martes, 12 de mayo de 2015

Boletín nº 47/2.- El fiasco del interés oficial cero



La senda a la situación de interés cero

Para no perder el centro respecto del análisis del motivo final de la repercusión de un tipo de interés cero, no debe olvidarse que la herramienta clásica en casi todos los países del mundo para controlar desde la inflación que se registre hasta el crecimiento de la economía en su conjunto, es, precisamente, la tasa de interés, y si ésta, eventualmente, llega a cero, la orden ya no sirve para nada puesto que no hay más margen para actuar, de modo que si esas medidas no surten efecto, el gobierno se habrá quedado sin su principal herramienta para direccionar la economía.

La teoría supone que si se bajan las tasas de interés, el dinero y el crédito se hace más barato impulsando el consumo, lo cual reactiva la economía.
Hay ejemplos cercanos en el tiempo con resultados opuestos: en Japón, en la década del 90, las tasas de interés se bajaron a cero y la economía no respondió, lo que dio origen a lo que se llamó la década perdida del Japón. Por el contrario, en Estados Unidos se fijó en 2008 la tasa oficial de interés en prácticamente cero, lo que produjo una notable reactivación.

El punto de partida en Europa, sin embargo, es diferente. Por un lado, la iniciativa en la gestión de la tasa de interés corresponde al Banco Central Europeo que, como es sabido, ha de contemplar (y contentar) diferentes realidades socio-económicas de los socios que integran la moneda única, a su cuidado. Por otro, para nosotros los europeos no se trata tan sólo de tomar medidas para reactivar el consumo, sino, y sobre todo, de tomarlas para luchar contra la crisis en todos sus aspectos. Hay que ser consciente de que buena parte de la población está desempleada (no hagamos énfasis en la dramática cifra de escándalo de nuestro país), los salarios se han desplomado, las empresas no disponen de liquidez, y para que el consumo crezca es imprescindible que todos, el consumidor persona física y las empresas, tengan liquidez, y esto sólo será posible hoy si los bancos suministran esta liquidez, algo que no se asegura puesto que, como puede observarse, un banco no estará dispuesto a prestar dinero cuando hay una gran crisis que no le garantiza totalmente la recuperación de su dinero (que en estos tiempos, suele ser independiente de la voluntad de cumplimiento del deudor), y menos aún si obtiene una baja remuneración por ese dinero prestado como consecuencia de la baja de las tasas de interés.

Al inicio de esta crisis, el sistema financiero español era, a decir de la clase política, uno de los más solventes del mundo, por lo que las primeras medidas encaminadas a su saneamiento llegaron tarde, muy tarde, para ser exactos cuando ya las de Estados Unidos, Alemania, Francia, Irlanda, incluso Italia, empezaban a superar el primer impacto; es difícil saber a cuánto asciende el quebranto real sufrido por el sistema en España, si consideramos que ni las propias entidades pudieron calcular con exactitud el montante de las ayudas que necesitaban para equilibrar su solvencia. Deducciones actuales apuntan que el saneamiento en la banca española realizado entre 2008 y 2014 casi llega a los 300.000.000.000 (trescientos mil millones) de euros, lo que equivale a prácticamente la tercera parte del PIB. Eso significa que, en particular entre 2010 y 2012, menudearon los números rojos en los balances de los bancos y no ha sido sino hasta el 2014 en que ya puede hablarse de números negros, basados sobre todo en los menores costes por la reestructuración de plantillas y estructuras (fruto, en gran parte de las fusiones, absorciones, compras,.. de entidades) y a las menores perdidas por incumplidos en la cartera crediticia, con una cada vez más evidente contención de la tasa de morosidad.

Si hablamos de morosidad no puede dejar de citarse el empeño de unos y otros en culpar de la situación crítica de las entidades a las economías domésticas, cuando la tozuda estadística demostraba que los incumplidos de personas físicas y pymes eran un grano de arena frente a la montaña de las corporaciones, entidades de inversión, etc. (es evidente, como es natural, que si un deudor perdía su empleo y, consecuentemente desaparecía su fuente de ingresos, solía pasar a engrosar la lista de morosos, pero los propios registros de las entidades certifican que el volumen de estas situaciones no es en absoluto significativo en las cifras globales). Pero lo cierto es que esta idea así admitida condujo a replantearse la política de los departamentos de riesgos y, en la práctica, a “cerrar el grifo del crédito” ostensiblemente a particulares y pymes.



Cuando ya se determinaron las necesidades de capital de los bancos y se tramitaron a través de la UE (no entraremos en si en forma de rescate, préstamo, ayuda o, en definitiva el vocablo que responda a “dinero suministrado con cargo a los contribuyentes que, contraviniendo a las promesas y compromisos iniciales del gobierno, nunca será devuelto a éstos”), el requisito que se aireó fue que esas ayudas debían convertirse en flujo de crédito para los clientes en ese entorno difícil de la crisis. Como es de suponer, la banca dio la callada por respuesta a esa “recomendación” de la UE y es que entonces, casualmente, entró en escena un elemento nuevo que podía afectar a su decisión de inversiones, que se llamaba prima de riesgo[1] que, por otra parte, tenía la particularidad de que si subía (y eso se decía que era malo para España) era culpa de la inconsistencia económica de Grecia, mientras que si bajaba (que se decía bueno para España) era mérito del gobierno de España. Sea como fuere, en virtud de esa prima de riesgo, las emisiones de Deuda del Reino de España se subastaban a tipos de interés de hasta el 6 %, y los bancos acudían a las subastas sin tener la necesidad de analizar el riesgo y esas zarandajas. Conclusión: la banca empleó las cuantiosas ayudas recibidas en financiar al Estado en lugar de destinarlas a financiar proyectos de los contribuyentes que habían facilitado esas ayudas, pensando que, además, resultaban ser una inversión rentable y sin riesgo crediticio.

A raíz de esas evidencias, se produjeron varias escaramuzas (no se tiene noticia de que ninguna de ellas estuviera liderada por el gobierno) y avisos entre líneas de la autoridad monetaria europea hasta que finalmente se hizo público que el Banco Central Europeo compraría la Deuda emitida por los Estados obligando de esta forma a las entidades a buscar otras formas de rentabilizar (mediante préstamos al sector privado, por ejemplo) los fondos de que disponían, Debe de ser casual la coincidencia temporal entre estos hechos y los primeros tímidos anuncios de alguna entidad referidos a la apertura de nuevas líneas de crédito.

Hemos llegado por fin a la situación actual, en que el tipo de interés oficial se aproxima al cero y la banca está impelida a abrir el grifo del crédito a la pequeña economía real. Es, sin duda, un escenario favorable para el país, pero cabe analizar cómo repercute en la práctica esa situación en el ciudadano, o se confirma que, como nos tienen acostumbrados con el mantra de la recuperación y el fin de la crisis, las rimbombantes cifras  macroeconómicas no tienen nada que ver con la angustiosa economía real de la gente.


[1] La prima de riesgo es un concepto presente en muchos actos de índole económica. Así, por ejemplo, si quieren contratar un mismo seguro de accidentes un ujier del Congreso de los Diputados y un monitor de deportes de aventura, es probable que la cuota exigida a cada uno sea diferente, y la diferencia entre ambas es la prima de riesgo. En macroeconomía, los inversores diferencian entre destinar sus capitales a financiar un país, con, pongamos, un 5 % de paro y un crecimiento del PIB de X, o a otro con un 25% de paro y una disminución del PIB de –Y. El dinero que piden los países entre sí se conoce como deuda pública y, como todo préstamo, tiene unos intereses que se calculan dependiendo de la fiabilidad del país. Si un estado puede pagar sus préstamos sin problemas tendrá menos intereses que uno que pueda tener problemas de dinero. La prima de riesgo es, pues, la diferencia entre el interés que se paga por la deuda de un país y el que se paga por la de otro. Para calcular la prima de riesgo, medida en puntos, se escoge el país con menos interés de deuda y se compara su interés con el de los demás. Por ejemplo, si el interés de un país "A" es del 1% y el de otro país "E" es del 5%, la prima se obtiene restando ambos porcentajes y multiplicando por 100, es decir, 5% - 1% = 4% --> 4 x 100 = 400 puntos básicos. Esta sería la prima de riesgo del país "E".

lunes, 11 de mayo de 2015

Boletín nº 47/1.- El fiasco del interés oficial cero



En una de las últimas emisiones de Deuda Pública que efectuó el Tesoro, se produjo por primera vez entre nosotros un hecho que de inmediato fue jaleado con todo entusiasmo por los responsables económicos del gobierno y del partido del gobierno en una clara demostración, cuando menos, de imprudencia precedida de una evidente falta de análisis, imprescindible ante un hecho de estas características, ya que uno da por hecho de que el ministro del ramo, algo de economía sabe, pero surgen dudas razonables ante tal ejercicio de euforia de que también la conozca el resto del equipo y, sobre todo, los portavoces del partido.

La noticia, recordémosla ya, es que España colocaba parte de su emisión de deuda del día 7 de mayo a un interés negativo, es decir, que no paga intereses por ella a quien la adquiera, sino que cobra. Para rebajar de entrada la euforia con detalles técnicos, hay que puntualizar que ese día se captaron 4.463 millones de euros en bonos a largo plazo de los que  2.396,54 fueron con vencimiento a tres años a un interés marginal del 0,209 %, superior al 0,156 % precedente, y otros 1.182,10 millones de euros a diez años con una rentabilidad del 1,893 %, también por encima del 1,289 % de la subasta precedente y en línea con la cotización de la deuda de este plazo en el mercado secundario, de forma que sólo los restantes 885,02 millones se  colocaron a cinco años, por primera vez en la historia con intereses negativos del 0,25 % debido a que eran títulos ligados a la inflación, en mínimos en la zona euro.

No hay que quitar mérito al logro, por supuesto, pero no se ha de perder de vista el escenario ni, particularmente, las posibles consecuencias de estas tendencias en la economía real, especialmente cuando se proclama a los cuatro vientos que por fin, la banca ya ha abierto el grifo del crédito (¿acudirá a comprar deuda con intereses negativos?) para pymes y economías domésticas.

La pregunta del millón es: ¿es bueno para la economía real (diferente de la macroeconomía aunque algunos se empeñen en defender lo contrario) que los intereses sean tan bajos, tendentes a cero?

Lejos de estudiar farragosos aspectos técnicos de la materia, intentaremos efectuar este acercamiento analizando las motivaciones y la posición en inversiones, captación de fondos y concesión de crédito de nuestro puente de unión con la economía oficial, que es la banca, para llegar a concluir si nos afecta todo eso y hasta qué punto.

Hay que empezar recordando que el objetivo de las entidades financieras es ganar dinero legítimamente, que se justifica en tanto que cumpla unos parámetros mínimos de rentabilidad, que será la suma de los ingresos que genere por el volumen y naturaleza del negocio captado y gestionado menos los gastos en los que incurra para ello. De manera muy esquemática, la actuación, desde al punto de vista de la rentabilidad será:

·  Captar dinero (recursos) de sus clientes, por el que, en teoría, paga un precio (rentabilidad para el cliente)
·  Prestar dinero (inversión) a sus clientes, por los que cobra un precio (coste para el cliente)
·  Cobrar comisiones por los servicios que presta (cheques, recibos, transferencias, etc.)
·  Pagar el coste de los recursos y medios que necesita para desarrollar su actividad bancaria (local, personal, material, y servicios)

En este esquema es fundamental identificar que el negocio bancario se sustenta en prestar dinero y no tanto en captar fondos[1], por lo que un foco de atención en el análisis que desarrollamos es determinar qué le puede ser más atractivo a un banco, invertir en deuda pública o prestar dinero a un particular o pyme.

Paralelamente, también es fundamental tener en cuenta que desde la óptica de la teoría económica un capitalista no es el acaudalado empresario al uso, sino cada uno de los millones de personas que aportan de forma variable a la acumulación de ahorro y por tanto, a la formación de capital, de fondos a captar, negociar y gestionar por la banca. Puede afirmarse, pues, que el ahorro es la piedra angular del crecimiento y desarrollo económico sostenidos.


[1] Efectivamente, supongamos que alguien decide crear un banco y la primera transacción que realiza es la captación de un depósito de 1.000 millones de euros a un 0,01 % de interés para el cliente. Contradiciendo la primera sensación que acude a la mente, NO ha efectuado un buen negocio (sólo ha adquirido el compromiso de pagar al cliente el interés pactado por sus fondos)… si no encuentra en qué invertir esos fondos y obtener los intereses que ha de pagar al cliente y, ya de paso, los recursos con los que pagar nóminas de empleados, material, instalaciones, servicios…que, obviamente, salen de lo que percibe de los créditos concedidos con el macro depósito.

domingo, 10 de mayo de 2015

Hay que hacer que el dinero circule



Estos días, en que la campaña electoral que vivimos/sufrimos nos quiere hacer creer que la tan cacareada recuperación de la crisis es casi una verdad de Perogrullo obviando menudencias tales como la tasa de paro insufrible que aún nos azota, el creciente índice de pobreza, la miserable y consentida política laboral de contratos/salarios, etc., he redescubierto la validez de intentar aplicar una pizca de humor para (sin quitarle importancia y sin dejar de denunciarlos ni luchar contra ellos) desdramatizar aspectos de esa macroeconomía inyectándoles dosis de lógica cartesiana para desmontar lugares comunes.

Es un hecho que el mundo de la economía se nutre de frases epatantes, refranes, dichos ocurrentes, profecías variadas ... y fábulas, que representan la visión humorística del mismo y ayudan a entender el complejo día a día con situaciones y hechos reales o ficticios.

Sirva de ejemplo de estos "divertimentos pedagógicos" el relato curioso y esclarecedor que me ha venido a la memoria y que ha sido usado convenientemente en un pasado cercano, sobre “Cómo funciona realmente la economía”.

Caso de debate en sesudas sesiones de finanzas

Estamos en el mes de agosto en una pequeña ciudad de la costa, en plena temporada de visitantes, cuando inesperadamente cae una lluvia torrencial que hace que en pocos días la ciudad parezca desierta y con el negocio previsto volatilizado.
Además, como consecuencia de la crisis, ya hace tiempo que todos los habitantes y todos los negocios tienen deudas y viven a base de créditos.
Por fortuna, llega un ruso mafioso forrado de “plata” y entra en el único pequeño hotel del lugar. Pide una habitación, pone un billete de 100 euros en la mesa de la recepcionista y se va a ver las habitaciones.
El jefe de cocina del hotel agarra el billete y sale corriendo a pagar sus deudas con el carnicero.
Éste toma el billete y corre a pagar su deuda con el criador de cerdos.
El criador de cerdos sale corriendo para pagar lo que le debe al molino de piensos, de alimento para los animales.
El dueño del molino toma el billete al vuelo y corre a liquidar su deuda con María, la prostituta a la que hace tiempo que no le paga (en tiempos de crisis, hasta ella ofrece servicios a crédito).
La prostituta, con el billete en mano, sale disparada hacia el pequeño hotel donde había llevado a sus clientes las últimas veces y que todavía no había pagado, y le entrega el billete al dueño del hotel.
En este momento baja el ruso, que acaba de echar un vistazo a las habitaciones, dice que no le convence ninguna, toma el billete y se va.

Nadie ha ganado un euro, pero ahora toda la ciudad vive sin deudas pendientes y mira el futuro… ¡¡¡ con confianza !!!

Moraleja: “Si el dinero circula se acaba la crisis”.