miércoles, 15 de julio de 2015

Alemania no es Andorra

No es necesario hacer un excesivo esfuerzo de memoria cercana para revivir el mayúsculo escándalo mediático que supuso la acusación de las autoridades norteamericanas a la entidad Banca Privada d'Andorra , acusación que se extendió a la operativa que efectuaban, por cuenta de la matriz en Andorra, sus filiales en otros países, en concreto en Panamá en en España (banco de Madrid). El culebrón legal aún sigue, habiendo desembocado hasta ahora en la intervención y presentación a concurso del Banco de Madrid y en el anuncio por parte del gobierno andorrano de que la Banca Privada d'Andorra desaparecerá como tal después de analizarla en profundidad y ver qué parte de su operativa está afectada por la denuncia de los EEUU y qué parte está "limpia" y puede ser asumida por el sistema bancario del país de los Pirineos. 

 Tanto las iniciativas en ese sentido del gobierno andorrano como de las autoridades de supervisión españolas han sido adoptadas (y así se ha publicado) con el propósito de preservar la solidez y buena reputación de todo el resto de sistema financiero, que pudiera verse dañado en su credibilidad por estos escándalos, lo que parece razonable. Sin embargo, aplicando ese criterio, ¿qué hemos de pensar de la credibilidad del sistema financiero de otros países, que se ufanan de dirigir la economía mundial, cuando la entidad afectada no es precisamente de cuarta fila, sino la que representa la bandera económica del país?

La pregunta se origina cuando se publica (corramos un tupido velo nuevamente por que la noticia no haya sido recogida por nuestros medios de comunicación, inmersos sin duda en otras "batallas") que  las autoridades estadounidenses han abierto una nueva investigación (otra más) contra Deutsche Bank por presunto blanqueo de dinero procedente de Rusia, al parecer tras un intento de corrupción de un operador de Moscú.

Oficina de New York

La investigación está a cargo del ente regulador de los servicios financieros de Nueva York, el Departamento de Servicios Financieros (DFS, por sus siglas en inglés), que realiza en paralelo otras investigaciones sobre el mayor banco alemán. El DFS, conocido precisamente por su rigor y dureza frente a los grandes bancos, inició esta nueva investigación a principios del verano cuando supo de ese supuesto intento de corrupción de un operador del Deutsche Bank en Moscú, sobre el cual no brindó detalles.

Según informa la agencia Reuters, Deutsche Bank investiga posibles transacciones vinculadas al blanqueo de capitales de algunos de sus clientes en Rusia por un monto que podría exceder los 6.000 millones de dólares
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Hay que recordar que no es la primera vez en la historia reciente que Deutsche Bank está en entredicho: en mayo, el banco alemán aceptó pagar a las autoridades estadounidenses una multa de 55 millones de dólares por haber minimizado pérdidas vinculadas a productos financieros complejos en el momento más delicado de la crisis financiera de 2008.

Y así. Pero, claro, Alemania, "motor económico de Europa", y la que se permite dictar consejos y establecer vergonzosas exigencias draconianas a otros, no es Andorra. Ni Gibraltar, por cierto.

 


domingo, 12 de julio de 2015

La cuadratura del círculo




En estos tiempos de nuestro devenir político y social en los que uno no sabe muy bien si estamos en período pre o post electoral dentro de este frenesí de campaña y crispación continuada en el que algunos pretenden que se convierta la política se está observando como muletilla común en todos los discursos que protagonizan los dirigentes y cargos del partido actualmente en del gobierno un conjunto de ideas que, al igual que el famoso tormento de la gota malaya, se persigue que calen en el subconsciente de la ciudadanía hasta conseguir que se admita como lo más normal y no se cuestione su razonabilidad. Nos referimos a esas maniobras conducentes a considerar perverso cualquier acto político (alianzas en particular) mediante el cual el partido en el gobierno se ha visto relegado del poder, en el que, al parecer, aspiraba a eternizarse. Y si hay que llegar a la modificación de la ley electoral a su gusto, pues se hace, faltaría más.

Salvando las distancias, esa manía monotemática nos recuerda al empeño de muchos, a través de los tiempos, en conseguir cuadrar el círculo, esto es, dibujar con regla y compás un cuadrado equivalente a un círculo dado, es decir, que tenga su misma área. Este es un problema que preocupó a todos los matemáticos, hasta que, en 1882, Lindemann[1] demostró que era imposible la solución exacta. Hay que decir que esto no tiene importancia en la práctica, pues el error de la construcción geométrica es tan pequeño que en una circunferencia de un metro de diámetro, no excedería de 0,5 milímetros. Y todavía hay construcciones más exactas, de modo que el simple grosor de las líneas excede en mucho al error teórico.

Para ilustrar el grado de popularidad que alcanzó el problema, recordemos unas páginas de nuestro Miguel de Cervantes. En “El coloquio de los perros” narra Berganza episodios de su vida en el Hospital de Valladolid; fue allí testigo de las conversaciones entre varios locos: un poeta que no encuentra príncipe bastante ilustre a quien dedicar su obra, un alquimista que no acaba de hallar la piedra filosofal y un matemático que se expresa así:

“- Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias; pero, al fin, el uno tiene libro que dirigir y el otro está en potencia propincua de sacar la piedra filosofal; mas ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene donde arrimarse? Veintidós años ha que ando tras de hallar el punto fijo[2], y aquí lo dejo y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos de él, que me admiro. Lo mismo te acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faltriquera; y así es mi pena semejante a la del Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed. Por momentos pienso dar con la coyuntura de la verdad, y por momentos me hallo tan lejos de ella, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.”

Muchos ejemplos presenta todavía la realidad de ilusos como el de Cervantes. Peores, mejor dicho, porque al fin éste sabía que no había encontrado la solución y se limitaba a buscarla, por lo cual no puede llamarse locura a su razonamiento; locura fue, por ejemplo, la de Jaime Juan Falcó[3] (final del siglo XVI), un poeta al que le entró la ventolera de hallar la cuadratura del círculo, arrastrado por su afición a la geometría, su pasión por lo difícil y lo extravagante, y, en fin, el afán, tan típicamente renacentista, de superar a los antiguos, quienes habían porfiado en vano por cuadrar el círculo de forma rigurosa. Se entregó en cuerpo y alma a su objetivo: pasaba las noches cavilando y vivía rodeado de compases y reglas, casi olvidado de la higiene y la comida. Pronto advirtió lo inútil de sus esfuerzos y quiso abandonar la empresa, pero comprobó con horror que ya era demasiado tarde: pensar en  la cuadratura se había vuelto una obsesión tan invencible como el problema mismo de la cuadratura. Imploró, desesperado, el auxilio del cielo para escapar de tan difícil trance, pero cuando la cordura ya le empezaba a flaquear, creyó haber obrado el imposible milagro. A la manera de Arquímedes, salió corriendo de su casa desnudo —o en paños menores, que las fuentes discrepan en este punto— y se puso a alborotar el vecindario con un grito inverosímil de triunfo: Circulum quadravit Falcó quem nemo quadravit! (¡Falcó ha cuadrado el círculo, que nadie ha cuadrado!). Publicó su hallazgo el año 1587, en Valencia, en un tratado que se conocería con el título De quadratura círculi. Rápidamente ganó elogios pero también reprobaciones pero lejos de arredrarse ante estas últimas, hizo reimprimir su obra el año 1591 en Amberes, sin duda para procurarle mayor resonancia internacional.

Y volvemos a la política, sin olvidar que, como con la cuadratura del círculo, y parafraseando el torero cordobés Rafael Guerra “Guerrita”, lo que no puede ser, no puede ser, y además, es imposible, por diferentes razones, si se apura, en cada caso. Y,por extensión, lo que no debe ser, no debe ser, como, pongamos por caso, maniobrar e intoxicar para interpretar la norma (y no digamos legislar) de tal forma que se mantengan los privilegios de un partido, por más que en su momento se adquirieran limpia y democráticamente.


Veamos. De entrada, recordemos que en España se encuentra vigente la norma d'Hondt para la asignación de escaños, en la que se favorece ostensiblemente a los partidos mayoritarios, de forma (resumida) si una formación obtiene 100.000 votos, y sus dos rivales 50.000 cada una, la asignación de escaños queda muy lejos de esta proporcionalidad de votos.

Luego está esa cantinela de “la lista más votada”, cuyo uso recurrente exhibe un grave déficit de cultura democrática ya que sólo tiene sentido cuando existe declarado bipartidismo pero no cuando hay varias formaciones que conducen a la dispersión del voto (formaciones que, recordemos, ya resultan penalizadas de inicio según la aplicación de la norma d’Hondt). Y, viendo la práctica, supongamos que el partido de ideas A ha obtenido 100.000 votos, y los partidos de ideas B1, 60.000, B2 50.000 y B3 40.000. Efectivamente, la lista A es la ganadora en voto directo, pero la idea B (con sus matices) la aventaja en voto popular, luego plantear alianzas forma parte de la acción política, y denostarlo es mezquino.

También es jugar sucio el proponer (cuando se percibe atomización en las formaciones rivales) el premiar a la lista más votada con un plus de escaños, como ocurre en países como Grecia. Dicho sea de paso, en este punto, que se despotrique sin freno contra la política griega a la vez que se propone sin empacho imitarla cuando el viento sopla a favor en intención de voto, resulta, usando un calificativo políticamente correcto, llamativo.

Y todo ello, por ley. Increíble. No es bueno asistir al triste espectáculo de que el partido en el poder legisle en su beneficio (aunque sólo sea por la razonable precaución de que “la tortilla se vuelva”), pero estamos en un país hermoso y raro, en el que pocos han eludido la tentación de “legislar en caliente” en demasiadas cosas. Ojalá se imponga, en esto también, el sentido común vista la aconsejable imposibilidad de cuadrar el círculo.


[1] Carl Louis Ferdinand von Lindemann (1852-1939) fue un matemático alemán conocido, sobre todo, por la demostración en 1882 de que el número π es un número trascendente, es decir, no es cero de algún polinomio con coeficientes racionales, lo que significa que, entonces, el clásico problema griego de la cuadratura del círculo no puede ser resuelto.

[2] Hallar el punto fijo es el problema de determinar la longitud geográfica en los viajes marítimos, problema cuya resolución urgía en la práctica hasta el punto de que Felipe II estableció un premio importante para quien lo resolviese. Galileo se ocupó de él sin éxito. El problema no pudo ser resuelto hasta mucho más tarde (1764) cuando el relojero inglés John Harrison construyó el cronómetro compensado.

[3] Jaime Juan Falcó y Segura o Iacobus Falco (1522-1594) fue un humanista, matemático y poeta valenciano del Renacimiento. La mayoría de su obra se incluye en los cinco libros de sus Opera Poética, en los que se contienen composiciones de tema muy vario. Pero es conocido, ante todo, por ser el autor del tratado De quadratura circuli (Valencia, 1587), un poema sobre este insoluble problema matemático de nulo valor científico. Parece que también versificó nada menos que la Ética, de Aristóteles.


jueves, 9 de julio de 2015

¿Incultos por ley?



Uno no puede por menos de asombrarse ante la clarividencia derrochada por los que nos aseguran que gobiernan para todos y los guiños (no siempre fáciles de captar) en los que demuestran esa clarividencia en el propio redactado de la leyes – para todos, recuérdese –, reservado a la correcta interpretación que puedan hacer un reducido grupo de “iniciados” que, seguramente, hacen de correa de transmisión al resto de obediente pueblo llano.

Viene todo esto a cuento, por ejemplo, ante los avatares que está teniendo desde el propio momento de su promulgación esa cosa llamada LOMCE (Ley orgánica para la mejora de la calidad educativa) cuyo nombre responde, sin duda, a la intención de que fuera un oxímoron[1] encubierto en cuanto a lo de introducir la palabra mejora en el nombre de la ley, en clara oposición al contenido de la misma.

De entrada, nos encontramos ante una ley orgánica[2] para un tema tan delicado, sensible, y de tanta trascendencia para el futuro común como es la educación, que en su tramitación cumplió (eso sí, por supuesto) la letra de la Constitución pero no su espíritu, toda vez que, sin entrar en más detalles, ya cuando se publicó el borrador, se advirtió de manera jactanciosa que no se tendrían en cuenta las posibles enmiendas de otros grupos parlamentarios y la ley sería aprobada tal cual por la mayoría parlamentaria absoluta de un solo partido (que, dicho sea de paso, no equivale a mayoría social, que no la tiene). ¿Es mejora el prescindir en ese tema del imprescindible consenso de la sociedad; es más, es mejora el continuar la tramitación de la ley contra viento y marea, con la oposición, no sólo de las demás formaciones a las que se escamotea legalmente su necesario aporte y debate de enfoque, sino  de toda la comunidad educativa (que algo del tema se supone que sabe)?

No se puede entender como mejora el olvidar en el redactado de la ley que la Constitución dice que estamos en un estado aconfesional (circunstancia que se ha de valorar y respetar por el legislador en el diseño de los contenidos de los ciclos educativos) y en cambio se favorece, incluso en el desarrollo de los contenidos, a una religión, sea o no la mayoritaria en la población.  También cuesta admitir como mejora el evidente desprecio y sometimiento que se hace con las lenguas minoritarias, esas que dice la Constitución que han de ser objeto de respeto y protección. Más allá del pernicioso redactado de la ley, esta tendencia a uniformizar indica un déficit democrático preocupante de quien, para demostrar que detenta el poder, actúa sin tener en cuenta (¿sin saber?) que en un país deben poder convivir diferentes ideas, lenguas, religiones, opciones políticas,… y que la grandeza del país se consolida en respetarlas, protegerlas e integrarlas como diferencias en el acervo común.

Mención aparte, relacionada con la mejora de la calidad FINAL educativa es esa demostración de los responsables de la educación de que tienen nociones de rudimentos de la aritmética, y legislan convencidos de que 4 + 1 = 3 + 2, lo que sólo es verdad en la teoría matemática pero nunca si se refiere, como lo hace la ley, a la estructura de los ciclos formativos ya que no es igual el tener que asumir 1 o 2 posgrados, por su coste, validez académica, aplicabilidad, etc.

Hay más perlas, claro, como el arrinconar la filosofía o la música, pero esto no es un análisis de la Lomce, y ahí quedan, sin citarlas; únicamente recordaremos la última en el tiempo (es lo que tiene esta norma, que como su puesta en vigor es por fases, los dislates van apareciendo “en cómodos plazos”), relativa a la reducción de las horas lectivas dedicadas al conocimiento de la lengua y literatura (ya no solo de las lenguas minoritarias) dejando de ser además, materias evaluables en las pruebas de acceso a la Universidad pese a los manifiestos en contra del mundo de la cultura; la literatura, las forma de expresión, la construcción de frases, la sintaxis, la retórica, la semántica, el relato, la poesía, no  pueden ser una “maría” en el diseño de los ciclos educativos y, citando al escitor y profesor italiano Claudio Magris, la escritura es testimonio, fuga, memoria, herida y salvación de un pueblo. Ignorarla es abandonarnos en mitad de la nada, no indicarnos dónde está el paraíso.

La única razón que se ocurre para imaginar tal barbaridad es que el legislador, para esconder la posibilidad de que alguien vea la ley como decíamos, como un oxímoron, juegue a amagar las materias  que se refieren, entre otras cosas, a la construcción de las frases y así evite, de paso, que queden de manifiesto en el redactado la existencia de retruécanos, anáforas, calambures, latinajos….. o erratas, cosas éstas que ya no se estudian con la proclamada mejora.


[1] Del DRAE: Oxímoron (del gr. ὀξύμωρον).
1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

[2] Una ley orgánica es aquella que se requiere constitucionalmente para regular ciertas materias. Generalmente se exige para su aprobación algo más que una mayoría simple, es decir, una mayoría absoluta o algún tipo de mayoría cualificada (un sistema de votación mediante el que se requieren más votos o más requisitos para aprobar una decisión) con lo que se pretende que no sea una mayoría parlamentaria coyuntural la que configure aspectos básicos y fundamentales de la convivencia ciudadana o de la estructura y organización de los poderes políticos de un Estado.