sábado, 1 de agosto de 2026

Y también del Japón.



Tras todas las entradas que hemos publicado sobre música, nos damos cuenta de que no puede faltar Japón que es realmente muy famosa, tiene sus parecidos con los países vecinos y, además, hablando de música tradicional, la japonesa es la que resulta más atractiva desde la perspectiva occidental. Lo primero es saber el término con el que se conoce en su país de origen: hougaku. En contraposición al término de música tradicional está el ongaku como se denomina a la música en general. Es decir, los japoneses tienen una concepción de su música como unas armonías y melodías destinadas a traer paz a su país y a aquellos que la escuchan. El origen de toda la música tradicional japonesa está en las canciones populares, pero los géneros más famosos que conocemos hoy día tienen una procedencia muy amplia a muchos hechos históricos y vertientes artísticas. Para empezar, la llegada del budismo a Japón en los siglos VI y VIII significó también la llegada de nuevas formas rituales que derivan después en artes escénicas o musicales o aportan a las ya existentes. Además de esto, la influencia china trajo muchos de los instrumentos, y uno de ellos es el shakuhachi (especie de flauta) budista. Durante el periodo del shogunato estaba prohibida la circulación de personas por el país entre las fronteras regionales. Sin embargo, los monjes budistas zen eran una excepción a esta regla porque el peregrinaje era el único tipo de viaje que se permitía al ser de carácter espiritual. Pues bien, allí a donde viajaban, siempre llevaban encima eta flauta tan característica. Por otra parte, el shoumyo (literalmente “voz” pero con una connotación similar a “sabiduría”) es un tipo de canto budista que se ejecuta en grupos de monjes en ceremonias budistas. Es tal la importancia de estos cantos para toda la música tradicional posterior a su llegada a Japón que en gran parte de piezas clásicas de música tradicional japonesa se delatan rasgos muy característicos en las voces o en los ritmos que son inspirados, que proceden o que evocan a los cantos shoumyo. En adición a la llegada de la religión budista, también la música de la corte china tuvo un impacto significativo en la música japonesa. Hasta ese momento, se habían cantado canciones populares con baile y acompañamiento musical durante celebraciones y rituales a nivel regional para transmitir cierta sabiduría popular a las generaciones posteriores pero con la centralización del gobierno y su poder, la música popular fue llevada a la capital y adoptada a la corte. De este fenómeno surgirían cantidad de tipos de funciones y teatros que estimularán la música tradicional japonesa hacia nuevas y extensísimas dimensiones. Uno de los géneros clásicos que surgirá de aquí es el gagaku, que aún permanece hoy día  y se considera el tipo de arte interpretativa más antigua de Japón y, por tanto, posible precursora de tantas otras disciplinas escénicas. Tiene varios repertorios, pero a día de hoy lo más importantes son: kangen, un género puramente instrumental y sin voces y bugaku, basado en lo instrumental y también acompañado de elegantes danzas muy pausadas. Es muy importante cuando hablamos de música tradicional japonesa hablar del teatro japonés, y es que hoy en día es la fuente cultural en el que vamos a escuchar piezas musicales tradicionales más a menudo. El teatro Noh, cuyo origen era más bien popular, se comenzó a considerar arte de alta clase con el paso del tiempo y la propagación del género por todo el país; en él aparecen cuatro músicos en el escenario además de los actores y un coro de ocho a doce personas. Se utilizan tres tipos de tambores y una flauta de bambú, que es el instrumento que lleva la melodía en solitario. La contraposición al teatro Noh es el teatro Kabuki, más informal y colorido que su opuesto dramático e intenso. Solía estar acompañado de cantos y del sonido de uno o varios shamisen. Por último, tenemos el teatro Bunraku, de marionetas, en el que también tomaba un papel importante el shamisen (instrumento musical derivado del chino sānxián, de tres cuerdas), otros instrumentos y la voz junto a la puesta en escena de marionetas. Como se puede suponer, la influencia es bidireccional: en su día la música popular entró en la corte, y posteriormente la música de la corte ha influido hacia el exterior en el folclore popular.

... pero no eran brujas...


 


El gallego Carlos Núñez es uno de los talentos musicales más grandes que tenemos en España, está considerado como uno de los mejores gaiteros del Mundo y toca la flauta con gran delicadeza y sentimiento, como se puede comprobar en la canción de hoy: «María Soliña», aparecida en su álbum «Os Amores Libres», donde el gaitero trató de indagar sobre la música celta y su relación con las melodías tradicionales gallegas e, incluso, con culturas en principio bien alejadas de lo celta, como el flamenco; en este sentido, recomiendo «A Orillas del Río Sil«, interpretada por la cantaora Carmen Linares. Volviendo a la melodía de hoy, está dedicada a María Soliño (o Soliña), una mujer nacida en Cangas de Morrazo (Pontevedra) a finales del siglo XVI, que consiguió adquirir un estatus económico desahogado gracias al establecimiento, junto con su hermano y su marido, de una pequeña manufactura de pescado en el municipio. En 1617 Cangas fue atacada y saqueada por los piratas turcos, lo que llevó al empobrecimiento de su población, incluida la clase acomodada, y al enloquecimiento de muchas de sus mujeres, que padecieron el horror de la guerra y, a menudo, vieron como fallecían sus maridos y familiares en la defensa de la plaza, circunstancia que fue aprovechada por la minoría dominante de Cangas para culminar el saqueo, esta vez entre quienes aún poseían bienes preciados como los «derechos de presentación» en capillas y freguesías, es decir, los previsibles beneficios de estas entidades. Al parecer, María Soliño acudía a la playa por la noche (como otras mujeres), probablemente para rezar por su marido y hermano muertos en el ataque de los turcos; actitudes como ésta fueron suficientes para iniciar un proceso inquisitorial por brujería, en el que también se vieron envueltas otras mujeres de extracción social más humilde. María fue acusada de entregar su alma al diablo y de poseer poderes demoniacos; confesó ser bruja tras ser sometida a una cruel tortura, fue condenada a llevar el hábito de penitente durante seis meses y, por supuesto, fueron requisados todos sus bienes, entre ellos los «derechos de presentación», el principal objetivo del Santo Oficio y de los poderes económicos y políticos de Cangas. María Soliño fue capturada y torturada en Santiago de Compostela hasta que confesó ser bruja desde hacía dos décadas. Requisaron sus bienes y derechos de presentación y la condenaron a llevar el hábito de penitente por seis meses, pero no se sabe si murió antes o después del castigo, pues no hay acta de defunción. Por otra parte es presumible su muerte poco tiempo después de la tortura ya que, con setenta años (su edad cuando fue juzgada), los daños físicos y psíquicos sufridos en ella no podían dejar de notarse. Por culpa de sus posesiones y la avaricia de los nobles María Soliño murió pobre y sola. Pero siempre se mantuvo en la memoria colectiva, aunque su imagen se haya deformado como bruja y loca. Siendo como era una de las mujeres más ricas del pueblo, enseguida llamó la atención de los nobles. Nueve mujeres en total, entre ellas Soliño, fueron juzgadas y condenadas por diferentes acusaciones relacionadas con la brujería. Con los datos necesarios encontrados, y los que no, inventados, fue llevada a las cárceles secretas del Santo Oficio. Para disimular su reprobable propósito, los burgueses y la Inquisición mezclaron algunas mujeres que sí poseían derechos de presentación con otras que eran "pobres de solemnidad". Muchas de ellas se encontraban totalmente desamparadas, por haber quedado viudas tras los tristes sucesos de 1617. Existen distintas adaptaciones y versiones de la canción y ésta está maravillosamente cantada por la portuguesa Teresa Salgueiro, vocalista del grupo Madredeus.