domingo, 8 de septiembre de 2019

Los hábitos, “ladrones de tiempo”.


La teoría general de la relatividad, publicada por Albert Einstein en 1915, propone que la propia geometría del espacio-tiempo se ve afectada por la presencia de materia y predice que el espacio-tiempo no será plano en presencia de materia y que la curvatura del espacio-tiempo será percibida como un campo gravitatorio. En plata, que el concepto tiempo también es relativo, y no sólo porque la sensación que se tenga de su duración esté condicionada al tipo de actividad, más o menos placentera, que se esté realizando.

Pero esta teoría no tiene nada que ver ni puede servir de excusa con la organización que hacemos del tiempo, de manera que resulte eficaz y positiva, entre otras cosas, para mantener nuestra estabilidad emocional. Hace pocos días, una buena amiga me confesaba angustiada que, debido a la situación difícil (temporal, obviamente) que está pasando, no tenía ni tiempo para abrir los mensajes y era consciente de que estaba desatendiendo las relaciones personales. Este comentario, más frecuente de lo que pueda parecer, nos da pie a reflexionar sobre el cómo gestionamos nuestro tiempo, eso que parece sólo el nombre de una asignatura en una Escuela de Negocios.


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No cabe la menor duda de que la gestión del tiempo (time management en el argot profesional) ha adquirido en las últimas décadas una gran relevancia en nuestra sociedad. La sensación de “tener mucho que hacer y poco tiempo disponible” no es ajena a casi nadie. Nos hemos dado cuenta de que el tiempo es un recurso muy valioso y de que, para ser eficientes, también en el ámbito personal, hemos de aprovecharlo de forma óptima, buscando, hablando en términos del mundo empresarial, el mayor beneficio posible con el menor esfuerzo, pensando, además, que el desequilibrio entre vida profesional y personal es cada vez mayor. La consecuencia de todo esto es demasiado importante como para obviarla: un incremento importante de nuestros niveles de estrés y ansiedad, que se está convirtiendo en la enfermedad del siglo XXI y que, dicho sea de paso, es la mayor causa de bajas laborales hoy en día.

El día tiene "solo" veinticuatro horas, pero para todos, y por eso, saber gestionar adecuadamente nuestro tiempo, tendrá como consecuencia unos niveles óptimos de productividad, si se ve desde la óptica profesional, y eficiencia personal. Se puede afirmar, pues, que el tiempo no es el problema, sino que es la autogestión de cada uno donde se marca el rumbo que tomarán las cosas a lo largo de nuestro día. Podríamos dividir la autogestión de nuestro tiempo en dos categorías:
    • Negativo, cuando al final de la jornada no se han alcanzado los objetivos planteados aunque se tenga la sensación de no haber perdido ni un minuto;
   • Positivo, si se ha aprovechado cada momento para llevar a cabo una tarea o para descansar.

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Pero en nuestro camino, deberemos saber reconocer a los temidos ladrones de tiempo para enfrentarnos a ellos, porque sólo manteniéndolos a raya nos será posible alcanzar los éxitos que deseamos. Los “ladrones de tiempo” es un concepto que explica los diferentes factores negativos que nos impiden aprovechar efectivamente el tiempo de que disponemos. Algunos son realmente inevitables y necesarios, otros en cambio, deben tratar de reducirse parcial o totalmente. El manejo óptimo del tiempo es una habilidad que, con práctica y método, puede aprenderse. Conseguir vencer a los ladrones de tiempo es un factor de éxito principal. Para ello, es necesario reconocer a los ladrones de tiempo y como tratar con esas situaciones.

Es bien conocido el Principio de Pareto1, conocido también como la regla del 80-20 por la cual el 80% de las tareas las realizamos en el 20% del tiempo disponible. Por consiguiente hay un pequeño número de ocupaciones que nos requieren una enorme cantidad de recursos y esfuerzo. Gestionar correctamente el rendimiento real de estos elementos, gracias a la formación en gestión eficaz del tiempo, consigue incrementar el límite temporal diario sin incrementar las horas dedicadas a la actividad.

Si dejamos que los ladrones de tiempo campen a sus anchas por nuestra vida, entraremos en una dinámica muy negativa. Necesitaremos más tiempo para hacer nuestras obligaciones y tendremos que sacarlo de algún sitio, así que no tendremos más remedio que dedicar menos tiempo a lo que nos gusta, a nuestra familia, amigos y aficiones. Y eso no mola nada. Algunos de estos ladrones vienen del exterior y otros los generamos nosotros mismos. Algunos son evidentes y otros pasan inadvertidos, nos quitan unos minutos cada vez, que al final de la semana se convierten en horas.

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¿O cambiar la forma de ver?

Dwight D. Eisenhower, trigésimo cuarto presidente de los EE.UU., pensaba que debemos dedicar atención y tiempo a nuestras actividades en función de su importancia y urgencia. Decía, con razón, que tendemos demasiado a centrarnos en las cosas que son importantes y urgentes a la vez, lo que genera un comportamiento reactivo ante lo que se tiene que hacer ahora mismo, en vez de centrarnos en las cosas que son importantes, aunque poco urgentes, lo que sería la base de un comportamiento más estratégico, orientado a objetivos a largo plazo. Sobre esta base, el profesor y conferenciante estadounidense Stephen R. Covey popularizó la Matriz de Gestión del Tiempo en su libro Los 7 Hábitos de la Gente Altamente Efectiva:
En ella, algo es urgente cuando requiere una atención inmediata. Las cosas urgentes atrapan tu atención, te presionan constantemente. La trampa está en que muchas de ellas son fáciles, o son divertidas, o son populares, pero son poco importantes. Algo es importante cuando contribuye a tu propósito de vida. Para no desatender las actividades que son importantes, pero no son urgentes, necesitas ser proactivo, ya que éstas no demandan tu atención. Si las dejas de lado, llegará un momento en que se convertirán en urgentes, y este comportamiento te llevará al circulo vicioso que implica vivir siempre en modo reactivo, en una situación de crisis continua.

Si prestas demasiada atención al Cuadrante I (cosas urgentes e importantes), éste se irá haciendo cada vez más grande y te llegará a dominar por completo. Los Cuadrantes III y IV incluyen cosas que, urgentes o no, no son importantes. La gente efectiva pasa más tiempo en el Cuadrante II, reduce en lo posible el tiempo que está en el Cuadrante I, y no se preocupa demasiado de los Cuadrantes III y IV.

En el Cuadrante II (cosas importantes, aunque no urgentes) reside el núcleo de una gestión personal eficaz. Aquí están las cosas que te permiten vivir aprovechando oportunidades y actuando preventivamente, en vez de resolviendo problemas. Cosas como crear y reforzar relaciones personales, hacer ejercicio, planificar tu futuro, aprender, etc. Para moverte hacia este cuadrante, primero debes tener claras cuáles son tus prioridades, y después debes aprender a decir no a otras actividades, algunas urgentes y aparentemente importantes.
 
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La lucha contra los “ladrones de tiempo” se ha convertido para las empresas en una prioridad por razones de productividad y eficiencia, lucha que excede, con mucho, los límites de estas reflexiones, que no nacen con voluntad de convertirse en un “manual” sobre gestión del tiempo. Sólo apuntar que, en el ámbito de la persona, y en el escenario visto hasta ahora, lo cierto es que ya se ve que no es un problema del “tiempo” o de “gestión del tiempo” sino de cómo nos gestionamos a nosotros mismos. De cómo invertimos las horas que estamos atendiendo nuestras ocupaciones o descansando. Y en esa buena o mala gestión de nosotros mismos tienen mucho que ver los malos hábitos. Malos hábitos que adquirimos hace muchos años o bien recientemente, que están bien arraigados en nosotros y que condicionan — para mal— nuestras decisiones. Son esos malos hábitos los que hacen que naufraguemos y tengamos la sensación de que no nos llegan las horas del día.

Porque los “ladrones de tiempo” no te quitan tiempo —que también— sino que te separan de las cosas que de verdad quieres conseguir. De tu trabajo, de tus tareas, de tus objetivos. Cada vez que caes en ellos te alejas de lo que persigues. Cada vez que te vencen te alejas del porqué de levantarte cada mañana.

El tiempo sólo tiene valor si hacemos algo provechoso con él. Por lo demás “el tiempo no es oro” como reza el adagio. De hecho el tiempo es algo de poco valor, porque nosotros mismos continuamente lo estamos depreciando con actividades y tareas intrascendentes y muchas veces ridículas.

Ladrones de tiempo” hay muchos y algunos son mucho más peligrosos y están más extendidos que otros. La mayoría de nosotros caemos y sufrimos alguno (o varios) de los siguientes ladrones: interrupciones, improvisación. reuniones, televisión, Internet, Email, teléfono, etc. Lo que parece prioritario es que se sea consciente de lo que hace perder el tiempo en cada caso particular para, a partir de ahí, realizar labores de prevención. Si, por ejemplo, sabes que los mensajes del móvil te distraen en exceso, desconéctalo durante las horas del día en que necesitas una mayor concentración. Y lo mismo ocurre con Internet y las Redes; se trata de algo tan fácil (y tan difícil) como conseguir que la tecnología esté realmente a tu servicio y no al revés. Fíjate que, de esta situación a la de “no tener ni tiempo para ver los mensajes que recibo” va un abismo: tú controlas.

Como divertimento para ayudar a calibrar la gravedad y dimensión del problema del que no siempre somos conscientes, fijémonos en un hábito identificado como uno de los más perniciosos “ladrones de tiempo” aunque no reconocido usualmente, la televisión, y desmenucémoslo como tal hábito. Y es que, cuando en cualquier conversación informal preguntas a alguien si diariamente ve muchas horas de televisión, su respuesta generalmente será del tipo «yo no veo la televisión» o una aseveración parecida. Pero lo cierto es que las encuestas arrojan unos datos demoledores con cifras sonrojantes a lo largo y ancho de nuestro planeta:
   • La media mundial se sitúa en un consumo de 188 minutos al día de televisión. Son 3 horas diarias.
   • En España la cifra asciende a 227 minutos, es decir, 3,7 horas diarias.

Dejemos que los números hablen solos y muestren nítidamente la desoladora realidad en la que vivimos. Estamos hablando de horas y horas despilfarradas ¡todos los días del año de todos los años! Para miles de personas el descanso es sinónimo de sofá y televisión. Si bien es cierto que es una actividad en la que descansa nuestro cuerpo físico —estamos sentados o tumbados— es algo que nos desgasta mentalmente más de lo que creemos pues, lejos de aportar y enriquecer, resta. Monopolizar todo nuestro descanso únicamente haciendo eso, ni es sano, ni inteligente ni enriquecedor.

Entonces, ¿por qué lo hacemos si en frío casi todos reconocemos que no es bueno?
Es un mal hábito que la mayoría adquirimos en nuestra niñez. El final del día para casi todos nosotros siempre ha sido “cena, un poco de tele y a la cama”.
   • Es muy fácil disfrutar de él. Basta con apretar desde el sofá un botón en el mando a distancia.
   • Nos convencemos de que realmente estamos descansando, aunque el programa que estemos viendo sea deplorable y pasemos la mitad del tiempo haciendo zapping.
   • Nadie nos ha enseñado a descansar de otro modo ni posiblemente nos hemos molestado en buscar alternativas.
   • Es una actividad en la que nos lo dan todo hecho. No requiere esfuerzo físico y eso nos encanta.
   • Pensamos —equivocadamente— que estamos “tan cansados” que no podemos hacer otra cosa.

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Dejando a un lado la mediocre y a veces bochornosa calidad de los contenidos televisivos que consumimos a diario, la televisión es un auténtico ladrón de nuestro tiempo, de nuestra energía, de nuestra atención, de nuestras ideas y hasta de nuestra estima personal. Es, ciertamente, adictiva, ya que por lo general tendemos a consumir más en lugar de reducir el consumo. Nos hace sentir mal con nosotros mismos por no hacer cosas más útiles («he estado tirado delante de la TV toda la tarde y al final no he hecho nada»). Es causa de procrastinación —tendencia a postergar tareas— y por si fuera poco llenamos nuestra mente de ruido e ideas vacías y a veces vergonzosas.

En términos de robo de nuestro tiempo, la TV es sin duda un enemigo descomunal. Y si verdaderamente queremos vivir plenamente, sacar más horas del día para cosas que realmente nos importan, y disfrutar de un descanso rico y entretenido, es algo que tenemos que empezar a corregir cuanto antes. ¿Es que hay que dejar de ver la televisión? La respuesta es no. No se trata de eliminar sino de REDUCIR y controlar. No hay por qué dejar de disfrutar de una buena película, un documental o una serie de ficción que de verdad nos entretienen o nos informan. Se trata de “poner a dieta” las horas muertas de televisión para así poder hacer otras cosas verdaderamente importantes para ti o los tuyos. 

Y ante ese panorama, si te afecta, la próxima vez que te veas a ti mismo diciendo que no tienes tiempo para hacer cualquier, pregúntate cuántas horas de televisión ves al día. Es tu elección.

Como hemos hecho con esto, se puede analizar cualquier otro hábito que se haya identificado en cada caso como “ladrón de tiempo” como la mayoría de esos “adelantos técnicos para mejorar las relaciones personales” que en realidad crean dependencia no reconocida (WhatsAp, Facebook, Twitter,...) y afrontarlo con organización eficaz (cualquier sistema que te permita gestionarte es perfectamente válido). Si no te organizas, perderás infinidad de tiempo decidiendo qué es lo siguiente que vas a hacer y cómo. Dedica todos los días un pequeño rato a organizar tus cosas y ganarás mucho tiempo después. Planifica, agrupa tareas parecidas dentro de un mismo contexto y prepara un plan diario de acción siendo sensato, no olvidando que hay crisis o estados de emergencia. Son la locura. Todo se va al garete. La mayoría de ellas son consecuencia de algo que se hizo mal o no se hizo. Hay que prevenirlas en la medida de los posible. ¿Cómo? Definiendo claramente objetivos y tareas, organizando, planificando, tomando decisiones, diciendo NO a lo innecesario,… no permitiendo que te roben tu tiempo.

Resultado de imagen de WhatsApp, Facebook, Twitter,...

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1Vilfredo Pareto (1848 – 1923) fue un ingeniero, sociólogo, economista y filósofo italiano famoso por enunciar, en sus estudios sobre la riqueza, el Principio que lleva su nombre, también conocido como la regla del 80-20, ley que describe el fenómeno estadístico por el que en cualquier población que contribuye a un efecto común, es una proporción pequeña la que contribuye a la mayor parte del efecto. Estas cifras son arbitrarias; no son exactas y pueden variar. Su aplicación reside en la descripción de un fenómeno y, como tal, es aproximada y adaptable a cada caso particular.

domingo, 1 de septiembre de 2019

“Hoy las ciencias adelantan...”

En el cuadro primero de la zarzuela1 La verbena de la Paloma hay una escena en la que 
Don Hilarión, el boticario, está charlando delante de la botica, “arreglando el mundo”, con su 
amigo don Sebastián que ha ido a visitarle, y don Sebastián pronuncia, ya en 1894, la 
célebre sentencia que se hizo famosa en su día y que ha seguido en vigor a lo largo del 
tiempo: 
 
Hoy las ciencias adelantan
Que es una barbaridad. 

 
 
Y es así; por poner un ejemplo de esa barbaridad de adelantos, hoy día los relojes ya no son 
relojes, ahora son smartwatches (“relojes inteligentes” que, además, dicho así en inglés
queda como más “molón”), equipados con diminutos procesadores de no-sé-cuántos cientos 
de MHz y memoria RAM de tropecientos MB. Entre otras muchas cosas, con él puedes 
responder y hacer llamadas con sólo acercar la muñeca al oído. Del tic-tac al click. O sea, 
que de reloj sólo le queda el nombre y que lo llevas en la muñeca. Aunque en realidad el 
smartwatch es un complemento de tu smartphone. ¡Ah, el teléfono inteligente! Y es que los 
teléfonos tampoco son ya simples teléfonos. Vivimos pegados a ellos, los mantenemos a 
menos de un metro de nosotros para no sentirnos como náufragos, y los consultamos más 
de 150 veces al día para mirar el tiempo, las noticias, Facebook, Twitter, WhatsApp.., y cada 
vez los utilizamos menos para llamar y escuchar una voz humana. 

Hace un par de semanas descubrí en el maletero de mi coche una Guía de carreteras 
Campsa del año 2008. ¿Quién la necesita hoy teniendo un GPS? Hasta tendré que tirar mis 
gafas de miope si las Google Glass llegan a popularizarse. Y así podríamos seguir con todo 
lo que nos rodea.

El tema de fondo no es lo que decía la zarzuela, de que “Hoy las ciencias adelantan que es 
una barbaridad”, que siempre ha sido intrínseco con la evolución de las sociedades, sino que 
lo hacen a una velocidad y afectando a un cúmulo de aspectos que, incluso, nos provoca 
cambios actitudinales “normales” de los que únicamente somos conscientes si nos 
detenemos y miramos hacia atrás para percatarnos entonces, con el sentimiento de una 
cierta perplejidad confusa, de que el mundo que nos rodea ahora no tiene nada que ver con 
el que vivíamos justo anteayer, y que lo que cantaba Charles Aznavour al principio de La 
Bohème, Je vous parle d'un temps que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître” 
(Os hablo de un tiempo que los menores de veinte años no pueden conocer) es algo más 
que una licencia poética de la canción. 
 
 

Una de las formas más eficaces (y un punto nostálgica ¿por qué no admitirlo?) de ese echar 
la vista atrás para ver los cambios es pensar en el lenguaje cotidiano que, ajustado como un 
guante a cualquier tipo de evolución, crea u olvida palabras que ya se alejan de las 
actividades actuales, entre las que destacan aquellas expresiones que fueron de uso 
corriente y que están ligadas a oficios que o bien han desaparecido o se han vuelto muy 
minoritarios.Hay que admitir que habrá pocas personas jóvenes, incluso bien formadas, que 
conozcan palabras como acerico2, alcuza3, tarabita4 o besana5; ¿son del mismo idioma?; 
para ellos son absolutamente ajenas, son de otro mundo, de oficios totalmente diferentes de 
lo que se encuentra hoy. Pero esto es algo comprensible, y que no tiene por qué tener que 
ver con las actitudes vitales. 

Sin embargo hay una palabra (en desuso, claro) que, ella misma, su significado y entorno, 
nos enseña como un libro abierto hasta dónde ha llegado (y lo que te rondaré) el inadvertido 
cambio de actitudes, comportamiento y posicionamiento vital general con influencia en la 
forma de gestionar las relaciones personales6 de las nuevas generaciones respecto de las 
antiguas, que pueden estar representadas por la inmediata anterior, no hace falta retroceder 
demasiado. Esa palabra es epístola.

Esa palabra es en la actualidad un término arcaico, por lo general restringido en su uso a la 
ética o la religión; y particularmente para referirse a los libros del Nuevo Testamento de la 
Biblia que reciben precisamente el nombre de "epístolas", y donde se recogen los escritos de 
algunos apóstoles destinados a las comunidades cristianas primitivas. Las tradicionalmente 
atribuidas a Pablo de Tarso (San Pablo) se conocen como "epístolas paulinas" y el resto con 
el nombre genérico de "epístolas católicas" (es decir, "universales" o "generales"). Pero, en 
realidad, la palabra epístola (del griego: ἐπιστολή) es desde siempre, y en particular desde 
que en 2014 así lo dictaminó la RAE, simplemente un sinónimo de la palabra carta, texto 
cuya función principal es la comunicación entre el remitente o emisor (el escritor que la r
edacta y envía) y el destinatario o receptor.

Ha llegado el momento de hacer recapacitar, especialmente a las nuevas generaciones, en 
la época del envío de mensajes, imágenes, música y textos (prescindimos del detalle técnico 
de que lo puede realizar un pequeño adminículo de bolsillo y prácticamente desde cualquier 
rincón perdido del mundo) se hace de forma que su recepción es instantánea y su posible 
respuesta también lo es, que no siempre ha sido así. Hasta hace muy poco tiempo, la 
relación entre dos personas separadas por la distancia era posible únicamente por medio de 
cartas, epístolas, correspondencia escrita que había de viajar físicamente desde el emisor 
hasta el receptor. El teléfono, con una calidad de sonido realmente cuestionable, una 
cobertura prácticamente limitada a las grandes urbes y constantes desconexiones y averías 
era, además, un lujo al alcance de muy pocos bolsillos, y el otro sistema, la telegrafía,
actualmente en proceso de extinción, quedaba limitada, por su altísimo coste a notificar 
situaciones de urgencia o al uso por organismos públicos. 
 
 
 
Y esto, que parece sólo una circunstancia asociada a las mejoras técnicas de la 
comunicación, se convierte en un terremoto de alto grado en la escala de comportamientos y 
las actitudes del personal. Veamos: hoy día, si un emisor necesita transmitir un mensaje a un 
receptor (nos referimos en estas reflexiones únicamente a personas, no empresas ni 
instituciones), lo hace con normalidad usando los medios técnicos actuales a su disposición, 
frecuentemente en textos directos y sin matices (que propician también respuestas lacónicas), 
usualmente acompañados de emoticonos, que se incluyen para recalcar el sentido del 
mensaje. Ni le es necesario habitualmente razonar los motivos para el mensaje ni le 
preocupan los posibles malentendidos por su contenido, ya que, de haberlos, se pueden 
gestionar inmediatamente en mensajes de respuesta consecutivos forrados de una lluvia de 
nuevos emoticonos (“una imagen vale más que mil palabras”) para solventar el problema y 
normalizar la situación. 

Cuando el medio de comunicación era el epistolar, lo primero que había que considerar es que 
su recepción tardaba días y que al tiempo para tener la respuesta, en su caso, había que 
sumarle el tiempo que se tomara el receptor para responder más el necesario para que la 
misiva de vuelta viajara hasta las manos del primer emisor. Y no digo nada cuando había 
malentendidos en el contenido: desde la demora para pensar la respuesta, la demora como 
“castigo”, la continuación de la cadena de malentendidos, la ruptura de la comunicación,… 
De aquí se deduce que, para intentar evitar en lo posible esos peligrosos malentendidos, por 
regla general, el emisor aplicara a rajatabla el primer principio de la correspondencia postal: 
que el receptor entienda exactamente lo que le quiere transmitir el emisor, lo que, a menudo, 
obligaba a éste a detallar razones, sentimientos, actitudes, deseos, etc., redactados con 
esmero en una mezcla de lenguaje coloquial y académico para que se entendiera. Esto se 
ha perdido: el ánimo de escribir sabiendo expresar sentimientos pensando en la sensibilidad 
del receptor.. O, simplemente, escribir practicando el uso de frases variadas y organizadas 
correctamente buscando un vocabulario exacto y respetuoso, huyendo de abreviar palabras. 
O sea, igualito a lo que nos tiene acostumbrados SMS (cada vez más en desuso), WhatsApp, 
Facebook y otras “moderneces”.

 
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No hay que echar en saco roto la importancia de las cartas ni ceñirlas al ámbito privado. 
Cuando la tecnología moderna no estaba disponible para la comunicación, el intercambio de 
cartas fue el principal método utilizado dentro de la comunidad científica internacional y las 
relaciones entre los hombres de ciencia se basaba en la escritura de cartas, ya que 
dependiendo de donde se encontraban, el transporte era limitado por lo cual los científicos no 
podían encontrarse cara a cara. En los temas tratados en las cartas no solamente se limitaron 
a discusiones relacionadas con ciencia, estas también permitieron a los científicos hablar de 
sus problemas personales. Esto ha dado pie a calibrar la importancia para los estudiosos y 
para el público en general de los epistolarios, libro o cuaderno en el que se recogen 
colecciones de cartas que pueden encontrarse dispersas, de uno o varios autores, y los 
destinatarios pueden ser uno o varios. Son conocidas las de Frida Kahlo, Juan Ramón 
Jiménez, la correspondencia entre Maragall y Unamuno, etc. Aunque, desde el punto de vista 
literario, la carta puede ser real o ficticia. La historia de la literatura nos da buen ejemplo de 
ello. Muchos escritores, acuden al truco de haber encontrado el principio de una carta, que 
es la que ha dado lugar a su narración (El Lazarillo de Tormes). Incluso existen obras 
literarias (novelas) que son un conjunto de cartas.

En cualquier caso, tanto la literatura epistolar en particular como, lamentablemente, el hecho 
de escribir en general, a pesar de la enorme vigencia e importancia que han tenido por siglos 
en la educación y la cultura, todo indica que se van perdiendo poco a poco condenados por 
el empuje de las tecnologías de la información y, paradójicamente, de la  comunicación. Y es 
que las ciencias adelantan…

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1Quizá sea conveniente explicar, pensando en las nuevas generaciones, que la zarzuela, además de un suculento plato de pescado y el nombre del palacio que es la residencia privada de la Familia Real desde que en 1962 se casaron Juan Carlos y Sofía, es un género musical escénico típicamente español anterior a la opereta francesa (se dice que la primera zarzuela la escribió Calderón de la Barca a mediados del siglo XVII), con gran aceptación popular y auge, sobre todo en el siglo XIX, Después de la guerra (in)civil, sin embargo, la decadencia es casi total. No existen apenas nuevos autores de este género y no se renuevan las obras por no cuajar los estrenos como lo hicieron en otras épocas. Por otro lado, la zarzuela preexistente es difícil y costosa de representar y sólo aparece de forma esporádica, por temporadas, durante unos pocos días o semanas. Ha dejado, eso sí, páginas musicales bellísimas, algunas de las cuales forman parte de la memoria colectiva.

2Almohadilla pequeña que se usa para clavar en ella los alfileres y agujas que se quieren tener a mano cuando se está cosiendo.

3Recipiente que usaban los mecánicos para engrasar las máquinas, que contiene el aceite; suele ser de metal y de forma cónica y tener un conducto de salida largo por donde se vierte el aceite y una boca por donde se llena.

4Palo pequeño o tope que se pone en el tendal (otra que tal) o cuerda que ajusta y aprieta la sierra de cortar la madera en la carpintería.

5Primer surco que se hace en la tierra cuando se empieza a arar, y que marcará al resto.

6Quedan fuera de la influencia por la obsolescencia de las palabras ese otro fenómeno muy extendido inclasificable, que cae más en la desidia que en la incultura, del a/ha, haber/a ver, sino/si no, ay/hay/ahí, porque/porqué/por qué, habeces/aveses/a veces, etc. y, en particular, porque no afecta a la isofonía, “oír”/”escuchar”. En efecto, parece que ya nadie oye, todo el mundo escucha. Lo cual podría estar bien, si no fuera porque "escuchar" hoy no significa prestar atención a lo que se oye, sino simplemente percibir sonidos con el tímpano (resulta chirriante percatarse de que alguien dice a su interlocutor con naturalidad “no te escucho” cuando quiere decir “no te oigo”… y que para la otra persona sea normal esa expresión y no se ofenda porque en realidad le están declarando que no lo atienden ni lo entienden). Si recuperáramos esta distinción, y con ella el antiguo significado del verbo "escuchar", igual nos volvíamos más comprensivos con los argumentos que expresan los demás.