Théophile Gautier, Washington Irving,  Prosper 
Mérimée, George Borrow, Eugène Delacroix, entre muchos otros). Una España --eso, 
también-- convaleciente de las glorias pasadas, polvorienta, sin asfaltar, pero con gentes 
desaprovechadas, de inteligencia tan cierta como el analfabetismo que imperaba. Quizás 
aquellos visitantes románticos son el antecedente de los hispanistas que proliferaron ya en 
el siglo pasado. Destacando, en lengua inglesa, Hugh Thomas, Paul Preston e Ian Gibson, 
dedicados en particular al estudio de la cruel guerra (in)civil del 36; y, en idioma francés, una 
auténtica legión, con Pierre Vilar, Marcel Bataillon, Joseph Pérez o Jean Sarrailh, por ejemplo.  
 
El hecho histórico, como crisol del futuro, es apasionante, siempre que sea verídico. El futuro, 
como el pasado, como la misma historia, sólo son ciertos en la medida en que nos los 
creemos. Y si no nos los creemos, pasa como con las hadas del cuento de Peter Pan, que 
se mueren, y el problema de hoy es que estamos dejando que ciertos políticos (no siempre 
identificados como populistas, a veces con el autoapelativo de “serio” o “sensato”) cambien 
los hechos reales y los sustituyan por pasados, tan gloriosos como, en general, falsos, para 
transformarlos en votos reaccionarios. A medida que perdemos la memoria del horror de las 
guerras, esos populismos (es un riesgo banalizar el término) avanzan en su proyecto de 
dinamitar la sociedad desde dentro y los extremos.

Cada régimen, cada ideología se fabrica un tiempo y una historia a su medida porque, en 
general, los populistas tienden a idealizar y reinventarse el pasado; por ejemplo, los nazis 
borraron toda la historia de la República de Weimar y de la Alemania democrática de un 
plumazo. De pronto, hablar de hacía un par de años era como hoy hablar del antiguo Egipto: 
algo remoto e irrepetible, cosa que hacen todos los totalitarismos, cada uno a su modo. Los 
fascistas italianos idealizaron el imperio romano, claro, pero sobre todo apostaron por su 
futuro. Fueron futuristas. En cambio, a los nazis les interesó más releer el pasado en clave 
purificadora, su pasado era como la arquitectura neoclásica, pero imponente, abrumadora; 
para ellos, el tiempo sólo era purificación: cada año nazi era un paso más hacia la depuración 
de una raza superior. Y en la España de Franco, el período de historia que va de Alfoso XIII 
a, prácticamente, el año de la celebración de los 25 años de paz, sencillamente no existía en 
los textos, escamoteado para su conocimiento, estudio y análisis a más de una generación.  
 
Resultado de imagen de hispanistas
Los populismos (aunque algunos de ellos rechacen ese nombre) reemplazan lo que 
podríamos llamar viejos futuros con nuevos pasados. Es el America first de Trump que apela 
a un pasado que se inventa; como el de los brexiters con sus glorias imperiales; o el de 
Orbán con las supuestas glorias de su Hungría medieval. Así, cuando Trump se refiere a 
volver a una América gloriosa, la de los años cincuenta, lo hace porque piensa en una 
América que estaba sólo dominada por blancos ricos como él pero, ¿acaso no estaban los 
negros sufriendo un apartheid vergonzoso que aún perdura en muchos supuestos también 
formando parte y construyendo esa América? Y las mujeres y sus derechos, ¿acaso no 
estaban confinadas únicamente al hogar? ¿y las minorías? ¿y los inmigrantes, cimiento real 
del país?

Lo más importante, pensando en las generaciones venideras, es reivindicar el futuro que 
podemos construir desde hoy juntos desde la moderación y el entendimiento ya que si no lo 
logramos, alguien llenará el vacío con sus pasados gloriosos. Pensemos que nuestra 
sociedad actual se construyó sobre la memoria del horror de la guerra, por eso hablar de 
futuro debe ser, sobre todo, un mecanismo de evitación de conflictos. El problema es que la 
gente ataca esta idea en la medida que olvida (o le inducen a que olvide) las guerras o los 
enfrentamientos que la hicieron posible.

Probablemente, esa sea una de las principales razones por la que acudir a historiadores 
extranjeros, que nos ven desde fuera y sin presiones partidistas resulte tan enriquecedor y, 
frecuentemente, tenemos la oportunidad de comprobar que lo que consideramos novedoso, 
en realidad repite situaciones (a menudo, cíclicas) de mucho tiempo atrás. Nos apoyaremos 
para ver esta hipótesis, en lugar de en obras de historiadores archiconocidos, en la obra de 
un hispanista francés “de segunda fila” (hasta el punto que Wikipedia se ha olvidado de él), 
Angel Marvaud (1879 - 1954), y su libro de hace más de un siglo L'Espagne au xx* siècle. 
Étude politique et économique (La España del siglo XX. Estudio político y económico), que 
podemos desmenuzar buscando posibles analogías con los momentos actuales. 
 
Resultado de imagen de L'Espagne au xx* siècle.   Étude politique et économique

 
El libro se divide en cuatro partes: España política, España económica, Cuestión social y 
Expansión española en el exterior, todo ello, recordemos, referido a los albores del siglo XX. 
La primera parte es la más larga; en ella, el autor expone todas las cuestiones que 
conciernen a la vida pública del país: el establecimiento del régimen constitucional y 
parlamentario, la justicia y administración provincial; realeza y partidos políticos, el 
movimiento regionalista en Catalunya y Euskadi (Bizkaia en el libro), el clero y la cuestión 
religiosa y el ejército. Muestra la persistencia de las fuerzas del pasado, la influencia de las 
guerras carlistas, las deformaciones sufridas por el régimen representativo bajo la influencia 
del caciquismo, el enorme poder del clero y el ejército, las únicas fuerzas realmente 
organizadas en el país. 

La segunda parte trata de las finanzas públicas, la política aduanera, la agricultura, la minería, 
la industria, el comercio y la navegación, el sistema financiero, los medios de comunicación y 
la educación. El autor, en esta imagen de la España laboral, no tuvo suficientemente en 
cuenta la diversidad de las particularidades regionales, pese a que pudo mostrar alguno de 
sus contrastes. Por ejemplo, los problemas agrícolas no surgen en todas partes de España 
en los mismos términos ya que existen profundas diferencias que provienen del suelo, el 
clima, la abundancia o escasez de agua, el régimen de propiedad, la forma de vida de los 
habitantes,.... Los mismos contrastes en el campo industrial. Y la productividad, dependiendo 
de la región, es diferente. El libro, aún así, nos proporciona un estado económico muy 
completo y muy sensible. Y las conclusiones son perfectamente precisas (especialmente 
sobre el régimen minero y la industria). 

La tercera parte se resume de manera voluntaria, ya que el autor dedicó previamente a la 
Cuestión Social un estudio completo (La Question sociale en Espagne1) y aquí se contenta 
con reproducir los datos esenciales. 

La cuarta parte resume la política exterior de España en la época y expone la cuestión 
marroquí. Un capítulo está dedicado al movimiento "americanista", un tema español entonces 
poco conocido por la mayoría de los lectores franceses. 

Finalmente, unas conclusiones generales resumen todo el libro e indica las cuestiones que 
dan forma a las opiniones que, en síntesis, es que España se recuperará (recordemos que, 
en esos años, recién perdidas las Colonias, la situación de decaimiento era evidente) con la 
condición de atacar la ignorancia, renunciar al particularismo y volverse europeizada, y 
Francia (¡cómo no!)  servirá como intermediario.   
 
Resultado de imagen de La Question sociale en Espagne

El libro  es, por lo tanto, una investigación sobre la situación de España. Este no es el 
primero ni será el último de historiadores franceses y es que pocos países han provocado 
como España su curiosidad. Sería útil buscar las razones para ello: una cuestión de 
vecindario, sin duda, y cierta comunidad de recuerdos (bélicos o pacíficos); sintiendo también 
que gente idealista de ambos países es al mismo tiempo muy diferente y muy cercana. La 
obra de Marvaud es una nueva malla de unión añadida a esta cadena del interés entre 
vecinos y una contribución al conocimiento de España, pero es diferente de libros anteriores. 
Primero está separado por un siglo entero de historia, rico en eventos de todo tipo: la 
Revolución, las Guerras Carlistas, la aparición del parlamentarismo, la pérdida de las 
Colonias. Marvaud no escribe sobre impresiones de viaje, o proporcionando una visión 
personal de las cosas y los hombres de España. La originalidad de su libro es que expresa, 
más que el juicio de un extraño, la opinión de los españoles sobre su propio país.

Y resulta llamativa la atemporalidad de algunas de estas opiniones, sean propias del 
historiador en su visión objetiva externa o simplemente recogida por él. Cuando en abril de 
1907 se produjo el terremoto de la irrupción sin matices del catalanismo en la política 
española por la contundente victoria de Solidaridad Catalana en las elecciones generales 
como resultado de una impresionante movilización popular, Marvaud escribió que “el 
sentimiento de desafección (en los catalanes) existe y hará falta mucho tiempo y una política 
prudente y acertada - que, por desgracia, no prevemos – por parte del Poder Central para 
atenuarlo y hacerlo desaparecer poco a poco…, porque Catalunya ya se ha divorciado 
moralmente de la monarquía española”. 
 
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De Tísner - Avel·lí Artís Gener - en 1934. (-Ahí fuera está la cuestión catalana, que se espera. -Dile que no estoy.)

 
En 1907. Hace más de un siglo. Muchos años antes de que nacieran Mas, Puigdemont o 
Torra, pongamos por caso o, muy posiblemente, los que vengan después, si se mantiene esa 
forma de entender la política. Y el Poder Central sigue sin querer verlo (pese a que 
recientemente, en 2009, el en ese momento President de la Generalitat José Montilla – poco 
sospechoso de independentista – se desgañitó repitiéndolo en Madrid) y sin tener ni idea de 
cómo gestionarlo, manteniendo que el camino es la imposición y la represión. A lo sumo, 
actuar como 30 años después Ortega y Gasset, que opone la «realidad radical» de España 
a las aspiraciones de Catalunya, luego la única salida a la situación, en el mejor de los casos 
desde el punto de vista de Madrid, si salida puede llamarse, no es el diálogo abierto sino la 
«conllevancia», el aguantarse mutuamente, lo que anuncia, en palabras del filósofo, que 
«Catalunya continuará causando dolor a España y viceversa». Lamentablemente, sigue 
siendo una evidencia de que la mirada más objetiva y honesta es la de fuera (los árboles no 
nos dejan ver el bosque), como se puede comprobar leyendo el artículo del conocido 
escritor británico John Carlin a raíz de los últimos y deplorables hechos en Catalunya. 
Y así vamos. 
 
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1El libro “in extenso” también merece una parada de atención, principalmente por los testimonios que aporta. A raíz de la guerra con Estados Unidos por Cuba hubo en España un verdadero florecimiento de escritos, libros y artículos y la opinión pública, al menos la “élite pensante”, se encontró, después de la derrota, invadida por la ansiedad y el pesimismo. Preocupada por el futuro, buscó las causas de la decadencia. y los medios para detenerla haciendo su examen de conciencia. Toda una escuela de escritores, historiadores, juristas, economistas, etc, de los que (en el libro) Joaquín Costa, Rafael Altamira, Miguel de Unamuno son los más clarividentes y los más originales, se aplicaron al estudio de este problema, haciéndose llamar “regeneradores”. Como en los días de Jovellanos, ante la necesidad de elaborar proyectos grandiosos, que es una de las características de “la raza”, los españoles multiplican las consultas y estudios. Es en esta literatura que Marvaud encontró los elementos de su investigación, descuidando de algún modo deliberadamente las entrevistas. pero esta intervención subjetiva es conscientemente limitada. Muy a menudo, el autor se desvanece y es la opinión de las propias partes interesadas lo que aparece. Su método es eminentemente objetivo. El libro probablemente pierde color e imágenes literarios, pues no encontramos en él lo que hemos estado acostumbrados a encontrar en los visitantes e historiadores de España, la luz brillante, el olor del suelo, la anécdota. Pero eso no es lo que el autor quería darnos. Lo que el trabajo pierde en pintoresco, gana en precisión. Lo que golpea de un extremo al otro de estas páginas es la sinceridad, el esfuerzo de ser verdad, de ser imparcial entre las partes, entre los propios españoles y entre éstos y los lectores franceses. Marvaud habla del clero y la cuestión religiosa, expone los asuntos de Marruecos o los sentimientos de los españoles por otros países. El libro, escrito unos años después, habría tenido, probablemente, unas conclusiones diferentes aunque, ciertamente, habrían conservado su carácter de alta imparcialidad. Los acontecimientos de los posteriores años en España imponen al autor la obligación, no de rehacer, sino de completar su exposición. Como él dice muy bien, queda mucho por hacer para informar al público, la comunidad empresarial y la prensa, por lo general tan mal informados.