miércoles, 13 de enero de 2016

Los Reyes Magos, la Bolsa.. y otras distracciones.



Con lo poquito que lleva transcurrido este año 2016 y ya se puede observar que se cumple aquello de que una cosa es predicar y otra, dar trigo; una cosa es llenarse la boca (tanto los poderes públicos como los medios de comunicación, esos que en acertada definición anglosajona, se conocen como los mass media) diciendo que hemos de hablar (se supone que para encontrar soluciones) de los auténticos problemas que nos aquejan a la población, y otra es hacer el ejercicio de repasar las noticias para verificar que habitualmente aparecen cortinas de distracción para no hablar de ellos. 

Es indudable que una de las cosas que preocupan es poder saber qué gobierno tendremos después de las elecciones del 20D y su resultado, repartidos los escaños entre un partido que durante una legislatura ha exhibido sin reparos una nula capacidad de dialogo y que ahora pretende erigirse en paladín de negociaciones, otro partido que es una olla de grillos entre los que quieren permanecer fieles al ideario, los que desconocen ese ideario y los que actúan visiblemente en función del "precio" del sillón únicamente; otro partido camaleónico, con una ideas originales de un marcado color azul, pero que no tienen inconveniente en hacer pasar por el tinte hacia una u otra tonalidad según les interese (a ellos, claro, ni siquiera a sus votantes),  otro partido que se ha convertido en el pimpampum, y del que aún hay quien duda acerca de si su sede está aquí, en Caracas, en Quito, en Atenas, o vaya usted a saber; otro... Un panorama en el que estamos totalmente desinformados y solo se nos dicen cuatro cosas que evidencian que esta partitocracia dista mucho de una democracia real.

Otra cosa que es un verdadero quebradero de cabeza para España, alentado como tal quebradero creciente por el partido mayoritario la anterior legislatura tapando así su incapacidad para gestionarlo, es lo que se conoce como tema catalán, y que, pensando en él con la cabeza y no con las vísceras, es de resolución facilísima (eso sí, necesita para ello, como para abordar otras cuestiones, sentido común, sensatez e inteligencia). 

Hay más temas preocupantes en nuestro día a día, desgraciadamente, de todos conocidos, pero es significativo que en estas primeras semanas del año, los temas con los que se ha empleado más tinta han sido una polémica (?) sobre la cabalgata de los Reyes Magos y la debacle de las bolsas mundiales.


Respecto de la primera, hay que recordar que se originó por la voluntad de atacar de forma partidista la gestión de la actual alcaldesa de Madrid usando para ello sin pudor a una niña ¡de 6 años! y poniendo en su boca algo así como que la vestimenta de los Reyes en la cabalgata había quitado la ilusión a la criatura. Casualmente hemos reflexionado recientemente en este blog sobre la educación y, dentro de ella, de su vertiente de responsabilidad familiar, y parece fuera de duda que la ilusión sobre los Reyes Magos (o San Nicolás, o Santa Claus – que no es lo mismo - , o el tió, o el olentzero, o… según el sentir de cada familia) recae en el ámbito familiar, representaciones  y festejos públicos aparte y, como todo, llevado al extremo, nos hace pensar en esos niños sobre los que escribía Calcagno[1] como resultado de una cierta educación recibida. El ataque pone de manifiesto una evidente ignorancia del hecho y una incapacidad cantada de ejercer el papel de educador, porque, veamos: ¿Cuál es la ilusión en los Reyes Magos? ¿Inspeccionar la cabalgata oficial para evaluar si se ajusta al propio sentido de la estética o esperar que recompensen (si pueden económicamente, que esa es otra, en la que ahora no entraremos) los esfuerzos “por portarme bien” con los regalos que “les he pedido”?  Si convenimos que la magia es la segunda opción, al niño le es igual que sean blancos o negros, mujeres u hombres y que le traigan el regalo vestidos de reyes tradicionales, de cowboys o de astronautas (que para eso son magos, ¿no?) y llegados en camello, barco, tren, patinete o bicicleta. Pobres los niños a los que sus padres no son capaces de transmitirle eso, que es la auténtica tradición y no si el Rey Mago que ve en la cabalgata de su barrio (¿qué pueden explicarle cuando vea en los reportajes de la tele de ese día la variedad de Reyes que se prodigan en las múltiples cabalgatas que muestran?) va equipado de Armani, Gucci o de túnica de arpillera.
La segunda distracción ha sido la debacle de las Bolsas de todo el mundo como consecuencia de la situación  de la economía china y la rebaja del precio del petróleo, lo que nos han querido vender como la antesala de una nueva crisis económica en España. Muy rápidamente, recordar que Bolsa y Economía no son sinónimos, si bien hay una cierta relación entre ellos. Si el crecimiento de China se contrae, los grandes inversionistas buscan en otro sitio el beneficio y desinvierten en empresas chinas con lo que el valor de éstas en la Bolsa se desploma, con efecto dominó en todos los países. Parecido con lo del petróleo. Al pequeño inversionista patrio, que acude a la Bolsa en busca de una rentabilidad para sus ahorros que en los depósitos bancarios no consigue, conviene recordarle la definición popular de el juego de la Bolsa y actúe en consecuencia (pese a que los Soficos, Fidecayas, Afinsas, Rumasas y demás que hemos vivido no consoñlidan esa deseable prudencia).

Y ahora a esperar qué noticias “relevantes” se suceden, al menos hasta la formación de un gobierno estable y decente.


[1] Andrés Calcagno, periodista, escritor y sacerdote argentino, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX, dotado de grandes disposiciones para la investigación y la pedagogía, logró destacar como gran moralista e historiador. Sus obras más famosas son: Infantilia, Puerilia, Juvenilia, Máximas del General Rodríguez, etc.
La obra que no nos resistimos a recordar en esta ocasión es la que dice: Hay niños pobres / y hay pobres niños / que no se miden / por sus aliños. / Ricos o pobres / lo mismo da; / que hay una regla / de la pobreza / que el trajecito / no puede dar. / ¿Ves aquel niño? / Pobre mendigo, / pide limosna, / pide un abrigo: / es niño pobre, / no hay que dudar. / ¿Ves aquel otro / que  va fumando, / que al transeúnte / va molestando / con un descaro / que da piedad? / Va bien vestido, / muy elegante, / lleva varita / y calza guante. / Nada le importa / lo que dirán; / pues ese chico / tan bien puestito, / tan desenvuelto, / tan….hombrecito, / es pobre niño. / No dudes ya. / ¿Quieres la norma / de la riqueza? / ¿Quieres la regla / de la pobreza? / Pues de un vistazo / verla podrás: / es niño pobre  / quien nada tiene / y es pobre niño / quien sólo tiene / malas costumbres. / Piensa, y…verás!


jueves, 7 de enero de 2016

La educación es un arma cargada de futuro (y 2)



Cuando un país permite que se instale en sus ciudadanos la idea de que la educación es sólo una asignatura que se enseña en la escuela, ajena al círculo de la familia, ese país tiene todos los números para acabar en el desastre social. Es hora, en este momento y contexto, de reivindicar a autores hoy olvidados como Gabriel y Galán[1], que inicia el poema que le valió la concesión del premio de los Juegos Florales de Salamanca, con un jurado presidido por Unamuno, con un contundente y explícito “Yo aprendí en el hogar en qué se funda / la dicha más perfecta / y para hacerla mía / quise yo ser como mi padre era….”, declaración de imprescindible actualización y que choca frontalmente con determinados comportamientos paternos actuales, desde luego ajenos a su responsabilidad educadora.

Choca, por ejemplo, con esa idea socialmente aceptada de que el respeto por los demás, (ceder el asiento en el bus a una mujer embarazada, el no colarse en los transportes públicos, el no insultar al rival deportivo – y no digamos al político - por el simple hecho de serlo, y nimiedades variadas así),  la cultura del esfuerzo, el obrar bien como norma y no como herramienta para ser premiado, etc., son cosas que “se aprenden en la escuela” y no en la observación de conductas cercanas. Así se llegan a dislates tales como que todo un presidente de gobierno le ría ostensiblemente “las gracias” a su hijo en público para, acto seguido propinarle un par de collejas, también en público, por ellas. ¿Cuál de los dos mensajes es el que debe captar el tierno infante? ¿Es eso educación realmente? O lo que es peor: recientemente ha habido que lamentar, en una ciudad cercana a Barcelona, el suicidio de un adolescente incapaz de soportar por más tiempo el acoso a que era sometido por ser diferente del resto de sus compañeros; lo realmente escandaloso es que, representantes oficiales de Educación se han apresurado a salir a la palestra para pregonar que los protocolos del caso se estaban cumpliendo escrupulosamente, sin que, además, las asociaciones de padres hayan añadido ni pío ni mencionar, aunque sea tangencialmente, su responsabilidad. Sin comentarios. No, educación es algo más que los conocimientos que se aprenden en la escuela, y el país que aliente o, simplemente, permita otra idea, va directo al fracaso colectivo. Y eso, ya se ve, es ajeno a ideologías, o al menos a aquellas ideologías que no necesitan nutrirse del desprecio a la diferencia ni del acudir a promover las bajas pasiones de la condición humana.

Con el permiso de Gabriel Celaya[2], cambiaremos la palabra “poesía” por la de “educación” para afirmar con determinación que la educación es un arma cargada de futuro.

Desde ese punto de vista sí que es admisible la utilización de la educación como arma política (no partidista, ojo) en tanto es un instrumento válido para contribuir a diseñar el futuro. Y llega, pues, la pregunta del millón: ¿Qué futuro quieren nuestros políticos para España? (en el bien entendido, parafraseando a Churchill, de que se habla de futuras generaciones y no de futuras elecciones). Esto entronca con una pregunta aparentemente fácil pero que se revela como complicadísima para nuestra clase política: ¿Qué es España?

La respuesta excede las reflexiones de este blog, si bien parece necesario puntualizar que estamos hablando de futuro y educación, lo que excluye definir a España solamente como pasado e historia. El tener claro este concepto para elaborar planes de futuro ahorraría bochornos tales como promulgar una ley, llamada paradójicamente de “mejora de la calidad de la enseñanza”, que es presentada en sede parlamentaria por el ministro del ramo para españolizar a los niños catalanes. En el fondo duele ver a un ministro (y a un gobierno) que derrocha tamaña arrogancia, insensibilidad… e ignorancia, porque, vamos a ver: ¿Qué entiende por “españolizar”? ¿Cuestionarle que estudie en el idioma que aprendió de sus padres y con el que se comunica, ama y reza? ¿Obligarle a declarar un amor a España superior que a Catalunya? ¡Qué tontería! ¿No sería mejor trabajar en normas basadas en el respeto hacia todos en lugar de en el enfrentamiento entre comunidades para hacer un país del que sentirse todos orgullosos? Es éste un trabajo claro de educación… y de cultura, ya que el ministro (y el gobierno) no puede ignorar la existencia de numerosos países que aglutinan ciudadanos con diferentes culturas, creencias, lenguas,… con un parejo grado de respeto en todos y, por ello, un incuestionable sentido de patriotismo común, lejos del imperial y pernicioso “un país, una lengua”, que aún campa a sus anchas en determinados ambientes.
Como se puede ver, sobre el papel, la educación basada en el respeto puede servir, incluso, para ayudar a definir positivamente el país. Pero supongamos que ya no hay dudas sobre el proyecto común a desarrollar; viene entonces la labor de identificar qué objetivo de futuro se busca para ese proyecto: una sociedad industrial, de servicios, de investigación,… en la que haya cabida para todos, eligiendo la educación/cultura de conocimientos / habilidades adecuadas.


Conviene tener en cuenta a partir de este punto que estamos hablando de identificar/definir/escoger opciones educativo/formativas válidas en un futuro indeterminado, para las personas y, por supuesto, para ese país que hemos imaginado, lo que no es fácil en absoluto. Y, para calibrar su dificultad, pensemos en algo tan común hoy como un automóvil y echemos la vista, por ejemplo, cincuenta años atrás. Resulta indiscutible no sólo que un coche de hoy, ni en diseño, ni en ergonomía, ni en prestaciones, ni en consumo, ni en materiales que lo compone, ni en…. se parece en nada a uno de hace esos cincuenta años, sino que la técnica a aplicar para su fabricación es la misma. Llevada esa premisa a la evolución de la formación, las materias que integran la titulación de un profesional de la industria del automóvil han tenido que evolucionar con el tiempo[3].

Y es sólo un ejemplo. En los últimos años, han surgido como hongos nuevas profesiones cuya existencia era sencillamente inimaginable hace relativamente poco tiempo, en una tendencia visible en todos los campos: sanidad y su entorno, tecnología, finanzas, ocio, la misma educación, no digamos la informática y el vasto mundo que la rodea, y un largo etcétera.

Aplicando ese mismo criterio, es pretencioso querer saber hoy qué sociedad encontrará en sus años de desarrollo personal un infante que inicie ahora su educación. No es descabellado admitir (y trabajar sobre esa idea) que, dentro de 20, 30, 40 años, algunas profesiones actualmente en la cresta de la ola puedan haberse mantenido con pocos cambios, haber  evolucionado hasta su transformación total… o haber desaparecido, a la vez que otras profesiones, que hoy ni por asomo se nos pueden ocurrir, sean imprescindibles en esa sociedad del futuro próximo. Eso nos lleva a la conclusión de que elaborar planes nacionales de estudios para el futuro basados en la realidad actual no parece una idea excesivamente brillante. Pero los planes son necesarios. ¿Qué hacer?

Lejos de nuestro ánimo establecer hipótesis de actuación que no nos corresponden sino sólo poner en negro sobre blanco algunas reflexiones finales. La primera es lo que parece una necesidad, la de que la clase política se olvide de aspectos partidistas en el estudio para la definición CONJUNTA de país y del ciudadano que queremos para construir un futuro coherente para las próximas generaciones, no para las próximas legislaturas. Lo segundo es dar el protagonismo a  las comunidades educativas, científica y demás relacionadas huyendo de viejos y perniciosos esquemas en los que el diseño educativo se ha hecho políticamente a sus espaldas, sin recabar, ni tan siquiera, su opinión.

Y no olvidar nunca que, para un futuro mejor, el núcleo es la persona, por lo que, a nuestro juicio, debe priorizarse ésta y divulgar una enseñanza/educación lo suficientemente abierta y maleable para adaptarse a las necesidades de la sociedad del momento sin menoscabar los valores y sin que impacte negativamente en la, sin duda, trabajosa construcción de ese futuro común.


[1] José María Gabriel y Galán (1870-1905) fue un maestro de escuela y poeta, conocido y popular por la temática familiar de su obra, en la que ensalza los valores de la persona y su entorno cercano, el amor, la vida sencilla, el mundo rural (por lo que hoy lo calificaríamos como pre-ecologista), el patriotismo no basado en historia ni símbolos,… A pesar de (o quizá precisamente por) este “éxito de público” la poesía de José María Gabriel y Galán ha sido denostada en general por la crítica, y no se le valora adecuadamente tampoco su intento de dignificar el habla rural extremeña, el castúo, con poemas señeros en esa lengua como “El embargo” (Señol jues, pasi usté más alanti / y que entrin tos esos, / no le dé a usté ansia / no le dé a usté mieo…)

[2] Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, (1911-1991), poeta de la generación literaria de posguerra, uno de los más destacados representantes de la que se denominó «poesía comprometida» o poesía social.

[3] A título de anécdota, quien suscribe tuvo la necesidad, hace años, de solicitar el traslado de un expediente académico entre diferentes distritos universitarios de este país. Inopinadamente, la lucha burocrática se presentó feroz porque había problemas en hacerlo porque los planes de estudio habían cambiado; sin embargo, un titulado con los planes “obsoletos” podía ejercer tranquilamente sin necesidad de convalidar ni actualizar conocimientos, en una muestra más del divorcio que aún se observa en muchos casos entre Universidad y sociedad.

domingo, 3 de enero de 2016

La educación es un arma cargada de futuro (1)



El pistoletazo de salida del año nuevo suele comportar también el disparo de las acciones encaminadas a quitar el polvo al listado de propósitos de inicio de año renovados una vez más (“esta vez en serio”) que, por diferente razones posteriores de peso como falta de voluntad, falta de tiempo, etc., pasan a engrosar esa sensación incómoda de verificar que uno no es capaz ni siquiera de afrontar esos compromisos íntimos que asume con ánimo de mejora; nos referimos, naturalmente, a los propósitos clásicos de adelgazar, hacer ejercicio y aprender inglés, que abanderan todo un catálogo variopinto y florido de propósitos eternamente incumplidos y perennemente pospuestos sin que ese incumplimiento deje mayor huella en uno, más allá de esa cierta incomodidad citada.

El azar ha querido que este final/inicio de año con sus propósitos personales incorporados coincida con el final de la campaña electoral, lo que permite esbozar un cierto paralelismo con las nuevas promesas, que suelen sustituir sin ningún rubor a las que han sido incumplidas (sin que eso, curiosamente, extrañe a la ciudadanía) o de los también propósitos (pactos se llaman en este caso) de futuro. La verdad es que estos propósitos o pactos caen en la clasificación de variopintos globo sonda, porque se revisten de un único “efecto escaparate” con la finalidad de atacar en la campaña a quien se resiste o se niega a suscribirlos. Dos ejemplos: ¿Hace falta firmar un “pacto antiterrorista” entre los partidos políticos españoles para atacar a quien razona no suscribirlo (para no salir en una reedición de la “foto de las Azores”, por ejemplo, buscando en cambio respuestas alternativas diferentes a las del partido del gobierno) como  Pro terrorista? ¿Hace falta suscribir un pacto para “defender la unidad de España” en lugar de uno para analizar las razones (si es que las hay) que provocan que crean amenazada esa unidad, aprovechando para estudiar, de paso, a qué se refieren cuando hablan de unidad en ese contexto de campaña?

Si nos fijamos con atención, estas y otras iniciativas similares que hemos observado estos días, son en realidad perfectamente inútiles si dejamos aparte su manipulación como efecto escaparate y lanzadas sólo con objetivos a muy corto plazo de maquillaje para desviar el foco de otros temas de futuro de país que sí merecerían ser tratados al margen de criterios de partido, hayan o no elecciones en el horizonte: tratamiento penal de corrupción y soborno, revisión de la Ley de Violencia de Género, revisión de la Ley Hipotecaria, actualización de la Constitución, y un largo etcétera en el que brilla con luz propia el trabajar para que la EDUCACIÓN (con mayúsculas) deje de ser un arma arrojadiza en la lucha entre partidos para pasar a ser considerada como lo que es: el sustrato del futuro de cualquier sociedad/país.

Vale la pena reflexionar, al margen de ideologías, sobre la importancia de la educación en el desarrollo social, y para ello es preciso separar los conceptos de “educación” y “cultura”, diferentes aunque vayan íntimamente ligados. La segunda, de acuerdo con la definición que nos proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, es:
-       
   cultura. (Del lat. cultūra).
-          Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.
-          Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

mientras que la primera nos dice que es: 
-    
      educación. (Del lat. educatĭo, -ōnis).
-           Acción y efecto de desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.
-         
-          Cortesía, urbanidad.


Todo se lía, sin embargo, cuando la misma RAE admite como opción de significado para el verbo educar la de “dirigir, encaminar, doctrinar” con lo que queda abierta la puerta para la utilización sesgada de la educación. Sea como sea, cabe pensar en si, para mejorar el futuro de un país (y de sus gentes, obviamente), es más importante la educación o la cultura, según la definiciones citadas, teniendo en cuenta que, desgraciadamente, se observa la existencia de una tendencia social, a nuestro juicio, nefasta, cual es la de considerar que la educación, al igual que la cultura, queda al cuidado de las instituciones y no del entorno familiar, olvidando que la educación es como la gota de agua en el estanque: que impacta en un punto (el individuo) pero se va expandiendo en olas a toda la superficie del estanque (la sociedad) y al revés, en un proceso recíproco continuo.