domingo, 15 de diciembre de 2019

¿Qué es el éxito?

A veces, casi siempre por motivos físicos o de simple edad, se cumple a rajatabla esa 
premisa filosófica de que para estudiar (que no, ya, programar) el futuro, la única forma y el 
único motivo de satisfacción es mirar hacia atrás y ver lo que se ha hecho, lo que se ha sido, 
de manera que cuando se presenta la oportunidad y el momento en que por fin se deja de 
correr, uno se para y se encuentra consigo mismo, con una sensación de paz que va 
creciendo en el interior y sintiéndose desnudo, sin adornos, vacío de prejuicios y abierto al 
sentimiento, aceptándose tal y como se es y, a poco que el ejercicio muestre que hay más 
puntos positivos que negativos (que siempre los hay), una paz inunda la vida, una alegría 
sincera que requiere de nada más que de uno mismo.
 
 
Resultado de imagen de Bronnie Ware

Ese ejercicio (difícil, no nos engañemos) de ser capaz de autoanalizarse lo llevó al extremo 
Bronnie Ware, escritora, compositora y conferenciante australiana, en sus escritos sobre lo 
que escuchó durante su tiempo como enfermera/cuidadora paliativa, publicados en 2009 en 
su blog (y volcado en 2012 en libro) como "Regrets of the Dying" (Arrepentimientos de los 
moribundos), y es que, a diferencia de Edith Piaf, que decía en su famosa canción Je ne 
regrette rien que ella no se arrepentía de nada, mucha gente, cuando mira para atrás, parece 
que sí. La autora, sobre la base de que “Todo lo que hacemos en nuestra vida, bueno o malo, 
nos ayuda a aprender algo”, lo que la conduce a la conclusión de que “La gente no parece 
arrepentirse de algo que  hizo; por eso es más común arrepentirse de algo que NO se hizo”, 
lo resume en:

 - “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los 
otros esperaban que hiciera”.
 - “Ojalá no hubiera trabajado tanto” porque eso hace perder el equilibrio emocional y 
como resultado se pierden muchas cosas en la vida.
 - “Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía” o de hablar y 
decir que no gustaban determinadas cosas, o de hablar con personas y decirles lo que 
realmente se sentía por ellas
 - “Habría querido volver a tener contacto con mis amigos”, volver a ver a alguien para 
recordar momentos compartidos de su vida, pero no se había hecho el esfuerzo de encontrarlo 
y eso porque los amigos son muy importantes ya que a menudo los familiares soportan su 
propia carga.
 - “Me hubiera gustado ser más feliz”.

La principal conclusión de la autora después de su experiencia es "Pienso que como seres 
humanos debemos aprender a perdonarnos más a nosotros mismos y no ser tan duros por 
no haber hecho algo en el pasado. Y esto se aplica principalmente cuando una persona está 
enferma y no tiene ya libertad de hacer cosas porque no tiene salud".  
 
Resultado de imagen de grant study
 
Fijémonos en que uno de los pilares del resumen de la obra de Bronnie Ware gira en torno al 
lamento por haber descuidado las relaciones personales de amistad, lo que coincide con lo 
que opinan los expertos de que más que una infancia feliz, una infancia en la que se formaron 
lazos emocionales parece ser más claro predictor de una larga y disfrutable vida. En este 
sentido, en 1938 se inició en la Universidad de Harvard el estudio más completo sobre el 
bienestar y el desarrollo de hombres adultos. En 1966, un entonces joven psiquiatra George 
Eman Vaillant, tomó las riendas de lo que se conoce como el Grant Study, y que consiste 
básicamente en dar seguimiento a la vida de 764 personas que estudiaron en Harvard y 
determinar qué factores predicen en ellas el bienestar. Recientemente Vaillant publicó las 
conclusiones a décadas de entrevistas, investigación y viajes para visitar a los sujetos de 
estudio en el libro "Triumphs of Experience", donde sugiere que el común denominador del 
bienestar son las relaciones personales. Al parecer la esencia de nuestra existencia en este 
mundo es el ser/estar-con, y la otra variante es la llama física de la vida que permite vivir 
más y mejor. 

Con anterioridad al estudio, los investigadores, según los prejuicios de la época, 
consideraban que los factores más importantes a seguirse tenían que ver con la fisonomía 
de un hombre: su estatura, su tipo de cuerpo "masculino" (la gran mayoría eran hombres), 
etc., pero a raíz de él no se puede aseverar que el cuerpo sea decisivo para la felicidad; en 
cambio las características más decisivas tienen que ver con el aspecto cualtitativo de las 
relaciones. Vaillant demostró estadísticamente que quienes que venían de un entorno 
familiar cálido tuvieron una mayor ascendencia sobre su entorno que aquellos que crecieron 
en hogares más fríos y con relaciones parentales menos amorosas. El cuerpo, el físico, 
resultó inútil para predecir cómo le iría a un hombre en la vida.  Tampoco su afiliación política 
o incluso su clase social, pero tener un alto coeficiente de cariño en la infancia fue un 
predictor muy alto de bienestar. Curiosamente, en hombres, aquellos que mostraron tener un 
mejor vínculo emocional con su padre lograron vivir más tiempo y encontrar mayor bienestar, 
según el índice de Vaillant. 
 
Resultado de imagen de grant study
 
Aunque este estudio podría parecer como una tesis meramente freudiana, Vaillant notó que 
algunas personas lograron cambiar/mejorar ya en la madurez, incluso a los 80 y 90 años 
aprendiendo nuevos trucos, abriendo su corazón a la expresividad y a la vinculación 
emocional. Algunos hombres lograron "florecer" entre los 60 y 70 años, abriendo una brecha 
de esperanza en el viejo saco de los huesos. El critico del New York Times David Brooks 
escribió sobre el estudio de Vaillant: "Los hombres sujeto del estudio frecuentemente se 
volvieron más conscientes de sus emociones al envejecer, más aptos a reconocer y expresar 
emociones. Parte de esta explicación es biológica. Las personas, especialmente los hombres, 
se vuelven más alerta de sus emociones al envejecer[...] Parte de esto es probablemente 
histórico. En los últimos 50 años, la cultura ha descubierto el poder de las relaciones".

Quizás estemos atravesando un periodo de reconocimiento del valor emocional, una 
preponderancia sobre lo racional y material que anticipa un cambio de paradigma  --algo 
quizás relacionado con un gradual giro de una sociedad de dominio masculino a una mayor 
igualdad y a una mayor admisión de las cualidades relacionadas históricamente con lo 
femenino -. Sabemos científicamente que el contacto humano (físico y psicológico) tiene 
efectos positivos en la salud; sabemos que la forma principal en la que se encuentra este 
contacto humano, esta intimidad, es a través de la apertura emocional, fundamentalmente del 
desarrollo de capacidades empáticas y su correlación con un índice de felicidad. 

Esto cuadra pero algo falla; si hemos supuesto que, al mirar hacia atrás, uno se para y se 
encuentra consigo mismo, y el resultado es la expresión de las conclusiones que recogía 
Bronnie Ware, habrá que pensar fríamente que el modelo de vida que se ha seguido no es 
emocionalmente el adecuado. Si el éxito no aparece entre las prioridades personales, ¿por 
qué lo buscamos? ¿Y por qué hay tanta gente empeñada en hacernos creer que la 
competitividad y el éxito son tan importantes? Repasemos. Aún se suele admitir que las 
personas exitosas se miden por sus posesiones, o sea, casas, coches, joyas, dinero en el 
banco, etc., y esto suele ser la definición tradicional del éxito en la vida y modelo a seguir. El 
tiempo (y la crisis, no sólo económica, no lo olvidemos) ha propiciado cambios, sobre todo en 
las nuevas generaciones; las personas “sin futuro” que nacieron a partir de 1980, los llamados 
«milennials», actualmente tienen, en general, otra visión de lo que significa el éxito, y no se 
trata de un asunto de principios o un aspecto religioso del que hayan aprendido que lo 
espiritual o emocional es más importante que lo material, sino simplemente se funda en la 
propia cultura que ellos han construido, mayormente basada en sus experiencias y gustos 
personales: las experiencias de vivir en un mundo en que el espacio cada vez es más caro, en 
el que las horas cuestan mucho más, o el impacto ambiental de la industria es mayor, han 
hecho que esta generación sea diferente a las anteriores. 
 
Resultado de imagen de success
 
Los jóvenes de hoy tienen una percepción de éxito muy distinta a la de sus padres, para los 
que el tener casa propia cuanto antes, era sinónimo de éxito (aunque fuera a costa de 
adquirir paralelamente una gran deuda). Lo mismo pasaba con los jóvenes de antes, que se 
consideraban exitosos al comprar un coche ... o más de uno. Hoy en día, tener casa propia o 
tener coche propio no es sinónimo de éxito, al menos no bajo la cultura de estos milennials. 
Este nuevo concepto no considera la adquisición de bienes, sino más bien la capacidad de 
vivir experiencias por las cuales estar orgulloso. En vez de comprar un coche, quizás es más 
eficiente y sano andar en bicicleta e invertir en la creación de un negocio que surja rápido o 
que sea sustentable en el tiempo. En lugar de comprarse una casa, es más bien visto irse de 
viaje a estudiar un Máster, o simplemente ir de vacaciones, sumergirse en alguna cultura 
nueva o aprender un idioma. Ahora, las competencias pesan más que las cosas. Cabe 
señalar que, según muchos estudiosos del tema, no es que exista desinterés en adquirir 
cosas materiales, sino que el abanico de posibilidades para gastar recursos y demostrar éxito
se ha ampliado, dejando un poco de lado lo que es material. En el fondo, destinar recursos 
económicos en vivencias interesantes, o en estudios o viajes, se ha transformado en la 
opción prioritaria. Al ver las cosas desde esta perspectiva, hallamos sentido en que las cosas 
no traen más placer, ni más éxito, ni más felicidad que las experiencias vividas. Además, la 
mayoría de los bienes materiales se desvalorizan en el tiempo, mientras que haber 
aprovechado el tiempo será una ventaja de riqueza considerable en una evaluación futura. 
Como dice el afamado cardiólogo Valentín Fuster como toque de atención, "La sociedad 
actual, que vive por y para la competitividad y el consumismo, es la responsable de la mayor 
parte de las enfermedades cardiovasculares y cognitivas de los españoles". 

"El verdadero éxito de la competición son los amigos que haces por el camino. Las medallas 
se oxidan, pero los amigos de verdad no acumulan polvo". Jesse Owens, atleta 
estadounidense de color que en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 ganó fama internacional 
al conquistar cuatro medallas de oro ante Hitler. 
 

Imagen relacionada
 
Tal vez todo se resuma en redefinir el concepto de éxito. SI lo definimos simplemente como 
la consecución de un objetivo, puede significar infinidad de cosas diferentes. El problema es 
que, en muchos casos, el éxito viene definido por otros y no por uno mismo, de forma que es 
usual identificar cinco asociaciones, cuando menos, bastante arbitrarias: 

 - con el dinero. No está mal trabajar y esforzarse, por supuesto, querer ganar dinero 
para que no falte nada, el problema viene cuando nos obsesionamos con el tema, tomándolo 
como único objetivo, descuidamos no solo nuestra salud sino nuestros vínculos, que son lo 
más valioso que tenemos.

 - con la fama. En el estudio de la Universidad de Harvard mencionado líneas arriba, el 
50% de los adolescentes encuestados respondieron que creían que ser famosos les daría la 
felicidad pero al final del seguimiento y el estudio, no fue el dinero ni la fama lo que los hizo 
felices ya en la edad adulta. Lo más valorado en ella y en la vejez fueron las relaciones 
interpersonales, las de buena calidad y convivencia (no, por las fechas del estudio, las 
virtuales). Se encontró que las personas solitarias enfermaron y murieron infelices y las que 
tuvieron buenos vínculos vivieron con más satisfacción. 

 - con la apariencia física. De manera análoga que con la asociación con el dinero, no 
está mal cuidarse y querer verse bien, el problema es cuando esto se vuelve una obsesión y 
marca la vida de la persona y la termina enfermando. 

 - con la competitividad. Ganar, ganar, siempre ganar y ser mejor que otro. Competir 
contra el otro en vez de trabajar junto al otro, en vez de compartir con el otro. En una 
sociedad individualista y competitiva como la nuestra, se nos inculca la convicción de que 
sólo el ganador es quien tiene éxito, que sólo el que cumplió la meta siente satisfacción. 
Pues no es así, también hay satisfacción y plenitud en los procesos. La propia vida es 
camino. A veces no se gana pero igual se logra. No es necesario competir todo el tiempo, lo 
que es necesario es sentir que uno está haciendo lo que sea lo mejor que puede, pero por 
uno mismo, no por el hecho de ganar a otro.

 - con el no equivocarse. Esta última asociación es lapidaria: no está permitido fracasar, 
no debes equivocarte. Nada más lejos de la realidad. Somos seres humanos, y nos vamos a 
equivocar de todas maneras. De los errores también se aprende, el error también favorece 
el aprendizaje.

Lo más curioso de todas estas asociaciones es que sabemos que no son reales, adecuadas, 
objetivas, pero igual muchas veces las seguimos automáticamente, sin detenernos a evaluar 
lo que estamos haciendo de nuestras vidas. Dejamos poco espacio para los vínculos reales, 
para conversar, para tocar el mundo de las emociones y los sentimientos. 
 
Imagen relacionada
 
Para finalizar estas reflexiones, y sin entrar en asuntos de religión ni de apostolado, parece 
oportuno recordar que, en el marco de su reciente visita al Japón, el Papa Francisco 
cuestionó la cultura del éxito a cualquier precio, y advirtió el riesgo de “aislamiento social” 
que se da en países desarrollados debido al “consumismo”, “la competitividad” y “la 
búsqueda frenética de la productividad”

domingo, 8 de diciembre de 2019

Lenguas y cultura.

Quienes hemos tenido la gran suerte de viajar por todo el país (incluyendo islas y territorios 
norteafricanos), conocerlo trabajando codo a codo con gente de cada uno de los lugares, 
hemos podido comprobar que es un denominador común de todos sin excepción la 
consideración indiscutible de que “lo suyo” es, ¡dónde va a parar!, lo mejor, con diferencia, 
del mundo mundial, en todos los aspectos: historia particular, geografía, turismo, costumbres, 
gastronomía, cultura, etcétera. Y, contrariamente a lo que quieren inculcar algunos, eso no 
afecta a la convivencia respetuosa con el forastero. Hay matices, claro, representados y 
resumidos por aquel (aplicable a personas, ojo, no a comunidades, por ser actitud asumida a 
título personal, en modo alguno colectivo) de quien se cree el ombligo del mundo y en 
posesión de la verdad absoluta y es incapaz de admitir que, si él está muy orgulloso 
(legítimamente) de “lo suyo”, otra persona puede tener un sentimiento (igualmente legítimo) 
hacia otro “lo suyo” diferente, es decir, que es, a veces sin notarlo, excluyente.

 
Resultado de imagen de lenguas

 
Y de eso se alimentan los (malos) políticos que, por conseguir cuatro indignos votos que 
hagan crecer su ego, son capaces de crear enfrentamientos ficticios aunque, dicen, muy 
nocivos, y de presentar a quien defiende “lo suyo” o simplemente piensa diferente de aquel 
cuyo voto se mendiga/manipula, como la reencarnación de todos los males, de color rojo, 
con rabo y cuernos, contra quien absolutamente todo vale porque su sola existencia es 
dañina. Pero eso es otra historia en la que ahora no entraremos.

Esos mismos malos políticos (y algunos “periodistas”, comentaristas, articulistas, tertulianos 
y otros especímenes similares) no suelen tener reparos en pregonar su ignorancia y cerrazón 
al considerar, y hacer considerar a sus seguidores, como representativa de las señas de 
identidad particulares, algo tan sagrado como una lengua como motivo de división en lugar 
de lo que es: un riquísimo acervo cultural que debería ser común a cuidar y preservar por 
todos. Y es que España es, pese a lo que digan algunos, un país plurilingüe. Su población 
habla un gran número de lenguas, autóctonas o incluso de inmigrantes (está documentado 
que, por ejemplo, en Barcelona, se usan 300 lenguas), sean o no oficiales. Este fenómeno no 
es nada extraordinario y encontramos la misma polifonía en muchos países europeos. 
Lamentablemente para la Cultura (con mayúsculas), con la mayoría de ellos, España 
comparte el menosprecio secular de este plurilingüismo por parte de la política oficial, que 
favorece tradicionalmente el monolingüismo de la llamada lengua del  Estado, la cual se 
“vende” que está en peligro frente a las minoritarias. 
 
Resultado de imagen de lenguas

 
Nada más lejos de la realidad; desde el respeto, puede disfrutarse de la contemplación de un 
atardecer en la Tacita de Plata, o de s’hora baixa en Pollença, o de un capvespre en Roses, o 
del inicio de la vesprà en Vinaròs, que todas las formas citadas valen para describir un 
momento y el sentimiento asociado.

Pero este país, caracterizado por su política de gestionar los conflictos en términos de 
vencedores y vencidos con la consiguiente aniquilación de cualquier vestigio del vencido, ha 
facilitado (vía prohibición o menosprecio) la desaparición en poco tiempo de lenguas propias 
o de formas de expresión o acentos diferentes a la lengua del Estado y su acento 
"oficialmente" asociado: bable, castúo, fabla, mangurrino, habla andaluza, canaria, leonesa, 
panocho murciano y bastantes otras. Sólo quedan, con la etiqueta de co-oficial, el gallego, el 
catalán y sus variedades (hablamos de lenguas, no de territorios) y el euskera.

Lo triste es que esta actuación no obedece al amor a la lengua oficial que se impone sino que 
es un instrumento demostrativo del poder político y, una vez conseguida la preeminencia, se 
suele caer en la desidia y el abandono de esa lengua… hasta el siguiente episodio de 
carácter político. Ejemplos los hay variados.

 1) Cuando los Reyes Católicos expulsaron del país a los judíos hace más de 500 años, 
muchos de éstos emigraron al norte de África (Magreb), a la Europa cristiana (Países Bajos, 
Reino Unido, Francia y Polonia), a todo el Imperio otomano e incluso a la recién descubierta 
América Latina, manteniendo espontáneamente el nexo común del idioma que hablaban y 
que ha sobrevivido entre ellos hasta hoy: el ladino o judeo-español, indicativo de su 
procedencia, Sefarad (de aquí que se les conozca como judíos sefardíes o sefarditas), o sea, 
la Península Ibérica. Pues bien, en general, cuando surge este tema, es para glosar la  
españolidad de esos judíos, y el cuidado, preservación, conservación del idioma, auténtica 
reliquia lingüística valiosísima pasa a un segundo plano. 
 
Resultado de imagen de ladino idioma judeoespañol
Placa en ladino por el Holocausto.

 2) Es poco conocido que en la isla de Guam, en el Pacífico, hoy perteneciente a Estados 
Unidos, es idioma co-oficial, junto al inglés, el chamorro, de origen español, herencia de su 
pasado bajo la corona española (hasta 1898, con el nombre de Guaján). Pero, ya digo, ni se 
conoce ésto; la lengua, si no es reflejo de poder, no es importante.

 3) Peor que lo que ha pasado en Guam es lo ocurrido en sus vecinas Islas Filipinas, en 
donde el idioma español está prácticamente desaparecido en favor del inglés, o en lo que fue 
Protectorado Español en Marruecos, hoy declaradamente francófono sin que, al parecer, a 
ninguno de esos paladines tan celosos en vigilar el no crecimiento de otras lenguas 
minoritarias le importe un bledo. Los (pen)últimos casos sangrantes son el desinterés hacia la 
desaparición del idioma español en Guinea Ecuatorial (independizada de España ayer mismo, 
en 1968, sólo 10 años antes de la promulgación de la intocable Constitución, por usar 
referencias temporales conocidas) y la desidia hacia la República Árabe Saharaui 
Democrática (antiguo Sahara Español, sobre el que corremos un pudoroso velo acerca de 
cómo se abandonó en 1975 y dejó de ser español) en donde se suceden las voces de los 
propios saharauis en petición de auxilio para mantener el idioma e influjo cultural españoles. 
Y ni caso.

Volvamos, sin embargo, a nuestra riqueza lingüística interna, rezando paralelamente por que 
a la clase política la ilumine un mínimo de inteligencia y sentido común para no mezclar 
temas políticos con otros que no deben serlo, en el convencimiento de que la persona debe 
considerarse siempre por encima de cualquier opción política. No es una opinión; es, 
simplemente la aplicación práctica de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 
1948 (dicho sea de paso, no votada en su aprobación inicial por la España franquista y 
asumida con la firma en diciembre de 1976 de los Pactos de Nueva York, que le dan apoyo 
jurídico y la amplían con aspectos como la libre determinación de los pueblos y los derechos 
de las minorías. Finalmente, hace 40 años, la Constitución de 1978 la asumió como propia al 
recoger que "las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades ... se 
interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos") y de la 
Declaración Universal de Derechos Lingüísticos, aprobada en Barcelona durante la 
Conferencia Mundial de Derechos Lingüísticos, celebrada del 6 al 9 de junio de 1996 con el 
objetivo principal de promover los derechos lingüísticos (tanto individuales como colectivos), 
especialmente de los hablantes de las lenguas amenazadas. 

Una de las excusas (sí, excusas, no argumentos) de los defensores de la uniformidad de las 
lenguas en favor de la oficial del Estado es que las otras “son difíciles de entender”, lo que 
es indicativo cuando menos de una preocupante (¿y galopante?) pereza mental sustentada 
en el poder político convertido en ley (con minúscula). La gran mayoría de las lenguas que se 
hablan o han hablado en España son de las llamadas lenguas romances,  románicas, latinas, 
itálicas o neolatinas (por nombre, que no quede), rama indoeuropea de lenguas 
estrechamente relacionadas entre sí y que históricamente aparecieron como evolución del 
latín vulgar (entendido en su sentido de habla cotidiana o común de la gente) opuesto al latín 
clásico (forma estandarizada que a partir de cierto momento era una lengua aprendida como 
segunda lengua y no como lengua materna)1.  
 
Resultado de imagen de cuideiru
Cuideiru/Cudillero.

Lo llamativo es que, frecuentemente, quien se convierte, generalmente por motivos políticos, 
en adalid de la uniformidad de las lenguas es alguien miembro precisamente de la comunidad 
lingüística de la lengua amenazada. Dejadme compartir una anécdota personal: en una 
estancia de trabajo hace años en la cornisa cantábrica, y aprovechando el tiempo libre para 
hacer turismo, fui un día a conocer Cudillero; una vez allí, una persona del lugar me informó 
de que el nombre de la villa era Cuideuru y que, históricamente, se le atribuye un origen 
vikingo o normando ya que les cróniques medievales asturllioneses fálenmos ciertamente de 
que nel branu del añu 844 foi avistada una flota viquinga na costa de Xixón rumbu a Galicia, 
onde s’entregaron a la rapiña. El rei Ramiro I derrotólos a los pies de la Torre d’Hércules, 
quemándo-yos alredor de 70 naves, anque los supervivientes continuaríen les sos correríes 
pel Al-Ándalus saquiando Lisboa y Sevilla y, para justificar el origen normando o bretón, 
habla dos celtes britones, refuxaos cristianos que fuxíen de la invasión anglosaxona de les 
Isles Britániques nel sieglu VI hacia llugares como Armórica (la Bretaña francesa actual)
Galicia y Asturies, onde fundaríen la Diócesis de Britonia. Inda güei conservamos topónimos 
qu’evidencien la so presencia, como El Bretón (La Madalena, Avilés), Bretones (Belonciu, 
Piloña) o La Playa los Bretones (Vidiago, Llanes) Pa con too, me decía, resulta mui aventurao 
afirmar que foren estos britones o viquingos los fundadores de Cuideiru. ¿Y qué hai de la so 
herencia nel dialectu llocal? Quiciás podia desilusionar a más d’ún, y ye que la fala pixuata 
(pescadora de la villa) nun ye nenguna particularidá, sinón que resulta idéntica al asturianu 
faláu en Pravia o en Grau. Ello ye, que nun existe un dialectu pixuatu. (¿De verdad no se 
entiende?).

Disfrutado el día y de vuelta al centro de operaciones en A Coruña, comentamos el caso al 
tiempo que se daba buena cuenta de unas filloas con mi buen amigo Manolo Rivero, quien 
opinó que, en materia lingüística iban das mirras pras enconllas, porque, al parecer, 
situaciones como la de Cuideiru se prodigaban y eran motivo político de sembrar división  
oponiéndose sistemáticamente a la recuperación del nombre en la lengua propia.

Pero se dice que todas las reglas tienen sus excepciones. Aquí también. En la lengua 
peninsular en la que la comprensión devino para mí como tener una piedra en el zapato 
constantemente fue en el euskera; pese a las temporadas pasadas en Euskadi, aparte de 
egun on, kaixo, agur, bai, ez, mesedez, eskerrik asko y cuatro cosillas más, no conseguía 
entender nada, no había manera de que, aplicando todos los sentidos a la escucha pudiera 
encontrarle una “relación familiar” con nada conocido, al final todo "suena raro" aunque la 
verdad es que hablar del euskera resulta fascinante a poco que se tome un mínimo interés 
por conocerlo y da para rellenar páginas, pues es probablemente uno de los lenguajes más 
misteriosos del mundo y es que, aunque su origen es muy controvertido y ha dado lugar a 
numerosas hipótesis, hasta la fecha ninguna de ellas concluyente, lo cierto es que no es una 
lengua  romance, como el resto de las de la península, y es la única lengua preindoeuropea de 
Europa que ha sobrevivido hasta la actualidad (aunque se tienen testimonios de otras lenguas 
prerromanas no indoeuropeas tanto en España como en Francia, Italia y Grecia). Sin 
meternos en camisa de once varas (no toca) y sólo a título de curiosidad, las teorías más 
estudiadas son las que emparentan el euskera con el histórico íbero, con el bereber del 
desierto africano o con el caucásico, concretamente con el georgiano. En cualquier caso, 
nada de latín, como el resto de lenguas peninsulares. 
 
Imagen relacionada
Pasai Donibane/Pasajes de San Juan.
 
Dejando a un lado hipótesis teóricas y retomando la reflexión inicial de estas líneas, es un 
lujo tener la riqueza lingüística que tenemos; lamentablemente, en demasiadas ocasiones se 
ha utilizado (se sigue utilizando por algunos), no como la fuente de cultura que es, sino sólo 
como instrumento político que alimenta una división inexistente. Y eso conduce a 
inesperadas y curiosas consecuencias culturales: todos las personas hablantes de una 
lengua minoritaria de las citadas son, cuando menos, bilingües, mientras que los hablantes 
de la lengua oficial del Estado suelen ser monolingües, posiblemente por la pereza mental 
producida por la arrogancia política de aplicar la evidencia legal de que todos han de saber 
esta lengua oficial.

-----------------------------------


1La decimoquinta edición de The Ethnologue: Languages of the World (2005), conocida aquí como el Instituto Lingüístico Del Mundo, publica una tabla de similitudes entre lenguas romance europeas en la que desde el punto de vista de la inteligibilidad mutua, podemos hablar de variedades lingüísticas o dialectos en cuanto a las lenguas comparadas. Como muestra, para consumo doméstico:
- Castellano: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”
- Catalán: “Tots els éssers humans neixen lliures i iguals en dignitat i en drets. Són dotats de raó i de consciència, i han de comportar-se fraternalment els uns amb els altres”
- Gallego: “Todos os seres humanos nacen libres e iguais en dignidade e en dereitos e, dotados como están de razón e consciencia, débense comportar fraternalmente uns cos outros”
- Bable: “Tolos seres humanos nacen llibres y eguales en dinidá y dreitos y, dotaos cumu tan de razón y concencia, tien de portase fraternalmente los unos cunos outros.”
- Castúo: “Tolus hombris nacin libris i igualis en digniá i derechus i, comu gastan razón i concencia, ebin comportalsi comu ermanus los unus conus otrus”
- Aranés: “Toti es èssers umans nèishen liures e rièrs en dignitat e drets e, dotadi coma son d'arrason e consciéncia, an de comportar-se fraternalmente es òm damb es auti”
Etcétera, todos, como se ve, con “aires de familia”.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Talentos musicales ocultos: Tara.

La verdad es que el título tiene aplicación en todos los campos ya que en todos hay talentos que 
nos pasan desapercibidos pero, cosas de la casualidad, en esta ocasión tiene por protagonista 
a la música.

Resulta que hace unos días me encontraba yo rebuscando no sé qué entre los viejos discos de 
vinilo cuando me topé con algo que no era lo que buscaba (¿no os ha pasado a vosotros, que 
buscando algo concreto se encuentra alguna otra cosa diferente, totalmente impensada e 
inesperada?), el disco de una antigua grabación en directo de una actuación de la olvidada 
cantante gallega Tara. Lo recuperé para escucharlo de nuevo en la que, recordaba, era una voz 
potente y llena de matices… de la que nunca más se supo. Hagamos memoria, pues. 
 
 
 
La nueva audición me confirmó la opinión de antaño: se trata sin duda de una de las mejores 
voces del panorama musical nacional de los años 70 del pasado siglo a la vez que me sirvió 
para verificar que estamos hoy ante una de las excelentes cantantes más olvidadas de 
nuestra escena. Tara, que se llama en realidad María Teresa Pérez Guerra, deslumbró con su 
voz en los primeros años de la década comentada, la de los 70, para luego desaparecer para 
siempre. En su corta carrera recibió excelentes calificativos en los medios de la época, como 
el de la "Janis Joplin gallega", y se destacó su potencial para triunfar en el mercado 
internacional.

Estudia Decoración y Cerámica y se traslada de A Coruña, donde había nacido, a Barcelona, 
en donde compagina su trabajo con sus primeros ensayos y conciertos al frente del conjunto 
Los Boom. A sus 20 años hacía gala de una fuerte voz, con carácter, que exhibía teñida de 
soul, unas cualidades que llamaron la atención de la histórica productora Maryní Callejo que la 
incluye en su “escudería”. Compartiendo representante con Los Brincos o Fórmula V, el 
compositor Augusto Algueró la introduce de lleno en el mundillo de las discográficas a través 
de la compañía Polydor y propicia la actuación y grabación del LP  “En Directo Desde J&J” (el 
vinilo que yo encontré). El disco es grabado en directo  – tal era la confianza que tenían en las 
facultades de Tara -- el 5 de junio de 1970, en  una discoteca madrileña de la Gran Vía, la J&J, 
que por entonces estaba de moda, y en él Tara se acerca con maestría al rock y al soul, 
atreviéndose a desmelenarse interpretando canciones “icono” clásicas como el "River Deep 
Mountain High" de Ike & Tina Turner,  “Son of a preacher man” de Dusty Springfield o “Think” 
de Aretha Franklin (todas ellas inencontrables hoy). Todos los comentarios de los asistentes 
coincidían después en que “Había nacido una estrella” y  ese pensamiento quedó inscrito en 
la crítica posterior al concierto: “La Janis Joplin española “… "Una voz sensacional",… "Barre 
con todo"… "Por primera vez la crítica aplaude puesta en pie".. El éxito le llega de forma 
instantánea, toma los medios de comunicación de la época y su presencia en la televisión se 
vuelve algo habitual llegando a ser preseleccionada para cantar en el Festival de Eurovisión 
con la canción “Palabras”, una composición de Juan Pardo que también interpretaría Daniel 
Velázquez.

Tara tenia ante sí un camino alfombrado para el éxito, “mimada” por la crítica pero, de repente, 
lo dejó todo, dice, por amor. Se casa ese mismo año y anuncia que deja los escenarios. Pero, 
al parecer, el motivo “real” de su decisión es su gran e incontrolable miedo escénico, lo mal que 
lo pasa cuando tiene que subirse a las tablas ante una gran audiencia, y su decisión de 
centrarse en su vida privada. Había perdido con ello su gran oportunidad y acaba prestando su 
voz para diversos jingles (temas musicales cantados o canciones breves utilizadas con fines 
publicitarios) y, directamente, cuñas publicitarias. En 1993, buscando en el baúl de los 
recuerdos, y con la llegada del soporte CD, una Polydor en sus últimos estertores (antes de 
repartir su catálogo en sellos menores e integrarse en Universal), sacude el polvo a su fondo 
de catálogo y edita el LP de Tara, sus tres singles y  un “bonus track” con la versión de  
“Never, never leave me” de Mary Wells que había grabado en estudio durante las sesiones 
de grabación de su primer single, y una canción  inédita “Mis pensamientos”.

Naturalmente, ese CD ya no está disponible. Ni tampoco sus vinilos originales, desde luego. 
Y lo que fue la gran esperanza del soul español, “nuestra Janis Joplin”, ha quedado como un 
sueño difuminado, de esos que no se recuerda si se tuvieron o no. Una posible gran dama 
de la canción de la que ni siquiera se pueden escuchar hoy sus discos con temas originales 
ni sus fabulosas versiones en ningún sitio. 
 
 
 
  

Oigámosla para recordarla en la versión en castellano de The love of a woman, un tema 
“menor” compuesto en 1969 por los hermanos Barry y Maurice Gibb para Samantha Sang y 
posteriormente grabado también por Horace Andy, Patricia Paay, Mike Asthor y, en italiano, 
por Franca Evangelisti, que formó parte de su LP grabado en directo y que, realmente, 
mejora en la voz de Tara.

domingo, 1 de diciembre de 2019

El desapego del apego y eso.

Hace unos días recibí una llamada telefónica de esas que calificamos de sorpresivas e 
inesperadas, que después te dejan un regusto agridulce; y es que era de un viejo (en todos 
los sentidos) amigo/compañero de colegio, para notificarme que otro de los componentes de 
lo que fue (y no es una mera opinión personal; así está documentado) el mejor curso del 
Instituto de Enseñanza en su historia, nos había dejado. Si pensamos que el ciclo de 
enseñanza lo iniciamos más de sesenta chavales y lo acabamos trece ya muchachotes
puede entenderse que cada despedida de alguien de este reducido (y cohesionado) grupo se 
percibe como un mazazo; y ya van (que recuerde, teniendo en cuenta también que a alguno 
hace tiempo que se le perdió la pista) Juan, Jesús, Carlos,... Estas son las cosas que te 
llevan a la reflexión sobre muchas cosas, empezando, quizá, por las huellas que nos marcan, 
eso que llamamos apego1, que puede ser o no a personas. 
 
Resultado de imagen de apego adulto

 
A lo largo de nuestra vida vamos formando vínculos afectivos con distintas personas. Algunas d
e estas vinculaciones son la relación de padres e hijos, abuelos y nietos, amistad, vínculo 
fraternal, amor romántico… Todos ellos muestran algunas características comunes. Por 
ejemplo, son relaciones afectivas, perduran (o no) a lo largo del tiempo, se busca proximidad 
y contacto con la otra persona, nos produce ansiedad cuando hay una separación que no se 
desea, son singulares hacia una persona en concreto o depende de la interacción entre 
ambos. La figura de apego es la base de referencia y de apoyo en las relaciones que una 
persona establece con el mundo físico y social de su alrededor.

Cuando una persona está segura de la incondicionalidad de su figura de apego, desarrolla 
sentimientos de seguridad, de estabilidad y de autoestima hacia ella y facilita la empatía, el 
consuelo, el amor y la comunicación emocional. Y, ¿por qué es importante el vínculo de 
apego? El apego es mucho más importante de lo que se suele creer, pues, según sea el 
modo en que se desarrolle, esto es, sea un estilo de apego apropiado o no, va a depender el 
desarrollo psicológico del individuo, su seguridad y estabilidad y las relaciones con otras 
personas. Existen relaciones de apego a lo largo de toda la vida y no sólo durante y 
provenientes de la infancia, aunque a decir de los expertos psicólogos estudiosos del tema 
es ciertamente alrededor de los 12 meses de edad cuando el bebé forma su primera relación 
de apego con una persona, habitualmente con la madre, después de un largo proceso. Es 
más, aunque no seamos conscientes de ello, como resultado de las diferentes experiencias 
de apego, sobre todo con las denominadas “figuras centrales” en las etapas más tempranas 
de la vida de la persona, acabamos formando un “estilo de apego”, es decir, una determinada 
manera de relacionarnos, de sentir y de pensar en aquellas relaciones que requieren 
intimidad. Además, poca broma, el estilo de apego se ha asociado como predictor de la 
conducta humana en relación a la conducta social.

Un sentimiento de apego adecuado se asocia por tanto con un correcto desarrollo emocional, 
con más empatía, con mayor regulación de las propias emociones y mayor actitud prosocial y 
un apego inseguro, por el contrario, se relaciona con una mayor conducta agresiva y 
hostilidad. Las funciones del apego son diversas y amplias. Este vínculo asegura la 
supervivencia de la persona, especialmente cuando es pequeña de edad, le da seguridad, 
estima e intimidad, además de funcionar como base desde la que, desde niño, se explora la 
realidad y se acude para refugiarse cuando se necesita. 
 
 
Imagen relacionada
 
El apego no surge de manera espontánea sino que va desarrollándose conforme pasan una 
serie de etapas o fases. Así pues, empezando por el principio, primero existe una preferencia 
del niño por las personas en general para pasar después a una asociación con aquellas que 
están cercanas a él. En consecuencia, el apego se intensifica desarrollando un tipo de apego 
que puede ser más positivo o más negativo.

Pero el apego mal gestionado tiene también puntos negativos; una de las "trampas" más 
fáciles de caer cuando estamos en una relación personal es el apego emocional. Se trata de 
la dependencia que se crea entre dos personas y que hace que no podamos ser 100% 
independientes. Nuestra felicidad no depende, entonces, de nosotros mismos sino que estará 
muy supeditada a la relación que mantengamos con esa otra persona. Puede ser un arma de 
doble filo ya que, si la relación llega a su fin, podemos sentirnos vacíos y deprimidos. Cuando 
ese fin de la relación no se debe a una pérdida, no debe olvidarse que las relaciones sanas 
son las que aportan más felicidad y conexión.  
 
Resultado de imagen de desapego
 
Uno de los principales motivos por los que nos "enganchamos" a las personas es para 
sentirnos más fuertes y seguros. Pero este es un error de base. La seguridad y nuestro amor 
propio tiene que nacer de nuestro interior, no puede estar relacionado con algo o alguien 
externo a nosotros. Por ello, lo primero que debe hacerse es dedicar tiempo a uno mismo y 
conocer y entender (¿perdonar?) los propios puntos débiles, así como reconocer las virtudes. 
El cambio empieza en uno mismo de forma que no se necesite a otros para que reforzar esa 
imagen positiva que se ha logrado de uno mismo.

En cualquier caso el apego emocional es una situación que es muy frecuente en cualquier 
tipo de relación entre personas. Además, se puede sentir apego, no solo por las personas, 
sino también por las cosas. De hecho, se puede sentir apego por la casa, la ciudad, el trabajo, 
la ropa... una emoción que puede impedir continuar para adelante y quedarse estancado en la 
zona de confort. 

Capítulo aparte en estas reflexiones merece lo que los psicólogos llaman apego material. 
A muchos les cuesta tirar cosas por su significado, representativo de un momento o una 
vivencia. No pueden tirar libros, cartas, fotografías, música, tarjetas postales, regalos y todos 
esos objetos que se van acumulando porque, al ser las huellas de nuestra historia, de lo que 
somos, nos da no se qué desprendernos de ellos. Otro matiz es el de esas personas que lo 
guardan todo aunque no tenga significado especial por la probabilidad de necesitar algún día 
ese desperdicio, como si vivieran en una isla desierta (llegando a ser casi como un síndrome 
de Diógenes). En suma, todos nos aferramos a algo, pero hay gente que elige ese modo de 
conectarse con las cosas y las personas para convertirlo en su modo de vida. 
 
Resultado de imagen de apego a cosas materiales
 
El apego es la ilusión de que las cosas son permanentes, es la resistencia al cambio, la 
negación de la muerte y la no aceptación de que todo termina algún día. Los objetos nos atan 
a este mundo y pueden convertirse en pesados lastres para el sentimiento si devienen anclas 
que mantienen la conciencia a nivel del suelo y no dejan asomar la cabeza para ver el 
horizonte.

Es verdad que las cosas nos dan seguridad y mejoran nuestra autoestima, aunque en el 
fondo la vida sea pura incertidumbre. También es cierto que todos incorporamos a nuestra 
personalidad y a nuestra imagen nuestras pertenencias, por aquello de que en esta sociedad 
en que vivimos el ser es el tener, pero cuando las cosas nos importan tanto nos convertimos 
en sus prisioneros y perdemos la libertad. En nuestros días, el marketing ha sido el primer 
interesado en fomentar esa forma de apego material, en generar necesidades dónde no las 
hay hasta crear dependencia a los objetos.

Pero el apego descontrolado no ayuda a avanzar en los cambios, y se ha de ser consciente 
de que la vida es un constante cambio y que cuando todo a mi alrededor cambia, yo también 
debo hacerlo, no puedo aferrarme al pasado, ni a las cosas, ni a las personas, porque me 
quedaré anclado, aferrado en el extremo al dolor de la pérdida. Todo cambio y toda crisis van 
a ayudar a crecer como persona. Debemos aprender a aceptar los cambios y a sacar el 
mayor provecho de ellos. Esto no significa que no lloremos una pérdida, debemos llorarla, 
aceptarla, secarnos las lágrimas y seguir andando. Por eso el desapego es tan necesario.

El desapego emocional es uno de los conceptos que mayor confusión genera, puesto que se 
malinterpreta pensando que se relaciona con no tener empatía o no ser asocial pero nada 
más lejos de la realidad. El desapego emocional está ligado al bienestar y a la salud mental. 
El desapego mal entendido puede parecer puro egoísmo, pero no es así, pues practicar el 
desapego no significa romper vínculos con todo aquello que es importante para mí, ni 
siquiera significa dejar de tener objetivos o de querer las cosas. Más bien significa que 
aunque yo quiera algo, no lo necesito para vivir feliz.

Puedo querer una casa más grande, pero puedo a la vez aprender a apreciar la que tengo, a 
valorar lo que tiene de bueno, a mejorar lo que no me gusta, a agradecer la suerte de tener 
un techo y entender que aunque quiera una casa más grande, no la necesito para vivir. Esta 
casa que tengo ahora cumple con todas mis necesidades y, en el fondo, deseos aparte, ya 
me hace feliz. Tal vez, algún día me compre una casa más grande, pero aún así, no habré 
vivido solo pensando en eso, habré disfrutado del camino. O tal vez, nunca me la compre y 
aún así sea feliz con lo que tengo.

Este es el poder del desapego, no dejo de querer cosas o a personas, simplemente dejo de 
aferrarme a ello como si fuera lo único importante. Es andar mirando el camino y no el 
resultado, porque la vida es el camino. Los excesos nos ponen cadenas y no nos dejan ser 
libres. En nuestras relaciones personales, el desapego es clave para nuestro bienestar.  
Puedo relacionarme contigo de una manera más libre, dejando espacios para la 
individualidad. Te elijo pero no te necesito, prefiero estar contigo pero puedo estar sin ti. 
Disfruto de compartir mi tiempo contigo, pero no vivo con el miedo a perderte. El sentimiento 
deja de ser necesidad para ser solo eso, sentimiento, sin por eso quitarle importancia.

Al final, el apego/desapego a las personas/lugares/momentos/animales/cosas que uno 
considera que han dado forma a su vida, no es sino reflejo de los elementos emocionales de 
esa personalidad que, con todos ellos, se ha ido modelando. Todos son, a lo sumo, retazos 
de historia/s que, seamos conscientes, son (deben ser) parte de un pasado que no puede 
volver y al que es un error aferrarse. Pongamos el apego, el desapego cuando ha sido 
necesario y la nostalgia, en el lugar que les corresponden y vivamos el hoy. 
 
 
Pongamos en valor cuando se pierde lo que fue un apego lo que escribieron Roger Taylor, 
Brian May y John Deacon, del grupo musical The Queen, en la canción The show must go on 
(El espectáculo debe continuar), dedicada a un Freddie Mercury, enfermo casi terminal: … 
 dentro de mí, mi corazón se está rompiendo… pero mi sonrisa aún permanece… tengo que 
encontrar la voluntad para continuar… 
 
------------------------
 
1El apego es un concepto que viene de la Teoría del Apego que desarrolló el psicoanalista inglés John Bowlby (1907 – 1990) mientras trabajaba para la Organización Mundial de la Salud (OMS), para estudiar el tipo de vinculación afectiva que establecemos de pequeños con nuestras figuras de referencia y cómo nuestro estilo de vinculación emocional se refleja posteriormente en las relaciones que establecemos con otras personas en la vida adulta.