domingo, 18 de mayo de 2014

El mantra de la recuperación



Esta crisis produce extraños compañeros de cama y revela concomitancias actitudinales curiosas ante su evolución. Como se ha recordado, Portugal cierra estos días uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente: el del rescate financiero que recibió del resto de sus "socios" europeos hace tres años y que evitó que declarara la bancarrota, siguiendo en este proceso los pasos de Irlanda, es decir, sometiéndose a los dictados de la llamada troika e incluso sobrepasándolos, si hemos de fijarnos en las protestas sociales.

Es curioso que, analizando las declaraciones del Gobierno conservador de Pedro Passos Coelho, las analogías con el del también conservador Mariano Rajoy Brey son evidentes: en ambos se alardea de las condiciones del fin del rescate, en ambos se presume del descenso de la prima de riesgo para las emisiones de Deuda y en ambos, su máximo representante (Aníbal Cavaco Silva en Portugal y Juan Casarlos I en España) declara en el extranjero que cada uno de los respectivos países «ha recuperado la confianza de los inversores internacionales» y que su economía es ahora «más competitiva, más sostenible y más integrada en los mercados globales».

Pero, mientras los gobiernos brindan por esa aparente recuperación, el pueblo no está para celebraciones: las recetas de la troika han repercutido en la desaparición de pagas de los funcionarios, en brutales subidas de impuestos, en recortes de servicios públicos necesarios, en "retoques" de pensiones, sin contar la dramática evolución de las cifras de paro, totalmente desbocadas (al alza, por desgracia)... y los sangrantes casos de corrupción y saqueo, todo indica que consentidos, mientras el pueblo pasa auténticas penurias. El adiós a la troika no significa el fin de la austeridad, y la economía todavía está lejos, en ambos casos, de enfilar la senda de una recuperación sólida, capaz de restañar las muchas heridas recibidas, entre otras cosas porque siguiendo las directrices de la troika, se han centrado los esfuerzos en apretar el cinturón y las tuercas de los atribulados ciudadanos, recortando costes y subiendo impuestos. Y las reformas más profundas, las que mejorarían los ingresos fiscales o darían vigor al tejido industrial o de I+D por ejemplo siguen en el limbo.

Esto es así porque se olvida que la crisis la sufre el pueblo, no los estados y mucho menos los gobiernos, generalmente instalados en cómodas poltronas con privilegios muy por encima del resto de los mortales. Cuanto antes se asuma esa evidencia, antes podrá lucharse para salir de la crisis, teniendo en cuenta que esta salida no es el maquillaje de unas cifras macroeconómicas para conseguir el aplauso de los gobernantes del resto de países, sino la constatación de que se acaba el sufrimiento del pueblo. De otra forma es exhibir flagrante incompetencia por no saber identificar los problemas (dejemos de lado el pensar si a esta incompetencia se suma la ineptitud del gobernante como gestor, en cuyo caso, la salida del problema se puede eternizar) y simplemente obedecer órdenes "de arriba" o "de los mercados" sin iniciativa propia.. No son palabras  En el tema de las desigualdades sociales, por ejemplo, por el que han proliferado las protestas sólo se empieza a declarar que se tiene en cuenta (ni siquiera que entra en la agenda política) cuando los Estados Unidos admite que la desigualdad afecta a la estabilidad de su país y afirma que toma medidas para atajarla.

Para intentar demostrar que, efectivamente, los planos en que se mueven los gobiernos por un lado y los pueblos por otro son diferentes, y que las recetas son comunes (e inútiles), podemos proponer el juego de adivinar si los siguientes mensajes han sido lanzados por Passos en Portugal o por Rajoy en España: "queda un largo camino por recorrer, y no gozaremos de un día para otro de los beneficios de ser totalmente autónomos en nuestra economía, ahora que vuelve la recuperación»

¿Es o no un mantra?

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