jueves, 13 de agosto de 2020

Luis Fernando de Orleans y Borbón.

 Cuando oímos la expresión "garbanzo negro", en general no la asociamos a la legumbre, a ese grano pequeño de piel negra, pero amarillento por dentro, de sabor un poco más dulce que los garbanzos tradicionales, sino a una persona, a un miembro diferente, poco respetable e incluso despreciable de un grupo, especialmente dentro de una familia, relacionado generalmente con aspectos negativos. Suele ligarse con la expresión de que eso se encuentra "hasta en las mejores familias" para referirse a que puede ser una situación que es tan común, que le puede pasar a cualquiera, sin importar su origen, educación o posición social; por ello en psicología su efecto se refiere a la tendencia de un grupo de tratar o evaluar a un miembro de su propia sociedad en una forma más severa, basándose en un comportamiento distinto por parte del individuo. Sin embargo, la cosa cambia si lo que se observa es un aparente ranking para ver quien logra la "medalla de garbanzo negro mayor" en esa familia.

 

 Luis Fernando de Orleans y Borbón (1888 - 1945), primo de Alfonso XIII y sexto en su momento en el orden sucesorio, fue infante de España por decisión de su tía, la reina regente María Cristina. Educado en Inglaterra, pronto dio muestras de tener una personalidad difícil y, con menos de 30 años, fue expulsado de Francia, donde residía, por haber estado envuelto en un caso de tráfico de drogas.  Incapacitado para vivir ni en España (por algunos "problemillas" con su primo, el rey) ni en Francia, se trasladó a Lisboa, donde fue arrestado nuevamente al intentar cruzar la frontera hispanoportuguesa disfrazado de mujer, y fue acusado de contrabando.

Homosexual, cocainómano, traficante de drogas,...vivió  como quiso y donde quiso. Gastó más de la cuenta, lo suyo y lo de los demás, e hizo honor a sus apellidos. Era simpático, muy simpático, como su abuela Isabel II, y poco agraciado físicamente", lo que no fue impedimento para conquistar el corazón (y la cartera) de algunos de "los y las" mayores fortunas y bellezas de aquellos años. De los brillantes salones a los tugurios, donde gustaba ser conocido como "el rey de los maricas", en compañía de Antonio de Vasconcellos, su amante portugués, lo que no fue obstáculo para casarse con una rica viuda, treinta años mayor que él, a la que abandonó cuando dilapidó su fortuna, sólo a los cuatro años.

Sus problemas en España vienen de cuando Alfonso XIII, harto de sus depravadas correrías e informado por el embajador en París de un escabroso asunto (el fallecimiento de un pobre marinero durante el transcurso de una de las habituales orgías homosexuales organizadas por el infante quien, invocando el privilegio de extraterritorialidad, incluso había intentado deshacerse del cadáver en la legación española) decide desposeerlo de la condición de Infante de España. La respuesta de Luis Fernando a su primo el Rey no deja indiferente a nadie: «Me retiras lo único que no puedes ordenar, pues nuestros títulos son inherentes a nuestras personas. He nacido y moriré Infante de España, como tú has nacido y morirás Rey de España, mucho tiempo después de que tus súbditos te den la patada en el culo que te mereces». Una más de las muchas excentricidades de un personaje cuya vida fue motivo de escándalo para la familia real española. Para Alfonso XIII, primero, y para el general Franco, después, fue un auténtico quebradero de cabeza, en sus idas y venidas por Francia, Italia, Portugal, Alemania y otros países de la Europa de entreguerras.

 

Luis Fernando logró burlar la vigilancia de la dictadura franquista y "colarse" en España, desde donde regresó a un París ocupado por los nazis, por los que sentía público y auténtico rechazo. Hay que decir que, en sus viajes a Berlín, derrochó valor manifestando ese rechazo y solía pasear con un triángulo, como de judío, cosido a la ropa. Pobre y con la única compañía de su amiga la bailarina Raymonde Gitener, el que fuera infante de España moría con 57 años en una clínica parisina. Enterrado en la iglesia del Corazón Inmaculado de María de la rue de la Pompe, a sus exequias fúnebres no asistió ningún Orleans Borbón y una escueta nota necrológica, fechada en París, informó de la muerte de este "príncipe de España y biznieto de Luis Felipe", tío abuelo segundo del rey Juan Carlos.

¿Garbanzo negro de la familia? ¿Frente a cual otro?

 

domingo, 9 de agosto de 2020

Cantinflas vs. Charlot y viceversa.


Este mes de agosto, concretamente el próximo día 12, se cumplen 109 años del nacimiento del hoy semiolvidado mimo, actor, productor, guionista y comediante del cine mexicano Mario Moreno Reyes, considerado sin embargo, por su trayectoria cinematográfica, como el mejor comediante mexicano de todos los tiempos y uno de los más grandes y recordados de habla hispana, más conocido como Cantinflas1, ese personajillo desastrado en su aspecto (pantalones visiblemente holgados, una soga como cinturón y un bigote muy particular) e ignorante que nos hacía reír con sus astracanadas y salidas de tono, con un humor tan cargado de aspectos lingüísticos del habla mexicana, tanto en la entonación, como en el léxico o la sintaxis y tan celebrado por todos los países hispanohablantes en América y España que surgió toda una gama léxica de nuevas palabras recogidas en el Diccionario: ser un cantinflas, cantinflear, cantinflada, cantinflesco o cantinflero.

 
Considerado el Charles Chaplin mexicano, Cantinflas inventó su propio estilo, el cantinflismo, una teoría vacía, incongruente y disparatada de interpretar el lenguaje, con mezclas de frases coloquiales y términos cultos mal empleados. Cantinflas supo divertir al mundo hispanohablante. Su mensaje, con un trasfondo de crítica social, se lo apropiaron las clases populares, que se identificaron con su persona y vieron en sus películas pasajes muy reales de la crudeza del México cotidiano; aunque entre carcajadas, Cantinflas también supo hacer llorar. Sus actuaciones eran, ante todo, fruto de la espontaneidad y de la agilidad; las situaciones más disparatadas y extraordinarias brotaban con maravillosa sencillez. Posiblemente de Mario Moreno no hayan pasado a la historia del arte cinematográfico unas películas que no tienen nada de extraordinario; pero en cambio su personaje, su figura, su personalísimo estilo interpretativo y su singular sentido del humor tienen ya, por méritos propios, el reconocimiento mundial y ocupan un lugar relevante en el séptimo arte.

Y ya que hemos citado a Chaplin, podemos, en estos dilatados tiempos oscuros, no sólo por esa pandemia que nos ha sorprendido a todos con la guardia baja y la vulnerabilidad y la creencia de inmunidad altas, comparar dos películas de ambos artistas, Chaplin y Cantinflas, marcadas por el trasfondo de crítica social de sus discursos finales; efectivamente, en El gran dictador (The Great Dictator, 1940) y Su Excelencia (1966), Charles Chaplin y Mario Moreno respectivamente satirizan el afán de poder de los dirigentes de las grandes naciones. La primera denuncia la Europa de los fascismos, especialmente a la Alemania nazi; y la segunda, el mundo de la Guerra Fría, fundamentalmente a las dos superpotencias de la época: los EEUU y la URSS. A pesar de su naturaleza cómica, las dos películas terminan con sendos discursos absolutamente serios en los que sus protagonistas hacen un llamamiento semejante a favor de la libertad, la paz y la fraternidad de todos los hombres. Los dos alegatos parten de una misma situación: un ciudadano común convertido temporalmente en un gran líder político –por confusión o por una serie de circunstancias rocambolescas–, que se encuentra en la grave tesitura de tener que tomar una decisión de la que dependerá el destino de la Humanidad. Más allá de las diferencias, fruto del distinto contexto en que se realizaron, las dos comedias comparten dos características determinantes: ser sendas sátiras políticas basadas en la parodia y el juego de trasuntos, y terminar con un discurso político absolutamente serio que constituye un emocionante llamamiento a la libertad y a la fraternidad humanas.

La influencia de la alocución de Chaplin en la de Cantinflas, filmada veintiséis años después, no es, desde luego, el único influjo de aquel que podemos rastrear en la obra cinematográfica de éste, que por algo fue llamado “el Charlot mexicano” y nunca ocultó su admiración por el cómico inglés (“Don Charles es para mí el más grande”, solía decir), pero no sería justo reducir los paralelismos artísticos y personales entre los dos genios a una mera relación de dependencia o sucursalismo del segundo con respecto al primero. No en vano, cuando se conocieron en Ginebra (Suiza) en 1964, Chaplin le dijo al mexicano: “Tú y yo somos los más grandes”.

Cantinflas está, sin duda, inspirado en Charlot. Se trata de dos pícaros, término definido por el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) en su quinta y última acepción como “personaje de baja condición, astuto, ingenioso y de mal vivir, protagonista de un género literario surgido en España en el siglo XVI”. En efecto, el pícaro nació a la literatura en la España del Siglo de Oro y su primera manifestación la encontramos en la novela anónima El Lazarillo de Tormes. Si por “mal vivir” se entiende el engaño o –más aún– la comisión habitual de delitos, no puede ser aplicado ni a Charlot ni a Cantinflas. Si ese “mal vivir” incluye el vagabundeo, a Charlot sí, pues, al fin y al cabo, es un vagabundo, pero no a Cantinflas, que, aunque humilde, no deja de tener su hogar.

La mayor huella cinematográfica de Chaplin en Cantinflas la encontramos en El circo (1942). Las similitudes de la película del mexicano con la del británico –estrenada en 1928 con el mismo título, solo que en inglés (The Circus)– son tantas que podríamos decir que la de Cantinflas, más que estar inspirada en la del inglés, es un auténtico remake. No sólo el argumento es similar. Hay escenas idénticas en las dos películas, como la de la jaula del león –en la que se meten tanto Charlot como Cantinflas– o la del número del funambulista –los dos se suben al alambre, sustituyendo al artista titular, que está indispuesto–. Evidente es también la influencia de El gran dictador de Chaplin en Su Excelencia de Cantinflas. Las dos son sendas sátiras políticas sobre el mundo de su tiempo. Chaplin satiriza el nazismo y Cantinflas, a las superpotencias de la Guerra Fría. Pero en los dos casos encontramos una parodia política sustentada sobre un similar juego de trasuntos. La influencia de la primera sobre la segunda es especialmente manifiesta en el discurso final de ambos títulos.


El humor de Chaplin es fundamentalmente visual; el de Cantinflas, verbal. Chaplin se basa en el gesto; Cantinflas, en la palabra. Chaplin es el maestro de la pantomima; Cantinflas, del monólogo, aunque no se puede obviar que al arma de doblar la lógica con la lengua sumaba la de redoblar la gracia con el cuerpo, con el jugueteo de su cintura, burladora de ejes, y sus pies bailones, esquivos, rápidos, como la línea de su pensamiento. Chaplin liquidó a Charlot antes que acceder a la presión de hacerlo hablar que le imponía el cine sonoro. Por el contrario, Mario Moreno solo puede dar vida a Cantinflas a través de él. La inmensa mayoría de las películas de Chaplin son, por lo tanto, mudas y El gran dictador fue, precisamente, su primer filme sonoro aunque en realidad es mudo en su mayor parte. 
La película posee todavía momentos de la gran mímica muda de Chaplin: el ballet con el globo terráqueo con música de Richard Wagner, el afeitado con la danza húngara de Brahms, la ceremonia de la moneda en el pudín... En El gran dictador, el silencio representa la inocencia: el barbero judío es prácticamente mudo, mientras que el dictador habla sin interrupción en una jerga de la que solo pueden captarse algunas cosas terribles. Por eso, cuando el barbero tiene que hablar de otra manera, cuando tiene la oportunidad de hacer una gran llamada al mundo, tiene que cederle la palabra a otro: al propio Charles Chaplin.

En este sentido, como maestro del monólogo, Cantinflas entronca más con Groucho Marx, que también hizo del discurso un arma. Con sus habilidades lingüísticas, los dos atacan a los ricos, a los poderosos, a la policía, incluso al Gobierno. Pero mientras Groucho es un sátiro, un bufón, Cantinflas es un cómico. Groucho usa la palabra para fustigar; Cantinflas, para confundir. Groucho intenta derrotar a su interlocutor por KO; Cantinflas, a los puntos, por agotamiento: ante la incomprensión de su discurso, acaba fatigado, desmayado y dispuesto a aceptar lo que le dice. La comicidad de Cantinflas, radica en su “insolencia”, en su estar en el mundo contra y desde el lenguaje, en su capacidad de tuteo psicológico con quien sea. El habla de Cantinflas va de ningún lado a todas partes, y su fin es vencer (pulverizar) al interlocutor sojuzgado por la cachondería acústica.

Si nos fijamos en los discursos, tanto la secuencia del discurso de El gran dictador como la del de Su Excelencia ponen fin a la película de la que forman parte, pero ninguno de los dos filmes termina estrictamente cuando el orador finaliza su alocución. En los dos casos hay luego una escena final que funciona a modo de corolario del discurso y en la que tiene protagonismo el personaje femenino de la película y, aunque insertados en sendas comedias, los discursos de El gran dictador y Su Excelencia son absolutamente serios, sin ninguna concesión al humor (en el caso del de Chaplin) o muy pocas (en el de Cantinflas).

Los personajes protagonistas de las dos películas son sendos ciudadanos corrientes convertidos momentáneamente en grandes estadistas por una serie de circunstancias rocambolescas que se encuentran en la grave tesitura de tener que decidir el destino de toda la Humanidad, y que tienen el valor y la dignidad de no ceder a la inercia de las circunstancias –ni de aferrarse a la privilegiada torre a la que se han visto encaramados por los azares de la vida– y, por el contrario, denunciar la tiranía y el odio de los gobiernos. En realidad, el emisor, en los dos casos, tiene tres identidades, porque a las de los personajes hay que sumar la de los propios autores: finalmente, quienes hablan al mundo no son el dictador y el embajador plenipotenciario, ni el simple barbero y el mero ciudadano en que se ha vuelto a convertir Lopitos (antes de ser Su Excelencia), sino Charles Chaplin y Mario Moreno. 
 
En definitiva, en los dos casos, un ciudadano común convertido azarosamente en un gran estadista se encuentra en la tesitura de tener que decidir el destino de la Humanidad con una orden (en El gran dictador) o un voto (en Su Excelencia), pero, lejos de dejarse llevar por la inercia de la situación, se resiste a desempeñar ese papel y tiene el coraje de elevar una grave denuncia de la opresión que los gobiernos del mundo ejercen sobre los hombres y los pueblos, y de formular un llamamiento a toda la Humanidad para que luche unida por superar el odio y alcanzar la paz y la fraternidad. ¿Deseos superados y sólo argumento de película? Por cierto, en España, El gran dictador estuvo prohibida y solo se pudo ver aquí treinta y seis años después de su estreno, en 1976, cuando ya había fallecido el general Francisco Franco.

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1Hay varias teorías sobre el nacimiento del apelativo de Cantinflas: una dice que lo creó él mismo para no ser descubierto por sus padres, otra que fue el público, al gritarle “¡Cuánto inflas!” refiriéndose a sus diálogos absurdos, el que le dio la idea para pasar a ser conocido en la historia cómica como Cantinflas más que como su nombre real, Mario Moreno.

sábado, 8 de agosto de 2020

Cuando Charles Chaplin no es Charlot ni Mario Moreno es Cantinflas.


El discurso final de Chaplin (no de sus personajes) en El gran dictador ante el ejército y los mandamases:


Lo siento, pero yo no quiero ser emperador; ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible. Judíos y gentiles, blancos o negros.

Tenemos que ayudarnos unos a otros. Los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos. La Tierra es rica y puede alimentar a todos los seres.
El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las almas. Ha levantado barreras de odio. Nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado nosotros. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado y sentimos muy poco.
Más que máquinas, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades, la vida será violenta. Se perderá todo.

Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana. Exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.

Ahora mismo mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, mujeres y niños. Víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes.

A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano.

El odio de los hombres pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá.
¡Soldados, no os rindáis a esos hombres! que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen lo que tenéis que hacer, que pensar y que sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado. Y como a carne de cañón.
No os entreguéis a esos individuos inhumanos, hombres máquinas, con cerebros y corazones de máquinas. Vosotros no sois máquinas; no sois ganado. Sois hombres. Lleváis el amor de la humanidad en vuestros corazones. No el odio. Sólo los que no aman, odian. Los que no aman y los inhumanos.

¡Soldados, no luchéis por la esclavitud, sino por la libertad! En el capítulo XVII de San Lucas se lee: el reino de Dios está dentro del hombre. No de un hombre ni de un grupo de hombres, sino de todos los hombres. En vosotros.

Vosotros, el pueblo, tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa. De convertirla en una maravillosa aventura.

En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble, que garantice a los hombres trabajo. Y dé a la juventud un futuro. Y a la vejez, seguridad.

Con la promesa de esas cosas, las fieras alcanzaron el poder. Pero mintieron. No han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres, sólo ellos. Pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer nosotros realidad lo prometido. Todos a luchar para libertar al mundo. Para derribar barreras nacionales. Para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.

Luchemos por el mundo de la razón. Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.

¡Soldados, en nombre de la democracia, debemos unirnos todos!






Y discurso de Mario Moreno, no de Cantinflas, en Su Excelencia, ante la Asamblea Internacional




Me ha tocado en suerte ser último orador, cosa que me alegra mucho porque, como quien dice, así me los agarro cansados. Sin embargo, sé que a pesar de la insignificancia de mi país que no tiene poderío militar, ni político, ni económico, ni mucho menos atómico, todos ustedes esperan con interés mis palabras ya que de mi voto depende el triunfo de los Verdes o de los Colorados. 
 

Señores Representantes: estamos pasando un momento crucial en que la Humanidad se enfrenta a la misma Humanidad. Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo. La opinión mundial está tan profundamente dividida en dos bandos aparentemente irreconciliables, que dado el singular caso, que queda en sólo un voto. El voto de un país débil y pequeño pueda hacer que la balanza se cargue de un lado o se cargue de otro lado. Estamos, como quien dice, ante una gran báscula: con un platillo ocupado por los Verdes y con otro platillo ocupado por los Colorados. Y ahora llego yo, que soy de peso pluma como quien dice, y según donde yo me coloque, de ese lado seguirá la balanza. ¡Háganme el favor!... ¿No creen ustedes que es mucha responsabilidad para un solo ciudadano? No considero justo que la mitad de la Humanidad, sea la que fuere, quede condenada a vivir bajo un régimen político y económico que no es de su agrado, solamente porque un frívolo embajador haya votado, o lo hayan hecho votar, en un sentido o en otro. 
 

El que les habla, su amigo... yo... no votaré por ninguno de los dos bandos (voces de protesta). Y yo no votaré por ninguno de los dos bandos debido a tres razones: primera, porque, repito que no sería justo que el solo voto de un representante, que a lo mejor está enfermo del hígado, decidiera el destino de cien naciones; segunda, estoy convencido de que los procedimientos, repito, recalco, los procedimientos de los Colorados son desastrosos (voces de protesta de parte de los Colorados); ¡y tercera!... porque los procedimientos de los Verdes tampoco son de lo más bondadoso que digamos (ahora protestan los Verdes). Y si no se callan ya yo no sigo, y se van a quedar con la sensación de saber lo que tenía que decirles. 
 

Insisto que hablo de procedimientos y no de ideas ni de doctrinas. Para mí todas las ideas son respetables, aunque sean “ideítas” o “ideotas”, aunque no esté de acuerdo con ellas. Lo que piense ese señor, o ese otro señor, o ese señor (señala), o ese de allá de bigotico que no piensa nada porque ya se nos durmió, eso no impide que todos nosotros seamos muy buenos amigos. Todos creemos que nuestra manera de ser, nuestra manera de vivir, nuestra manera de pensar y hasta nuestro modito de andar son los mejores; y el chaleco se lo tratamos de imponérselo a los demás y si no lo aceptan decimos que son unos tales y unos cuales y al ratito andamos a la greña. ¿Ustedes creen que eso está bien? Tan fácil que sería la existencia si tan sólo respetásemos el modo de vivir de cada quién. Hace cien años ya lo dijo una de las figuras más humildes pero más grandes de nuestro continente: “El respeto al derecho ajeno es la paz” (aplausos). Así me gusta... no que me aplaudan, pero sí que reconozcan la sinceridad de mis palabras. 
 

Yo estoy de acuerdo con todo lo que dijo el representante de Salchichonia (alusión a Alemania) con humildad, con humildad de albañiles no agremiados debemos de luchar por derribar la barda que nos separa, la barda de la incomprensión, la barda de la mutua desconfianza, la barda del odio, el día que lo logremos podemos decir que nos volamos la barda (risas). Pero no la barda de las ideas, ¡eso no!, ¡nunca!, el día que pensemos igual y actuemos igual dejaremos de ser hombres para convertirnos en máquinas, en autómatas. 
 

Este es el grave error de los Colorados, el querer imponer por la fuerza sus ideas y su sistema político y económico, hablan de libertades humanas, pero yo les pregunto: ¿existen esas libertades en sus propios países? Dicen defender los Derechos del Proletariado pero sus propios obreros no tienen siquiera el derecho elemental de la huelga, hablan de la cultura universal al alcance de las masas pero encarcelan a sus escritores porque se atreven a decir la verdad, hablan de la libre determinación de los pueblos y sin embargo hace años que oprimen una serie de naciones sin permitirles que se den la forma de gobierno que más les convenga. ¿Cómo podemos votar por un sistema que habla de dignidad y acto seguido atropella lo más sagrado de la dignidad humana que es la libertad de conciencia eliminando o pretendiendo eliminar a Dios por decreto? No, señores representantes, yo no puedo estar con los Colorados, o mejor dicho con su modo de actuar; respeto su modo de pensar, allá ellos, pero no puedo dar mi voto para que su sistema se implante por la fuerza en todos los países de la tierra (voces de protesta). ¡El que quiera ser Colorado que lo sea, pero que no pretenda teñir a los demás! —los Colorados se levantan para salir de la Asamblea—. 
 

¡Un momento jóvenes!, ¿pero por qué tan sensitivos? Pero si no aguantan nada, no, pero si no he terminado, tomen asiento. Ya sé que es costumbre de ustedes abandonar estas reuniones en cuanto oyen algo que no es de su agrado; pero no he terminado, tomen asiento, no sean precipitosos... todavía tengo que decir algo de los Verdes, ¿no les es gustaría escucharlo? Siéntese (va y toma agua y hace gárgaras, pero se da cuenta que es vodka).


Y ahora, mis queridos colegas Verdes, ¿ustedes qué dijeron?: “Ya votó por nosotros”, ¿no?, pues no, jóvenes, y no votaré por ustedes porque ustedes también tienen mucha culpa de lo que pasa en el mundo, ustedes también son medio soberbios, como que si el mundo fueran ustedes y los demás tienen una importancia muy relativa, y aunque hablan de paz, de democracia y de cosas muy bonitas, a veces también pretenden imponer su voluntad por la fuerza, por la fuerza del dinero. Yo estoy de acuerdo con ustedes en que debemos luchar por el bien colectivo e individual, en combatir la miseria y resolver los tremendos problemas de la vivienda, del vestido y del sustento. Pero en lo que no estoy de acuerdo con ustedes es la forma que ustedes pretenden resolver esos problemas, ustedes también han sucumbido ante el materialismo, se han olvidado de los más bellos valores del espíritu pensando sólo en el negocio, poco a poco se han ido convirtiendo en los acreedores de la Humanidad y por eso la Humanidad los ve con desconfianza. 
 

El día de la inauguración de la Asamblea, el señor embajador de Lobaronia dijo que el remedio para todos nuestros males estaba en tener automóviles, refrigeradores, aparatos de televisión; ju... y yo me pregunto: ¿para qué queremos automóviles si todavía andamos descalzos?, ¿para qué queremos refrigeradores si no tenemos alimentos que meter dentro de ellos?, ¿para qué queremos tanques y armamentos si no tenemos suficientes escuelas para nuestros hijos? (aplausos). 
 

Debemos de pugnar para que el hombre piense en la paz, pero no solamente impulsado por su instinto de conservación, sino fundamentalmente por el deber que tiene de superarse y de hacer del mundo una morada de paz y de tranquilidad cada vez más digna de la especie humana y de sus altos destinos. Pero esta aspiración no será posible si no hay abundancia para todos, bienestar común, felicidad colectiva y justicia social. Es verdad que está en manos de ustedes, de los países poderosos de la tierra, ¡Verdes y Colorados!, el ayudarnos a nosotros los débiles, pero no con dádivas ni con préstamos, ni con alianzas militares.

Ayúdennos pagando un precio más justo, más equitativo por nuestras materias primas, ayúdennos compartiendo con nosotros sus notables adelantos en la ciencia, en la técnica... pero no para fabricar bombas sino para acabar con el hambre y con la miseria (aplausos). Ayúdennos respetando nuestras costumbres, nuestra dignidad como seres humanos y nuestra personalidad como naciones por pequeños y débiles que seamos; practiquen la tolerancia y la verdadera fraternidad, que nosotros sabremos corresponderles, pero dejen ya de tratarnos como simples peones de ajedrez en el tablero de la política internacional. Reconózcannos como lo que somos, no solamente como clientes o como ratones de laboratorio, sino como seres humanos que sentimos, que sufrimos, que lloramos. 
 

Señores representantes, hay otra razón más por la que no puedo dar mi voto: hace exactamente veinticuatro horas que presenté mi renuncia como embajador de mi país, espero me sea aceptada. Consecuentemente no les he hablado a ustedes como Excelencia sino como un simple ciudadano, como un hombre libre, como un hombre cualquiera pero que, sin embargo, cree interpretar el máximo anhelo de todos los hombres de la tierra, el anhelo de vivir en paz, el anhelo de ser libre, el anhelo de legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos un mundo mejor en el que reine la buena voluntad y la concordia. Y qué fácil sería, señores, lograr ese mundo mejor en que todos los hombres blancos, negros, amarillos y cobrizos, ricos y pobres pudiésemos vivir como hermanos. Si no fuéramos tan ciegos, tan obcecados, tan orgullosos, si tan sólo rigiéramos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años dijo aquel humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frac ni condecoraciones: “Amaos... amaos los unos a los otros”, pero desgraciadamente ustedes entendieron mal, confundieron los términos, ¿y qué es lo que han hecho?, ¿qué es lo que hacen?: “Armaos los unos contra los otros”


He dicho...


domingo, 2 de agosto de 2020

Mafalda ayuda en la pandemia.

Josep Corbella es un periodista que, desde 1993, es el responsable de la información de 
ciencia y salud que aparece en las páginas del diario La Vanguardia, de Barcelona. Tiene 
también publicados libros sobre esas temáticas, en general en régimen de co-autoría (con 
Ferran Adrià, Valentí Fuster, Eudald Carbonell, etc.) y sus artículos periodísticos sobre la 
evolución de la pandemia del Covid-19, de él, que, como muchos otros, no supo ver al 
principio el alcance y gravedad de la situación (llegó a publicar que “el virus es el miedo al 
virus”) son muy valorados hoy por estar convenientemente documentados y aportar una 
visión objetiva (dentro de lo que cabe). 
 
En unos momentos de absoluta confusión y consecuente lógica aprensión como los de ahora, 
en los que los rebrotes de los contagios por el virus, achacados en gran medida a la ligereza 
e irresponsabilidad de mucha gente (“yo creía que aparecerían en otoño, no tan pronto”, 
suele oírse, como si nos encontráramos ante una ecuación matemática sujeta a reglas 
inmutables y/o previsible), parecen descontrolados y la vuelta a fases de confinamiento que 
ya se creían más que superadas está a la orden del día, la lectura de los análisis de Corbella, 
más allá de la critica (más que merecida, por otra parte) a las malas actitudes individuales 
resulta muy ilustrativa. En este sentido, nos atrevemos a hacernos eco en estas líneas del 
contenido de una de sus últimas columnas, proponiendo leer también “España” donde el 
autor escribe “Catalunya”:

Catalunya lo va a pasar mal en los próximos meses. No tiene el liderazgo ni la unidad 
necesarios para contener con éxito el coronavirus. Tampoco la capacidad técnica para 
controlar los brotes cada vez más grandes y numerosos que están surgiendo. El panorama 
es negro. Estamos empezando a ver la oscuridad al principio del túnel.

Unidad. El coronavirus, lo hemos visto desde el inicio de la epidemia, no distingue entre 
ideologías ni clases sociales. Donde mejor se le ha frenado es allí donde ha habido una 
respuesta coordinada y coherente de toda la sociedad. Allí donde se ha entendido que el 
enemigo común es el virus y no el vecino, o el socio de gobierno, que tiene opiniones e 
intereses distintos a los nuestros. Y donde cada miembro de la comunidad ha asumido su 
parte de responsabilidad en la epidemia, desde el estudiante que se pone mascarilla para 
proteger a los demás hasta el gobernante que lidera la respuesta de un país a la epidemia. 
Lo repitió una vez más el director general de la OMS, Tedros Adhanom, en la rueda de 
prensa del viernes: “Nuestra mejor arma es trabajar juntos con unidad nacional y solidaridad 
global”. 
 
Liderazgo. La unidad solo puede mantenerse si aparecen personas que lideren la respuesta 
ante la epidemia. El liderazgo, cabe recordarlo, no consiste en ordenar a los demás lo que 
tienen que hacer –esto solo es autoridad–, sino en ser reconocido como la persona a la que 
se sigue.

Para que los gobernantes sean reconocidos como líderes en esta epidemia deben renunciar 
a sus intereses cortoplacistas y sus tentaciones oportunistas. Solo así conseguirán que sus 
indicaciones sean aceptadas por todos. Si creen que esto es una utopía en una democracia 
como la nuestra, miren a su alrededor. Angela Merkel en Alemania, Mette Frederiksen en 
Dinamarca, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda… Las tres, curiosamente todas mujeres, han 
ejercido un papel clave en el control de la epidemia en sus países transmitiendo un mensaje 
de unidad que ha calado en la población.

No lo han conseguido quienes han fomentado la división como Donald Trump en EE.UU., 
Boris Johnson en el Reino Unido o Jair Bolsonaro en Brasil. Tampoco los gobernantes de 
Catalunya ni de la Comunidad de Madrid.

Dirección técnica. Pero los políticos no son especialistas en epidemiología ni en salud 
pública. Para que su liderazgo ayude realmente a contener la epidemia, deben dejarse guiar 
por técnicos que tengan la competencia y los recursos suficientes para evaluar la situación 
en cada momento y hacer las recomendaciones oportunas.

En Alemania este papel lo han realizado con éxito el Instituto Robert Koch y el virólogo 
Christian Drosten. En España, el Centro de Control de Alertas y Emergencias Sanitarias 
dirigido por Fernando Simón. ¿Quién lidera la respuesta técnica ante la epidemia en 
Catalunya? Aparentemente nadie. Catalunya necesita un Fernando Simón. Una figura 
independiente con la autoridad y la capacidad de guiar a los gobernantes y dar explicaciones 
convincentes a los ciudadanos.

Recursos. Aun así, de nada servirá tener a un Fernando Simón si no dispone de los 
recursos necesarios para monitorizar la evolución de la epidemia y hacer el seguimiento 
epidemiológico de los casos.

De todas las malas noticias de este fin de semana en Catalunya, la más inquietante ha sido 
que la alcaldesa de l’Hospitalet, Núria Marín, tuvo conocimiento del brote en su municipio el 
viernes, el mismo día en que lo había publicado La Vanguardia . Fue la alcaldesa quien tuvo 
que llamar al Departament de Salut para pedir información. Hubiera debido ser Salut quien 
ías antes, cuando el brote se hubiera podido controlar más fácilmente, contactara a la 
alcaldesa y la informara de la situación: “Señora Marín, tenemos una emergencia en su 
municipio”. O bien Salut no fue capaz de detectar el brote o bien lo detectó y no hizo nada. 
Ambas posibilidades son igualmente graves.

L’Hospitalet ha tenido 184 nuevos diagnósticos por PCR en la última semana. Hace falta por 
lo menos un rastreador por cada nuevo caso diario, ya que cada caso tiene una media de 
unos diez contactos a los que hay que encontrar y entrevistar. No hay rastreadores 
suficientes para contener el brote de l’Hospitalet. 
 
Humildad. Los confinamientos domiciliarios que se han impuesto esta primavera en gran 
parte de Europa han reducido la epidemia hasta un nivel que se podía controlar cualquier 
rebrote. Catalunya, a diferencia de otros países, no ha aprovechado este tiempo para 
prepararse. Como en la fábula de los tres cerditos, se ha quedado con una casa de paja 
mientras otros han reforzado la suya con ladrillos.

Catalunya no tiene ahora la capacidad de contener todos los casos que están apareciendo. 
La epidemia está fuera de control en Lleida. L’Hospitalet es una bomba epidemiológica de 
relojería y se está agotando el tiempo para desactivarla. Barcelona no quedará al margen de 
lo que pase en l’Hospitalet y tiene sus propios rebrotes que controlar.

La situación es grave y va a peor. Es momento de pedir ayuda. O por lo menos de aceptarla. 
El Ministerio de Sanidad la ha ofrecido en repetidas ocasiones desde el 5 de junio. Hasta 
hoy la Generalitat la ha rechazado.

Pero, volviendo a las responsabilidades personales, los gobernantes realmente ya no saben 
qué hacer para que la ciudadanía las asuma por convencimiento y no por miedo a la sanción 
correspondiente y deje de verlas como un incordio relativo a algo lejano y ajeno y, en este 
sentido, son numerosas las iniciativas de todo tipo, en general “quitando hierro” a la 
problemática, encaminadas a conseguir la concienciación necesaria. Una de ellas, en 
Argentina, es la de un grupo de ilustradores entre los que se encuentra "Quino", el creador 
de Mafalda, que cedieron a sus personajes más célebres para difundir hábitos de prevención 
del coronavirus SARS-CoV-2 o Covid-19, con viñetas que publicaron el mismo día todos los 
diarios del país. Detengámonos en la conocida Mafalda; aunque fue creada por el dibujante 
Joaquín Salvador Lavado, “Quino” en 1962, no como personaje principal ,sino como la 
hermana del niño protagonista de una tira cómica que haría publicidad de la marca de 
electrodomésticos Mansfield, y no fue sino hasta el 29 de septiembre de 1964 que, sin la 
carga de formar parte de una acción comercial (finalmente cancelada), se comenzaron a 
publicar en la prensa las tiras del personaje, dándose con ello su verdadero nacimiento. Han 
transcurrido 55 años y desde entonces ha cultivado una extensa legión de admiradores a los 
que hace reír, pero sobre todo pensar, reflexionar sobre los problemas de nuestro tiempo y 
las fragilidades de la condición humana. 
 
En un principio, los únicos protagonistas de las historias serían la propia Mafalda y sus 
padres, a quienes hacía preguntas que los dejaban mudos y temblorosos, pero 
paulatinamente se integraron los entrañables personajes que acompañarían a la simpática y 
contestataria niñita que ama a Los Beatles y al Pájaro Loco tanto como aborrece la sopa: 
Miguelito, Felipe, Manolito, Libertad y Susanita, así como su hermanito Guille, apasionado 
por Brigitte Bardot, contando cada uno con una personalidad muy propia, lo que enriqueció 
sobradamente la tira. Las críticas y reflexiones de Mafalda conservan una asombrosa 
vigencia; los personajes de la tira ofrecen una mirada crítica pero también conmovedora de 
su tiempo, que es el nuestro, porque los problemas que plantean están lejos de ser resueltos, 
entre ellos la justicia social, los prejuicios, la condición de la mujer, el consumismo y el 
deterioro ecológico. 

Desde el punto de vista técnico, quizás la estadounidense Peanuts,de Charles Schulz, pudo 
ser su influencia más próxima, sobre todo al tratarse de tiras protagonizadas por niños con 
pensamientos y reflexiones de adulto; sin embargo, en Mafalda se se retrató a la perfección 
la clase media latinoamericana de los años 60 y 70, a través de los ojos de la niña y de sus 
amiguitos, de una manera directa, pero divertida. Así, la pequeña Mafalda se convirtió en uno 
de los personajes latinoamericanos más conocidos del mundo1 (personajes de relevante 
influencia como el escritor y filósofo italiano Umberto Eco, premio Princesa de Asturias, 
como también lo fue “Quino”, fueron responsables de su expansión en Europa), y uno de los 
pocos que han sido llevados a la animación cinematográfica. Curiosamente, España, 
además de Bolivia, Chile y Brasil fue un país en el que Mafalda tuvo que enfrentarse a uno 
de sus peores enemigos, la censura. 
Primera tira
Mafalda habla hoy 20 idiomas y da vueltas por el planeta impresa en papel, pero también en 
camisetas, tazas, libretas y todo tipo de merchandising. Su creador tomó la decisión de 
terminar con ella y, el 25 de junio de 1973, hace 47 años, Mafalda se despidió de sus 
numerosos lectores, aunque el adiós de la tira no significó la desaparición de sus personajes. 
La inconformista Mafalda, el soñador Felipe, el materialista pero bondadoso Manolito, la 
chismosa Susanita, el egocéntrico Miguelito, la incisiva Libertad, el inocente Guille, los 
ciudadanos de clase media representados por sus padres, todos ellos conservan su encanto 
en el gusto de sus viejos y nuevos lectores. 

Desde su “muerte”, el autor argentino ha “resucitado” ocasionalmente su personaje, que ha 
aparecido en campañas humanitarias, solidarias o educativas, para Unicef, la Cruz Roja 
Española, en 1987 para protestar frente al fallido golpe de Estado en Argentina contra Raúl 
Alfonsín (y lo hizo con palabras que ella bien sabía2: “¡Sí a la democracia! ¡Sí a la justicia! 
¡Sí a la libertad!”), o para defender a las mujeres de Silvio Berlusconi, primer ministro de 
Italia (la niña bonaerense grita enfadada al primer ministro en un dibujo a toda plana en el 
diario La Reppublica en 2009 “No soy una mujer a su disposición").

O ahora con la pandemia del Covid-19.
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1El escritor Julio Cortázar llegó a escribir: “No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”.

2A pesar de la clara posición progresista del personaje -y del autor en el resto de sus obras- a Mafalda se la ha utilizado en ocasiones para proclamar principios totalmente opuestos. Hijo de republicanos españoles exiliados en Argentina, el dibujante tuvo que hacer público su rechazo a la utilización de sus dibujos con fines políticos cuando en 1985 aparecieron en Madrid pegatinas de Mafalda y sus amigos con iconografía franquista, apareciendo, por ejemplo, ilustraciones de Guille (el hermano de Mafalda) portando la bandera de la dictadura con el aguilucho. Siendo de padres malagueños y familia republicana, al dibujante le costaba dar crédito de aquello. "No entiendo cómo han cogido a mis personajes, tan distintos de su ideología", criticaba. Una ideología, la franquista que, como recoge la BBC, obligó a los editores a colocar una franja en la portada de Mafalda etiquetándola como obra "para adultos" cuando sus historietas llegaron a nuestro país. Cuenta el propio Quino que había visto estas pegatinas a la venta incluso en el propio ministerio de Cultura, una afirmación que posteriormente corroboró un periodista de El País colándose en la institución. "Subí a la cuarta planta, donde había un ventanal en el que vendían tabaco y cuatro cosas más para los funcionarios. Entonces me acerqué y allí estaban las pegatinas. Es más, las compré", rememora Quino entre risas.

domingo, 26 de julio de 2020

Xenofobia y Covid-19.


Siempre que el actual inquilino de la Casa Blanca, sede del gobierno de los Estados Unidos, Donald J. Trump, se refiere a la situación creada por la pandemia del Covid-19 (lo que, por otra parte, procura evitar porque es un tema que le causa visible incomodidad) tiene buen cuidado de remarcar ante su auditorio que se trata de un virus venido de la China, enemigo económico declarado, transmitiendo así el mensaje de que, en su país, esas cosas no pasan y que los males siempre vienen de fuera (alguien, por cierto, según eso,debería entonces explicarle que la que él conoce como la “gripe española” de hace un siglo que causó entre 15 y 20 millones de muertes, se originó en unos cuarteles militares de Kansas, Estados Unidos, y que fueron los soldados estadounidenses quienes la propagaron, principalmente, a Europa) También entre nosotros unos que se autoproclaman “políticos” hablan sin reparo del virus chino, aunque, casualmente, uno de ellos se contagiara y no en China precisamente.

Habrá que recordarle a ellos (y a muchos como ellos) el mensaje al respecto del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres: “El Covid-19 no cuestiona quién somos, dónde vivimos o en qué creemos. Pero, sigue propagándose como un tsunami disfrazado de expresiones de odio, xenofobia, acusación por chivo expiatorio y alarmismo. Se apunta como blanco en todo el mundo a los trabajadores sanitarios y activistas de derechos humanos. Debemos reforzar la inmunidad de nuestras sociedades frente al virus del odio”, Guterres precisó que ha aumentado la xenofobia en la calle y se dan teorías de conspiración antisemíticas, ataques islamofóbicas en ambientes virtuales; se trata a los refugiados y emigrantes como el "origen del virus", y a los mismos se priva de tratamiento médico a causa del coronavirus.

Pero, además, no olvidemos que, ya se sabe, la feria va por barrios, y que en situaciones como ésta, según vaya la feria, se puede pasar en un abrir y cerrar de ojos de “chico bueno protagonista” a “el malo de la película”; primero fue la comunidad china la que fue mirada con prevención y rechazo por el resto del mundo pero luego, la italiana... y la española, y después otras. En apenas cuatro meses, el virus se expandió a una velocidad de vértigo por todos los continentes -excepto la Antártida-, desconociendo fronteras y paralizando prácticamente el mundo. La pandemia del Covid-19 ha sacado a la luz comportamientos xenófobos en distintas partes del mundo contra los ciudadanos de las naciones más afectadas por el virus, una reacción que los expertos achacan al miedo y a la ignorancia, debidos en parte a la falta de información y la propagación de noticias falsas que circulan por la red, que extienden rumores y mentiras sobre el virus - "y la amplifica el fascismo", aseguran expertos estudiosos del fenómeno -, que tiene difícil solución y que surge de la necesidad del ser humano de identificar al enemigo o al responsable de su "mal": Es una plaga tan antigua como el hombre, que no hemos logrado desalojar de nuestros cuerpos.

Es tan viejo como el origen del mundo. Cada vez que brota una pandemia, el pánico se extiende por toda la sociedad y comienza la caza de brujas para buscar a los culpables. Entre los supuestos responsables hay muchos candidatos: el Gobierno que “no ha querido atajar el problema”, misteriosas fuerzas ocultas y grupos secretos que crearon la cepa en laboratorio para soltarla después, provocando un Apocalipsis planetario, y hasta Dios o el mismísimo Diablo que envían sus maldiciones bíblicas al ser humano por pecados tan antiguos como los de Sodoma y Gomorra (no tardará mucho en salir un obispo que atribuya el mal a la lujuria, al libertinaje y a la ofensa de aquellos que dieron la espalda a la religión, y si no al tiempo). Toda la superchería que ya se vivió en la Edad Media está retornando con fuerza, pero por encima de las explicaciones irracionales hay una que se presenta como la más peligrosa de todas, un argumento que puede ser todavía más letal que el propio coronavirus: la peste la trajeron otros, los extraños, los de fuera, los inmigrantes, los que buscan refugio.

La tentación de dar rienda suelta a los instintos más bajos, como el racismo y la xenofobia, se impone entre los grupos más conservadores y reaccionarios cuando el miedo se instala en un lugar, y nos enteramos del otro gran drama, no el que están sufriendo los infectados por el germen ni los familiares de los fallecidos, sino el de los estigmatizados, el de los “parásitos”, el calvario que sufren las minorías étnicas, sobre todo, en este caso, los chinos a los que se empieza a culpabilizar ya de haber propagado voluntariamente el Covid-19, por ser confucionistas o simplemente por ser rojos seguidores de Mao. Cualquier excusa sirve cuando de lo que se trata es de encontrar una cabeza de turco en la que volcar la ira, el pánico y la neurosis.

Los discursos xenófobos a cuenta del coronavirus son cada vez más frecuentes. Cualquiera de nosotros puede escucharlos, ya fuera del confinamiento, en el autobús, en la tienda o en el Metro. En España los discursos antiimigración provienen de una formación política que ahora arremete contra el Gobierno “por no haber sabido frenar la expansión de la epidemia” denunciando que la inmigración ilegal puede traer a Europa y a España “pandemias ya erradicadas”. En realidad se trata de un bulo más ya que todos los estudios de organismos oficiales demuestran que no hay nada que nos lleve a pensar en una relación directa entre infecciones e inmigración. Pero el discurso xenófobo va calando y abrazar aquí a un asiático o darle un beso en la mejilla (o en muchos países a un español) se ha convertido (lo han convertido) en una práctica de riesgo que con el tiempo nos hará más hipocondríacos, más fríos y herméticos, más intolerantes. Es la otra pandemia, la pandemia del miedo mezclado con odio, tan cruel e injusta como puede ser la propia maldita enfermedad.

No es la primera vez que una enfermedad focalizada en un punto concreto del planeta se convierte en emergencia internacional. En 2014 varios países de África occidental sufrieron un grave brote de ébola, una de las enfermedades más mortíferas del planeta, la enfermedad se expandió rápidamente por la falta de recursos para combatir el virus, pero también porque no hubo una respuesta coordinada entre los diferentes gobiernos “porque no les afectaba”; como consecuencia, se infectaron más de 30.000 personas y hubo más de 11.000 muertes, según datos de Médicos Sin Fronteras (MSF). Fuera de África, en los países occidentales, los casos de ébola no superaron la docena según recoge la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sólo falleció una de las personas infectadas en Estados Unidos. Recordemos que aquí, la enfermera española Teresa Romero fue la primera persona infectada por el virus fuera de África, por lo que su caso enseguida acaparó la atención mediática,... relegando a un segundo plano lo que estaba sucediendo con las miles de víctimas en África.

Estas situaciones también deben hacernos reflexionar sobre la diferencia entre los países desarrollados y las regiones con menos recursos y cómo recibimos la información sobre la emergencia sanitaria. La docena de víctimas del ébola en países occidentales tuvo mucha más presencia en los medios que los miles de muertos en África, lo que hace que nos preguntemos si la gravedad de una epidemia tiene el mismo peso para todo el mundo.

La xenofobia es la fobia al extranjero o inmigrante, cuyas manifestaciones pueden ir desde el simple rechazo hasta diversos tipos de agresiones. La mayoría de las veces la xenofobia se basa en el sentimiento exacerbado y fanatizado de “protección” de una nación, aunque también puede ir unida al racismo, o discriminación ejercida en función de la raza. Probablemente, y esto no la justifica, las raíces de la xenofobia se encuentren en nuestra hominización. La organización de los primeros grupos humanos conllevaría enfrentamientos y probables exterminios entre grupos vecinos, con lo que el sentimiento xenófobo, la prevención frente al extranjero, así, sería un rasgo evolutivo arcaico. Con la formación de sociedades amplias y permeables y el trasvase de información entre estas sociedades, veríamos al extranjero como portador de esa información y conocimiento y coexistirían ambos arquetipos: negativo y positivo; dominando la racionalización y contención del sentimiento xenófobo, el miedo al diferente, que podría ser innato, reminiscente de nuestra historia evolutiva. Entre los prejuicios xenófobos actuales más extendidos están la superioridad cultural del mundo occidental (eurocentrismo), el temor a la pérdida de la propia identidad y la vinculación y atribución del paro y la delincuencia a los emigrantes (pobres, claro, cuando, hablando de la pandemia, el mayor riesgo llega en avión y viste corbata).

El 16 de septiembre de 2008, en la cumbre de Bruselas, la Comunidad Europea aprobó la Ley contra la Xenofobia y el Racismo que contempla condenar hasta con tres años de cárcel los comportamientos xenófobos y racistas. Los Estados miembros deberán adaptar sus legislaciones en el plazo de dos años para contemplar como delito, por lo que no debe ser noticia que los gobiernos deben asegurar que sus respuestas a la pandemia del Covid-19 no contribuyan a la xenofobia y a la discriminación racial, y deben erradicar la xenofobia en todas las políticas y mensajes estatales.

Volviendo al principio, es desalentador ver que autoridades, incluido el Presidente de los Estados Unidos (o Bolsonaro, u Orban, o… Hay para elegir), adoptar nombres alternativos para el virus Covid-19. Y, en lugar de utilizar el nombre internacionalmente reconocido del virus, aplicar nombres con referencias geográficas, que generalmente se refieren a su aparición en China. Este uso calculado de un nombre geográfico para este virus se basa en la xenofobia y la fomenta. (en este caso, sirve para aislar y estigmatizar a las personas que son chinas, percibidas como provenientes de China o del este asiático). Los nombres que se le dan a las enfermedades realmente, psicológicamente, importan e influyen en las reacciones de las personas directamente afectadas; ciertos nombres de enfermedades provocan una reacción violenta contra miembros de comunidades religiosas o étnicas particulares con, a veces, graves consecuencias para la vida de las personas y sus medios de subsistencia.

Las expresiones de xenofobia relacionadas con Covid-19 en plataformas digitales han incluido acoso, discurso de odio, proliferación de estereotipos discriminatorios y teorías de conspiración. No es sorprendente que los líderes (?) que intentan atribuir Covid-19 a ciertos grupos nacionales o étnicos sean los mismos líderes (?) populistas que han convertido la retórica racista y xenófoba en el centro de sus plataformas políticas Las respuestas políticas al brote de Covid-19 que estigmatizan, excluyen y hacen que ciertas poblaciones sean más vulnerables a la violencia son inexcusables, inconcebibles e inconsistentes con las obligaciones internacionales de los Estados en materia de derechos humanos. Además, la retórica política y las políticas que avivan el miedo y disminuyen la igualdad de todas las personas es contraproducente. Para tratar y combatir la propagación de Covid-19 de manera efectiva, las personas deben tener acceso a información de salud veraz y a suficiente atención médica sin temor a ser discriminadas.


La pandemia del Covid-19 no entiende de colores ni razas ni clases sociales, solo de humanidad y solidaridad. Sólo podremos superar esta crisis sanitaria y económica si protegemos a cada una de las personas de nuestra sociedad”.