A pesar de un estreno desastroso en el que un cantante se rompió la nariz, a un músico se le rompió una
grandes tragedias al gusto de la época, pero él disfrutaba componiendo óperas cómicas o bufas, a la menor ocasión. Sus óperas están repletas de hermosas melodías que favorecen el lucimiento de las voces y que realzan su belleza y virtuosismo. No en vano, fue uno de los grandes exponentes del bel canto, siendo El barbero de Sevilla una de las obras maestras de este estilo. Rossini amaba la comida italiana tan apasionadamente como la ópera bufa y estos amores se reflejaban en su estilo de vida, alegre y despreocupado; era famoso por organizar grandes banquetes y exuberantes eventos sociales en su hogar, a donde acudían personalidades de la época. Así resumía su filosofía de vida: El apetito es para el estómago lo que el amor para el corazón… comer y amar, cantar y digerir: estos son en verdad los cuatro actos de esta ópera cómica que es la vida y que desaparece como la espuma de una botella de champagne. Quien lo deja pasar sin haberlo disfrutado es un tonto. El barbero de Sevilla es una ópera bufa en dos actos con música de Gioachino Rossini y libreto en italiano de Cesare Sterbini, basado en la comedia del mismo nombre de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, que a su vez antecede a Las bodas de Fígaro, comedia del mismo Beaumarchais que es el origen literario a la ópera homónima de Mozart, se estrenó bajo el título Almaviva. La trama relata las peripecias de una pareja de enamorados integrada por el conde de Almaviva y la joven huérfana Rosina. Bartolo, preceptor de la muchacha, también la pretende pese a la diferencia de edad. Para evitarlo, la pareja se vale de la ayuda del barbero Fígaro, quien mediante enredos engaña a Bartolo y consigue unir en matrimonio a los enamorados. La obra ha demostrado ser una de las grandes obras maestras de la comedia dentro de la música, y ha sido descrita como la ópera bufa de todas las óperas bufas. Incluso después de doscientos años, su popularidad en la escena de la ópera moderna atestigua su grandeza; fue una de las primeras óperas italianas que se representaron en los Estados Unidos. En el mundo de la ópera, la obertura es una pieza instrumental que se interpreta al inicio, normalmente con el telón cerrado, y su contenido anticipa los acontecimientos musicales que vendrán, ya sea citando textualmente fragmentos de los pasajes principales u ofreciendo una atmósfera general de la historia. Las primeras oberturas operísticas datan del siglo XVI, aunque entonces se les denominaba “sinfonías”. A principios del siglo XIX la obertura adquirió un papel fundamental dentro de la narración operística, al punto que Beethoven escribió cuatro oberturas distintas para Fidelio, su única ópera. Hacia finales del del siglo XIX surgió una alternativa a la obertura operística conocida como “preludio” con la diferencia de que mientras la obertura es un género cerrado (es decir, una obra independiente), el preludio es parte integral de la ópera y se encadena con la primera escena sin pausas. Y, ¿qué nos dice la obertura de El barbero de Sevilla? Rápida, chispeante y encantadora, arroja de manera fugaz y fascinante fragmentos de los principales ejes temáticos de la historia en una especie de ingenioso resumen musical sobre lo que está a punto de ocurrir en el escenario.
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