domingo, 25 de octubre de 2020

Divertimento sobre el xocolātl (original nahuatl).



He de empezar confesando que no me gusta la literatura (?) del autor brasileño afincado en Suiza Paulo Coelho, aunque, por supuesto, esta es una decisión personal y respeto escrupulosamente a quienes sí lo leen y lo siguen que, por otra parte, son legión si consideramos que, según la Wikipedia, es uno de los escritores más leídos del mundo con más de 225 millones de libros vendidos en más de 150 países, traducidos a 82 lenguas, por lo que hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales. Remirando las estanterías con esto de la pandemia...
 

Hace años leí El alquimista (había oído hablar de él y todo el mundo comentaba lo buenos que eran los libros de Coelho), esa historia del pastor de ovejas andaluz que viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro y que, en su viaje hacia las tumbas de los faraones, el personaje del alquimista le revela un secreto: “Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando” y luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque “los hombres ya no tienen interés en encontrarlo”., que es lo que se espera leer. Quizá el secreto de su masiva aceptación popular esté, precisamente, en la aplastante sencillez argumental y narrativa, que facilita la lectura de un tipo de lectores poco exigentes con los productos literarios, escribe todo aquello que la gente quiere oír-leer, y la verdadera realidad de la vida, al menos la que vive la gran mayoría de las personas. En su novela hay que tener en consideración su estilo, bastante lírico y almibarado, repleto de mensajes filosóficos y optimistas sobre la vida y la necesidad de la religión. 

El traer a colación aquí la obra de Coelho es por una extraña concatenación de ideas a propósito del título de su libro A orillas del río Piedra me senté y lloré1, que, dicho sea de paso, pretende ser una novela sobre el amor y la esencia de la vida, porque se dice eso de que las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo (y dale con los secretos), combinado con el hecho de que su autor viva en Suiza, “patria del buen chocolate”. Hablemos, pues, del chocolate, de Suiza y del río Piedra. 


Conocí a una chica que fue profesora de español durante un tiempo en Berna, la capital de Suiza, para hijos de emigrantes españoles, que, aparte de despotricar continuamente por la falta de sol, estaba encantada con el chocolate suizo, del que hablaba maravillas y del que venía siempre bien aprovisionada cuando regresaba a España. Y es que, culturilla, realmente, Suiza es uno de los países que primero empezó a producir industrialmente chocolate, gracias al desempeño de numerosos pioneros locales en esa industria; ya en 1819, François-Louis Cailler abre una fábrica de producción mecanizada en Corsier-sur-Vevey, cerca del Lago de Ginebra y en 1826, Philippe Suchard abrió su fábrica de chocolate en Serrières, cantón de Neuchatel. En 1875, Daniel Peter pensó en combinar leche con chocolate y tras numerosos intentos en su fábrica en Vevey, descubrió la combinación perfecta que enseguida se convirtió en un éxito enorme que iba a ligar a Suiza con el chocolate para siempre. El número de los industriales chocolateros se multiplicó hasta fin del siglo XlX y no solamente se hizo popular la elaboración de chocolate y la identificación de Suiza con él, sino que también contribuyó al desarrollo de los conocimientos técnico/alimenticios en esa área.
 

Pero, demos un salto atrás en el tiempo, desde ese siglo XIX al XVI, y otro en el espacio desde Centroeuropa hasta caer en un paraje aparentemente desangelado, cercano a Calatayud, Zaragoza. Se suele decir que en los conventos y monasterios recónditos se guardan los secretos más sensuales y prohibidos del mundo. Y aunque esta afirmación podría ser objeto de acaloradas discusiones, al menos resulta cierta cuando nos referimos a cierto monasterio de la provincia de Zaragoza en cuyo interior se conserva y puede ser visitado un espacio museístico dedicado exclusivamente a estos menesteres secretos. Estamos hablando del monasterio de Piedra (en alusión al río Piedra, afluente del Jalón, a su vez afluente del Ebro, que baña el terreno), cercano a la localidad zaragozana de Nuévalos, una obra de arte medieval construida durante los años en que el Reino de Aragón ampliaba espectacularmente sus fronteras en detrimento del poder musulmán. Y el objeto de deseo no podía ser otro que el chocolate. 


Hagamos un poco de turismo. El monasterio de Piedra es bien conocido por el entorno paradisíaco que se despliega a su alrededor. El río Piedra crea en el lugar unos pintorescos lagos, grutas y cascadas de gran belleza, y sus impresionantes edificios se construyeron en lo que antaño fue la fortaleza musulmana de Piedra Vieja, tomada por las tropas cristianas durante la Reconquista, y donada a la Orden del Císter del monasterio de Poblet a finales del siglo XII por Alfonso II de Aragón para la construcción de un monasterio. Aprovechando las piedras de la muralla y el castillo antiguos, los monjes levantaron lo que ahora podemos contemplar: la iglesia y el claustro, el refectorio y la sala capitular, las bodegas y todas aquellas dependencias que constituían el centro de la vida y la dedicación monástica por aquella época. En la despensa se almacenaban los alimentos necesarios para las comidas diarias de monjes, visitantes y menesterosos, entre la hora prima y las completas, y que se elaboraban más tarde en la amplia cocina adaptada a las necesidades de la congregación.

Y esta cocina tiene además un valor añadido, y es el de constituir el lugar donde por primera vez se elaboró el chocolate en Europa. La historia afirma que Hernán Cortés, el conquistador del Imperio Azteca, llevó entre sus acompañantes a un monje del Císter llamado Fray Jerónimo de Aguilar, quien trajo consigo en 1524 las primeras semillas de cacao junto a la receta de la elaboración del chocolate (manteniendo en la palabra la fonética del original en náhuatl – azteca -: xocolātl). Al llegar a España Fray Jerónimo regaló este producto a su superior, el abad del monasterio de Piedra, quien no tardó en hacer del chocolate un alimento de gran fama y tradición no solo en su monasterio, sino también en todas las casas de su Orden. De hecho, se sabe que en algunos monasterios existía una pequeña estancia justo encima de los claustros llamada chocolatería, donde al parecer los monjes cocinaban y degustaban ese producto raro, el chocolate, en sus escasos momentos de ocio. 

La aceptación por los paladares europeos no fue un camino de rosas y, aunque se mantiene que fue el mismísimo Cristóbal Colón el primer europeo en consumir chocolate, parece que el sabor amargo propio del cacao no fue precisamente de su agrado, un detalle que se agravaba además por la costumbre de los aztecas de consumirlo frío y condimentado con chiles picantes. Dicho sea de paso, tampoco gustó a los Reyes Católicos, quienes, al parecer, lo probaron tras el regreso del almirante del cuarto y último de sus viajes. Tuvo que ser Hernán Cortés, sin embargo, quien nos dejara una de las primeras descripciones que se conocen sobre las propiedades del chocolate: “cuando uno lo bebe, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse”, haciendo una clara alusión al poder calórico de este producto. 


No tardó ese producto exótico en ser muy apreciado por la alta sociedad española del siglo XVI, que lo consumía como bebida caliente y reconstituyente. Las damas de la nobleza lo consideraban un manjar exótico, tomándolo en secreto y condimentado con diversas especias como la pimienta, mientras que en la alta sociedad mejicana (entonces española) se acostumbraba mezclarlo con canela. Fue con la implantación de la caña de azúcar en las regiones cálidas de América cuando se pusieron realmente las bases para crear el chocolate dulce, lo que le dio un sabor más parecido al que hoy conocemos, y los monjes benedictinos solían afirmar que: «No bebía del cacao nadie que no fuese fraile, señor o valiente soldado».

La jerarquía católica empezó a preocuparse por considerar inadecuado el manjar de Moctezuma debido a sus propiedades excitantes. Las costumbres de la alta sociedad con respecto al chocolate tampoco ayudaban a mejorar la situación, ya que las damas españolas se hacían servir esta bebida dentro del templo para hacer así más llevaderos los sermones del párroco, llegándose a prohibir tal hábito amenazando a los feligreses con la excomunión si persistían en su actitud. Y aunque la amenaza surtió efecto no convencería por completo a las devotas damas, ya que al poco tiempo las chocolatadas organizadas después de misa se hicieron muy populares a ambos lados del Atlántico. Fuera cual fuese la opinión de la Iglesia, lo cierto es que los galeones regresaban a España cargados de riquezas procedentes de América, y entre las cuales la base del chocolate, el cacao, constituía un producto selecto y de gran valor. Existía ciertamente el temor a que el secreto del chocolate fuera descubierto por otras naciones, lo que supondría en la práctica perder el monopolio de su comercialización. 

Y eso pasó. A través de la “alta sociedad” que, finalmente sentía verdadera devoción por el chocolate, ya fuera bebido,como medicamento o como afeite, atravesó fronteras2 manteniendo el halo de algo de prestigio (en las casas de la nobleza la chocolatada era un ritual extraordinariamente lujoso). Los avances técnicos en la producción del chocolate, descubiertos en el Norte de Europa en el primer cuarto del siglo XIX, dieron lugar a pastas mucho más finas y a nuevas formas de presentar el cacao en estado sólido, como los famosísimos bombones. Sin embargo y a pesar de la revolución de las máquinas, en España seguía causando furor el llamado “chocolate a la piedra” (nada que ver con el monasterio), es decir, aquel que se fabricaba moliéndolo a mano. Las tareas de molido a mano eran un trabajo muy arduo, y la condesa Emilia Pardo Bazán atribuía el gusto especial del chocolate español al sudor de los molineros, quienes recorrían calles y plazas realizando al momento el trabajo solicitado poniéndose de rodillas y moviendo sin descanso la muela sobre una piedra curva; de ahí el nombre.

 Es inevitable recordar aquí la frase que Miguel de Unamuno puso en su obra Del sentimiento trágico de la vida a propósito de D. Quijote: “Que inventen ellos” para mostrar su rechazo por la investigación científica moderna, indicando que España no necesita ser una potencia científica en Europa y que aquí podemos hacer otras cosas igualmente necesarias3. La frase sigue vigente. España sigue varada, el espíritu emprendedor atraviesa una etapa de capa caída a la que no es ajena esa frase de “que inventen ellos”, y las patentes brillan por su ausencia. De ahí a creer que el chocolate es, indudablemente un producto suizo “de siempre”, o que Coelho es, también, un buen escritor (?) suizo (pese a que nos descuadre el apellido) y al slogan publicitario de "si es auténtico, es suizo", porque de allí nos llegan ambas cosas, un paso.

 


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1Los primeros párrafos del libro ya son toda una “declaración de intenciones”: A orillas del río Piedra me senté y lloré. Cuenta una leyenda que todo lo que cae en las aguas de este río —las hojas, los insectos, las plumas de las aves— se transforma en las piedras de su lecho. Ah, si pudiera arrancarme el corazón del pecho y tirarlo a la corriente; así no habría más dolor, ni nostalgia, ni recuerdos. 

A orillas del río Piedra me senté y lloré. El frío del invierno me hacía sentir las lágrimas en el rostro, que se mezclaban con las aguas heladas que pasaban por delante de mí. En algún lugar ese río se junta con otro, después con otro, hasta que —lejos de mis ojos y de mi corazón— todas esas aguas se confunden con el mar.

Que mis lágrimas corran así bien lejos, para que mi amor nunca sepa que un día lloré por él. Que mis lágrimas corran bien lejos, así olvidaré el río Piedra, el monasterio, la iglesia en los Pirineos, la bruma, los caminos que recorrimos juntos.

Olvidaré los caminos, las montañas y los campos de mis sueños, sueños que eran míos y que yo no conocía.

2Se dice que el chocolate llegó a las cortes europeas gracias al amor. El chocolate pasó a Francia cuando la princesa Ana de España se casó con Luis XIII, el rey de Francia. ¡Hubo una gran fiesta en Versalles! Desde entonces, cualquiera que se preciase bebía chocolate, con lo que aparecieron en escena los pioneros de la industria del chocolate en la pequeña, intransitable y pobre Suiza de comienzos del Siglo XIX ¡Algo más podría hacerse con este preciado bien! ¿Un postre, quizás? El chocolate no existía todavía en forma sólida. Los pioneros del gusto de Italia, Bélgica, Alemania, Holanda y, particularmente, Suiza, experimentaron con él: lo tostaron, lo trituraron, lo mezclaron.

3Debe ser por eso, con permiso de Unamuno, por hacer otras cosas, que, por ejemplo, el aceite de Jaén que se consume en New York se conozca como italiano.

miércoles, 21 de octubre de 2020

... hasta que el Covid-19 nos separe.

 Una de las consecuencias, en modo alguno menor en tanto que pone en duda el modelo de convivencia que "nos venden", que ha traído el primer (repito, el primero; no es en absoluto descartable que tenga que haber más) confinamiento a que nos ha obligado la pandemia por el virus Covid-19 es que a su finalización se han disparado las solicitudes de divorcio originada en gran parte porque durante ese tiempo había que convivir obligatoriamente las veinticuatro horas del día compartiendo el mismo espacio. Ciertamente esa circunstancia ha propiciado que, en unos casos, se fortalezca aún más la relación, descubriendo en la pareja, incluso, matices positivos ocultos o inadvertidos hasta ese momento, mientras que en otros casos se ha producido el batacazo de certificar que una cosa es el sentimiento sólido y otra el encaprichamiento, causado por la razón que sea, que precisa una espita exterior para mantenerlo como "complementario", que es, precismente, lo que "nos venden".

 Todos creemos que lo sabemos todo sobre esa pareja que, normalmente, además, hemos elegido, pero eta convicción puede irse al traste en el momento en que se decide por terceros que realmente se confirme el juramento-fórmula expresado en la ceremonia ritual de la unión y hay que convivir bajo el mismo techo, y, además, sin salir de ese ámbito durante un plazo de tiempo que se desconoce. Y convivir con nuestra pareja puede suponer un desafío ya en circunstancias normales porque implica dejar de pensar exclusivamente en lo que interesa a uno, madurar, compartir, ser cuidadoso, responsable, respetuoso,.., permanentemente y, además, convencido de todo ello. Supone, sin duda, una serie de cambios. Sin embargo, debemos hacer un cálculo coste-beneficio y pensar en qué nos compensa más, si una vida solos o una vida compartiendo tiempo y espacio con la persona que queremos. Y no, no hay respuestas correctas ni incorrectas.

En la convivencia, a veces damos por hecho que la otra persona sabe lo que pensamos, que ve las cosas igual que nosotros, porque eso es “lo evidente” pero esto no siempre es así, y menos tras las paredes del hogar, donde cada persona es un mundo; cada uno tiene su forma personal de comportarse en su casa y fuera de ella, y esta forma le parece la correcta y para compatibilizar ambas formas, cada uno deberá ceder un poco. El éxito o el fracaso de la convivencia, por otra parte, no dependen únicamente de lo bien o mal que se lleve la pareja; también hay otras circunstancias externas como la situación económica, familiar o laboral que afectan notablemente a la estabilidad que hay que considerar y que en esta pandemia se han visto en muchas ocasiones en primer plano. 

Dicen los manuales de autoayuda al uso que hay que procurar que la casa sea el hogar, un espacio relajante, un refugio del exterior, el lugar donde se pueden permitir momentos de tranquilidad compartida. pero eso se da de bofetadas con ese otro mantra de la autoayuda de que necesariamente se ha de destinar parte del tiempo a hacer planes, casi siempre externos a la pareja, "para evitar caer en la monotonía", como el dedicar tiempo a amigos y aficiones no compartidos. "Cuando ambos contamos con amigos y aficiones (fuera de la pareja) esto resulta muy sencillo, porque tenemos vías para dedicar tiempo a aquello que nos gusta hacer aunque no coincidamos con nuestra pareja", explican los "expertos", que añaden, curiosamente, que los problemas suelen aparecer cuando uno de los dos no cuenta con ese entorno o esas aficiones a las que dedicarse fuera de la pareja. El problema real es justamente el contrario, cuando todo se fía a lo que se vive fuera de la pareja, fuera del hogar, porque un confinamiento, una convivencia prolongada, lo envía a hacer gárgaras.

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2020

Efemérides ¿inadvertidas?.


Decir a estas alturas que este año 2020 está resultando extraño (por no decir el “raro, raro” de aquel famosillo) no es ni original ni novedoso. La reacción ante la pandemia por el desconocido coronavirus Covid-19 que nos atacó de improviso hace meses y que se tradujo en que, este año, nos han quitado, por lo menos, la primavera (no sólo la climatológica), nos supuso un torbellino de sensaciones, que no ha acabado aún, que de alguna forma nos ha originado un radical cambio actitudinal particularmente en nuestras relaciones personales, incluso con miembros de la propia familia y que, en definitiva, nos ha dejado en fuera de juego y consciente y dolorosamente inermes. La curiosidad, confusión, perplejidad, incredulidad, dudas, miedo, incertidumbre, etc. se suceden y/o repiten una y otra vez ante prácticamente cada noticia o giro de la situación que nos llega. Nos domina la impresión de que, a todos los niveles y en todo el mundo, sólo se están dando (con la mejor voluntad, eso sí) palos de ciego: restaurantes sí, pero no; cines no, pero sí: escuelas, ni se sabe,.... Una muestra de la confusión imperante es lo de la vacuna; es cierto que, como todo virus, hemos de aprender a convivir con él hasta que se descubra una vacuna eficaz para combatirlo (no hay que echar en saco roto que la vacuna contra el ébola, en cuyo descubrimiento se batieron, a juicio de toda la comunidad científica, todos los récords de tiempo en velocidad, se emplearon 5 años y que en la anterior pandemia, la de la mal llamada gripe española, la vacuna se demoró 15 años, aunque es verdad que clínicamente eran otros tiempos), pero no se puede olvidar, si nos ponemos en manos de la ciencia, que las investigaciones (ésta y todas) se rigen, no por el calendario de nuestras expectativas o deseos, sino por los principios de paciencia, perseverancia y prudencia y que técnicamente se basan en el ensayo/error, por lo que hemos de aprender a no tener prisa, no fijar calendarios y no derrumbarnos si algún resultado de alguno de los ensayos ralentiza el proceso que nos hemos imaginado.


Una de las consecuencias de esta situación es la de ir con pies de plomo en festejos, celebraciones y (por si acaso) conmemoraciones, para evitar que los actos a realizar se conviertan en algo no deseado o incontrolado, por lo que queda la duda razonable de si recordar determinado hecho se ha ido al garete por saber que se tienen que aplicar las eventuales recomendaciones debidas al Covid-19 o por otras razones. Es lo que pasa con los 200 años del inicio (el uno de enero, y estamos acabando el año) del conocido como Trienio Liberal y con su protagonista, Rafael del Riego. Hay que empezar recordando que el Trienio Liberal o trienio constitucional es el periodo de tiempo que transcurre en España entre 1820 y 1823 (en sus albores, el 10 de marzo de 1820, en Madrid, el rey Fernando VII es obligado a jurar la Constitución española de 1812 – la “Pepa” - y a suprimir la Inquisición) y que es un intermedio de aire fresco posterior al sexenio absolutista (1814-1820) y anterior a la década ominosa (1823 a 1833 aunque algunos autores la alargan hasta 1834). Parece que no está de más recordarlo, ¿no?. 

No es lugar éste para explicar la historia, suficientemente documentada por otra parte en cuanto a estos episodios; nos limitaremos en estas líneas a reflexionar sobre el protagonismo de Riego en ellos y la respuesta oficial que obtuvo. Pero lo que pasó en este período no se entiende si no se tiene en cuenta que los tiempos de Fernando VII (“el Deseado”, pero también “el Rey felón”) pueden considerarse los más nefastos de la historia de los reyes Borbones, un reinado corto en el tiempo, pero intenso en acontecimientos en los que él, junto con su padre, Carlos IV, llevó al límite la confusión entre lo que era público y lo que pertenecía a la familia real, y eso aunque ya supieran que el abuso del poder y las nuevas ideas constitucionalistas podían hacerles perder el trono… y la cabeza. Cuando Napoleón invadió la Península y los reunió a los dos en Bayona (Francia) para pactar la abdicación y el traspaso de la corona a su hermano José Bonaparte, uno y otro – por separado – aceptaron cambiar el país como si fuera su casa. Fernando VII se instaló en el castillo de Valençay, con una pensión de 7 millones y medio de francos anuales. Fue allí cuando, en 1814, pactó con un Napoleón derrotado que lo reconociera como rey para volver a sus dominios. Napoleón lo hizo pero lo primero que hizo el rey al volver a casa, tras una larga guerra (la de la Independencia) en la que su pueblo había luchado por devolverle el trono, fue abolir la recientemente aprobada Constitución de Cádiz y restaurar el absolutismo como si la revolución liberal no hubiera existido. (en sus propias palabras, deseaba quitar las innovaciones “de en medio del tiempo”), un caso prácticamente único en Europa, que le permitió unir sus intereses políticos y económicos a la aristocracia de terratenientes que reclamaba el retorno de los viejos paradigmas, mientras, la escasa burguesía industrial fue apartada del poder, a diferencia de lo que pasaba en los estados europeos. Y en un decreto firmado el 22 de mayo de 1814 consiguió, muy hábilmente, privatizar todo el patrimonio real y hacerlo suyo. He aquí la disfuncionalidad del Estado español probablemente hasta hoy día.

 Fue durante ese período, el famoso sexenio absolutista, cuando el rey intentó por todos los medios detentar el poder absoluto, sin un programa concreto, rigiendo la más absoluta arbitrariedad. Una forma de gobierno que duplicaba sus organismos; de una parte el Gobierno formal y de la otra la llamada «camarilla» que era en donde se fijaban las reales directrices de gobierno. Sin embargo, los perseguidos partidarios de la soberanía popular consiguieron que la monarquía absolutista se tambalease como consecuencia de la situación económica en que sobrevivía. 

En ese contexto, brilló el coronel Rafael del Riego (1794-1823), figura central en su época, aunque mal conocida hoy: la izquierda le ha venerado como gran precursor de la democracia, mientras la derecha, particularmente, monárquica, suele denostarle con ganas. Sabemos que combatió en la guerra de la Independencia y, al ser hecho prisionero, acabó deportado en Francia. Según la versión más repetida, allí entró en contacto con el liberalismo y la masonería aunque no hay datos que avalen esta hipótesis. Cuando regresó a España, reanudó su carrera militar sin que el gobierno absolutista sospechara de sus convicciones ideológicas. Es más, obtuvo puestos de estado mayor. Solo se politizó al comprobar la incapacidad de la monarquía para resolver los problemas del país y se convirtió en partidario de la Constitución. 


E
n 1819, un poderoso ejército se había reunido en Cádiz, preparado para marchar a reprimir los levantamientos independentistas en los territorios americanos. Riego, uno de sus comandantes, se alzó el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) contra la autoridad real publicando un manifiesto en el que criticaba la guerra por injusta, convencido de que no había que combatir el secesionismo con las armas; bastaba, a su juicio, con el restablecimiento de la Constitución: eso haría que el independentismo dejara de tener apoyos. La verdad es que su planteamiento pecaba de ingenuo, porque, a esas alturas, se hiciera en la península lo que se hiciera, la independencia de América ya era irreversible, como a lo largo de los tiempos lo ha sido la de todos aquellos pueblos decididos a conseguirla. Carece de sentido imaginar y elucubrar, como tantas veces se hace, si las cosas hubieran podido ser distintas si el ejército reunido en Cádiz hubiera llegado a cruzar el Atlántico. En un primer momento pareció que la sublevación de Riego estaba destinada al fracaso por falta de respaldo popular. Sin embargo, cuando su columna estaba a punto de disolverse, estallaron rebeliones en ciudades como La Coruña, El Ferrol o Vigo y los levantamientos se fueron sucediendo por toda España. Fernando VII, asustado, para mantener el poder, se apresuró a jurar fidelidad a la Constitución con unas palabras que desde entonces son el paradigma de la hipocresía política: “Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. Era un engaño, pero muchos le creyeron.

 Se ha dicho que Riego proclamó la Constitución de Cádiz por iniciativa propia, pero esta no es una afirmación demostrable. Su actuación refleja los deseos de los militares más progresistas del momento; el problema fue la falta de consenso en torno a esta medida entre los partidarios de la Carta Magna y los que criticaban el texto de 1812 como excesivamente radical, por lo que, a lo largo del Trienio, Riego sería acusado falsamente de rebelde y republicano. 

El nuevo gobierno nombró a Riego mariscal de campo y poco después capitán general de Galicia. Su popularidad era enorme, fue elegido diputado por Asturias (de donde era), siendo designado presidente de las Cortes Generales. Mientras tanto, Fernando VII reclamaba en secreto ayuda extranjera para eliminar las trabas al restablecimiento del absolutismo. La Santa Alianza (reunión de Austria, Rusia y Prusia que invocaba los principios cristianos, previendo mantener en sus relaciones políticas los «preceptos de justicia, de caridad y de paz», con el objetivo de contener el secularismo que se había implantado en Europa fruto de la Revolución francesa) decidió, en el Congreso de Verona, que una España liberal era un peligro para el equilibrio europeo y se encargó a Francia la tarea de restablecer la monarquía absoluta en España, de manera que un ejército francés, conocido como los Cien Mil Hijos de San Luis, al mando del duque de Angulema cruzó la frontera por el Bidasoa poniendo fin a la Guerra Realista y al Trienio Liberal.

 


Riego intentó reorganizar la resistencia en Andalucía e hizo frente a los franceses. En la llamada «batalla de Jódar» (Jaén) fue derrotado. Malherido, trató de huir, fue traicionado y, abandonado por sus tropas, fue hecho prisionero en un cortijo próximo a la localidad jiennense de Arquillos y trasladado a la cárcel de La Carolina (Jaén), ciudad de reciente fundación. Se le trasladó a Madrid y fue declarado culpable de alta traición, por haber sido uno de los diputados que había votado por la incapacitación del rey. Rafael del Riego, hundido moral y físicamente, fue arrastrado en un serón hacia el patíbulo situado en la plaza de la Cebada en Madrid y ejecutado por ahorcamiento y posteriormente decapitado, entre los insultos del público que antes lo aclamaba.

 Pervivió, sin embargo, en la memoria popular como un héroe mítico de la lucha por la libertad; fue uno de los grandes defensores de las libertades civiles en España, convirtiéndose en el mártir por excelencia de la represión política ejercida por el absolutismo y su retrato se exhibe en las Cortes Generales junto con otros cuadros alusivos a personajes y acontecimientos liberales, como la Jura de la Constitución de 1812. Su rehabilitación legal tuvo que esperar hasta 1835, en que el Gobierno progresista de Juan Álvarez Mendizábal, tras la muerte de Fernando VII, logró declararlo víctima inocente del fanatismo. La marcha que tocaban sus tropas (llamada popularmente Himno de Riego), siguió sonando como himno revolucionario a lo largo del siglo XIX y fue adoptado como himno nacional de España durante la Segunda República. 

Visto lo visto, ¿quién es el “malo de la película”? Como dicen las novelas, películas y series televisivas, “cualquier parecido de personajes o situaciones con la realidad es mera coincidencia". Efemérides...

jueves, 15 de octubre de 2020

Pandemia sobre pandemia.


Somos incorregibles; somos tan sabihondos y arrogantes que nos creemos invulnerables pero 
va a ser que no y como muestra, a estas alturas ni siquiera nadie (en todo el mundo) podría 
afirmar a ciencia cierta si, con esto de la pandemia del coronavirus Covid-19 que nos azota y 
nos deja confusos, estamos en la prolongación de la primera ola de propagación del virus, en 
una segunda ola aparecida antes de lo esperado, o en un período no previsto (¿se puede 
prever?) de transmisión. El caso es que se ha demostrado una vez más que una cosa son los 
protocolos de actuación y su timing (establecidos, eso sí, con la mejor de las voluntades) y 
otra la cruda e inapelable realidad. Se habla ya, incluso (y no sólo en España) de la 
conveniencia/necesidad de un segundo confinamiento, posibilidad que a más de uno le 
produce escalofríos cuando piensa en las heridas, aún no cicatrizadas, que dejó el primero en 
forma de efectos psicológicos, sociales y neurocientíficos, crisis del sistema público de salud 
y, especialmente, la salud mental de algunas personas confinadas. 
 
Tal como está el patio, nadie duda de esos efectos psicológicos y sociales directos e indirectos 
de la enfermedad en la mayoría de la población. Y, según algunos expertos, puede afectar a 
la salud mental ya ahora y en el futuro. Para estos expertos, una de las prioridades más 
inmediatas es recopilar datos fiables y de calidad acerca de los efectos sobre la salud mental 
en la pandemia del Covid-19, sobre todo, en grupos vulnerables ya que existe una necesidad 
urgente de investigación para abordar cómo se pueden mitigar las consecuencias para la 
salud mental de estos grupos vulnerables en condiciones de pandemia. De este modo, los 
investigadores consideran fundamental descubrir, evaluar y refinar las intervenciones para 
abordar aspectos psicológicos, sociales y neurocientíficos de la pandemia. Además, dicen, el 
coronavirus podría infectar el cerebro o desencadenar respuestas que tienen efectos adversos 
adicionales sobre la función cerebral y la salud mental en pacientes contagiados con Covid-19. 
No es fácil; hacer frente a este desafío requerirá la integración entre disciplinas y sectores y 
debe hacerse junto con personas con experiencia vivida. 

 

El coronavirus ha provocado muchos cambios en nuestras sociedades. Una de las secuelas 
ha sido el incremento del estrés psicológico; los temores sobre el impacto real del virus en la 
salud, las preocupaciones por los miembros de la familia (en el caso de profesionales 
sanitarios, mucho miedo de “llevar el virus a casa”), el aislamiento social extendido, los 
problemas económicos derivados de la obligada inactividad (agravados por el hecho de que 
aún siguen vivos en muchos casos los derivados de la crisis socio-económica-de valores del 
año 2008)  y la incertidumbre han causado angustia a personas de todo el mundo, lo que ha 
tenido consecuencias en la salud mental de algunas personas y se han incrementado los 
casos de ciertos trastornos y agravado otros. La propia Organización Mundial de la Salud 
(OMS) ya advirtió a mediados de mayo de este año 2020 que la crisis del coronavirus y sus 
consecuencias afectarían la salud mental de muchas personas. La Organización explicó que 
se podría registrar un aumento de los suicidios y de los trastornos, y pidió a los gobiernos que 
no dejasen de lado la atención psicológica.

 
Muchas de las consecuencias anticipadas de la cuarentena o el confinamiento y las medidas 
de distanciamiento social y físico asociadas, que provocan el aislamiento social y la soledad, 
son en sí mismas factores de riesgo clave para los problemas de salud mental. Estos incluyen 
ansiedad, depresión, autolesiones e intento de suicidio junto a riesgos psicosociales como 
desconexión social, anomia (desorganización social o aislamiento como consecuencia de la 
falta o la pretendida incongruencia de las normas sociales; médicamente, un factor regular y 
específico de suicidio), acoso cibernético, sentirse agobiado, estrés económico, duelo, pérdida, 
etc. desempleo, falta de vivienda y ruptura de relaciones. El seguimiento de la soledad y la 
intervención temprana, ahora que ya se sabe que el confinamiento le causa, son prioridades 
importantes. De manera crucial, reducir los sentimientos sostenidos de soledad y promover la 
pertenencia son mecanismos candidatos para protegerse contra el suicidio, la autolesión y los 
problemas emocionales. 

 

Repasando someramente la casuística, las personas que han sido contagiadas por el 
coronavirus y los familiares que no han podido despedirse de sus seres queridos fallecidos a 
causa de la enfermedad Covid-19 u otras también han resultado muy afectadas 
emocionalmente. También se verán perjudicadas en este sentido las personas que han tenido 
o tendrán graves dificultades económicas durante los próximos meses toda vez que la 
cuarentena ha provocado que muchas personas se queden sin trabajo y esta situación ha 
provocado a su vez que se agraven las desigualdades sociales y la pobreza. Durante el 
confinamiento hemos pasado muchas horas encerrados en casa y sin poder ver a nuestros 
familiares y amigos; poco a poco, la estricta cuarentena se va levantando, pero hay personas 
que ahora se niegan a salir a la calle (este temor se conoce como “síndrome de la cabaña” del 
que es importante especificar que no se trata de una patología como tal aunque implica el 
miedo a contactar con otras personas fuera del hogar, el temor a realizar actividades que antes 
eran cotidianas como trabajar fuera de casa, viajar en transporte público, relacionarse con 
otras personas conocidas… ). Las personas que pasan el confinamiento solas tienen más 
posibilidades de desarrollar el “síndrome de la cabaña”. No tener ningún contacto físico o 
cercano con otra persona de forma presencial puede haber creado una forma de rechazo a lo 
que ahora es excepcional para ellas: el contacto con los demás que, obviamente por otra parte, 
resulta imprescindible. 

 
Aviso para navegantes: la epidemia de síndrome respiratorio agudo severo en 2003 se asoció 
con un aumento del 30 por ciento en el suicidio en las personas de 65 años y mayores. 
Además, los supervivientes de la epidemia corrían el riesgo de sufrir un trastorno de estrés 
postraumático y depresión; según un informe de expertos realizado por la Academia de 
Ciencias Médicas del Reino Unido y publicado en la revista de referencia The Lancet
alrededor del 50 por ciento de los pacientes clínicamente recuperados permanecieron 
afectados de ansiedad; y el 29 por ciento de los trabajadores de la salud experimentaron 
angustia emocional.

 

Precisamente, durante el tiempo que dure (que, en realidad es imposible saberlo) la pandemia 
de Covid-19, es importante que los trabajadores de salud y asistencia social reciban apoyo 
para permanecer en el trabajo, porque los beneficios de salud, personales, sociales y 
económicos son enormes. Es probable que los enfoques psicológicos personalizados sean un 
componente clave para abordar condiciones complejas de salud mental en ellos, mecanismos 
de afrontamiento y prevención, dada la asociación entre los trastornos del sueño o del estrés 
y la salud mental, así como el efecto de la alteración del sueño sobre el riesgo de suicidio1.

 
El citado informe revela preocupación generalizada sobre el efecto del aislamiento social; su 
repercusión sobre el bienestar; aumento de la ansiedad, depresión, estrés y otros sentimientos 
negativos y, además, analizan la preocupación por las implicaciones prácticas de la respuesta 
a la pandemia, incluidas las dificultades económicas. De hecho, una de las principales 
preocupaciones es el agravamiento de problemas de salud mental preexistentes en las 
personas por estos motivos. Relacionado con esto, la dificultad para acceder hoy a los 
servicios de salud mental en estas circunstancias, así como el efecto del confinamiento por el 
Covid-19 en la salud mental de los miembros de la familia, especialmente niños y personas 
mayores.


 
Aunque se espera un aumento en los síntomas de ansiedad durante estas circunstancias 
extraordinarias, existe el riesgo de que prevalezca un número clínicamente relevante de 
personas con ansiedad, depresión y que participen en comportamientos perjudiciales que con 
toda probabilidad incrementarán, y es probable que las consecuencias potenciales de una 
fuerte recesión económica en la salud mental sean profundas para las personas directamente 
afectadas y sus cuidadores. La prioridad ahora, pues, en este campo, es monitorizar e 
informar sobre las tasas de ansiedad, depresión, autolesiones, suicidios y otros problemas de 
salud mental de la población, que ayudará a comprender los mecanismos a implantar e 
informar las intervenciones a llevar a cabo. “Esto debería adoptarse en la población general y 
los grupos vulnerables, incluidos los trabajadores de primera línea”, dice el informe de The 
Lancet aludido. Es un tema muy serio; los expertos hablan, cada vez con más hincapié, de la 
pandemia de la Salud Mental que generará el confinamiento y esta crisis de salud pública una 
vez que acabe la pesadilla del Covid-19… o solapada con ella. 

 

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1En una encuesta realizada la primera semana de octubre de 2020 entre el personal de la sanidad en España englobando médicos, enfermeros, celadores, etc., un veinticinco por ciento (¡un 25 %, uno de cada cuatro!) de estos profesionales decían plantearse dejar el trabajo, habida cuenta de que en la pandemia, más allá de la campaña diaria de aplausos en los balcones por la ciudadanía confinada, nadie ha movido ni un dedo para mejorar sus condiciones laborales, económicas o profesionales mientras el nivel de exigencia de lo que se les demanda y el estrés asociado no paran de aumentar, agravado por actitudes inconscientes de muchos ciudadanos y por vergonzosos e incomprensibles en este escenario rifirrafes políticos partidistas.

 

domingo, 11 de octubre de 2020

Historias de película.


 El día que haya pasado (porque pasará aunque hoy no tengamos ni idea de cuándo ni de cómo) esta pesadilla de la pandemia por el Covid-19 y hagamos memoria y recuento de todos las personas que nos han dejado para siempre en ese tiempo, a consecuencia, o no, de ese virus extraño, y no las hemos podido despedir, caeremos en la cuenta de que, en otras circunstancias, algunas de las pérdidas se habrían sentido más y se habría difundido más la noticia de su marcha (incluyo aquí multitud de ciudadanos anónimos), condicionados, como estábamos, y cómo no, por el monotema.

 Es el caso, entre muchos otros (y otras, no lo olvidemos) de Ennio Morricone, figura representativa de una época del cine y la música, que acabó sus días el pasado mes de julio, pues fue un compositor y director de orquesta italiano conocido sobre todo por haber compuesto la banda sonora de más de quinientas películas y series de televisión entre las que destacan sus trabajos en películas del spaghetti western, de la mano de su amigo de la infancia Sergio Leone, director que crearía un punto de vista diferente del western tradicional en filmes como Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo o Hasta que llegó su hora. 

Divagando para olvidar un poco esto del virus y hablando de ese tipo de películas, el spaghetti western, el imaginario popular las asocia a un paisaje árido, reseco, de poblados pequeños con casas de madera o adobe dispersas, identificado entre nosotros con el desierto de Tabernas, en Almería y sus decorados ad hoc. O no, porque la memoria dice otra cosa; si en los primeros años 70 del siglo pasado se usaba con el socorrido seiscientos o el “moderno” Simca 1000 la flamante autopista (se inauguró en 1969) Barcelona-Molins de Rei, primer tramo de todo lo que vendría después, yendo en dirección a Molins, se tenía a mano derecha una visión fugaz que muchos no la dejaban perder por nada del mundo, un solitario escenario con aquella típica calle de película con su cantina, el banco y los porches, donde el sheriff esperaba escondido que apareciesen los malos mientras una bola de hierba seca atravesaba la calle.


 Y es que no sólo de Almería vivía el spaghetti western español. En Catalunya también tuvo su pequeño plató, ubicado en plena primera corona metropolitana, aunque casi no haya quedado ni rastro de él, ni en el espacio físico ni en la memoria cultural colectiva. Pistoleros de Arizona, Crónica de un atraco o Le llamaban calamidad son algunas de las películas del oeste que se rodaron durante los años 60 y primeros 70 en el poblado conocido como Esplugues City (Esplugas City entonces), un gran plató que construyeron los Estudios Cinematográficos Balcázar de los hermanos Balcázar en Esplugues de Llobregat. La empresa, una de las más importantes de la época, ya tenía unos estudios de rodaje en la misma ciudad, tocando a la vecina Cornellà, y buscó un solar en el que poder grabar los exteriores.

Los más jóvenes de la ciudad puede que no lo sepan, pero en una época Esplugues de Llobregat fue un importante plató de cine donde se rodaron varios westerns y spaghetti westerns y mira por dónde, Esplugues City fue el segundo poblado para el rodaje de westerns con carácter permanente que se construyó en España, le precedía City instalado en Hoyo de Manzanares (Madrid), donde en septiembre de 1964 se rodó ‘Por un puñado de dólares’, del director Sergio Leone que le daba protagonismo a un aún desconocido Clint Eastwood. Después, entre 1965 y 1966, se sumaron a la moda, en el desierto almeriense de Tabernas, otros tres poblados: Fraile, Juan García y Tecisa (éste en la localidad de Gérgal), de los que sólo sobreviven dos que han sido bautizados como Mini Hollywood y Texas Hollywood. 


 El western era un género cinematográfico genuinamente americano, pero los Balcázar tuvieron vista y detectaron que el género crecería en Europa. Los responsables de Producciones Cinematográficas Balcázar detectaron la importancia que podría tener contar con un escenario para rodar películas de las conocidas como spaghetti western, ambientadas en el Lejano Oeste pero rodadas en Europa, ya que abarataría los costes de grabación. Los hermanos Alfonso, Francisco y Jaime Jesús Balcázar no tenían ninguna relación con Esplugues pero el incendio de las instalaciones que utilizaban en la montaña de Montjuïc de Barcelona y la imposibilidad de restaurarlas les hizo buscar un nuevo espacio en el área de Barcelona. El lugar elegido fue Esplugues donde colocaron los estudios, con más de 5.500 metros cuadrados de platós, y los decorados en los que se grababan los exteriores, con más de 10.000 metros cuadrados que antes eran unos campos de cultivo. No hubo un poblado, sino dos. El primero, de 10.000 metros cuadrados, solo duró hasta 1.967 y tuvo que ser trasladado por la construcción de la autopista y la expropiación de los terrenos. El nuevo, más pequeño, se levantó donde ahora está el Instituto de enseñanza “La Mallola”. En Esplugues City se recrearon más de cuarenta edificios y la villa tenía 3 calles con casas distribuidas por temas: las de madera del oeste minero, las de piedra de los poblados prósperos y las mexicanas, de materiales más pobres. También había un saloon, el despacho del sheriff, una barbería, un almacén, el banco y la iglesia del pueblo. La mayoría de estos edificios eran corpóreos, sólo algunos tenían construida la fachada sin interior detrás.

 A pesar de que el poblado estaba en el centro de la población, era un espacio cerrado al que no podían acceder los vecinos. Los actores y trabajadores tampoco se relacionaban con ellos. El funcionamiento de la instalación sí que supuso una cierta relación con alguna empresa de la ciudad, como la pastelería que hacía el caramelo con el que se construían las ventanas del salón para que se pudieran romper sin que sufrieran daño los actores y algunos vecinos también habían colaborado como extras en alguna de las producciones. El director artístico del poblado también tuvo que buscar recursos para evitar que la realidad de la ciudad se colase en los rodajes de forma que si había algún elemento anacrónico que pudiera distorsionar la visión del poblado, se camuflaba con piezas de atrezzo; para ello, por ejemplo, colocó una torre con un gran depósito de agua para tapar las antenas en lo alto de los edificios o una chimenea de dos metros de altura para dar sentido al humo que salía de la cercana fábrica de cerámica que tenía dos chimeneas que funcionaban de manera alternativa.

 


Esplug
ues City, entre 1964 y 1972 acogió decenas de rodajes, pricipalmente del género spaghetti western y por sus escenarios cabalgaron personajes como Klaus Kinski, Charles Boyer, George Martin, Christopher Lee, Robert Taylor, Lex Barker, Giuliano Gemma, Jack Elam o Fernando Sancho, icono del spaghetti western español, entre otros actores estadounidenses, italianos, franceses y alemanes. Una actividad frenética mantenía los escenarios de Esplugues City en constante movimiento hasta que en los inicios de los 70 se ve afectado por la decadencia del western europeo. Los Balcázar quieren mantener vivo el poblado y su leyenda convirtiéndolo en el que hubiese sido el primer parque temático del género en Europa. Tras varios intentos, finalmente consiguen las autorizaciones necesarias para convertir el poblado del Oeste en una atracción turística. 

Pero Esplugues City tuvo la mala suerte de ser visible desde la autopista y que Alfredo Sánchez Bella, a la sazón ministro franquista de Información y Turismo entre 1969 y 1973, tras sustituir en el cargo a Manuel Fraga Iribarne, y miembro activo del Opus Dei, lo viera en su traslado en coche oficial (nada de seiscientos o Simca) del aeropuerto de El Prat a Barcelona. 


Si un incendio se llevó los estudios de los Balcázar en Barcelona, otro lo hizo con los de Esplugues, aunque por motivos diferentes. El ministro consideró que el escenario y el poblado "daban mala imagen" a los accesos a una ciudad que se pretendía moderna como Barcelona y toda España y decretó su desmantelamiento con fecha límite fijada. Ante el elevado coste de derribar el poblado, los responsables de la empresa decidieron reservar lo mejor para el final. En agosto de 1972 (sólo días antes de que venciera el plazo dado por el ministro) Alfonso Balcázar prepara el rodaje del último western que se rodará en el poblado, titulado “Le llamaban Calamidad” (parodia de la entonces popular Le llamaban Trinidad) y en el que hará coincidir el final en la ficción con el final real del poblado: unos bandoleros dinamitan el pueblo, que queda reducido a cenizas. Las imágenes del poblado en llamas, grabadas con tres cámaras porque no había opción de repetir escenas, fueron tan espectaculares que se vendieron para su utilización en otras películas y sirvieron para obtener los últimos beneficios, dando de esta manera una salida digna a Esplugues City.

domingo, 4 de octubre de 2020

El libro del buen… humor.


A la mayoría de nosotros nos suena (haberlo leído, la verdad, ya es otra cosa) el
Libro del 
buen amor, obra narrativa miscelánea del mester de clerecía del siglo XIV, escrita por Juan 
Ruiz, el arcipreste de Hita (Guadalajara), en una época en que la palabra “amor” no tenía las 
connotaciones que le confirió posteriormente y popularizó el romanticismo. Pues bien, nos 
tomamos la licencia de parafrasear el título del libro (título asignado, todo sea dicho, por 
Menéndez Pidal a finales del siglo XIX) en las reflexiones sobre la actitud ante situaciones 
irreversibles y duras, aprovechando, cuando todos los medios piensan sólo en esta pandemia 
del Covid-19, que hace unos días, el 25 de septiembre, se conmemoró (no “se celebró”; 
celebrar es otra cosa) el Día Internacional de la Ataxia, destinado a concienciar a la sociedad 
de la existencia de esta enfermedad neurodegenerativa e incapacitante.

 
Seguramente todos conocemos a alguna de esas personas que cuando está relatando algo 
serio, incluso dramático, e importante lo hace con una sonrisa en su boca (aquel que a la 
pregunta “- ¿Cómo estás?” contesta “- Bien, si no entramos en detalles”, lo que, sin faltar a la 
verdad, desdramatiza, sobre todo, según el tono en que se diga). Y algo no nos encaja… 
mientras escuchamos a esa persona no podemos dejar de pensar que hay algo que no 
cuadra. ¿Cómo puede estar contándonos algo, que se supone es importante/serio para él con 
esa tranquilidad? Solemos percibir una disonancia entre lo que nos cuenta y cómo nos lo 
cuenta que nos hace plantearnos realmente la seriedad del asunto. Y es entonces cuando 
caemos en la cuenta de que, precisamente, el humor nos ayuda a escapar de las realidades 
incómodas.

 
La incomodidad busca ser escuchada y aceptada, no negada; es aquí donde actúa el humor 
(no confundir con la chabacanería o la astracanada) como mecanismo defensivo ante una 
realidad incómoda y difícil de asumir. Hay realidades que dan auténtico vértigo y asumirlas 
supone un cambio a nivel interno bastante profundo. Y la manera, en general, de “escapar”” 
de ellas (¿de verdad se puede escapar?) es negándolas, distanciándolas o minimizándolas… 
Pero tanto la comodidad como la incomodidad forman parte de la vida, y no podemos negar 
una u otra. La “cura” no viene a través de la negación de lo que nos incomoda ver. La cura 
parte de la aceptación… y en este sentido, para aceptar hay que mirar hacia dentro y mostrar 
una suerte de respeto inicial por aquello que encontremos. Cuando tú no respetas una 
vivencia tuya, y la caricaturizas hasta su descomposición más absoluta, generas que el otro 
no se la tome en serio.

 

Los mecanismos de defensa, como el humor en este caso, son estrategias que utilizamos 
para afrontar situaciones internas o externas que nos resultan desagradables y difíciles. De 
alguna manera es como si con su potencia consiguieran hacer más pequeño a ese monstruo 
“malvado” que viene a instalarse y quedarse, como, precisamente, el diagnóstico de ciertas 
enfermedades. A veces estos mecanismos de defensa consiguen que olvidemos nuestro 
sufrimiento o que recoloquemos a las fuentes del mismo en nuestras vidas como algo natural 
(lo es realmente). El espacio de aire puro que nos confiere el humor en nuestro interior es tan 
inmenso que pareciera que estamos aparentemente bien, sin nada que nos perturbe.

 
Hasta Sigmund Freud defendía el sentido del humor como un mecanismo de defensa más 
sano que otros, que solían utilizar las personas más inteligentes. Freud considera el ingenio 
como una subcategoría de lo cómico, como una manera juguetona de abordar la realidad, por 
el descubrimiento de semejanzas y conexiones ocultas, por un mecanismo similar al que 
genera los sueños. El humor y los sueños cumplirían así, según él, una función psicológica 
básica de hacer emerger del inconsciente los contenidos reprimidos con diversos disfraces 
siendo así una fuente de gratificación sustitutoria o una vía de hacer realidad un deseo: ¿El 
ingenio nos ofrece los medios para superar las restricciones y alcanzar fuentes de placer de lo 
contrario inaccesibles?. Si es así, proporciona una vía para rebelarnos contra temas que son 
fuente de temor.

 

Diversas investigaciones han señalado que el sentido del humor y la risa son elementos 
terapéuticos ante la tensión y la ansiedad (de ahí eso de la “risoterapia”, que hay que tomar 
muy en serio), y es que, mientras el estrés se asocia con malestar psicológico, el humor 
parece proteger a la persona de los efectos negativos del mismo. A nivel fisiológico, el humor 
se ha relacionado con relajación muscular, control del dolor y del malestar. Los efectos 
positivos sobre el bienestar emocional pueden ser explicados por el efecto  que ejerce sobre 
el afrontamiento consciente de las amenazas y situaciones estresantes. Así se considera que 
el humor produce un cambio cognitivo-afectivo que deriva en la percepción de una situación, 
convirtiendo la valoración que se hace de ella en menos amenazadora, con la consecuente 
descarga emocional derivada de la amenaza percibida y la reducción de la activación 
fisiológica. En distintas investigaciones, se ha considerado también que el humor puede 
aumentar la probabilidad de esfuerzos conscientes en la búsqueda de perspectivas alterativas 
(y mucho más positivas) ante los problemas, facilitar el distanciamiento emocional del estrés y, 
como consecuencia, reducir la experiencia negativa. Además de su consideración como 
herramienta de afrontamiento, el humor también ha sido tradicionalmente conceptualizado 
como mecanismo de defensa, que operan de manera inconsciente a través de la alteración de 
la percepción de la realidad interna y externa para reducir la experiencia de malestar. El humor 
permite a las personas afrontar situaciones amenazadoras sin sentirse sobrepasados por las 
emociones negativas.

 
¿Y utilizar el humor como terapia?  ¿Hasta donde pueden los terapeutas influir en el humor de 
los pacientes para que se sientan mejor? ¿Es posible fomentar el buen humor? ¿Es 
terapéutico el sentido del humor?  Porque es conocido que las personas con buen humor 
tienden a enfermar menos en general (enfermedades mentales incluidas). ¿Quiere decir esto 
que el sentido del humor puede tener un efecto protector sobre la salud? Y si es así, 
¿podríamos afirmar que potenciar el humor puede ayudar a mantener o recuperar un buen 
estado de salud? Hay diversos estudios en los que se afirma que los pacientes hospitalizados 
se recuperan antes cuando son capaces de considerar con humor su situación, además de 
que el humor también facilita las relaciones de los pacientes con el personal sanitario, tan 
estresado, por cierto, con la pandemia del Covid-19.

 


No se puede generalizar, pero el sentido común nos dice que hay formas de potenciar el buen 
humor (y como consecuencia, hablando en términos técnicos, generar endorfinas1 saludables), 
como:

- Recordar (no añorar, ojo, que esa es otra) situaciones placenteras, lo que puede ayudar a 
que nuestro organismo secrete el mismo tipo de endorfina que la situación recordada. Esta es, 
dicho sea de paso, la base de numerosas técnicas de visualización, como algunas estrategias 
de Programación Neurolingüística2, entre otras, que potencian estados de relajación, bienestar 
y favorecen el autocontrol en situaciones críticas cuando se potencia el recuerdo de la 
situación agradable.

- Utilizar técnicas de relajación: mediante la respiración, la meditación, relajación muscular 
progresiva, entrenamiento autógeno, biofeedback, etc.

- Hacer deporte.

- Realizar actividades que resulten agradables.

-…

 
Desde el punto de vista científico, estudios actuales apuntan a que hay una estrecha relación 
entre la práctica del humor y las endorfinas. El hecho de reír produce una relajación 
generalizada que favorece la producción de endorfinas, supone un alivio físico y psíquico a un 
tiempo. Las endorfinas  tienen efecto antidepresivo y ayudan a mantener la salud. Además, es 
de destacar su importante acción como mediadoras en el efecto placebo, cuya eficacia ha sido 
demostrada para el alivio de dolores diversos, padecimientos psíquicos (el 40% de los 
enfermos con depresión tratados con placebo mejoran), etc. Los informes clínicos nos dicen 
que hay endorfinas cuyos efectos son más potentes que los de la morfina, sin sus efectos 
secundarios. Las endorfinas tienen un importante papel neurotransmisor en el sistema 
nervioso central. Se ha comprobado su gran capacidad de despolarizar las membranas 
celulares, lo cual disminuye el impulso nervioso. 
 

Una actitud positiva ante la vida y desarrollar el sentido del humor implican una bioquímica 
equilibrada, y esto contribuye a que el funcionamiento neuroendocrino del organismo sea más 
adecuado. En un estudio se pudo observar que la risa reducía los niveles de hormonas de 
estrés, lo cual contribuye a la larga a una mejor calidad de vida. 
 
¿No es cierto que la risa positiva aleja al miedo, a la tristeza, a la preocupación? El humor 
ayuda a que nos desbloqueemos psicológicamente.

Busquemos el lado positivo (aunque, en ocasiones, sea sólo una estrecha rendija) de las 
situaciones adversas. Siempre lo hay.
 
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1Las endorfinas son sustancias producidas por nuestro cerebro que actúan como potentes analgésicos y estimulan los centros de placer creando situaciones satisfactorias que contribuyen a eliminar el malestar. El cuerpo produce endorfinas como respuesta a múltiples sensaciones, entre las que se encuentran el dolor y el estrés. También influyen en la modulación del apetito, en la liberación de hormonas sexuales y en el fortalecimiento del sistema inmunitario. Cuando sentimos placer estas sustancias químicas se multiplican.

2La Programación Neurolingüística (PNL), desarrollada por Richard Bandler (informático y psicoterapeuta) y John Grinder (catedrático universitario de lingüística) en los años 70 del pasado siglo en la Universidad de Santa Cruz en California, es un modelo dinámico que trata de explicar cómo funciona el cerebro humano y cómo procesamos la información que nos llega del mundo que nos rodea. Con ella se descubre cómo se comunica el ser humano consigo mismo y con su entorno y de esta manera, aprendiendo cómo procesamos la información, podemos descubrir nuestros patrones y cambiarlos con determinadas técnicas específicas como, por ejemplo, la visualización, los reencuadres, la línea del tiempo, el cambio de historia, etc.