domingo, 24 de noviembre de 2019

¿Sólo paradojas?

 
El humor, como cualidad humana (aunque reservada, dicen, sólo a algunos), puede reflejar 
todo tipo de situaciones a las que “sacar punta” y, consecuentemente, su existencia está 
sometida y va paralela a la evolución de la propia vida, de forma que, en el extremo, como 
cualquier organismo vivo, nace y muere, entendiendo como ésto el hecho de que la evolución 
social provoque que haya situaciones nuevas a las que es aplicable la óptica humorística o, 
por el contrario, le desaconsejen. Pero, a diferencia de la vida real, en la que el fin es el fin, el 
humor que ya se daba por finiquitado puede renacer de sus cenizas porque situaciones de 
las que era protagonista y que se consideraban superadas se reproducen de nuevo. 
 
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Es lo que pasa con el libro Humor de combate: cómo sobrevivir a las dictaduras, que vuelve 
a estar, lamentablemente, de actualidad, y en el que su autor, Josep Pernau (1930 – 2011, 
periodista, presidente de la Asociación de Prensa de Barcelona, decano del Colegio de 
Periodistas, expresidente de la Federación de las Asociaciones de la Prensa de España), 
recoge un sinfín de ocurrencias e historias anónimas que han servido de desahogo a multitud 
de personas en épocas de opresión y represión, sea fascista, nazi, comunista o franquista. 
Desde ese anonimato inevitable, la risa clandestina y mordaz se alza siempre como la mejor 
arma en tiempos difíciles. Se dice que el humor es la mejor combinación de la tragedia con el 
tiempo. Esta máxima aumenta el mérito de tantos anónimos personajes que, desde su 
trinchera de ingenio y cuando fue necesario, combatieron la incidencia de la dictadura con su 
humor de combate. Como muestra, un botón: En una dictadura, cuando uno se planta en 
medio de la plaza del pueblo y empieza a gritar que el tirano es un imbécil ignorante, le 
pueden detener por dos cosas: por escándalo público o por divulgar un secreto de Estado.

Sin llegar a los extremos que sirvieron de base para la compilación de Pernau, lo que se 
colige es que situaciones sociales similares se puedan reproducir en el tiempo y, con ello, 
poner nuevamente de moda acciones, dichos,… ; hace pocos años (no tantos, los 
inmediatamente anteriores a esta última reforma laboral que está haciendo crecer de forma 
alarmante, ante la irresponsable indiferencia de los gobiernos y los agentes económicos, los 
índices de pobreza en todo el mundo), en estas fechas navideñas festivas (?) que se avecinan, 
en las que, además, por coincidir con el final del año, se solían conocer los datos del salario 
para el año próximo, se hizo popular un chiste (?) que venía a decir: Con lo que me han 
comunicado de Personal, entro de lleno en el consumismo: con-su-mismo-sueldo, con-su-
mismo-abrigo, con-su-mismo-calzado,… 
 
 
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¿Consumismo de chiste? ¿Qué entendemos por consumismo? Pongámonos serios: se 
podría identificar, precisamente, con lo que nos alientan a hacer en estas fechas: la compra o 
acumulación de bienes y servicios no esenciales. Se documenta su inicio en la década de 
1920, cuando se produjo una sobreproducción en Estados Unidos (motivada por un aumento 
de la productividad y una bajada de la demanda por la existencia de un alto número de 
desempleados debido a los cambios tecnológicos) que encontró en el marketing (la publicidad 
idealiza la satisfacción y felicidad personal producida por el consumismo) la herramienta para 
incrementar, dirigir y controlar el consumo; inicia su desarrollo y crecimiento a lo largo del 
Siglo XX como consecuencia directa de la lógica interna del capitalismo. El consumismo se 
ha desarrollado principalmente en el denominado mundo occidental (aunque extendiéndose 
después a otras áreas) haciéndose popular el término sociedad de consumo, referido al 
consumo masivo y, generalmente, dirigido de productos y servicios. Desde hace algún tiempo, 
está en el punto de mira de la sociedad ya que, a gran escala, compromete los recursos 
naturales y la economía sostenible, mencionándose ya como alternativas al mismo el 
desarrollo sostenible, el ecologismo, el decrecimiento y el consumo responsable. 

Pero, ya desde el punto de vista puramente económico, las discusiones acaloradas alrededor 
de su eficacia son inacabables. Si admitimos su nexo con el capitalismo, empecemos por 
éste: el origen etimológico de la palabra “capitalismo” proviene de la idea de capital y su uso 
para la propiedad privada de los medios de producción. En el capitalismo, los individuos y las 
empresas (no los gobiernos) llevan a cabo la producción de bienes y servicios de forma 
privada e interdependiente, dependiendo así de un mercado de consumo para la obtención 
de recursos. El intercambio de los mismos se realiza básicamente mediante comercio libre y, 
por tanto, la división del trabajo se desarrolla de forma mercantil y los agentes económicos 
dependen de la búsqueda de beneficio. Según ésto, la sociedad capitalista es toda aquella 
sociedad política y jurídica basada en una organización racional privada del trabajo, el dinero 
y la utilidad de los recursos de producción, caracteres propios de aquel sistema económico. 
En el orden capitalista, la sociedad está formada por clases socioeconómicas en las que 
existe la posibilidad de movilidad social de los individuos, por una estratificación social de tipo 
económico, y por una distribución de la renta que depende casi enteramente de la 
funcionalidad de las diferentes posiciones sociales adquiridas en la estructura de producción, 
por lo que se la considera responsable de generar numerosas desigualdades económicas y, 
desde la óptica ecológica, un sistema basado en el crecimiento y la acumulación constante 
es insostenible, y acabaría por agotar los recursos naturales del planeta, muchos de los 
cuales no son renovables, además de que el consumo de estos recursos es desigual entre los 
países y en sus respectivas clases económicas. 
  
No es objetivo de estas líneas posicionarse a favor o en contra de estos sistemas socio-
económico-políticos (sobre los que, por otra parte, se han vertido, y se vierten, ríos de tinta 
útiles en su lectura y selección para que cada cual se forme opinión razonada), pero sí 
reflexionaremos sobre alguna paradoja, quizá conocida, de ellos, 
 
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Una de las mayores preocupaciones políticas de las élites gobernantes es la de, en aras de 
lo que definen como “normalidad”, hacer creer al ciudadano que el régimen económico que 
se implanta y/o mantiene (sea el que sea, en los diferentes escenarios) es el fundamento  
social de la convivencia, por ser el más beneficioso tanto a nivel colectivo como a nivel 
individual, de forma que si una medida del sistema es buena para la comunidad también lo 
es para la persona, y al revés. Hay múltiples indicadores de que esto no se cumple en ningún 
sistema económico conocido pero, por lo que se refiere al nuestro, al que citamos aquí, el 
capitalismo, recordaremos tan sólo un par de aspectos que desmontan esa teoría.

El primero es el que ha desarrollado como “paradoja del ahorro” el profesor de Economía de 
la Universidad estadounidense de Princeton y Premio Nobel de Economía en 2008 Paul 
Krugman y que, muy resumido, se estructura así: supongamos que en una época en la que 
se vislumbran tiempos económicamente difíciles, un ciudadano decide, como medida 
prudencial personal, reducir su nivel de gastos y ahorrar para pagar con desahogo sus 
deudas. Nada que objetar y, seguramente, el llevar a la práctica esa decisión le resulta a él 
positivo. No obstante, si son varios los agentes económicos que se preocupan a la vez por el 
problema de la deuda, el empeño colectivo por solventarlo conduce, sin remisión, al marasmo 
(si, por ejemplo, miles de propietarios en dificultades deciden vender su casa para cancelar la 
hipoteca, el resultado es el hundimiento de los precios inmobiliarios, lo que ahoga a otros 
propietarios y provoca nuevas ventas forzosas). Si los consumidores recortan drásticamente 
su gasto, la economía en su conjunto se desploma, desaparecen puestos de trabajo (de todos 
aquellos negocios que fabrican o venden algo que ahora nadie compra) y la carga de la deuda 
de los consumidores se agrava aún más. Y si las cosas llegan a un punto lo suficientemente 
malo, puede llegarse a la deflación (caída general de los precios), lo que supone que la carga  
real de la deuda asciende aunque su valor monetario actualizado esté cayendo, lo que, en 
palabras del economista Irving Fisher (1867 – 1947) referido a la época de la Gran Depresión 
en EEUU, con puntos de correspondencia con nuestra actual crisis, “cuanto más pagan los 
deudores, más deben”, ante lo que la única solución es, no una política de austeridad, sino 
que los gobiernos inviertan para que los consumidores puedan mantener su nivel de gasto, es 
decir, que los mismos gobiernos que propugnan y consagran la iniciativa e inversión privadas 
como casi fundamento único del sistema económico, son los responsables de actuar cuando 
todo se deja a ese criterio. ¿Os suena? Claro, que como eso, para según quién, expide un 
cierto tufillo de socialización de la economía, no acaba de verse bien1. 

Otra paradoja (algunos la llaman falacia) del sistema tiene que ver con la formación. Sigamos 
con Krugman. Muchos debates sobre la creciente desigualdad social hacen que todo se 
reduzca a la importancia, cada vez mayor ciertamente, de las aptitudes y la formación de la 
persona, en base a la disminución en el mercado de trabajo de tareas físicas o rutinarias de 
acuerdo con las nuevas tecnologías, con lo que la minoría que cuenta con estudios superiores 
y una buena formación se impone sobre la mayoría con menos formación, y eso para que se 
cumpla el principio inculcado en el sistema económico de la posibilidad de acceder a esa 
movilidad prometida en los niveles de castas (bueno, aunque es verdad que no se utiliza ese 
nombre). Y, a decir verdad, esto no es falso del todo; en general, cuanta más formación tiene 
una persona, mejor le ha ido en los últimos cuarenta años, pero centrarse sólo en las 
disparidades salariales debidas al factor de la educación es dedicarse a las migajas inducidas 
y perder de vista, no sólo una parte, sino el meollo de la problemática.

¿O acaso los maestros y profesores del sistema educativo, los médicos de nuestro excelente 
sistema sanitario, los abogados que acaba por lucir canas en eternas pasantías,… no tienen 
formación suficiente? Sobrada la mayoría de los casos, y sin embargo se ven “premiados” 
con un trabajo en condiciones precarias y con sueldos, en ocasiones, de auténtica miseria. 
Porque los verdaderos beneficios del sistema no han ido a parar a trabajadores con estudios 
superiores (y algún que otro posgrado) sino a la élite, con estudios o sin ellos, un puñado de 
personas muy adineradas (el famoso 1%, origen de muchos movimientos sociales). Krugman 
cita datos de los Estados Unidos según los que en 2006 (antes del inicio de la crisis) 25 
administradores de fondos de inversión ingresaron más del triple que los 80.000 maestros de 
la ciudad de New York juntos. En 2006. Y si recordamos que uno de los efectos de la crisis 
ha sido/es aumentar las diferencias, apaga y vámonos.

Podíamos seguir diseccionando y contraponiendo con cifras oficiales la palabrería a que nos 
tienen acostumbrados nuestras clases dirigentes, pero lo dejamos aquí. Después, la reflexión 
con argumentos es, naturalmente, libre. 
 
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1En este punto vale echar mano del keinesianismo; John Maynard Keynes (1883 – 1946) fue un economista británico, uno de los más influyentes del siglo XX, cuyas ideas tuvieron una fuerte repercusión en las teorías y políticas económicas. Está considerado también como uno de los fundadores de la macroeconomía moderna.
La principal novedad de su pensamiento radica en considerar que el sistema capitalista no tiende al pleno empleo ni al equilibrio de los factores productivos, sino hacia un equilibrio que solo de forma accidental coincidirá con el pleno empleo. La principal conclusión de su análisis es una apuesta por la intervención pública directa en materia de gasto público, que permite cubrir la brecha o déficit de la demanda. Según su teoría, el ingreso total de la sociedad está definido por la suma del consumo y la inversión; y en una situación de desempleo y capacidad productiva no utilizada, «solamente» pueden aumentarse el empleo y el ingreso total incrementando primero los gastos, sea en consumo o en inversión. Keynes refutaba la teoría clásica de acuerdo con la cual la economía, regulada por sí sola, tiende automáticamente al pleno uso de los factores productivos o medios de producción (incluyendo el capital y trabajo) y postuló que el equilibrio al que teóricamente tiende el libre mercado, depende de otros factores y no conlleva necesariamente al pleno empleo de los medios de producción. Así Keynes postuló que el equilibrio de la oferta y la demanda, sería correspondiente a un caso "especial" o excepcional, en tanto que la teoría debería referirse al proceso "general" y a los factores que determinan la tasa de empleo en la realidad. En consecuencia llamó a su proposición "Teoría general".
Pocos economistas de su época, renombrados en los Estados Unidos, comulgaron con las ideas de Keynes. Con el tiempo, sin embargo, sus ideas fueron más ampliamente aceptadas.
El principio de Say, vigente en economía desde finales del siglo XVIII, decía que no podía haber comprador sin un productor, pero que si podía haber productor sin que hubiera comprador -por lo que, el consumo sería consecuencia y recompensa de la producción y no al revés- En términos no técnicos, el liberalismo económico clásico supone que cuando se produce un bien se han producido también los medios para la compra de otros bienes (en la medida en que una vez producido podrá ser directa o indirectamente -mediante el uso de dinero- intercambiado por otros bienes). . Keynes invierte la Ley de Say, y, para él, no es la producción la que determina la demanda, sino la demanda la que determina la producción.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Accesibilidad ¡qué bonita palabra!

Pues veréis, resulta que este fin de semana pasado estuve disfrutando del buen tiempo en un 
lugar público (del que no daré absolutamente ninguna pista identificativa y sólo citaré sus 
magníficas vistas al mar), de estancia y ambiente muy agradables, por cierto, después de 
cumplir la rutina, a través de su página web o de otras fuentes fiables, de verificar que se 
trata de un lugar accesible para personas discapacitadas. Todo como una seda hasta que, 
en experiencia seguro que compartida con más de uno de vosotros, llega ese momento…- ¿El lavabo, por favor?
                                               - Sí, en el piso de arriba, por allí.” 

Y se queda tan ancho... 
Con escaleras y sin ascensor, claro. ¿Qué pasa? ¿Que las personas discapacitadas son 
superhombres o supermujeres (que lo son, pero eso no viene a cuento ahora) y están 
exentas del uso de lavabos y no hace falta que se contemple su acceso a ellos? ¿Qué se 
entiende, pues, por accesibilidad? ¿Sólo la externa, la comercialmente imprescindible para 
entrar/consumir/pagar? 
 
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No es la primera vez que se encuentran desagradables sorpresas similares, especialmente 
con la ubicación de las toilettes, “arriba (o abajo) de las escaleras” o, simplemente, a otro 
nivel, eso sí, muy estético.  Sin llegar a ese extremo, es habitual que los aseos estén situados 
en lugares de difícil acceso, al final de pasillos angostos, con puertas diminutas y estrechos, 
de dimensiones tales que una persona no discapacitada ha de ser delgada y poco menos que 
contorsionista para usarlos. Ya sé, ya sé que muchos “locales de moda” ocupan edificios 
antiguos o “históricos” que tienen la arquitectura (y las subsiguientes carencias) que tienen. Y 
contra eso, poca cosa se puede hacer. Pero sí en los edificios nuevos.

De aquí la propuesta de estas líneas, con la esperanza de que su lectura llegue a los 
arquitectos, los Colegios de Arquitectos (responsables del diseño de los proyectos y su visado 
respectivamente) y las concejalías de Urbanismo y/o Edificación o similares (responsables de 
la concesión del permiso de obras y de la certificación de fin de obra) como necesario 
recordatorio, partiendo del hecho de que, según cifras oficiales de 2018, tan solo el 0,6% de 
los diez millones de edificios que forman el parque inmobiliario español (25,6 millones de 
viviendas) cuentan con medidas que favorecen la accesibilidad a personas con movilidad 
reducida o con discapacidad pese a que el Real Decreto Legislativo 1/2013, en el que se 
aprueba el Texto Refundido de la Ley General de las Personas con Discapacidad y de su 
Inclusión Social, daba de plazo hasta el 4 de diciembre de 2017 para que todos los inmuebles, 
en su parte pública, permitiesen el acceso y uso sin problema a todas las personas, sin 
embargo, es algo que no se ha cumplido ya que son un muchos las edificaciones nuevas que 
carecen de estas medidas.

Ciertamente, la Accesibilidad (en mayúsculas) no se encuentra en muchos proyectos por 
muchas razones  y no es siempre una cuestión unilateral por parte de los arquitectos. Es una 
realidad que la mayoría de los técnicos que participan en las obras carecen de las habilidades 
y formación adecuadas y en la práctica habitual, cuando se desarrolla un proyecto de 
arquitectura o urbanismo, se deja a la accesibilidad como algo que hay que cumplir “por ley” 
con "estas tablas de medidas" y, tal vez, de una manera residual, porque "si no justifico estas 
tablas, no me visan el proyecto y tampoco me conceden licencia", construyéndose 
posteriormente a veces algo bastante alejado de lo "accesiblemente correcto" autorizado (¡ay 
de esas rigurosas inspecciones de fin de obra!). El problema actual, sin embargo, hay que 
empezar a solucionarlo desde los primeros bocetos de las asignaturas de la carrera. Y para 
proyectar hay que conocer la discapacidad. Ya no digo que haya que tener una relación 
directa con ella obligatoriamente, aunque no vendría mal que, además de tener las nociones 
básicas de lo que supone tener una discapacidad1, se experimentara, aunque sólo sea por 
unas horas, lo que supone vivir en una ciudad y habitar unos edificios, de los que los 
arquitectos van a ser responsables durante muchos años, con esa actitud ante la 
discapacidad que en la carrera de arquitectura se borra no se sabe muy bien por qué. 
 
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Es cosa de pura lógica. Si a los arquitectos se les obliga a diseñar proyectos, en donde se 
han de cumplir escrupulosamente las normas sobre materiales, estructuras, distribuciones y 
legislaciones, en ese mismo cóctel se ha de incluir la vigilancia de los parámetros de esa 
accesibilidad tan necesaria, pero verdaderamente aprendida como asignatura y olvidada en 
la práctica.  Diseñar con la inclusión de la auténtica accesibilidad no es un límite al proyecto, 
sino un reto al profesional. La profesión lo sabe y da muestras de que ha comenzado su 
sensibilización: ya en la XII Bienal Internacional de Arquitectura 2014, celebrada en Costa 
Rica, en la que participaron arquitectos de Estados Unidos, España, Venezuela, Argentina, 
Ecuador, México, Cuba y Costa Rica, que estuvo dedicada a asuntos relacionados con la 
necesidad de diseñar espacios con todas las condiciones para que todas las personas 
puedan tener acceso a ellos, de los derechos humanos de las personas con discapacidad, 
así como el fundamento teórico-conceptual, legal-normativo y técnico de la accesibilidad 
universal, para generar y formar conciencia y compromiso entre los actuales y futuros 
profesionales de la arquitectura, etc., y en la que dijeron (entre arquitectos, no lo olvidemos) 
cosas tales como que “no hay que olvidar que en el mundo aún existen barreras de 
accesibilidad de todo tipo donde es frecuente observar la ausencia de rampas y aceras libres 
de obstáculos, poco respeto a los aparcamientos reservados a personas con movilidad 
reducida; servicios sanitarios carentes de criterios de accesibilidad, ausencia de señalización 
e información en formatos alternativos accesibles, etc.”, Eduardo Elkouss, arquitecto 
argentino residente en España, afirmó en su ponencia "que el componente de educación y 
sensibilización en la sociedad es fundamental ya que entender el acceso universal como un 
derecho para todos los seres humanos, no se logra de la noche a la mañana".

Evidentemente nos encontramos ante un escenario asaz complejo, que no se reduce al 
diseño estándar. Cuando se proyecta y diseña algo de uso público (un centro comercial, una 
instalación deportiva, un centro de ocio en cualquiera de sus modalidades, etc.), no hay 
discusión: debe ser accesible, no sólo a la entrada, sino a TODOS sus servicios, aseos, 
lógicamente, incluidos. Pero, ¿qué ocurre en el caso usual del proyecto de un bloque de 
viviendas en el que se destinan, a lo sumo, la planta baja a “locales comerciales”? Lo habitual 
es que nadie sabe a priori si esa planta baja, con el edificio terminado, la ocupará un 
restaurante, una óptica, una zapatería, una sucursal bancaria… o la sede de un partido 
político. No debe de haber problema en cuanto a la accesibilidad externa, contemplada por 
la normativa, y por lo que se refiere, en concreto, a los lavabos, mi propuesta es que el 
diseño de todos los locales que eventualmente puedan ser de uso público sea 
obligatoriamente con los servicios adaptados y accesibles, que sea requisito necesario tanto 
para su visado por el Colegio como para la concesión de la licencia municipal de obra, con 
especial vigilancia de su cumplimiento a la hora de certificar el final de obra previo a la 
concesión de la necesaria cédula de habitabilidad. No hace falta decir que si el local se 
divide en varas unidades fincarias con servicios particulares, todas las fincas segregadas 
deben estar afectadas por el mismo requisito de accesibilidad y sometidas a idéntico nivel de 
inspección. 
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Con estas medidas, o similares (y su estricto cumplimiento) se velaría, además, porque la 
accesibilidad real y completa fuera algo constatable, no sólo para alguien externo, sino 
también, eventualmente, para un posible trabajador discapacitado de esas empresas que 
han ocupado los locales (esa es otra, el contumaz incumplimiento de cuotas de personal 
discapacitado, pero en eso no entraremos hoy). Otro escenario diferente es el de los 
edificios de viviendas, en los que se perciben tímidos pasos como el proyecto normativo 
presentado por el Ayuntamiento de Barcelona por el que se exigirá a los promotores que 
un cierto porcentaje de vivienda nueva ya se diseñe adaptada (lavabos, cocinas, puertas,...) 
para personas con discapacidad. 
 
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1Existen experiencias realizadas por algunas fundaciones y asociaciones, donde amablemente se acompañan/guían a determinadas personas sin discapacidad, a las que han prestado una silla de ruedas, han dado unas gafas oscuras para impedir la visión, unas muletas o incluso unos tapones de los oídos para impedir la audición. Las personas que experimentan esto, siempre tienen un cambio de actitud y "se dan cuenta" de muchas cosas antes invisibles a su comprensión. En este aspecto existen más posibilidades que,en un supuesto real se pueden aportar.

lunes, 11 de noviembre de 2019

"Todo en la vida es cine..."

Hace pocos días me pasaron una copia remasterizada, para ver lo que ha ganado para su 
visionado en la pantalla del televisor doméstico con su nueva calidad técnica, de la película  
Sed de mal (Touch of evil, 1958), todo un clásico en blanco y negro dirigido por Orson Welles, 
con un guión espléndido de Welles basado en la novela “Badge Of Evil” de Whit Masterson, y 
protagonizado por el propio Welles (que borda un papel en el que consigue ser repelente,
repugnantemente odioso), Charlton Heston (lejos de sus papeles bíblico/épicos), Janet Leigh, 
Marlene Dietrich, Joseph Calleia, y otras figuras de la historia de eso que se conoce como el 
séptimo arte.

Para quien no conozca la película, y sin “destriparla” (lo que ahora se llama “hacer un spoiler”) 
en su argumento, sólo apuntaremos que está considerada una obra maestra de Welles cuya 
magnífica dirección  eleva a la categoría de clásico esta intriga policíaca de deslumbrante 
reparto y compleja historia sobre el poder y la corrupción en la que los destinos de todos los 
protagonistas están relacionados de principio a fin, y la fotografía lo ilustra atrapándolos en 
los mismos planos, o relacionándolos a través de los cortes. Para muchos críticos, éste es el 
último gran filme del período clásico del cine negro estadounidense y está seleccionada por el 
Congreso de los Estados Unidos para su preservación en el National Film Registry. 
 
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La pequeña historia dice que, una vez terminada la película, la Universal, la productora, la 
encontró indeciblemente desagradable y estéticamente confusa, la mutiló de la forma más 
abyecta posible, y la estrenó como un producto de baja calidad, sin apenas promoción, y 
echando pestes de ella. Increíble, pero cierto. La versión que se estrenó, pues, tenía una 
duración de 93 minutos y no tuvo demasiado éxito, provocando por ello el enfado de Welles, 
que se despachó a gusto con una memoria de 58 páginas en la que indicaba los cambios que 
debían realizarse (más favorable fue la acogida en Europa, donde obtuvo elogiosas críticas ya 
de inicio y ganó el premio de mejor película en el Festival de Cine de Bruselas, con un jurado 
en el que estaban nada menos que Jean-Luc Godard y François Truffaut, historia del cine). 
Sólo a partir de 1975 empezó a distribuirse la versión de 108 minutos, y en 1998 se realizó un 
último montaje que seguía las directrices señaladas por Welles en su memorando. En realidad, 
cualquiera de las tres versiones demuestra la genialidad de Welles, y el propio hecho de que 
existan esas tres versiones, ninguna de ellas supervisada por el director, es otra característica 
más de su cine.

Tan sólo el célebre y espectacular primer plano secuencia1 con el que da inicio la narración y 
la película, ornamentado por los acordes del mágico acompañamiento musical del compositor 
Henry Mancini, vale por toda la filmografía completa de muchos directores. Se trata, sin duda, 
ese plano secuencia, de un prodigio de dominio de la técnica y puesta en escena, y sin 
discusión uno de los mejores comienzos de una película en la historia del cine. El largo plano, 
de 3 minutos de duración, cuentan que tardó 15 días en llevarse a cabo pero se transformó en 
un plano mítico dentro de la historia del cine que se estudia en todas las escuelas de cine 
como ejemplo de planificación y composición. En opinión de muchos expertos, cualquier 
presunta innovación actual cinematográfica en el planteamiento narrativo y estilístico se 
convierte de inmediato en una antigualla en comparación con la modernidad que destila esta 
joya del año 1958. 

Y cuando yo ya me relamía anticipando la recuperación de viejas sensaciones, fue al ver de 
nuevo esa secuencia cuando empecé a tener la sensación de que algo fallaba, algo la hacía 
diferente a como yo la recordaba. Hasta que caí en la cuenta de que lo que la hacía diferente 
es que la estaba viendo en casa, en una pantalla de televisión, y no en una sala de cine. 
Porque el cine, con el que para mi estaba identificada la película en mi recuerdo, es una 
actividad colectiva que ofrece la experiencia única de la sala cinematográfica, de la oscuridad, 
de la gran pantalla y el sonido envolvente, del evento social y la cautividad del entorno 
mientras que la televisión es un medio que se introduce en la intimidad de los hogares y se 
suele alternar con otras actividades.. 

En el fondo y de alguna manera, la televisión y el cine son medios parecidos, dado que 
comparten similitudes, aunque no iguales. La televisión, de entrada, está concebida realmente 
como un medio de comunicación de masas: transmite de forma sincrónica sonidos e 
imágenes para su recepción simultánea y vehicula programas que pueden ser de diferentes 
modalidades como la educación, la información y el entretenimiento. La televisión incorpora 
gran variedad de géneros narrativos como mesas redondas (en las que caben ¡ay! toda 
suerte de tertulianos, también expertos, independientes e informados), magazines, 
informativos, concursos, programas didácticos…además de tener en consideración la 
presencia del directo, algo que no es encontrado en el cine, dado que en este medio no se 
puede encontrar nada en directo. Todo es filmado, montado, editado, colocando en el 
producto efectos especiales con programas de postproducción, retocando las imágenes,
colocando voces de doblaje…y todo un sinfín de efectos que no encontramos en programas 
de televisión. Los géneros que nos encontramos en televisión tradicionalmente son shows, 
magazines, concursos, informativos… 
 
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Sin embargo en cine nos encontramos otro tipo de géneros como lo son el drama, comedia, 
terror, romántico, cine de autor, acción, biopic… Los objetivos de la televisión son (en teoría) 
formar, informar (lo de desinformar se ve que vino después) y entretener, pero el cine tiene 
otro tipo de objetivos más emotivos, como el comunicar una historia apelando al interior del 
espectador y provocarle todo un número de emociones como la risa, llanto, intriga, suspense, 
horror, romanticismo… El narrar una historia para transmitir toda una serie de sentimientos 
es un arte. Aunque la verdad es que últimamente, la mayor parte de la televisión se utiliza 
simplemente para informar y entretener pese a que parte de la información, siendo 
manipulada por los poderes políticos a su antojo, comprando la ética de todo profesional de 
la información y criticando su trabajo a capa y espada, para convertir los medios, en general, 
en pura bazofia. olvidando que los medios y sus profesionales están ahí, para las duras y 
para las maduras, le pese a quien le pese, pero deben hacer su trabajo. Sin embargo, entre 
todos no les dejan trabajar con ética, y quieren manejar la información y ocultar lo que no 
gusta que se sepa, y aquellos que se dejan comprar con unos euros o un ascenso, venden 
su moral, vendiendo a la vez el objetivo primordial (y constitucional, no se olvide) del 
periodismo: informar verazmente a los ciudadanos de los temas relevantes del país y 
educándolos para que se hagan personas críticas con la sociedad, y no mera masa que 
hace lo que el poder se le antoja para tenerlos controladitos y sin pensar.

Por otro lado, están gran parte de los programas de entretenimiento, utilizando a intrusos en 
el mundo de los medios, como gente sin el graduado escolar, esposas de toreros, modelos… 
que les pagan unos euros por entretener sin ningún tipo de conocimiento, de ética ni de 
respeto por los telespectadores, cuando lo que deben hacer es dejar que personas con 
titulación y/o conocimientos estén ahí.

El cine en cambio es un arte. Trabaja gente que entiende de verdad, porque se juegan 
muchas cosas, aparte de la taquilla, nominaciones, premios… En realidad, en muchas 
ocasiones no buscan eso, los directores buscan que la historia llegue al espectador y le 
transmita emociones2. No que cuente algo por contar, para entretener, que también es válido 
en el caso del cine comercial, sino contar algo para transmitir al espectador emociones, 
sensaciones, sentimientos a través de silencios, imágenes con gran carga visual, efectos 
especiales impactantes, sombras, reflejos, objetos con peso a lo largo de la historia… No 
todo lo importante de una historia son los diálogos ni los hechos, lo visual y lo sonoro también 
tienen mucho peso sobre todo en el cine independiente. 
 
 
Pero los adelantos técnicos son los que son, y pronto (en términos históricos) las películas 
concebidas para su exhibición en salas cinematográficas “se colaron” en las programaciones 
televisivas aunque, pese al enorme interés manifestado por los espectadores por acceder a 
las películas sin salir de casa, el cine tardó tiempo en tener un espacio consolidado en las 
parrillas de la televisión. Las trabas de la industria y los problemas técnicos y artísticos 
hicieron que se programasen de entrada pocas películas y que no siempre se respetase su 
emisión. En España, a partir de finales de los años 60 no solo aumenta la variedad de filmes 
visibles en televisión emitiéndose ciclos de cine de culto además de producciones de 
entretenimiento sino que, también, se observa una mayor seriedad a la hora de tratar los 
espacios cinematográficos3. Hasta hoy, que con la disposición de películas empaquetadas 
para su visionado usando unos cada día más sofisticados aparatos de reproducción y con la 
irrupción de plataformas televisivas (inicialmente al amparo de series, con un lenguaje visual 
y temporal diferentes de los de una película) hemos llegado a un totum revolotum en el que 
las fronteras entre producto para sala de cine o para pantalla doméstica de televisión se 
difuminan cada vez más hasta su casi disolución.

Ese, seguramente imparable, proceso de asimilación entre cine y televisión, acelerado y 
ampliado por la eclosión de la informática de bolsillo, representada por el sistema 5G (por el 
momento), que añade más utilidades tecnológicas a la vida cotidiana, no quita para que 
existan obras creadas para un medio – el cine, en este caso – para las que es casi un  
sacrilegio verlas en otro – la televisión, en este caso, y no digamos los teléfonos móviles – 
porque al hacerlo se pierden las sensaciones que sus autores quisieron despertar pensando 
en las características del medio para el que las crearon.

Es lo que pasa con el plano secuencia de Sed de mal. Y no afecta sólo a la imagen, pese a 
que ella sea definitoria (el efecto en el espectador del plano final de Carrie, de Brian de Palma, 
pongamos por caso, no tiene ni punto de comparación si se ve en una sala de cine o si se ve 
en el televisor de la sala de estar de casa), sino al conjunto de la obra. Ver la escena de la 
ducha de Psicosis, de Alfred Hitchcock, en la televisión, lleva a perder el influjo, que en la 
sala de cine sí se percibe, de la música obsesiva de Bernard Herrman en esa secuencia. Ya 
que hemos desembocado en la música, sigamos con ella, sin mencionar, que no es el caso, 
los musicales que se rodaron como películas para el cine, sino para ver su importancia 
dentro de la obra que, en un pase por televisión no se aprecia. 
 
 
Sólo como muestra. Francis Ford Coppola rodó en 1970, basándose en una novela de 
Joseph Conrad, la que es considerada obra maestra Apocalypse now (incluida, por cierto, 
como Sed de mal, en el National Film Registry estadounidense), una ácida crítica a la guerra 
del Vietnam y a la locura de todas las guerras; en ella, la música y su tratamiento tecnológico 
juega un papel fundamental, y así se comprueba desde el inicio, en el que la imagen del 
protagonista tendido sobre la cama y mirando el ventilador de techo, se une a la de los 
helicópteros sobrevolando la selva y bombardeándola con napalm, mientras la canción de 
The Doors The End, envolvente en los distintos altavoces de la sala, sirve como nexo de 
unión y da significado a las imágenes a la vez que deja al espectador clavado en el asiento y 
predispuesto a lo que se le avecina. Destacable es también, en ese sentido, la escena en la 
que los helicópteros bombardean un poblado vietnamita, todo ello ambientado con la música 
de Richard Wagner de la “Cabalgata de las valquirias4. Es evidente que estas escenas 
pierden toda su fuerza dramática si no se ven en la oscuridad de una sala y, literalmente, 
rodeados por la música. 
 
 
No hace falta acudir a obras maestras para recapacitar sobre lo que pierde una película 
pensada para exhibir en una pantalla de proyección cuando se ve en un televisor doméstico. 
Cuando el hoy consolidado Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, que se 
celebra cada año en Sitges (Barcelona), luchaba para quitarse de encima la etiqueta “de 
terror”, heredada de sus orígenes como “Semana del cine de terror”, y para ser reconocido, 
trajo entre otras la película Calles de fuego (Streets of fire, 1984), una fábula rock de Walter 
Hill (que consiguió, dicho sea de paso, el premio a la mejor actriz para Amy Madigan) que, 
vista en televisión, pierde todo su climax. 
 
 
Pero no se puede ir de espaldas a la evolución: “Ahora que ya me había acostumbrado a 
decir PINÍCULA, resulta que se llaman FLIMS"


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1Un plano secuencia es, en el cine y la televisión, una técnica de planificación de rodaje que consiste en la realización de una toma sin cortes durante un tiempo bastante dilatado, pudiendo usar para su realización travellings y diferentes tamaños de planos y ángulos en el seguimiento de los personajes o en la exposición de un escenario. Este procedimiento no se usa habitualmente debido al gran número de elementos que deben coordinarse (actores, cámara, iluminación, etc.), debiendo iniciarse de nuevo desde el principio si algunos de ellos falla. Al parecer, y en este caso, existe una entrevista en la que Orson Welles justificaba el célebre plano-secuencia por la voluntad de poner a prueba la destreza de los técnicos del estudio: “Quise comprobar si serían capaces de resolver toda la escena en una sola toma”, venía a decir el director al ser preguntado por las motivaciones de la secuencia en cuestión.

2Recuerdo el entrañable “cine de verano” de mi infancia, situado, con sillas plegables, en el ruedo cubierto de gravilla de una antigua y fuera de uso plaza de toros. La programación (siempre doble) solía estar dominada por dramones que, a las parroquianas, “llegaban al alma”, y era habitual oir un comentario recurrente a la salida: “- ¿Te ha gustado la película? - Sí. ¡qué bonita! ¡qué panzá’llorar me he pegao!”

3Con la lógica preocupación de la industria del cine: “Paso a paso, la televisión de todo el mundo ha ido moviendo sus tentáculos para hacer presa en aquellos ambientes que hasta ahora eran privilegio exclusivo del cine”, “… Entonces los espectadores de cine, los que iban «echen lo que echen» y siempre a mismo cine de barrio –lujoso o no, se encuentran con que sin salir de casa pueden divertirse como antes. Y dejan de ir al cine”

4Inspirado, al parecer, de la realidad: así consta que hacían los audiovisuales de la Fuerza Aérea Nazi (la Luftwaffe) para la instrucción de los cadetes de vuelo.