A sólo unas semanas de “celebrar” (un año más), como si fuera realmente una festividad, el
Día Internacional de la Mujer, parece conveniente recordar, sin agobios de fechas y sin cargar
las tintas en sus reivindicaciones, que en esta pandemia (esto sí que es una pandemia)
mundialmente, millares de mujeres ya sufrieron y siguen sufriendo alguna forma de violencia
durante su vida. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) casi la mitad de las
mujeres asesinadas lo son por el marido o pareja, actual o ex. La violencia responde de
aproximadamente el 7% de todas las muertes de mujeres entre 15 a 44 años en todo el mundo.
En algunos países, hasta el 69% de las mujeres relatan haber sido agredidas físicamente y
hasta el 47% declaran que su primera relación sexual fue forzada. La violencia practicada
contra la mujer, o violencia de género, puede ser conceptuada como cualquier acto que
resulta o pueda resultar en daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer,
inclusive amenazas de tales actos, coerción o privación arbitraria de libertad en público
o en la vida privada, así como castigos, malos tratos, pornografía, agresión sexual e
incesto. Este es un problema mundial ligado al poder, privilegios y control masculinos, y
atañe a las mujeres independientemente de su edad, color, etnia, religión, nacionalidad,
opción sexual o condición social, sino sólo por el hecho de ser mujer. Es una forma de
violencia que persiste en el tiempo y se extiende prácticamente en todas las culturas y
sociedades, con un efecto, sobre todo, social, pues afecta al bienestar, la seguridad, las
posibilidades de educación y desarrollo personal y la autoestima de las mujeres1.
Dentro de la inconclusa retahila de actos contra la mujer calificados como violencia de género,
hay uno que me resisto a adjetivar y sobre el que, curiosamente, casi siempre se pasa de
puntillas, que es la violencia sexual dentro de la familia, habitualmente ejercida como
demostración de poder o sumisión (desde luego, no como muestra de amor y respeto) por
quienes gozan, en principio, de toda confianza: padres, hermanos,.. dejando aparte que el
incesto (consentido o inadvertido) es uno de los temas que más ha abordado la literatura. Ahí
están, por ejemplo, la misma Biblia (la historia de las hijas de Lot o la de Abraham y Sara,
antes de que la ley mosaica lo prohibiera), las grandes obras de Anaïs Nin, Lawrence Durrell,
George R. R. Martín o, más cercanos en nuestra cultura , Gabriel García Márquez, Juan Rulfo,
Mario Vargas Llosa, Ernesto Sábato o Julio Cortázar, que se han encargado de adentrarse en
los vericuetos de este asunto que siempre camina por la cuerda floja de la moral. También el
incesto tiene su reflejo en la antigua Grecia, donde las obras teatrales no tenían inconveniente
en contar historias que mezclaran pasiones amorosas entre madres, hijos, hermanos o padres.
Y, por supuesto, en la narrativa romántica, donde muchos de estos amores imposibles tienen
lugar dentro de la propia familia. Pero la violencia sexual es otra cosa, aunque se esconda o
disimule… o se considere “mal menor”.
Cuando, hace años, “descubrí” a la cantante mallorquina de lengua catalana María del Mar
Bonet a través, sobre todo, de la canción Què volen aquesta gent?2 (¿Qué quiere esta gente?),
de su investigación en las músicas populares de las islas Baleares, Cataluña, y de todo el
entorno mediterráneo, del jazz, o de la musicación de obras de poetas baleares, llamaba la
atención por lo chocante de su contenido y estilo la existencia en su repertorio de L'àguila negra,
(seguramente por razones comerciales, al cambiar de casa discográfica), una de las canciones
más conocidas y versionadas de la cantante francesa Barbara, que pasaba por narrar un
sueño “más bello, aún, que la propia canción”3 y así era tomado por el oyente durante la vida
de Barbara, como un sueño, la narración de un cuento, pero, justo después de su muerte en
1997, apareció su autobiografía, Mémoires interrompus (Recuerdos interrumpidos), revelando
la cruda verdad que escondía y que Barbara confesó en ella.
Barbara, la autora de la canción, nacida Monique Andrée Serf (1930 — 1997), cantante y
compositora francesa de origen ruso sobre la que ya de entrada hay dudas acerca de si su
nombre artístico, Barbara, fue tomado de su abuela rusa o es un homenaje velado a su ídolo
Juliette Gréco, tuvo una existencia, ya desde niña, siendo suave en la expresión y como
mínimo, agitada. Su padre era un representante de comercio judío de origen alsaciano y su
madre, también judía, provenía de una familia ucraniana. Era la segunda de cuatro hermanos.
La familia se mudaba sin cesar, de París a Marsella, de allí a Roanne y a Tarbes, en los Altos
Pirineos. Durante la ocupación nazi sufrieron, como tantos otros ciudadanos judíos, un
angustioso calvario de escondites y anonimatos. Ya adulta, mantendría en un segundo plano
su identidad judía, en parte por esta experiencia traumática y en parte por la idiosincrasia
francesa que reclama cierta privacidad para los asuntos religiosos. Terminada la Segunda
Guerra Mundial la familia regresó muy empobrecida a París, donde, una Monique adolescente
decidió tomar lecciones de piano, hasta que una lesión en los tendones de su mano cortó la
vocación de raíz. Con resignada decisión, cambió las clases de piano por las de canto, que le
ayudaron a cultivar una voz no muy poderosa pero sí elegante, siempre bien modulada y sobre
todo muy evocadora. Entre clase y clase, de algo había que vivir –que una posguerra no es un
camino de rosas-, así que hizo una prueba para actuar en el Mogador, un teatro popular para
el que ella había preparado unas piezas de Beethoven y donde lo que le pidieron fue que se
remangase la falda. Por aquella misma época, el padre abandonó a la familia sin previo aviso,
con lo que sus condiciones económicas aún empeoraron.
Emigró a Bruselas durante un tiempo –allí vivió con un primo lejano que resultó ser un tipo muy
violento- y trabajó en lo que pudo: en los mejores casos cantando en cabarets de mala muerte,
ya bajo el nombre de Barbara, aunque detestaba aquel entorno, incapaz de concentrarse en
escena debido a los ruidos que emitía el público (“el cabaret es terrible, ¡terrible!”, diría). De
regreso a París conoció a Jacques Brel, con quien entabló gran amistad e interpretaría varias
de sus canciones. Más tarde fue presentada a Georges Brassens. Como cantante triunfó
contra todo pronóstico, primero en los circuitos bohemios de la noche parisina, y después ya
consagrada gracias a una aparición en la televisión francesa en 1958.
Y en pleno éxito, Barbara recibió una llamada que le anunciaba que su padre, moribundo en la
ciudad atlántica de Nantes, reclamaba su presencia, así que tomó un tren y se plantó en esa
localidad fría y oscura del norte, donde le recibieron una lluvia inclemente y el cadáver de su
progenitor, al que no veía en más de una década y que no había aguantado con vida hasta el
momento del reencuentro. En un bar donde él era parroquiano habitual, Barbara fue informada
de que a Monsieur Serf le gustaba jugar al póker, y que nada contaba a sus compañeros de
timbas sobre sus orígenes salvo que, rechazado por su propia familia, había tenido cuatro hijos,
de los que sobre todo él quería a “una que cantaba”. La experiencia la trasladó a una de sus
canciones más tristes , llamada precisamente Nantes y, aquel día, Barbara se enfrentó a algo
mucho peor que la muerte de un padre: tuvo que situarse de cara a lo que había ocurrido entre
ellos veinte años antes, cuando ella apenas contaba diez, y que había marcado su vida.
Porque uno de los grandes éxitos de su carrera, L’Aigle noire, era una extraña y poética
canción que parecía contar el encuentro entre una mujer y un ave enorme al borde de un lago.
Pero en sus memorias, publicadas tras su muerte, reveló una realidad mucho más dura; todo
ocurrió cuando ella tenía diez años y la familia Serf aún estaba unida, viviendo en Tarbes: su
padre abusó de ella. “Una noche, mi universo dio un vuelco hacia el horror […] Los niños se
callan porque se niegan a creerles. Porque tienen vergüenza y se sienten culpables. Porque
tienen miedo. Porque creen que están solos en el mundo con su terrible secreto”. Un día, no
obstante, la pequeña Monique reunió el valor para presentarse en una gendarmería, donde
contó los abusos a los que su padre la sometía, y tuvo la impresión de que la creían, pero tras
escuchar su relato el gendarme acabó mandándola de vuelta a casa sin tomar ninguna medida.
En sus memorias, Barbara/Monique Serf no citaba explícitamente las palabras “incesto” o
“violación”, y volvería sobre el tema con otra canción, Au coeur de la nuit, donde admitía “He
guardado el secreto / de esa larga noche sin luna”. Gérard Depardieu, el actor francés, que fue
uno de los grandes aliados de la diva en los años ochenta y noventa, explicaba el sentido de
L’Aigle noire de manera bastante más cruda: “Esa canción habla del incesto”. Depardieu añadía
que Barbara había logrado librarse de este estigma al triunfar como cantante y es cierto que,
como a menudo sucede con las personas que desean atenuar las trágicas consecuencias de
una experiencia sumamente dolorosa, ella hizo de su carrera profesional su alfa y su omega
porque Barbara cantaba sin cesar, actuando en directo ante miles de espectadores o grabando
sus discos en un estudio incluso cuando, en la última década de su vida, su voz se volvía cada
vez más temblorosa. El aliento le faltaba de tal manera que daba la impresión de que iba a
abandonar la actuación a mitad de cada tema.
No se trata en estas líneas de glosar la valentía, el coraje, la voluntad de sobreponerse al
trauma de muchas mujeres como ella, aunque anónimas, ni de la misma Barbara que, más de
veinte años después de su muerte, sigue siendo una de las cantantes más recordadas de
Francia pese a que su estilo ya no estaba de moda cuando comenzó su carrera –no tenía nada
que ver con las ye-yes de la generación posterior como Françoise Hardy o Sylvie Vartan, pero
tampoco con el oscuro existencialismo de su coetánea Juliette Gréco o con los engagés
(comprometidos políticamente) como Georges Brassens. Ella simplemente hablaba con
melancolía sobre sí misma, sobre unos amores a los que nunca puso nombre, sobre los
recuerdos de su infancia, sobre personas que se quieren durante un tiempo y después no
terminan de olvidarse, sobre personas que se esperan largamente y mientras tanto viven
cortos amores de paso. Comprometida también con su público, clave en su recuperación
emocional y para el que siempre reservó las mejores palabras, aparte de canciones enteras:
“… he recibido tanto amor, ¡tanto! Y toda esa energía que me ha hecho avanzar, cantar, que
me permitió hacer este oficio como yo quise hacerlo: desobedeciendo, rechazando todos los
arquetipos ”.
Por el contrario, el caso de Barbara permite reflexionar acerca del hecho de que ésta es una
lacra mucho más extendida de lo que se quiere reconocer, de que, por diferentes razones (a lo
que no es ajena la “mancha” familiar que su conocimiento comportaría) se mantiene
celosamente oculta o la insensibilidad social y de los poderes públicos ante las denuncias
(¡son niños/as!) que, en ocasiones, ni tan siquiera investigan. En testimonios, frecuentemente
póstumos, como es el caso, se llega a conocer la dolorosa verdad que, si no es algo que
merezca titulares de prensa, suele ser tomada con preocupante indiferencia, como si se tratara
de algo “normal”. ¿Lo es?
-------------------------------------------------
1Aunque no afecta sólo a mujeres, como lo comprobamos en el libro Cien pastillas en un día. Su autor, José Abella, sufrió desde su infancia las letales secuelas psicológicas de un abuso sexual infantil (ASI). Durante años los psiquiatras no vieron su verdadera patología. Al borde de la autodestrucción, comprendió que las pesadillas recurrentes de su infancia eran recuerdos y comprendió también, cuando ya tenía más de cincuenta años, el origen del dolor que arruinó su vida y le alejó de sus hijos. Por algo la Organización Mundial de la Salud identifica el abuso dentro de la familia como la “pandemia silenciada”.
2La canción Què volen aquesta gent? fue compuesta por Maria del Mar Bonet con letra de Lluis Serrahima en recuerdo de lo que le ocurrió al estudiante madrileño y militante antifranquista Rafael Guijarro Moreno en enero de 1967. En esa fecha murió a causa de la caída desde el balcón de su casa en un sexto piso cuando la policía efectuaba un registro en su domicilio. La canción editada al año siguiente se convirtió en uno de los himnos del antifranquismo
3L’àguila negra cuenta el sueño de una mujer, durante el cual aparece un águila, oscura, majestuosa y hermosa, que representa a su padre emergiendo del pasado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario