domingo, 5 de enero de 2020

Carta de inicio del 2020 a los Reyes Magos.

Queridos Reyes Magos: para este año que empieza, tras uno lleno de protestas ciudadanas 
en las calles de medio mundo (y eso que no ha estallado todavía la crisis económica que 
tantos decían que estaba al caer), con nuevas muestras de la errática política exterior de 
Donald Trump al frente de la que sigue siendo la principal potencia global, con todo lo que 
eso conlleva, así como de la actuación radical y hermética de otros “hiperlíderes” mundiales 
y con un nivel de concienciación cada vez mayor sobre la emergencia climática y la brecha 
de género, en mi carta para vosotros quiero, con vuestro permiso, pensar para dar forma al 
regalo que os pido no sólo en los retos inmediatos sino también en aquellos que se plantean 
a medio y largo plazo.  
 
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Estamos ante un mundo desorientado por la falta de referentes: fallan unas instituciones 
incapaces de canalizar las frustraciones de amplias capas de la población, de aliviar sus 
miedos y de apuntalar sus esperanzas. Y esta desorientación provoca perplejidad, o lo que 
es lo mismo, la incapacidad de tomar decisiones. También es desigualdad en más de un 
sentido:
 - entre países y, sobre todo, dentro de cada una de las sociedades, entre los pocos 
que tienen mucho y los muchos que tienen poco. 
 - en el género, ámbito en que los niveles de concienciación y movilización son cada vez 
mayores (aunque los avances sean demasiado lentos y se detengan por el auge de fuerzas 
políticas o sociales regresivas).
 - territorial, bien sea dentro de una misma ciudad, o entre aquellas zonas de un país 
bien conectadas y las que han quedado en el olvido. 
 - generacional, no solo material sino también de expectativas. 
Y por estas desigualdades, pero también por la aceleración de los cambios tecnológicos, el 
mundo está desincronizado, avanza a ritmos muy distintos globalmente y en lo social. Incluso 
podría hablarse de una nueva forma de desigualdad entre quienes están ya preparados para 
la aceleración y aquellos que temen quedarse descolgados y se sienten aterrados ante la 
ausencia de una red de seguridad que amortigüe el golpe. 

Todo esto, Majestades, se corresponde en el fondo, en mayor o menor grado, con normas de 
convivencia que, aún con la evidente dificultad de su ámbito de aplicación, se podrían/deberían 
mejorar para ir allanando todas esas desigualdades, de orígenes, desarrollo y efectos muy 
diversos, pero, ese refranero nuestro, como sabéis tan sabio, nos dice que “éramos pocos y 
parió la abuela”, es decir que, por si los problemas enumerados fueran pocos, el propio futuro 
de la especie humana está en juego, y al parecer a un plazo no muy largo, con mayores o 
menores desigualdades sociales. Poca broma. La expresión lingüística del año en 2019 es  
emergencia climática. Pese a lo que proclaman poderosos, ignorantes e ineptos negacionistas 
(alguno, incluso, disfrazando su inepcia ignara bajo la penosa supuesta ocurrencia chusca de 
achacar su ignorancia en el tema a la opinión de un primo experto), el último informe del 
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente no deja margen para duda: es 
imprescindible que en 2020 se acelere la acción contra el cambio climático y durante los 
próximos diez años se decidirá la salud medioambiental del planeta en función de si se 
modera o se acelera el calentamiento global. No debe ser casualidad que en una reciente 
encuesta realizada en Barcelona aparezca la crisis climática como el primer motivo de 
preocupación del 89 % de la ciudadanía. 
 
 
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Y es que en este año 2020 ha de entrar en funcionamiento el Acuerdo de París de 2015, que 
fijaba como objetivo mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo 
de los 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar 
ese aumento de la temperatura a 1,5 °C. Durante este año que ha acabado, todos los estados 
—menos EE. UU., el único país del mundo que está en proceso de abandonar el acuerdo a 
pesar de ser el que, junto con China, más contamina— tendrán que entregar sus nuevos 
planes nacionales voluntarios basados en mecanismos de transparencia (lo que debería 
facilitar que se ejerza presión social sobre los estados que incumplen sus compromisos o son 
poco ambiciosos en sus planes) para alcanzar el objetivo colectivo. 

En estos momentos, los movimientos sociales que piden mayor acción para el cambio 
climático son mucho más fuertes en medios urbanos que rurales y todavía son muy débiles 
en la mayor parte de países en vías de desarrollo a pesar de ser los que sufren sus efectos 
de forma más extrema. Pero la gestión a futuro del clima también se politiza. Y mientras que 
movimientos climáticos marcarán agendas sociales y políticas (en algunos casos, lo 
medioambiental puede convertirse en un espacio de contestación a regímenes autoritarios), 
también veremos la reacción opuesta: fuerzas que abrazan el negacionismo climático o que 
menosprecian la urgencia del reto como una preocupación de ricos urbanitas globalistas. Esta 
evolución es especialmente visible en los movimientos populistas de derechas que alternan 
el discurso antiinmigración con la negación del calentamiento global o la crítica a las medidas 
para hacerle frente explotando los miedos de una parte de la población o de determinados 
territorios que todavía dependen de actividades productivas altamente contaminantes

 
Resultado de imagen de crisis climatica

La lucha contra el cambio climático generará ganadores, perdedores y costes de transición. 
La industria, especialmente en Europa, invertirá cada vez más en tecnologías de 
descarbonización, pero también habrá empresas que opten por retrasar sus planes de 
inversión a la espera de constatar la profundidad de la transformación de los hábitos de 
consumo, de la implantación de nuevas tecnologías o del marco regulador y sucede lo mismo 
entre los ciudadanos. En este punto hay tres sectores especialmente sensibles: la 
automoción, los plásticos y la alimentación. Si en el futuro, inventos como los Black Friday 
continúan batiendo records de consumo, y el tráfico aéreo y de cruceros no hace más que 
aumentar, habrá que preguntarse el porqué de tal distancia entre el discurso dominante y las 
acciones cotidianas. 

Este año 2020 seguramente (y desgraciadamente) continuarán tomando fuerza en la 
sociedad movilizaciones de naturaleza transnacional en torno al feminismo (desigualdad de 
género cuando no violencia, lacra en todo el mundo) y a la emergencia climática (que afecta 
a todo el planeta), con un fuerte componente generacional y más que desafiar a las 
instituciones, lo que hacen es presionarlas para que respondan. Por no hablar del endiablado 
asunto de la cuestión territorial aquí y la ineptitud en gestionarlo. Sin embargo, la frustración 
no acaba aquí; en concreto, la segunda mitad de 2019 ha sido especialmente intensa a nivel 
de protestas ciudadanas: los chalecos amarillos franceses, las movilizaciones en Hong Kong, 
el movimiento independentista en Cataluña, las marchas pacíficas en países del norte de 
África, las no tan pacíficas de Latinoamérica, el Brexit, etc., protestas distintas entre sí pero 
con elementos compartidos; en algunos casos, los movilizados hacen una enmienda a la 
totalidad al sistema y al poder establecido que lo dirige, mientras que en otros las protestas 
son reflejo de divisiones sociales o territoriales preexistentes. Son compartidas la frustración 
y la rabia así como la incapacidad de las instituciones —democráticas o no— de canalizarlas 
o incluso de valorarlas en su justa medida antes de tomar decisiones que desatan la cólera 
social. Queridos Reyes, ahí tenéis trabajo, al margen de esta humilde carta, porque no sólo 
están fallando los gobiernos sino también las fuerzas de oposición política en lo que es un 
claro problema de representatividad.  
 
Resultado de imagen de desigualdad de genero
 
Y después de las protestas o las contundentes manifestaciones, ¿qué? Este es el gran tema. 
El estallido de conflictividad política y social pone en aprietos a las instituciones y genera 
reacciones opuestas: los estados más fuertes, pondrán en marcha mecanismos de 
acomodación entre los propios manifestantes y en la sociedad en su conjunto mientras que 
si los estados se sienten débiles y existe una fuerte fragmentación social, aumentará el riesgo 
de violencia, una de las consecuencias no deseadas de este ciclo de protestas que en 
paralelo provoca el aumento de la represión por el empoderamiento de las fuerzas de 
seguridad, que actúan de un modo cada vez más desacomplejado.

El cacao mental por esas situaciones crece, claro, a poco que reflexionemos abriendo el 
abanico de temas sobre la incógnita de China, el cuestionamiento del multilateralismo, única 
herramienta para un futuro global armónico, la sensación de que puede reproducirse más 
agravada la crisis económica que aún hoy padecemos, la expectación no exenta de 
desconcierto que generan los velocísimos cambios tecnológicos y su impacto en las 
regulaciones (información y datos, por ejemplo), la influencia de la geopolítica en decisiones 
de agentes sociales que, al final, nos afectan a todos,… ¿A qué seguir?

Queridos Reyes Magos, ante tal escenario y con el corazón en un puño, ¿qué pediros que 
sea útil y concreto? Pues, como en aquel viejo chiste en el que un pasajero de un avión 
aficionado a los horóscopos, por el que estaba realmente interesado era por el horóscopo del 
piloto, ahora también, creedme, la petición más ferviente es la de que podáis repartir para 
quien nos gobierna, más que para mí, sentido común a raudales, apertura y altura de miras, 
clarividencia y valentía para ser capaz de pensar en las próximas generaciones y no en las 
próximas elecciones, un baño de realidad y la capacidad de actuar para la gente y no para la 
formación política de turno. Estoy seguro de que sólo con eso (que no es poco, de acuerdo) 
podrá conseguirse mi segundo deseo, que es que la carta del año próximo no sea un corta y 
pega de ésta, porque las cosas habrán mejorado. Ojalá.

Gracias, Reyes Magos. 
 
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