domingo, 17 de enero de 2021

Resistir o persistir.


Cuenta el conocido neurocientífico David Bueno1 que le propusieron participar en una de las 
múltiples versiones del tema, popularizado ya desde su creación en el año 1988 por el 
incombustible Dúo Dinámico, y convertido virtualmente en himno en la primera ola de la 
pandemia por el coronavirus Covid-19, Resistiré, y que declinó la oferta, sin que ello pudiera 
interpretarse como rechazo a la canción2, basándose en criterios lingüísticos acerca del 
significado profundo del título de la canción respecto del mensaje que se pretendía transmitir.

 
Más allá de frivolidades semánticas, este hecho nos permite reflexionar sobre la diferencia 
entre el título de la canción y el término Persistiré, que David Bueno decía encontrar más 
acorde con la situación, siguiendo su razonamiento. En efecto, si acudimos a las definiciones 
del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, encontramos que “resistir” es (en 
segunda acepción) Sufrir un padecimiento físico o moral,... sin dejarse vencer por él y, a 
menudo, sin quejarse o tratar de evitarlo., mientras que “persistir” es (también en segunda 
acepción) Mantenerse firme y constante en una manera de ser o de obrar, que no es lo mismo. 
En la práctica, ambos conceptos van ligados: resistir el sufrimiento sin dejarse vencer por él, y 
ser persistentes en el logro de nuestras metas son dos grandes capacidades del ser humano. 
Pero, al resistirnos, empezamos a hacer tan grande lo que nos está ocurriendo que puede 
llegar a convertirse en un obstáculo. Y si el bloqueo persiste en el tiempo y afecta a nuestros 
objetivos, puede llevarnos al estancamiento personal, haciéndonos más difícil encontrar 
soluciones a la situación que estamos viviendo.

 

En palabras de David Bueno, persistir es una llamada a la proactividad. Hace que te marques 
un objetivo -acertado o no- y que hagas pasos adelante para conseguirlo. Con más o menos 
rapidez pero activamente, es decir, con cierto optimismo y motivación, tienes que caminar 
hacia allí. Resistir es como decirte me quedo como estoy porque todo podría ser peor y, por 
tanto, no avanzas. Como nuestro entorno cambia sin parar, si sólo resisto, si no avanzo, me 
quedo atrás. Por supuesto que el hecho de persistir siempre incluye una dosis de resistencia, 
especialmente los días que no podemos seguir avanzando. Pero es necesario que nunca 
perdemos de vista nuestra meta, nuestras metas.

 
Para acabar de intentar entender y asumir la diferencia, veámoslo desde la óptica de la 
neurociencia: todo lo que somos, todo lo que decidimos, todo lo que sentimos se encuentra en 
el cerebro, un órgano "que tiene el tamaño de un coco y la forma de una nuez". El cerebro 
sufre ante cualquier incertidumbre y una de las funciones principales del cerebro es anticiparse 
a los cambios, las novedades o las incertidumbres que pueden representar una amenaza. Si 
esto no se hace bien, aumenta la sensación de miedo. Más miedo de la que haría falta para 
gestionar una situación compleja como la que vivimos porque si el cerebro sufre ante las 
incertidumbres, ¿como no tenemos que sufrir con esta pandemia? ¿Podríamos haber 
imaginado hace sólo unos meses una situación más cambiante e incierta que la actual?

 
En las circunstancias de pandemia actuales, en que todo es incierto, persistir es no 
conformarnos. Seguir las normas que se nos dan para evitar grandes contagios, sí, pero no 
creerlas de manera sumisa sino entender por qué lo hacemos, tomando conciencia de las 
limitaciones con un punto de optimismo, que es difícil en situaciones como esta: ver qué 
puedes salvar, juntarte con los otros, todo menos decirte que no hay nada que hacer. Y 
recordar que lo que hace el grupo nos influye, pero lo que hacemos nosotros también influye 
el grupo. Nos cuesta tanto gestionar la incertidumbre porque llevada al extremo es una 
amenaza y, por tanto, debemos protegernos, pero también puede ser una oportunidad y si se 
ve como una oportunidad, hay que estar pendiente de poderla aprovechar para que no pase 
de largo.

 

El problema es que la amenaza de la pandemia es múltiple (de salud, económica, personal, 
familiar, social,...) y sabemos que hay mucha gente que no le ha ido bien en uno o más de uno 
de sus aspectos, por lo que todavía vemos la amenaza con más intensidad y nuestro cerebro 
responde a las amenazas con la emoción del miedo, que nos lleva a escondernos o a huir, o 
con la emoción de la ira, que nos lleva a defendernos agresivamente. Pero hay que pensar 
que las oportunidades volverán. Por eso hay que persistir, porque si estamos convencidos de 
que las oportunidades volverán, la forma en que nuestro cerebro gestiona la situación es a 
través de la curiosidad, ver qué puedo aprovechar de esta oportunidad. Puede tardar más o 
menos, depende, entre otras cosas, de cuando tengamos la vacuna, pero las oportunidades 
volverán y, como se ha apuntado, hay que estar alerta para que cuando lleguen, que llegarán, 
no pasen de largo. 

 
En esto tiene mucho que ver la Educación (con mayúsculas), con la tradición cultural y 
educativa de cada país, porque hay tradiciones educativas en que la reflexión está presente 
desde la infancia: la escuela no dice que las cosas han de aprender porque sí sino que 
dedican muchas horas a discutir por qué las cosas son como son, sus ciudadanos están 
acostumbrados desde pequeños a cuestionarlo todo, desde muy pequeños los hacen 
reinterpretar todo lo que van aprendiendo, mientras nosotros estamos más acostumbrados a 
creérnoslo. 

 
El problema es que cuando acabe (y cómo acabe) todo ésto, saldremos un poco “tocados”, 
seguro, pero no tiene porque ser en un sentido negativo; hay el síndrome llamado de la 
cabaña, de las personas que han pasado mucho tiempo encerradas en una habitación o en 
una casa, y luego tienen miedo a los espacios abiertos, a las personas desconocidas, porque 
no se sienten protegidas, lo que puede llevar o hacia un cierre interno, o hacia un incremento 
de agresividad.  
 

Al final, lo único positivo ante esta situación confusa, aunque no lo parezca, es afrontarla con 
optimismo3, parte ciencia y parte carácter porque el optimismo es un estado mental que se 
relaciona con la motivación y con la felicidad y, precisamente, uno de los objetivos individuales 
y como sociedad es ser felices, o intentarlo, al menos y persistir en ello. Como contrapunto, el 
miedo sólo produce el ser temerosos. Debemos persistir para lograr ser felices. Si todo lo 
hacemos bien, hay muchos números para que todo acabe bien pero no podemos renunciar a 
la reflexión y a tomar decisiones pensando en todos. Pensar es cansado, sí, pero no podemos 
dejar de hacerlo si queremos ser los verdaderos directores de nuestra vida.

 
Para quien quiera saber más, y volviendo al principio, David Bueno acaba de publicar "El arte 
de persistir", un viaje a las profundidades del cerebro para aprender a gestionar el cambio y la 
incertidumbre que ahora, en plena tercera ola (¿o es primera inacabada o continuación de la 
segunda, o… ?) de confinamientos, su lectura es especialmente oportuna pues no sólo habla 
de los efectos de esta pandemia en nuestra salud mental sino que nos recuerda que todo lo 
bueno y extraordinario que tiene el ser humano, pero también toda su maldad, tienen que ver 
con lo que pasa dentro del cerebro y las doscientas páginas del libro describen con detalle 
este órgano vital y, aún, lleno de secretos. 
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1David Bueno Torrens es doctor en biología y profesor de genética en la Universidad de Barcelona tras haberlo sido en la de Oxford, centrándose en la genética del desarrollo y la neurociencia, y su relación con el comportamiento humano. Ha publicado más de cincuenta artículos científicos en revistas especializadas y, en el ámbito de la divulgación, ha escrito una decena de libros para acercar la ciencia a la ciudadanía, así como varios libros de texto. En 2010 ganó el Premio Europeo de Divulgación Científica «Estudio General»

2Musicalmente me puede gustar la canción, pero la letra, no. Dice que debemos resistir los golpes, y no estoy de acuerdo. Lo que tenemos que hacer es evitarlos, tenemos que aprender a gestionarlo todo para que los golpes no lleguen. A nadie le gusta recibir golpes. Por lo tanto, este "Resistiré" es un canto a no hacer y aceptar sin movernos todo lo que nos venga, aunque sufrimos.

3Una de las formas de disminuir la incidencia de los efectos negativos de esta situación por la pandemia es, curiosamente, manteniendo una buena rutina, tan similar como sea posible a la que teníamos “antes”. Sin rutina, la sensación de amenaza se incrementa, y con ella, el estrés y todos los efectos negativos que lleva asociados. Y, por supuesto, otra manera es mantenernos mentalmente y físicamente tan activos y proactivos como sea posible. La actividad contribuye a mantener buenos niveles de neurotransmisores implicados en la sensación de optimismo. No se trata, ya se ve, de "resistir", como dice la canción que ha vuelto a estar unos días de moda, sino de "persistir"

 

jueves, 14 de enero de 2021

Los otros


No, no se trata de un comentario a la obra literaria de Charles Dickens, llena de crítica social 
hacia, por ejemplo, la pobreza y la estratificación social subsiguiente de la sociedad victoriana 
de su tiempo, con empatía por el hombre común frente al escepticismo por la familia burguesa 
(Oliver Twist, de 1839, ya ha llovido y...), “humanizando”, sin ir más lejos, a personajes como 
el de la trágica prostituta, Nancy, cuando tales mujeres, para los lectores, eran apreciadas, en 
el mejor de los casos, como desafortunadas, inmorales víctimas inherentes de la economía 
del sistema victoriano. Tampoco se trata de rememorar a Edgar Allan Poe, reconocido 
renovador de la llamada novela gótica, y recordado especialmente por sus cuentos de terror. 

 
No, la reflexión de hoy viene originada por dolorosos hechos reales, hechos que atañen a ese 
colectivo que no se ve (porque “son sucios e incívicos”, cuando la verdad es que sólo pueden 
pensar así de ellos quienes lo tienen todo para una vida digna. Pero hay otras realidades, 
“Podrías ser tú”. ¿Cómo estaría el lector de estas líneas si tuviera que hacer en la vía pública 
todas las actividades –comer, asearse, realizar sus necesidades– que lleva a cabo en la 
intimidad de su hogar?), que se conoce como las “personas sin techo” y que se refiere a las 
personas que carecen de un lugar permanente para residir y que se ven obligadas a vivir a la 
intemperie, ya sea en la calle, en los portales de viviendas o temporalmente en albergues, 
normalmente a causa de una ruptura encadenada, brusca y traumática de sus lazos familiares 
y sociales (luego, le puede pasar a cualquiera como prueba el dato de que sólo un 13% de las 
personas sin hogar ejercen la mendicidad, porcentaje que coincide con el de personas sin 
hogar que tienen estudios superiores), que suele ir acompañada de la carencia de un medio 
económico de vida, todo ello, como se ve, consecuencia de un proceso en un sistema de 
protección social a todas luces insuficiente para evitar la caída de personas que acumulan 
varias vivencias traumáticas encadenadas que les hacen perder su estabilidad emocional, sus 
habilidades sociales, sus recursos económicos, su red de apoyo y la capacidad de revertir su 
situación. .

 
Representa el nivel máximo de exclusión social y marginación que realiza una sociedad 
moderna. En los países occidentales, la amplia mayoría de las personas en situación de calle 
son varones (75-80 %), particularmente solteros. Si hablamos de cifras, se calcula que sólo en 
Catalunya hay (siendo optimista) 5.500 personas durmiendo al raso, la mitad de ellas fuera de 
la capital, Barcelona. Y 5.500 más están hacinadas en habitaciones o espacios no habilitados. 


 
Y en ese escenario, la tormenta Filomena (devastadora pese a su nombre de chiste) se 
enseñorea de prácticamente todo el país, cubriéndolo de nieve en lugares donde habitualmente 
no nieva y manteniendo durante días temperaturas gélidas, debidos todos estos episodios, 
paradójicamente, al calentamiento global por el cambio climático. Y, en estos tiempos de 
pandemia por el aún desconocido Covid-19, mientras se hacía público un estudio que daba fe 
de que el 47 % de los agotados y estresados sanitarios veían deteriorada su salud mental, con 
un preocupante 3 % que se plantea el suicidio, y las televisiones ofrecían imágenes casi 
festivas de adultos inconscientes (que no comentaremos) que, obviando toda medida de 
protección, y entre el jaleamiento anti-gobierno (??) desde las Redes Sociales por esa actitud, 
disfrutaban de la nieve (sin prever, quizá, que en breve se convertirá en peligroso hielo) 
equipados como en una estación de esquí, una cadena de televisión informaba del drama de 
los sin techo por esta ola de frío y de los encomiables esfuerzos de unos puñados de 
voluntarios por conseguir sacarlos de las calles y llevarlos a un albergue, al menos estos días.

 
Es lo que ocurre entonces lo que provoca estas reflexiones, que es la constatación de que, en 
la mayoría de los casos, los si techo rechazan el ofrecimiento del albergue y optan por seguir 
durmiendo a la intemperie a pesar, no sólo del frío extremo de estos días, sino también de la 
evidencia de que las personas sin hogar sufren agresiones y padecen enfermedades que no 
son atendidas o lo son de manera inadecuada o de que, marginados, pierden sus derechos 
(no pueden empadronarse, votar, no tienen tarjeta sanitaria, ni intimidad ni propiedad privada, 
no tienen su seguridad garantizada…) ¿Y rechazan un albergue?

 
Analicemos. Los recursos de que se dispone y que se ofrecen están enfocados a atender la 
emergencia, no a la reintegración social (el 80% de esos recursos sociales son asistenciales y 
eso significa que institucionalizan a la persona pero no consiguen su integración). No se trata 
sólo de aumentar el número de plazas de albergue  (que también y cada vez más) si esto no 
va acompañado de otras medidas y si al final se les lleva a albergues masificados en la 
periferia de las ciudades (es estadísticamente demostrable que comedores y centros de día 
suelen estar en el centro y los albergues, ciertamente, en la periferia) que, además, suelen ser 
como los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE): puras cárceles, un lugar en el que, 
cuando se entra, deben abandonarse todas las pobres pertenencias (mantas, colchones,…), 
que habrán desaparecido cundo se salga, un cajón de sastre de gente de todo tipo metida 
junta sin más, sin tener en cuenta situaciones complejas, mezclando a todos: a gente “sana” 
con gente con problemas de alcohol, de drogadicción, psicológicos... con unas normas, no ya 
estrictas, sino difíciles de llevar a la práctica, como que los albergues no admitan animales, 
mascotas que en casi todos los casos son la única alegría para esa gente que lo ha perdido 
todo: calor, compañía...y quitarles eso es quitarles lo último que realmente les queda, sin 
olvidar que un albergue es un apaño temporal y que después se ha de volver a la calle… con 
la posibilidad de que algún otro haya ocupado en ese tiempo el “confortable” lugar donde se 
pasaba la noche antes del albergue. Y es muy duro. Ya decía Dickens que la marginalidad es 
propiciada en gran medida por la migración del campo a la ciudad (atajémoslo), y que también 
cabe destacar el papel del sistema policial y judicial, el cual no duda en castigar severamente 
a los marginados a pesar de saber que no son delincuentes ni suelen ser agresivos.


 
Para acabar de arreglar esta situación endémica viene la pandemia y el confinamiento. Según 
datos de la fundación Arrels1, se observa "un aumento en la frustración, ansiedad, estrés e 
impotencia entre las personas que viven al raso a causa de la pandemia y sus consecuencias. 
Cuando aún estábamos en confinamiento en estado de alarma hablamos con 367 personas 
sin hogar y 8 de cada 10 nos contaron que, como consecuencia de la pandemia, su situación 
empeoró o seguía igual” aparte de que, por razones meramente económicas, la cifra de 
personas sin techo se ha incrementado en más de un 25 % desde el inicio de la pandemia.

 
Con todo ello, la noticia es que dos hombres de ese colectivo de “sin hogar” han muerto en las 
últimas horas en Barcelona (18 todo el pasado año), muy posiblemente víctimas del episodio 
de frío extremo, nieve y lluvia que ha agravado dramáticamente las condiciones de vida de los 
sin techo. Tenían 38 y 32 años y pernoctaban al raso. El de 32 años no estaba sólo cuando lo 
encontraron; los agentes de la policía que recibieron el aviso que alertaba de que una persona 
sin hogar podría haber muerto en el recinto del parque de la Ciutadella, descubrieron al llegar 
que junto al cadáver había un segundo sin techo (¡de 19 años!) que presentaba síntomas 
compatibles con una hipotermia, un descenso severo de la temperatura corporal que puede 
causar la muerte. Lo llamativo del caso es que esta persona fallecida había rechazado el 
mismo día pernoctar en un albergue y el otro fallecido, de 38 años, ya había contactado con la 
citada Fundació Arrels en el 2014 y había sido usuario de su centro abierto.

 

Como consecuencia, las entidades sociales consideran que la muerte de dos personas sin 
techo en plena ola de frío en nuestra “civilizada sociedad opulenta”  evidencia la urgente 
necesidad de afrontar cambios radicales en la atención de este colectivo. El mensaje es claro: 
menos tiritas, más remedios consistentes y con la mirada puesta en el largo plazo; la solución 
no pasa por grandes instalaciones temporales a las que no quieren ir los ciudadanos sin hogar, 
sino por infraestructuras pequeñas y sin normas insalvables donde poder abordar cada caso y 
encarrilar salidas a la calle para lograr su autonomía, en los casos que sea posible. 
Casualmente (o no), ayer, el mayor de los Mossos d’Esquadra, la policía de Catalunya, Josep 
Lluís Trapero, difundió un comunicado interno pidiendo a los agentes una mayor implicación 
para detectar las necesidades de las personas que estos días y noches, con temperaturas 
gélidas, siguen a la intemperie, remarcando que cabe detectar estos casos tan vulnerables, 
muy agravados por la severidad meteorológica, reforzar el vínculo con las instituciones 
especializadas y traspasar la información a los servicios sociales. En definitiva, más empatía 
con este colectivo. Y es que estamos inmersos en una dinámica en la que las administraciones 
no responden a los problemas de raíz porque no disponen de medios (ni revisan determinadas 
leyes), pero la sociedad también puede actuar. Y en eso estamos. 
 
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1Entidad privada que atiende y orienta a las personas sin hogar que viven en las calles de Barcelona desde un centro inicial abierto en 1986 en el deprimido barrio de El Raval. Las acompañan para conseguirles una vida lo más autónoma posible cubriendo las necesidades básicas, proporcionando atención social y sanitaria y garantizando alojamiento a aquellas personas que se encuentran en una situación más vulnerable.

 

domingo, 10 de enero de 2021

De las fake news a las trolas.


 En unos tiempos en los que algunos sostienen que el español, hablado por más de 500 millones de personas, “está en peligro, amenazado” por una lengua minoritaria, hablada por 7 millones de personas, como es bien sabido y en paralelo a esta insensatez con resabios de intolerancia, el idioma inglés sí que se ha convertido en la lingua franca o medio de comunicación más internacional, por lo que muchas sociedades occidentales están (ahora sí) expuestas al tremendo influjo de la lengua inglesa y España no es una excepción a esta influencia que se refleja de manera inequívoca, como se ha demostrado en diferentes estudios académicos relacionados con el anglicismo en el español en el nivel léxico, que se trata de la modalidad de anglicismo más perceptible y evidente. Conviene distinguir, no obstante y según los lingüistas, entre diferentes tipos de anglicismos:

 - Anglicismos crudos, que son voces que mantienen en español la grafía inglesa y un reflejo de la pronunciación originaria más o menos fonético: cruising, escort o petting. 

- Anglicismos en período de aclimatación, en los que unas veces la grafía y otras la pronunciación se han adaptado al español, por ejemplo bolliscout .

 - Anglicismos totalmente asimilados o términos que ya se han incorporado plenamente en la lengua española desde hace siglos bien directamente desde el inglés (chutar, túnel, suéter), bien a través del francés (norte, sur, babor). 

- Calcos. Adaptaciones que se refieren a conceptos desconocidos por el que adapta, como rascacielos (skyscraper) o perro caliente (hot dog).

 - Calcos semánticos, representados por voces españolas que, por su parecido formal con otras inglesas, reciben del inglés acepciones que no poseían en el español europeo como audiencia ('público') o romance ('amoríos').

 Que la subrepticia amenaza, la real sobre el castellano por el inglés, no la otra, la que cacarean algunos politicastros, es un hecho más grave de lo que parece lo corroboran, entre otras razones de carácter técnico, el paralelismo del uso del anglicismo de que se trate con la evolución y costumbres sociales a que se refiere y que dicte como anglicismo asumido las modas de expresión y uso del término entre nosotros. Respecto a la primera circunstancia, en España, allá por los 70s-80s nos dio por comenzar a salir a correr, y nos empezó a sonar bien la palabra “footing” (en realidad nadie que hable inglés se referirá al hecho de correr con la palabra “footing”), después lo cambiamos por “jogging” que, éste sí, el Oxford Dictionary lo describe como “la actividad de correr a un ritmo constante y suave como una forma de ejercicio físico.” y ahora, haciendo lo mismo, resulta que hacemos “running”, que es la mejor palabra del idioma inglés para identificar a todos aquellos que corren habitualmente, sea su motivación estar en forma, matar el tiempo o entrenar para batir sus marcas. Y la pregunta sigue en pie, la de para qué necesitamos una palabra en inglés para algo que podemos denominar en nuestro idioma. Sin entrar en matices, las razones de que se haya fomentado la palabra “running” como denominador de un fenómeno tienen como responsable fundamentalmente a la industria, a los fabricantes de prendas y utensilios para la práctica del deporte, en concreto. Casi todos los fabricantes de prendas deportivas vienen de fuera de España, y casi todas ellas son grandes marcas que tienen muchas líneas de producto para diferentes deportes o usos y, bien porque son de origen angloparlante o por dirigirse a un público global, usan la palabra “running” para diferenciarla de otras líneas de negocio. 


Para lo segundo, las modas, basta acudir a eso que se ha popularizado como “fake news”, término utilizado para conceptualizar la divulgación de noticias falsas como los Duros de Cádiz que provocan un peligroso círculo de desinformación. Siempre han existido las noticias engañosas, pero a partir de la emergencia de Internet y de las nuevas tecnologías de comunicación e información, las “fake news” han proliferado a lo largo y ancho del planeta. Las redes sociales permiten que los usuarios sean a la vez productores y consumidores de contenidos, y han facilitado la difusión de contenido engañoso, falso o fabricado. Así se genera un círculo vicioso, y una noticia falsa se replica miles de veces en cuestión de segundos, dándose la circunstancia de que los hechos objetivos son menos importantes a la hora de modelar la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales. Un ejemplo clave para explicar esto, es la campaña presidencial de Donald Trump en 2016. Su victoria como nuevo presidente de los Estados Unidos fue posible gracias al tratamiento de manipulación de verdad. Según la web Politifact (sitio web de verificación de hechos que califica la exactitud de las afirmaciones de los funcionarios electos y otras personalidades públicas. Se trata de un proyecto en el que los periodistas y editores del Times y las declaraciones de los medios de comunicación afiliados comprueban las declaraciones de los miembros del Congreso, la Casa Blanca y grupos de interés) el 70% de las declaraciones electorales de Trump eran bastante falsas, enteramente falsas o grandes mentiras.
 

Pero sería un error centrarse para hablar de eso de las fake news sólo en las mentiras de Trump. La difusión de noticias falsas con el objeto de influir en las conductas de una comunidad tiene antecedentes desde la antigüedad: el incendio de Roma, sobre cuyo origen aún existen dudas, derivó en julio de 64 en una de las más recordadas persecuciones a los cristianos; según la versión más difundida, entre el pueblo de Roma corrieron rumores que afirmaban que el emperador Nerón había ordenado que se provocara el incendio; a fin de desviar las sospechas que caían sobre él, Nerón acusó a los cristianos. Durante la Edad Media se produjeron en Europa varios episodios violentos: en 1475 se difundió en Trento la acusación de un supuesto crimen ritual practicado por judíos del cual resultó víctima un niño de dos años llamado Simón y varios miembros de la comunidad judía fueron condenados a muerte mientras el niño fue canonizado como mártir (en 1965, revisado el caso, se comprobó que los judíos condenados eran inocentes y se suprimió el culto del niño pese a lo cual, algunos grupos antisemitas o de posturas radicales aún sostienen en la actualidad que Simón de Trento fue efectivamente un niño martirizado por los judíos). 


Tras el descubrimiento de América, se difundieron en Europa relatos acerca de sitios de inmensa riqueza, como los que dieron forma a la leyenda del País de Jauja, la Ciudad de los Césares o El Dorado. Más tarde, el periodismo amarillo alcanzó su punto máximo a mediados de la década de 1890, en la guerra de circulación entre el New York World de Joseph Pulitzer y el New York Journal de William Randolph Hearst. Pulitzer y otras editoriales de periodismo amarillo, mediante noticias falsas, incitaron a Estados Unidos a la Guerra Hispanoamericana, que se precipitó cuando el USS Maine explotó en el puerto de La Habana, Cuba. No es un fenómeno nuevo, no, se llame “noticias falsas” o “fake news”. Y, ¿qué decir de la situación delicada de hoy? En el marco de la emergencia global producida a raíz de la pandemia por el coronavirus Covid-19, diversas instituciones alertaron acerca de la reproducción de fake news, incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) acuñó la expresión "infodemia" para referirse a la sobreabundancia y multiplicación de información falsa en relación con el brote epidémico, lo que podría resultar un factor de riesgo adicional para la efectiva contención de la epidemia global.
 

Ya que hemos hablado de los judíos como chivo expiatorio y propiciatorio de “fake news”, no está de más recordar que la propaganda nazi incorporó las técnicas de comunicación de masas más avanzadas de su tiempo, como la radio, para distribuir sus mensajes atrayendo amplias capas sociales y que medios de prensa escrita afirmaban que los enemigos políticos del régimen, especialmente los judíos, eran responsables del malestar y las dificultades que enfrentaba la sociedad alemana en el período de entreguerras, logrando así el consenso, la aprobación y la colaboración con sus objetivos de miles de personas. 


Seguramente ninguna falsificación de la historia moderna ha demostrado ser más duradera que ese panfleto antisemita conocido como Los protocolos de los sabios de Sión. A principios del siglo XX fueron inventados por la policía zarista, conocida como Ojrana (“protección” en ruso, que trabajaba para lo que entonces era el régimen antisemita más poderoso de Europa). Su autor fue el jefe de la delegación de la policía secreta zarista en París en 1890 tomando como modelo un planfleto contrario a Napoleón III escrito por Maurice Joly (el libro de Joly nunca menciona a los judíos pero mucho del libro de los Protocolos serían fabricados sobre ideas contenidas allí dentro) y basándose en una oscura novela alemana de 1868, Biarritz, de Hermann Goedsche, en la que misteriosos líderes judíos se encuentran en un cementerio de Praga aspirando a apoderarse de naciones enteras a través de la manipulación de divisas, y buscando la dominación ideológica mediante, precisamente, la difusión de noticias falsas. En la novela, el Diablo escucha con simpatía los informes que le presentan los representantes de las tribus de Israel, describiendo el caos y la subversión que han causado y la destrucción que está por venir.
 

El escritor ruso Sergei Nilus incluye los Protocolos como apéndice a su libro El Grande en el Pequeño: El Advenimiento del Anticristo y el Dominio de Satán en la Tierra. Para 1917, Nilus publica cuatro ediciones de los Protocolos en Rusia. El documento se convirtió en un fenómeno mundial solo unas dos décadas después. La profusa publicación y sus reediciones coincidieron tanto con la pandemia de influenza de 1918-20, más conocida como “gripe española” (casualmente como ahora la difusión de noticias falsas coincidiendo con la pandemia del Covid-9), como con las secuelas de la Revolución Bolchevique de 1917. Los Protocolos llegaron también a Alemania, antes del ascenso de Hitler al poder. 

Culpar a los judíos por enfermedades y disturbios políticos no era nada nuevo. Los judíos habían sido masacrados durante la Edad Media a raíz de acusaciones de haber envenenado pozos y propagado plagas y habían sido expulsados de media Europa. Volviendo al panfleto moderno, se sabía que el zar Nicolás II, el último de los Romanov, había leído los Protocolos antes de ser ejecutado por los bolcheviques en 1918 y que al año siguiente, Hitler pronunció su primer discurso grabado, en el que describió una conspiración internacional de judíos —de todos los judíos— para debilitar y envenenar a la raza aria y extinguir la cultura alemana, y aunque consta que el propio Hitler no estaba seguro de la autenticidad de los Protocolos, dijo a uno de sus primeros asociados que eran “inmensamente instructivos”, al exponer lo que los judíos podían lograr en términos de “intriga política” y al demostrar su habilidad para el “engaño y la organización”.

 Desde sus inicios, Adolf Hitler los utilizó en sus discursos para explicar los desastres de la derrota de la guerra, el hambre y la inflación destructiva justificando así el exterminio de millones de personas. Durante el Tercer Reich, este libro formó parte de la propaganda nazi para justificar el ataque y persecución de los judíos. Se utilizó como manual, mencionado en el Mein Kampf, del propio Hitler, obligatorio para los estudiantes alemanes. Los Protocolos fueron traducidos a diferentes idiomas y reutilizados en distintas oportunidades por grupos neonazis y de extrema derecha desde 1945 hasta la actualidad. 


Pero, ¿por qué este documento u otros infundios similares, generalmente referidos a minorías, que se ha comprobado que son falsos siguen prevaleciendo hoy? Quizá la explicación más simple sea la incultura y la irracionalidad humanas de sus seguidores, que ni la educación ni la ilustración han logrado derrotar. En concreto, en el caso de los Protocolos, el deseo de creer en la fantasía maligna de un subrepticio dominio judío sobre la economía internacional y los medios de comunicación, lo que también valida la visión del historiador de la Universidad de Columbia, de Estados Unidos, Richard Hofstadter1, que detectó en el extremismo político una tensión apocalíptica y la creencia en una inminente confrontación entre el bien y el mal absolutos. Las conspiraciones marcan los anales del pasado. Pero especialmente para aquellos ciudadanos que anhelan la seguridad de un estilo de vida estable, la paranoia política es tentadora, como la creencia de que “la historia es una conspiración” en la que fuerzas invisibles son los oscuros mecanismos impulsores del destino humano. Debido a que el antisemitismo ha sobrevivido casi un par de milenios, ninguna forma de prejuicio ha encontrado un lugar más vívido en la imaginación. Y el hecho de que jamás se haya podido comprobar una conspiración judía internacional no ha agotado el poder de los Protocolos para aprovechar las corrientes subterráneas de la demonización.
 

Lo que mantiene la influencia de los Protocolos entre los trastornados y los extremistas no es el contenido del texto en sí —que probablemente pocos de ellos hayan leído en sus diversas versiones—, sino lo que esta falsificación pretende subrayar, que es la influencia asombrosamente astuta de judíos, o de cualquier otro que convenga a sus fines: negro, extranjero, gay, mujer, etc., en la historia moderna. Por tanto, los Protocolos no tienen importancia en sí mismos puesto que ya se sabe que; son espurios. Pero otorgan soporte a los miedos apocalípticos, que no podrían sobrevivir sin algún ingrediente de plausibilidad por muy descabellado que sea 

O sea, las “fake news” de nunca acabar. O las noticias falsas, sin anglicismos.

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1Richard Hofstadter (1916 - 1970) fue un historiador e intelectual estadounidense que rechazó el enfoque “comunista” de la historia y, en la década de 1950, se acercó más al concepto de " historia del consenso ", por lo que algunos de sus admiradores lo personificaron como el "historiador icónico del consenso liberal de posguerra". Hofstadter fue igualmente crítico con los modelos socialistas y capitalistas de sociedad, y lamentó el "consenso" dentro de la sociedad como "limitado por los horizontes de la propiedad y el espíritu empresarial". criticando el concepto de"cultura capitalista liberal hegemónica a lo largo del curso de la historia estadounidense "

Sus obras más conocidas (algunas editadas en castellano) son Social Darwinism in American Thought, 1860-1915, La tradición política estadounidense, La era de la reforma, Anti-intelectualism in American Life y algunos ensayos recopilados en The Paranoid Style in American Politics.

martes, 5 de enero de 2021

Efemérides que pasan desapercibidas (¿o incomodan?).

El paisaje y el entorno de la mina hoy.

Hoy, 5 de enero de 2021, festividad de Reyes, "la noche más esperada del año" según se 
acostumbra a decir, con la mente focalizada aún casi en exclusiva en la pandemia del 
Covid-19, las restricciones que comporta y sus efectos, y la confusión emocional de estos días 
que antes eran claramente festivos, particularmente porque nosotros, que nos creíamos 
invulnerables a todos los males, hemos descubierto que no tenemos “soluciones mágicas” 
(pese a que esta sea la noche de los Reyes Magos) para ésto, se entiende que pase totalmente 
desapercibido que hoy hace exactamente 100 años que se produjo la tragedia del incendio en 
el Pozo número 7 de la mina “Virgen de Araceli”, del distrito minero de Linares-La Carolina, en 
el municipio de Baños de la Encina, en la provincia de Jaén, con 23 víctimas mortales. En las 
actuales ruinas de la mina aún se puede ver la "boca" del pozo, que resulta impresionante.

 
La minería es (y era peor entonces) una actividad especialmente dura, insana y peligrosa 
pese a que proporcionaba salarios más elevados que en la agricultura y en algunas clases de 
industria. A las inevitables enfermedades pulmonares causadas por la humedad y por los 
continuos cambios de temperatura, a las documentadas anemias y a la pavorosa silicosis  (de 
lento desarrollo hasta los inicios del siglo XX y fulminante desde la aparición de la perforación 
mecánica) habría que añadir la repetida accidentalidad que devenía obligada contribución al 
trabajo en la mina y, con escandalosa frecuencia, llevaba a los hogares la tragedia y la 
desolación. Y eso es lo que pasó en la mina “Araceli”.

 
La mina “Virgen de Araceli” estaba ubicada en un paraje de topografía accidentada a unos 15 
kilómetros de La Carolina y 15 también de Baños de la Encina, municipio al que pertenecía, 
en la llamada Dehesa1 de las Belmaras, de donde tomó el nombre para la construcción de la 
barriada de casas que servirían de alojamiento de los mineros. Aún hoy, en una loma enfrente 
de lo que era el pozo de la mina se pueden ver los restos, nada más que ruinas, del Poblado 
de las Belmaras o de Araceli2, que no debió ser muy distinto al de las cercanas minas de El 
Guindo o incluso, en mucha menor escala, al de El Centenillo3. La excavación en la mina se 
realizaba con facilidad por la escasa dureza de la roca y el insignificante desagüe que se 
producía en los trabajos. Por contra, las labores de entiba con maderas resultaban de suma 
importancia debido, precisamente, a la escasa consistencia del terreno y era usual que 
hubiera madera almacenada con estos fines.

 
Impresiona la boca del pozo.

Por la clase de construcción de la mina, el pozo número 7, por el que se canalizaba el 
movimiento de entrada y salida del personal en jaulas de un solo piso, se convirtió en la 
práctica en una gigantesca chimenea en la que se hacía necesario regular el exceso de tiro.  
Con la intrincada labor y los accesos a las diferentes plantas, la poca consistencia de los 
terrenos, la escasa humedad y la fuerte ventilación, la mina era una trampa mortal en 
disposición de ser activada en cualquier momento por alguna fatal circunstancia. Y el día 5 de 
enero de 1921 tuvo lugar el episodio que desencadenó la tragedia.

 
En el documentado estudio de Francisco Gutiérrez Guzmán El incendio de la mina “Virgen de 
Araceli”, de 2001, editado por el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos de Minas de Linares, 
consta verificado que ese día (hoy sería “tradicionalmente” casi festivo), miércoles, había en 
el interior de la mina 44 trabajadores de los que la mayoría, acabada a las 15:30 la jornada de 
trabajo del primer turno, ya se hallaban esperando la jaula para volver a la superficie o se 
dirigían a ella. En la planta 9ª, paralelamente, se estaban colocando unos barrenos en el túnel 
cuya mecha  de dinamita, por accidente, cayó sobre la muy reseca madera de pino preparada 
para entibar provocando un incendio que se propagó en sentido vertical con extraordinaria 
rapidez. Las llamas invadieron las plantas 8ª y 9ª, y el humo se desplazó a gran velocidad al 
pozo 7, donde estaban los trabajadores esperando la jaula. Muy poco tiempo después, la 
boca del pozo 7 era un penacho de humo con un fuerte olor a resina, indicativo de la 
combustión de las maderas.

 
De los 44 trabajadores que había en la mina, 7 salieron a la superficie antes del incendio o al 
captarse sus primeras señales, 10 consiguieron tomar la jaula al exterior (de los que 5 iban 
dentro y 5 fuera, agarrados al techo), 4 quedaron detrás del fuego y consiguieron salir por 
intricadas y laberínticas galerías y escaleras por el pozo 6, en dirección opuesta al avance de 
las llamas, y los 23 restantes perecieron en el siniestro, alcanzados de lleno por el humo de la 
combustión mientras esperaban la jaula o iban camino de ella. Tenían desde 19 años el más 
joven a 48 el de mayor edad. La rápida quema de las maderas y la consecuente destrucción 
del entibado produjo hundimientos en las galerías que dificultaron la corriente normal de 
ventilación, que se derivó por otras galerías hasta su salida en tromba por el pozo 7.

 

P
or la magnitud de la catástrofe y por la escasez y opacidad de la información publicada, se 
desataron toda clase de rumores que desorientaron a la opinión pública e hicieron correr 
versiones sobre el luctuoso suceso que no se ajustaban a la realidad hasta el punto de que 
algunas operaciones de salvamento (eso sí, discutibles) quedaron oscurecidas por la 
información oficial, claramente tergiversada, publicada. El día 11 de enero (6 días después de 
la tragedia), el Consejo de Dirección de Reformas Sociales de la Dirección General de Trabajo 
e Inspección nombra una Comisión compuesta por un funcionario de la propia Dirección 
General, un vocal patrono y otro obrero, con el objetivo de que elabore un informe sobre la 
catástrofe ocurrida en la mina, y el vocal obrero optó, de la forma oficialmente prevista, de 
realizar un informe aparte, que a la postre resulta de un interés extraordinario puesto que es el 
único que “rompe una lanza” en favor de los trabajadores (como no podía ser de otra forma)  
en contraste con los otros informes, claramente contemporizadores con los responsables de la 
mina a quienes eximían de responsabilidades por no tener, por ejemplo, extintores o no 
disponer de servicios médicos.

 
Edificio de entrada al Pozo nº 7 hoy.

E
l considerable retraso en la extracción de los cadáveres (los dos primeros se rescataron el 
día 8, tres días después del siniestro) prolongó la situación de angustia de las familias y el 
malestar social en La Carolina, donde, en señal de duelo, se declararon en huelga todos los 
mineros de la zona y se cerraron todos los comercios e industrias locales. Por las autoridades 
se ordenó la concentración de la Guardia Civil en esa ciudad por temor a que se ocasionaran 
alteraciones del orden público (que no se produjeron) durante el entierro de las victimas, aún 
sin rescatar, todavía en el interior de la mina.

 
El día 18 de enero se extraen seis cadáveres de la planta 9ª y al día siguiente, los equipos de 
salvamento, mediante la instalación de un ventilador para purificar el aire, pueden acceder sin 
peligro al lugar donde dos días antes habían descubierto cuatro cuerpos y rescatarlos, 
quedando ahora otros diez ilocalizados, en el interior de la mina. El día 20 por la mañana 
encuentran cinco de ellos y por la tarde tres. El 8 de febrero es hallado, totalmente carbonizado 
(único en ese estado), el penúltimo de los cuerpos y finalmente el día 10 de febrero, 36 días 
después de la tragedia, fue descubierta y sacada al exterior la última víctima. La razón 
principal de que el proceso fuera tan lento fue la de evitar nuevos accidentes que podían ser 
graves a los equipos de rescate, habida cuenta de la situación precaria que había dejado el 
propio incendio y los derrumbes subsiguientes.

 
Hubo una vez un poblado vivo...

L
a magnitud del drama humano es fácil de imaginar. Las atribuladas familias de los mineros 
fallecidos, situadas en los alrededores de la mina (hasta donde la Guardia Civil los dejara 
llegar),  esperando los primeros días el milagro de verlos salir del pozo con vida y sumidas 
después en la consternación ante la exasperante lentitud en la recuperación de los cadáveres, 
debieron producir escenas sobrecogedoras. Hay que señalar, además, que las condiciones de 
vida de la clase trabajadora, también en lo referido a previsión social, sin pensiones ni otros 
beneficios económicos para los familiares de las víctimas, dejaban bastante que desear en 
aquella época y al dolor por la muerte de un ser querido había que añadir la inmediata 
desolación económica en que se veía sumida la familia, con lo que la habitual calificación de 
“pérdida irreparable” quedaba desprovista de cualquier connotación romántica o literaria y se 
reducía a su más crudo significado.

 
La mina siguió funcionando hasta su cierre definitivo, ocurrido durante nuestra guerra (in)civil,  
pese a la creencia generalizada de que cesó sus actividades tras el incendio. Como la mina 
estaba ubicada en el término municipal de Baños de la Encina y la mayoría de los fallecidos 
vivían en el poblado de Las Belmaras, del mismo municipio, fue en ese Registro Civil donde 
se hicieron las correspondientes inscripciones de defunción y era en su cementerio donde 
correspondía también el enterramiento pero, sorprendentemente, el Gobernador Civil, de 
acuerdo con el Juez Instructor, determinó que ese camposanto tenía poca capacidad y que 
los cadáveres debían ser trasladados a La Carolina, ciudad en la que no residía ninguno de 
los fallecidos.

 
A iniciativa de la Cruz Roja de La Carolina se erigió un mausoleo en el cementerio, aunque no 
en lugar preferente del mismo, rehabilitado en 2013, con los nombres en una lápida de los 23 
desventurados que perdieron su vida en el incendio de la mina “Virgen de Araceli” en fecha 
señalada, el día de la Noche de Reyes de 1921. «Entre todos los sucesos de los últimos días 
he ahí esos dos, terriblemente trágicos: el naufragio del Santa Isabel (vapor transatlántico "el 
Titanic gallego", ocurrido el 2 de enero, con 213 víctimas) y el incendio en la mina Araceli 
- escribió entonces en el ABC el escritor y periodista Wenceslao Fernández Flórez -. Los dos 
son accidentes del trabajo humano. Los emigrantes que conducía el buque y que murieron en 
lo profundo de las aguas y los mineros que encontraron la muerte en lo profundo de la tierra 
eran humildes conquistadores del mendrugo de pan». 
 
Curiosamente, una de las consecuencias indirectas que se conoce del incendio de “Virgen de 
Araceli” fue que provocó la marcha de La Carolina, entre otros muchas personas anónimas, 
del entonces jovencísimo Eulogio Muñoa Navarrete, luego gran y también poco reconocido 
poeta (aunque tenga dedicada una calle con su nombre en el pueblo), cuyo padre trabajaba 
en la mina siniestrada y él mismo realizaba tareas de ayuda en ella, en busca de un futuro 
alejado del mundo minero y sus peligros. Lo que son las cosas, también nos dejó un 5 de 
enero, ochenta y un años después de esta tragedia.

 
Paisajes cargados de historia.

P. S.
- Es una tendencia de estos últimos tiempos de bondad económica, facilidades de viajes 
y despreocupación generalizada (veremos lo que pasa con todo ello cuando acaben  
- ¿cuándo? - los efectos en la sociedad de la actual pandemia), el aprovechar las estancias 
la evasión en lugares de lo que podríamos llamar ubicaciones geográficas y paisajísticas 
privilegiadas buscando únicamente eso, el paisaje y el entorno, prescindiendo del 
conocimiento cercano de las situaciones difíciles y duras que acontecieron a quienes 
habitaban esos lugares cuando estaban vivos y no en ruinas, antes de que se convirtieran en 
lo que se pretende hoy: urbanizaciones de alto standing para desocupados con todos los 
adelantos técnicos y servicios, alejadas de los habituales circuitos turísticos pero con 
inmejorables accesos. No es una critica (no me corresponde hacerla, en todo caso), sino la 
constatación de un hecho reiterado y machacón.

 
El caso glosado por su centenario, el trágico incendio de la mina “Virgen de Araceli”, del que  
hoy ya nadie guarda memoria, seguramente por coincidir la fecha con una costumbre festiva 
como es la llegada de los Reyes Magos, entre otras razones, es excesivo, sin continuidad en 
el presente y aislado, pero su olvido, consciente o inconsciente, es indicativo de la evidencia 
de que muchos de los que se llenan la boca apelando al pasado son los primeros en 
menospreciarlo, en una clara falta de respeto, cuando no coincide con la “Arcadia feliz” en la 
que se escudan. Hace falta respeto por la historia de la mina “Araceli” y por muchas otras, 
 seguramente menores, que, las conozcamos o no, conforman un pasado que ha moldeado lo 
que hoy somos. 
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1El término dehesa, además de su significado etimológico como tierra acotada, tierra defendida, ha ido adquiriendo otro, actualmente más popularizado y que es el que corresponde aquí, como bosque ahuecado, bosque cultivado, cuya fisonomía general responde a una zona de pastos arbolada con encinas, alcornoques, quejigos y rebollos dispersos, y donde se desarrollan aprovechamientos muy diversificados -agrícolas, ganaderos y forestales- de forma complementaria.

2Este poblado dotado con escuela e iglesia, muestra la ya común separación entre viviendas de trabajadores e ingenieros. Construida para dar alojamiento a los trabajadores y sus familias de los pozos nº 7 y Amistad de la mina Araceli, en la actualidad, se encuentra abandonado.

3Los núcleos urbanos vinculados a las minas crecieron (barriadas obreras como El Carmelo o La Andaluza en Linares), y allí donde fue necesario, se crearon los nuevos poblados (La Cruz, Araceli, El Sinapismo, Los Guindos – o El Guindo, según fuentes - y El Centenillo). Llegó el ferrocarril y sus nuevas estaciones; se construyeron escuelas, hospitales y mercados; se abrieron casinos, círculos recreativos, cines, asilos; y al amparo de la mina se crearon las cajas de ahorro, los sindicatos de trabajadores y las agrupaciones musicales.