domingo, 23 de agosto de 2020

… y los sueños, sueños son.


Articular históricamente el pasado no significa conocerlo "como verdaderamente ha sido". Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro."
(Walter Benjamin)

Hace ya muchos años leí un libro del que fue conde de Castellbell José Luís de Vilallonga 
que llevaba el título de La nostalgia es un error. Quizás ahora más que nunca me doy cuenta 
de lo que significa esa afirmación, a pesar de que, en puridad, el libro no era más que una 
serie de relatos de la vida del aristócrata que, en cierto sentido, contradecían el significado de 
su título. La verdad es que pensando en la nostalgia por lo vivido, creo que nunca le he 
prestado la atención que para muchos (y es de respetar) merece su vida pasada. Quizá sea 
porque pienso -y siento- que “agua pasada no mueve molino” y que todo aquello que viví, 
fuera o no agradable en su momento, aunque dulcificado por la pátina del tiempo, no ha 
hecho más que configurar lo que hoy soy, pienso, siento y hago en mi vida. ¡Qué más da en 
realidad cómo he llegado hasta aquí! Y, aunque no niego que durante demasiados años de mi 
vida pasada toda mi historia influyó en el día a día, hoy me he liberado  de aquello, 
quedándome simplemente con las lecciones aprendidas y dando relevancia única y 
exclusivamente a lo que soy hoy. 
 
Cuando un grupo de paisanos (“los cincuentones”) decidimos conmemorar el año común de 
nuestro 50 aniversario, además de guardar registro del “evento” en un libro, entre los actos 
programados había encuentros, cenas y demás en las que, lógicamente, había muchas 
personas que hacía mucho tiempo que no se veían, como suele suceder en este tipo de 
conmemoraciones. Las conversaciones, entonces, en grupos pequeños, no eran más que 
recuerdos compartidos y experiencias vividas en común. La nostalgia invadía las 
conversaciones junto con una cierta pena por lo ya vivido y por lo que nunca volverá. Eso es 
la nostalgia, desear rememorar lo ya pasado y echarlo de menos en la actualidad. 
 
En agosto de 2014, José María Íñigo  (desaparecido en mayo de 2018) hablaba en una 
entrevista con un periodista del diario EL MUNDO sobre la televisión, el tiempo y la vida, y a 
la pregunta de Cualquier tiempo pasado fue.., su respuesta fue Pasado. La nostalgia, como 
dijo alguien, es un error. Hay que vivir el día, el momento. El ahora mismo. Y es que es eso, 
bueno o malo - a pesar del mal hábito de juzgarlo -, el pasado no es más que el camino que 
hemos recorrido hasta el hoy. Lo que ahora somos es la suma de todo ello, así como lo que 
pensamos, sentimos y hacemos, siempre que hayamos incorporado efectivamente su 
aprendizaje. Si permanecemos atados al pasado y sus circunstancias o al futuro y sus 
expectativas, nos estamos perdiendo el presente y todas las oportunidades que la vida nos 
pone enfrente para seguir aprendiendo y creciendo. Cuando todo lo que pensamos, sentimos 
y hacemos viene siempre tamizado por lo vivido, estamos dejando de prestar atención al hoy 
y, por tanto, de disfrutar de toda su amplitud. Los hechos y las circunstancias parecen ir 
repitiéndose una a una sin cesar y todo nos parece redundante y monótono, aunque eso nos 
confiera una falsa sensación de tranquilidad carente de sorpresas e imprevistos. 
 
Es fácil comprender que la nostalgia es fruto del miedo, miedo al cambio, a lo nuevo y a vivir 
lo que en realidad somos ahora. La nostalgia es una foto fija que nos blinda ante el presente y 
la realidad del hoy. Deshacerse de ella o controlarla es, pues, aprender a amar la vida -es 
decir, confiar en ella- lo suficiente como para vivirla tal y como viene… y sacar lo mejor de 
nosotros para disfrutarla y aprender de ella. Y eso solo es posible si somos capaces de 
desterrar el miedo a uno mismo, a los demás, a lo que nos rodea y a la vida en definitiva. 
Para ello solo es necesario ser libre ante el pasado y libre frente a la opción siempre posible 
de abrir los ojos o la de seguir teniendo miedo a lo imprevisible y mágico que siempre tiene 
una vida plena. 
 
La nostalgia es un sentimiento íntimo y personal porque, en tanto está sustentada en 
recuerdos, la sensibilidad adquirida por dos personas acerca del mismo hecho vivido en 
común puede ser, no sólo diferente, sino diametralmente opuesta. Eso hace que plantear 
uniformidad en la nostalgia para respaldar unas propuestas (frecuentemente de contenido 
político) arroja un tufo a manipulación que tira de espaldas. 
 
En junio de 2016, en este mismo blog, y con el titulo, precisamente, de La nostalgia es un error
se hizo un ejercicio reivindicativo y de recuerdo (no de nostalgia) de lo que fue el pueblo 
minero de El Centenillo, en Sierra Morena, hasta su desaparición “por real decreto” en 1964 
con el cierre de las minas, el cese de toda actividad y la consecuente diáspora de todos sus 
moradores. No se mencionaba allí (no era el caso) que, administrativamente, El Centenillo 
era una pedanía del municipio de Baños de la Encina, distante más de 40 kilómetros, y para 
el que, para llegar al mismo, se tenía que pasar obligatoriamente por La Carolina, a 16 Kms. 
de El Centenillo, donde, lógicamente, se centralizaban los servicios oficiales y no oficiales: 
comerciales, de Registro, judiciales, educativos, festivos, deportivos, funerarios,… 
 
Así las cosas, cuando han pasado 56 años del cierre de las minas y el cese de toda la 
actividad en el pueblo, convertido ahora en una barriada (encantadora, eso sí) de segundas 
residencias para algunos herederos o relacionados con los centenilleros originales (los que 
tuvieron que marchar al desaparecer el pueblo), donde hasta el pan hay que ir a comprarlo a 
La Carolina y coincidiendo con esa época oscura de confinamiento sí pero no, no pero sí, 
para afrontar el desastre de todo tipo que significa la propagación de la pandemia por el 
Covid-19, el Ayuntamiento de Baños de la Encina aprueba en el pleno del 15 de julio el inicio 
del procedimiento para disolver la entidad local autónoma (pedanía) de El Centenillo, según el 
alcalde de Baños, "en escrupuloso cumplimiento de la ley" y recuerda que la Cámara de 
cuentas ha declarado la entidad local autónoma en causa de disolución "porque no ha 
presentado sus cuentas". Al parecer, "la propia junta vecinal pidió expresamente su 
eliminación” que, si hubieran optado por la operativa estipulada en la normativa de 2013, la 
disolución se hubiera hecho por la vía rápida mientras que con el procedimiento iniciado se 
abre un plazo para que El Centenillo presente alegaciones y tanto la Diputación como la 
Junta redacten sus informes. De hecho, "la propia entidad local podrá defenderse 
jurídicamente y podrá aportar toda la documentación y todos los argumentos que considere 
oportunos". 
 
Si la disolución prevista cumple, como se dice, escrupulosamente la ley, poco margen queda 
realmente para oponerse al procedimiento porque, aunque no cabe duda de que las 
Entidades locales autónomas  (entidades territoriales de ámbito inferior al municipio o, 
simplemente, entidades menores) tienen plena personalidad jurídica y su creación puede ser 
solicitada por una mayoría simple de vecinos, no basta con ello; deben ostentar, además, 
competencia para desarrollar cualquier actividad o prestar un servicio público. Y es aquí 
donde está el problema pues no tienen como competencia propia la de asumir la iniciativa 
pública en materia de actividades económicas salvo que, por convenio entre el Ayuntamiento 
y la entidad, esa competencia le hubiera sido delegada. La decisión ha causado una enorme 
polémica en el pequeño núcleo de población (¿volante?) de poco más de 100 habitantes. 
 
Hay un librito, ¿Quién se ha llevado mi queso?, publicado hace un cuarto de siglo, que es un
obra de motivación escrita por el psicólogo estadounidense Spencer Johnson en forma de 
parábola. Describe el cambio en el trabajo y en la vida confortable conocida desde cuatro 
típicas reacciones (resistirse al cambio por miedo a que sea algo peor que lo conocido
aprender a adaptarse cuando se comprende que el cambio puede conducir a algo mejor 
diferente, detectar pronto el cambio y finalmente apresurarse hacia la acción) al citado cambio.  
Este libro viene como anillo al dedo, en mi opinión y con la información de que dispongo, 
riesgo de ser malinterpretado, para afrontar este (y algún otro) problema sin dejarse obcecar 
por los legítimos sentimientos, que han de quedar aparte. 
 
Veamos, sentimientos, deseos personales y nostalgia aparte. En el supuesto de que siga 
adelante el procedimiento, ¿en qué afecta a la actual comunidad? ¿y a sus habitantes? ¿cómo 
queda la representación? ¿cómo se canalizarán las demandas de servicios y otras?,…. y, en 
función de las respuestas, tomar las mejores decisiones de futuro, porque la pregunta del 
millón, esa que a alguien de algún organismo oficial, posiblemente incluso alguno de los que 
promueven hoy el enfrentamiento, puede causar incomodidad, sigue sin respuesta: ¿por qué 
no se hizo nada cuando el pueblo estaba vivo para modificar su dependencia de un municipio 
distante más de 40 kms. con el que, además, no había en la práctica ningún lazo de relación? 
En las postales ya era La Carolina.
 
Lo lamentable de situaciones como ésta, que, en el fondo son puntas de iceberg de feroz 
lucha partidista, se aproveche y manipule la buena fe y los sentimientos de mucha gente para 
forzar un resultado (el que convenga), llegando al engaño “bienintencionado”; dos ejemplos 
de este caso concreto: se ha extendido la consigna de protesta de que “ésto es el final de El 
Centenillo como pueblo” cuando en realidad su final se produjo en 1964; lo que hay ahora es 
otra cosa, desde luego no el pueblo minero que fue. Por otro lado hay muestras de que ésto 
no es sino confrontación partidista en evidencias tales como que se informa (y se ataca en base 
a ella) de la postura contraria, en Almería, a la de Baños de representantes del mismo partido, 
ocultando (casualmente) que el caso que lo sustenta, el mantenimiento de Fuente Victoria  
como ELA de Fondón, es radicalmente diferente: Fuente Victoria, que fue municipio 
independiente hasta hace poco más de un siglo, plantea la independencia de Fondón. Nada 
que ver, como se ve, con El Centenillo, y así, es razonable encontrar posturas políticas 
opuestas en un mismo partido frente a ambos casos, pero jugar con la desinformación para 
crispar a favor de lo que a mí me conviene 
 
El recuerdo, la memoria de un lugar va más allá del estricto espacio físico, e incluy
personas, canciones, lecturas, películas, y todo lo que una vez amamos. pero nosotros, los  
protagonistas de entonces, ya no somos ni seremos nunca los mismos, como decía en un 
poema el gran Pablo Neruda y, actualizar lo que se guarda en el recuerdo, trae a colación a
también poeta Joseph Brodsky, que añadía que siempre se vuelve al lugar del crimen, pero 
no al del amor. Si ninguna agua desaparece por completo del río heraclitiano, todo lo que 
hemos vivido sigue en nuestro zurrón. Por eso, si es así, convendría no hacer de la nostalgia 
más que otra de las razones por la que alegrarnos: En los casos terribles, por haberlos 
sobrevivido y, en todos, por haber tenido la oportunidad de vivirlos. El Centenillo ha cambiado 
radicalmente. Y en algunos aspectos, no nos engañemos tampoco, para mejor, y es probable 
también que quien suscribe ya no sea el mismo de aquel entonces pese a tener el mismo 
amor y respeto por los ahora recuerdos que entonces por los hechos. Lo que no se entiende
sin embargo, es por qué ese empeño que ataca a algunas personas de regresar en 
sentimiento una y otra vez, y sin más, a los mismos lugares de la infancia y adolescencia, esa 
voluntad inconsciente de dejarse atrapar por las redes del pasado. La nostalgia, como 
sentimiento, no es nunca un error; lo que lo es es basarse en ella para diseñar el futuro y,  
sobre todo, valerse de ella como un arma arrojadiza con otros fines inconfesables.

 

2 comentarios:

  1. Buenos días Sr Barranco, le recuerdo que El Centenillo en tres momentos diferentes intentó segregarse de Baños de La Encina, pero entonces el pueblo era un pastel apetecible, ahora les somos un estorbo y como un estorbo quieren acabar de un plumazo con él.

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