domingo, 9 de agosto de 2020

Cantinflas vs. Charlot y viceversa.


Este mes de agosto, concretamente el próximo día 12, se cumplen 109 años del nacimiento del hoy semiolvidado mimo, actor, productor, guionista y comediante del cine mexicano Mario Moreno Reyes, considerado sin embargo, por su trayectoria cinematográfica, como el mejor comediante mexicano de todos los tiempos y uno de los más grandes y recordados de habla hispana, más conocido como Cantinflas1, ese personajillo desastrado en su aspecto (pantalones visiblemente holgados, una soga como cinturón y un bigote muy particular) e ignorante que nos hacía reír con sus astracanadas y salidas de tono, con un humor tan cargado de aspectos lingüísticos del habla mexicana, tanto en la entonación, como en el léxico o la sintaxis y tan celebrado por todos los países hispanohablantes en América y España que surgió toda una gama léxica de nuevas palabras recogidas en el Diccionario: ser un cantinflas, cantinflear, cantinflada, cantinflesco o cantinflero.

 
Considerado el Charles Chaplin mexicano, Cantinflas inventó su propio estilo, el cantinflismo, una teoría vacía, incongruente y disparatada de interpretar el lenguaje, con mezclas de frases coloquiales y términos cultos mal empleados. Cantinflas supo divertir al mundo hispanohablante. Su mensaje, con un trasfondo de crítica social, se lo apropiaron las clases populares, que se identificaron con su persona y vieron en sus películas pasajes muy reales de la crudeza del México cotidiano; aunque entre carcajadas, Cantinflas también supo hacer llorar. Sus actuaciones eran, ante todo, fruto de la espontaneidad y de la agilidad; las situaciones más disparatadas y extraordinarias brotaban con maravillosa sencillez. Posiblemente de Mario Moreno no hayan pasado a la historia del arte cinematográfico unas películas que no tienen nada de extraordinario; pero en cambio su personaje, su figura, su personalísimo estilo interpretativo y su singular sentido del humor tienen ya, por méritos propios, el reconocimiento mundial y ocupan un lugar relevante en el séptimo arte.

Y ya que hemos citado a Chaplin, podemos, en estos dilatados tiempos oscuros, no sólo por esa pandemia que nos ha sorprendido a todos con la guardia baja y la vulnerabilidad y la creencia de inmunidad altas, comparar dos películas de ambos artistas, Chaplin y Cantinflas, marcadas por el trasfondo de crítica social de sus discursos finales; efectivamente, en El gran dictador (The Great Dictator, 1940) y Su Excelencia (1966), Charles Chaplin y Mario Moreno respectivamente satirizan el afán de poder de los dirigentes de las grandes naciones. La primera denuncia la Europa de los fascismos, especialmente a la Alemania nazi; y la segunda, el mundo de la Guerra Fría, fundamentalmente a las dos superpotencias de la época: los EEUU y la URSS. A pesar de su naturaleza cómica, las dos películas terminan con sendos discursos absolutamente serios en los que sus protagonistas hacen un llamamiento semejante a favor de la libertad, la paz y la fraternidad de todos los hombres. Los dos alegatos parten de una misma situación: un ciudadano común convertido temporalmente en un gran líder político –por confusión o por una serie de circunstancias rocambolescas–, que se encuentra en la grave tesitura de tener que tomar una decisión de la que dependerá el destino de la Humanidad. Más allá de las diferencias, fruto del distinto contexto en que se realizaron, las dos comedias comparten dos características determinantes: ser sendas sátiras políticas basadas en la parodia y el juego de trasuntos, y terminar con un discurso político absolutamente serio que constituye un emocionante llamamiento a la libertad y a la fraternidad humanas.

La influencia de la alocución de Chaplin en la de Cantinflas, filmada veintiséis años después, no es, desde luego, el único influjo de aquel que podemos rastrear en la obra cinematográfica de éste, que por algo fue llamado “el Charlot mexicano” y nunca ocultó su admiración por el cómico inglés (“Don Charles es para mí el más grande”, solía decir), pero no sería justo reducir los paralelismos artísticos y personales entre los dos genios a una mera relación de dependencia o sucursalismo del segundo con respecto al primero. No en vano, cuando se conocieron en Ginebra (Suiza) en 1964, Chaplin le dijo al mexicano: “Tú y yo somos los más grandes”.

Cantinflas está, sin duda, inspirado en Charlot. Se trata de dos pícaros, término definido por el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) en su quinta y última acepción como “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir, protagonista de un género literario surgido en España en el siglo XVI”. En efecto, el pícaro nació a la literatura en la España del Siglo de Oro y su primera manifestación la encontramos en la novela anónima El Lazarillo de Tormes. Si por “mal vivir” se entiende el engaño o –más aún– la comisión habitual de delitos, no puede ser aplicado ni a Charlot ni a Cantinflas. Si ese “mal vivir” incluye el vagabundeo, a Charlot sí, pues, al fin y al cabo, es un vagabundo, pero no a Cantinflas, que, aunque humilde, no deja de tener su hogar.

La mayor huella cinematográfica de Chaplin en Cantinflas la encontramos en El circo (1942). Las similitudes de la película del mexicano con la del británico –estrenada en 1928 con el mismo título, solo que en inglés (The Circus)– son tantas que podríamos decir que la de Cantinflas, más que estar inspirada en la del inglés, es un auténtico remake. No sólo el argumento es similar. Hay escenas idénticas en las dos películas, como la de la jaula del león –en la que se meten tanto Charlot como Cantinflas– o la del número del funambulista –los dos se suben al alambre, sustituyendo al artista titular, que está indispuesto–. Evidente es también la influencia de El gran dictador de Chaplin en Su Excelencia de Cantinflas. Las dos son sendas sátiras políticas sobre el mundo de su tiempo. Chaplin satiriza el nazismo y Cantinflas, a las superpotencias de la Guerra Fría. Pero en los dos casos encontramos una parodia política sustentada sobre un similar juego de trasuntos. La influencia de la primera sobre la segunda es especialmente manifiesta en el discurso final de ambos títulos.


El humor de Chaplin es fundamentalmente visual; el de Cantinflas, verbal. Chaplin se basa en el gesto; Cantinflas, en la palabra. Chaplin es el maestro de la pantomima; Cantinflas, del monólogo, aunque no se puede obviar que al arma de doblar la lógica con la lengua sumaba la de redoblar la gracia con el cuerpo, con el jugueteo de su cintura, burladora de ejes, y sus pies bailones, esquivos, rápidos, como la línea de su pensamiento. Chaplin liquidó a Charlot antes que acceder a la presión de hacerlo hablar que le imponía el cine sonoro. Por el contrario, Mario Moreno solo puede dar vida a Cantinflas a través de él. La inmensa mayoría de las películas de Chaplin son, por lo tanto, mudas y El gran dictador fue, precisamente, su primer filme sonoro aunque en realidad es mudo en su mayor parte. 
La película posee todavía momentos de la gran mímica muda de Chaplin: el ballet con el globo terráqueo con música de Richard Wagner, el afeitado con la danza húngara de Brahms, la ceremonia de la moneda en el pudín... En El gran dictador, el silencio representa la inocencia: el barbero judío es prácticamente mudo, mientras que el dictador habla sin interrupción en una jerga de la que solo pueden captarse algunas cosas terribles. Por eso, cuando el barbero tiene que hablar de otra manera, cuando tiene la oportunidad de hacer una gran llamada al mundo, tiene que cederle la palabra a otro: al propio Charles Chaplin.

En este sentido, como maestro del monólogo, Cantinflas entronca más con Groucho Marx, que también hizo del discurso un arma. Con sus habilidades lingüísticas, los dos atacan a los ricos, a los poderosos, a la policía, incluso al Gobierno. Pero mientras Groucho es un sátiro, un bufón, Cantinflas es un cómico. Groucho usa la palabra para fustigar; Cantinflas, para confundir. Groucho intenta derrotar a su interlocutor por KO; Cantinflas, a los puntos, por agotamiento: ante la incomprensión de su discurso, acaba fatigado, desmayado y dispuesto a aceptar lo que le dice. La comicidad de Cantinflas, radica en su “insolencia”, en su estar en el mundo contra y desde el lenguaje, en su capacidad de tuteo psicológico con quien sea. El habla de Cantinflas va de ningún lado a todas partes, y su fin es vencer (pulverizar) al interlocutor sojuzgado por la cachondería acústica.

Si nos fijamos en los discursos, tanto la secuencia del discurso de El gran dictador como la del de Su Excelencia ponen fin a la película de la que forman parte, pero ninguno de los dos filmes termina estrictamente cuando el orador finaliza su alocución. En los dos casos hay luego una escena final que funciona a modo de corolario del discurso y en la que tiene protagonismo el personaje femenino de la película y, aunque insertados en sendas comedias, los discursos de El gran dictador y Su Excelencia son absolutamente serios, sin ninguna concesión al humor (en el caso del de Chaplin) o muy pocas (en el de Cantinflas).

Los personajes protagonistas de las dos películas son sendos ciudadanos corrientes convertidos momentáneamente en grandes estadistas por una serie de circunstancias rocambolescas que se encuentran en la grave tesitura de tener que decidir el destino de toda la Humanidad, y que tienen el valor y la dignidad de no ceder a la inercia de las circunstancias –ni de aferrarse a la privilegiada torre a la que se han visto encaramados por los azares de la vida– y, por el contrario, denunciar la tiranía y el odio de los gobiernos. En realidad, el emisor, en los dos casos, tiene tres identidades, porque a las de los personajes hay que sumar la de los propios autores: finalmente, quienes hablan al mundo no son el dictador y el embajador plenipotenciario, ni el simple barbero y el mero ciudadano en que se ha vuelto a convertir Lopitos (antes de ser Su Excelencia), sino Charles Chaplin y Mario Moreno. 
 
En definitiva, en los dos casos, un ciudadano común convertido azarosamente en un gran estadista se encuentra en la tesitura de tener que decidir el destino de la Humanidad con una orden (en El gran dictador) o un voto (en Su Excelencia), pero, lejos de dejarse llevar por la inercia de la situación, se resiste a desempeñar ese papel y tiene el coraje de elevar una grave denuncia de la opresión que los gobiernos del mundo ejercen sobre los hombres y los pueblos, y de formular un llamamiento a toda la Humanidad para que luche unida por superar el odio y alcanzar la paz y la fraternidad. ¿Deseos superados y sólo argumento de película? Por cierto, en España, El gran dictador estuvo prohibida y solo se pudo ver aquí treinta y seis años después de su estreno, en 1976, cuando ya había fallecido el general Francisco Franco.

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1Hay varias teorías sobre el nacimiento del apelativo de Cantinflas: una dice que lo creó él mismo para no ser descubierto por sus padres, otra que fue el público, al gritarle “¡Cuánto inflas!” refiriéndose a sus diálogos absurdos, el que le dio la idea para pasar a ser conocido en la historia cómica como Cantinflas más que como su nombre real, Mario Moreno.

2 comentarios:

  1. ¡¡Enhorabuena Miguel!!, has sabido unir a un trió, dispar quizás en el estilo pero único en cuanto a saber satirizar y denunciar el mundo que les toco vivir con la finura del buen cómico. Se les echa de menos.

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    1. Gracias. Pienso que dominar el humor (no la chabacanería) está al alcance de muy pocos y es algo muy serio aunque se infravalore.

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