Somos incorregibles; somos tan sabihondos y arrogantes que nos creemos invulnerables pero va a ser que no y como muestra, a estas alturas ni siquiera nadie (en todo el mundo) podría afirmar a ciencia cierta si, con esto de la pandemia del coronavirus Covid-19 que nos azota y nos deja confusos, estamos en la prolongación de la primera ola de propagación del virus, en una segunda ola aparecida antes de lo esperado, o en un período no previsto (¿se puede prever?) de transmisión. El caso es que se ha demostrado una vez más que una cosa son los protocolos de actuación y su timing (establecidos, eso sí, con la mejor de las voluntades) y otra la cruda e inapelable realidad. Se habla ya, incluso (y no sólo en España) de la conveniencia/necesidad de un segundo confinamiento, posibilidad que a más de uno le produce escalofríos cuando piensa en las heridas, aún no cicatrizadas, que dejó el primero en forma de efectos psicológicos, sociales y neurocientíficos, crisis del sistema público de salud y, especialmente, la salud mental de algunas personas confinadas. Tal como está el patio, nadie duda de esos efectos psicológicos y sociales directos e indirectos de la enfermedad en la mayoría de la población. Y, según algunos expertos, puede afectar a la salud mental ya ahora y en el futuro. Para estos expertos, una de las prioridades más inmediatas es recopilar datos fiables y de calidad acerca de los efectos sobre la salud mental en la pandemia del Covid-19, sobre todo, en grupos vulnerables ya que existe una necesidad urgente de investigación para abordar cómo se pueden mitigar las consecuencias para la salud mental de estos grupos vulnerables en condiciones de pandemia. De este modo, los investigadores consideran fundamental descubrir, evaluar y refinar las intervenciones para abordar aspectos psicológicos, sociales y neurocientíficos de la pandemia. Además, dicen, el coronavirus podría infectar el cerebro o desencadenar respuestas que tienen efectos adversos adicionales sobre la función cerebral y la salud mental en pacientes contagiados con Covid-19. No es fácil; hacer frente a este desafío requerirá la integración entre disciplinas y sectores y debe hacerse junto con personas con experiencia vivida.
El coronavirus ha provocado muchos cambios en nuestras sociedades. Una de las secuelas ha sido el incremento del estrés psicológico; los temores sobre el impacto real del virus en la salud, las preocupaciones por los miembros de la familia (en el caso de profesionales sanitarios, mucho miedo de “llevar el virus a casa”), el aislamiento social extendido, los problemas económicos derivados de la obligada inactividad (agravados por el hecho de que aún siguen vivos en muchos casos los derivados de la crisis socio-económica-de valores del año 2008) y la incertidumbre han causado angustia a personas de todo el mundo, lo que ha tenido consecuencias en la salud mental de algunas personas y se han incrementado los casos de ciertos trastornos y agravado otros. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ya advirtió a mediados de mayo de este año 2020 que la crisis del coronavirus y sus consecuencias afectarían la salud mental de muchas personas. La Organización explicó que se podría registrar un aumento de los suicidios y de los trastornos, y pidió a los gobiernos que no dejasen de lado la atención psicológica.
Muchas de las consecuencias anticipadas de la cuarentena o el confinamiento y las medidas de distanciamiento social y físico asociadas, que provocan el aislamiento social y la soledad, son en sí mismas factores de riesgo clave para los problemas de salud mental. Estos incluyen ansiedad, depresión, autolesiones e intento de suicidio junto a riesgos psicosociales como desconexión social, anomia (desorganización social o aislamiento como consecuencia de la falta o la pretendida incongruencia de las normas sociales; médicamente, un factor regular y específico de suicidio), acoso cibernético, sentirse agobiado, estrés económico, duelo, pérdida, etc. desempleo, falta de vivienda y ruptura de relaciones. El seguimiento de la soledad y la intervención temprana, ahora que ya se sabe que el confinamiento le causa, son prioridades importantes. De manera crucial, reducir los sentimientos sostenidos de soledad y promover la pertenencia son mecanismos candidatos para protegerse contra el suicidio, la autolesión y los problemas emocionales.
Repasando someramente la casuística, las personas que han sido contagiadas por el coronavirus y los familiares que no han podido despedirse de sus seres queridos fallecidos a causa de la enfermedad Covid-19 u otras también han resultado muy afectadas emocionalmente. También se verán perjudicadas en este sentido las personas que han tenido o tendrán graves dificultades económicas durante los próximos meses toda vez que la cuarentena ha provocado que muchas personas se queden sin trabajo y esta situación ha provocado a su vez que se agraven las desigualdades sociales y la pobreza. Durante el confinamiento hemos pasado muchas horas encerrados en casa y sin poder ver a nuestros familiares y amigos; poco a poco, la estricta cuarentena se va levantando, pero hay personas que ahora se niegan a salir a la calle (este temor se conoce como “síndrome de la cabaña” del que es importante especificar que no se trata de una patología como tal aunque implica el miedo a contactar con otras personas fuera del hogar, el temor a realizar actividades que antes eran cotidianas como trabajar fuera de casa, viajar en transporte público, relacionarse con otras personas conocidas… ). Las personas que pasan el confinamiento solas tienen más posibilidades de desarrollar el “síndrome de la cabaña”. No tener ningún contacto físico o cercano con otra persona de forma presencial puede haber creado una forma de rechazo a lo que ahora es excepcional para ellas: el contacto con los demás que, obviamente por otra parte, resulta imprescindible.
Aviso para navegantes: la epidemia de síndrome respiratorio agudo severo en 2003 se asoció con un aumento del 30 por ciento en el suicidio en las personas de 65 años y mayores. Además, los supervivientes de la epidemia corrían el riesgo de sufrir un trastorno de estrés postraumático y depresión; según un informe de expertos realizado por la Academia de Ciencias Médicas del Reino Unido y publicado en la revista de referencia The Lancet, alrededor del 50 por ciento de los pacientes clínicamente recuperados permanecieron afectados de ansiedad; y el 29 por ciento de los trabajadores de la salud experimentaron angustia emocional.
Precisamente, durante el tiempo que dure (que, en realidad es imposible saberlo) la pandemia de Covid-19, es importante que los trabajadores de salud y asistencia social reciban apoyo para permanecer en el trabajo, porque los beneficios de salud, personales, sociales y económicos son enormes. Es probable que los enfoques psicológicos personalizados sean un componente clave para abordar condiciones complejas de salud mental en ellos, mecanismos de afrontamiento y prevención, dada la asociación entre los trastornos del sueño o del estrés y la salud mental, así como el efecto de la alteración del sueño sobre el riesgo de suicidio1.
El citado informe revela preocupación generalizada sobre el efecto del aislamiento social; su repercusión sobre el bienestar; aumento de la ansiedad, depresión, estrés y otros sentimientos negativos y, además, analizan la preocupación por las implicaciones prácticas de la respuesta a la pandemia, incluidas las dificultades económicas. De hecho, una de las principales preocupaciones es el agravamiento de problemas de salud mental preexistentes en las personas por estos motivos. Relacionado con esto, la dificultad para acceder hoy a los servicios de salud mental en estas circunstancias, así como el efecto del confinamiento por el Covid-19 en la salud mental de los miembros de la familia, especialmente niños y personas mayores.
Aunque se espera un aumento en los síntomas de ansiedad durante estas circunstancias extraordinarias, existe el riesgo de que prevalezca un número clínicamente relevante de personas con ansiedad, depresión y que participen en comportamientos perjudiciales que con toda probabilidad incrementarán, y es probable que las consecuencias potenciales de una fuerte recesión económica en la salud mental sean profundas para las personas directamente afectadas y sus cuidadores. La prioridad ahora, pues, en este campo, es monitorizar e informar sobre las tasas de ansiedad, depresión, autolesiones, suicidios y otros problemas de salud mental de la población, que ayudará a comprender los mecanismos a implantar e informar las intervenciones a llevar a cabo. “Esto debería adoptarse en la población general y los grupos vulnerables, incluidos los trabajadores de primera línea”, dice el informe de The Lancet aludido. Es un tema muy serio; los expertos hablan, cada vez con más hincapié, de la pandemia de la Salud Mental que generará el confinamiento y esta crisis de salud pública una vez que acabe la pesadilla del Covid-19… o solapada con ella.
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1En una encuesta realizada la primera semana de octubre de 2020 entre el personal de la sanidad en España englobando médicos, enfermeros, celadores, etc., un veinticinco por ciento (¡un 25 %, uno de cada cuatro!) de estos profesionales decían plantearse dejar el trabajo, habida cuenta de que en la pandemia, más allá de la campaña diaria de aplausos en los balcones por la ciudadanía confinada, nadie ha movido ni un dedo para mejorar sus condiciones laborales, económicas o profesionales mientras el nivel de exigencia de lo que se les demanda y el estrés asociado no paran de aumentar, agravado por actitudes inconscientes de muchos ciudadanos y por vergonzosos e incomprensibles en este escenario rifirrafes políticos partidistas.




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